
Pero no estaba dispuesto a ser un muñeco.
—¡Bill, nos vamos ya!
—¡Si te has ahogado en el lavaplatos, no hace falta que vengas! — ¿Ya se iban? Estaba decidido a enfrentarme a Tom, ¡Pero no tan pronto! Corrí hasta la puerta de la calle, donde luché para no lanzarme en brazos de Gustav y rogarle que se quedara. Tom los despedía entre carcajadas, ya incluso planeando el día para quedar todos juntos. Él y Georg parecían llevarse bien, eso me preocupó.
—Esto… ¿Seguro que no queréis quedaros un poco más?
—No quiero que me contagies Bill, mañana tenemos facultad.
—Cierto, la facultad de psicología… — murmuré. Estaba en mi primer año de carrera. Georg ya iba por el tercero y, en ocasiones, me hacía de guía y me prestaba apuntes. Gustav iba por el segundo año de informática, como programador o algo parecido. Hacía unas cosas más raras con un ordenador delante…
—¿Y tú, Tom? ¿Qué estudias? — le preguntó Gus. Él se lo estuvo pensando unos segundos.
—Telecomunicaciones. No soy tan aplicado como vosotros, sólo estudio mientras busco algún trabajo. — me pregunté si hablaba en serio. Supuse que sí al ver su sonrisa ante nuestras caras atónitas, sin dar más explicaciones.
—Entonces nos veremos mañana por allí. Cuídate Bill. — tragué saliva.
—Claro.
—Cuídamelo ehh. — Tom sonrió, mirándome de reojo. El corazón retumbó con fuerza sobre mi pecho.
—Descuida. — los vi salir por la puerta. Gustav me miró por encima del hombro. No podía sacarse la sospecha de la cabeza y con razón. Aún estaba a tiempo de arrastrarme hasta ellos y rogarles que se quedaran o me llevaran, pero la puerta se cerró de golpe a manos de Tom antes de que pudiera decidirme. Retrocedí instintivamente, sin quitarle la mirada de encima. Nos observamos en silencio, intentando averiguar que se le pasaba por la cabeza al otro y, por su siniestra sonrisa, pude averiguar que nada bueno. — Ya lo has oído. Me han pedido directamente que cuide de ti… — le veía venir, dispuesto a abalanzarse sobre mí como un animal, acorralando a su presa. Empecé a ponerme nervioso conforme avanzaba y yo me quedé paralizado, sin saber que hacer, que decir. El deseo de conocerle desaparecía con el miedo y mi reacción fue darle la espalda y echar a correr hacía mi cuarto, pero ni si quiera pisé el primer escalón cuando sentí como me agarraba del pelo y tiraba de mí hacía atrás, hasta dar con su cuerpo, de un tirón.
—¡Ah! — grité. Otra vez me hacía daño y empezaba a temer cuanto dolor me causaría si me resistía de nuevo. Me agarró de la cintura, pegándome más a su cuerpo duro. Le agarré la mano, clavándole las uñas, intentado evitar que descendiera más de lo que deseaba. — ¡Estate quieto!
—No voy a dejarte escapar otra vez.
—¡No puede ser que estés tan loco como para no darte cuenta de lo que haces! ¡Hermanos! ¿¡Entiendes esa jodida palabra!? — me hacía daño con tantos tirones de pelo, casi perder el equilibrio. Intentaba introducir algo de sentido común a esa mente demente. Aún no era demasiado tarde para perder a… mi hermano.
—Querías conocerme ¿no? Me han hablado de las ganas que tenías de saber como era. Para tu información, yo no siento remordimientos, nunca, ¡Jamás, me arrepiento de lo que hago! — me gritó al oído — Cuando me mandaron aquí, cuando me hablaban de mi hermano, solo pensaba, otro estorbo, por mi como si está muerto. Pero por lo visto… al menos me sirves para algo. — una corriente de fuego me recorrió las venas. Me enfurecí, empujé hacía atrás con todas mis fuerzas, haciendo caso omiso a los tirones de pelo y los dos perdimos el equilibro, cayendo al suelo. Me soltó, me di la vuelta en vez de intentar huir y le agarré del cuello de la camiseta, aguantándome las ganas de pegarle un puñetazo.
—¡Te he estado esperando quince putos años, mi sueño era conocerte! ¡Conocer a mi hermano, mi perfecto gemelo y no separarme nunca de él! ¡Quiero a mi hermano, lo necesito! ¿¡Que has hecho tú con él!? — estaba fuera de mí. Tom sonrió, divertido por mis gritos. No podía creerme que existiera alguien tan insensible como él y, cuando me di cuenta, ya le había levantado la mano y le había dado una tremenda bofetada.
Reaccionó enseguida, me cogió del cuello, sentí una fuerte presión en el vientre y empotró mi cara contra el suelo, apoyando la mano sobre mi cabeza para evitar que pudiera levantarme. Él estaba sobre mí, sobre mi espalda.
—Te odio… ¡Te odio, te odio, te odio! — pataleé, intentado soltarme del agarré.
