
¿Se reiría de mí por el desesperado mensaje? Que poco me importaba en ese momento.
Esperé varios minutos, ansioso, esperando una respuesta que no llegaba y las lágrimas se me escaparon sin ser capaces de contenerse. Me tapé la cara con la almohada, tragándome los sollozos y entonces, el móvil sonó. Miré el teléfono con desconfianza, secándome las lágrimas. Como fueran de nuevo Georg o Gustav, estrellaría el móvil contra el suelo y lo pisotearía, pero no.
Un mensaje nuevo de Tom.
El corazón se me puso a cien de la alegría y abrí el mensaje con una sonrisa en la boca y las mejillas empapadas en lágrimas.
Estoy a punto de llegar a casa.
Un mensaje sorprendentemente seco para ser suyo.
¿Estás bien?
Definitivamente no era normal que fuera tan seco después de prácticamente entregarme en bandeja con el mensaje anterior. Empezaba a preocuparme otra vez.
¿Por qué no iba a estarlo?
No lo sé. Tus mensajes me suenan ha enfadado y eso sin tener en cuenta que has desaparecido sin decirme nada.
¿Acaso tengo que decirte algo cuando me de la gana de irme? Búscate una vida, Muñeco.
Me quedé con la boca abierta leyendo el mensaje. Pero… pero… ¿¡Quién se creía!? ¿A qué venía eso? ¡Encima de que me preocupaba por él, me mandaba a la mierda! Será…
Empecé a pulsar con fuerza los botones del móvil, con rencor y otra vez rabia cuando de repente, oí el sonido del timbre abajo.
—¡Tom, ya era hora! ¿Dónde estabas, chaval? Empezábamos a preocuparnos. — oí la voz grave de Gordon al abrir la puerta, pero no oí ninguna respuesta por parte de mi hermano. Un repentino silencio abajo roto por los ladridos de Scotty y los pasos tranquilos de alguien subiendo las escaleras. Era él. Incluso conocía perfectamente el sonido de sus pasos retumbando sobre el mármol de las escaleras cuando subía a mi habitación para jugar conmigo.
El móvil me tembló entre las manos. Esperé unos segundos a que subiera al segundo piso y fuera hacía mi habitación, pero tardaba. Tardaba más de lo normal.
No pude contenerme. Pegué un salto de la cama, corrí hasta la puerta, la abrí de golpe y salí fuera, exaltado y con los ojos muy abiertos.
Tom sujetaba el pomo de la puerta de su cuarto con una mano, a punto de abrirla para entrar cuando se giró y me miró en silencio.
Me quedé paralizado, horrorizado, tragándome las palabras al ver sus ojos, los ojos de Tom, de aquel Tom casi olvidado que siempre estaba alerta, que no creía en nada ni nadie, que no sentía nunca nada, que era incapaz de mirar más allá de las apariencias, que no sentía compasión. Tom el psicópata, el aspirante a asesino en serie, frío y monstruoso, el cual la segunda noche me aterrorizó tratándome como un vulgar perro que no servía para nada, como un obstáculo en su camino. Ese Tom.
Y me miraba como al principio. Como un obstáculo insignificante, como una sucia rata molesta que no merecía la pena ni patear para quitársela de encima.
Sentí una enorme sensación de congoja, pánico, angustia, miedo, confusión. De repente, mi mundo dio otro bestial giro en torno a Tom.
—¿Qué miras? — preguntó. Encogí el cuerpo instintivamente, observando sus ojos chispear de deseo, de deseo hacía mí, deseo de hacerme daño y esta vez, de verdad. — Lo siento, Muñeco, pero hoy no estoy de humor como para jugar contigo. Te aconsejo que puesto que somos gemelos, te aproveches de ello y te pajees delante de un espejo. — abrió la puerta de su cuarto y dejó escapar una sonrisa forzada, dolorosa. — Que lo disfrutes. — y cerró de un portazo.
Me quedé totalmente ensimismado observando el panorama, incapaz de razonar, sin entender nada de lo ocurrido. Di un paso hacía delante dispuesto a ir hacía su cuarto cuando Scotty ladró, subiendo las escaleras a toda prisa. Corrió hasta mis pies y se puso de pie apoyando las patas delanteras en mis rodillas, moviendo el rabo juguetonamente.
El cansancio y la decepción me hicieron trozos súbitamente.
Tom no bajó a cenar ni ese día ni ningún otro durante una larga semana. Las primeras noches le dejaba la comida a los pies de la puerta, pero al ver que al día siguiente ésta no sólo estaba entera, sino esparcida por todo el pasillo, como si alguien le hubiera dado una patada porque le molestaba, dejé de subir nada.
