
—¡Bill! ¿Se puede saber dónde estás? ¡Hemos estado llamándote toda la noche! — tuve que apartarme el móvil del oído para que los gritos de Georg no me reventaran el tímpano. Hice una mueca de disgusto oyendo el eco de su voz a través del aparato sin acercármelo de nuevo y suspiré con los ojos en blanco, esperando pacientemente a que terminara el sermón para poder articular palabra.
—Georg, calla…
—¡Estábamos preocupados tío! Gustav decía que te habías ido. Se ha puesto histérico. ¿Dónde coño estás?
—Eeh… estoy de camino a casa. — miré a través de la ventanilla, abierta. El aire me refrescaba un poco las ideas y la mente. Lo necesitaba.
—¿A tu casa? ¡Pero si estamos a las afueras! ¿Por qué no nos has esperado, por qué no nos dijiste nada?
—Porque estabais ocupados buscando un rollo con el que pasar la noche y a mí, me dejasteis solo. Por eso.
—Bill… — hizo una pausa. Suspiró. — Lo siento tío ¿Dónde estás? Iremos a buscarte.
—No hace falta. Ya… voy en coche. Me llevan a casa. — le miré de reojo, concentrado en la carretera, pero sabía que estaba escuchando. No se porque, lo sabía.
—¿Te llevan a casa? ¿Quién?
—Pues…
—Gustav quiere hablar contigo. — tragué saliva.
—No tengo ganas de hablar, estoy cansado.
—Pero está…
—Me da igual. Estoy bien, no os preocupéis. Mañana os llamaré si así os quedáis más tranquilos.
—Hum… vale. ¿Seguro que estás bien?
—Estupendamente.
—¿Y quien te lleva a casa? Será alguien de confianza ¿no? — puse los ojos en blanco.
—Claro. Es de confianza.
—Vale. Buenas noches entonces y… tío, ¡Cuando llegues dame un toque o no puedo dormir tranquilo! ¡Hazlo!
—Vaaaale mami. Yo también te quiero. — colgué.
—¿Eran tus amigos?
—Si. — desde que había arrancado, se había formado un tenso silencio y yo no podía estarme quieto y callado al mismo tiempo, era superior a mis fuerzas. — Son buenos, un poco burros y salidos, pero buenos.
—Y te han dejado solo en una fiesta.
—Si… no… bueno, técnicamente… pero no son malos…
—Si fueran buenos amigos, hubieran impedido esto.
—¿Esto?
—Que yo te cazara. — tragué saliva.
—No es algo… malo. No es algo por lo que tenga que preocuparme. — sus labios se curvaron en una sonrisa. — ¿Verdad? — pregunté, inseguro. Su sonrisa se ensanchó.
—Claaaaaaro que no. Soy un tío decente que va a misa todos los domingos y que no se mete en líos… nunca.
Capté la ironía al momento.
—Es a la izquierda. — giró el volante y condujo varios metros más allá. — Es aquí. — frenó lentamente. No podía creerme que hubiéramos tardado tan poco en llegar. Me mordí la lengua. Quizás no hubiera estado mal que hubiera cerrado la boca. Nooooo, Gustav me cortaría los huevos al día siguiente, Georg le buscaría con un bate de béisbol hasta debajo de las piedras por engatusarme y mi hermano… mi hermano…
—Mi hermano… — observé la puerta de casa. Me pareció una casa embrujada, tétrica y oscura.
—¿De verdad tienes miedo de tu hermano? — se reía de mí y le di un pellizco en el brazo, haciéndome el enfadado.
—Claro que no. Estoy nervioso, se acabó. — suspiré. Ya era la hora.
Abrí la puerta del coche y salí por ella a paso lento, muuuuuy lento. No quería irme. Quería… quería… otra noche más… Pero él no me detuvo.
—Gracias por… traerme.
—Has sido un placer, muñeco. — sonreí. ¿Qué otra cosa podría hacer?
—Bueno pues… ya nos veremos por ahí.
—Muñeco… — me hizo un gesto con el dedo. Me incliné hacía delante antes de cerrar la puerta y él me agarró de la barbilla bruscamente y me dio un beso en los labios. Metió algo en los bolsillos de mi chaqueta, me soltó dándome un empujón hacía atrás con tanta fuerza que casi me hace caer sobre la acera. — Si tu hermano te causa muchos problemas, puedes llamarme. Lo mataré. — se rió con una maldad estremecedora y cerró la puerta.
Antes de que pudiera reaccionar, ya se había ido.
