
«Mi profesor de química» Temporada 2
& Capítulo 18 &
& Bill &
‘¿Dónde estoy?’ fue mi primer pensamiento al abrir los ojos. Mis párpados pesaban ante el cansancio y mis labios resecos rogaban a gritos un poco de agua. Pasé mi lengua sobre ellos, obsequiándoles brillo y humedad. Qué cansancio, joder.
El atardecer revestía cada rincón de la ciudad, y su dulce brisa jugueteaba con las cortinas de la habitación. Mi cuerpo temblequeó apenas, y el vello de mi piel se erizó enseñándole al exterior cada uno de mis poros, siendo la soledad y el silencio los únicos invitados al espectáculo. Sería sin lugar a dudas una noche fría, larga y dura. ¿Por qué? Porque no podría ir a casa de Tom, mi prioridad era esclarecer las cosas con Nick. Nick…
Me reincorporé sobre la cama, buscando en el suelo mi ropa ya que continuaba desnudo. La loca idea de Tom me había dejado exánime, tirado sobre el colchón completamente sudado. Me bastaba con imaginar su cuerpo sobre el mío, su voz susurrándome al oído cuánto me amaba y recorriendo mi figura con sus manos. Sólo él podría provocarme de ese modo tan salvaje. Sólo a él podría entregarme, porque le pertenecía en cada uno de los sentidos. Mi corazón, mi alma y mi cuerpo trabajaban en forma conjunta para y por él en toda su exclusividad.
Tras colocarme la camiseta y los pantalones, busqué un abrigo entre las cosas del clóset. Siempre he sido un tanto estricto con el orden, pero últimamente el departamento me trae tan mala espina que no me esfuerzo por acondicionarlo como corresponde. En realidad, siendo sincero, no veo la hora de marcharme de aquí. Antes de recuperar mi sagrada memoria, antes de poder recordar mi vida en su totalidad, un mal augurio penetró en mi pecho, sabía que algo marcharía mal. Y claramente, es con quién convivo. Debo alejarme de Nick como fuere o la situación podría agravarse en gran medida.
Me puse de cuclillas, revisando mi cajón de la ropa interior. Debía comenzar a separar mi ropa, de la suya. Me sentía tranquilo, cálido y en paz, hasta que un mareo azotó mi sistema sintiendo como si las paredes flotaran y giraran velozmente a mi alrededor. Parpadeé seguidamente… joder. Ha de ser por lo que ha pasado, sí ha de ser eso. O tal vez, deba alimentarme mejor. No es nada, ¿cierto Bill? No, no lo es.
Intenté reintegrarme y llevé mis manos a los estantes interiores del clóset cuando una caja pequeña de color metalizado cayó al suelo. Extrañado, la cogí en mis manos. Un momento… Otra caja de condones. ¿Por qué Nick llevaba consigo condones?
— ¿Qué coño? — pensé para mis adentros. Me reincorporé lentamente y noté una pequeña caja azul mal colocada, lo que impedía cerrar el cajón con normalidad. La tomé entre mis manos y una extraña sensación me invadió por dentro. Condones. ¿Por qué Nick conservaría condones? Si conmigo no los usa…
Él últimamente se comportaba muy extraño. Ya no mostraba su lado amable, dulce y cariñoso. Cualquiera diría que ya ni le importaba. Tal vez Andreas había tenido razón. Tal vez… él jamás me había amado como mi profesor lo había hecho. ¿Pero por qué continuar al lado de alguien a quién no quieres? ¿Por qué ayudarle a progresar? ¿Por qué prometerle el cielo, la luna y las estrellas con tal de arrebatarle una sonrisa? ¿Cómo era posible que el hombre que una noche cargó al niño en brazos siendo enemigo de la muerte y soldado de la vida misma, hoy le desprecie e insulte como si su vida jamás hubiese valido la pena? De héroe a villano, de caricias a golpes, de besos a tortura, de abrazos a insultos. De ser el nuevo Jesús, a transformarse al mismísimo anticristo. ¿Qué te sucede Nicholas de Imon? ¿Quién eres realmente?
Como respuesta oí un brutal portazo, y el corazón pegó un bote dentro de mi pecho presintiendo un mal momento, percibiendo que la bestia regresaba por su víctima con la furia encendida en todo su potencial. ¿Cuánto más? No más. Es hora de pronunciar bien alto: ¡Basta!
