Muñeco 8 (P.2)
Fic TWC de Sarae
Capitulo 8 (P.2)

Mi padre era alcohólico, lo sabía. Se sometió a muchas terapias sin mucho resultado y al final, mi madre, cansada de pagar las facturas y llevar la casa y a sus hijos sola hacía delante, decidió divorciarse. Mi padre, tristemente, accedió. El amor que había surgido entre ellos se ahogó con cientos y cientos de litros de alcohol pero mi padre no estaba dispuesto a desaparecer así como así y no volver a ver a sus hijos, pues iba a mudarse a Stuttgart y no podría venir cada dos semanas a vernos y cumplir con la custodia en vacaciones. La mejor solución que encontraron fue esa, separarnos.

No recuerdo si lloré, ni siquiera si sentí algo parecido al dolor. Esa etapa de mi vida estaba en blanco porque… según ciertas cosas estudiadas en psicología y otras tantas que Georg me había explicado, superiores a mis conocimientos, había dos opciones…

La primera, que de verdad me importó poco que mi hermano se fuera, cosa muy poco probable, ya que a esa edad los niños están muy ligados a las personas que los rodean y más si son tan cercanas como hermanos.

La segunda, mi mente experimentó tal dolor que esa etapa de mi vida quedó sepultada de la única manera permitida para un niño de cuatro años, el olvido.

En esa etapa de nuestra vida familiar, tanto mi madre, mi padre y yo, aunque no lo recordara, lo habían pasado francamente mal. Fruncí el ceño. Burlarse de eso no era divertido, además… ¿Cómo que ya tenía madre? Eso… no lo entendía, pero mi madre si parecía entenderlo y no le había sentado bien.

—Helem ¿no? — Tom sonrió abiertamente ante ese nombre. Me sonaba. — ¿Cómo está tu madrastra? — lo preguntó con toda la indiferencia que pudo aparentar y yo até cabos de inmediato. El contacto con mi padre había sido nulo desde que se fue de casa y no porque mi madre no quisiera que contactara con él, sino porque yo no había mostrado mucho interés. Así que mi padre se había vuelto a casar. Vaya…

—¿Mi madrastra? — Tom alzó una ceja y sin borrar la sonrisa de la cara dijo. — Muerta desde hace 8 años.

Joder.

—¿Mu-muerta? — mi madre tragó saliva. Se había puesto pálida. Gordon y yo bajamos la cabeza, aturdidos por la respuesta. — Dios mío.

—Hubo un accidente de coche. — fue la única explicación que dio mi hermano y todos nos sumimos en un intenso silencio durante varios minutos. Empezamos a comer de nuevo, desganados e incómodos.

—Vaya. Eso… debió de ser duro para ti, Tom. — miré a mi hermano. Ante mi mirada atónita, su expresión se convirtió en la viva imagen de la extrañeza.

—¿Duro por qué? — preguntó, como si la muerte de su madrastra le hubiera importado tan poco como la muerte de una rata sucia, tirada en medio de la calle. No pude más, esa frialdad me heló las venas y no sólo a mí. Mamá se levantó, con los ojos brillantes, blanca como un muerto.

—Se acabó la cena. — ninguno había terminado de comer. Lo mismo daba.

Se nos había quitado el apetito.

Gordon se fue enseguida. Le había oído preguntar a mi madre si quería que fueran a terminar de cenar por ahí o ir a ver una película o simplemente, si quería pasear con él para hablar sobre lo ocurrido. Mamá dijo que no. Creo… que tenía miedo de que Tom y yo nos quedáramos a solas.

—Bill, cielo, voy a la cama. No me siento bien y mañana tengo que levantarme temprano para…

—Está bien mamá. Yo recojo esto, no te preocupes. Buenas noches.

—Buenas noches, cariño. — me dio un beso en la mejilla y caminó hacía las escaleras.

—Buenas noches mamá. — pude ver claramente como mi madre se estremecía al pasar al lado de mi hermano.

