
— Ahora eres diferente. — Tom sonrió.
—Nunca me había parado a pensar detenidamente en eso. Supongo que si lo hubiera llegado a pensar, hubiera llegado a la conclusión de que era como un cadáver. Empeorando con los años, cada vez más putrefacto, jodiendo cada vez más a los que me rodeaban con mi olor de muerto en proceso de descomposición e intoxicando con mi cuerpo lleno de gusanos mugrientos repletos de enfermedades a todo el que estaba en mi funeral… — Tom abrió los ojos de nuevo. Nos quedamos mirándonos fijamente, sin dejar de acariciarnos aunque sólo fuera con pequeños roces tiernos, e intenté comprender que era lo que había más allá de su mirada, algún sentimiento oculto que se me hubiera pasado desapercibido antes. Encontré algo parecido a melancolía y nostalgia, incluso algo de vergüenza en su mirada, recordando algo, algo que a juzgar por su ceño fruncido, no le gustaba nada. Un recuerdo molesto, me atrevería a decir que incluso doloroso para él y sus palabras no hicieron nada más que confirmar mis suposiciones y hacer que se me pusiera la piel de gallina por su macabro tono de voz.
—Supongo que los gusanos de mi cuerpo no llegarían a intoxicar a nadie, porque no abría nadie en mi funeral.
Sentí la necesidad de abrazarle fuertemente y decirle al oído que yo si estaría en el funeral. De hecho, estaría a su lado, enterrado en su misma caja de madera de roble a tres metros bajo el suelo.
—Tom, yo… — se lo hubiera dicho de no ser por el inoportuno sonido del maldito teléfono que tenía que interrumpir justo en ese momento. Tom se revolvió sobre el sillón y descolgó, llevándoselo al oído con expresión de nuevo indiferente, totalmente indiferente.
—¿Sí?… Ah, hola, esto… mamá… — le costaba trabajo decirle mamá a nuestra madre. Por lo poco que hablaba de nuestro padre, podía decir con seguridad que no le llamaba papá, sino viejo, parado o cualquier otro nombre que resultaría insultante para cualquier otro padre y por el que la sola mención le costaría una buena bofetada. — Sí, estamos los dos aquí, ¿Te paso con Bill?… ¿No?… Ajá… sí… bueno, lo más seguro es que esta noche nosotros tampoco estemos aquí. Bill quiere ir a una fiesta y… sí, es muy cabezón… — inconscientemente, se me formó una sonrisa en la boca mientras le miraba como un bobo y apoyé con total confianza la cabeza en su hombro. Tom me acarició el cuello, pasándome el brazo por debajo de la cabeza y dejándolo flácido sobre mi pecho. — ¿Gordon? Oh, bueno, eso no es de mi incumbencia… — se quedó callado unos segundos. Me pregunté enseguida que le abría dicho para que se dibujara en su cara una media sonrisa de las más tiernas que le había visto nunca. — … Me cae bien, aunque se ponga pesado a veces cuando me ve con la Gibson y me pida que se la deje como un niño chico… sí, lo sé… — Tom frunció el ceño de repente. — ¿Unas botas nuevas? ¿En la tienda más cara de la ciudad? — de repente me miró, con una ceja alzada. Yo me quedé mudo y con los ojos muy abiertos como platos. ¿No sería…? ¿Mamá se lo había dicho en serio? — … No, claro que no me lo había dicho… sí, Bill es muy modesto… — noté como me pellizcaba el cuello de esa manera que tanto odiaba, que tanto dolía, pillándome el músculo que había entre mi cuello y mi hombro, haciéndome abrir la boca con gesto de dolor. — Sí, se lo diré… — Tom sonrió con malicia de nuevo. — Gracias, mamá. — y colgó.
—Tom, me estás matando… — murmuré, adolorido. Él no me soltó.
—Muñeco, ¿Por qué no te pones hoy esas botas de mil euros que pensabas comprarte para Navidad en esa tienda tan cara del centro? Creo que nunca te las he visto puestas.
—Eh… — si, se lo había dicho. Mierda… — Es que sólo me las pongo en ocasiones especiales. — murmuré, buscando la manera de soltarme de su agarre.
—¿Te gastaste el dinero de tu regalo de Navidad en mi guitarra? ¿El dinero que habías estado ahorrando durante todo ese año en mí? — puse los ojos en blanco unos segundos.
—¿Te vas a cabrear?
—No. Te voy a follar a cuatro patas por subnormal.
—Ah… entonces sí. ¡Y no sólo el dinero de las botas, eh! ¡También me gasté el dinero de la ropa que pensaba comprarme, dos mil euros en total! — Tom abrió la boca de par en par, no sabiendo si reír o escandalizarse. En ese momento, aproveché para meterle un mordisco en la mano con fuerza, haciendo que me soltara al momento y salí corriendo del salón, escopeteado.