—¿Y qué? Todo el mundo me odia, deja de soltármelo a la cara como si fuera un insulto. — eso le molestó y a mí, me chocó.
—¿Todo el mundo te odia?… No me extraña. — me dio la vuelta con brusquedad, colocándome boca arriba y sentí el escozor de su mano impactando contra mi mejilla. Ahí me di cuenta de lo estúpido de mis actos, de creer que yo solo podría con él. Era mucho más fuerte, mucho más irritable, mucho más violento y no atendía a razones. Lo peor de todo era que me quería a mí y cuando lo entendí, ya era tarde. No quería llorar, no quería darle el placer, pero no pude contenerme, temblando, sollozando, muerto de miedo bajo su cuerpo. Se inclinó sobre mí lentamente, con las manos sobre mi cintura y apoyé las manos sobre sus hombros, negando con la cabeza entre lágrimas de espanto. — No… no, por favor… no… — mi voz sonó patéticamente suplicante y, ante mi sorpresa, la expresión indiferente de su rostro varió a una llena de incertidumbre.
—Mierda. — murmuró. — ¿Por quien me tomas? No soy un violador. Seré mala persona, un delincuente, alguien de quien no te puedes fiar, pero violador, nunca. Eso es asqueroso. — sus palabras me tranquilizaron. No se porque, pero sentí que podía confiar en ellas aunque no se apartara aún de encima mía. Aparté los brazos de sus hombros y cubrí con ellos mis ojos, aún con el susto latente en mi cuerpo, aún sollozando. Me dolía la mejilla.
—M-me… me has pegado.
—Hablas como si en tu vida nadie te hubiera tocado un pelo. No esperaba que por eso te pusieras a llorar así, si lo llego a saber, no te hubiera atizado.
—Me has estado acosando… todo el día…
—Te pusiste pesado y yo soy muy fácil de irritar, no digas que no te lo advertí.
—Aún no lo entiendo.
—Oh, por favor, deja de llorar. — pidió, en tono cansado. — No voy ha hacerte daño. — aún así, seguía sobre mí y yo, seguía asustado y medio histérico. — Venga, ¿Qué tengo que hacer para que dejes de llorar? Aré todo lo que me pidas. — aparté las manos de mis ojos de inmediato, mirándolo, sorprendido. Recordé esas palabras que había utilizado la noche pasada para tranquilizarme, mientras se situaba desnudo sobre mí y me acariciaba, muy despacio, con incluso algo de ternura… y lo mucho que me había gustado esa faceta suya. ¿Era posible que no hubiera sido todo mentira?
—¿Por qué…? — alzó una ceja, poniendo atención en mis palabras. — Sabías que era tu hermano… ¿Por qué lo hiciste? Si yo lo hubiera sabido…
—No me paré a pensarlo. — me interrumpió. — Estabas ahí. Desde que entré hasta que salí no pude apartar los ojos de ti. No sabía quien eras, de hecho, en un principio te di por mujer hasta que vi tu perfil. — tragué saliva. No tenía ni idea de cuanto dolía que dijera que me había confundido con una mujer. Era humillantemente doloroso y las lágrimas me asaltaron de nuevo. Él suspiró. — Según mis principios, el saber que eras un tío debería haberme hecho reaccionar, pero no lo hizo y entonces supe que hasta que no me acercara a ti y averiguara que mierda tenías para llamar tanto mi atención, no me quedaría tranquilo y, por eso, me acerqué. — se encogió de hombros. — No tiene más historia.
—¡Claro que la tiene! Hasta ahí no sabías quien era…
—Ya, ¿Y? El hecho de que luego me diera cuenta de que eras mi hermano no cambia ese otro hecho. — volví a limpiarme las lágrimas, moqueando.
—¿Qué otro hecho? — mi voz sonaba horriblemente aguda. Era patético.
—El hecho de que ya me habías… ¿Cómo decirlo para que alguien como tú lo entienda sin ser basto? — se tornó pensativo. Mi cabeza volvía a dar vueltas y tirado sobre el suelo, volvía a sentir frío. Mis manos ocultaron mis ojos de los suyos, me sentía bastante débil y presentía que si lo miraba a la cara, me ruborizaría hasta la raíz del pelo. Me ahogaba con mis propios jadeos y tenía la necesidad de desaparecer.
De repente, sentí algo cálido rozarme los labios. Su aliento penetraba por entre mis dientes, descendiendo por mi garganta como una cura para el frío que sentía mi cuerpo. Me estremecí y jadeé quedamente y entonces, sus labios se pegaron a los míos con cuidado, como si temieran romperme. Las lágrimas pararon al instante y entreabrió los labios sobre los míos. Sentí la humedad de su lengua dándome lametones sobre las comisuras y abrí la boca, que encajó a la perfección con la suya. Mis manos se apartaron de mis ojos llorosos enseguida y cayeron inertes sobre el suelo mientras su cuerpo se inclinaba más sobre el mío, empezando a sentir su peso, sus proporciones, su escasa musculatura la cual empecé a desear volver a tocar en toda su desnudez.
