Muñeco 21 (P.2)

Muñeco 21 (P.2)
Fic TWC de Sarae
Capitulo 21 (P.2)

La costumbre quizás…

—Joder, Tom… — murmuré, saliendo del shock. Alcé los brazos temblorosos hacía él, intentando levantarme y mareándome al instante, sintiendo el estómago trepar por mi garganta, a punto de devolver la cena. Me tapé la boca con las manos, reprimiendo el vomito. Tom se inclinó hacía delante, haciendo amago de ayudarme cuando de repente se escuchó el molesto ruido de los cristales hacerse aún más pequeños contra el suelo.
Sparky se empezaba a levantar lentamente. Tom enseguida cambió de dirección y dio un paso al frente, con el ceño de nuevo fruncido.
Todos empezaron a soltar gemidos de preocupación pero ninguno tuvo la iniciativa de intentar detener la pelea. Sólo yo me dejé caer torpemente al suelo, de rodillas prácticamente me arrastré hasta rodear con los brazos la pierna de Tom, deteniendo su avance.

—Suelta. — dijo. Negué con la cabeza. — Muñeco…

—Déjalo. Llévame a casa, por favor… quiero salir de aquí. — me dio una arcada. Me reprimí como pude. ¡Pero si ni siquiera era capaz de levantarme! — Voy a vomitar… no puedo más… — tosí. Dejé la cabeza apoyada en el suelo unos segundos, sin soltar su pierna. Tom se movió, se agachó. Me zarandeé un poco intentando alzar la cabeza y antes de que pudiera decir nada, ya tenía sus brazos aprisionándome fuertemente el cuerpo y alzándome del suelo, cargando por completo conmigo. Me colgó al hombro como un saco de patatas.

—Esto no se va a quedar así. Ya no. La próxima vez que te vea no voy a esperar a tener una razón para matarte. Sólo verte un pelo de la cabeza rondando cerca de mí Muñeco por casualidad y te enviaré a hacerle compañía a los gusanos bajo tierra. — su tono era el más amenazador y cargado de rabia contenida que le había oído nunca. Incluso superaba al de aquella vez de cuando le dejé como un perro fuera de casa y yo me encerré en ella.
Tragué saliva repetidas veces, con los ojos cerrados, luchando por contener el vomito cuando Tom empezó a andar hacía fuera y mi cabeza quedó boca abajo, colgando de cintura para arriba de su hombro. Pude ver las expresiones asustadas de la gente, cediéndonos el paso en silencio. La música y los gritos venían de abajo y lo sollozos de mi izquierda. Sollozos que me sonaban de algo. Sollozos que me hicieron abrir los ojos entrecerrados y observar con atención a esa persona rodeada de chicas intentando calmarla en vano. Una persona acurrucada en el suelo, con las manos en la cabeza casi totalmente calva, rapada al cero con violencia, como si se le hubiera podado el cabello con un cortacésped con toda la maldad del mundo.
La gran mata de pelo rubio caía a sus pies.
Natalie. Cruelmente rapada al cero. Casi totalmente desnuda con sólo las bragas y el sujetador medio desabrochado de encaje negro que, irónicamente, le había regalado yo para Navidad el año pasado. Llorando a lágrima viva sobre el suelo, estrujando los mechones de cabello entre sus finos dedos. Me miró y por una vez en la vida, fue ella quien bajó la cabeza, horrorizada y avergonzada por su decrépito aspecto.
Miró con odio puro a Tom y con un pavor indescriptible.
Entonces, nuestras miradas se desviaron. Todo estaba dicho sin necesidad de articular palabra. Ni una palabra. Nunca más.

—A fuera. Venga. Eso es… ¡Agáchate más! — y ahora no podía. No podía vomitar. Tom suspiró detrás de mí y se agachó a mi lado, frente al inodoro abierto. — ¡Quieres vomitar, coño! — balanceé la cabeza de un lado a otro. No, no quería, no tenía fuerza ni para eso. — Cinco jarras, imbécil. Cinco jarras enteras. Eres tan jodidamente canijo que si no lo echas fuera, te va a dar un coma etílico. — encogí el cuello. Tom me agarró el pelo de repente, apartándomelo de la cara y empujó mi cabeza contra el vater. Me rodeó la cintura y como el bruto que era, me apretó la barriga a mala leche, como si me hubiera dado un puñetazo. Sentí con profundo asco el líquido espeso y caliente subiéndome por el esófago. Vomité. — Ya era hora. — por su tono ahora más sosegado, parecía que situaciones como aquella las vivía día a día. Supuse que sí, que sería así antes de venir aquí. En cambio, para mí, era mi primera borrachera, al menos, tan bestial como esa.
Nunca había vomitado antes por un empache de alcohol. — ¿Ya? ¿Ya has terminado? ¿No quieres echar más? — no contesté. Sí que quería echar más. El estómago parecía bailarme dentro del cuerpo, pero ahora estaba vacío y seguramente el depósito de la bilis estaría también vacío después de semejante viaje.

