
—Suplícame como tú sabes que me gusta.— el corazón se me aceleró. Quería que le gritara que me lo hiciese con fuerza allí mismo, que me la metiera con ganas, delante de toda esa muchedumbre de personas que nos miraban.
—Y una mierda. — Tom volvió a alzar el carné delante de mis narices, moviéndolo de un lado para otro y se mordió el labio, impaciente por una respuesta satisfactoria. Estaba claro que no me lo iba a dar a no ser que rogara y empecé a planteármelo seriamente. Estaba ruborizado, seguro, y muy nervioso. Giré la cabeza, buscando una salida y sólo encontraba gente mirándome como si me estuviera exhibiendo desnudo. Mis ojos se clavaron en las dos personas que pasaban por allí de casualidad y se quedaron mirándonos con extrañeza. Georg sonreía, murmurando algo entre dientes como, “Siempre dando el cante”. Gustav fruncía el ceño, con cara de desconfianza total. Volví a mirar a Tom, tragando saliva. La forma en la que me miraba me estaba poniendo muy caliente.
De repente, al alzar la vista por encima de su hombro, se me cortó la respiración y estoy seguro de que me puse blanco.
—Lo suponía. Si no eres el centro de atención no estás contento, eh, Billy. — me puse tieso al oírla. Tenía el pelo liso y brillante, de un rubio centelleante, suelto, apartando el flequillo por una diadema verde claro, como sus ojos. Los labios carnosos, las mejillas adorablemente ruborizadas. Siempre había sabido combinar bien la ropa e ir bien vestida, pero ese día estaba deslumbrante con ese jersey oscuro y la faldita azul claro. La chaqueta… se la había regalado yo un año atrás por nuestro aniversario.
—Natalie… — suspiré, recordando lo dolorosamente enamorado que había estado de esa preciosidad austriaca. Ella sonreía tiernamente. También recordaba esa sonrisa con demasiada frecuencia.
Vale Bill, no lo tienes tan superado como creías.
Mis ojos volvieron a clavarse en Tom al menor movimiento. Su expresión divertida había desaparecido. Me miró de una manera furibunda antes de volverse hacía Natalie con los ojos entrecerrados. Los dos cruzaron una mirada rápida y Tom hizo un ruidito desagradable con la boca.
—Hola. — le sonrió mi ex novia. El ambiente se volvió extremadamente tenso mientras Tom guardó silencio hasta que finalmente, arqueó los labios en una sonrisa. Una sonrisa que parecía la personificación del desprecio.
—Hola, Natalie. — soltó, como si la conociera de toda la vida, con mucha brusquedad.
—Tú debes de ser el hermano de Billy, ¿no? Un placer cono…
—¿Cómo sabes que soy su hermano? — le cortó con un tonito juguetón, un tono provocativo y a la vez, intimidante, prepotente. Fruncí en ceño.
—Ah, ¿No lo eres?
—Por aquí hay muchos rumores, ¿Cuál crees tú verdadero? — pero, ¿A dónde demonios quería llegar a parar? Le metí un pellizco en el brazo, conteniendo mi rabia. Tom me ignoró por completo.
—Oh, eso. — Natalie me dedicó una sonrisa resplandeciente y yo desvíe la mirada hacía el suelo, tieso y nervioso. Noté como Tom movía la cabeza y me miraba de reojo unos segundos. Se había dado cuenta de mi nerviosismo, seguro. — Creo que sois hermanos aunque no os parezcáis mucho a simple vista. Supongo que Bill te ha hablado de mí, de lo nuestro.
—De lo que hubo, si, algo mencionó. — ahora su tono parecía un tanto irritado, pero tranquilo y eso me provocó un gran alivio.
—Por eso… le conozco. No lo veo con ningún chico, la verdad. Hemos estado juntos, Bill no es… Así.
—Menos mal que alguien se ha dado cuenta y se ha parado a pensar. No puedo creer que piensen que él es mi novio, joder, sólo hace falta mirarnos, somos dos polos opuestos. ¿Verdad? — giré la cabeza hacía él, esperando una respuesta, intranquilo. Tom ladeó el cuello, pensando en algo que no alcanzaba a averiguar. Miró hacía la derecha, hacía el borbotón de personas que seguían mirándonos como dos fenómenos paranormales, esperando una acción sorprendente que no llegaba. Observó a Georg y a Gustav, encogiendo la nariz y luego me miró a mí con total seriedad. — ¿Tom? — de repente me descubrí preocupándome por él, por su repentino cambio de actitud. No solía calmarse con tanta facilidad, tan de repente, de hecho, una vez cabreado, la cosa iba a peor. Quizás estaba pensando en algo que lo mantenía a raya y me preguntaba que demonios se le estaba pasando por su loca cabeza.
—¿Cómo decías que era Bill? — le preguntó a Natalie, que había abierto la boca para decir algo pero la cerró enseguida, planteándose una respuesta.