Mi mano temblorosa se aferró al picaporte como un arma fatal divisoria del bien y el mal. Corrí a un lado el cerrojo y le vi.
— Hola. — Susurré a sus espaldas. — Me has dejado preocupado. ¿Dónde has estado?
Él no dijo ni mu. Ni siquiera se volteó a verme. Traía un papel en sus manos, y éste se oscilaba hacia abajo y hacia arriba como la hierba amenazada por el viento otoñal. Tragué saliva algo inquieto, y cuando me dispuse a regresar a la habitación abolló aquel informe, certificado, o lo que fuere y me miró. Sus pupilas dilatadas portadoras de un llanto asqueroso y resentido se fijaron en mi mirada. Sentí el miedo multiplicarse acelerando mis pulsaciones al máximo.
— ¿E-estás bien? — Tartamudeé, y fruncí el ceño comenzando a sentir el miedo viajar a través de todo mi organismo, impregnando esa sustancia a desesperación. — ¿Podemos hablar? Tenemos que ajustar algunas cosas, deberíamos saber qué vamos a hacer. ¿Cómo continuaremos?
— No sé de qué coño hablas. — La pequeña bola de papel, murió en sus bolsillos. Él borró rastro de aquellas lágrimas que pocas veces tenía la suerte o paradójicamente desdicha de conocer. El puño de su camisa se humedeció con rastros de tonos pasteles. ¿Se habría maquillado? Qué extraño. — ¿A qué te refieres?
— A que lo nuestro ha terminado, a que tal vez lo mejor sea… — Ladeó la cabeza, y su cuello crujió. ¿Contractura o publicidad de rabia? — Ya sabes, como quién dice: Arrancar todo desde su raíz.
— ¿Quieres marcharte? Hazlo. — Por un momento, por un mísero segundo sentí lástima. No conocía sobre la infancia de Nick, mucho menos sobre su adolescencia. Tal vez, en su corazón aún existía una flama viva de afecto, tal vez… le habían lastimado. Dicen que el cerdo no tiene la culpa, sino quien le alimenta. — ¿Quieres dejar el departamento?
— Sí. — Contesté rápidamente y dio dos cortos pasos acercándose hasta mí. — Lo siento.
— No lo sientas. — Me interrumpió, y nuevamente gotas representativas del dolor, se asomaron por sus ojos. — Nadie permanece a mi lado, ¿por qué ibas a hacerlo tú? Nadie jamás me ha amado. ¿Por qué ibas a hacerlo tú? Estoy destinado a ser esposo de la soledad, amante del silencio y enemigo del amor.
— Deberías… no lo sé, cambiar quizás. — Error. Jamás le digas a alguien que ha fallado, que debe cambiar, porque aunque sea conciente de ello no lo hará. — Nick…yo…
— Irás a casa de él, ¿cierto? — Sonrió con perspicacia, jugueteando con su lengua dentro de su boca. Gestos sensuales que reflejaban la ira que florecía en su pecho. — Te irás con él, te irás con el maldito tipo que te abandonó. ¿Te irás con quién te ha dejado por una mujer? ¿Te irás con quién te ha pisoteado con su carro, la noche de tu graduación?
— Nick, ya basta del mismo cuento siempre. ¿Vale? — Rió por lo bajo mordiéndose el labio inferior. — Tom siempre ha sido mi primer amor, mi vida. No tiene sentido seguir negándolo, siempre te agradeceré lo que has hecho por mí… Iré a recoger mis cosas.
— Claro, el mismo cuento. — Le oí decir mientras me adentraba nuevamente en la habitación. — Tú porque no has aprendido a valorarme, porque jamás me has querido. ¡Porque para ti es más sencillo librarse de mí! ¡Claro, total… ya no te soy útil! Te pasas por el culo mi esfuerzo. ¡Malditos hijos de puta!
No le contesté. No quería provocar su furia, no sería lo más prudente en un momento como ese. Tan solo permanecí en silencio, tomé mis prendas y comencé a doblarlas para colocarlas en el interior del pequeño y único bolso que poseía.
Eché un vistazo hacia la sala, ya no estaba. De un segundo a otro se había esfumado.
Rápidamente, abrí el cajón de su ropa interior en busca de dinero. Me sentía un ladrón, pero la causa era justa. ¿Eso era considerado delito?