—Buenas noches, Tom. — su voz estaba quebrada. Desapareció como un fantasma al subir las escaleras. Seguí lavando los platos, ignorando la presencia de Tom a mis espaldas, moviéndose silenciosa. Apreté con fuerza el esponjita con la que limpiaba los platos, llenándome de espuma el brazo.

—¿Cómo puedes tener tanta sangre fría en las venas? — le pregunté sin dirigirle la mirada.

—No entiendo exactamente porque os habéis puesto en tensión cuando he hablado de la muerte de Helem. No la conocisteis de nada, ¿no?

—No es eso lo que nos ha revuelto el estómago, sino la forma en la que has hablado de ella, como si te importara una mierda. ¿Qué pasa? ¿Acaso la odiabas?

—No.

—¿Era mala contigo o qué?

—No. Era buena, divertida, lista y me ayudaba ha hacer los deberes. — solté el plato ya limpio bruscamente sobre el fregadero, haciendo un ruido estridente y me volví a mirarle, con el ceño fruncido.

—La que hizo de madre en tu infancia murió y tú te ríes hablando de su muerte. Te ríes burlándote de tu pobre padre alcohólico, te ríes burlándote de tus crímenes, de estar fichado por la policía y, sobretodo ni siquiera pareces tener el menor remordimiento acostándote conmigo, con tu propio hermano. ¿De dónde mierda has salido tú? — por una vez no se rió. Su expresión se volvió más seria, más melancólica, casi se tornó arrepentida. Se acercó a mí lentamente.

—Muñeco, yo… vengo del infierno… porque soy el diablo. — y volvió a reírse en mi cara. Esa actitud me sacó de quicio y no le aguanté ni una más. Le arrojé a la cara la esponjita húmeda del lavaplatos hecho una furia.

—¡No tiene gracia, eres gilipollas! ¡Esta noche ni se te ocurra entrar en mi habitación! — le grité, echo una furia y sin atender a razones, salí corriendo hacía mi cuarto, con el corazón encogido.

—Muñeco… — ignoré su llamada y cerré la puerta de mi habitación en cuanto llegué a allí. Apoyé la frente en la puerta, jadeando. Estaba hecho un manojo de nervios porque no conocía a Tom.

Había hecho daño a mamá y ni siquiera parecía darse cuenta del dolor que causaba a su paso. Sus crímenes me habían parecido hasta divertidos mientras los mencionaba él pero ahora empezaba a darme cuenta de lo egoísta que yo era.

Tom podría arrasar todo lo que se le pusiera por delante sin remordimiento alguno, era un prototipo de futuro delincuente, posible asesino, la semilla de un monstruo crecía en él y yo… yo estaba a su lado y era inmune. Me había concedido inmunidad, a mí, cuando ni siquiera le importaba su propia madre o su padre. Me había concedido el poder de hacerle frente, de plantarle cara a mí. ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo? Ni siquiera era capaz de controlarme a mí mismo, de controlar el deseo que me hacía sentir.

—¿Por qué yo, Tom? ¿Qué quieres de mí, puto maníaco? — apoyé el hombro en la puerta, suspirando. — Tom… — y abrí.

Tom me miró fijamente en cuanto abrí la puerta, plantado frente a mí, con una expresión que no sabía clasificar en su cara. No mostraba malicia ni amenaza ni nada parecido. Se quedó quieto unos segundos antes de avanzar hacía dentro. Me aparté y él entró en silencio. Cerró la puerta.

—¿Qué clase de monstruo eres, Tom? — él alzó una ceja e hizo una mueca con la boca.