—Pues cuando Bill y yo salíamos juntos ¿Lo recuerdas, Bill? — asentí con la cabeza. Era imposible olvidarlo. — Era muy cariñoso y amable, siempre pendiente de mí. Es una pena que la cosa no saliera bien. Desde luego, quien lo consiga se lleva un tesoro. — Me ruboricé otra vez. Natalie siempre tan dulce…
—Vaya, que interesante. Entonces, no piensas que sea… — se estaba burlando, se estaba riendo de nosotros, de ella con esas preguntas o quizás de mí. Quería que parara, me sentía incómodo entre los dos.
Natalie sonrió una vez más con toda su alegría. Tom también sonrió de oreja a oreja. Conocía esa sonrisa. Era mala, muy maliciosa, como la de un niño travieso que pretende hacer una enorme trastada, no, peor. Mucho peor.
—Claro que no. Bill no es así.
Mi hermano ensanchó la sonrisa.
—No, claro que no.
Y, de repente, ahí estaba yo, siendo agarrado del brazo y siendo empujado con una brutalidad insólita contra las taquillas, que cedieron a causa del golpe. La vista se me nubló unos segundos, hasta las piernas me empezaron a temblar, a punto de fallarme y hacer que mi cuerpo se escurriera contra el suelo. Me quedé aturdido e inclinado hasta que Tom me agarró de los hombros y me obligó a levantarme de nuevo, golpeándome contra las taquillas sin con pura crueldad.
—¡To… — Tom me besó. Introdujo su lengua a través de mis labios y empezó a imitar el ritmo de una penetración en mi boca con su lengua. Abrí los ojos como platos, totalmente shockeado ¡Nos estaban mirando, joder, todo el mundo nos miraba! — ¡No! — le empujé, pero sólo conseguí separar nuestros labios una milésima de segundo antes de que volviera a penetrar en mi boca con mucha más bestialidad y dominio. Le pegué un puñetazo en los hombros y me agarró las muñecas, estrujándolas, apoyándolas fieramente junto al resto de mi cuerpo contra las taquillas. Me revolví, furioso. Quería morderle los labios, pero no lo hice… no lo hice, sintiendo como me jodía la boca con la lengua, monstruosamente rápido y fuerte.
Natalie había retrocedido de un salto, blanca como la cera y se tapaba la boca con las manos, con los ojos abiertos de par en par. Vi a Gustav pálido y a Georg paralizado con la misma cara de quien ve un muerto revolviéndose en un ataúd. Los demás… cerré los ojos con fuerza. Tom me restregó la rodilla contra la entrepierna, ansioso como un perro, descarado como él solo y yo… excitado y humillado como una puta.
No quería verlo, no quería ver la cara de nadie ni oír sus gritos. Tom me tenía acorralado y a pesar de arrastrarme él mismo hasta semejante situación, no tenía muchas más opciones que apoyarme en él para no morirme de vergüenza. Tom era un monstruo exhibiéndome delante de todo el mundo como un mero muñeco…
Mierda… es que soy su Muñeco.
Me besó de la forma más bestia y guarra con la que nunca me había besado hasta ahora ni él ni nadie. Perforaba con su lengua mi garganta, dejaba que su saliva se escurriera por entre mis dientes y me mordió la lengua cuando intenté volver a apartarlo de mí. Dominaba por completo cada rincón de mi boca y apenas me dejaba mover los labios, ni siquiera para corresponderlo, ni para hacer chocar mi lengua contra la suya. Me quería para él sólo y perdí la consciencia plena cuando su cuerpo duro me aplastó contra las taquillas y su rodilla me machacó la entrepierna hasta hacerme daño. Por un momento, tuve miedo de que pensara follarme delante de todo el mundo, sin piedad. Sabía que era capaz, de quien no estaba seguro de que fuera capaz de aguantar era yo, porque como un masoca gilipollas, ya estaba totalmente duro.
Oí grititos agudos, cerré los ojos y noté como sus labios dejaban por fin los míos completamente empapados de su saliva, repleta de su sabor, y su lengua se separaba de la mía. Aún me mantenía fuertemente agarrado de las muñecas y no se había separado ni un centímetro de mi cuerpo. Esquivé la mirada de todo el mundo, sobretodo de Natalie. Así es como debe sentirse uno cuando lo crucifican delante de un pueblo entero. La vergüenza y la humillación me invadía y Tom no parecía darse por satisfecho con eso.
—Suéltame ya. — susurré con voz temblorosa repleta de rabia.
—Suplícame. — hizo amago de volver a besarme con una sonrisita sardónica. Giré la cabeza y deslizó los labios hasta mi oído. — Deja de hacerte la víctima, ya me has demostrado con creces que este tipo de cosas te encantan.
—¿Por qué mierda me haces esto? — hablábamos en murmullos. Mi frente dio con su hombro, intentando huir de la mirada del resto del mundo.
—¿Ves a todas las personas que nos miran? No hay ni una que no tenga su atención puesta en nosotros y todos piensan, menudo novio tiene Bill, que bestia, que monstruo. Por eso… — me acariciaba la oreja con sus labios húmedos, haciéndome estremecer. De nuevo tenía el corazón en la boca. — Los perros dejan de rondar a la perra cuando ven como un lobo marca su territorio en ella.
