
Y sólo era así conmigo. Sólo era bueno conmigo. Sonreí al recordar sus palabras.
—¿De que coño te ríes? — no me detuve a analizar su expresión. Poco importaba como de enfadado estaba, pues conmigo, no le funcionaba y era algo que también me había demostrado aunque fuera inconscientemente, aunque no tuviera escrúpulos.
Sólo era bueno conmigo.
—¿Qué mierda estás pensan…? — mi lengua recorrió de arriba abajo sus labios, dejándolo totalmente paralizado cuando pegué mi boca a su mejilla herida y la abrí. Le mordí suavemente. — Umh… — mierda, le deseaba otra vez. Quería terminar lo que habíamos empezado abajo, quería que volviera a tocarme, que volviera a agarrarme y me lo hiciera de todas las formas posibles.
Separé mi boca de su mejilla, empapada de mi saliva y le miré en silencio a los ojos. Tom entreabrió los labios, la respiración acelerada, jadeando como si hubiera estado corriendo durante dos horas sin detenerse un segundo. El brazo con el que me sujetaba le tembló unos instantes antes de soltarme.
—Puto Muñeco. — y se abalanzó sobre mí. Los dos nos cogimos con ganas y sin pararnos a pensar que no estábamos solos en casa, encajamos nuestros labios a la perfección, moviéndolos sobre los contrarios como dos desesperados. Empujé a mi hermano contra la puerta del armario provocando un espantoso ruido al estamparlo contra la madera sin dejar de comernos la boca, sin dejar que su lengua se alejara de la mía. Por un momento, por pura ansia me descubrí siendo yo quien se lo comía a él, quien le agarraba con fuerza y le tocaba como un ansioso todo el cuerpo. Como si fuera mío.
Tom me mordió los labios de repente y nuestras lenguas se separaron. Nos miramos unos segundos entre jadeos. Se lamió los restos de saliva que habían quedado sobre sus labios húmedos y rojos. Se toqueteó el piercing y no fui capaz de desviar mi mirada descarada de los sensuales movimientos de su lengua.
Lo que podría hacerme con esa lengua…
—Eres un ansioso… además de un obseso por mi ropa. — me reí como un idiota al escucharle. Sus brazos desnudos me rodearon y me apretaron contra él con firmeza sin intención de dejarme escapar. Su pecho estaba caliente, era duro y tenía la piel suave, sin rastro de vello. Por unos momentos cerré los ojos y dejé apoyada mi cabeza ahí. Tom hinchó el pecho, cogiendo aire.
—Pues tú eres un poseso y un depravado que le gusta tirarse a su hermano. No sé que es peor.
—Muñeco…
—Dime de una vez porque me llamas Muñeco.
—Esta noche.
—Viene Gordon a cenar y seguro, seguro que se queda.
—¿Quién es Gordon? — me acariciaba el pelo con una mano, la otra la mantenía pegada a mi cintura bajo la sudadera y yo no tenía intención de deshacer el abrazo que nos unía. Era tan agradable.
—Gordon es mi futuro padrastro… nuestro futuro padrastro. — Estaba claro que ninguno de los dos tenía claro cual era el sitio de Tom en la familia. Él no sabía si llamar a mi madre mamá o Simone, además… se suponía que éramos hermanos y esto, no lo hacían precisamente los hermanos. Era cosa de enfermos. — Tom… ¿Me consideras tu hermano?
—¿Hum?
—¿Soy un hermano para ti o… o que soy? — noté como su pecho se hinchaba al tomar aire.
—Me has pillado, vale, lo admito. No te considero mi hermano. — separé la cabeza de su caliente pecho y le miré, esperando una respuesta más explícita. — No eres mi hermano, eres mi Muñeco. — sonrió, como si lo que acabara de decir fuera un chiste divertido. Yo seguía sin verle sentido.
—¿Hay mucha diferencia entre hermano y Muñeco? — me besó los labios levemente y rozándolos con los míos, respondió.
—Mucha. Si fueras mi hermano no podría hacerte esto, ¿No? — entorné los ojos, con su aliento en mi boca, tomando él el mío y yo el suyo.
—Supongo… que no. ¿Por eso me llamas Muñeco?
—Me sería difícil seguir acostándome contigo si tuviera en la cabeza que eres mi hermano y la idea, acabaría dándome asco. Pensar que no tienes relación de sangre conmigo es mucho más fácil, pensar que eres como cualquier otra persona…
—Cualquier otra persona con la que te puedes restregar a gusto, a tu antojo, utilizándola. Como un Muñeco. — la idea de que me comparara con cualquier otra persona me cabreaba y mucho. — Si no te gusta la idea de tirarte a tu hermano, no lo hagas.
—¿Qué pasa? ¿Me vas a decir que tú piensas en mí como hermano mientras lo hacemos y nos tocamos así?
—No, pero… — me mordí el labio. No pensaba en él como mi hermano mientras me penetraba, pero sabía que lo era me gustara o no. Era algo muy contradictorio. No me gustaba que mi hermano me tocara, me gustaba que lo hiciera Tom, pero… es que precisamente era mi hermano.