—No puedo más… — murmuré. Tom me soltó el pelo y me dio un par de tortazos suaves en las mejillas para espabilarme.

—¿Estás ya más lucido? ¿Puedes levantarte tú solo? — asentí con la cabeza, despacio. — De acuerdo, pues entonces mea.

—¿Qué?

—Cinco jarras. Tienes que estar meándote como una perra, así que mea. — le miré fijamente, sin tener muy claro lo que me acababa de decir. Tanto ponche no sólo le había metido una paliza a mi hígado, sino que me había dejado un poco corto. — ¿Quieres que te la saque yo entonces? — su mano bajó hasta mi entrepierna. Los dedos se introdujeron entre mis pantalones, sobresaltándome.

—No, para… — quise gritarle, pero apenas salió un murmullo de mi garganta. Aún así, a Tom pareció bastarle y se apartó de mí, levantándose del suelo. Me miró unos segundos, vulnerable, de rodillas en el baño, con el pelo revuelto, los ojos brillantes y seguramente pálido. No entendía que veía en mí en esa situación como para sonreír de esa manera provocativa.

—Date prisa y termina. — cerró la puerta del baño. No le repliqué, sería estúpido hacerlo en mi estado. En realidad, no dije nada porque no tenía ganas.
Todo se había sucedido envuelto en un tenso e incómodo silencio de vuelta a casa en el a coche. Me dormí. O eso o me hundí en un profundo coma del que no era capaz de salir. Quizás hubiera muerto porque allá dónde estaba sólo veía la misma escena una y mil veces. Tom subiendo por las escaleras con Natalie agarrada a su mano, Sparky besándome en los labios mientras yo me revolvía, asqueado. Pero sobre todo el morreo entre Natalie y Tom, la sonrisa provocadora, vacilándome, rompiéndome por dentro. Si estaba muerto, eso era el infierno.
Acababa de descubrir que para un Muñeco era más doloroso ser abandonado por su amo que ser roto por sus manos.

—¿Ya lo has echado todo? — Tom me miró desde el sofá cuando salí del baño. Estaba tumbado como si nada, con las piernas apoyadas sobre el reposabrazos y las manos sobre la nuca. Parecía tranquilo, despreocupado, como siempre. Como siempre…

—Lo has hecho. — no estaba como para pelearme con nadie, y menos con Tom, pero antes de irme a la cama por una semana, debía decírselo.

—¿El qué? — y encima se atrevía a preguntarme qué. Negué con la cabeza y no le dije absolutamente nada. No tenía fuerzas ni ganas de cabrearme. Empecé a andar hacía las escaleras, tambaleándome. El mareo era casi más fuerte ahora, después de echarlo todo. — Muñeco. — me llamó Tom, pero no me detuve porque él me hablara, sino por el molesto pitido del teléfono. Subí un escalón más. — ¿No vas a cogerlo? — me quedé quieto, pero no le contesté.
Oí sus pasos dirigirse hacía el inalámbrico. La casa estaba de repente tan oscura. Quizás porque eran las cuatro de la mañana. O quizás porque de repente lo veía todo así de oscuro.

—¿Sí?… ¿Georg? ¿Qué pasa? Son las cuatro de la mañana ¿Sabes? — Georg… uno de mis mejores amigos. ¿O debería decir de mis mejores ex amigos? — ¿Qué estáis en la casa de Natalie? ¿Qué hacéis allí? — Tom se rió. — ¡No me digas, pero si nosotros hace una hora que volvimos! ¡Claro que Bill está conmigo, no me lo iba a dejar atrás! — apreté un puño. Su tono vacilón, como siempre, riéndose como si nada de repente me empezó a sacar de quicio. Me empezó a provocar algo que no era para nada placer. — ¿Estaba la policía? Tienes que estar de coña. — Tom volvió a reírse, burlón. — Que va. Supongo que alguna pelea. Bill y yo nos volvimos antes. El muy cabezón se puso como una cuba y sino llego a encontrarlo a tiempo, ahora tendría el culo bien abierto.

