
Notas de la administración: Bill ha recuperado la memoria, ¿será esto el verdadero reencuentro para su relación con Tom? ¿O surgirán los resentimientos por el abandono y el accidente? Los invito a disfrutar de esta nueva entrega de este maravilloso fic. Besos y gracias por la visita.
«Mi profesor de química» Temporada 2
& Capítulo 16 &
& Tom &
Miedo. Sí, miedo.
— ¿Pequeño? — Repetí acercándome hasta él. — ¿Bill? ¿Mi amor?
— Tom… mi Tom… — susurró con la mirada perdida. — ¿Eres tú?
Me quedé paralizado, mientras mi cuerpo recibía cortas convulsiones de desesperación. Joder, lo recordaba. ¡Me recordaba! Iba a odiarme. Me odiaría por romper la promesa de amarle para siempre, me aborrecería por dejarle, me despreciaría por asesino.
— No me odies. — susurré. Nuestras miradas acuosas se encontraron. Él también lloraba silenciosamente. — No me odies. Si quieres aléjate de mí para siempre, pero no me odies. No podría subsistir ante tu odio.
— Tú no me odies a mí. — Lloriqueó y mi labio inferior comenzó a tiritar por culpa del llanto. — No me odies Tom, no me odies. ¡Todo ha sido mi culpa!
— No, no ha sido tu culpa. — Le abracé apretujándole contra mi cuerpo, y cerrando los ojos con fuerza. — No ha sido tu culpa, yo he aceptado una vida que no quería vivir.
— Pero yo te he sido infiel. — Tomó mi rostro entre sus manos, y echamos a llorar como dos niños peleando por un caramelo. — Perdóname Tom, ¿qué te he hecho? ¿Me odias?
— ¿Cómo demonios voy a odiarte, si eres lo que más amo en este mundo, ah? ¿Estás chiflado? ¿Sabes cuánto tiempo he deseado tenerte conmigo nuevamente? ¿Sabes cuántas noches le he rogado a quién sabe qué volverte a besar, a abrazar, a tocar? — Besé sus mejillas, humedeciendo mis labios con sus lágrimas. — ¿Sabes que hasta he deseado morir cuando creí que no volverías a ver la luz del día? Si tú te hubieses muerto… yo me hubiese ido contigo.
— No, no lo digas. — Sonrió y me sentí completo. Sí, completo. Ahora sí tenía a mi pequeño ante mí. A mi Bill, a mi niño de siempre. Sin dejar de observarme, adosó su frente contra la mía. — Dímelo.
Me miró implorante y lloroso. Sonreí de medio lado y acorté aún la distancia entre nuestros labios, uniendo nuestras narices. Sabía qué ansiaba oír, porque podía sentir su corazón rogándoselo al mío.
— Te amo, te amo, te amo. — Repetí y él, cerró los ojos con una sonrisa de oreja a oreja. — Por cuatro años he deseado tanto este momento, pequeño. He deseado tenerte más que a nada en el mundo. No he dejado de amarte, ni pensarte, ni soñarte por un segundo.
Nuestros labios se fundieron en el tan ansiado beso. Un beso de reencuentro.
— Y yo te amo a ti. — Al parecer, sólo bastaba con un ‘pequeño’ para que él pusiera los pies sobre la tierra, y ese era mi alivio. Sí. Saber que ahora sí le tenía definitivamente para siempre conmigo y que nada podía separarle de mí. Si existiese alguna maligna fuerza que quisiera alejarle de mí, lucharía contra ella porque no estaba dispuesto a tener que pasar por lo mismo una vez más.
— Perdóname. — Susurró nuevamente y negué con la cabeza sonriente. — No puedo creerlo. Si me detengo a pensar… odio lo que ha pasado. Yo al menos no recordaba pero tú, tú sí. Ha de ser horrible.
— Sí. Duele más recordar que olvidar. — Me miró apenado, pero le apreté contra mi cuerpo robándole una sonrisa cómplice y pícara. — Pero ahora, al demonio el sufrimiento. ¡Te tengo aquí! ¡Tengo a mi pequeño! ¡Jódanse los jodidos que nos querían ver separados!
— Estás loco. — Volvió a reír. Su alegría era mi impulso, mi fuerza, mi energía. — Por eso también te amo. Joder, míranos. Qué cambiados estamos. ¡Joder! Tienes hijos…
— Espero que eso no afecte lo nuestro. — Añadí inquieto. — Ellos te aman, bueno eso lo sabes. Este último tiempo te lo han hecho saber. De hecho, fue su idea lo de la balada.