Eso me daba que pensar.
—Oh, Muñeco. — Tom me cogió de las muñecas y me separó de él, haciéndome retroceder lejos del armario y provocando que chocara contra el escritorio. Posó mis manos sobre su cara, sin dejar de mirarme fijamente, hipnotizándome. — ¿Quién pensabas que te tocaba en el coche la primera vez?
—Un… un desconocido. No sabía quien eras.
—¿Y por qué dejaste que te lo hiciera?
—Porque… me gustabas.
—¿Y ahora, quien piensas que te toca y te tiene acorralado entre el escritorio y su cuerpo? — encogí el cuello. Tom acercaba cada vez más su boca a la mía y su entrepierna chocaba contra mi ingle suavemente. Sonreí, pasando la lengua por mis labios. Tom me miraba embobado de una manera casi atontada y eso me hacía sentir idiota.
Venga, ¿A qué esperas? Házmelo de una vez.
—La persona que quiero que me reviente de una puta vez… se llama Tom. — sonrió, divertido y ansioso.
—¿Y quien es Tom para ti? ¿Tu hermano?
—¡Que le follen a mi hermano, yo te quiero a ti! — y otra vez, como dos salidos, apreté su cara entre mis manos y junté nuestras bocas, con todas las ganas de comérmelo. Me arrancó la sudadera a tirones, entre dientes maldiciendo la ropa por obligarnos a separar nuestros labios y en cuanto me la sacó, me agarró del trasero y me subió al escritorio, tirando todo lo que había en él, los libros, los discos, los cuadernos, el teclado del ordenador y casi tiramos la pantalla de un manotazo. Me daba igual mientras no parara de comerme la boca y nuestras lenguas siguieran peleándose por el terreno contrario.
Le rodeé el cuello con los brazos y le agarré de las rastas con fuerza, casi dándole tirones cada vez que me mordía o me apretaba el trasero con sus manos, pegándome a él y restregándose todo lo que podía contra mí.
Le arañé la espalda descendiendo hasta sus anchos pantalones, empezando a bajárselos, totalmente enloquecido, tocando la suave piel de su duro trasero, apretándola entre mis manos.
—¿Bill? — nos costó separarnos horrores en cuanto oímos como tocaban a la puerta. Dejamos de besarnos, con la respiración entre cortada, pero sin separarnos ni apartar nuestras manos del otro. — ¿Bill, estás ahí? — no me quedó más remedio. Enseguida, solté a Tom y lo empujé lentamente hacía un lado. Me bajé de un salto del escritorio y me pasé la mano por los labios, intentando borrar todo rastro de saliva. Tom hizo lo mismo y se colocó bien los pantalones antes de dejarse caer sobre la cama, intentando aparentar tranquilidad.
—¿Sí?
—¿Bill, puedo entrar? — miré a Tom, recuperando la respiración a bocanadas. Asintió con la cabeza.
—Si.
—¡Ey, Bill! — Gordon, mi futuro padrastro, entró por la puerta con los brazos extendidos y una gran sonrisa en la cara.
—¡Gordon! — le di un abrazo y sentí los huesos crujir cuando me espachurró contra su cuerpo de oso.
—¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Dónde te metes? ¿Muy ocupado con los estudios? Tu madre me ha dicho que vas muy bien en la universidad.
—Si, uno hace lo que puede. — desvió la mirada entonces a Tom, con una sonrisa reluciente.
—Tú debes de ser Tom.
—Hola. — a él si que se le notó la sonrisa falsa en la cara cuando se levantó. Estrecharon las manos en forma de saludo.
—Vaya, no te esperaba así. Siempre te había imaginado un estilo a Bill.
—Si, supongo que no todos los gemelos se parecen tanto como se dice. — se separaron casi a la nada. De repente podía casi tocar la tensión con mis propias manos.
—Así que vas a quedarte a cenar, ¿No, Gordon?
—Si, creo que será mejor que vaya a ayudar a tu madre a preparar la mesa sino quiero que me acuse de vago. Nos vemos dentro de… cinco minutos. — asentí con la cabeza, viendo como se iba de la misma manera que venía. — Bill, esos tatuajes no son permanentes ¿no?
—Oh… pues… — hice una mueca con la cara y Gordon negó con la cabeza.
—Que no los vea tu madre.
—Eso intento evitar. — y cerró la puerta dejándonos de nuevo en intimidad. Suspiré, más tranquilo y aliviado. Oí de nuevo un crujido desagradable, Tom se toqueteaba el cuello con gesto tosco.
Por su expresión, no parecía haberle caído muy bien mi padrastro.
—Parece que hoy no es tu día de suerte. — le dije y su boca se torció en una risita.
—¿No? — me acarició con una mano la mejilla y los labios e hizo amago de besarme, pero se separó en el último momento. — Yo diría que sí. — y salió de la habitación.
Me pasé la lengua por los labios, sintiendo su sabor y le pegué una patada a la puerta cerrada, sin poder contener mi júbilo.
¡Mierda, Tom me volvía loco!
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