—Tom… cállate… — musité. Tom me miró de reojo, pero pasó de mí con el teléfono en la mano.

—Bill está aquí a mí lado ¿Gustav está a tu lado? ¿Puedes decirle una cosa de mi parte? — Tom se toqueteó el piercing del labio con la lengua, mirándome con una pequeña sonrisa.
Me ardió la sangre de las venas. Seguía riendo, me vacilaba después de haberse tirado a mí ex y habérmelo restregado por las narices. A Natalie le podían dar por culo, pero él, ¿Sonriendo, con la poca vergüenza de mirarme a la cara y reírse? No podía estar más furioso. Mis amigos traicionándome, Tom poniéndome los cuernos con toda la mala hostia del mundo y mi ex… bueno… eso ya era agua pasada.
Lo peor, lo que me hizo explotar vino con la siguiente frase saliendo de la boca de mi novio.

—Georg, dile a Gustav que no se preocupe por Bill. Es muy difícil que por medio del sexo oral se contagie alguna enfermedad, aunque claro, como Bill tiene la manía de tragarse el semen de mi polla, quizás… Claro, que menos mal que estoy limpio de enfermedades. Lo preocupante es el sexo anal. Tiene un culo tan estrecho y sangra tanto que cuando uno se corre en él, pues… pero mientras lo haga sólo conmigo, no hay que preocuparse por nada. Lo tengo bien atado… con correa… como a las perras en celo… — Abrí la boca de par en par. Los ojos se me iban a salir de las órbitas. Él me miraba, con la sonrisa del lobo en la boca, esperando mi reacción. ¿Qué coño hacía? ¿A que coño había venido eso? ¿Qué… qué…? Me llevé las manos a la cabeza, temblando.
No podía más, no podía más… iba a explotar, iba a explotar.
¡Bum!

—Voy… voy… ¡Voy a matarte! — bajé de las escaleras de un salto. Estuve a punto de matarme, a punto de caer sobre el suelo, pero misteriosamente, me mantuve en pie y corrí hacía Tom. Ni él mismo se esperaba que me tirara sobre él como una pantera, embistiéndole brutalmente. El teléfono cayó al suelo. Tom se golpeó la espalda y la cabeza contra la pared con un ruido sordo. De repente me veía ahí, descargando toda mi rabia sobre él, fuera de mí mismo. Le golpeé con el dorso de la mano la cara. Le arañé. Le di un puñetazo y entonces, cuando iba a repetir la acción, me agarró las manos. Sentí su rodilla sobre mi estómago, rozándome y me quedé paralizado.
Me hubiera roto un par de costillas fácilmente con la rodilla si hubiera querido.

—¿Qué? ¿Quieres más? Vaya energía, Muñeco. Universidad, tres polvos, fiesta, borrachera, infidelidad, forcejeo, vomito ¿Y ahora pelea? ¿No preferirías emplear esa energía en un cuarto polvo? — preguntó, vacilándome claramente, con un hilo de sangre descendiendo por su labio y un arañazo que ya empezaba a sangrar en su mejilla izquierda. Seguía sonriendo.

—¡Que te jodan! — Rompió a reír — ¡Intento librarme de ti! ¡De tu asquerosa personalidad, de tu puto ego, de tu prepotencia, de tu egocentrismo! ¡Hipócrita manipulador! ¡Me das asco, eres repugnante, eres un enfermo, un psicópata, loco! ¡No tienes remedio, me das asco, te odio! ¡Te odio! ¡Eres repulsivo! — Tom aguantaba mi fuerza con insultante facilidad.

