
Fic TWC de lyra
Capítulo 2. Reencuentros
Parecía que todo el mundo tenía prisa por llegar a casa. El autobús solo hizo una parada de 15 minutos para que bajaran a estirar las piernas y entraran en la tienda de la gasolinera en busca de provisiones con las que distraerse. Una vez en marcha de nuevo el cielo se nubló y parecía que ya había anochecido. Comenzó a llover y aburridos de no poder hacer nada decidieron subir a descansar el resto del viaje.
Solo el cantante permanecía en su asiento, con la mirada fija en algún punto de la oscuridad que rodeaba el autobús, pensando en lo que iba a hacer con las dichosas fotos. No sabía si enseñárselas a Tom y contarle esa locura de que creía que los ojos que aparecían eran los de su madre y no los suyos. Si lo hiciera también tendría que contarle la pesadilla que tenía cada noche, y no quería ponerle triste a él también.
Con un hermano loco en la familia era más que suficiente. Porque creía que se estaba volviendo loco. Soñar con su desaparecida madre todas las noches, desear que regresara después de tanto tiempo… ¿para qué? ¿Acaso la iba a perdonar? ¿Qué le daría un abrazo y asunto resuelto?
¡No! Les hizo mucho daño, les abandonó cuando eran muy pequeños, cuando necesitaban su amor y cariño, consuelo, un abrazo….como en esos momentos en el que su cuerpo temblaba sin poder remediarlo. Se abrazó a sí mismo recostándose en el asiento. Cerró los ojos tratando de impedir que salieran las lágrimas que sentía agolparse en ellos.
Poco a poco se fue quedando dormido…para ser bruscamente despertado cuando sintió que le tapaban con una manta.
—Lo siento—se excusó Tom sonriendo.
Terminó de taparle y se sentó a su lado, sonriendo más cuando le sintió recostarse en él apoyando la cabeza en su hombro.
—Sabía que te ibas a quedar dormido—explicó levantando un brazo y atrayéndole más a su cuerpo.
—Lo sabes todo de mí—murmuró Bill con los ojos cerrados.
—¿Sí?—preguntó sin creerle.
—Sí—le mintió con firmeza.
Continuaron el resto del viaje en silencio, llegando a la discográfica 2 horas después. El autobús aparcó en una plaza techada donde los muchachos aguardaron bajo la lluvia mientras sacaban sus equipajes y los separaban.
—¿Qué vais a hacer en este tiempo?—preguntó Tom a sus amigos.
—Yo les haré una visita a mis padres y luego a unos amigos—explicó Gustav.
—Y yo a mi hermana, hace semanas que no la veo—dijo Georg.
—Podíais pasar algún día en casa, con nosotros—invitó el cantante de repente.
Todos le miraron sorprendidos. Sabían que en esos días su padre le llevaría al médico aunque fuera atado de pies y manos y no querían molestar.
—Sí, hacia el fin de semana—insistió Tom.
Sabían que lo había dicho por Bill, y en el fondo les comprendían. Pasar esos días “encerrados” en la gran casa de su padre no eran unas vacaciones, por decirlo así. Estaban los recuerdos. Ahora que eran mayores y pasaban poco tiempo en la casa querían convencer al padre de que la vendiera, pero él se negaba en rotundo. Ya no porque perteneciera a su familia, sino porque a pesar del dolor que le causó, la casa era su esposa.
La decoró con todo su amor, eligiendo los muebles de las habitaciones de sus hijos que aún conservaban. No sabían como podían pedir a su padre que se deshiciera de la casa si ni ellos mismos podían tocar algo de su habitación sin sentir que perdían una parte de esa madre que a pesar de haberlos abandonados siendo niños, no podían dejar de pensar en ella ni echarla de menos.
Era como si una fuerza invisible se lo impidiera, como si le suplicara que no lo hicieran, porque era la única manera de acordarse siempre de ella.
—Lo pensaremos—contestó Gustav por los dos.
Georg asintió conforme y los hermanos suspiraron aliviados.
Un bocinazo les hizo girarse y vieron aparecer por el parking el todoterreno de su padre, quien se bajó nada más aparcar y saludó con un apretón de manos a sus hijos y amigos. Mientras cargaban el equipaje de los gemelos en el auto, David le llamó aparte y conversó con él en voz baja ante la atenta mirada del cantante, quien se mordía los labios nervioso pensando en lo peor.