Me metí en casa, intentando hacer el más mínimo ruido para no despertar a mi madre. Eran las ocho de la mañana, ya había amanecido. Entré en la cocina para beber agua cuando vi que todo estaba exactamente como lo había dejado. Los platos sucios aún estaban en el fregadero, sin lavar. Todo estaba por medio. Mamá no había vuelto, seguramente abría pasado la noche con Gordon. Genial, más trabajo para mí.
Pero antes dormiría, si. Lo necesitaba.
Aún llevaba su sudadera puesta cuando entré en el baño, dispuesto a darme una ducha rápida antes de irme a la cama. Pero no lo hice. Cada fibra de mi cuerpo olía a él, lo sentía tan cerca.
Pensando en eso me eché sobre la cama, abrazando su enorme sudadera. Podría dársela. Podría llamarle con la excusa de que se me había olvidado devolvérsela y podríamos volver a vernos otra vez.
Me dormí.
Ni siquiera le había preguntado su nombre…
—¡Bill! ¿Se puede saber dónde estás? ¡Hemos estado llamándote toda la mañana! — tuve que apartarme el móvil del oído para que los gritos de Georg no me reventaran el tímpano… otra vez.
—Buenos días, Georg. Se empieza por ahí.
—¡Te dije que me dieras un toque cuando llegaras! ¿¡Tan difícil es!?
—Me quedé dormido. Lo siento.
—¡Una mierda! ¡Quiero verte en el Dona dentro de cinco minutos!
—Hum… pues va a ser que no. ¿Para que quieres quedar tan de repente?
—¿Qué para que? ¡Detalles Bill, quiero detalles! Ayer mojaste ¿verdad?
—Hum…
—¿Verdad?
—Hum…
—Gustav me ha dicho que… ¡No! ¡Mamón! — oí un par de golpes y gritos. En ese momento, apoyé el móvil en el hombro y lo solté, sujetándolo con la barbilla mientras me dedicaba a lavar un plato a fondo.
—¡Aaahh! — restos de comida se me pegaron en la uña y sacudí la mano, asqueado, salpicándome el agua en la cara. Me estropeé el esmalte y algo de lavaplatos se me metió en el ojo, haciéndome sentir un gran escozor. Acababa de recordar porque nunca lavaba los platos en casa y prefería fregar o intentar hacer algo comestible para la cena.
—Bill, soy yo. — el móvil se me cayó al suelo mientras me restregaba el ojo con el brazo, intentando hacer desaparecer el escozor, pero lo único que conseguí fue llenarme el brazo de restos de rimel oscuro y estropearme el maquillaje.
—¡Joder! — me agaché de rodillas a recoger el móvil, que había ido a parar bajo la mesa de la cocina.
—¿Bill? ¿Bill estás ahí? — oí la voz de Gustav al otro lado de la línea. Agarré el móvil bajo la mesa y me lo llevé al oído de nuevo. Me golpeé la cabeza con la madera al intentar levantarme.
—¡Ah, mierda!
—¿Bill, estás bien?
—¡Si, si!
—¿Qué pasa, tío?
—Nada. — me acaricié la cabeza, adolorido por el golpe. Las manos me olían al asqueroso lavaplatos que había estado utilizando hacía segundos. Tomé aire y pedí paciencia. — No puedo ir, Georg parece que no lo entiende, ¡Díselo!
—¿Por qué no puedes venir?
—Mi hermano… Mi madre ha ido a recogerlo y…
—Bueno, era de esperar, pero tenemos que hablar de lo de… ayer… — suspiré. — Bill, te vi.
—Ah.
—Tú también me viste a mí, no te hagas el tonto…
—¿Se lo has dicho a Georg?
—¿El que exactamente? Porque no tengo ni idea de lo que pasó. Tú estabas ahí, ese tío te había cogido de la mano y de repente… Bill, ¿Qué pasó anoche? ¿Lo conocías? ¿A dónde… fuisteis, para qué?
—Gustav… te lo cuento en otro momento ¿vale? Ahora viene mi hermano y mi madre y estoy estresado y… ya hablaremos…
—¿Estás bien? — por el tono grave de mi voz no lo parecía. Me dolía la garganta y tenía frío. Quizás tuviera un poco de fiebre. No sería de extrañar después de lo que hice en pleno invierno, en plena calle.
—Si. Ya nos veremos.