Alternando mi mirada entre el umbral de la puerta y su gaveta, me encontré con algo totalmente inesperado. Un revólver. Joder, un arma. Volví a fijar mi vista en la sala y acaricié la culata. ¿De dónde habría obtenido Nick, una pistola semejante?
Por un instante me detuve a pensar. ¿Sería correcto marcharme con Tom? ¿O más bien, sería prudente? ¿Sería arriesgado? Definitivamente sí, Nick podría encontrarnos, y yo… yo no sabía de lo que él podía ser capaz. Por la mierda, si tenía en su poder un arma, ¿qué otro uso podría darle?
Con total desesperación descolgué mis pantalones, y el resto de ropa que quedaba dentro del clóset. ¿Tan ciego he sido? ¿Cómo es posible que me haya dominado a su antojo? ¿O llevo un cartel en mi frente que dice: Úsame, soy un imbécil?
— No grites. — Susurró sorpresivamente en mi oído al mismo tiempo que alzaba mi cuerpo. — Ni se te ocurra gritar.
Oh no, Dios. No otra vez…
Sentí una de sus bruscas manos impedirme la respiración, cubriéndome los labios y parte de mis orificios nasales. Un frío viajó por mi médula, joder sabría lo que vendría.
Cerró la puerta de la habitación de una patada y me arrojó contra la cama con suavidad.
— Por fav…— intenté decir, pero de su bolsillo sacó un pañuelo de color rojo y negro, y lo ató anudándolo con fuerza impidiéndome hablar. ¿Por qué siempre estaba tan ‘preparado’? ¿Por qué siempre su cuartada era perfecta? ¿Por qué, Nick? ¿Cómo demonios era posible?
— Vas a ponerme atención, pequeño. — Susurró contra mi piel, haciendo énfasis en ‘pequeño’. Su rodilla comenzó a restregar sin descaro mi entrepierna, intentando estimularme, pero lo cierto es que si no es Tom… no podría. — Tienes dos opciones, ¿hasta ahí comprendes?
Volteé mi cara hacia un lado, evadiendo su mirada. Pero de inmediato, me tomó con fuerza del mentón y me obligó a mirarle. Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos, algunas viajando a través de mis sienes, perdiéndose entre mis cabellos; otras rodando por mis mejillas y muriendo en ellas.
— Opción uno. — Murmuró desabotonando mis pantalones lentamente. — Coges tus maletas, te marchas con el grandísimo imbécil, ¡pero atención! …
Ante el grito me estremecí, y Nick como todo buen aprovechador, tironeó de mis pantalones hacia abajo. Tom… por favor ven…
— Si te vas con el químico muerto de hambre, mantenido por sus padres. — No deseaba sentir su cuerpo, no podía oír con claridad sus palabras porque ante mi vista, se desnudaba mirándome con lascivia y me hacía perder la razón. Las lágrimas nublaban la imagen, y ello era aún más cruel. — Si te vas con él, no te extrañes que un día esos mocosos del demonio amanezcan huérfanos.
No. No te metas con los niños. ¡Capullo!
Grité para mis adentros. Sus manos comenzaron a buscar mi contacto, y me removí desesperado intentando alejarme. Acto en vano, ya que a cada centímetro que procuraba marcar como distancia, un puñetazo o una bofetada me inmovilizaba. Y una vez más, no quedaba más remedio que callar. Guardar silencio y echar a llorar.
— Opción dos. — Agregó segundos más tarde. Las paredes —otra vez— se movían de lado a lado, el techo parecía flotar y no sentía mis piernas. Un dedo suyo, tanteó mi entrada y la penetró con saña, sin cuidado ni preparación alguna. — Coges tus mugres, y por el bien de esos críos, te largas de la ciudad.
¿Debía irme? ¿Realmente ese era el camino que debía seguir? ¿Por qué?
— Eres mío… — Gimió arremetiendo contra mi cuerpo, penetrándome con bestialidad. — O no eres de nadie.
Y tengo total seguridad de que esas fueron las últimas palabras que alcancé a oír con absoluta claridad. Luego, su voz se distorsionó, todo comenzó a moverse con mayor rapidez y las náuseas se adueñaron de mi sistema. Mi figura se deslizaba hacia abajo, y hacia arriba, y mi cuerpo sólo sentía dolor. Él. Nick. Nick estaba matándome.
— ¿Sabes? Eres demasiado guapo. — Le oí decir calmando el ritmo, y me esforcé por mirarle. — Eres demasiado perfecto, te envidio por ello.
