Muñeco 22 (P.2)
Fic TWC de Sarae
Capitulo 22 (P.2)

Tuve que cerrar los ojos y apretar los dientes, tragándome el enorme placer, el gran borbotón de semen que se me acumulaba en la punta de la polla, a tres embestidas de estallar. Tom lo sabía. Se me tiró encima como un animal, recostando su espalda por completo sobre la mía y soltándome el pelo, me agarró el culo, aplastando su pelvis sudorosa contra mi trasero, clavándomela hasta el fondo.

—¡Aaah…! ¡Tom, por favor, más, más fuerte! ¡Reviéntame ya! ¡No puedo más! ¡Ah! — noté su mano en mi culo, apretándome las nalgas alrededor de la penetración, haciéndola más estrecha. Gimió.

—¿¡Y tu amor, Bill!? ¿¡Dónde está tu amor ahora!? ¡No lo siento ni siquiera clavándotela hasta el fondo! ¡Eres un puto vicioso que le pone ser follado por su hermano! ¡Eres peor puta que Natalie! — el corazón se me encogió de golpe de la aceleración del momento. Noté los dedos de Tom hurgar alrededor de la penetración, rozándome el agujero profanado, presionando dolorosamente.

—¡No! ¡Cállate! — grité, intentando alzar la cabeza de la mesa inútilmente. Tom me aplastó con más fuerza contra ella. Se levantó, apartando su espalda de sobre la mía y tiró de mi trasero hacía arriba, pegándome un manotazo en la espalda para que no intentara levantarme, exponiéndome aún más a su mirada escrutadora y a su dura polla toda mojada a punto de romperme en dos. Me dio un azote fuerte e intenso, doloroso. —¡Aaah!

—¡Mírate y reconoce lo que eres! ¡Eres una maricona reprimida que finge sentir amor a cambio de buen sexo! ¡Eres un completo ramero, un puto, un chapero! — el cuerpo empezó a temblarme. Sentí lágrimas puras salpicándome la cara, lleno de humillación. — ¿¡Dónde está tu amor ahora, Bill!? — me dio otro azote — ¿¡Dónde!? — y otro más.
El jarrón cayó al suelo, derramándose el contenido, y grité como un perro apaleado y cachondo incapaz de defenderse de su dueño. La saliva se me escurrió por la comisura de los labios.

—¡Me has traicionado, me has hecho daño y yo te he perdonado! ¡Me arriesgo por ti, doy mi dignidad, mi orgullo, mi libertad y te he perdonado cuando no mereces perdón! ¡Y todo porque quiero estar contigo y porque te quiero! ¡Ahí está mi puto amor! ¡Te quiero! — le mostré mi última carta cuando se tumbó sobre mí, embistiéndome por última vez, aplastándome contra la mesa, obligándome a notársela entera rompiéndome, desmontando cada pieza de mí. Se corrió. Sentí a la perfección su semen llenándome entero y encorvé la espalda hacía atrás, con la boca entreabierta y los dientes apretados. Tom gritó con furia, apretándome la cintura fuertemente.
Caí de nuevo sobre la mesa, rendido mientras me la sacaba con rapidez y sentí como las gotas de semen caían sobre mi espalda, exprimiéndose al cien por cien sobre mi cuerpo. Yo aún seguía bestialmente duro, aún chorreando y tieso, insatisfecho.

—¡Eres un cabrón! — su puño impactó al lado de mi cara, sobre la mesa. Encogí las piernas y él me agarró del brazo hecho una fiera, haciéndome daño. Me obligó a levantarme y a girarme para mirarle a la cara, a los ojos entrecerrados y brillantes. — ¡Estabas jugando conmigo desde el principio! ¡Voy a demostrarte mi amor echando un polvo! ¡Es mentira! — una sonrisa floja se dibujó en mi cara, ido.

—Un truquito de maricones… — jadeé. — No te hubiera dejado follarme si no te hubiera perdonado y si no lo hubiera hecho… quizás fuera porque no te quería lo suficiente como para hacerlo. — Tragué saliva, con la garganta seca y cogí aire de nuevo. — Pero he ganado. El amor existe y yo te quiero. — Tom abrió la boca de par en par, intentando decir algo. Volvió a cerrarla, indignado y me pegó un guantazo en la cara, flojo y casi indoloro.

—Eres una mala maricona, Muñeco. — volvió a empujarme hacía atrás, clavándome el filo de la mesa contra el principio de la espalda y acabando por tumbarme a lo largo de ella. Me cogió las piernas y me obligó a doblarlas, apoyándolas sobre el filo, tirando de ellas para que las abriera y le mostrara con claridad mi polla aún dura y empapada, a la cara. — Y encima tienes demasiado aguante. Venga, tócate que yo te vea. ¡Ahora!
Me llevé la mano hacía abajo. Me entraban escalofríos recorriéndome la ingle con los dedos hasta agarrarme la base del pene con la mano temblorosa. Tom me miraba con una sonrisa que conocía bien, apartándose las rastas de la cara con un movimiento típico de un chulo en toda regla.
Posó la mano sobre mi pecho. Estaba húmeda y pringosa y se sentó sobre la mesa, a mí lado, mirándome a la cara.

