
Estaba mareado incluso dormido. En plena inconsciencia el dolor de cabeza me azotaba y el frío me hacía tiritar. Me dolía todo el cuerpo, especialmente la garganta, irritada, como la sentía cuando lloraba. ¿Había estado llorando? No lo recordaba.
—Tiene mucha fiebre, quizás debería llevarlo al hospital. — oí la voz suave y preocupada de mamá, un poco lejana, como en otra realidad.
—No le pasará nada por un poco de fiebre. Será gripe o algo por el estilo, no te preocupes. Yo cuidaré de él. — esa voz ya era más difícil de situar. ¿Sería Gordon?
—No se si debería, ¿Y si empeora?
—Puedo llevarlo yo al hospital si llegara a pasar, pero… no lo creo.
—Hum…
—¿No confías en mí? — su tonó imponente varió a uno lastimero.
—¡Oh, claro que si, cielo! Sólo estoy preocupada… ¿Seguro que podrás cuidar de él tú sólo?
—Claro.
—De acuerdo, entonces te lo dejo a tu cargo. Si llegara a empeorar, llámame al móvil. Está apuntado al lado del teléfono, junto a los números de emergencia. Bill es tan olvidadizo que de pequeño tenía que apuntárselos con rotulador en el brazo.
—¿Enferma a menudo?
—No, quizás es que yo soy demasiado sobreprotectora. Bueno, me voy a trabajar cariño. Si pasa algo, llámame.
—Adiós… mamá. — ¿mamá? En el momento en el que oí el portazo de la puerta de la calle al cerrarse, abrí los ojos que había mantenido entrecerrados hasta ese momento.
No era Gordon, ¿Quién…?
—¡Ah! — metí un bote sobre la cama, deshaciéndome del exceso de sábanas que tenía encima. La toalla mojada que había sobre mi frente cayó al suelo y todo empezó a darme vueltas y vueltas hasta que volví a desplomarme sobre la cama, mareado y con un dolor de cabeza horrible. Tenía la nariz entaponada por los mocos, que asco.
Tenía que salir de allí, buscar a mi madre y… no, no, mejor a Georg. Lo mataría con un bate de béisbol, si. Tenía que llamar a Georg y…
La puerta se abrió cuando agarré el móvil, dispuesto a marcar. Él se detuvo en el umbral, mirándome con una ceja alzada.
—¿Ya te has despertado?
—No… soy sonámbulo, ¿no te jode? ¡Ni te me acerques! — grité, con voz aguda y congestionada, blandiendo un móvil como arma homicida.
Se empezó a reír en mi cara.
—¿Qué coño haces? Anda, suelta el móvil a ver si te lo vas a comer. — cerró la puerta lentamente tras él, sonriente. Mi primera reacción fue coger la almohada y tirársela a la cabeza. — Cuidado, no vayas a dejarme tonto. — cogí el cuaderno de biología que había sobre la mesa y se lo lancé. Lo cogió al vuelo y lo tiró al suelo, pisoteándolo. Mis apuntes a la mierda. Lo próximo fue arrancar el teclado del ordenador y tirárselo a la cara. — ¿Pero que haces? — lo esquivó, cogiéndolo con cuidado, junto a la pantalla, eso le impidió moverse lo suficientemente rápido como para esquivar el escritorio. Aproveché que tal vez le había roto una costilla para abrir la ventana y precipitarme por ella para saltar al jardín. Demasiada altura, me rompería una pierna… o las dos.
Marqué a velocidad supersónica el número de Georg, pensándome mejor si saltar o no al verlo correr hacía a mí con expresión asesina. ¿Matarme o quedarme a merced de mi malvado hermano gemelo que, por lo pronto, ya se había llevado consigo mi santísima virginidad trasera? Matarme, si, matarme.
—¡Cabronazo! — Me cogió al vuelo cuando ya me veía volando libre como un pájaro próximo a estamparme contra el suelo.
