
«Mi profesor de química» Temporada 2
& Capítulo 19 &
& Bill &
Cuando tienes frío, cuando te sientes solo. Cuando requieres de compañía, cuando necesitas de un consejo. Cuando crees que nadie puede comprenderte, cuando piensas que todo ha terminado. Cuando lloras en silencio, cuando pides auxilio desgarrando tu garganta por los condenados gritos. Cuando te alabas, cuando te condenas. Y cuando anhelas unos brazos que te cobijen, unos labios que te transmitan afecto e incluso unas palabras que te incentiven a continuar viviendo… es cuando brota de un mundo surrealista e ideal aquel héroe, aquel príncipe que se fuga de los cuentos de hadas para socorrerte. Es en ese preciso instante cuando te sientes el protagonista de tus propios sueños, lejano a la pesadilla realidad. También, es allí cuando aparece el temor a que todo sea una burbuja de fantasía que el malévolo de la historia buscará pinchar. ¿Cómo lograr que no lo haga? Pues, sencillo. Con fe. La fe al igual que la política y la sexualidad, es un tema algo complicado de debatir. ¿Pero quién dice que imposible?
Para algunos, la fe es un enigma que no tiene resolución, para otros es una ilusión muy parecida a la esperanza. Están quienes consideran que no es más que una locura; además de aquellos que se fanatizan asociándola con Dios, o una figura divina. Pero, ¿cuál es la verdadera definición de fe? Fuera del contexto religioso, Fe es confiar. Tener la firme seguridad a un conjunto de verdades, creencias y pensamientos, y ser fiel a ellos. ¿Ser fiel? Ser confiable y regular a ese conjunto, casi a tal extremo de sentir una pequeña dependencia; estar conforme y no intentar modificarles. Ser leal.
Ahora que me reconozco a mí mismo, tengo la infalibilidad de que Tom es mi fe. Tom abarca la rama de mis pensamientos, ya que él vive en mi mente. Tom es mi conglomerado de creencias, y mi grupo de verdades. Él está en cada célula de mi cuerpo, él domina mi corazón, él gobierna mi mente, y juega con mi cuerpo. Estoy hecho y deshecho para él. Es como mi Dios y yo soy su cordero, siempre fiel a él.
Convengamos que he cometido errores, y ya he sido castigado por eso. El Destino ha sido el demonio en nuestra aventura, y ya estoy libre de culpas para regresar adepto por él.
Las farolas de la calle titilaban y las bolitas de nieve no dejaban de caer. Realmente, a pesar de que el frío no me desagrada ansío la llegada de la primavera, la estación más rica en color y aromas, la estación ideal para enamorarte. ¡Qué cursi soy! Qué estúpido.
Miré a través del cristal, viendo como Tom discutía con sus hijos peleando como tres niños por el juguete de la hamburguesa. Sonreí de medio lado y suspiré. ¿Por qué continuaba tan agotado? ¿Por qué las ganas de vivir iban y venían? ¿Por qué la felicidad se esfumaba? ¿Por qué se escapaba de mis manos, sino quería hacerle daño? ¿Acaso sigo cometiendo un error y no puedo verle? ¿Acaso no soy buena persona?
Las heridas de mi cuerpo escocían y se adherían a las vendas, consiguiendo que me diera una ligera comezón. Le eché un vistazo a mi bolso, y sonreí. Tenía un motivo para sonreír, para ser amenamente feliz. Iría a vivir con Tom, como tanto había deseado; y de tan sólo pensarlo mi corazón se cubría de esperanza revoloteando dentro de mi pecho, golpeando las paredes de mi caja torácica con saña.
Basta de tristeza, basta del pasado, basta de Nick, basta. Basta de las tristes filosofías. Ahora tendré la familia más bonita, y toda para mí. Un par de ‘hijos’ preciosos, monos y súper dulces, y un compañero guapísimo y puro como un ángel. Mi ángel.
Titirité de frío y el móvil vibró en el bolsillo de mi abrigo. Lo cogí y gruñí: Nick.
— He dicho basta. — Pensé en voz alta, desviando la llamada. — Qué tío pesado.
Ya no necesito de nadie más. Ni de nada más que no sea el mundillo de mi superhéroe.
— Joder, qué frío hace fuera. — Temblequeó Tom, abriendo la puerta de mi lado al mismo tiempo que los niños volvían a los asientos traseros. — ¿Cómo te sientes?
Se quedó viéndome sonriente. Yo me perdía en la belleza de su rostro, en la delicadeza de sus rasgos y en esa casi irreal sonrisa. Era tan seductor, fantástico y soñado al mismo tiempo, me enloquecía tanto…
— Mejor. — Respondí devolviéndole el gesto de alegría y dejé descansar mi cabeza sobre el respaldo del asiento. Él dio marcha al motor, y se volteó a mirarme. Parpadeé con la mirada fija en sus labios, y como si leyera mis pensamientos, me besó dulcemente.