Vio que estrechaban las manos, señal de que ya habían terminado y se apresuró a disimular mirando con rapidez hacia otro lado.
—Os llamamos a mitad de semana y quedamos—se despidió Gustav de los hermanos.
Los chicos asintieron y tras chocar sus manos subieron al coche con su padre, sentándose Tom a su lado, para eso era el hijo mayor.
—¿Qué te ha dicho David?—no pudo evitar preguntar Bill desde el asiento de atrás.
—Que te vea un médico de inmediato—contestó Jörg mirándole por el espejo retrovisor.
—Está exagerando—dijo Bill tratando de quitarle importancia—Fue un simple desmayo debido al estrés y cansancio….
—Eso no es del todo cierto—interrumpió Tom sin volverse.
—Fue por eso, no hay nada más—replicó Bill enfadado.
—No os peleéis, ya lo hablaremos más tarde—puso Jörg paz.
Apartando los ojos de la nuca de Tom, el cantante se recostó en el asiento cruzándose de brazos sin poder evitar su enfado. No le hacía falta acudir al médico por un simple desmayo. Sabía a que era debido su malestar, y también que se le pasaría en unos días.
—Helen os ha preparado un ligero almuerzo—dijo Jörg con normalidad, como si la discusión anterior no hubiera tenido lugar.
¡La querida tía Helen! Era la hermana de su madre. Vino a cuidarles cuando se produjo su desaparición y hasta el día de hoy permanecía en la casa. Se hizo cargo de ellos cuando su padre estaba de viaje, los consolaba cuando lloraban y los reñía cuando era necesario.
La querían mucho, y sabían que no eran los únicos. Cuando su padre y ella se miraban saltaba chispas en sus ojos. De pequeños bromeaban diciendo que ojala se casasen, porque la necesitaban mucho y no querían que se fuera de casa…ella también…
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Casi una hora después llegaron a la gran casa. Corrieron bajo la lluvia cargados de maletas que dejaron en el porche mientras su padre buscaba la llave y abría la puerta, sacudiéndose la ropa con las manos para tratar de secarla en vano. Lanzando un suspiro, el cantante se pasó las manos por el húmedo cabello, deseando subir a su habitación para cambiarse de ropa de inmediato.
—Pasad—dijo Jörg cuando logró abrir la puerta.
Cogieron las maletas de nuevo y las dejaron en el pequeño recibidor.
—Id a cambiaros de ropa, ya las subiremos más tarde—ordenó Jörg.
Estaban a punto de obedecer cuando una voz les hizo girarse.
—¡Niños!
—¡Tía Helen!—gritaron los dos a la vez.
Echaron a correr por el pasillo hacia la mujer que les esperaba con los brazos abiertos y una gran sonrisa en los labios. Helen Trümper abrazó con fuerza a sus dos sobrinos mientras besaba sus mejillas con cariño. Los había cuidado desde que eran bien pequeños y los quería con locura.
Para ella siempre serían esos dos niños de 7 años que una noche perdieron a su madre sin saber aún el porque. Todavía recordaba el día en que llegó a la casa para echar una mano a su cuñado durante unas semanas. Los vio sentados en el primer escalón del porche sin apartar los ojos de la puerta del jardín, esperando a que su madre llegara de un momento a otro y se disculpara por haberse perdido la cena la noche anterior.
Recordaba perfectamente como su sobrino mayor pasaba un brazo por los hombros del menor, quien con las mejillas bañadas en lágrimas preguntaba donde estaba su mamá…
—Mis niños—repitió Helen emocionada.
—Ya somos unos hombres, tía Helen—replicó Tom riendo.
—Para mí sigues siendo ese niño pequeño que jugaba con una guitarra de plástico soñando que era una estrella famosa—rió Helen besándole de nuevo.
Entonces dirigió su atención al más pequeño, siempre tuvo que estar más pendiente de él, le veía más frágil y vulnerable. Le apartó un mechón de su largo pelo de la cara y se quedó estudiándola con sus agudos ojos.
Incómodo bajo la atenta mirada de su tía, el cantante trató de apartar la cara, pero una mano bajo su barbilla se lo impidió.
—Estás muy pálido, y más delgado—le riñó Helen con cariño—No me comes nada cuando estás de gira.
—Ahora que estás en casa comerás como Dios manda, y gracias a tus guisos engordará en una semana todo lo que ha perdido—rió Jörg.
—Bueno, subid a cambiaros, la comida está lista y debéis estar hambrientos—dijo Helen soltándolos.
