
«Mi profesor de química» Temporada 2
& Capítulo 17 &
& Bill &
Muchas veces, de niño me han dicho que la vida posee esa virtud de sorprenderte, y ese defecto mismo de hacerlo cuando menos lo esperas. Pues bien, yo tengo una definición más certera y que puedo probar. La vida no es más que una sorprendente revolución de sentimientos que el mismo Destino nos reta a sobrepasar. Una mezcla de emociones y sensaciones imposibles de controlar. La vida no es más que la combinación de esperanza, dolor, ira, pasión, amor, felicidad y la infaltable muerte. La esperanza es aquel candelabro encendido que irradia ilusiones y nos hace vivir eternamente en sueños. Aquella motivadora de alcanzar nuestras metas y a la cual, debemos mantener viva dentro de nuestros corazones siempre. El dolor es el arma letal, es el arma de autodestrucción masiva. Es un maleante sin compasión capaz de tomarle la mano al odio y presentarle ante nosotros hasta adentrarlo en lo más oscuro del interior. Amigo del desamor y la soledad es el único capaz de provocar el más profundo de los llantos.
La ira es la emoción más ambiciosa y posesiva. El efecto casi imposible de exorcizar, familiar de la rabia y enemiga de la calma, se adueña de nuestro ser hasta exhibir nuestro lado más iracundo. La pasión por su parte, muchas veces asociada al sexo, en realidad es un impulso que habita nuestro sistema en su totalidad. La pasión nace en nuestro corazón, crece en nuestra alma y se expone a través de nuestro cuerpo. Más tímida o más desenvuelta, siempre en entrega a quien amamos como una llama que si coge el camino del amor, será imposible de apagar. La felicidad, en cambio, es una tormenta de optimismo, una marea de amor y consuelo. ¿El amor? Complicado e imposible de definir. Sólo sabes que tal cosa es amor, cuando comienzas a sentirlo. ¿Y cuándo lo notas? Cuando se te va la vida en ello, cuando te vuelves adicto y dependiente, cuando sabes que si se aleja de ti eres capaz de morir por culpa de la aflicción.
Por último, la desaparición física. La muerte es el final de la vida, sí, pero no el final de mencionados sentimientos.
Desde que he conocido a Tom, y ahora que puedo recordarlo vuelvo a tener la seguridad de una cosa. Cuanto más puro, verdadero y humilde sea un sentimiento, más utópico e imposible de matar será. Como las sustancias insolubles en la química —sustancias imposibles de disolver en agua—. Cada uno de mis sentimientos le corresponde a un solo hombre: Tom. Y éstos mismos, son insolubles ante la esencia de la muerte.
Y eso es un hecho empírico. ¿Cómo obtuve tal convicción? Con tan sólo estar a su lado, con oírle susurrar un ‘te amo’, con mirarle mientras me hace el amor. Lo sé, porque lo siento.
— Hemos llegado. — Soltó en un suspiro agotado.— ¿Está él allí dentro?
— No lo sé, supongo. — No me atreví a mirarle su cara de súplica, me partiría el corazón. Tom siempre ha logrado convencerme de todo, y ahora que ‘estoy de regreso’, ello es una amenaza. — Pero prometo dejarle, voy a tratar de juntar coraje para hablarle como se merece. Confía en mí.
— Siempre he confiado en ti. — Volteé mi cabeza y la dejé descansar sobre el lado del acompañante. Al cruzarme con su castaña mirada caí en la cuenta de lo majareta de la situación. Ahora puedo recapitular aquella vez que Tom me llevó a casa. Recuerdo que en el camino le hablé sobre las personas que podían amarle, y también recuerdo el nudo que se había formado en mi garganta al abrazarle, para luego echar a correr rumbo a la casa y romper en llanto por un amor al que creía imposible. Definitivamente, la vida es una jodida, insólita y portentosa ruleta rusa. — Siempre he confiado en cada una de tus palabras.
— Siempre te he amado. — Añadí empleando su mismo tono, y sonrió. — Siempre, incluso cuando no podía recordarte, sabía que mi corazón tenía su dueño. Y eres tú.
— No quiero que sigas conviviendo con él. — Dijo deteniendo el auto frente al edificio en el que se hallaba mi departamento. — Prométeme que muy pronto vendrás a vivir con nosotros. No necesitarás de nada Bill, te lo daré todo. Te daré lo que tú me pidas.