—Venga, enséñame esa carita que tanto me gusta. — empezó a acariciarme el pecho sin apartar su mirada de mi rostro ido y sudoroso. Me decidí a cerrar los ojos, con las mejillas ardiendo, empezando a mover la mano encima de mi pene mojado, arriba y abajo, fuerte, desesperado como me sentía en aquel momento. Abrí más las piernas y giré la cabeza, gimiendo con la boca abierta. Más, más… más fuerte… oí a Tom suspirar y apreté los ojos, tocándomela con más fuerza, masturbándome con unas ganas que nunca había experimentado. Tom se bajó de la mesa de un salto. Sentí su mano acariciarme la mejilla, empezando a descender por mi cuello. — Bill, eres precioso, como un muñeco. — me pellizcó un pezón a mala hostia, queriendo hacerme gemir.

—¡Hum…! — arqueé la espalda, apunto de correrme.

—Cuando te follé aquella vez en el coche, supe enseguida que se volvería a repetir. Me encantaste, me fascinaste. No tienes ni idea de la de veces que me la toqué pensando en ti antes de que nos volviéramos a ver. — me encogí sobre la mesa, apretando los dientes, aumentando la velocidad. Noté el preesemen escurrirse por mi pene y mis testículos hasta mi entrada recientemente penetrada y abierta. — No pensé que esto iba a durar tanto. Creí que en cualquier momento me cansaría o tú te cansarías de mi actitud de chulo putas, pero no sólo no ha sido así, sino que tú has acabado totalmente flipado conmigo y yo… estoy verdaderamente enganchado a mi nuevo Muñeco. — apoyé la mano libre sobre la mesa y me medio erguí, bien abierto, para que me mirara sin perderse detalle de la masturbación que me hacía pensando en él, sabiendo que me miraba y escuchaba mis gemidos, moviendo la pelvis buscando más contacto, más intensidad. Mi trasero chocaba contra la mesa, moviéndola con brusquedad. Estaba a punto, iba a reventar. — Bill, me encanta que seas tan sucio y tan… mío… Y siento decirte esto después de todo el numerito que hemos montado pero… no me he tirado a Natalie. — y me corrí.

—¡Aaah…! ¡Hum… oh, joder! — me mordí el labio inferior, aguantando la sonrisa de satisfacción al oírle decir eso. Me pringue toda la mano, parte de la mesa y el suelo disfrutando plenamente del orgasmo. Empecé a jadear, muerto, hecho polvo dejándome caer sobre la mesa de nuevo, esta vez, sentado sobre el borde, recuperando el aliento. Tom lanzó un silbido de admiración, burlón.

—Como disfrutas tú solo, Muñeco.

—Así que… no te tiraste a Natalie. — Tom alzó las cejas, ladeando la cabeza y negando con ella. Sonreí. — Ya lo sabía. — y estreché la sonrisa al ver su cara de incomprensión, de casi indignación ante lo oído.

—¿Cómo lo has sabido? — Tom me apartó el pelo de la cara con suavidad. Yo estiré el cuerpo sobre la cama de mamá y le miré con el codo apoyado sobre la almohada, recargando todo su peso en él, observándome desde arriba echado de costado.
No teníamos fuerzas para mantenernos en pie después del cuarto polvo del día. Subimos a la habitación de mi madre después de meternos juntos en la bañera y darnos una ducha rápida, lo suficiente como para eliminar el sudor, la saliva y restos de semen de nuestro cuerpo.
Cuando subimos, Scotty se nos echó encima. El pobre se había quedado encerrado en mi cuarto en algún despiste mío y todo estaba hecho un desastre. Limpiaríamos al día siguiente. De todas formas, mamá no vendría hasta el domingo por la tarde con Gordon de la mano y un reluciente anillo de compromiso en el dedo anular.
Tenía apoyada la cabeza sobre la almohada, con los ojos cerrados sintiendo sus caricias recorrerme el pecho con la yema de los dedos.

—Dijiste que no tenías condones al entrar a la fiesta. — le empecé a acariciar la barbilla, el cuello, los labios, delineándolo todo con los dedos. Me tumbé de costado, frente a frente y me pasó un brazo por la cintura, pegándome a él un poco más mientras nos acariciábamos debajo de las sábanas, todavía desnudos, piel sobre piel.