Los chicos la obedecieron de inmediato. Sabían que era una mujer de mucho carácter, y si le llevaban la contraria o discutían con ella no dudaba en tirarles de las orejas aún estando en plena calle y sin importarle que ya no fueran unos niños.
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Tras una comida que se le hizo eterna, el cantante suspiró aliviado mientras deshacía una de sus muchas maletas en su habitación. Cuando subió a cambiarse de ropa no le prestó mucha atención, pero ahora que tenía tiempo miraba las cuatro paredes entre las que creció y tuvo tantos sueños, la mayoría cumplidos…otros imposibles…
Sintió un gran cansancio de repente, y dejando caer la camiseta que sostenía en las manos se arrastró hasta la butaca que había en una esquina de su habitación y se dejó caer con pesadez. Desde ella observó la decoración, la misma desde que tenía uso de razón. Todo estaba igual que siempre. Sobre la cama estaba el mismo cobertor de plumas, con dos de sus peluches de cuando era más niño.
En una esquina y sobre un escritorio de caoba escogido por su madre años atrás estaba lo único que le era nuevo. Su ordenador personal, comprado varios años atrás con lo que ahorró de esos conciertos que daban en salas donde una o dos personas charlaban sin hacer caso a la pequeña banda que se quería abrir paso.
Tía Helen se empeñó en regalárselo ella misma, pero se negó en rotundo. Quería comprarlo él mismo con lo ganado, fruto de su esfuerzo.
—¿Puedo pasar?—llamó Helen a la puerta.
—Adelante—contestó con voz ronca.
La puerta se abrió y Helen entró en la habitación de su sobrino pequeño. Le vio sentado en la butaca y con una extraña expresión en la cara, además de ver que estaba más pálido cada vez. Jörg y ella decidieron no decir nada durante la comida, incluso esperar unos días más, pero el dolor sería el mismo y cuanto antes lo supieran mejor.
Se sentó en la cama y le observó esbozando con esfuerzo una sonrisa. No sabía como sacar el tema, así que decidió dar un gran rodeo, además de preguntar de paso como se encontraba tu sobrino.
—Casi no has tocado la comida—comenzó a decir.
—Me sentía revuelto por el viaje—se excusó con un hilo de voz.
—Bueno, hoy te lo paso, pero mañana no hay excusa. No te levantarás de la mesa hasta que te hayas terminado todo el plato—le amenazó.
Logró esbozar una sonrisa ante sus palabras, sabiéndola capaz de cumplirlas. ¡La de veces que se pasó dos horas seguidas delante del plato de la comida! Hasta que no se comía lo que le había puesto, no se levantaba, aunque hubiera quedado para ensayar y Tom le amenazara asomado a escondidas en la puerta de la cocina.
—No has terminado de deshacer el equipaje—continuó diciendo Helen.
—Ahora iba a seguir—mintió Bill sin levantarse de la butaca.
Se sentía muy cansado y somnoliento. Solo deseaba meterse en al cama y no salir de ella hasta que estuviera en condiciones de seguir con la gira.
—Bueno, y… ¿qué tal te van las cosas?—interrogó Helen poniéndose más cómoda.
—Tenemos mucho trabajo, ya sabes. Cuando no es un concierto es una entrevista, o una sesión de fotos,….—enumeró Bill con cansancio.
Helen observó como se frotaba la frente mientras hablaba. Jörg le había comentado lo que le sucedió la noche anterior y estaba atenta a cualquier síntoma que le indicara que se iba a volver a repetir.
—Y… ¿lo otro?—preguntó bajando el tono de voz.
¡Lo otro! Su tía aceptaba que fuera gay, pero le costaba pronunciar esa palabra. Tom le apoyaba, como en todo desde que eran pequeños, y su padre…simplemente se encogió de hombros cuando lo contó.
—No va, así de sencillo—le contestó con indiferencia.
—Pero, ¿lo has intentado al menos?—insistió Helen.
—¡Vamos tía Helen! ¿Con quien puedo estar sin que al día siguiente aparezca publicado en primera página?—preguntó con ironía.
Vio que su tía no le contestaba, solo se le quedaba mirando con una triste expresión en la cara. La respuesta a su pregunta flotaba en el aire, pero su tía no se atrevía a mencionarle.
—Sí, con Andreas—dijo por ella suspirando—Lo nuestro fue breve, pero no tuve más remedio que dejarle. Estaba el grupo, los viajes,…no podía hacerle eso, no se lo merecía.
