
«Mi profesor de Química» Temporada I
& Capítulo 9 &
& Bill &
Si hay algo que odio es la fragancia que tienen los hospitales. Pero más odio estar aburrido, entre cuatro paredes, en una cama ¡sin poder hacer nada!
Mamá me ha traído revistas, por lo que tendría al menos con qué entretenerme un momento. La garganta continuaba doliendo, y mi mente seguía debatiéndose si operarme esta misma tarde o no. Tengo mucho miedo…
Lo extraño. Lo extraño demasiado, tanto que deseo huir de aquí sólo para asistir a clases y verlo. Cada segundo que pasa estoy más seguro de mis sentimientos, estoy más convencido de que esto que siento se denomina amor. El amor más grande que puede sentir el ser humano, ese amor que crece y crece aplastando toda tristeza o temor posible. Sé que muchas veces me he dicho que esperaba a la mujer de mis sueños, he repetido hasta el cansancio que mi Julieta llegaría pero fallé. No existe tal Julieta, porque Romeo le ha alcanzado y me ha conquistado primero. El Romeo más bonito e inteligente que puede existir.
A veces pienso en la posibilidad de que Tom jamás se fije en mí o que todo algún día se termine, y sé que si otra persona llegase a mi vida no podría amar a nadie con esta fuerza con la que mi corazón le ama a él. El profesor ha robado mis sentidos, se ha apoderado de todos mis pensamientos y aunque Andreas diga que debo ir con precaución porque puedo volverme obsesivo, sé que jamás será así. Yo amo a Tom con pureza, con mi vida y mi único deseo es que sea feliz.
— Buenas tardes niño — una joven enfermera invadió la habitación, sacándome de mis pensamientos. Rápidamente cogí la libreta y el bolígrafo. — Te he traído un poco de agua.
Levanté la vista y me extendió el pequeño vaso. Bebí sediento, pero mi garganta me impidió continuar ingiriendo. Dolió inmensamente y comencé a toser.
— Te lo dejaré aquí — añadió y volví a ignorarla intentando concentrarme nuevamente — Oye pequeño me iré, pero tienes una visita.
¡Sí, fuera, vete! Déjame pensar en… ¿Una visita? ¡No! Yo no quiero que nadie me vea así, no estoy arreglado. De inmediato comencé a escribir, muy molesto.
“No quiero que nadie venga a tocarme los huevos” — levanté la libreta con los ojos cerrados. No oí queja alguna, por lo que extrañado miré a mi alrededor y me quedé petrificado.
Él estaba de pie en el umbral de la puerta, con los brazos cruzados. Su expresión estaba entre enojado y mal humorado, como las mañanas en los que llegaba dispuesto a dar miles de deberes en una sola clase. Nuestras miradas se encontraron y sentí un calor dominar mi rostro, mi cuello y hasta mis orejas. Me estaba ruborizando al máximo. Oí claramente como la puerta se cerraba muy lentamente y mi corazón comenzaba a agitarse, golpeando contra mi pecho en mi interior. Estaba allí… él había venido.
Caminó hasta mi lado en silencio — Así que el cabeza dura de la clase no quiere someterse a la operación — dijo neutralmente, cogiendo una pequeña silla ubicada en un rincón de la habitación colocándola junto a mi camilla, lo más cerca posible.
Mis manos comenzaron a temblar, tenerlo tan cerca y yo así en ese estado me ponían demasiado nervioso — Tranquilo — susurró y sujetó mi mano con fuerza, aprisionándola con la suya contra la cama. Levanté la mirada. Sus ojos y su sonrisa lucían diferentes esa tarde.
— No hables, te harás daño — no comprendía porque continuaba susurrando, pero no me disgustaba. Al contrario era jodidamente dulce su tono de voz — he venido a darte el motivo por el cual debes operarte.
Asentí, sin dejar de mirarle — Todos están muy preocupados por ti, la clase ha sido muy silenciosa sin ti parloteando todo el tiempo. ¿Qué crees? No he tenido a quién callar o sacar del aula por no dejarme explicar.
Sonreí ampliamente. Esta versión de Tom era completamente diferente, la versión que aparecía en mis pensamientos o cuando lo soñaba. La que más amaba.
— Te necesitamos — agregó inclinándose aún más — He notado que muchas personas te quieren, todas esas personas te necesitan bien, te necesitan fuerte y necesitan a esa agradable charlatán. La escuela te necesita, tus padres te necesitan, tus amigos te necesitan. Te necesitan despierto, lleno de vida. ¿Serás egoísta y postergarás cada vez más la operación?
Liberé su mano lentamente, deseando prolongar ese contacto tan mágico. Cogí la libreta, y aún con las manos algo temblorosas comencé a escribir.
“Tengo miedo, soy muy cobarde. Jamás se como decidir o decir lo que siento” — escribí, claramente con doble sentido. Él, volvió a tomar mi mano esta vez entrelazando nuestros dedos. Miré la unión, ¿cuántas veces había deseado mínimo que me tomara así? Y estaba haciéndolo. Lo tenía tan cerca que no acababa de creérmelo.
— Todo saldrá bien. Te operas, vuelves a clases, sigues con tu día a día como si nada pasara — ¿Cómo si nada pasara? No claro que no. Este momento jamás me lo olvidaría — te necesitamos, realmente que sí. Yo te necesito.
Me quedé nulo, noté su incomodidad y me hice a un lado dejándole un pequeño sitio. Se sentó en el extremo de la cama y nuestras miradas se desafiaron. Sí, como una guerra a ver quién resistía más tiempo mirando al otro. Sonreí y carraspeé secamente.