—No tienes que preocuparte por eso. — dio paso hacía delante, acercándose más a mí y se quedó quieto, como pensando que debería hacer, que debería decir. Vi el movimiento de su nuez al tragar saliva y alzó una mano. Agarró la mía suavemente, casi con miedo, preparándose para alejarse si le rechazara, pero no lo hice. Su tacto áspero me hizo sentir una descarga eléctrica y como si mi corazón estuviese conectado a los electrones, empezó a palpitar tan fuerte que casi superaba el sonido de mi jadeante respiración. — Soy un monstruo peligroso, pero no debes preocuparte ni temerme por eso.

—¿Que no te tenga miedo dices? Cuando tú mismo lo admites…

—Precisamente por eso también admito que no tienes razones para temerme. Soy un monstruo peligroso, pero no para ti. — los labios empezaron a temblarme y mi respiración prácticamente se volvió entrecortada.

—¿Por qué no para mí? — Tom se tornó pensativo unos segundos, una pequeña sonrisa, sin malicia alguna, se dibujó en sus labios.

—Creo que eso tienes que averiguarlo tú.

—¿Yo? ¿Por qué?

—Soy su primer paciente, Doctor Kaulitz. Si puede conmigo, será el mejor psicólogo del mundo. — me reí, bajito.

—Entonces, si voy a tratarte, tendré que saber mucho de ti.

—¿Mucho?

—Sinónimo de todo. — Tom se mordió el labio inferior unos segundos.

—Son muchas cosas. — nuestras manos seguían unidas. Sentí como me acariciaba con el pulgar el dorso de la mano y como se me erizaba la piel por ese simple hecho.

—Hay mucho tiempo. — él no respondió. Los dos nos quedamos absortos mirándonos fijamente como dos idiotas sin decir una palabra. Me dio tiempo a sentir como las mejillas me empezaban a arder y como mi hermano se toqueteaba nervioso el piercing, paralizado.

—¿Quieres…?

—Tom, cada vez estoy más seguro de que eres un poco idiota además de delincuente. — alzó una ceja con cara de ¿Qué me estás contando? Y me puse a reír.

Negó con la cabeza.

—A la mierda las gilipolleces. — me agarró de la barbilla y al segundo ya había metido su lengua en mi boca y nuestros labios se movieron con ansia incontrolada. Otra vez perdía el control como un loco desesperado, otra vez me dejaba devorar como un animal indefenso. Si, si, si, ojala me devorara y no dejara de mí ni los huesos.

Le arranqué la gorra y la bandana de un tirón.

—¡Au! — se quejó el tiempo justo que dejé su boca libre para quitarme la camiseta y agarrarme a su rastras, tirando de ellas hacía abajo, obligándole a alzar la cabeza y recorriendo las comisuras de sus labios con mis labios húmedos a causa del magreo.

Cayó sobre la cama, conmigo encima bebiendo de su boca y apretándole bruscamente las rastas. Nos separamos con su lengua todavía unida a la mía, rozándolas fuera de la boca, con la saliva descendiendo por mí barbilla y la suya.

—¿Por qué siempre acabamos así? — pregunté, alzándome sobre su cuerpo y agarrando sus manos, situándolas directamente en mi trasero. Me lo estrujó fuertemente.

—Misterios de la vida. Quizás estemos destinados a acabar siempre así. — eché mi pelo hacía un lado de mi cuello observando su inmensa sonrisa de niño malo y volví a descender hasta su boca.

—Lo dudo mucho. Ahora… házmelo… con fuerza.

—¿Sin límites? — tomé una bocanada de aire y sonreí ampliamente.

—Reviéntame.

—Vas ha desear no haber dicho eso, Muñeco.

Supongo que fue en ese momento cuando oficialmente me convertí en Muñeco y, pese a todo, seguía sin verle nada de malo. Dejando a parte los pensamientos de que era mi hermano con quien me acostaba, obviamente, pero esos pensamientos eran fáciles de esquivar, pues me costaba trabajo ver a Tom como tal. Sólo era un hombre, bueno… mi hombre.

Tom no me consideraba su hombre, sino su Muñeco y yo, seguía sin ver la diferencia.

Continúa…

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por Sarae

Escritora de Muñeco

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