—¡No! ¡Nooooo! — pataleé, intentando que me dejara caer, pero sus brazos me agarraban como un koala por la espalda y tiraban de mí hacía atrás.
—¡Serás hijo de puta! — le pegué una patada en algún lugar y le tiré de las rastas.
—¡Georg, socorroo!
—¡Cállate!
—¡Me violan, no! ¡No, no, no, no quiero!
—¡No me cabrees o te juro que …!
—¡Ayuda!
—¡Estás muerto!
—¡Aaaahhh! — Su cuerpo calló pesadamente sobre el mío. Mi pobre espalda dio contra el duro suelo y frente al aturdimiento, me vi totalmente inmovilizado y aplastado por él. Me tapó la boca con la mano. Su mirada furiosa me dejó paralizado y muerto de miedo.
—Tú… estás muerto. — ese tono amenazador era nuevo para mí, de hecho, todo lo que él representaba era nuevo. Sólo sabía que era mi hermano gemelo, aquel al que no veía desde los cuatro años y, ayer… Se acostó conmigo. Si lo hubiera sabido antes, si hubiera tenido al menos una foto, nunca hubiera dejado que esto pasara pero…
Su mano iba camino de mi cuello, por su rostro, parecía estar deseando agarrarlo y aplastarlo, cortarme la respiración, estrangularme hasta matarme. Por primera vez en mi vida sentí auténtico miedo.
Entrecerró los ojos y se detuvo. Su rostro se relajó. Me acababa de dar cuenta de que estaba llorando, temblando de pánico y de frío. Con su mano sobre mi boca y la nariz entaponada, no podía respirar.
Algo tuvo que hacerle apiadarse de mí y me soltó. Empecé a toser violentamente, tomando aire a bocanadas. Aún seguía sobre mí, con expresión indiferente, muy cerca. La noche anterior su contacto me había hecho estremecer y morirme de placer, ahora tenía miedo porque seguía igual de atrayente que la noche anterior, aún sabiendo quien era. Dios mío, ¿Tan salido estaba? Que se quitara, que se apartara por favor, que se apartara y, como si hubiera oído mi súplica, se aparto. Se levantó de encima de mí, sin ni siquiera mirarme y agarró el escritorio volcado sobre el suelo, volviendo a colocarlo en su sitio. Me situé de rodillas sobre el suelo, observándolo sin mencionar palabra, tosiendo, mientras él recogía el desastre que había montado y lo colocaba todo medianamente bien.
—Ten un poco de más cuidado con lo que dices o haces. — le oí murmurar. — Soy fácil de irritar y pierdo a menudo los nervios. — yo si que estaba perdiendo por completo los nervios. ¿Es que no decía nada? ¿No le importaba lo de la noche anterior? Se había acostado con su hermano gemelo y ¿Así se quedaba?
—Ayer… — me picaba la garganta. Sentí un calorcillo sofocante recorrérmela de arriba abajo, extendiéndose por todo mi cuerpo al recordar cada detalle de lo sucedido hacía ni siquiera veinticuatro horas.
—¿Ayer? — alzó una ceja. — ¿De que hablas? — me quedé con la boca abierta, observándole.
—Ayer… ayer… Esta noche… tú y yo en el pub…
—¿Qué dices? Es la primera vez que te veo desde los cuatro años.
—Pe-pero… — estaba estático. ¿Cómo que no me había visto desde que nos separaron? Pero si habíamos pasado la noche juntos, nos habíamos tocado, besado y… lo habíamos hecho. Me miraba serio, cruzado de brazos con chulería. La persona de la noche anterior era idéntica a él en aspecto pero… su comportamiento… ¿Era posible que me hubiera equivocado? Incluso vestían igual y tenían la misma voz. No era posible, ¿O si? Una pequeña lucecita de esperanza me iluminó el rostro cuando apreté el móvil fuertemente entre mis manos y busqué su número en mi agenda y rápidamente, sin importarme que mi hermano estuviera frente a mí, llamé sin pensarlo y me lo llevé al oído, con una sonrisita bobalicona en el rostro, desquiciada. Me sudaban las manos.