Mis ojos advertían que en cualquier momento se cerrarían, y no volverían a ver la luz del día por mucho, muchísimo tiempo. Oí un sonido semejante a un click, y luché contra mi voluntad por verle. Una navaja.
Ante sus ojos, brillaba aquella afilada hoja metálica resplandeciente. Con la yema de sus dedos, delineó mi frente bajando por mi nariz hasta el comienzo del pañuelo y me dejó la boca libre. Suspiré largamente, y él se acercó hasta mis labios dejando sobre ellos un húmedo lametón. Una mezcla de cansancio, rabia y dolor me atrapó en sus brazos.
— Eres una auténtica preciosura, que no desea corresponderme. — Con la punta de la faca, acarició mi moflete y susurré un ‘por favor’ algo ido. O quizás… sólo había formado parte de mis —ya agotados— pensamientos. — Por eso, te aborrezco. Por no desearme imploro tu desdicha, por no pertenecerme ruego tu dolor y por no amarme le pido al demonio que se encargue de que seas infeliz. Amaré tu infortunio sin ser partícipe de tus desgracias. En la miseria y en la calamidad, tú serás el protagonista de tu propia tragedia.
Sentí un escozor en mi mejilla derecha, y gemí de la pura aflicción. Vi como llevaba a sus labios aquel elemento cortante, y su lengua saboreaba el líquido rojo oscuro que le bañaba. Sangre. Mi sangre. Se alimentaba de mí. Mi debilidad era su fortaleza.
— No…— susurré y me miró.
— Sí. — Afirmó, y esta vez sentí el mismo escozor en mi pecho. Luego en mis brazos, en mis manos y en mis piernas. Mi cuerpo estaba siendo dañado, sí. Pero la angustia que portaba mi pecho, era inigualable. Cinco veces más vil.
— Tú decides qué opción escoger. Piénsalo dos veces.
Tomó de mi mesa de noche, mi móvil y me lo arrojó a un lado de mi cuerpo. Se subió los pantalones y se marchó, una vez más, dejándome completamente solo y derrotado.
Sólo tenía una opción, sólo me sentía capaz de escoger una…
Tomé mi móvil, a duras penas y rebusqué entre mis contactos. Mi otra mano, hizo una leve presión en mi mejilla y pequeñas gotitas rojas se colaron entre mis dedos. No deseaba siquiera verme en el espejo.
— Hola, Andreas… — Murmuré en un hilo de voz. — Andreas soy Bill… me vuelvo a Lübeck.
— ¿Bill? ¿Qué coño…? ¿Estás llorando? ¿Bill? ¡Por la puta, tío habla! — Gritó del otro lado del teléfono. Me aparte el móvil del oído, sus gritos aumentaban el grado de mis sollozos. La sangre de mi pecho y mis brazos marcaban caminos de color bermejo, perdiéndose en mis piernas. Mi entrada, también se encontraba herida. Podía sentir como las sábanas se humedecían con mi plasma, tiñendo de rubí la tela.
— Espérame en la estación…— Susurré y corté la comunicación. Hubiese sido tan fácil renunciar a la vida, abrazar mis piernas y continuar un largo llanto hasta caer en el lecho de la tortura. Hubiese sido fácil dejarme morir, pero no. ¡Hasta para eso era un cobarde!
Intenté que mis piernas me mantuviesen en equilibrio. Me recordaba vagamente a mis primeros nuevos pasos…
— Eso es… — me animó Nick en el extremo, como si debiese avanzar hacia él y lanzarme a sus brazos. — Tranquilo tú puedes.
Y sujetándome de las paredes caminé hasta el baño. Con la cabeza baja, incapaz de mirarme al espejo rebusqué entre el botiquín vendas para presionar los cortes., sentía tanto miedo. Temor a que regresara y me moliera a golpes una vez más.
Alcé la mirada y me aterroricé.
Mi rostro cubierto de sangre, y una hendidura en mi mejilla al rojo vivo. Una herida tan semejante a la de mi corazón: abierta, desbordando líquido, derrochando vida y rogando ser sanada. Suplicando que no dejara secuelas, cicatrices. Una incisión que no era más que el reflejo, la identidad, el certificado del despiadado Dolor.
El móvil comenzó a sonar desde la habitación, pero yo seguía desconcertado ante mi imagen. Me sentía un monstruo, un horroroso monstruo de película.