—¡Serás mamón! ¡Pijo, en cuanto te pille te voy a dar de azotes que tu culo va a parecer el del mono fumetas del Rey León!
—¿¡Pijo!? ¡Serás…! ¡Scotty, Scotty! — el perro salió andando tan pancho de la puerta de la cocina, mirándome con los ojos muy abiertos. — ¡Arráncasela de un mordisco! ¡Protégeme! — el perro miró a Tom, levantándose amenazante del sillón. Por unos momentos, los dos se miraron y el perro le ladró con fuerza y le gruñó, en posición de ataque. Tom le lanzó una mirada asesina.
—Fuera de mi vista, chucho. — y me quedé alucinado cuando Scotty salió corriendo y se escondió detrás de mí, empezando a ladrar por lo bajo tras mis piernas, acongojado. Ni me paré a mirar a Tom antes de salir corriendo de allí con intenciones claras de encerrarme en el baño. — ¡Huye canijo! ¡Ya volverás, no tengo prisa!
—¡Vístete o no llegaremos a la fiesta! — le grité desde el baño, preparándome ya para darme una buena ducha caliente.
—¡Como si me importara la puta fiesta! ¡Estoy pegajoso y sudoroso por tu culpa! ¡Hazme un hueco en la ducha si quieres llegar a tiempo!
—¡Ja! ¡Tú lo que quieres es matarme a polvos!
—¡Cómo si tú no lo quisieras! — No contesté. No había una respuesta para eso que no fuera reconocerlo o mentir, y no tenía ganas ni paciencia en esos instantes como para intentar hacer ninguna de las dos.
Abrí el grifo del agua, esperando que pasara de fría a caliente rápidamente. Miré la hora en el reloj colgado de la pared frente al inodoro. Las once menos veinte. Por mucha prisa que nos diéramos, ya no íbamos a llegar a tiempo, así que me decidí. Puse el tapón en la ducha para que el agua no se escapara y salí del baño, caminando con tranquilidad al salón. Me asomé por la puerta y le vi allí, tumbado de nuevo en el sillón con los ojos entrecerrados y una gran sonrisa en la boca. Scotty estaba encima suya, de su estómago desnudo y Tom jugueteaba con él haciéndole rabiar como un niño chico. Por un momento, me pareció un niño chico con esa sonrisa traviesa pero feliz iluminando su cara.
—¿Qué te ha dicho mamá? — apoyé la cabeza en el marco de la puerta con suavidad. Tom me miró de reojo y volvió a clavar la mirada en Scotty, ensanchando la sonrisa todavía más.
—Ha dicho que seguramente no vendría esta noche y me ha preguntado que me parece Gordon como padrastro. Le he dicho que eso no era de mi incumbencia y ella… ha dicho que era parte de la familia, de nuestra familia, que claro que me incumbe por que era su hijo… y ha dicho que está orgullosa de mí. — Scotty se acurrucó en su pecho, dándole suaves pataditas en la cara con las patas delanteras, haciéndole reír con suavidad.
Definitivamente, Tom estaba cambiando. Había empezado a respetar a mí madre, a respetar el ambiente familiar, a respetar a las personas que lo rodeaban y a acostumbrarse a la vida pacífica, tranquila y afectuosa con la que debería haber crecido. Era un gran paso, ahora era capaz de sentir. Con sólo verle sonreír, sentía un cúmulo de sensaciones cálidas envolverme cada poro de piel.
Tom estaba feliz porque mamá le había dicho que se sentía orgullosa de él. Era curioso como la sonrisa más malvada y lujuriosa del mundo podía cambiar y transformarse en esa preciosa sonrisa repleta de felicidad y dicha que le envolvía.
¿Por qué? ¿Acaso sólo yo era capaz de ver que era un ser humano a pesar de todas esas capas de odio y maldad que cubrían su piel?
—Tom. — le llamé, dibujando circulitos en la pared con la yema de los dedos.
—¿Hum?
—¿Me vas ha hacer el amor en la ducha? — desvió toda su atención de Scotty hacía mí, con asombro.
—¿Hacerte el amor? — me encogí de hombros.
—También se dice así, ¿no? — Tom sonrió otra vez. Esta vez su rostro me pareció incluso más puro que el de un niño de cinco años y, sin añadir nada más, empecé a andar hacía el baño, dejando la puerta semiabierta mientras me introducía en la ducha y las gotitas de agua empezaban a recorrer mi cuerpo desnudo. No tardé ni cinco segundos en sentir otro cuerpo empapado cerrando sus brazos alrededor del mío y unos labios que conocía como si fueran otra parte más de mí me besaban el hombro suavemente.
Algún día, todo el mundo vería al Tom que yo veía. Algún día…
Continúa…
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