La melodía de un móvil empezó a sonar cerca de mí. No era el mío. Mis ojos empezaron a trepar lentamente por el cuerpo de Tom, de mi hermano, recorriendo cada centímetro cubierto por ese montón de ropa enorme, buscando el sonido que me estaba llamando la atención, el molesto sonido de esa molesta melodía rapera. Mantenía su móvil en alto para que lo viera bien. En la pantalla iluminada…
Muñeco…
El móvil se me cayó de las manos al suelo. Sonrió. Se rió cruelmente de mí.
—Era broma. — si, era él. El mismo que la noche anterior. Mi hermano. — Era tan obvio. No pensé que fueras a dudar teniéndome cara a cara. Que ingenuo, muñeco. — acarició el filo del móvil con los labios antes de rechazar mi llamada con expresión divertida.
Se me empezó a remover el estómago y sentí como la cordura desaparecía poco a poco.
—Tampoco hace falta que te pongas a llorar…
—Pe-pe… — ni siquiera me salía la voz, solo un débil tartamudeo. — ¿Sa—sabías… que éramos… hermanos? — ladeó la cabeza ante mi pregunta, poniendo los ojos en blanco. Si todo resultaba tan sorprendente para él como para mí, quizás…
—Si. Lo supe cuando empezaste a hablarme del miedo que le tenías a tu hermano desconocido, que temías que te maltratara, te utilizara, te violara y demás… — se rió. — ¿No es irónico? En realidad, no fue una violación después de todo. — me levanté del suelo de golpe.
—¿¡Estás loco!? — levanté la mano para golpearle, pero me mareé y las piernas empezaron a fallarme de nuevo. Me agarró, prácticamente me abrazo y situó su mano fría sobre mi frente, apartando los mechones de pelo suelto. — ¡No me toques! — estaba furioso y me soltó arrojándome sobre la cama con brusquedad.
—Si puedes gritar así, no puedes estar tan mal. — Lo vi, a gatas sobre mí, con las manos sobre mis hombros. Apretó con dos dedos un lugar concreto entre mi cuello y hombro y un dolor punzante me paralizó los músculos pertenecientes a ese lugar.
—¡Aaahh! — grité, sin poder contenerme. Sonreía de una manera tan sádica…
Me encogí sobre la cama, luchando por contener las lágrimas.
—¡Para, para ya!
—¡Exagerado! — pataleé y grité, resistiéndome, intentando apartar su mano de mi cuello.
—¡Quítate joder!
El timbre sonó. Nos miramos mutuamente en silencio durante unos segundos, repentinamente paralizados. ¿Se movería? ¿No lo haría? Me… me… ¿Qué me haría? Era capaz de imaginarlo y casi empezaba a resignarme a ello, siendo consciente de su fuerza. No quería. Otra vez estaba a punto de llorar hasta que se levantó con un nuevo sonido del timbre, bufando.
—Ahora que empezaba lo interesante. — caminó hacía la puerta y me levanté, alterado, adolorido por el daño que me había causado en el cuello, dispuesto a seguirlo. Al ver mis intenciones, de nuevo me empujó bruscamente haciéndome caer al suelo, a los pies de la cama y salió de mi cuarto. Me levanté enseguida y corrí tras él, escaleras abajo. Él ya había abierto la puerta.
—Esto… ¿Está Bill o… me he equivocado de casa?
—¡Georg! — Georg, mi salvador, mi mejor amigo había venido a salvarme. Las lágrimas contenidas casi se me saltaron de puro alivio y salté el último tramo de escaleras de un brinco, dispuesto a tirarme encima de él como en una serie de dibujos animados, con tal mala suerte que calculé mal mis escasas fuerzas a causa de la fiebre y me caí de boca sobre el suelo.
—¡Ah, tan torpe y burro como siempre, eres un pupas! — Georg me levantó cogiéndome de la cintura como si fuera un saco de patatas.