—Espera Bill… — colgué. No tenía ganas de hablar. No tenía ganas de nada. ¿Qué me pasaba? Me había levantado pensando en él y llevaba toda la mañana pensando en él y era imposible sacármelo de la cabeza, ni siquiera sabiendo lo que se me venía encima con mi hermano.
Miré el móvil y me mordí el labio. Ya había añadido el número que me dejó escrito en la hoja de papel que me metió en el bolsillo a nombre de Él. Un nombre no muy acertado, pero puesto que no sabía su nombre… tampoco iba muy desencaminado.
Tosí varias veces. Me subí la cremallera de la chaqueta hasta arriba. Tenía mucho frío y me dolía el cuerpo. Estornudé. Definitivamente, estaba enfermo.
Apoyé la mano sobre el suelo para salir de debajo de la mesa, me lo encontré totalmente encharcado. Me había dejado el grifo abierto y corrí a cerrarlo apresuradamente, volviendo a golpearme la cabeza con el pico de la mesa durante el proceso y empapándome la ropa de paso. Ahora tenía que volver a fregar el suelo y volver a ducharme. Sentí la tentación de subir a mi cuarto y volver a meterme bajo las sábanas de la cama, agarrar su sudadera, bajo la almohada, y acurrucarme en ella. Miré de nuevo mi móvil.
Quería llamarlo. Me sentiría mejor después de oír su voz y saber su nombre, estaba seguro… no me atrevía. Quizás un poco más tarde…
Oí entonces como las llaves de casa empezaban a abrir la cerradura desde fuera.
—¡Genial!
—¡Bill, cariño, ya hemos llegado! — los gritos entusiasmados de mi madre me provocaron un ligero rubor. Seguía llamándome cariño, cielo y tesoro incluso delante de mis amigos y ahora, también delante de mi hermano. Ojala lo avergonzara de la misma manera a él, así no me sentiría el único niño de mamá de los alrededores.
Suspiré y, nervioso y un poco mareado, empecé a caminar hacía la puerta cuando pisé torpemente el charco de agua que había a los pies del fregadero y me escurrí, cayendo de espaldas hacía atrás, golpeándome de nuevo la cabeza.
—¡Joder, mierda!
—¡Cielo! — cuando me quise dar cuenta, mi madre ya estaba frente a mí, agachándose mientras yo me incorporaba con dolor de espalda. — Cielo ¿Estás bien?
—Si…
—Menos mal. — me pegó un guantazo en el brazo en cuanto me encorve para levantarme, haciéndome perder el equilibrio otra vez. Tuve que agarrarme a la mesa para no volver al suelo. — ¡Sabes que no me gusta que digas palabrotas!
—¡Mamá, me he caído, a sido un acto reflejo!
—¡Bill, no me contestes! Tom… — suavizó el tono de voz enseguida y su mirada se desvió hacía el umbral de la puerta. — Siento esto pero no soporto que nadie diga palabrotas en mi casa, por eso, si tienes por costumbre decirlas, no lo hagas aquí ¿De acuerdo?
—Sin problemas.
Me quedé paralizado. Completamente paralizado. Muerto. Los latidos de mi corazón eran lejanos, una sensación angustiosa se lo tragó todo de un bocado. Un ligero pitido en mis oídos me aisló de la realidad unos segundos.
—Cariño… — me sonrió mamá, con la cara iluminada. Me pasó los brazos por los hombros, cariñosamente. — Hace tantos años que no os veis… este es tu hermano, Tom. — dejé de respirar en cuanto cruzamos miradas. Esos ojos que la noche anterior me habían mirado con tanto deseo. Esos labios que habían recorrido cada centímetro de mi piel, esa sonrisa, ensanchándose, ocultando tanta malicia.
Tom… mi hermano gemelo…
—Cuanto tiempo sin vernos… Bill. — se dirigió a mí, con un tono ansioso y malvado. Sus labios susurraron una palabra inaudible que solo yo pude escuchar.
Muñeco…
—Bill, cielo, tienes muy mala cara, estás blanco… ¿Bill? ¿Bill? — todo se puso negro de repente. — ¡Bill, cariño!
Negro, negro, todo negro. ¿Mi hermano gemelo? ¿Él? ¿Y yo? ¿Un muñeco? ¿Su muñeco?
Dios, ¿Qué locura había echo esa noche?
Caí con esa pregunta en mente, sin respuesta. Negro, todo negro.
Su sonrisa…
¿En serio… me he convertido en el muñeco de mi propio gemelo?
Supongo que viviré a partir de ahora con esa pregunta en la cabeza.
Continúa…
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