— Los quiero muchísimo. No, no los quiero. — Se mordió el labio inferior. Esa lumbre de niño atrevido se encendió en sus ojos. Como extrañaba esa faceta tan propia de él.— Los amo tanto como te amo a ti. Y tengo una pregunta que hacerte.
Las lágrimas poco a poco se esfumaban de nuestros rostros. Nuestros tonos de voz sonaban algo roncos por el llanto, y mis ojos escocían. Arqueé una ceja y mordisqueé sus labios. — Dime.
— ¿Me dejas formar parte de tu familia? — Me quedé perplejo, vacilante. Mi respiración se detuvo un instante. ¿Familia? ¿Bill, mis hijos y yo? — ¿Me dejas?
Ese tono de niño suplicante enardeció tanto que me sentí morir.
— ¿Quieres formar parte de mi familia? — musité sin despegarme ni un centímetro de su cuerpo. — ¿Quieres cumplirme mi sueño de formar una familia contigo?
— Sí. Siempre y cuando tú quieras. — Antes de gritarle: ¡Es lo que siempre he soñado! Me lancé sobre sus labios besándole con anhelo y afán. Sentir esa chispa en el contacto, ese roce enceguecedor, esa fricción de nuestras bocas que revoloteaba algo desconocido en mi interior, y me obligaba a sentir pequeñas burbujas en mi estómago. Bill, tenía la capacidad de hacerme sentir en el puto cielo con tan sólo existir.
— No puedo creerlo. — Repetí. Me sentía un maldito delirante. ¿Tenía a mi pequeño realmente ante mí? ¿O era otro de mis sueños, en los que él corría hacía mí y saltando sobre mi cuerpo gritaba: ¡he vuelto!? — Eres tú, estás aquí.
— Sí. — Siseó sensualmente y relamí mis labios ante su provocadora mirada. — Jamás dejaré de ser tuyo, siempre voy a pertenecerle a mi sagrado profesor.
La caja.
Le tomé de la mano, y le arrastré conmigo hasta el estudio. Ahora él tenía que comprobar con sus propios ojos, que jamás le había olvidado. Tras abrir la puerta, le cogí del mentón dejando sobre sus labios un húmedo y corto beso.
— Tengo algo que mostrarte. — Suspiré luego de quedarme —literalmente— sin aire. — Quiero que recuerdes hasta el último detalle.
Me contempló inquieto, mientras le alcanzaba aquella caja llena de nuestros recuerdos. Le obligué a sentarse sobre el viejo sofá de mi estudio, y a la luz de la lámpara de pie, la abrí ante sus ojos exponiéndole su pasado y el mío. Nuestro pasado.
— Mierda. — Balbuceó emocionado. — Mira… mira lo que era. Joder, mi cabello.
Me quedé hipnotizado, conmocionado ante las expresiones de su rostro cambiaban como diapositivas según la fotografía o carta que recordaba. Entonces, caí en la cuenta que su belleza interior no había escapado de su alma, sólo había estado olvidada por cuatro años. Pero ese pequeño travieso, aún vivía en él y eso era adorable y atractivo al mismo tiempo. Me puse de pie y me encaminé hasta su lado, cuando de repente todo se puso oscuro. Joder.
— Maldición. — Murmuré. La luz de la luna se colaba por la ventana y dibujaba con sombras los muebles de la habitación. En la penumbra pude ver como Bill intentaba acercarse a mí. — Se ha ido la luz.
— Tengo miedo. — Susurró y al alcanzarme, rodeé su cuerpo con mis brazos. — Y no es broma.
— ¿Aún le temes a la oscuridad? — No pude evitar soltar una risita y gruñó por lo bajo. — ¿me acompañas a ver a los niños? Luego podremos regresar, y si tan gallina eres podemos coger algunas velas de la sala.
— ¿Me has llamado gallina? — Me desafió, y gracias a que la luz de la noche le iluminaba la mitad de su rostro pude ver como sonreía. — Ya verás cuando regrese la luz maldito cobarde.
— Tom… — Me llamó mientras nos dirigíamos hacia las escaleras.
— ¿Qué?
— Te amo. — Tomé su mano con fuerza, y entrelacé nuestros dedos. — Te amo viejo.