—¿Me estás llamando perra? — se rió suavemente.
—No. Te estoy llamando mi perra. ¿Entiendes? Eres sólo mi perra y… — volvió a restregarse contra mí, pero esta vez no lo hizo con la rodilla. Abrí la boca para gemir, pero sólo solté un profundo jadeo, expulsando una bocanada de aire. — sé que te gusta serlo. Admítelo, aquí, ahora, ¡Soy el mejor macho que te ha montado en tu vida! ¡Suplica por que te monte otra vez, perra o te follo delante de tu novia! — joder, joder, joder, no… — No tengo paciencia, Muñeco. Estoy muy cabreado, ¡Estoy furioso! ¡Venga, dilo! ¿Quién es la perra y de quien es?
—Yo… — hablé lo más bajito posible. Tom me susurraba bruscamente al oído, sin apenas controlar el tono. Estaba ruborizado, no… estaba humillantemente caliente.
—¿Tú qué? — me temblaba todo el cuerpo, sentía fogonazos de placer subir por mi ingle. No podía decirlo, no podía…
—Soy tu perra… — y temblé. Me puse rígido y jadeé de nuevo, más violentamente que antes.
—No te oigo. Dilo más alto ¡Que se te oiga bien, que todo el mundo sepa de quien eres!
—No…
—¡Grita!
—¡No! — y se cayó, mudo. Por unos segundos siguió pegado a mí, quieto, paralizado, oyendo mis suspiros y… muy lentamente apartó de mi su cuerpo. Me miró con la boca entreabierta hasta que, como sabía que haría, se rió suavemente, divertido. Giró la cara hacía Natalie, quien seguía ahí plantada, blanca.
—Ohh, — soltó, dramáticamente. Cómo si de verdad lo sintiera. — Lamento haberte estropeado tu preciosa opinión de cuanto de hadas. Resulta que… A veces los príncipes azules no son tan heroicos como los pintan — se burló. ¡Se burló!
Haciendo amago de toda mi fuerza, me saqué de encima sus manos. Ya no tenía necesidad de agarrarme y sin que se lo esperara, le reventé la mejilla de un bofetón, que sonó a lo largo y ancho del pasillo. Sentí el escozor ardiente en la palma de mi mano, pero Tom no pareció inmutarse en absoluto. Por un momento dejó de sonreír, desencajó la mandíbula y se rió, mirándome. Mi rabia crecía por momentos.
—Cuidado con tocar a mi Muñeco. — soltó, tan pancho, dirigiéndose a Natalie y dándole un ligero empujón en el hombro que casi la tira al suelo, empezó a andar alejándose de nosotros.
No me lo podía creer, no podía, no…
—¡Tom, eres un hijo de puta! — le grité, rebotado. Le lancé lo primero que encontré en mi mano, sin alcanzarle. Estaba lejos. Tom giró la cabeza, aún sonriente y salió por la puerta dándole una patada. El cuerpo me temblaba de rabia y frustración y cuando vi mi reflejo en la superficie del espejo roto que colgaba de la puerta del baño, me vi rojo como un tomate, hasta la raíz del pelo, todo el cuerpo rojo, todo, como si me hubieran echado un bote de pintura encima. — ¿¡Y vosotros que coño estáis mirando!? — les grité a los de mi clase, que con los ojos como platos, se miraron entre ellos hasta que estallaron en carcajadas y aplaudieron como gansos, cabreándome más si cabía.
Aún me temblaba el cuerpo, humillado y derrotado, me escurrí por las taquillas hasta que mi culo dio contra el suelo. Me tapé la cara con ambas manos y empecé a berrear como un loco, soltando todo, esquivando la mirada inocente de mi ex novia. No quería que me viera en semejante situación.
—Bill… — Georg se me acercó, con cara de, ya me estás contando que mierda ha pasado aquí. — ¿Puedes explicarme como es que te has dejado medio violar por un tío que es idéntico a tu hermano gemelo? Se parecía mucho a Tom… demasiado. — entrecerró los ojos y yo me aparté lentamente las manos de la cara, dirigiéndole una mirada pudorosa. Estaba tan avergonzado por el espectáculo que había montado que ni si quiera contesté y volví a esconder mi cara de la mirada de la gente, que… ¡Aplaudía! No me lo podía creer.
—¡Hum! — ahogué varios sollozos y… mi lengua, instintivamente acarició mis labios, sintiendo el sabor a hombre de Tom impregnado en ellos. Ooohhh… sabían a sexo.
Había sido demasiado para mí.
Tom no se había apartado de casualidad, no. Es que lo había notado y tenía un vergonzoso y humillante problema que Tom me echaría en cara en cuanto estuviéramos a solas porque como él mismo había dicho… me había corrido como una perra en cuanto se me pasó por la cabeza que iba a follarme allí mismo.
Continúa…
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