—Pero bueno, ¿A que viene tanta rabia? ¡Georg tenía que saberlo algún día! Además… — sus ojos brillaban macabramente en la penumbra del pasillo. Tiró de mis brazos hacía adelante, empujándome hasta él. Me aparté casi al instante, echo una furia, intentando morderle cualquier parte de la cara, incluso intenté meterle un cabezazo. Tom se reía de mí en mi cara. — ¿Acaso no han sido unos cabrones contigo? — por un momento me quedé quieto. Dejé de forcejear y le miré fijamente. No. No, no, no, no…
Sabía lo de Natalie.
Le empujé, me removí intentando quitármelo de encima. Tom me soltó de repente y me embalé hacía atrás. Choqué contra la pared del pasillo, de espaldas y mi cuerpo se escurrió hacía abajo. No podía más… no más, ya no más por favor…

—Te acostaste con ella. ¡Me dejaste tirado y te la follaste! — Tom abrió la boca de par en par, fingiendo indignación.

—¡Pero que cara, Muñeco! Sino recuerdo mal, tú fuiste el primero en tirarte encima suya como un perrito faldero, delante mía. ¡Me pareció un detalle muy bonito por tu parte olvidarte de tu novio y correr detrás del culo de tu ex!

—¡Sólo bailé un rato con ella, no hicimos nada más y lo sabes!

—¡¿Y eso lo justifica?! ¡Eh! ¿¡Acaso esa es tu puta excusa!? ¡Si intentas justificarte olvídalo, no pienso perdonarte! — se puso de cuclillas frente a mí. Yo encogí el cuerpo frente a su mirada envenenada. — Yo siempre devuelvo las jugadas que me hacen multiplicadas por diez. Lo siento Muñeco, pero jódete. — me entraron ganas de llorar de nuevo, pero no lo hice. Deja de arrastrarte, Bill, ¡Ya vale!
Le di una bofetada en plena cara.

—¡¿Y que yo bailara con Natalie lo justifica?! ¡Eh! ¿Acaso que yo bailara con ella durante dos minutos justifica que me dejaras solo en una fiesta rodeado de tíos que querían darme por el culo? ¿¡Justifica eso que casi me da un coma etílico por tu culpa!? ¿¡Justifica eso que te la hallas tirado delante de mis narices!? ¡Eh! ¡Si intentas justificarte, olvídalo, yo tampoco voy a perdonarte! — la barbilla empezó a temblarme en cuanto terminé de gritarle. Tom se quedó callado unos segundos, mirándome con el entrecejo fruncido.
No se lo esperaba. Lo que acababa de decirle no se lo esperaba para nada, pero aún así, sonrió con pura malicia y me agarró de la barbilla con los dedos de una mano, apretando, obligándome a cruzar nuestras miradas.

—Pues si tú no piensas perdonarme y yo a ti tampoco, creo que tenemos un problema. Yo diría que… ¿Cómo se dice? ¿Hemos roto? — apreté los puños. Deseaba escupirle a la cara. — Te tomas las cosas demasiado en serio. Te la han jugado, sí, unos cuantos. Tu novia, tu novio, tus mejores amigos. ¿En quién vas a confiar ahora? ¿Qué vas a hacer ahora que estás solo? — fruncí los labios. Me temblaba la barbilla y me dolía la garganta, a punto de llorar otra vez. Tragué saliva. Que patético.

—Te odio. — Tom sonrió, estrechando los ojos.

—Era de suponer que tarde o temprano ocurriría. No ibas a estar detrás de mi culo eternamente. De todas formas, tengo que reconocer que ha sido divertido mientras duró. Ha sido mi mejor experiencia en la cama y siendo un tío. ¡Eso tiene mérito! Ahora que tú tienes claras tus preferencias por las pollas, yo volveré a las andadas con las curvas prominentes. Es una pena. De verdad, me vuelves loco, Muñeco… — me dio un descarado lametón en los labios y me abalancé sobre él para morderle la lengua, pero me sujetó bien la cara, apretándome la barbilla. Me empujó hacía atrás y se levantó del suelo.
Así de fácil. Así de fácil… así de fácil… ¡Así de fácil!
Las lágrimas empezaron a descender por mis mejillas sin control, alocadas. Me llevé las manos a la cara, intentando contenerlas sin éxito alguno. El agujero en el pecho, la humillación, la desesperación…
Y a él le daba igual. Completamente igual.
Ni siquiera había tenido la oportunidad de decírselo.