— Yo también mocoso. — Bromeé. Un momento… — ¿Viejo?
— Tienes treinta años. — Bill: voy a matarte. — Eres un anciano.
— Veintinueve. — Le corregí y comenzó a reír descojonado. — ¿Qué? ¡No te hagas el preadolescente, chico de la etapa joven!
— ¿Sabes una cosa? — Al llegar al pasillo, me acorraló lentamente contra la pared. — Más años cumples, más viejo eres. Peeeeeero… más viejo eres, más bueno te pones.
Se adueñó de mis labios con sagacidad y deslicé mis manos hasta su trasero, sin poder resistirme y acariciándole con descaro. Extrañaba tocarle, extrañaba sentir su piel desnuda ofreciéndole calor a mi cuerpo. ¡Extrañaba cada centímetro del pequeño!
Ahora, a mi alma le tocaba reflexionar sobre otro estado, otro sentimiento, otra experiencia: La felicidad.
Todos poseen un concepto diferente de felicidad, y eso depende de lo que hayan vivido y experimentado. Todas las personas de este mundo atesoran su propia felicidad, y yo también tengo la mía, que en este momento es mi familia. Mi nueva familia. Bill, Lizzie y Ritter. Pero así como el Destino, la Vida y el Amor, la felicidad es difícil de describir. Mi punto de vista, tiene que ver con aquel cruel y desalmado a quien siempre he culpado: el Destino, y con aquel salvador que se ha apiadado de mí hasta el último momento: el Amor. El punto es, ¿existe la completa felicidad? Muchos dirán —seguros de sí mismos— ser feliz completamente es imposible. Pues bien, yo creo que no. La felicidad total es tener cuerpo y alma trabajando juntos a la par, como hormigas obreras —en fila, de manera sincrónica y coordinada— a lo que yo llamaría Paz Interior. Esto lleva tiempo, incluso a mí me han costado cuatro años de intensa soledad. Además para llegar a este estado hay que pasar por muchas pruebas de la vida, ¿impuestas por quién más que el Destino? ¡Lo ves Tom! Al puñetero desgraciado lo encuentras hasta en la sopa.
¿Es posible que exista un camino a la felicidad? Si fuese así, Bill es mi camino. Sin él me siento perdido en el medio de un abismo. Sin él, me cuesta vivir.
— Dormían como un par de angelitos. — Bill esfumó mis pensamientos. — Hey, ¿qué traes? ¿En qué piensas?
— En lo feliz que me haces, en lo feliz que soy a tu lado. — Suspiré y cogidos de la mano regresamos al estudio, llevando unas pequeñas velas. — Bien, gallina. Esto iluminará un poco.
Colocamos las portadoras de luz y calor sobre mi escritorio, en forma de fila; así iluminaban gran parte de la habitación, y él me miró de una manera que no supe clasificar. Colocó sus manos sobre mis hombros y con sus uñas rasguñó la tela. De un momento a otro, un silencio sepulcral se formó entre los dos. Podía oír su lenta respiración —inhalar, exhalar— inquieto, de modo tal como si se contuviese de algo. Nuestras miradas se convergieron en la ‘casi’ oscuridad y con lentitud besé sus labios, saboreando el inferior, y mordisqueándolo con cuidado.
— Hazme el amor. — soltó de repente. — Has hablado del Jardín del Edén y su árbol de la vida, me has enseñado el jodido cielo estando a tu lado, y has traído el pasado, el origen a mi vida otra vez. Ahora quiero ser tu fruto prohibido, quiero que te alimentes de mí. Hazme el amor, Tom.
Ante ese pedido es cuando dejo de pensar en el dolor, me dejo caer en las manos del Amor, me entrego y ardo entre las llamas de la pasión. Es allí cuando desafío al Destino y pronuncio en voz alta: Déjame caer en la tentación.
& Bill &
Creía en la parapsicología, creía en la metafísica, creía en un Dios supremo o deidad divina, creía en la magia, creía en la vida después de la muerte. ¿Creía en el Amor? ¿Qué es el amor? Ahora es un pájaro libre que goza de su anhelada libertad. ¿Y yo? ¿Quién soy yo? Yo, he dejado de ser esclavo del olvido, sirviente del Destino. Ahora, soy el hombre que siempre he sido. El hombre con espíritu de niño, soy el alumno disfrazado de adulto y el enamorado de regreso. Soy Bill.