Me sujeté con todas mis fuerzas del lavabo, viendo como mi expresión se distorsionaba en una muestra de llanto. Mis rodillas se doblaron y caí al suelo.
— ¿¡POR QUÉ!? — Grité con toda la intensidad que mis pulmones permitieron, y mi penar escandaloso fue mi amarga compañía.
El dolor físico, y el dolor emocional era un cóctel fulminante de muerte garantizada. ¿Podría yo, Bill Trümper sobrevivir a ello? ¿Sería capaz de renunciar al amor de Tom, para salvarle a él y a sus pequeños?
Quién sabe…
Tras sanar mis heridas a cuestas, tomé mi bolso, lo colgué desde mi hombro sano y caminé hasta la sala, con la nota en mis manos.
“Nick: Jamás sabré cuál ha sido el motivo de tu cambio. Jamás podré comprender como de la noche a la mañana has dejado de amarme. Quizás, parte de la culpa sea mía. Después de todo, yo te he dejado entrar en mi vida y poseer mi cuerpo. Pero tú, no has comprendido que aquella aventurilla no había sido más que eso. El deseo de todo adolescente por probar lo desconocido, por iniciarme sexualmente quizás.
Soy conciente de todas las cosas buenas que has hecho por mí, y son esas pequeñas y grandes cosas las que esta noche me llevo conmigo. Siempre desde dónde esté te estaré agradeciendo por cuidar del pobre paralítico desmemoriado que ni siquiera podía darte un segundo de placer, de pasión; pero que a su modo, te ha llegado a querer y mucho. Nunca imaginé que esto terminaría de este modo, tú como una bestia enfurecida y yo, preso de tu ira. Me has herido. Me has golpeado, me has maltratado, has abusado de mí. Quizá, sea un idiota por decirte esto: Pero no te odio. Algo dentro de mí, me impide odiarte. Una barrera me limita a aborrecerte, y sé que sólo veo la parte buena de ti. No sé en qué he fallado, tal vez no te he sabido devolver todo lo que has soportado y tolerado de mi persona. No es mi culpa no poder amarte, y espero que lo comprendas. También, deseo que encuentres un hombre que te logre… cambiar. No te ofendas, pero tarde o temprano verás que este jovencito estúpido tenía razón. Ama, y deja que te amen. Entrégate totalmente y sé feliz. Y no olvides: Si te conviertes en esclavo del destino, sólo el amor podrá liberarte. Besito enorme Nicky.
Te adora, y desea suerte: Bill
P/d: No les hagas daño, regreso a Lübeck. Mi bus saldrá a las diez”.
Una lágrima borroneó la última línea. Para ser exacto, en la palabra suerte.
Doblé el papel y lo guardé en mi bolsillo. Respiré profundo, apagué mi móvil.
Perdóname Tom, esta vez no ha sido culpa del Destino. Perdóname una vez más.
Definitivamente el amor es de talla grande, el amor no es un diseño para mí.
No estoy listo para volver a sentir…
& Tom &
‘El numero al que usted está llamando se encuentra apagado o fuera del área de cobertura’
Joder Bill. ¿Dónde coño estás?
Siento un dolor querer atraparme. Atraparte, atraparnos. Una fuerza maligna intentar destruir nuestro amor, nuestro precioso vínculo. Nuestra sagrada conexión se ve enteramente amenazada. Siento como luchas por contener el llanto, siento como te han hecho daño. Siento lo mismo que tú estás sintiendo. Eres mi alma gemela, Bill. ¿Lo recuerdas? Puedo saber qué traes…
Un momento, ¿de dónde he sacado esa conclusión…?
Quizá a muchos les parezca una vana idea la de las almas gemelas. Estúpido, sobrenatural o irrealista. ¿Quién sabe? Pero todo eso no quita la posibilidad de que exista alguien cuya raíz sea la misma. Tal como siento que sucede con Bill. Provenimos de alguna misma raíz, de un mismo punto, inicio u origen. ¿Cuál? El amor por el otro.
Hay quienes dicen que, las almas gemelas no se dan por vencidas aunque todo parezca haber acabado. Y esa, no es más que otra gran verdad. Yo a pesar de haber creído que jamás le volvería a tener, continuaba amándole con la misma intensidad que la primera vez. Y no se trata de masoquismo, sino de ese amor que nos une. De todo lo que hemos vivido y sobrepasado. Cuando estoy con Bill, comprendo por qué lo nuestro es tan inexplicable. No pertenece al ámbito de la ciencia ni de lo estrictamente racional, porque no está en el plano enteramente físico como para ser pasado por el método científico, o encasillarlo por la racionalización del pensamiento. Tampoco se están hablando palabras sueltas por simple inspiración, sino que se está expresando lo que muchos en el planeta sienten y saben que es cierto. Yo sé que es cierto. Él lo sabe.