—Me duele la cabeza. — lloriqueé.
—Eres tonto. Te va a salir un buen cuerno.
—¡Estoy enfermo! ¿Sabes? Tengo fiebre… ¡Y muchos mocos!
—Eso es asqueroso.
—Así que trátame con delicadeza y se bueno conmigo.
—Perdone, príncipe. Es usted quien se ha comido el suelo, ¿desea que le aparte de la nariz su real moco?
—¡Idiota!
—¡Jajaja! — me reí con él, o lo intenté. Me salió algo parecido al gruñido de un cerdo con tanta mucosidad. Era tan fácil olvidarme de los problemas cuando estaba con él. — Gustav, ¿Qué haces ahí parado? — entonces me fijé en que Gus aún seguía en la puerta. Mi otro mejor amigo, parado, paralizado y pálido. Sus ojos y los de Tom estaban fijos en el contrario.
—Georg, quizás… ¿Hemos interrumpido algo? — murmuró, recuperándose del shock. Me miró y me puse blanco. Él sabía con quien había pasado la noche anterior, nos vio. Un escalofrío que me puso el vello de punta me recorrió la piel.
—¿Eh? ¿Interrumpir que? — y por primera vez, Georg pareció reparar en Tom. Quedó consternado. — ¿Quién eres tú?
—¿Yo? ¿Sois amigos de mi hermano?
—¿Hermano? No me digas que tú eres su gemelo. — Tom sonrió. Los ojos de Gustav casi se le salieron de las órbitas.
—Soy Tom.
—¡Tom! ¡Joder! Pe-pero… ¡sino os parecéis en nada! Y yo pensando que iba a tener que cargar con otro Bill el resto de mi vida, vaya alivio.
Gustav no sabía que pensar y yo, no sabía que decir. Ayer me acosté con un hombre y hoy me he enterado de que es mi hermano gemelo, que… está completamente loco. Las consecuencias serían nefastas.
—Bueno, ¿Pasas, Gus? — intenté hablar con normalidad, más tranquilo teniéndolos a mi lado. Tom no se me acercaría estando en compañía ¿no?
Gus asintió y entró.
—Si, paso. Creo que… tenemos que hablar de algo.
¿De que iba mi hermano? No nos había quitado ojo de encima desde que entramos en el salón, atento a cualquier movimiento, a cualquier mirada. Me ponía muy nervioso.
—¿Vienes de Stuttgart? — le preguntó Georg, distrayéndolo por un momento.
—Si.
—Me han dicho que es un paraíso de frikis.
—¡Jajaja! ¿Eso dicen? ¡Venga ya!
—¡Si, y que está muy animado siempre!
—Bueno, eso si es verdad. Aunque no hay frikis, al menos yo nunca he visto a uno por mi barrio. Supongo que, porque por donde yo vivo, solo está la escoria de la ciudad.
—¿Escoria?
—Las bandas de delincuentes, ladrones, alcohólicos, yonkis, drogadictos… gente así.
—¿Tú vives en un sitio así? — Tom se encogió de hombros.
—Entre la mugre. Tampoco es gran cosa, pero por lo menos, nunca tienes tiempo para aburrirte si sales a la calle. — escuché la conversación desde la cocina, sorprendido. No sabía nada de mi hermano, sólo que vivía con mi padre en Stuttgart y que entró en la universidad por beca y, de la misma manera, lo habían echado a la calle. También sabía que era problemático y, por lo visto en las últimas horas, que estaba loco. No sabía nada más y Georg desvió la conversación hacía otros temas, incómodo a causa de la última respuesta.
—¡Bill! ¿Te has desmayado por el camino?
—¡Encima de que las cervezas son para vosotros, os quejaréis! — les grité desde la cocina, sacando tres cervezas del frigorífico. Si Tom quería una yo no pensaba llevársela pero, en cuanto llegué al salón y le di una a cada uno, Tom me arrancó la mía de las manos. — ¡Eh, esa es mía!