— Hazme el amor, mírame y repíteme cuánto me amas — Susurré completamente desbordado de felicidad. — El pequeño te pertenece viejo.
— Te amo. — susurró contra mis labios en un hilo de voz, y se adueño de ellos con total desesperación. Aquel órgano recobraba su vida, su pasado tal y como mi mente y mi alma también lo habían hecho, pero con una única diferencia. Realizaba su tarea por medio de latidos, y a través de ellos me demostraba cuán vivo estaba.— Te amo pequeño.
Pequeño. Adorable palabra portadora de millones de sentimientos puros e inigualables que sólo cobran sentidos cuando mi dueño la pronuncia. Pequeño, sí. Pero con un amor tan grande e infinito, como el universo mismo.
Rompimos nuestro beso, sólo para mirarnos. Me perdía en el tenue brillo de sus ojos, y el ambiente, medio claroscuro sólo terminaba por querer sentirme suyo en carne propia. Mis manos, se centraron en aquel moño formal desatándolo sin prisa alguna dejando expuesta la piel de su cuello. Seguidamente, mis labios se deslizaron desde su mentón a su garganta, besando su nuez y sintiendo un tibio suspiro emerger de su boca. — No dejes de repetirlo. — Murmuré colando mis manos por debajo del saco comenzando a deslizarlo a través de sus brazos pausadamente. Un espasmo de calor azotó mi sistema y me apegué aún más contra su cuerpo sintiéndole cada centímetro a través de la tela.
— Te amo. — disertó mientras sus manos pedían permiso y acariciaban mi espalda baja por debajo de mi camiseta. — No te imaginas cuánto…
— Demuéstramelo. — le ordené mientras desabotonaba su camisa buscando la vista de su pecho, al mismo tiempo que en mí las hormonas aleteaban en mi interior. Y me besó con frenesí arrastrándome hasta el amplio sofá, y antes de caer sobre él terminé de desnudarle el torso. — Estás intacto.
— Lo estoy en todo sentido. Con la última persona que he hecho el amor, ha sido contigo hace cuatro años. Puedo jurarlo, no podría tocar a nadie que no seas tú. Te correspondo, pertenezco, soy de ti. — Un nudo se formó en mi garganta tras la sincera confesión. Tom me había estado esperando… Ojalá pudiera decirle: “A mí nadie me ha tocado Tom”, pero sería un embustero. Eso, en el fondo dolía. Pero no era mi culpa, no.
Sin dejar de mirarme se arrodilló con una pierna a cada lado de mi cuerpo. Una de sus rudas y masculinas manos, subió mi camiseta hasta mis axilas explorando así, la pálida piel de mi pecho. — ¿Qué es esto?
— Un arete. — Sonreí de medio lado. Se refería al adorno metálico de mi pezón. — ¿Te gusta?
— No está nada mal. — Y para mi sorpresa, comenzó a repartir besos por mi piel tomando entre sus dedos, mis rosados pezones. — Tienes sabor a pequeño.
Cerré los ojos. Me gustaba la calma con la que me besaba, me agradaba sentir sus labios distribuyendo besos en forma de línea.
— No vuelvas a irte…— susurré sin abrir los ojos, por temor a la respuesta quizás.— No volvamos a separarnos.
Él, me despojó de la camiseta y se acercó a mi oído dejando reposar todo su bien formado cuerpo sobre el mío: — Antes de volver a perderte, prefiero estar muerto. — susurró y me aferré a su figura arañándole la espalda con sutileza.
Separé las piernas, y él se colocó entre ellas moviéndose en busca de contacto. Le hubiese quitado los pantalones, y hacerlo de una condenada vez, pero el sentir, el descubrir, el tocarnos de ese modo me recordaba a las primeras veces en las que no me animaba a entregarme, y que sólo bastaba con restregarnos por encima de la ropa interior.
Un quejido escapó de mi garganta, la tela comenzaba a apretarme la entrepierna y provocaba un placentero dolor. Tom buscó mi mirada y sin dejar de mirarnos, el ritmo del roce aumentó consiguiendo así que nuestros ansiosos y calientes alientos se mezclaran en el aire. Joder, si no dejaba de moverse así iba a suceder una catástrofe y ello arruinaría el momento: Iba a correrme.