El calor volvía a mí. Sus labios, hasta ese momento quietos, empezaron a moverse y a rozarse contra los míos con su característica brusquedad, deseando tragarse los míos, compartiendo el mismo aliento, mezclando su saliva con la mía, jugueteando con mi lengua y deseando ir más allá… y yo también empezaba a desearlo.
Mis manos se movieron solas, introduciéndose bajo mi camiseta, deseando quitármela, acalorado. El roce de mis dedos sobre mi piel me hizo estremecer mientras me la subía hasta que sus manos, frías, heladas, se posaron sobre mi plano abdomen, provocándome escalofríos. Jadeé y separó sus labios de los míos aún cuando nuestras lenguas seguían unidas. Noté como un hilo de saliva se escurría por mi barbilla y cerré la boca, mordiéndome el labio, avergonzado con su mirada fija en cada detalle de mis movimientos. Su mano helada descendió por mi vientre hasta colarse bajo mis pantalones. El estómago se me encogió, notando el frío de sus dedos sobre la base de mi miembro. Temblé bajo su cuerpo y mi mano se posó sobre las rastas de su nuca, buscando un punto de apoyo al placer que me provocaba sentir sus dedos bruscos cerrarse sobre mi pene y moverse, de arriba abajo, con fuerza, sintiendo la presión que hacían mis pantalones sobre la dura punta, abultándolos.
Dejé la boca entreabierta. Los bajos gemidos emanaban a su gusto de mi garganta.
—Tanto quejarte… — le oí decir con voz ronca. Su otra mano la sentía fría sobre mi espalda, bajo mi camiseta, separándome del suelo, alzándome lo suficiente como para que sintiéramos el aliento del otro chocar contra nuestros labios. Sentí el calor de su cuerpo en cuanto la distancia entre nosotros se desvaneció. — Hermanos… hermanos… tampoco parece importarte a ti si empiezo a tocarte así. — me lo apretó con casi saña, haciéndome sentir excitación y dolor unidos. Dejé escapar un alarido frente a su rostro y sonrió.
—No… te rías… — apreté entre mis manos su nueva sudadera. Había ocultado entre las sábanas la que me había dejado la noche anterior. Las dos olían a él.
—Es divertido ver tu cara mientras te hago esto. — hundí mi cabeza entre su cuello y sus rastas, que me hacían cosquillas en la cara, abochornado, imaginando la expresión de salido que tendría en esos momentos. — Esa carita me pone muy caliente. — tragué saliva.
—No es justo… — tiré de su sudadera hacía abajo. Quería quitársela, arrancarle la ropa y volver a restregarme bajo su desnudez, pero, de nuevo, con un golpe seco y rápido, la mano con la que me manoseaba, con la que masturbaba mi duro pene, me apartó las manos, agarrándomelas y aplastando mi cuerpo medio desnudo bajo el suyo, inmovilizándome contra el suelo.
—Querías saber más de mí, ¿no? Era lo que has estado esperando mucho tiempo, muñeco. Te diré algo entonces… — se restregó contra mí, ansioso, con fuerza, haciéndome estremecer, ver las estrellas, encogerme de placer y gemir, casi gritar al sentir su miembro tan duro, chocar contra el mío. — Odio… que intenten dominarme. Sino domino yo, no tiene gracia el juego. — su lengua recorrió mi barbilla hasta llegar a los labios, dándoles un lametón, seguido de un pequeño mordisco que hizo que mi corazón volviera a acelerarse. — Recuérdalo para la próxima vez, muñeco. — y se apartó de mí. Se levantó de encima mía y me observó con expresión de superioridad desde arriba. Mi cuerpo tiritaba sobre el suelo una vez desaparecido su calor. Me encogí sobre mi mismo, sin poder evitarlo, en posición fetal, llevando mis manos a mi entrepierna.
Los pantalones me apretaban tanto que hasta dolían. Necesitaba… terminar…
—Ni se te ocurra hacer eso delante de mí. — le miré de reojo. Seguía delante, de brazos cruzados, observándome. — … muñeco.
—Deja… ¡De llamarme así! — y me levanté apresuradamente del suelo, ruborizado, sintiéndome completamente idiota. Me bajé la camiseta hasta que no se pudiera ver ni dos centímetros más de mi piel y salí corriendo hacía el baño, pasando por su lado. No me detuvo, me sonreía con malicia.
Me encerré en el baño y me desnudé rápidamente, vigilando que la puerta estuviera bien cerrada. Me metí en la ducha mientras abría el grifo y me miraba la entrepierna con cierto pudor. Era difícil creer que con solo unos roces me hubiera puesto tan duro.
Estuve pendiente de la puerta cerrada las dos horas que duró el baño y, a cada segundo, me veía tentado de abrir el pestillo y dejar libre acceso a aquel que quisiera pasar, consciente de que sólo lo haría una persona. La persona que durante dos horas, deseé que me tocara como yo hacía conmigo mismo.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