Profesor 10

«Mi profesor de química» Temporada 2

& Capítulo 10 &

& Por Tom &

Enojado, molesto y callado. Almorzaba junto a mis hijos en el McDonald’s vecino a mi oficina. Ellos con sus miradas fijas sus cajitas felices, cuchicheaban entre sí, y yo les fulminaba con la mirada por lo que acababan de contarme.

— Vale, no estoy enojado. Sólo quería proponérselo yo primero — sonreí de medio lado, recordando lo sucedido el día anterior. Le había visto y saludado otra vez, pero la directora clavaba la mirada en él y no pude robarle un beso como tanto había imaginado y planificado la noche anterior. Esa mujer, me recordaba ligeramente a alguien y no puedo recordar quién. La forma en cómo le miraba, en cómo le ordenaba que regresara con los niños… estaba seguro de que esa personalidad la conocía de otra parte.

— Bueno papi, lo importante es que el vendrá el lunes por la tarde — sonrieron, y yo también. Me hacía mucha ilusión tenerle en mi casa cerca de mí. De tan sólo imaginarme llegar cansado del trabajo y él esperándome con mis hijos arropándoles y contándoles su cuento preferido se me llenaba el estómago de burbujas. Ni hablar de pensar en que luego… nos besaríamos en el pasillo hasta llegar a la habitación y desnudarnos para… — Papi, papi.

— ¿Qué? — pregunté exaltado, mi cuerpo ardía ante mis pensamientos. Mierda, me estaba apresurando demasiado, ¿cierto? Ritter me señaló el móvil, el cuál cogí de inmediato. Mi padre. Probablemente tendría noticias sobre mi nueva idea. — Hola papá. ¿Oh de verdad? Claro, claro. Esta noche realizaré un informe sobre, cuántas fragancias serán, cuáles serán los colores resultantes de cada una y el nombre que llevarán. Dile a Lucy que vaya a mi oficina y prepare mi laptop, estoy con los niños comiendo pasaré por allí en un momento a recoger mi computador y los bocetos para los frascos que estaba preparando. Genial, un beso.

— ¿Ya te vas? — Preguntó mi hija en un tono lastimero — Siempre está primero tu trabajo.

— ¿Te he dicho que tu trabajo apesta? — Murmuró Ritter entre dientes y reí ante su pequeña cuota de sinceridad — No es gracioso, hablo en serio.

— Nos vamos a casa — ambos sonrieron — Retráctense o no llevaré helado.

Los tres comenzamos a descojonarnos de la risa y tras realizar el pedido y pegar la cuenta, dejé a mis hijos en el auto, fui a por mis cosas en la oficina y luego marchamos rumbo a casa. Los niños coreaban felices una canción que Bill les había enseñado discutiendo cada vez que uno se perdía o se equivocaba y yo… me sentí irremediablemente feliz. Desde que mis angelitos le habían conocido, estaban más sonrientes, más alegres tal y como yo lo había estado cuando le conocí y me enamoré como un idiota de él. Quedarse pillado por un ser único como Bill, es muy fácil.

— ¿Crees que papá se molestará si se entera que le hemos dicho a Bill que él llora por las noches y se siente solo? — oí al ingresar y adentrarnos en la sala, mientras ellos se desplomaban sobre el sofá. Me quedé de a cuadros. Por inercia, dejé caer las bolsas al suelo y di tal portazo que un cuadro colgando de la pared, amenazó con caer.

— ¿Qué cojones han dicho? ¿Qué mierdas le han contado? ¿Con qué derecho? ¿Con qué permiso? ¿¡Por qué han abierto su puta bocota!? — Me sentí avergonzado, intimidado y defraudado. Mis hijos comenzaron a temblequear del susto y les sujeté a ambos por los brazos. La ira y el dolor no son buenos amigos. — ¿Por qué han dicho eso…?