— Me alcanza con que me otorgues tu amor. — Acercó su rostro al mío tomándome del mentón. — Viejo, hueles a… sexo.
— Y tú también pequeño. — Ambos emitimos una sonrisa cómplice, para luego fundir nuestros labios en un candente y húmedo beso. Era tan mágico volver a reconocer esa tibia respiración contra mi rostro, como si los años jamás hubiesen pasado. — Eres el mismo, y no sabes cuan feliz me haces.
— Sí, y a mí. — Siempre nos leíamos el pensamiento. Era producto del amor saber lo que el otro deseaba decir. Sí, siempre lo había sido. — Soy yo, tu pequeño. Tuyo, ¿verdad?
— Vete. — Ordenó de repente y me atemoricé. ¿Qué había dicho de malo? — No me mires así, vete o no podré dejarte ir y terminaré haciéndote el amor aquí mismo, ahora.
— Eres de lo peor. — Reí por lo bajo y besé sus labios por última vez antes de despedirme. Mordí su cuello, succionando su piel por una fracción de segundos. — Para que recuerdes lo que ha sucedido anoche.
Y tras guiñarle un ojo, cogí mi bolso y bajé del vehículo. Cerré la puerta y me volteé sonriendo, sintiendo como las nubes abrían paso a mi alrededor. ¿Nubes? Bueno, al menos yo me sentía en el cielo. Tom eres mi cielo.
Un silbido penetró en mis oídos y me giré rápidamente. Mi adorado profesor tenía su mirada en mi trasero y se mordía el labio inferior casi con rudeza. Negué con la cabeza con una sonrisa de oreja a oreja, para luego sacarle la lengua y verle alejarse calle abajo.
— Buenos días.— Dijo una grave voz, y al girarme casi me caí de culo al suelo del susto.
— Señor Cesari, me ha asustado. — Reí nervioso intentando evadir a su mirada penetrante y acusadora. — Buenos días.
— ¿Son buenos? — cuestionó de repente mientras yo, avanzaba hacia el ascensor. Arqueé una ceja interrogante. El señor Cesari jamás se mostraba tan… metiche. — ¿Ha tenido buen despertar?
Permanecí en silencio incómodo antes sus preguntas, observando con atención el número que mostraba el reloj digital anunciando cuántos pisos recorría el elevador.
— Al parecer sí. — Se colocó a mi lado y le miré molesto. — ¿Quién era el tío que le besaba? ¿El señor Nick sabe de eso?
Nick.
Nick me había ocultado la verdad. Nick me había negado el derecho a conocer mi propio pasado. Nick era un falso embustero, un maldito gilipollas. Había asegurado que la culpa era de… ¡Claro! Él sólo buscaba aislarme de la realidad. Por eso había abusado de mí tras confesarle que había encontrado al tal ‘Tom’. Obsesivo y desgraciado…
— Disculpe señor Cesari, pero usted no es más que el simple portero para tener que narrarle todas mis intimidades. — Las puertas se abrieron e ingresé rápidamente. Él, me hizo compañía. Joder, estaba pesado ¿o qué? — Y si alguien le ha mandado a cuestionarme…
— No, no. — Se defendió rápidamente y miré mi reflejo en los espejos. Mierda, estaba totalmente despeinado y con rastros de sudor. Mi cuerpo pedía a gritos una ducha. — Es que le he visto con ese chaval, y perdóneme que sea tan entrometido pero le vi más animado, afectuoso o más bien, enamorado que cuando sale con el señor Nick.
Sentí un calor nacer entre los latidos de mi corazón, y trepar por mi cuello arrebatándome un suspiro hasta llegar a mis mejillas y ruborizarlas notoriamente.
— Lo estoy. — Declaré orgulloso. — Lo estoy Cesari, lo estoy. Siempre lo he estado.
Las puertas del elevador se abrieron cediéndome el paso. El portero me sonrió y me saludó amablemente con un gesto de mano. Agradecido murmuré un ‘Gracias’ y encendí las luces del pasillo. ¿Tan claro es el amor que sentimos, Tom?
— ¿Dónde coño he metido las llaves? — Me quejé examinando mi cartera, hasta que oí unos pasos a mis espaldas. Me volteé y me encontré con quien no deseaba ver… El villano de la historia.