Acarició mi rostro con sumo cuidado, con el revés de su mano y rompió el beso tras unos pocos segundos. Ritter y Lizzie cuchichearon desde atrás y relamí mis labios cerrando los ojos, muriendo del amor, saboreando los rastros de Tom admitiendo una vez más que sólo él puede hacerme tan feliz. Sólo él puede amarme tanto.
Las heridas de mi piel, podrían ser malignas y dolorosas. Las cicatrices que quedaran de ellas, tal vez hasta imposibles de borrar. Incluso la angustia en mi pecho podría crecer a pasos agigantados, y el suplicio apoderarse de cada uno de mis sentidos. Pero nada podría ser más fuerte, intenso, puro y verdadero que el amor de Tom. Un sentimiento tan bello e inexplicable que se transforma en cada una de mis razones. En la razón para respirar, para sonreír, para vivir… En la vida misma.
No podía despegar mis ojos de su rostro, tan serio y concentrado en la vista hacia la carretera. Sus rudas manos sostenían el volante; como siempre, él al mando de todo sabiendo cómo llevar el control. Sus párpados caían de vez en vez muy rápidamente ocultando y exponiendo el bonito brillo de sus ojos. Mi corazón latía tranquilo con tan sólo mirarle, mi cuerpo se colmaba de calor —un dulce y delicado calor—, y mi mente le enviaba señales a mi vista para no dejar de recorrer cada centímetro de su cuerpo con la mirada. Muchas veces me he cuestionado, ¿bajo qué hechizos he caído rendido a sus pies? ¿Sabes cuál es la respuesta? Bajo las fórmulas químicas del amor.
Sus recetas curaban mi mal. Él, es casi como la cura contra el SIDA. Imposible de hallar, imposible de creer. ¿La diferencia? Él existe, se llama Tom y me pertenece.
— Papi, papi, papi. — Las afables voces de los niños penetraron mis oídos y caí en la cuenta de que me había dormido durante la travesía a la casa de Tom. Mi Tom. — ¡Papi! ¡Papi, despierta!
Parpadeé pausadamente y comprendí, que ese tierno llamado era dirigido hacia mí. Ritter se lanzó sobre mi cuerpo y olvidando el dolor que ejercía su peso sobre mis heridas le abracé encantado. Me llamaban… papá.
Dos criaturas me adoptaban como su padre. Se sentía tan… apretado en mi pecho. Sí, afirmaban que yo formaba parte de esa bella familia.
— Hemos llegado, pequeño. — Tom me miraba sonriente, sin picardía alguna. — Ve con los niños, yo subiré las maletas.
— No, yo te ayudo. — Le interrumpí reincorporándome lentamente, intentando no emitir quejidos del jodido dolor de los golpes. — No estoy inválido, ¿vale?
— No te cabrees, lo hago por caballerosidad. — Añadió rápidamente, y abrió la puerta de a su lado bajando casi a las corridas. El pequeño Ritter se alejó de mí bajando por dónde su padre había huido. Noté como Tom fingía ser un caballero de la época de las carretas y la puerta del acompañante se abría a mi lado. — Baje mi pequeño príncipe, hemos llegado a nuestro nidito de amor.
¿Alguna vez te has sentido un imbécil de primera clase? ¿Te has sonrojado al máximo, hasta sentir que tus orejas van a estallar de tanto calor concentrado en tu rostro? ¿Has experimentado la sensación de que tu cuerpo, amenaza con explotar? Pues así, —y más—, me sentí al bajar y derretirme ante Tom. Dios, te odio Tom.
Me cogió de la mano sin entrelazar nuestros dedos, y depositó sobre mis labios un sonoro beso.
— Sube con los niños enseguida llevaré tus cosas. — Insistió, y entornando mis ojos asentí rendido. — No tardaré. Luego, tú y yo hablaremos. Y seriamente.
Su tono se transformó en algo frío y distante muy de repente. Confundido, tomé las manitas de los niños y marchamos rumbo a la casa.
— Papi. — Lizzie tironeó de mi mano, y le miré mientras nos adentrábamos en el ascensor. — ¿Por qué tienes la carita herida?
— ¿Te han golpeado?
— ¿Quién ha sido?
— ¿Papá Tomi lo sabe?
— Él va a golpear al cabrón que te lo ha hecho.
Los niños invadieron mi cabeza con mil preguntas. No podría mentirles, pero eran muy pequeños para conocer la dura verdad. Así que opté, por el acceso infantil o plan B.
— Ha sido el malo. — Ambos cubrieron sus labios con ambas manos, luego de emitir un ‘Ohh’ algo exagerado. — El malo del cuento, siempre quiere dañar a la princesa. ¿Cierto?
