Muñeco 13 (P.2)

Muñeco 13 (P.2)
Fic TWC de Sarae
Capitulo 13 (P.2)

—¿Una guitarra? — me situé de rodillas frente a él, observándola. Estaba rota, tenía una grieta enorme en la madera y parecía tener un par de años ya. La acaricié por encima, con cuidado, tocando las cuerdas con suavidad.

—Está hecha polvo, desafina demasiado. No sé porque me la he traído. La última vez que intenté tocarla se rompió una cuerda y me dio un latigazo. Igual es hora de hacerla pasar a mejor vida y tirarla. — no parecía gustarle esa idea por el tono en el que hablaba y por como fruncía el ceño.

—¿Tocas la guitarra acústica?

—Bueno, prefiero la eléctrica, pero no tengo una así que… — se encogió de hombros.

—¿De dónde la has sacado? Parece muy vieja.

—Me la regaló mi madrastra para un cumpleaños hace ya unos nueve años. El único jodido regalo que me han hecho en la vida. Es una pena, me gustaba mucho. — esa afirmación me hizo tragar saliva. Sólo un regalo en la vida, sólo uno y estaba roto. Sentí algo profundo y molesto en el pecho, sentía… pena, compasión, pero por supuesto, no dije nada. Estaba seguro de que a Tom no le haría gracia saber que sentía pena por él, de hecho, probablemente no sabría porque me sentía así. Él veía su vida normal y la mía un lujo innecesario. Igual me veía hasta como un niñato mimado.

Me acerqué a él, tirando de la sábana de la cama hasta dejarla suela y me cubrí el cuerpo desnudo y sudoroso con ella. Me situé tras él y me colgué de su cuello, pasando la sábana por sus hombros, compartiéndola entre nuestros cuerpos.

—Entonces, sabes tocarla. — le susurré al oído. Tom alzó la cabeza y soltó una carcajada llena de prepotencia.

—Muñeco, estás hablando con un profesional. A mí lado, Elvis tocaba como un fumado. — se burló y yo alcé una ceja. ¿Quién lo diría? Así que Tom también tenía hobbies y no uno que tuviera que ver con destripar seres vivos. Hacía algo tan humano como tocar la guitarra, algo tan liviano como eso.

—Toca algo. — pasé la mano por su pecho desnudo, dejando la cabeza apoyada en su hombro tranquilamente. Cerré los ojos. Tom giró la cabeza hacía mí unos segundos antes de inclinarse sobre la guitarra y situar los dedos suavemente sobre las cuerdas.

Se me puso la piel de gallina.

Era un sonido melancólico, un compás triste y agudo que me hizo pensar en alguien gritando, pidiendo ayuda, pero dentro de ese grito había algo… algo bonito. Algo que me hacía sentir tranquilo, en paz conmigo mismo. Me abracé con más fuerza a él, escuchando. Pegué mi mejilla a su oído, apretándome contra su cuerpo. Tom parecía haberse olvidado de que había alguien a su lado, deslizando los dedos por las cuerdas, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, concentrado, tranquilo. Si, nunca le había visto tan tranquilo.

Estaba claro que le encantaba tocar la guitarra, aislarse del mundo acariciando suavemente las cuerdas. Yo también me sentí aislado, en una burbuja en la que sólo estábamos dos, él y yo y, de repente, explotó.

—¡Ah! — pegué un bote, sobresaltado al oírle gritar. La guitarra cayó al suelo bruscamente y Tom sacudió la mano con la que tocaba con expresión de dolor. — ¡Me ha dado otro latigazo la muy…! ¡Cómo duele! ¡De esta va directa a la basura! ¡Joder, mierda, mierda, mierda! — no pude evitar ponerme a reír a carcajadas oyéndole maldecir a la guitarra por su mala suerte. — ¡No te rías, no tiene gracia!

—¡No me río por eso! ¡Aquí estamos los cuatro como para formar un grupo! — Tom se me quedó mirando como si le acabara de hablar en chino. — Gustav toca la batería, a Georg se le da bien el bajo y tú, la guitarra. Un buen lote.