— Al parecer has tenido una buena noche, ¿no es así? — Nick me analizó con la mirada, comenzando por mis pies y dando fin en mis cabellos. — Así que ahora me engañas, y nada más ni nada menos que con el tipo para el que trabajo.
Tranquilo. Susurré para mis adentros, y me dispuse a ingresar en el departamento. No es bueno precipitarse ante la bestia.
— No podrás entrar. — La llave. Mi llave no giraba. — He cambiado la cerradura a primera hora de la mañana. ¿Buena idea cierto?
— Eres más astuto de lo que pensé. — Balbuceé con doble intensión. Y me tomó del brazo para hacerme a un lado, ejerciendo una ligera presión en su agarre que me provocó un automático dolor. Emití una queja al mismo tiempo que sacaba de su bolsillo una pequeña llave color cobre.— Tomaré una ducha, y me largaré si es lo que deseas.
Permaneció callado. Yo atravesé la sala con rapidez.
— ¡No eres más que un puto que regala su culo al primer imbécil que se le cruza! — Presioné mis párpados con fuerza intentando contener el deseo de molerle la cara a puñetazos. Avancé hasta la habitación tragándome el miedo, demostrándome fuerte y valiente. — ¿Cuánto te ha pagado?
— No me ofendes. — Abrí el clóset, cogí ropa limpia y colgué mi bolso. Saqué de mi bolsillo una muestra de la línea Small Destiny para perfumarme luego del baño.
— La verdad no ofende. — Refutó con ironía. Iba a darle una hostia, iba a hacerlo sin importar las consecuencias. No podría arruinarme la vida, ya no. — Te regalas, lo haces.
— ¡Cállate! Sí, me he regalado a ti y ese ha sido el peor error de mi puta vida. — Grité totalmente fuera de mis cabales. — ¡Si tú y tu puta cara bonita no existiesen yo jamás hubiese perdido a Tom! ¡Si no te hubiese conocido, no hubiese sido tan infeliz! ¡No quiero tu falso amor! ¿Comprendes? No te quiero ni a ti, ni a tus mentiras.
— No sé de qué cojones hablas. — Fue lo último que le oí decir, porque de inmediato me encerré en el baño con el corazón en la garganta, y las piernas temblequeando por los nervios. ¿Habría comprendido? ¿Iba a cabrearse? No importa, pronto se acabará este calvario. Pronto mi vida retomará su verdadero y único sentido: Tom.
Me desnudé y un nuevo debate mental —muy estúpido— se desató en mi interior. ¿Acaso el agua borraría de mi cuerpo las caricias, los besos y el sabor a Tom? De ser así, preferiría vivir sucio para siempre. Sonreí como un gilipollas ante la idea, y dejé que la lluvia humedeciera mi piel, e hiciese suyo de momento, uno a uno mis poros. El agua se escurría en cada uno de los rincones de mi figura, prácticamente como él lo había hecho la noche anterior con la yema de sus dedos. ¿Cómo era posible amar de esa manera? ¿Quién iba a decir que de las clases sobre reacciones químicas, pasamos a experimentar las reacciones de dos cuerpos que desean fundirse por amor? ¿Cuál es nuestra fórmula Tom?
Mi superhéroe, mi viejo, mi amor, mi hombre, mi vida, mi razón… mi profesor de química. Hay tantos términos que pueden definirle, pero nada se compara a la definición de lo que siento por él. Argg, Tom eres un capullo. Quiebras mis filosofías, porque me arrebatas las palabras. Bleh, te amo por ello también.
— Small Destiny. — Leí mientras colocaba pequeñas gotas de la fragancia en mi cuello, justo debajo de unas pequeñas marcas que el viejo me había creado. Marcas de su propiedad. — ¿El Destino nos ha unido? Quién sabe…
Tarareando una canción sequé mi cabello. Creo que pronto habrá que hacer cambios, ya me he aburrido de verme así. Quiero verme guapo para Tom.
— ¿Has terminado? — Al salir del baño, le vi de pie ante la puerta con una mirada… diferente. Asentí dejando la toalla a un lado. — Mira Bill tú sabes que te amo y…
— No empieces. — Susurré abatido. Ya sabía como seguiría el discurso, y no tenía ganas de oírle. — Por favor Nick, no más. Ya no más.
— ¿No más? — Repitió como un loro, a modo de pregunta.— ¿Decides ‘no más’? Fui yo quien te ha incentivado a vivir, ¿te olvidas de eso?