Él se reincorporó jadeante y echó un vistazo a mi entrepierna. Giré la cabeza, avergonzado, y me ruboricé al máximo. Un dedo suyo dio giros alrededor de mi pezón derecho dibujando imaginariamente círculos, para luego emprender viaje por mi pecho marcando así una carretera en mi piel —imaginaria— hasta llegar al extremo de mi pantalón.
— Quiero otro tatuaje. — Dije de repente, mientras Tom se encargaba de quitarme las botas para poder deshacerme del pantalón. — Algo que nos identifique.
— Deja de marcarte la piel, vas a terminar por cubrírtela toda. Y eres demasiado mono como para querer ocultarla. — Hice un gesto de pena y ruego. — Vale, ¿qué quieres hacerte? Uno en grande que diga: Amo a Tom.
— Podría ser. — Bromeé sonriendo como un gilipollas sintiendo como me dejaba tan sólo en ropa interior. Joder, cuatro años sin sentirle. — O algo sobre nuestra historia. Quién sabe.
— Piénsalo dos veces.— su tono cambió radicalmente, sonaba serio y autoritario. — Luego no puedes quitártelo. No hay vuelta a atrás. Será algo que lleves toda tu vida.
— Sonó a padre de adolescente. — entornó los ojos y me reincorporé y aprehendiéndome de su espalda lo lancé sobre el suelo. — ¿Quién tiene a quién ahora?
— Vaya parece que el pequeño niño ha crecido. — Su mano tomó mi trasero, buscando nuevamente un roce entre nuestras respectivas entrepiernas. — Y no me refiero a lo que estoy sintiendo, sino a que ahora no sólo quiere ser dominado, sino también desea dominar.
Arqueé una ceja mientras deslizaba sus pantalones hacia abajo, arrastrando consigo su ropa interior desnudándole por completo. Por un momento me acojoné, al ver su masculinidad erguida ante mi vista pensé: Tom ha estado solo cuatro años, sin amor y por mi culpa. Debo darle en una noche, lo que no le he podido dar en todos estos años.
Comencé a acariciar su miembro en un sutil movimiento, desde la punta hasta la base obteniendo que se removiera sobre el suelo y apretara los puños con fuerza. Me puse de pie ante su vista, y terminé de realizar la labor que él no había conseguido: desnudarme.
Se mordió el labio con saña sin dejar de mirarme y me deslicé sobre su cuerpo pudiendo así sentir la desnudez del otro con tal sólo tocarnos.
Nuestros miembros se rozaron, y una sensación eléctrica recorrió mi médula. A cada movimiento, a cada caricia, a cada toque, nuestras miradas permanecían unidas, como si no pudiesen despegarse y era casi mágico el sentimiento que ello conllevaba. La mirada de Tom era como la puerta al cielo, a la gloria, al mencionado edén. Y como Adán y Eva deberíamos ser expulsados del paraíso. Pero era algo imposible, ¿por qué? Porque Tom, era el paraíso mismo.
— Mi amor te prometo que…— negué con la cabeza ante sus palabras y me miró inquieto.
— No quiero promesas. — Susurré tomándole de la mano invitándole a sentarse sobre el suelo. — Le temo a las promesas…
Permaneció en silencio, y serpenteé sensualmente hacia abajo dispuesto a darle un poco de placer. Por instinto, él me tomó de los hombros y luego de la cabeza.
— Entonces…— dijo con dificultad, por culpa del acto que estaba cometiendo. — Entonces, no será una promesa sino… un juramento.
Mi lengua recorrió toda su longitud, y le oí gemir roncamente sin vergüenza.
— Juro que no será esta la última vez. Juro permanecer a tu lado el resto de mi vida. Juro…— Sentí como su cuerpo temblaba así que aumenté el ritmo saboreándolo mientras las mejillas me ardían de sofoco. — Te amo. Juro amarte más que nunca.
Luego, sus brazos se alejaron de mí y sus manos fueron su sostén. Echó su cuerpo hacia atrás y sus piernas rodearon mi espalda. Entreabrí los ojos y noté como pequeñas gotas de sudor brotaban de su piel, recorriendo su pellejo y perdiéndose en su oscuro cabello.
— Para, para…— me ordenó y tímidamente, me rehabilité ante él. Sonrió ampliamente y sus ojos se llenaron de lágrimas. Joder, ¿qué había hecho mal? — He imaginado este momento de mil formas diferentes, por eso no quiero que prevalezca el follar ante que hacer el amor, ¿comprendes?