No pude continuar, un llanto brutal y asqueroso se desprendió de mí mientras ellos sólo repetían: Lo sentimos papá, lo sentimos. Pero no quería oírles, no quería oír. Por una vez, quería llorar y liberar absolutamente todo. Me encaminé hasta la mesa de la sala, en donde descansaba aquella caja y la tomé entre mis brazos, abrazándola contra mi pecho y dejando que aquellas sucias lágrimas cayeran sobre su fina madera, y así aquel verdadero amor que portaba dentro, en forma de recuerdo terminara de sanarme para siempre. Abrí la tapa forcejeando y la sacudí de una manera bestial, arrojando al suelo todo su contenido. Caí de rodillas y me cubrí el rostro con las manos.

— ¡Vean! ¡Mírenlo! — les ordené a gritos — Su padre ha estado solo por culpa del niño de la fotografía. Su padre ha estado solo, sin nadie a quien querer, porque por años le ha amado y sufrido por él. ¿Lo ven? Es su condenado maestro cuando apenas tenía diecisiete años.

— Lo sentimos papá — susurraron y respiré profundo. Sequé mis lágrimas recogiendo lentamente las cosas una vez más. Tomé una fotografía y leí su revés: Acto escolar. 2006 — La canción ha sido y será para ti. Te amo. Ambos tomados de la mano en el banco del patio de la vieja preparatoria besándonos sin importar una mierda. Aún podía sentir dentro de mí ese beso, aquel momento en el que había sido mágicamente feliz y que no se borraría de mi vida jamás.

— En este acto escolar, su maestro cantó una canción — le extendí la foto y la pequeña mano de Lizzie la cogió. Tomé otra fotografía más grande. Casa de Bill. Él con su uniforme y yo cogiéndole de la corbata. La fotografía había sido tomada por Andreas, estábamos mirándonos a punto de fundirnos en un beso. Millones. Tantas, que podía recordar cada momento con claridad y sentir recorrer por mi cuerpo, ese calor que me regalaba cuando estábamos juntos.

— Has estado sólo, porque le esperabas — analizó mi hijo, y asentí — Como las princesas cuando esperan su príncipe. Sólo que en este caso, la bestia esperaba a su bello.

Reí ante la ocurrencia, asintiendo porque estaba en lo correcto. Tomé un papel arrugado, y recordé…

Deja de mirarme estamos en clase.

Ouch, el pobrecito profesor está siendo provocado por su inocente alumno.

No jodas pequeño, van a darse cuenta que estamos hablando por un papelillo.

¿Y? Ellos que mierdas saben, por eso hoy me he sentado en este lugar, para estar frente a ti y molestarte. ¿No tienes ganas que te toque con mi pierna por debajo de la mesa?

No serías capaz… me retracto, ya deja de hacerlo.

Voy a conseguir que te pongas duro.

Pequeño… ya. Van a darse cuenta.

Si vieras tu rostro en este instante, pareciera que te has estado tocando.

Eres un niño muy malo. Al llegar a casa tendré que castigarte.

¿Sabes por qué te hago esto?

Porque eres malo y quieres calentarme.

Más allá de eso, porque te amo.

Eres un jodido que va del calentón al romanticismo, y sólo produces que me ponga al máximo.

Te amo Tom. Te amo profe, te amo demasiado.

Yo a ti pequeño. Devuélveme el papel, lo conservaré para cuando seamos viejos y diga: Mira como puedes provocarme una erección sin necesidad de verte desnudo.

¿Cuándo seamos viejos? Disculpe señor Thomas, usted ya lo es.

Niñato estúpido ni siquiera sabes cuánto te amo♥

Su letra… su letra en ese color azul tan preciosa y clara. Guardé la notilla en la caja y saqué un video. Esperé a que mis hijos se metiesen a en el baño para ponerse sus respectivos pijamas; y lo coloqué en el reproductor de DVD. Me arrodillé frente al televisor, y ante la primera imagen mis ojos se llenaron de lágrimas.

— Andreas, ya deja de filmarnos — Bill me rodeaba el cuello con sus brazos. Estábamos en el columpio de su casa, él sentado sobre mis rodillas besando mis labios de una manera tan suave y dulce que mi corazón latía calmo pero feliz al mismo tiempo.