— Sí, lo reconozco y te lo agradezco. — Retrocedí unos pasos buscando distancia entre ambos. No quería serle infiel a Tom ni siquiera a base de probabilidades. — Pero me has hecho vivir una vida a base de mentiras.
— ¿A qué te refieres?
— Lo recuerdo todo.
— ¿Qué es todo? — cuestionó inquieto y su mirada cambió completamente. Apretó los puños y mi interior se preparó para recibir —prontamente un golpe—.
— Todo. La noche de la graduación, la boda de Tom, el accidente. Todo. — Se relamió los labios insistentemente asintiendo entre risas. — Lo siento, yo le quiero.
— Le quieres… le quieres, claro le quieres. — Comenzó a desvariar y mi corazón comenzó a latir con cierto temor. — Le quieres y por ello, ya no te soy útil. ¡Él jamás te visitó! ¿Comprendes? Nunca le ha importado si morías o no.
— No es cierto… — Le interrumpí en un hilo de voz. Joder, iba a golpearme. — Él me ama.
— Claro, él te ama. — Te odio Nick, te odio.
La melodía de su móvil comenzó a sonar desde el interior de su bolsillo. Resoplando, se alejó de mí y sentí como mi cuerpo liberaba tensión, y dos lágrimas rodaban por mis mejillas.
— Hola. — Carraspeó manteniendo la calma. — Sí, soy yo. ¿Tienen los resultados?
¿Resultados?
— Ohh… no, lo suponía. — Me quedé de a cuadros. ¿Qué resultado? ¿Qué suponía? La curiosidad mata al gato, ¿por qué no matarme a mí? — No, no. Ahora mismo pasaré por ellos. Adiós.
Sequé mis lágrimas intentando no mostrar interés, ni intriga alguna. Él por su parte, comenzó a andar hacia la sala. ¿Y ahora qué? ¿Dónde estaba la parte que me exigía ser suyo? ¿Los golpes e insultos?
— Hola Yuki. — Le oí decir. Yuki, mi ex compañero de escuela. También le recuerdo… — Eres una puta maricona, todo esto es tu culpa, joder. Vale, espérame. Si has podido modificarme lo que tú ya sabes… podrás también con esto. En este mismo instante estoy saliendo…
Y se esfumó.
Aquí hay gato encerrado.
Corrí hasta la habitación, cerré la puerta con el seguro y tomé mi móvil.
Hola mi viejo. Al parecer todo ha salido bien. Nick se comporta extraño, pero ya le he dicho que lo nuestro ha terminado. ¿Qué estás haciendo?
Me dejé caer sobre la cama y cerré los ojos, dejando el móvil sobre mi pecho.
A los pocos segundos, vibró anunciando un nuevo mensaje. Leer.
Eso parece bueno, espero que no te haga más daño del que nos ha hecho. Me he metido en un baño de espumas, estoy todo pegajoso por tu culpa.
Joder Tom, baño de espumas…
Con una sonrisa de picardía, comencé a teclear.
Oh, ¿puedo hacerte compañía? No sabes lo que daría por estar ahí contigo… Estoy solo y aburrido.
Sentí como ese calor tan particular, propio de mis momentos con Tom encendía una chispa en mi cuerpo.
Pequeño… no has cambiado en nada. Tú no sabes lo que daría por tenerte aquí conmigo. Oye, si estás solo, tengo una propuesta.
¿Cuál?
Sexophone.
Jajajaja, ¿qué es eso?
Llámame. Nunca hemos hecho eso.
— ¿Sexophone? ¿Qué te traes Tom? — reí mientras le daba ‘llamar’ a su número. — Viejo.
— Pequeño.
— ¿Vas a decirme de qué va todo esto? — Reí rodando por la cama.
— ¿Estás desnudo?
— No — No podía dejar de sonreír. Me tienes loco, me traes loco… — ¿Por qué?
— Entonces, cierra los ojos. — Ordenó. Su tan masculina y grave voz del otro lado de la línea me ponía. Me ponía y mucho.
— Ya. — Suspiré cambiando de mano para sostener el móvil. — ¿Ahora?
— Harás lo que vaya diciéndote, ¿vale? — No comprendía. ¿Qué coño me estaba contando? — Por ejemplo si yo digo… estamos tomando un café, vas a imaginarte la situación y dejarte llevar.