—Te acostaste… con ella… de verdad… — Tom alzó una ceja, frío como el hielo. Alcé la cabeza desde el suelo. El cuerpo me temblaba como una hoja. — Eres un idiota. — me levanté, apoyándome en la pared que había a mi espalda y le miré hecho una furia, con las lágrimas resplandecientes bañando mi rostro. — ¡Eres un idiota! ¡El que lo da todo por ti soy yo, el que renuncia a miles de cosas por ti soy yo, el que se arriesga soy yo, el que aguanta que le señalen con el dedo por la calle soy yo, el que soporta tus caprichos de chulo de mierda soy yo! ¡El que te quiere soy yo! — le empujé tan fuerte que le hice retroceder unos centímetros cuando ni el mismísimo Sparky lo había conseguido con un puñetazo. — ¡Soy yo el que está enamorado de ti, no Natalie! — celos, oh dios, celos. Esa sensación tan enfermiza sólo podían ser celos.
Le agarré de la sudadera y tiré de él hacía mí. Nuestras caras quedaron separadas por escasos dos centímetros.

—¡Quería que me follaras a mí, allí, en ese momento delante de todos esos mierdas! ¡A mí! ¡No a ella! ¡Sobre la mesa! ¡Tómame a mí, aquí y ahora, y no a ella porque soy yo el que te ama! ¡Házmelo ahora!
A la cara, todo a la cara.
Oh… oh, dios mío…
¿Qué he dicho? ¿Qué demonios acabo de soltarle? ¿Por qué, cómo? ¿Cómo puedo ser tan estúpido? ¿Cómo puedo humillarme yo solo aún más? Hundirme. Por completo. ¡Y a Tom no le importa! ¿Por qué no? ¿¡Por qué no!?
Me tapé la boca con las manos, jadeando. Llorando. No me atrevía a mirarle a la cara. Quería desaparecer. Quería morir. Si hubiera tenido algo afilado a mano lo hubiera utilizado sin pensar, pero como no era así, opté por huir como el perro cobarde que era.
Le di la espalda, pero antes de dar un solo paso, Tom me agarró del brazo con una fuerza titánica.

—¿Enamorado? — gruñó. — ¿Amor? No me hables de amor. No me hagas reír. Llevamos follando juntos desde hace seis meses y es ahora, precisamente ahora cuando me hablas de amor. ¿¡Que coño sabes tú del amor!? — me giré enseguida y le miré, sorprendido a más no poder.
Tom acababa de perder los estribos, así, de repente al hablarle de amor. Nunca, en esos seis meses le había visto perder los estribos así. Siempre estaba tan calmado, tan seguro de sí mismo, tan manipulador y frío.
Y precisamente al hablarle de amor.

—¿Y tú? ¿Qué mierda sabrás tú sobre amor? — le respondí con otra pregunta envenenada. A Tom le brillaban los ojos en la penumbra.

—Que no existe. Que es un invento absurdo, una excusa inexistente para darle a las personas un motivo para poder follar a gusto y sin remordimientos. Una excusa para no tener que compararnos con los animales que somos, para creernos superiores a ellos. El amor no existe. Es algo ridículo. — una respuesta clara que dejaba ver una ranura de su mente por la que podía colarme con facilidad. Tom no creía en el amor, en ninguna clase de amor.
Di un paso hacía él. Nuestras frentes se rozaron. Un choque chispeante entre nuestras miradas.

—Que tú nunca hallas recibido la menor muestra de afecto no significa que no exista. El único animal que hay entre nosotros eres tú, Tom. El único que no ha recibido y que a cambio no siente. El único monstruo. — Tom se quedó callado, observándome fijamente, analizándome. Quizás no supiera que decir, quizás le acabara de hacer daño. Quizás…

—Creo que prefiero ser un animal a ser tan patético como tú. — No. No le había hecho daño. Era de esperar.
Me limpié un par de lágrimas con la mano. Volvieron a salir enseguida y me rendí a ellas al fin.

—Pues yo no. — negué con la cabeza. — ¿No te has parado a pensar ni por un momento que nosotros no servimos al futuro? Dos tíos follando. ¿Qué sentido biológico tiene eso, eh? ¡Ninguno! ¡No hay descendencia, no hay genes de por medio! ¡No pretendemos perpetuar la especie, sólo queremos amarnos como personas, no como perros en celo! ¡Precisamente por eso esa clase de amor es mucho más pura que cualquier otra! ¡Pero tú no entiendes nada y por eso no sientes nada!