—Ya. Y tú vocalista ¿no? — sonreí con altanería.

—¡Canto de puta madre! — Tom asintió con la cabeza, dándome la razón como a los locos. — Es verdad. — le gruñí.

—Lo sé. Por tus gritos y gemidos tiene que ser verdad por huevos. — puse los ojos en blanco unos momentos antes de enganchar los dientes en su oreja, mordisqueándola como si fuera un perro. Tom encogió el cuello, sacudiéndose. Noté como un escalofrío le subía por la espalda. — ¡Muñeco!

—¡Ha estado increíble! ¡Sí, reconócelo, genial joder! — se empezó a carcajear, tirándose sobre la cama conmigo debajo, empezando a revolvernos entre las sábanas, riendo, hasta que acabé encima de él, otra vez y nuestros labios a escasos dos centímetros.

—Si, lo reconozco. Será un bonito recuerdo.

—¿Recuerdo? — susurré. Notaba una sonrisa bobalicona plasmada en la cara, igual de estúpida que la suya.

—Ah, si, ¿No te lo ha dicho tu madre? — negué con la cabeza.

—No ¿El qué? — tampoco es que en esos momentos me importaran mucho las palabras de mi madre. Me esperaba cualquier chorrada, cualquier tontería, cualquier gilipollez…

—Mañana vuelvo a Stuttgart.

Cualquier cosa menos eso.

La sonrisa se esfumó de mi cara tan pronto como había aparecido. Me quedé mudo, paralizado durante unos segundos mientras un extraño parásito se revolvía entre mis tripas con fiereza, gritándome, exigiéndome atención, instalándose en mi cuerpo como si fuera suyo, golpeándome desde dentro con bestiales latigazos.

Me aparté de Tom, levantándome de la cama y retrocediendo como si me hubiera dado un puñetazo.

—¿Te vas? — murmuré. Tom se sentó en la cama, mirándome con una ceja alzada.

—¿Y esa cara de pocker?

—¿¡Te vas!? — el grito me salió desde lo más hondo. Me sentía furioso, revotado y no pensaba ponerme a intentar averiguar porque. Lo estaba. — ¡Ah, vale! ¡Así que esto ha sido el polvo de despedida! ¡Genial! — agarré mis boxers y me los puse con rapidez. Tom se me quedó mirando mientras recogía mi ropa y le pegaba patadas a la suya. Cogí sus boxers y se los tiré a la cara, enrabietado. — ¡Pues vete, lárgate! — le grité, abriendo la puerta de su habitación dispuesto a irme y pegar un portazo que tirara la casa abajo.

—¿A que viene esa rabieta? — la tranquilidad con la que me pidió explicaciones y se ponía los boxers me irritó aún más.

—¡Me lo dices ahora, me dices que te vas precisamente ahora!

—¿Y cuando se suponía que tenía que decírtelo? ¿Preferías que me fuera sin decir adiós?

—¡Prefería que me lo dijeras antes de echarme un polvo! ¡Antes, Tom, antes! — nos quedamos mirando fijamente, en silencio, con seriedad, hasta que el muy imbécil se puso a reír de nuevo, como si tuviera toda la gracia del mundo. — ¡Ah, que te jodan! — y le tiré toda mi ropa a la cara, saliendo de su habitación con una mala hostia increíble.

Bajé las escaleras descalzo, casi desnudo y murmurando maldiciones entre dientes. Sus pasos retumbaron detrás de mí y volteé, al principio de las escaleras, alzando una mano en señal de advertencia.

—¡No me sigas! — Tom se detuvo, mirándome con cara de ¿Hablas en serio?

—¿Qué mosca te ha picado, Muñeco?

—¡Vuelve a llamarme Muñeco y te reviento la boca! — él ladeó la cabeza, sonriendo con burla. — ¡Te vas! ¡Eso me pasa! ¡Te vas cuando dentro de dos días es Navidad!

—¿Qué tiene que ver la Navidad en esto?