De repente era imposible hablar con Tom, difícil hasta verle. Se iba por las mañanas temprano, muy temprano. Faltó varios días a la universidad y yo tenía que irme y volver en autobús. Me molestaban las preguntas que me hacían sobre Tom, desde el por qué de su falta de asistencia a sí nos habíamos peleado. No te importa, decía, y me cabreaba aún más.
En casa era aún peor. No aparecía hasta por la noche, sobre la hora de cenar, pero no cenaba, se encerraba en su cuarto y no salía para nada. Intenté hablar con él, entrando en la habitación sin su permiso, harto de toda su tozudez.
—Ya estoy hasta los huevos, ¿¡Que coño pasa, Tom!? — y Tom, tumbado boca arriba sobre la cama, me miraba como si no me conociera, como si hubiera olvidado todo lo que habíamos vivido juntos durante meses.
—No me molestes, chupapollas. Intento dormir.
—¡Joder! ¿Te has roto una botella en la cabeza o te has dado un chute de marihuana? — Tom ni se inmutaba ante mi sarcasmo. Se reía y eso me ponía de los nervios. — ¡Ya vale! ¡Estoy preocupado por ti! ¿Qué está pasando, Tom? — me acercaba a la cama y me dejaba caer de rodillas en el suelo, mirándole con preocupación. Él me observaba en silencio, serio.
—Lo que me pasa es que me tocas los huevos. Tú y tu forma de hacerte la víctima, el buen tío, siempre chupándole el culo a los demás para ofrecerles tu ayuda cuando la necesitan. Lo que a ti te pasa es que eres un falso de tres pares de cojones. Como no eres bueno en nada, vas por la vida de buena persona para que los demás te tengan en cuenta porque tienes miedo de que te dejen tirado, de quedarte solo. — me quedaba callado observándole, con la boca levemente entreabierta. No entendía a qué demonios venían sus palabras hirientes. En realidad, no entendía nada de lo que me decía. Tom se levantaba de la cama, agarraba el paquete de tabaco que había sobre la mesa de noche, se llevaba un cigarrillo a la boca y lo encendía con el mechero, despreocupado. — Me da vergüenza ajena ser tu novio y tu hermano y no hablemos ya del patético maricón que estás hecho. — me quedé observándole unos segundos, estupefacto hasta que de repente sacudió la ceniza del cigarrillo sobre mi cabeza, con expresión indiferente y volvió a llevárselo a los labios.
Me levanté del suelo en silencio, con el pelo cayendo sobre mi rostro, ocultando mis ojos aguados. Y le di una hostia en plena cara, con toda mi fuerza, tanta que se le quedó marcada la palma de mi mano en la mejilla. El cigarrillo cayó al suelo.
—¡Vete al infierno! — le grité con rabia. Scotty, que nos había observado desde la puerta, ladró con fuerza y gruñó, enseñándole los dientes a Tom como si le amenazara con un mordisco en el cuello, gruñéndole. Antes de salir por la puerta y dar un portazo que tronó por toda la casa, oí una pequeña carcajada a mis espaldas.
—Ya estoy en él.
Y de repente me veía sufriendo como nunca lo había hecho. Algo se había roto en Tom. Algo empezaba a fallar en su cabeza o quizás, en su corazón recién encontrado y ahora, otra vez perdido. Algo no funcionaba bien en ninguno de los dos. Como el mecanismo de un reloj, si una rueda fallaba, todas lo hacían y se detenían y entonces, el reloj dejaba de funcionar.
—Bill, cariño, últimamente te noto muy decaído ¿Pasa algo? — mamá me preguntó al cabo de los días, preocupada, durante la cena.
—No… bueno sí… — empecé a dar vueltas a los espaguetis en el plato, sin hambre ni ganas para llevármelos a la boca.
—¿Y? Sabes que a mí puedes contármelo, soy tu madre. — sonrió, con el tenedor en la mano, enrollando los espaguetis en él.
—Bueno… estoy preocupado por Tom. — mamá dejó súbitamente de remover la cena y me miró en silencio, seria.
—¿Por Tom? — murmuró.
—Sí. Bueno, tú lo has visto, está un poco raro últimamente.
—Sí, algo he notado. — se llevó los espaguetis a la boca, pero en el último momento dejó caer el tenedor en el plato y lo cogió, levantándose de la silla de la mesa. — Ups, se me ha quitado el hambre. Últimamente yo tampoco tengo ganas de comer y tengo jaqueca. Espero no haber pillado ningún virus raro. — caminó hasta mí con paso ligero y me quitó el plato sin darme tiempo a terminar, dejándome con el tenedor en la mano.