Otras veces, creo que Bill y yo, no somos una pareja común y corriente. No me refiero al término hombre-mujer. ¿Por qué? Porque las parejas comunes y corrientes por lo general desisten o pierden la chispa ante problemas fuertes. Hay muchas diferencias entre una pareja normal y una como nosotros. La relación entre un par así, tampoco tiene que parecer perfecta, sino saber y —lo más importante— poder complementarse, cual Yin Yang, aunque a veces tome tiempo. En nuestro caso, yo me he tomado mi tiempo para abrir los ojos y reconocer que estaba enamorado del pequeño. Aceptar que el amor verdadero había llegado a mi vida. ¿De qué modo? Pues, a través de la esencia. Aquella chispa que mantiene su esperanza y luz. Aquello mágico y desconocido que logra en verdad, que a la hora de hacer el amor podamos ser uno. Un sentimiento en común, tan fuerte e irrompible, que nos transforma en seres verdaderos que tienen la posibilidad de lograr verse el uno al otro traspasando los límites. Es, a la vez, una conexión tal que logra hacernos latir como si fuera un solo corazón. Y ahora, es esa misma unión la que me permite sentir que algo, no marcha bien.
Grítame pequeño. Llámame, pronuncia mi nombre e iré a por ti. Dime qué está sucediendo. Sabes que a mí no puedes engañarme.
‘Después del tono deje su mensaje’.
— Bill…— suspiré cogiendo mi abrigo, la bufanda y los guantes. — Pequeño es la llamada número veintisiete que te hago. No, la número veintinueve. Por favor dame un toque cuando escuches el mensaje. Estoy completamente preocupado por ti, no sé qué ha pasado que no has vuelto a responderme los mensajes de texto que te he enviado. Necesito saber que estás bien, ¿vale? Ahora iremos con Ritter y Lizzie para el centro, se les antojó algodón de azúcar a esta hora. ¿No quieres que pase por tu casa? Te amo, por favor comunícate conmigo.
— Papi. — Me llamaron los niños a mis espaldas. — ¿Vendrá Bill a casa esta noche?
— No lo sé, niños. — respondí algo nervioso y abatido.
— Dicen que tal vez nieve, quizá por eso no quiera venir.
Mi corazón revela que no ha sido la nieve. Mis latidos anuncian que a ti te han hecho daño. Tu alma pide a gritos ser salvada por la mía.
— Tengo una idea mejor, iremos a por Bill y luego por los algodones. ¿De acuerdo?
— ¡Sí! ¡Una idea genial! — Corearon muy animados, robándome una sonrisa no muy convencida. Pero sonrisa al fin y al cabo. Les tomé de las manos y salimos del departamento. Mis pasos largos y apresurados, eran señas de aquel mal presentimiento que palpaba mi ser.
— Ajústense los cinturones, papá está apurado.— Y segundos después aceleré a fondo. Amante de la velocidad, poco me importaron las normas del ciudadano y conductor. Atravesé la carretera a toda prisa, pasándome por el culo los semáforos en luz roja y creyéndome Michael Schumacher, esquivando los automóviles, maniobrando el volante a mi antojo. Mis hijos, jugueteaban con sus manos, de vez en cuando contando cuántos coches de colores veían pasar con gran rapidez. Estoy loco, lo sé. Pero no es mi culpa, sino culpa del pequeño.
Eché un vistazo al estéreo. El reloj digital marcaban las 21:50hs. Y aún no tenía rastros de Bill. ¡Joder! Tenía el Jesús en la boca.
Me detuve con una frenada sonora frente al edificio en el que Bill y el tipejo ese convivían. Los pocos vecinos, se voltearon al verme, algunos negando con la cabeza y gritándome: ¡Loco, imprudente!
Loco sí. Imprudente, quizá. Enamorado y completamente desquiciado por ello, diría yo.
— Aguarden un momento, niños. — Les ordené, y sin oírles bajé del coche dirigiéndome a paso veloz hasta la entrada. Me detuve ante el portero eléctrico y pulsé todos los botones al mismo tiempo.