— Ah, ya.
— Estoy besando tu cuerpo, y tú te estás excitando. — Musitó de una manera tan sensual, que podía sentir realmente sus besos en mi piel. — Estoy deseándote salvajemente…
— Tom — gemí, pude oír detrás de sus palabras el sonido del agua probablemente, cargando su bañera.
— Quiero tocarte, y ansío desnudarte. — Continuó y alcé mi camiseta. — Mis manos se pasean por tu pecho, y tú mueres en ello…
— Sí. — Siseé con los mofletes sonrojados. — Quiero sentirte.
— Exacto, deseas sentirme… bien dentro. — Me cago en la puta. — Voy a desnudarte.
— Sí, desnúdame. — Oh Dios, podía sentirlo como si fuese en carne propia.
— Te quitarás la camiseta para mí. — Me reincorporé sobre la cama, sin abrir los ojos y relamiéndome los labios me deshice de ella. — Te recostaré lentamente, y te deslizaré los pantalones hacia abajo.
Mis manos actuaron ante las palabras de Tom, finalizando la labor de despojarme de mis prendas.
— Me tienes desnudo. — Jadeé — Por completo.
— Voy a tocarte, vas a gemir fuerte mientras lo haga. — Me mordí el labio inferior y mi mano libre comenzó a acariciarme mi pubis. — Y vas a rogar más.
— Vale. — Jadeé sintiendo como mi masculinidad latía en mis manos. Qué guarro soy.
Tom siempre ha sido espontáneo, natural, desenvuelto, lleno de ideas. Y ésta sin lugar a dudas ha sido una de las más locas y excitantes que ha tenido.
— Ah pequeño… estoy muy duro.
— Y y-yo también — gemí con el éxtasis amenazándome con su llegada. — Eres único en tu especie. — Susurré. A la mierda la ducha de hacía pocos minutos atrás, otra vez sudaba como un condenado. — Te amo Tom.
— Y yo a ti pequeño…
El viejo, es Dios. Mi Dios.
& Tom &
Hace poco más de cuatro años que vivo en una preadolescencia constante. No hablo de un estado de inmadures mental, sino de una etapa —que jamás termina— en la que me siento un niño enamorado, con las mariposas aleteando en mi estómago y el color de rosa en el cielo. ¿Qué es lo mejor de eso? Sentir que pronto los treinta, serán como otros veinte. Los jodidos treinta años pronto llegarán.
— ¿Vamos niños? — Les llamé desde la puerta. — ¿Qué tanto hacen?
Silencio.
Sé que mis hijos, son un par de hermanos algo particulares, y no me apeno por ello. Aún así, estoy orgulloso de mis niños y siempre —escojan lo que escojan— lo estaré. Es el deber de un padre, ¿o no?
Por momentos pienso en que probablemente, no sean más que confusiones de críos, están descubriéndose, explorando… Otros, creo que realmente algunas personas nacen juntas y desean vivir juntas para posteriormente, morir unidas. ¿Otra obra de quién? Correcto, del jodido Destino.
No me ha sorprendido las veces que les he visto tomado de sus pequeñas manos, abrazados, acurrucados en la cama, o incluso dándose pequeños y cortos besos sobre sus labios. El amor no elige, ¿cierto?
— Listos papá. —Ambos se hicieron presentes, como he mencionado antes, cogidos de la mano. — ¿Para qué quiere vernos la abuela?
— La abuela no me cae bien. — Murmuró entre dientes mi pequeña Lizzie. — ¿Por qué no vamos a casa de Bill?
Me encantaría, moriría por ir en este instante. Pero no. Tenía que informarle a mi padre, que ya tenía el modelo para Small Destiny, y que la línea estaba terminada.
— No me insistan, primero debemos ir a casa de la abuela. ¿Vale? — Ritter juntó sus pequeñas manos en forma de ruego. — Luego, llamaremos a Bill y le invitaremos a cenar. ¿Eso quieren?
— ¡Sí! — Gritaron al mismo tiempo, lanzándose sobre mí, llenándome de besos por todo el rostro. — Amamos a Bill. Prométenos algo papi.
— Díganme. — Añadí cargándoles en brazos a ambos, para llevarles hasta el coche.
— Cuídale del monstruo grande.
— Sí, que cuando venga no le haga daño.