Helen miró a su sobrino mordiéndose los labios. Jörg acordó no decirle nada hasta que volviera del médico con un tratamiento que solucionase sus problemas, no quería que su hijo pequeño sumara una preocupación más a las que ya tenía… Pero ya que había sacado el tema, y no pudiendo encontrar un momento apropiado para contárselo, decidió no esperar más tiempo.
—Bill, cariño…
—¿Dónde dejo la ropa sucia?—interrumpió Tom.
Entró en la habitación con un fardo de ropa usada en los brazos. Se quedó cortado al ver la triste expresión de su tía y como Bill se frotaba la frente sentado en su butaca.
—¿Interrumpo algo?—preguntó avergonzado.
—Deja la ropa en el suelo y siéntate a mi lado—le pidió Helen con un hilo de voz—Bill, tú también.
Los hermanos se miraron asustados y corrieron al lado de su tía, quien cogió sus manos entre las suyas y se las apretó con fuerza.
—Tía Helen, me estás asustando—dijo Bill a punto de echarse a llorar.
—No os lo queríamos contar hasta mañana, pero ya que hemos hablado de Andreas…
—¿Le ha pasado algo?—preguntó Bill soltando ya una lágrima.
Helen echó un vistazo a su sobrino mayor, quien le miraba asustado y muy pálido también. Le pidió ayuda silenciosa con la mirada, que consolara a Tom tras la trágica noticia que les iba a dar a ambos.
—Sus padres…..se fueron de vacaciones los tres, en el yate que alquilaron, y una noche hubo una gran tormenta…solo se salvó Andreas….
Sintió a su sobrino pequeño estremecerse a su lado. Soltó la mano del mayor y le abrazó con fuerza, atrayéndole a su pecho en donde rompió a llorar.
—Lo siento—susurró besándole el pelo.
Tom sintió que las lágrimas le bajaban por las mejillas. Él nunca lloraba, pero el saber de la muerte de los padres de su mejor amigo le provocaba un dolor intenso, más ver a Bill llorar desconsoladamente.
Se abrazó a su tía, inclinándose para rozar la mejilla de Bill y besársela con ternura.
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Tras dar la mala noticia a sus sobrinos, dejó que el mayor consolase al pequeño. Cogió la ropa sucia que había tirada en el suelo y bajó a la cocina a meterla en la lavadora, hallándola vacía. Típico de su cuñado. Sus hijos volvían a casa tras un largo viaje, el pequeño se encontraba mal y se iba al bar como todas las noches, dejándole a ella al cargo, sabiendo que no podría esperar hasta el día siguiente para darles la mala noticia.
Se entretuvo haciendo la cena a sus sobrinos, preparando sus platos favoritos por ser la primera noche y para que se sintieran algo mejor tras esa mala noticia.
—¿Tía Helen?—llamó Tom con timidez.
Se volvió deprisa y le abrió los brazos, a lo que corrió su sobrino. Sabía que tras consolar a Bill vendría a ella. Delante de él se hacía el fuerte y valeroso, pero luego la buscaba a ella para obtener su consuelo.
—Quiero llamar a Andreas—dijo Tom entre sollozos—¿Por qué no nos lo dijo?
—No os quería molestar, estabais lejos de casa cuando sucedió—le explicó—Ahora está de viaje, lo necesitaba. Estar un tiempo a solas, reflexionar sobre lo que hará con su vida ahora….
—Nos tiene a nosotros, somos su familia—aseguró Tom con firmeza.
—Por supuesto, puede contar con nosotros para lo que sea—afirmó Helen besándole en la frente—Y por eso le invité a venir a casa.
—¿Va a venir?—preguntó Tom soltando a su tía.
—Si, dentro de dos días.
—Se lo contaré a Bill, seguro que le gustará verle—dijo Tom más animado.
—¿Cómo se encuentra?—preguntó Helen muy preocupada—Tenía miedo de que le volviera a suceder de nuevo…que se desmayara como en el concierto…
—Está recostado en la cama, solloza por lo bajo y vine a subirle un vaso de agua—explicó abriendo la nevera.
—Déjale descansar hasta la cena, luego hablamos de lo otro.
Tom asintió, sabiendo de qué estaba hablando su tía. Sirvió un vaso de agua para Bill y se lo subió. Entró en su habitación y le vio con los ojos cerrados. Sabía que solo estaba descansando, así que se sentó a su lado dejando en la mesilla el vaso que llevaba en las manos.