—Aún no he terminado. — repliqué.
—¡Oh, perdona, cielo! — y volvió a dejar el plato frente a mí. Me miró fijamente unos segundos y luego me pasó una mano por la mejilla. De repente, me abrazó con fuerza contra su cuerpo. —Bill… quiero que sepas que te quiero mucho, cariño y que siempre voy a quererte. Siempre, más que a mi vida. — me quedé callado, sin saber que decir. Mamá me soltó, sonrió y me acarició la frente, apartándome el pelo de la cara. Luego se fue a lavar los platos en silencio.
Y la universidad era aún más rara y jodida.
—Bill, de verdad que no era esa nuestra intención. Sólo queríamos ayudarte. — Georg prácticamente me embestía en las taquillas, seguido de un Gustav repleto de preocupación y temor ante mi frialdad, que se volvía irritación en cuanto me los cruzaba.
—¡Que me da igual! ¿Os parece normal lo que habéis hecho? ¿Acaso queríais burlaros de mí? ¡Pues muy bien, enhorabuena, reíros del gilipollas de Bill! ¡Me importa una mierda! — intenté quitármelos de encima. Ya no soportaba la situación, ni la de casa, que se había vuelto un martirio solitario lleno de recuerdos ni la de la universidad, dónde parecía que el mundo entero se reía de mí.
Gustav me agarró del brazo en cuanto intenté esquivarle pasando por su lado. Me volví, enfurecido.
—¿¡Qué!? — le grité. Gustav ni se inmutó.
—Tienes razón. Tienes motivos para estar enfadado. Pero deberías ponerte en nuestra situación y ser menos egocéntrico.
—¿¡Egocéntrico yo!? ¡Encima me insultas! ¡Hay que joderse! — Gustav me apretó el brazo y acentuó su ceño fruncido.
—Ponte en nuestra situación… como lo tuve que hacer yo contigo en su momento ¿O ya lo has olvidado? — apreté los dientes y bajé la cabeza, recordando el día en el que Gus nos pilló a Tom y a mí en pleno sexo anal. Su cabreo al principio por haberle mentido, mi insistencia, su esfuerzo por intentar comprenderlo y, aunque no se llevara excesivamente bien con Tom, lo toleraba y guardaba el secreto, sin sacar el tema nunca.
Me solté de su agarre y le di la espalda con brusquedad.
—Lo pensaré.
Ese día era viernes y en cuanto les di un margen a Gustav y a Georg para pensar lo que no tenía nada que pensar sobre nuestra amistad, después de media hora dando clase de cálculo sin prestar la más mínima atención a las explicaciones del profesor, embobado haciendo garabatos en un papel, oyendo varios murmullos a mi alrededor, pero sin escucharlos realmente, un papelito diminuto y perfectamente doblado cayó sobre mi mesa. Miré de reojo a Frank, que movió los labios imitando el sonido de un seco, ábrelo y contesta.
Abrí el papelito sin mucho entusiasmo y leí para mí mismo las palabras impresas en él.
¿Es verdad que tu Tom se va de la universidad? Los de telecomunicaciones dicen que lo vieron hablando con el director avisándole de que abandonaba Hamburgo y volvía a Stuttgart. ¿De verdad se las pira?
Miré a Frank con la cara descompuesta. Una enorme sensación de desasosiego latiendo en mi pecho. ¿Qué demonios era eso? ¿Todo el mundo se había puesto en mi contra? ¿Por qué? ¿Qué demonios había hecho? ¿Por qué de repente Tom me odiaba?
—Kaulitz, ¿Sabe cual es el resultado? — oí que me llamaban y salté de la silla, apretando los ojos con fuerza, con los músculos tensos.
—¡Cállate! — grité con todas mis fuerzas, que de repente, me abandonaron a mi suerte en medio de todos esos ojos que me observaban estupefactos, las cabezas que se daban la vuelta hacía a mí, las expresiones de mudo asombro, las cuales yo observé una a una en silencio. La barbilla empezó a temblarme y los ojos a humedecérseme, rogando que me tragara la tierra y me aplastara entre duras rocas de granito. Me atreví a salir corriendo por entre las mesas hacía la puerta de salida y precipitarme al exterior sin sentir mucho alivio cuando el viento me azotó la cara, empezando a correr por los pasillos de la universidad, esquivando a los alumnos y a los profesores como podía. Choqué contra una pareja que se abrazaba, rompiendo su contacto de súbito y haciéndoles tambalearse. Corrí hacía el edificio de enfrente, saliendo por la enorme puerta, cruzando el patio donde los estudiantes se dejaban caer para pasar el rato entre clase y clase y me adentré en el segundo edificio, subiendo las escaleras de dos en dos sin tropezar con nadie, para mi ya escasa suerte y corrí por el pasillo de la segunda planta hasta detenerme delante de la clase donde los de Telecomunicaciones practicaban la informática avanzada con los ordenadores de última generación.