Hola
¿Sí?
Diga.
Buenas noches.
¿Quién está allí?
— Hm, hola. — Saludé acojonado. Vaya, quién iba a pensar que todos iban a responder al mismo tiempo. — ¿Alguien de ustedes es Bill?
No.
¡Que te den tío!
Deja de molestar.
Adiós.
— El muchacho del quinto piso.— Dijo una voz femenina y colgó. Busqué en el panel el botoncillo número cinco y lo pulsé repetidamente. Pero no obtuve respuesta.
Insistí e insistí, pero nadie atendió del otro lado. Me alejé mirando hacia la ventana. Había una pequeña luz encendida. ¡Joder!
— ¡Bill! — Grité con todo lo que mis fuerzas me permitieron. — ¡Pequeño!
— Disculpe, ¿a quién busca? — Un señor habló a mis espaldas. — Soy Cesari, el portero del edificio. Buenas noches, joven.
— Buenas noches señor. — Le extendí la mano, y amigablemente me la cogió. Mierda, se me iba a salir el corazón en cualquier momento. — ¿Está Bill? El tío del piso cinco…
— No. — Respondió algo apenado, y me paralicé. — Él se ha marchado, ¿sabe? Dicen que su novio le pegaba y abusaba de él por la fuerza.
Él se ha marchado, ¿sabe? Repitió un eco en mi interior matándome por dentro.
— ¿Q-qué… cojones es-está diciendo? — Tartamudeé incrédulo. — ¿Se ha marchado? ¿Pero usted como sabe eso? ¡Hable!
— Me ha dejado esta carta, para el señor Nick. — Me la enseñó y se la arrebaté de las manos. — Un momento… ¿usted no es el chaval que le besaba el otro día? ¡Sí es usted!
A cada línea que leía, mi corazón se quebraba otro poco. ¿Cómo era posible la inocencia de ese hombre? ¿No le odiaba? ¿Le perdonaba? ¿Le deseaba suerte? Pequeño eres un ángel. Eres capaz de perdonar al mismo Lucifer.
— P/d: No les hagas daño, regreso a Lübeck. Mi bus saldrá a las diez. — Leí en voz alta. Acto seguido, miré mi reloj de pulsera. 21:55 hs. Joder, joder, joder… ¿Bus? ¡Bus! ¿Dónde rayos se encontraba la estación de ómnibus?
— ¡Gracias señor! — Doblé la carta a la mitad, y la guardé en mis bolsillos. Abracé con fuerza al señor Cesari y eché a andar hacia el coche. Mierda Bill, no puedes dejarme. Si te vas, iremos juntos.
— ¿Qué ha pasado papá? — Cuestionó Lizzie algo inquieta. — ¿Dónde está Billy?
— Bill está a punto de cometer un error. — Respondí sintiendo un leve ardor en mis ojos. ¡Lágrimas puñeteras! ¡Que no quiero llorar! — Bill va a dejarnos.
— ¿Qué? ¿Y eso por qué? — Mis niños rompieron en llanto. Y yo con ellos.
Ahora es él quien me abandona… ahora es el pequeño quien me deja.
& Bill &
¿Algún día podrás perdonarme, Tom? ¿Lograrás comprender que no puedo arriesgar tu vida? ¿Sabrás que lo hago por ti y por nuestros hijos? Perdóname, perdóname.
Creí que mi memoria sería buena amiga, pero no hace más que traerme espantosos recuerdos culpándome de nuestro desamor. Perdóname, por no ser el pequeño valiente que has creído que podía llegar a ser. Perdóname por no luchar, perdóname.
Bus de clase B con destino a Lübeck por favor abordar en playa tres.
He intentado dejarle, he intentado pelear por nuestro amor. He vencido al pasado, he sabido confrontar al presente, he ansiado un futuro contigo. Pero no puedo. ¿Por qué Nick es invencible? ¿Por qué su maldad me maneja a su antojo? ¿Acaso él será cómplice del Destino?
— Permítame su boleto por favor. — Me habló una señorita de uniforme, sonriéndome de oreja a oreja, mirando de reojo la venda de mi rostro. Me sentía… observado. — Asiento tres, segundo piso.
Asentí, y aferrado a mi bolso eché un último vistazo al cielo nocturno. Probablemente comenzaría —muy pronto— a nevar. Suspiré y mi vaho escapó de mis labios blanco y humeante. Con lágrimas nadando por mis mejillas, humedeciéndolas y al mismo tiempo curándole sus heridas, subí las pequeñas escaleras.