El monstruo. Por Dios, qué pena cuando crezcan y comprendan lo que era.
— Nadie podrá hacerle daño a Bill porque yo le quiero, le cuido y siempre lo haré. — Les sonreí como todo enamorado, tras dejarles en el asiento trasero y abrochar sus cinturones. — Ustedes y Bill son mi vida. Recuérdenlo siempre.
Lo cierto, es que no pude sacarme aquella imagen de mi cabeza de un Bill desquiciado, gimiendo, sudado sentado sobre mí, luchando con su propia mente para no despegar su mirada de la mía. Me había hecho tan bien, volver a ver al pequeño y sentirle tan dispuesto, entregado y enamorado como la primera vez. Ahora, podía levantar la cabeza y orgullo decir: Villano, hemos ganado esta batalla, que la guerra continúe.
Pero tal vez, la fórmula era esperar la nueva propuesta, y juntos poder rebasarla.
Ir a ver a mis padres, era como hacer un pequeño viaje en el tiempo y recordar que ellos han sido los culpables —junto con Jessica— de mi separación con Bill. No debería guardarles rencor, ahora que tengo a mi pequeño otra vez… Pero como dicen por ahí, el dolor es casi imposible de olvidar. Podría perdonarles, pero olvidar no. Jamás.
Me siento listo…
Me llevé los audífonos del ‘manos libres’ a los oídos y marqué el número de Lucy.
— Hola, Lucy perdóname que te moleste un domingo.
— Olvídalo, para ti sabes que siempre estoy disponible como secretaria y como tu fiel amiga. Dime, soy todo oído.
— Verás, estoy yendo a casa de mi padre por la línea de perfumes. Bill me ha hecho los bocetos esta mañana y son geniales. ¡Deberías verlos! Pero tengo un problema.
— ¿Los modelos para las fotografías?
— ¿Cómo has adivinado?
— Lo sé todo de ti. — Suspiró y me quedé de a cuadros. — ¿Y cuál es el problema con los modelos?
— Que necesito que organices una sesión, hables con el fotógrafo sin que mi padre se entere.
— A cuanto que los modelos son tú y ese tal Bill. — Gruñí aferrándome al volante, justo cuando un imbécil dobló en U.
— ¡Hijo de puta! — Grité.— Perdón, no ha sido para ti. Sí, esa es mi idea. Esas fragancias son producto de nuestra historia, ¿quién mejor que nosotros dos para la publicidad?
— Siempre y cuando no te importe el qué dirán, lo organizaré todo.
— ¿Cuándo me ha importado lo que la gente diga? ¡Vamos Lucy! Me la suda. — Ambos reímos, mientras noté por el espejo retrovisor como Ritter comparaba sus manos, con las de su pequeña hermana. — El amor es así…
— Vale, vale. Intentaré hacerlo todo para esta semana. ¿De acuerdo?
— Sí, sí. Debo dejarte, voy a verme con el lobo y la bruja. — Bromeé.
— ¿Con quién? — rió del otro lado de la línea.
— Mis padres. ¿Qué otra bruja conoces además de la señora Kaulitz, ah?
— Eres de lo que no hay Tom. Nos vemos, cuídate. — Me saludó como siempre, amablemente. — Y mañana no te salvarás, me contarás con todos sus detalles lo de anoche.
— Tú eres de lo que no hay. Adiós Lucy.— Finalicé la llamada y suspiré. Mis padres. Cuanto más cerca de la tercera edad estaban, más ambiciosos se transformaban.
— Bajen niños. — Les ordené y tragué saliva. Cogí el bolso con los perfumes y bocetos, y tomándole de las manos a mis hijos comencé a andar. ¿Cómo era posible que no se sintiesen solos en semejante mansión? ¿Seres fríos despiadados, cosechaban sus almas?
Sí, porque jamás se perdonarían a sí mismos tener que cargar con un hijo que había escogido el mal camino. En cuatro años, me habían repetido: Desviado, maricón, tienes el demonio dentro, no debimos haberte concebido.
Pero no me importaba. Ellos podrían haberme dado la vida, pero mi vida se la había entregado a Bill. No podrían impedirme amarle, y extrañarle. Ahora, muchísimo menos.
— Buenas tardes. — Saludé a mis padres, quienes bebían un trago en el jardín y probablemente conversaban acerca de las estrellas y la economía. — Niños, saluden a sus abuelos.