— Es que se ven muy monos juntos — se oyó la voz de Andreas mientras se acercaba con su cámara ante nosotros. Comencé a columpiarme con Bill en mi regazo quien no dejaba de advertir que íbamos a caernos y hacernos puré, hasta que efectivamente caímos de boca al suelo, yo aplastándole con mi pecho pegado a su espalda. Le giré de inmediato y los besos continuaron sobre la hierba —como en una película romántica— sin dejar de susurrarnos cuánto nos amábamos.

El corazón se me estrujó sin suavidad y al girar, vi a Lizzie observarlo todo desde el pasillo.

— Papá no ha vuelto a besar a nadie desde que le ha abandonado — Suspiré largamente. Era la pura verdad. Nuestro último beso fue el día que me despedí de él para siempre, un beso que jamás me correspondió y luego mis labios no tocaron a nadie más de modo voluntario —le llamo así por el roce con Nick el otro día—; si será cabrón el muy hijo de puta. — Porque aún le amo, porque sigo enamorado de él como la primera vez.

— No es cierto — mi hija se puso de pie junto a mí, y me abrazó por la espalda— Porque ahora le quieres mucho más que antes.

Tenía toda la razón del mundo. Ahora le quiero más que antes, mucho más.

& Por Bill &

— Buenas noches — Al entrar al departamento, vi a Nick frente al televisor, descalzo comiendo pizza y bebiendo vino, riendo sonoramente por el estúpido programa que miraba con atención. No se volteó a saludarme a pesar de haber oído el sonido de la puerta abrirse y cerrarse, ni mucho menos ante mi saludo.

Caminé hasta la cocina sintiendo como el cansancio otra vez se colaba por mi piel y se hacía presente. ¿Todo por qué? Por no sentirme amado por parte de la persona con la cual convivo hace tiempo, por no recibir su atención ni su cariño. Abrí el refrigerador, sacando de él una botella de agua mineral, bebiendo sediento de ella desde el pico jodiéndome en los modales toca huevos del típico: ‘como corresponde’. Dejé descansar mi cuerpo sobre la mesada y cerré los ojos.

— Eres mucho más guapo de lo que me han dicho, doblemente precioso diría yo — Sentí como toda la piel de mi rostro hasta llegar a mis orejas comenzaba a arder de la vergüenza. Desde que puedo recordar, jamás nadie antes me había dicho tal cosa. Dio un paso más y, nuestros rostros quedaron a una distancia tal que, podía sentir su respiración contra mi boca. Comencé a respirar tan agitado, que mis nervios salieron a la luz y lo pudo percibir. Suspiré y entrecerré los ojos deseando besarle, ansiando que me bese.

— Yo… — murmuré y al momento en los que iba a fundir nuestros labios la campana resonó sobresaltándonos a ambos. ¿Es posible que nos hubiésemos besado de no haber tocado la puta campana?

Realmente lo deseé. Sería estúpido negarlo cuando mi corazón, por primera vez me decía que comenzaba a sentir algo verdadero. No podía olvidarme de su rostro, de la forma en la que me miraba. Me sentía desfallecer con su cercanía, y hasta el roce de nuestras manos.

— No he visto muchos varones que se dediquen a esto, de ese modo compruebo que tú eres… especial.

Me había dicho especial. ¡Especial! A alguien le resultaba especial. ¡Eso era magnífico! Porque él, también lo era para mí antes de conocerle. Especial, su belleza es especial.

Suspiré como un adolescente enamorado, cuando al abrir los ojos me encontré con Nick de pie en el umbral de la puerta analizándome con la mirada.

— ¡Joder! ¿Qué haces ahí parado? Menudo susto me has dado — Me llevé la mano al pecho, y avanzó sigiloso hasta mí — No vuelvas a hacerlo.

— ¿De dónde vienes tan tarde? — cambió el rumbo de la conversación con un tono seco. Alcé una ceja y apoyó sus manos sobre la mesada sin dejar de mirarme fijamente.

— Salí del jardín y fui de compras. Necesito ropa nueva para llevar debajo del guardapolvo — No mentía, las bolsas que llevaba conmigo al entrar era la pura prueba de ello — No compré muchas prendas, sí algunas botas y zapatos.

— Ah — soltó sin darle mucha importancia — ¿Y suspirabas ruborizado porque el chaval que te atendió en la zapatería estaba muy mono? ¿O porque el tío del probador te miró el culo?