—¿Tú, beber alcohol, estando enfermo? Creo que no. — le dio un trago largo en mi cara y Georg rompió a reír observando mi expresión rabiosa.
—Oh, pobre Bill. Pero estate agradecido. Tu hermano se preocupa por ti. Ahora se que si te dejo solo en casa podré irme tranquilamente a la mía sin preocuparme de que te caigas dentro del horno.
—Ja, ja, ja.
—Anda hermanito, hazte un zumo de naranja con muchas vitaminas para ponerte bueno. — Georg bramó, carcajeándose. Gustav nos miraba alternativamente, de mi hermano a mí, buscando el momento idóneo para estar a solas conmigo y preguntarme que demonios estaba ocurriendo, así que decidí sentarme. Ni Tom se me acercaría de esa manera delante de Georg, ni Gus preguntaría nada frente al grandullón. Georg era mi bendita salvación. Si pudiera contarle lo sucedido sin necesidad de temer que cometiera un asesinato hacía Tom… Por eso Gus era mucho mejor para confiarle secretos. Mucho más discreto y te era de mucha más ayuda, al menos, sino querías que alguien saliera herido.
Me senté al lado de Georg, pegándome todo lo posible a él, agarrándole del brazo. Volvía a sentirme mal.
—¿Y esas confianzas, Billy, cielito? — imitó la voz de mi madre, bromeando. No tenía ganas ni de reír y apoyé la cabeza en su hombro, desganado.
—Tienes mala cara ¿Estás bien? — Gustav me tocó la frente con la mano, situándose de rodillas a mi lado. — Tienes fiebre.
—Ya lo sabía.
—Deberías ir a la cama. — me aconsejó.
—¿Te llevo? — El ambiente dio un enorme giro, pasando del cachondeo entre amigos al casi familiar. Estaba acostumbrado a eso, a que me mimaran de esa manera, tanto mi madre, como ellos.
—No quiero. Estoy bien. — tenía miedo de acostarme y de que cuando me despertara, ya no estuvieran a mi lado y Tom se aprovechara de mi debilidad para… lo miré de reojo. Él nos observaba con el ceño fruncido, pensativo y mosqueado.
—¿Qué clase de relación tenéis vosotros tres? — preguntó, con recelo y casi asco.
—¿Eh? — las atenciones de los dos se centraron en él y eso, me molestó.
—En mi mundo, si un tío apoya la cabeza en el hombro de otro, puede considerarse hombre muerto.
—Tu mundo es muy raro, tío, aunque supongo que es lo normal. — Georg me revolvió el pelo con cariño, aplastando mi cabeza contra su duro brazo. — Bill es nuestro mocoso mimado, el mimosín, el gatito perdido, nuestra mascota. Llevamos juntos tanto tiempo cuidando de él que hasta hace poco, su madre nos llamaba por teléfono para hacer de niñeras cuando salía a comprar pan.
—¿Estáis de coña? — me puse rojo recordando aquello. Siempre había estado demasiado sobreprotegido tanto por mi madre como por mis amigos, como si fuera una muñeca de porcelana.
—Bill es nuestro amigo. — saltó Gus de repente, con un tono tan protector que Georg se le quedó mirando con sorpresa. — Nadie, aparte de su madre y nosotros ha estado y estará tan cerca de él. — eso, sonó como una advertencia hacía mi hermano, tan clara, que me hizo tragar saliva. Tom rozó el cristal de la botella con los labios, clavando su mirada penetrante en mí. Se estaba riendo en silencio.
—Supongo que no. — los dos sabíamos que si. Que en una sola noche él había estado más cerca que todas mis personas queridas. Dentro de mí y eso, me hizo sentir hasta remordimientos.
—Ayer estuviste en el pub que hay a las afueras ¿verdad? — los ojos casi se me salieron de las órbitas cuando Gustav habló de ese tema con total normalidad delante de los tres. El corazón se me aceleró y vi a Tom apartarse la botella de cerveza de los labios, tras darle varios sorbos, totalmente tranquilo y casi ausente.