— Que tenga buen viaje, señor pasajero. — Balbuceó amablemente el conductor, y le sonreí. Caminé lentamente hasta mi asiento y coloqué mi bolsa en el maletero.
Dejé descansar mi adolorida espalda sobre el respaldo, y apoyé mi cabeza sobre el cristal.
¿Sabes cuánto tiempo he deseado tenerte conmigo nuevamente? ¿Sabes cuántas noches le he rogado a quién sabe qué volverte a besar, a abrazar, a tocar?
Perdóname Tom, por favor…
Por cuatro años he deseado tanto este momento, pequeño. He deseado tenerte más que a nada en el mundo. No he dejado de amarte, ni pensarte, ni soñarte por un segundo.
Perdóname por no valorar nuestro amor.
Con la última persona que he hecho el amor, ha sido contigo hace cuatro años. Puedo jurarlo, no podría tocar a nadie que no seas tú. Te correspondo, pertenezco, soy de ti.
Jamás he sabido serte fiel. Jamás te he amado como mereces. No podría permitir dañarte aún más. ¿Sientes mi culpa?
El bus arrancó, y con ello mi corazón se detuvo…
Pequeñas y frías bolitas blancas, comenzaron a caer desde el cielo.
Antes de volver a perderte, prefiero estar muerto.
Has podido vivir cuatro años sin mí. Ahora también podrás. Tú sí eres fuerte Tom.
— ¡Ese tío está loco!
— Tal vez pretende suicidarse, hay cada loco suelto…
— ¿Qué le pasa a ese tipo?
— ¡Está corriendo a pie el bus! ¡Qué rápido es!
— Un auto va a matarle…
Unos murmullos y cuchicheos llamaron mi atención ahuyentando mis pensamientos.
— Muévete hombre — gritó el conductor y el bus se sacudió violentamente.
— ¡Abre la puerta! ¡Abre la puta puerta! — Se oyó a lo lejos, y unos cortos golpes. Todos sobresaltados se pusieron de pie. — ¡Que la abras, joder!
Unos gritos imposibles de entender, y uno que otro golpe extraño se oyeron desde el piso de abajo. Alguien intentaba subir las escaleras a la fuerza.
Señoras y jovencitas —algo chusmas— observaban la situación. Sin comprender, me levanté de mi asiento.
— A un lado, a un lado… — Esa voz…
Me quedé estático en el pasillo y le vi. ¿Cómo demonios me había alcanzado?
— Pequeño… — Susurró. Estaba desabrigado y su mirada acuosa brillaba en la penumbra del bus. — ¿Qué demonios haces? ¿Te ibas sin decirme nada? ¿Qué coño…? ¿Qué tienes en la cara? ¿Qué te ha hecho? Por Dios…
Todas las miradas se centraron en nosotros dos. Él se acercó sigiloso, atemorizado. Mi labio inferior vibró anunciando mis deseos de llorar.
— Vete Tom. — Me atreví a murmurar. — Es lo mejor.
— ¿Lo mejor para quién? ¿Para ti? ¿Para mí? — Me tomó en sus brazos y me aferré a ellos con desespero. — No es este el modo pequeño…
— ¿Y qué podemos hacer? Tú no sabes nada Tom, no sabes de lo que él es capaz… — Tomó mi rostro en sus manos y juntó nuestras frentes. — No quiero que te haga daño a ti, o incluso a los niños. No me lo perdonaría jamás.
— Dicen por ahí, que más vale luchar y perder con la frente en alto, a que retirarse de la batalla. — Miré sus ojos, recibiendo su seguridad. — Prefiero estar contigo, y luchar con quién sea, a que morirme del dolor por no tenerte.
Sonreí débilmente y un “aaai” fue coreado por los presentes.
— Y a ese Nick lo mataré con mis propias manos.
— Tengo una idea mejor que esa. — Susurré sin soltarle.
— ¿Cuál?
— Bésame, protégeme y ámame para siempre. Pase lo que pase.
— Jamás me dejes, entonces. Siempre cuidaré de ti pequeño. Y por supuesto que durante toda mi vida, te amaré. — Fusionó nuestros labios y lo comprendí: Por primera vez, el Destino nos echaba una mano. Por una vez, estaba de nuestro lado.
Continúa…