—¡Lo estaba planeando todo para la Navidad, joder! — Tom frunció el ceño, con expresión de extrañeza.

—¿Prepararlo todo? ¿Te refieres a una cena romántica a la luz de la luna o alguna cursilada de esas?

—¡Si! — me quedé bloqueado. — ¡No, eso no!

—¡Oh, Muñeco! ¡Me has emocionado, voy a llorar! — gritó con una sonrisita irónica y tono falsamente dramático. Me dieron ganas de pegarle una hostia.

—¡Eres un solemne gilipollas y te odio!

—¡Pues yo a ti te quiero, estoy enamoradísimo de ti!

—¡Deja de burlarte! — me estaba crispando los nervios con tanta estúpida burla.

—¡Te quiero Bill, te adoro Muñeco!

—¡Sólo quería pasar la Navidad contigo! — por un momento, se quedó callado.

—Muñeco, sabes que esas gilipolleces no van conmigo. — soltó, negando con la cabeza. Parecía que la escena le divertía mucho y a mí… ¡A mí me estaba jodiendo como nunca!

—¡No quiero que te vayas!

La diversión desapareció de sus ojos. La sorpresa pareció dejarle mudo, comerle la risa de golpe. Nos miramos de nuevo, yo desde el primer piso y él desde la mitad de la escalera, en silencio.

—No quiero que te vayas. — repetí, más despacio. Me había quedado sin aire con el último grito. Cogí aire, observándolo en silencio hasta que agaché la cabeza, recordando que Tom era inmune a cualquier muestra de cariño. Era indiferente ante todo y eso no era tan fácil de cambiar por medio de polvos bestiales.

Suspiré y le di la espalda, acariciándome el pelo con las manos. Intentar cambiarle sería mucho más difícil de lo que pensaba, intentarle ofrecerle algo de cariño sin que acabara conmigo antes.

—Tenía pensado volver para después de Navidad. — oí un tremendo golpe en el suelo a mi espalda cuando Tom saltó de las escaleras, alcanzándome en un segundo, situándose a mi espalda. — No me interesa pasar mucho tiempo allí. Me aburre. — sus manos me aferraron de la cintura y me empujaron contra su cuerpo, pegando firmemente su pelvis contra mi trasero. — Pero… si quieres que vuelva para Navidad… son seis horas de viaje. — apoyó la barbilla en mi hombro. Alcé la mano y le acaricié las rastas sobre su mejilla, olvidándome de toda muestra de enfado con su tacto.

—¿Qué tienes que hacer en Stuttgart?

—Hum… Es un secreto. ¿Quieres que vuelva para Navidad si o no? — le di un tirón de las rastas, pegando su cara más a la mía.

—Más te vale estar aquí para Navidad.

—¿Me estás amenazando? — se rió suavemente, agarrándome las manos, separándolas de si mismo. Me empujó hacía delante sin separarse de mí hasta que mi cuerpo quedó pegado a la pared y el suyo a mi espalda. Apretó mis manos contra la pared, a ambos lados de mi cabeza mientras empezaba a mordisquearme el cuello. Otra vez, otra vez, ¡Si, por favor!

—¿Vas a follarme… — cogí aire, con el corazón a cien y la entrepierna de nuevo despierta, empezando a temblar, empezando a endurecerse. — … otra vez? — me soltó las manos, descendiendo las suyas por mi cuerpo hasta mis boxers, bajándomelos lentamente.

—Si… — su lengua sobre mis hombros… — Si… — y se arrancó literalmente sus boxers y tiró de mi brazo, dándome la vuelta, quedando cara a cara, estampándome de espaldas contra la pared. Su pelvis chocó contra la mía mientras me devoraba la boca, mientras yo pasaba las manos por su espalda y presionaba sobre su nuca. Apartó sus labios de los míos, empezando a devorarme el cuello y los hombros, descendiendo, bajando, dejando rastros de su saliva sobre mi cuerpo…

—Tom… Tom… — noté como me sujetaba una pierna, apretándome el muslo, alzándomela, separándolas y se restregó, todo, por completo contra mí. — ¡Ooohh! — se me iba la cabeza, agarrándome a sus hombros, clavándole hasta las uñas. — Tom… — cerré los ojos, echando la cabeza a un lado.