—Si, ¿Por qué?
—Hasta hace nada me preguntaba quien abría llevado a Bill a casa después de la fiesta. La última vez que lo vi, estaba a tu lado.
—Si, supongo. Salió conmigo, ¿Qué pasa con eso? — abrí la boca de par en par, observando como Tom apoyaba el tobillo sobre su rodilla, sonriente, entretenido, aparentemente divertido por el interrogatorio y al dirigirme una de esas miradas maliciosas, no supe con certeza hasta donde estaba dispuesto a hablar para chincharme. Pero… eso era demasiado…
—Nada. — Gus se encogió de hombros y estiró los brazos. — Me pareció curioso…
—¿El qué? — se picó Tom, o, quizás, lo hacía para joderme y aumentar mi tensión.
—Estuve llamándole, nervioso, unos minutos después de veros salir juntos, pero nadie lo cogió hasta, más o menos tres horas después, de camino a casa. En esas horas, me preocupé mucho… — lo dejó en el aire. Su pregunta no formulada era obvia. ¿Qué ocurrió durante esas tres horas que estuve incomunicado? Algo se me cruzó por la cabeza entonces. No oí ningún móvil mientras Tom y yo nos dedicábamos a calentarnos en el coche el uno al otro y, de camino a casa, cuando lo cogí, lo encontré apagado, cuando yo siempre lo tenía encendido, por si acaso. Lo había guardado en la chaqueta, lo primero que él me quitó y tiró al suelo. Una de las cosas que desaparecieron de mi vista cuando me metió en el coche, desnudo.
Sería hijo de puta. Lo había tenido todo planeado desde un principio.
—¿Qué mierda estás diciendo, Gustav? — gruñó Georg.
—Durante esas tres horas… — mi cara debió ser la misma encarnación del horror cuando Tom curvó una sonrisa de las suyas. Lo iba a decir, ¿Lo iba ha hacer de verdad? — Que yo recuerde, durante ese tiempo, Bill y yo… — cállate, cállate, cállate, cállate por favor. Le supliqué con la mirada, horrorizado. — Hacía mucho que no nos veíamos, desde los cuatro años. Había mucho de que hablar y, por suerte, nos reconocimos enseguida. Bueno, en realidad, él tardó un poco más, pero a mí me bastó un par de frases para saber que era mi hermanito y… la emoción fue tanta que decidimos ir a un sitio más silencioso para poder conocernos más… a fondo. — su sonrisa no varió en nada. Mi rostro pasó de pálido como un muerto que había caído de un ataque al corazón tras ver un fantasma a uno de profundo alivio. Suspiré. Gustav se relajó un poco, pero seguía sospechando que algo no iba bien.
Había empezado a sudar a chorros por culpa de ese momento tan estresante. Estaba agobiado, necesitaba agua.
—Voy a… por agua… — me levanté desganado, sintiendo las miradas de todos clavadas en mi nuca. Encogí el cuello, sintiendo una pequeña chispa de electricidad recorrerme la columna. Miré a Tom por encima del hombro, disimuladamente. Me observaba con atención y al ver que yo también lo hacía, me vaciló pasándose la lengua por los labios, sonriente. Me quedé tieso unos segundos y cerré la puerta de la cocina de un portazo, apoyándome en ella una vez hube escapado de su mirada.
El frío desapareció, empezaba a tener calor, empezaba a sudar. Las piernas me temblaban y no por la fiebre. Estaba loco, ¡Estaba loco! ¿Qué me haría en cuanto se fueran y nos quedáramos otra vez a solas? No, no, no por favor. Estaba acorralado de la noche a la mañana. No podía contárselo a nadie porque yo mismo lo había empezado todo y ahora, me había convertido en el muñeco de mi hermano gemelo. Su muñeco…
Me arrastré por la puerta y me derrumbé sobre el suelo, cubriéndome el cuerpo con las manos. Empecé a llorar. No me convenía. Si Georg o Gustav me veían se preocuparían y hasta que no les contara el motivo de mis lágrimas, no me dejarían tranquilo. Y no podía contarlo. No veía la salida. Sería el muñeco de Tom de por vida, su… juguete sexual. Las lágrimas se incrementaron. Tenía miedo, mucho miedo.