— ¿Qué puñetas estás diciendo? — Le miré desafiante, y sólo conseguí que acercara su rostro tan cerca que nuestras narices se rozaron. ¿Dónde está esa sensación que Tom produjo en mí esta mañana? Claro. ¡Qué imbécil soy! Sólo Tom conseguiría que yo me sienta de ese modo… eso también le hace especial. — No he visto a ningún tío que no sea los padres de mis alumnos, y el taxista que me gritó maricón por detener la bicicleta en medio de la calle. ¿Qué otra cosa esperabas saber? ¡Ah! ¡Sí! He conocido a Thomas, tu jefe, él es un tío muy guay.

Ambos permanecimos en silencio, y su expresión cambió totalmente.

— Voy a hacerte el amor — soltó de repente, y por instinto pegué un bote alejándome de él — Voy a marcar tu cuerpo, para que el mundo sepa que tú eres mío.

— No me apetece…— tartamudeé retrocediendo, y a cada paso que daba hacia atrás, el avanzaba hacia mí. Llevó una mano al bolsillo de su pantalón y sacó un pequeño paquetito cuadrado de color negro. Se lo llevó a los dientes y tironeó de él abriéndolo. — Nick, por favor… ¿qué te sucede?

— Eso es, ruégame — mi espalda dio contra la pared y comencé a temblar mientras sacaba del interior un lubricado condón. El vello de mi piel se erizó de puro miedo y mi corazón se puso a mil al oír el sonido de su cinturón siendo desprendido. — Grita, patalea, llora, siénteme.

— Por favor — rogué en un hilo de voz, pero me giró brutalmente presionando mi pecho contra la pared, sin quitarme la camiseta. Con una mano, tomó mis manos y las sostuvo con fuerza por encima de mi cabeza. Comencé a llorar a gritos de la puta desesperación y él sólo reía por lo bajo. De un solo tirón, bajó mis pantalones hasta los tobillos arrastrando consigo la ropa interior, dejándome expuesto ante su mirada lasciva.

— Disfruta — susurró y sentí como me penetraba sin mi consentimiento, sin preparación alguna, destrozándome entero. Mis gritos comenzaron a subir de tono, y a él a alterarle la paciencia.

— ¡No, no por favor! — Grité con las pocas fuerzas que me quedaban — Para por favor, para Nicholas, para, para, detente…

— Eres una puta maricona — rió aumentando la velocidad, sólo para herirme — ¿Y qué les gusta a las mariconas? ¡Correcto! ¡Que les den por culo!

— Por favor — susurré, y cerró sus manos en torno a mi cuello al mismo tiempo que me poseía con saña. ¿Dónde estaba el amor? ¿Dónde estaba el sentido de haber sobrevivido ahora? Dejé de rogarle porque mi respiración comenzaba a cortarse ante su agarre al mismo tiempo que las ganas de vivir comenzaba a perderlas lenta y tortuosamente.

De repente, retiró su miembro de mi interior, alzó sus pantalones, me golpeó repetidamente y se marchó. Oí a los lejos el sonido de la puerta cerrarse de manera brutal. Me giré con todo el cuerpo adolorido e intenté avanzar en busca de la cama o el sofá pero mi visión estaba demasiado borrosa, así que sólo me dejé caer al suelo. Llevé mi mano hasta mi intimidad ultrajada y vi como sangre oscura corría allí y se perdía entre mis dedos. Me coloqué de costado asustado y abracé mis piernas sin dejar de sollozar comprendiendo que había pasado de la mañana más feliz de toda mi vida a la peor noche que pude haber vivido jamás. De repente, todo fue una completa y solitaria oscuridad. ¿Dónde está mi superhéroe ahora? ¿Dónde estás Tom para salvarme? Ven a por mí, mi amor.

Continúa…

por Ignacio Pelozo

Escritor del Fandom

Un comentario en «Profesor 10»
  1. ¡Mierda, mierda! Ahora sí es oficial, odio a ese Nick con todas las putas ganas. Tienen que matarlo por violador. Rayos. Ahora a seguir leyendo o me meteré al fic y lo mataré personalmente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!