— ¿M-me necesitas? — me esforcé por decir y dolió. Su pulgar comenzó a acariciar mi mano, mientras que sus otros dedos me acariciaron con suavidad el rostro. Me sentía en las nubes, ya no sabía ni dónde estaba. ¿En un hospital o en otro de mis sueños?
— Shh…— susurró y acarició mis labios — sí, te necesito. Te necesito más de lo que tú crees. Te necesito sin importar si esté bien o esté mal. Te necesito porque tú claramente me has dicho que una persona me enseñaría el mundo y me haría feliz…
Sonreí arrobado al recordar mis propias palabras, esta vez saliendo de su boca — Pues tú eres esa persona. Tú desdibujas la rutina, tú eres el único capaz. Y poco me importa que tú seas un hombre, poco me importa que seas menor, poco me importa que seas mi alumno. Tú haces que nada me importe, tú haces que me sienta muy bien. Haces que todo esté bien, con tan solo estar en mi corazón.
No daba crédito a lo que estaba escuchando. Cientos de lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos, luchando entre sí por cuales de ellas viajar primero. Se acercó un poco más sin dejar de mirarme.
— No me interesa cuantas reglas rompa al estar contigo, no me importa cuántas faltas saque en este juego llamado vida, si al estar contigo tengo la ficha más bonita de todas, la ficha del amor — la felicidad absoluta, el deseo infinito y el amor más grande se inyectaron en mi sistema consiguiendo que mis lágrimas desbordaran incesablemente. Sus dedos fueron borrándolas una a una, sin dejar de sonreírme — te amo, tú haces que todo tenga sentido. Quiero que estés bien, porque luego de la operación yo estaré fuera esperándote para apostar contigo e intentar hacerte feliz.
Si pudiera explicarle que no cabía tanta felicidad en mí, si pudiera decirle que ha conseguido que el amor que sembró en mí con la primera mirada ahora, creciera y creciera sin parar, tan fuerte y tan puro. De repente, nuestros rostros quedaron a escasos centímetros, podía sentir su tranquila respiración contra mi piel estremeciéndome. Tomó mi mano y la colocó en su pecho — Siéntelo — me susurró contra mis labios y cerré los ojos con una sonrisa pintándose en mi cara. Podía sentir sus latidos, acelerados como los míos y de repente sentí como se acercaba cada vez más. Sus labios atraparon los míos. Comencé a temblar débilmente mientras me tomaba la mano que estaba situada en su pecho y la llevaba hasta sus hombros. Rodeé su cuello al mismo tiempo que entreabría mis labios y él atrapa el inferior con sus dientes. Una de sus manos continuó acariciándome, mientras la otra ejercía una débil presión en mi nuca.
Un beso sencillo. El primero, el inolvidable. El que había marcado en mi boca quién era mi dueño. Se separó lentamente y la ruptura del besó provocó un gracioso sonido. No quería abrir los ojos. Mi respiración estaba muy agitada, mi pecho subía y bajaba rápidamente.
— Te amo — lo oí susurrar y adueñarse de mis labios otra vez. Sonreí dentro del beso sintiéndome inmensamente feliz, mientras su lengua pedía tímidamente permiso para ir en busca de la mía. La dejé pasar con miles de emociones corriendo a través de mis venas al mismo tiempo. ¿Cómo decirle que era el primero? El primero en enamorarme, el primero en hacerme feliz, el primero en besarme…
Nos separamos lentamente y sonrió — Definitivamente te amo — añadió.
— T-te a-amo — agregué con esfuerzo. Juntó nuestras frentes mirándonos insistentemente.
— Ahora tendrás que operarte eh — su voz tan masculina y particular, volvió a hacerse presente. Asentí, claro que lo haría. Por él lo haría — Te amo, cuando salgas todo será diferente.
Dejó sobre mis labios, otro beso más corto y se puso de pie sin dejar de sonreírme. Cogí mi libreta y escribí.
“Gracias por enseñarme lo que es el amor, y ahora gracias por demostrarme lo que se siente ser feliz. Te amo profe”
Se lo entregué y salió. A partir de ese momento supe lo que era ser verdaderamente feliz. A partir de ese momento, Tom sería imborrable para mi vida.
& Tom &
Nada se comparaba con el sabor de sus labios. Me sentía en el cielo, con deseo de volver a la habitación y devorarlo entero a besos. Caminé por los pasillos suspirando, con la misma sonrisa en mi rostro plastificada reflejando cuan feliz me sentía.
Estoy seguro de que algo tendré que hacer con Jessica. Por más que ella ha pasado un año junto a mí, no ha podido darme ni la mitad de lo que Bill me dio con tan solo un momento. Ha llegado la hora de actuar con el corazón, ha llegado la hora de amar. Ahora me toca a mí ser feliz.
&
Una hora. Lo llevarían al quirófano, y sólo me faltaba sudar por los nervios. Todo saldría bien, lo sé. Lo siento de ese modo. Pero… antes tenía que hacer algo.
Corrí por los pasillos con el corazón en un hilo, hasta que vi como iba ansioso y asustado en una camilla.
— ¡Bill! — grité y el enfermero que lo transportaba se quedó estático — Un momento por favor — susurré. Miré hacia atrás, nadie. Nadie miraba.
— Todo saldrá bien — le susurré para luego besarle con delicadeza — ¿Te espero fuera de acuerdo? Esperaré a que la operación termine. Te amo.
Me sonrió y se lo llevaron. Unas puertas de madera se cerraron en mi cara y ahora sólo quedaba esperar.
Me giré lentamente y me encontré con Andreas sonriente.
— ¿Lo has hecho? — preguntó algo emocionado y asentí. Me abrazó de sorpresa — Yo los apoyaré. Jamás estarán solos. Jamás.
— Es bueno saberlo — añadí — gracias.
Definitivamente sólo habría que esperar. Esperar a ser feliz.
Continúa…