—No puedo creerlo—susurró el cantante sin abrir los ojos.
—Yo tampoco—suspiró Tom.
Se giró de costado y abrió los ojos, mirando a Tom con ellos llenos de lágrimas.
—Pobre Andreas—se lamentó.
—Tía Helen me ha dicho que le ha invitado a pasar estos días, pronto le verás—informóTom forzando una sonrisa.
—No sé que le puedo decir….
—Solo muéstrale tu apoyo, y consuélale cuando lo necesite—le explicó Tom.
¿Apoyo? ¿Consuelo? Tom no sabía lo que le estaba pidiendo. Ese era el único secreto que nunca le iba a contar. No sabía que tuvo algo con el mejor amigo de ambos, que callaron para no hacerle daño. Arrugó la frente pensando si no sería una mala idea tener bajo el mismo techo a Andreas, y más en sus condiciones….en las de ambos…
Tom vio su gesto y le miró preocupado. Sabía que se estaba sintiendo mal de nuevo.
—Ahora te dejo descansar. Tía Helen me lo ha pedido, que te dejara hasta la cena—dijo levantándose—Come todo lo que te ponga, así te curarás enseguida.
Cogió una manta y se la echó por encima. Le apartó un mechón de la cara y le dejó descansar. Abrió la puerta y antes de salir se volvió.
—Tía Helen sabe lo que nos conviene y cuida muy bien de nosotros—dijo Tom antes de salir.
—Pero no es mamá—se le escapó al cantante en un susurro.
—No, no lo es—susurró Tom con dolor.
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Dos horas más tarde se encontraban cenando solos en la cocina, con la única compañía de su tía. Su padre no acostumbraba a cenar en casa, se pasaba la tarde con los amigos echando una partida de cartas en el bar del pueblo, y regresaba a altas horas de la madrugada ya cenado….y a veces bebido.
—¿No tienes hambre, cariño?—preguntó Helen a su sobrino pequeño.
El cantante negó con la dolorida cabeza. Sentía un nudo en el estómago que le impedía comer y respirar.
—Apenas has comido nada desde la hora de la comida—riñó Tom con suavidad.
—Es que no puedo…me duele el estómago…—se excusó con lo primero que le vino a la mente.
—Bueno, no le agobiemos—dijo Helen al ver su expresión—Al menos tómate un vaso de leche antes de acostarte.
—Más tarde—accedió.
—Pero no mucho, mañana te harán unos análisis y debes ir en ayuno—explicó Helen.
—¿Cómo?—preguntó Bill alzando la vista de su plato.
—¿Pensabas que se me había olvidado? Llamé esta mañana, tienes hora para que te vea el médico—dijo Helen con firmeza.
El cantante resopló y se concentró en la cena. Tomó un poco más del estofado de su tía en silencio. No se sentía con fuerzas para discutir, además que tras saber la desgracia de su amigo lo suyo al lado no era nada.
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Terminada la cena, los hermanos se despidieron de su tía con un beso y subieron para acostarse, cansados del largo viaje.
—No nos hemos despedido de papá—dijo Tom por el camino.
—Está en el bar, como todas las noches…como esa noche…
—Bill, no empieces—le cortó Tom—Así solo te harás daño.
—Lo siento, no lo puedo evitar—se disculpó.
Llegaron a la puerta de su habitación y como ya era una costumbre en ellos desde que eran pequeños, se dieron las buenas noches rozando sus labios con un breve beso.
—¿Quieres que me quede contigo hasta que te duermas?—se ofreció Tom.
—No gracias, necesito estar a solas—le dijo Bill apretando su brazo con cariño.
Se dio la vuelta y entró en su habitación. Se puso el pijama, pero no llegó a acostarse en la cama.
Se pasó toda la noche paseando nervioso por la habitación, fumando un cigarro tras otro, viendo como le temblaban las manos cada vez que intentaba abrir sus maletas aún sin deshacer. Las fotos estaban en el fondo de ellas, y el miedo que le recorría el cuerpo era inmenso.
Ni siquiera en casa se sentía a salvo. Sentía que era como si alguien le vigilara por la ventana, esperando el momento para echarse sobre él y hacerle Dios sabía que.
Se asomó a ella, pero no vio a nadie. Todo estaba a oscuras, pero sentía su presencia. Con sus ojos fijos en él, estudiando cada movimiento suyo,…
Pensando que él no sería el siguiente, sino el primero….
Continuará…