— Hola abuelos. — Corearon al mismo tiempo sin despegarse de mi lado.
— Hola niños. — Sonrió mi padre. Jörg les quería y sabía que su amor por los pequeños era sincero. Muchas veces mi padre había hecho mención a que le hubiese gustado tener más hijos. Pero mi madre, siempre fría y estricta no. Ni siquiera les había cargado en brazos jamás. Sólo un regalo y con eso demostraba su amor. Si es que podía llamarse amor.
— Papi, papi. — Lizzie tironeó de mi camiseta. — ¿Podemos ir a jugar con los perritos?
— Sí, sí. Luego les llamo. — Acaricié sus diminutas cabezas, y ambos echaron a correr. Suspiré y me senté junto mi padre. — Verás, he terminado la línea de fragancias. ¿Quieres probarlas?
— Claro hijo. — Mamá me miró expectante, examinándome de pie a cabeza. Nervioso rebusqué en mi bolso los pequeños botellones.
— Tú te has hecho algo. — Dijo de repente, mientras le tendía los perfumes a mi padre. Me cogió de la mano y acarició mi brazo. — Sí, tu piel. Está diferente.
— Ha de ser el jabón. — Sentencié sin comprender sus sospechas.
— Tienes el cutis, el brillo en tus ojos y… tu cuello. — Joder, la marca. — ¿Quién te ha hecho eso en el cuello? ¡Eres un descarado!
— No empieces mujer. — Resopló papá, y creo que me asemejé a un tomate de lo acojonado que me sentí. — Está grande, no es niño. ¿Qué importa con quién tenga andadas?
— ¿Has ido de putas? — Entorné los ojos completamente harto, molesto y cabreado. No busques peleas mamá, no las busques. — ¡Por Dios! Has ligado con un tío. Qué Dios te perdone.
— Mamá, ya… basta. ¿Qué si he follado con un tío anoche? — Mi padre carraspeó intentando no formar parte de la discusión, inhalando por su parte los aromas de la nueva línea. — ¿Te he molestado con eso? No. Así que no le busques el pelo al huevo, ¿quieres? He venido por trabajo.
— Mi hijo no tiene cara. — Se habló para sí misma, con lágrimas acumulándose en sus ojos. — ¡Mi hijo es un depravado, un degenerado!
— No lo soy.
— Sí lo eres, eres un desviado. Irás al infierno. — Lloriqueó. Listo, es hora de que tú te vayas al demonio mamá. — Eres un mal padre, un mal ejemplo.
— Bill.
— No le nombre en mi casa.
— Bill Trümper está en Leverkusen. — Mi padre alzó la vista, viéndome por encima del marco de sus gafas. — Y estamos juntos nuevamente.
— ¡Eso no es posible! — Gritó la mujer que dice ser mi madre, y me dio una bofetada que resonó imponente. — No lo permitiré.
— Yo no te lo permitiré. — Me puse de pie ante ella mientras mi padre seguía en su labor de chequear mi trabajo. — No te permitiré que vuelvas a arruinar mi vida. ¿Quieres dejarme sin empleo? ¿Quieres quitarme el departamento? ¿Quieres despojarme de la herencia? ¿Quieres olvidarte de tus nietos? ¡Hazlo! Sé que eres capaz, eres una basura sin sentimientos. Pero no te concederé el gusto de verme sufrir una vez más, no dejaré que nada ni nadie me separe de él esta vez. ¿Comprendes?
— Tú no eres mi Thomas, tú no eres mi hijo.
— Y tú no eres digna de llamarte mi madre. — Sentencié. — No eres meritoria de formar parte de mi felicidad, ni mucho menos merecedora de conformar mi vida. No te odio, ¿sabes? Siempre serás la mujer que me ha dado la vida, y hasta ahí ha llegado todo.
— ¡Niños! — les llamé cabreado. — Luego me dices qué te parecen papá, tengo otras copias.
— Tom… — me llamó él algo abatido. — Tú sabes que no he sido un buen padre, como también sabes que ya te he hecho demasiado daño. No más hijo, busca tu felicidad. Yo me guste o no, te apoyaré siempre.
— Gracias. — Iba a abrazarle, pero no. Cogí a mis hijos y me marché enfurecido.
Basta de brujas para las historias de amor. Basta de villanos y malvados. Es hora de ser feliz, ¿o no?
Continúa…