—¿Eres mío, Muñeco? — me preguntó, lamiéndome la oreja. Se la noté, toda dura contra mi entrada, presionando, deseando entrar y reventarme.

—Si… tuyo… todo… ¡Todo tuyo, Tom! ¡Tuyo, sólo tuyo! — otra vez me comía, incansable, insaciable, haciendo sonidos húmedos cada vez que separábamos nuestros labios y volvíamos a unirlos, comiéndonos, tocándonos por todas partes, desesperados, como perros hambrientos, con su polla de nuevo dura, penetrándome, lentamente…

—Menos mal que esto no lo hacéis contra las taquillas de la universidad. — abrí los ojos como platos. El corazón me dio un vuelco y separé nuestras bocas enseguida, girando la cabeza hacía la puerta de casa, por donde entrábamos y por dónde salíamos todos los días y dónde uno de mis mejores amigos me observaba, pálido, con la barbilla temblando y los ojos desorbitados, magreándome, restregándome, dejando que mi hermano me manoseara y me lamiera, me devorara la boca, me agarrara y me poseyera como se posee a cualquier puta.

—Gustav… — murmuré, sin aliento. Perdí todo, la excitación, el color en mis mejillas, el movimiento, la capacidad de razonar, mirándole. Él meneó la cabeza de un lado a otro, sin sentido, sin saber que hacer ni que decir, cualquier cosa en vez de mirarme a mí. Dejó caer mis llaves al suelo, las llaves que había perdido el día en el que Tom me empotró contra las taquillas y me mostró como suyo delante de cientos de personas. Se llevó una mano a la frente, sudando a pesar del frío — Gustav no… esto… — apoyé una mano en el pecho de Tom, empujándolo débilmente, con el cuerpo repentinamente helado. Me dejó el espacio suficiente como para dejarme ponerme de nuevo los boxers, rápidamente, totalmente avergonzado y antes de que pudiera colocármelos, Gustav salió por la puerta a paso acelerado. — ¡Gus…! — grité. La desesperación me inundó los sentidos al ver que no daba marcha atrás, que no se giraba para dedicarme al menos una mirada de reproche o de asco.

Me abalancé hacía la puerta, tropezando torpemente y cayendo de rodillas, levantándome otra vez enseguida cuando Tom me detuvo, apretándome contra él, abrazándome por la espalda.

—No seas loco, Muñeco. No puedes salir a la calle desnudo, espera.

—¡Suéltame, suéltame Tom! ¡Tengo que ir, joder! ¡Gustav no, no, es mi mejor amigo, no puede ser! ¡Tom, por favor, déjame!

—¡Sshh! — me siseó, repentinamente serio, paralizándome entre sus brazos. Me pasó las manos por las mejillas, presionando debajo de mis ojos sin decir nada. — No llores… — murmuró — No es divertido verte llorar.

Notaba mis ojos humedecerse y nublárseme la vista, con un nudo en la garganta que me provocaba dolor y una angustia palpable.

—Me va a odiar… — sollocé. — Gus me va ha odiar. Le doy asco… le doy asco… — mis brazos se cerraron alrededor de su cuerpo de piedra, sin explicación, utilizándole de apoyo para mi desesperación, a él, a la persona que cualquiera temería, al demonio personificado, a un monstruo sin conciencia, sin remordimientos, de piedra, frío como el hielo, maligno como el diablo, indiferente como un trozo de piedra inerte ante el mundo. Abracé a Tom, sin miedo. Como la única persona en el mundo que no le teme ni intenta huir de él, que quiere tenerle cerca sin importarle las consecuencias.

¿Por qué? Mierda…

Porque el Muñeco empieza a enamorarse de su diabólico dueño.

Continúa…

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por Sarae

Escritora de Muñeco

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