Sí, lo comprendía. Tom no quería que se perdiera la chispa romántica y aquello solo lograba a una cosa: Enamorarme aún más.
— Jamás dejes de repetirme cuanto me amas, hasta cuando lo sepa. — Murmuró, y otra vez me perdí en sus ojos. Arrodillados sobre el suelo de su estudio, nos besamos con paz buscando la forma más dulce posible. De ese modo, él giró su cuerpo dando su espalda cercana a la pared y yo, me senté sobre él rodeándole las caderas con mis largas piernas —como en los viejos tiempos.— Como siempre, atento y cuidadoso comenzó a preparar mi entrada con sus manos buscando mi estabilidad y comodidad. Sentí como penetraba con su dedo mi intimidad lentamente y cerré los ojos entreabriendo mis labios. Sabía que cada caricia o beso proveniente de él, era una transferencia de amor inigualable que nadie me hubiese podido dar con la magnitud que él lo hacía.
Mi cabello cayó sobre mi rostro, y él me sopló intentando regalarme un poco de frescura, pero el calor me envolvía de tal manera que podría arder allí mismo.
Otro dedo se sumó a la tarea y el dolor poco a poco se extinguió dando lugar únicamente a ese placer especial llamado: desenfrenado amor.
Abrí los ojos, y acerqué mis labios a los suyos: — Hazlo— le susurré completamente entregado, anhelando fundirme en su cuerpo y unirnos en un solo ser.
Vi el movimiento de su nuez bajar y subir al tragar saliva, y guió su miembro hacia mi entrada. Esperó a que lo mirase para empezar a penetrarme con suma precaución, como si fuese la primera vez. Tomó mis manos y entrelazó nuestros dedos a medida que ingresaba en mi cuerpo, adueñándose de él una vez más…
Se quedó quieto dentro de mí y sonrió. Su sonrisa angelical derritió mi galopado corazón que no dejaba de latir con fuerza.
El cielo crujió anunciando lluvia. Y el ambiente, se inundó de fragancia a sexo.
Tom comenzó a moverse con sedosidad entrando y saliendo de mí, volviéndome loco. Al notar lo surrealista de la situación, mi alma se hizo dueña de un enorme deseo de echar a llorar. Llorar de la puta alegría.
Una de sus manos, liberó la mía recorriendo mi espalda desde arriba hacia abajo con la yema de sus dedos, barriendo consigo aquel tibio sudor que emanaba mi cuerpo; y la otra de sus manos se aferró a mi miembro acariciándole bruscamente, sintiendo así como un punto de placer en mi cuerpo nacía en mí y me hacía desvariar.
Por mi parte me dedique a apreciar una de mis partes favoritas del cuerpo de Tom: sus hombros y su pecho. Ese masculino abdomen, bronceado y modelado tan perfecto como él. Con mis uñas rasgué su piel, dejando una línea de marcas rosas que no hacían más que arrancarles gemidos de complacencia y satisfacción.
El ritmo aumentó gracias a mí, que al comienzo me moví desde adelante hacia atrás y luego en forma circular pudiéndolo sentir, enteramente en mí. A cada minuto que moría, los gemidos parecían liberarse y ser anunciados con más fuerzas. Yo ya gritaba como un desquiciado rogando por más. Si bien, el romanticismo no estaba perdido, ahora la búsqueda de alcanzar el clímax estaba en primer lugar.
— ¡Oh joder… Tom! — Grité, percibiendo que iba a romperme en mil pedazos — ¡Oh sí, así! ¡No pares! No pares…
— ¡Grita perra! — Bromeó y reí entre excitado y avergonzado. — Eres una puta.
— Tu puta, tu puta Tom. — Sentí una vibración en todo mi cuerpo. Y una mezcla de dolor y placer en la punta de mi miembro. — Y te amo, te amo más que a todo en este mundo.
Sin poder controlarme eyaculé sobre su mano, inundando con mi semilla la palma de su garra. La garra de una fiera desesperada. Y él, me imitó llenándome con su esencia.
Sin salir de mi interior, dejó descansar su espalda contra la pared y yo me desplomé sobre su torso. Sus brazos rodearon mi cuerpo y sus latidos acelerados se adentraron en mis oídos.
— Gracias. — susurró y la lluvia comenzó a cubrir la ciudad. Qué bonito, joder.