—La verdad es que es un alivio que por fin estés aquí. — oí a Georg claramente tras la puerta, sustituyendo sus risotadas por un tono de voz más claro y tranquilo, incluso dulce. Los sollozos ahogados me hacían difícil poder oírlo más claro. — Bill te ha estado esperando mucho tiempo ¿sabes?
—¿A mí? — me tapé la boca, conteniendo los sollozos y las ganas de gritar. Esa voz, la que no había dejado de sonar en mi mente toda la maldita noche, la de la persona que se aprovechaba de mí, la que me tenía acorralado, con ese timbre casi maligno…
—Desde que conozco a Bill a podido pronunciar tu nombre unas ocho millones de veces. Era realmente irritante que ha cada tema de conversación, de alguna manera, acabara hablando de su hermano gemelo. Mi hermano se llama Tom, vive en… ahora estará haciendo esto… quizás le guste esto… quizás esto otro… seguro que tiene muchos amigos, seguro que es muy guay, seguro que es muy fuerte y divertido… seguro que cuando vuelva, seremos inseparables…
—Estaba todo el santo día así, no se como lo hacía. Tenía unas ganas de conocerte impresionantes. — mis sollozos se detuvieron. Me los tragué con cada una de esas palabras, deseando escuchar más.
—Recuerdo que… bueno, Bill siempre ha sido muy torpe y bocazas y se metía a menudo en problemas con matones. Más de una vez le han atizado bien fuerte o le han hecho rabiar y, cuando nosotros lo ayudábamos y lo defendíamos, cuando se reían de él, gritaba “¡Cuando mi hermano mayor vuelva, os meterá una paliza!” — oí las risotadas de Georg contra la puerta, de nuevo, al hablar de ese detalle.
Era cierto, lo recordaba bien.
—Supongo que para Bill, el conocerte siempre ha sido su principal sueño. — si, lo era. Desde siempre. El pensar en mi hermano, en como estaría, como sería, que haría, siempre pensaba en él en los momentos de aburrimiento, me venía a la cabeza mecánicamente. En los momentos tristes, pensaba que él estaba cerca y compartía mi tristeza y eso me hacía sentir mejor. En los momentos alegres, quería pensar que él también estaba contento.
Cuando soplaba las velas de mis tartas de cumpleaños siempre pedía el mismo deseo. Quiero conocer a Tom, quiero ver a mi hermanito. El deseo se había cumplido.
—Bill siempre te ha estado esperando. Cuando no sabía que hacer, intentaba pensar en ti, en que harías tú, en que le aconsejarías estando a su lado. Te hacía más caso a ti, una sombra de lo que él recordaba, que a nosotros. Por eso… — me limpié las lágrimas. — No decepciones a tu hermano. Esperaba una especie de cuento de hadas cuando tú aparecieras. Te quería hasta el extremo sin ni siquiera conocerte. Sería un palo tremendo que le hicieras daño y viera que… no eres lo que él cree que eres. — las palabras de Gustav me llegaron hondo, me hicieron recapacitar y levantarme del suelo.
Lo había deseado desde pequeño, conocerle y ahora que lo tenía delante, ¿Me daba miedo? Vale que no fuera un hermano normal, vale que me hubiera utilizado, vale que me acosara y nos hubiéramos acostado juntos, que se hubiera aprovechado de la situación pero… seguía siendo mi hermano, mío. ¿Abría en él algo de lo que había esperado? ¿Algo de amabilidad, cariño fraternal? Eso, me tocaba averiguarlo a mí. De hecho, aún quería conocerle. El que nos hubiéramos acostado juntos no había hecho más que aumentar esa necesidad de saber más de él.
Pero no estaba dispuesto a ser un muñeco.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