—¿Y por eso has pensado que no lo he hecho con ella? Tú no sabes si yo uso condones o no. Nunca los he utilizado contigo.

—Porque no hacen falta conmigo ¿No? Debiste pensar, un tío tan pijo como mi hermano no puede tener ninguna enfermedad rara. — nos reímos.

—En realidad pensé, puede que ya halla pillado el SIDA, así qué use o no condón, a estas alturas importa poco. Si se lo paso a alguien, no es mi problema. — suspiré, intentando imitar su sonrisa maliciosa.

—Que cabronazo. Menos mal que no tienes SIDA. — alcé las cejas, un poco más preocupado al ver como su expresión no variaba. — Porque no tienes SIDA ¿No?

—¡No! — se volvió a reír. — En realidad, siempre he usado condones hasta que te conocí a ti.

—Lo suponía. Esa es una ventaja, ¿No? Puedes jugar conmigo sin temer que halla ningún accidente.

—Una ventaja… y cientos de inconvenientes. No me sales rentable, Muñeco. — mi expresión se volvió indignada de golpe. — ¿Qué? Lo negarás. Las chicas nunca me exigían que las llevara al centro, que fuera de compras con ellas, que las llevara a fiestas organizadas por personas que odio…

—Y sí te regalaban guitarras eléctricas Gibson, supongo. — Tom puso los ojos en blanco un momento, pensativo.

—Cierto. Lo retiro. Todo son ventajas… Bueno, si tenemos en cuenta que somos hermanos gemelos, igual eso se tuerce un poco. — entrecerré los ojos y bajé la cabeza un poco, tragando saliva. No quería ni oír mencionar la palabra hermanos. Ya no. Me ponía enfermo.
Me acurruqué contra su pecho duro, apoyando la frente en él, sintiendo los latidos de su corazón retumbar bajo la piel. Pasó los brazos alrededor de mi espalda, abrazándome con suavidad.

—¿Por qué rapaste a Natalie, Tom? — le pregunté, tocándole ahora el torso con los dedos. Le besé el cuerpo con los labios empapados y noté su estremecimiento entre mis brazos.

—Me tocó las pelotas. — suspiró. — Empecé a desvestirla y me preguntó por ti, por qué te había dejado solo. Le dije que no le importaba y empezó a parlotear hasta que se le escapó lo de la apuesta que hizo y como te utilizó. No me gusta pegar a las mujeres, tienen menos fuerza que los hombres y aprovecharse de esa ventaja lo veo bastante cobarde, así que busqué una opción alternativa para devolverle la jugada y la rapé.

—Una manera llamativa de pagar una deuda con una mujer. — le di un lametón en el pezón izquierdo y le mordí. Tom tembló poco, inquieto y medio riéndose.

—¿Estás enfadado?

—No… nervioso. Podría denunciarte.

—Estoy acostumbrado a eso. No tengo miedo. — cerré los ojos. Más bien se me cerraron. Estaba muerto de sueño, no podía más. Muerto. — ¿Tienes sueño?

—Estoy hecho polvo.

—Duérmete. Hoy ha sido un día bastante largo. — relajé los músculos, a punto de cerrar los ojos definitivamente para no volver a abrirlos hasta la tarde del día siguiente. Pero una duda se asomó a mi cabeza.

—Tom… cuando acabe la universidad, ¿Volverás a Stuttgart? — Tom se quedó callado. Cogió aire, suspirando. Me pregunto que estaría pensando en ese momento, deseando que sólo fuera en mí, en nada ni nadie más, pero con Tom siempre me quedaba esa duda.

—Si no me echáis de aquí a la fuerza, no. Nunca volveré. — un gran alivio me recorrió el cuerpo entero, una gran tranquilidad y sensación de bien estar.

—Tom, te quiero. — Sonreí, simplemente feliz y me separé de su pecho para darle un beso en los labios. Me estrechó con fuerza entre sus brazos, volviéndolo todo mucho más intenso, más sucio, más mojado hasta dejarme sin aliento. — No, para. Si lo intentamos una vez más… me vas a matar.

—Exagerado, si a ti te encanta lo duro… De todas formas no creo que pueda volver a empalmarme hasta mañana. Cuatro en un día. Has superado mi límite, Bill.

—Ya no me llamas Muñeco.

—Si prefieres que lo haga… de todas formas, sigues siendo mío, Muñeco.

Nos besamos otra vez. Fue divertido intentar hacerlo por quinta vez, con poco resultado, pero lo que sentía y quería transmitirle a Tom flotaba en el ambiente y eso fue suficiente hasta que nos quedamos dormidos abrazos al otro.
Quizás algún día Tom acabaría sintiendo lo mismo que yo. Quizás ya lo sentía…

O quizás no y nunca lo sentiría…

Continúa…

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por Sarae

Escritora de Muñeco

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