—Pues enséñamelo. — rápido y fuerte como él solo, me agarró los brazos y los alzó frente a su cara, apoyándolos en sus hombros, mirándome severo, con los ojos de tigre enjaulado deseando salir. — Muéstrame ese supuesto amor. Dámelo, todo, lo quiero entero. — apoyó su frente sobre la mía, presionando ligeramente en ella. La rodilla entre mis piernas, apretando, excitándome con su grave voz. Jadeaba sobre mis labios, imitando mi desesperada respiración. — Demuéstrame su profundidad, su fuerza, sus movimientos, su límite, su deseo. Muéstrame tu amor, totalmente desnudo. — tragué saliva. Él pareció observar el movimiento de mi nuez con sumo interés. — ¿O tienes miedo de mí?

—¿Acaso debería temerte? — pese a mis palabras, los latidos exaltados de mi corazón me delataban. Y más aún, más expuesto cuando apoyó la mano en mi pecho, cronometrando los latidos con saña.

—Sí, si de verdad estás enamorado. Puedo aplastar tu amor con un solo dedo. Puedo demostrarte fácilmente que amor es una palabra sin significado y puedo enseñarte que la pureza no entra en el término de calentar pollas, da igual si eres hombre o mujer. ¿Quieres comprobarlo? Destrozaré todos tus sueños, uno a uno. Sólo tienes que decir, sí.

—¿Y si digo que no? — Tom ladeó la cabeza, con la sonrisa intacta.

—¿Vas a concedernos el beneficio de la duda por miedo a perder contra mí? — suspiré sobre su boca entreabierta, con toda la rabia y el deseo que experimentaban mis sentidos. Le miré fijamente con los ojos entornados, serio. La expresión de Tom era de puro gozo, repleto de ansia, de ganas de que le siguiera el juego.

—No te tengo miedo.

—Lo sé. — rozó su nariz con la mía, acosándome con los labios. Buscaba mi boca, pedía que se la entregara para penetrarla con su lengua, con los labios entreabiertos. Le giré la cara, con la respiración más que acelerada, frenética. — Eres el único que puede decir eso de verdad. — empezó a pasear la punta de la lengua por mi cuello. Me estremecí entero con sus manos acariciándome el pelo, reteniéndolo entre sus dedos, jugando conmigo. Jugando.
Le empujé con fuerza, separándolo de mí, contra la pared de enfrente. Mi mano en su pecho, subiendo arriba y abajo al ritmo ansioso de su respiración.

—¿Lo quieres? ¿Quieres mi amor para ti solo? ¿Para utilizarlo, para divertirte jugando? ¿Para correrte encima de él? ¿Lo quieres? — ¿Acaso hacía falta preguntarlo? Su expresión lo decía todo. Los ojos brillantes, entrecerrados y maliciosos, las mejillas levemente ruborizadas, los labios húmedos, siendo recorridos por la lengua mojada, empapada. La mirada pendiente, analizando cada movimiento de mi cuerpo.
Me llevé las manos al principio de la camiseta y me la saqué de un tirón, sacudiéndome el pelo en un movimiento que pareció excitarle, pillándole desprevenido. Le tiré la camiseta a la cara.
Me recorrí con una mano el torso, delineando un camino con el dedo índice, desde el principio de la ingle hasta mi hombro. Entreabrí la boca para darle el gusto de poder contemplar la lengua que quería atrapar entre sus labios y los míos.

—Si lo quieres, ven a por él. — y le di la espalda, adentrándome en el salón siendo perseguido por mi acosador particular desde la sombra mientras me desabrochaba el cinturón de los pantalones y me deshacía de las botas con facilidad. Tom pareció pensárselo unos segundos, los justos antes de que dejara caer los pantalones al suelo junto con los boxer y me diera la vuelta, exhibiéndome completamente desnudo frente a él. Se mordió el labio. Yo me llevé un dedo a la boca, mordiéndolo, lamiéndolo frente a su intensa mirada. — Soy todo tuyo, Tom. ¿Me quieres o no?
Su sonrisa diabólica no varió ni un instante mientras se sacaba la camiseta y se soltaba el cinturón de los anchos pantalones. Su lengua no se cansaba de jugar entretenida con el piercing del labio.
Si Tom quería guerra, no sería yo quien se la negara.

Continúa…

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por Sarae

Escritora de Muñeco

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