Asomé la cabeza por la ventanilla transparente incrustada en la puerta que dejaba ver el interior de la clase. Todo el mundo mantenía la cabeza agachada con las manos sobre el teclado, concentrados en su trabajo. No conocía a nadie, ni siquiera a Tom porque no estaba allí.
Suspiré, resignado y agotado y contuve las ganas de atizar la puerta con el pie. ¿Qué me tocaba hacer ahora? ¿Qué más tenía que hacer? Moqueé un poco y sacudí la cabeza, intentando librarme de los problemas con ese simple gesto, sin éxito… y me decidí a ir al baño para despejar un poco mis ideas con agua fría.
De repente me costaba andar del peso que sentía encima y el corazón agujerado. Todo estaba en mi contra.
No me había sentido tan solo desde que mi inseparable gemelo se fue con mi padre hacía más de quince años. ¿Cómo fue la despedida? ¿Qué pasó cuando Tom se fue? Apenas lo recuerdo, solo un pequeño fragmento oscuro. Yo y un niño idéntico a mí, jugando en la arena del parque, haciendo castillos mientras cantábamos la canción del Libro de la Selva, la del mono que siempre llevaba una banana en la mano. Luego, mamá llamándonos a los dos. No recuerdo su cara ni la de mi padre. Le puso a Tom un gorrito de lana en la cabeza y le dio un beso en la frente. Recuerdo que papá dijo, di adiós a Bill, Tom. Nos miramos y nos dijimos adiós con la mano.
—Adiós… — le di algo a Tom en ese momento. Recuerdo que le di algo, pero no recuerdo el qué. Luego…
Abrí la puerta del baño con la cabeza agachada, con los brazo temblando. El movimiento brusco de dos personas me hizo alzar la vista y abrir los ojos entrecerrados, más confuso todavía, aún más dolorido al ver a Tom delante de mí, mirándome con el ceño fruncido, como si mi simple presencia le molestase. Sparky estaba con él, con la espalda pegada a la pared, con una gran rabia plasmada en la cara. Entendí esa expresión enseguida. Tom le tenía cogido por el cuello de la chaqueta. Le estaba amenazando.
Tragué saliva, agotado y la enorme tentación de darme la vuelta y dejarles matarse mutuamente como quisieran. Pero no lo hice.
—¿Qué haces? — murmuré. Los dos me observaron en silencio. Sparky le dio un manotazo a Tom, quitándose de encima la manos que lo habían mantenido bien agarrado hasta entonces. Tom no se inmutó. Sparky le dio la espalda y empezó a caminar hacía mí. Le miré de reojo cuando pasó por mi lado y abrió la puerta para salir de allí.
—Acuérdate de lo que hemos hablado. Más te vale no romper… — Tom pareció buscar la palabra adecuada para el acuerdo al que había llegado. — … el trato. — finalizó. Sparky salió por la puerta en silencio y cerró con un fuerte portazo.
Nos quedamos solos, inmutables. Era ahora o nunca, una última oportunidad. Alcé la cabeza al techo para no tener que bajarla sumisamente frente a su mirada inescrutable.
—¿Qué está pasando, Tom? — hablé, en voz baja, sin fuerzas para subir el nivel. Tom ladeó la cabeza y se cruzó de brazo, apoyando la espalda contra la pared. — ¿Te vas de la universidad? — volví a preguntar y él se acarició el cuello con una mano, girando las pupilas por todo el baño hasta que las centró en mí de nuevo, fijamente.
—¿Cómo explicarlo? — hizo una mueca con la boca, pensativo. — Ya lo sé. Un juego. — guardé silencio unos segundos, sin comprender.
—¿Un juego?
—Sí, un juego. Con ganadores y perdedores… y siento decirte que ya ha terminado, Muñeco. — fruncí el ceño, aún más confuso si cabía.
Tom sonrió de oreja a oreja, con la sonrisa más maligna que me había dejado ver en la vida.
—Esto es un Jaque Mate. Lo siento, Muñeco, pero tú eres el perdedor.
Continúa…
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