— ¿Gracias por qué? — cuestioné cerrando mis ojos, el cansancio me envolvía.
— Por existir y por ser quién eres.
— Te amo Tomi.
— Y yo a ti pequeño, yo a ti.
&
— Pásame las galletas.
— No soy tu sirviente niña tonta.
— Eres mi hermano, inservible.
Los gritos se oían desde la sala, gritos que segundos después dejaron de entenderse. Yo había despertado desnudo en brazos de Tom y como un niño me había quedado hipnotizado viéndole. Hasta que claro, tuvimos que vestirnos porque los gritos de Lizzie y Ritter anunciaban una mañana movida.
— ¡Hey, ustedes! — gritó Tom sobresaltándoles, encontrándonos con Ritter tironeando de las coletas de su hermana. — ¿Ahora por qué coño pelean?
— Oh papá a dicho coñoooo — reí por lo bajo ante el tono de la pequeña Lizzie, y Tom me fulminó con la mirada sin poder evitar sonreír él también.
— Si papá dice coño, tú no lo repitas. — Dijo molesto su hermano. Y otra vez los gritos.
— ¡Ya! — les ordené separándolos. — Tú te sientas aquí, y tu hermana aquí. Yo en el medio y asunto solucionado. ¿Vale?
Mi superhéroe me miró arrobado, y juraría que mis mejillas se habían sonrojado.
— Oye Bill. — Me llamó Ritter mientras me dedicaba a comer una galleta. Después de la noche con Tom, siempre me daba un hambre fatal. — ¿Qué tal tu noche con el monstruo?
Me quedé de a cuadros. ¿Eh?
— No entiendo.— Tartamudeé como un imbécil, y Tom comenzó a descojonarse de la risa.
— Sí, con el monstro grande. — Agregó Lizzie y tragué saliva. Joder que no sea lo que pienso. ¡Son apenas unos niños!
— El monstruo que quería atraparte. Tú gritabas: ¡Oh Tom, qué grande es! — genial. Los niños creían que un monstruo había querido atraparme por la noche, cuando realmente el monstruo era… otra cosa. — ¿Te hizo daño?
— No mucho. — Respondí con picardía, sin dejar de mirar a Tom. — Era un monstruo grande, pero bueno.
— Lizzie me ha dicho que el monstruo seguro te ha regalado dulces.
— Sí, porque tú le gritabas que te de más. — Sus sonrisas inocentes me enternecían, pero mierda. Los niños me habían oído.
— Ya dejen a Bill, o el monstruo va a volver a por él. — interrumpió Tom. — Oye, yo debo ir a casa de mis padres. Quieren ver a los niños.
— Tus padres… — suspiré. No tenía una buena imagen de ellos.
— Sí. ¿Quieres que te lleve a casa? — Ninguno de los dos queríamos eso, pero yo debía decirle a Nick la verdad y pedirle una explicación.
— Sí, quiero dejarle.— Sonrió feliz, emocionado y eso a mí me daba valor. — No lo digas, te llamaré si algo sucede.
— Bueno niños, lávense los dientes enseguida regreso. — Ambos nos pusimos de pie y atravesamos la sala con rapidez. Al salir, nos cogimos de la mano. El primer día con Tom, conociendo mi pasado. Se sentía súper raro.
— Buenos días señor Kaulitz. — Le saludó una señora regordeta, de unos cincuenta años. — Buenos días joven.
— Buenos días. — dijimos los dos al mismo tiempo. Ella me echó un vistazo de arriba abajo y le guiñó un ojo a Tom.
— Parece que se le dio señor Kaulitz. — Me quedé de a cuadros. — Siempre es bueno un polvo antes de ir a dormir. ¿A que sí?
Casi me caigo al suelo ante las palabras de la mujer, pero antes de que pudiera emitir palabra alguna, desapareció escalera arriba.
— ¿Qué? — tartamudeé mientras nos dirigíamos hacia la entrada del edificio. — Los niños, y la vecina… ¿Nos han oído?
— Te han oído. — Me corrigió él entre risas, y yo comencé a golpearle juguetonamente.
— Buenos días señor Kaulitz. — Esta vez el portero. Parecía menos simpático que mi portero, el señor Cesari. — Que tenga buen día, ¡como la noche de anoche tigre!
Joder…
Definitivamente, aquella noche ha sido inolvidable. Definitivamente, no hay quién reemplace a Tom.
Continúa…