— Sí.
— Es un hijo de puta.
— Ahora le diré a papá que has dicho una mala palabra. — Ritter le cogió del pelo a su hermana, y mientras ascendíamos unos pisos se generó una diminuta lucha libre.
— ¡Hey! ¡Ya basta! — Intentando no descojonarme de la risa, les separé dispuesto a continuar mi explicación. Las puertas se abrieron ante nosotros, y al ver la entrada juraría que podía sentir ese calor tan propio del hogar de mi héroe, llamando a mis cinco sentidos. — Pues, en este caso yo sería algo así como la princesa. Y el malo… hm me ha hecho daño. Pero su padre, me ha salvado. Y por eso, vendré a vivir con ustedes.
— Y viviremos felices por siempre. — Suspiró Lizzie abrazándome las piernas. Sonreí deseando que las profecías de los cuentos fueran reales, o por lo menos no tan ficticias. — Comiendo lombrices.
— Perdices. — Le corrigió su hermano.
— Lombrices, niño estúpido. ¡Y metiche! — Y aquí vamos de nuevo. Rodaron por el suelo tironeándose, mordiéndose, gritando, medio llorando y medio riendo. Estos niños, son un caso muy especial. ¡Qué especial! Joder, son inimitables.
— ¡Ya! ¡Paren! ¿Cuándo coño van a comportarse? — Un grito nos silenció a los tres. Tom dejó caer las valijas sobre el suelo, y cerró la puerta abruptamente. Le miré sorprendido. ¿Y ahora qué se traía? ¿Por qué un cambio tan repentino? Algo no está bien. — Bill, espérame en mi habitación. Y ustedes dos, a la cocina ahora. No coman hasta que bajemos.
Ritter cogió las bolsas, mientras su hermana se encorvó apenada, mirando el suelo con sus coletas despeinadas. Un momento. ¿Me había llamado Bill? Entonces, definitivamente algo estaba mal. ¿Mal? No, pésimo.
Atravesé el pasillo en silencio, intentando recordar qué podría haber dicho o hecho que le afectara. Soy sensible. ¿Por qué digo esto así de repente? Porque las actitudes de Tom, frías, calculadoras, serias, carentes de afecto… me dañan. Sé que él es incapaz de herirme, pero sin darse cuenta cuando me habla de ese modo, me hiere. Pienso en que no sé cómo hablarle, cómo decirle que le quiero y que le amo cuando se pone en un estado distante. Me machaco pensando en qué diablos he hecho para que me trate así. Quizás, sea un jodido maricón que se echa a llorar porque necesita todo el tiempo de abrazos, caricias y cosas dulces o —en su defecto, a la hora del sexo,— un tanto guarras. O quizá, es porque estoy completamente enamorado de él, y una mínima muestra de indiferencia o rechazo, me fulmina. Soy un loco que se aterra cuando pienso en qué sería de mí, si vuelvo a perderle.
— ¡No, joder! — Oí la grave voz de Tom emitir un grito, y luego un golpe seco. Me asomé por el umbral de la puerta y le vi con la boca pegada al suelo y las maletas esparcidas por doquier. — Me cago en los putos cordones.
Solté una carcajada y me acerqué lentamente mirándole desde arriba. Le extendí la mano y la situación me recordó a…
— ¡Contesta idiota! —Continué tuteándole entre furioso y avergonzado. ¿Con qué cara arrojaba a un alumno a la piscina? Nadé hasta el borde sujetándome con fuerza, intentando salir o los huevos se me congelarían del puto frío. — ¿¡Vas a estar viéndome o me ayudarás!? — Al tenderme la mano, sonreí de pura maldad. Mi adorado profesor, intentó jalarme con fuerza pero yo, un niño le venció y cayó de cabeza al agua. Tras hundirse, comencé a descojonarme de la risa.
— ¿Qué haces? — le miré fijamente. Nos miramos. Sentía mis cabellos adherirse a mi rostro. — ¿Qué? — Sonrió. ¡El profesor me sonrió! Y yo… me sentí desfallecer. — No es gracioso, has tirado al agua a un profesor quedarás expulsado.
Y de la nada la risa se me esfumó y le miré con los ojos muy abiertos.
— Y sobre todo por tutearme. — Aclaró y dándome la espalda caminó hasta el borde de la piscina. — Era broma.
— ¡Idiota! — Reí nervioso comenzando a salpicarle el rostro con agua. — Me ha asustado.
— Ya comienzas a tratarme de usted. — Se quejó. — ¡Está helada! Pero a todo esto ¿te sientes mejor?
— Sí — suspiré y miré un punto fijo en la pared. Mis mejillas estaban encendidas y recordé el porqué de mi estado. Por perderme en su belleza, por idiotizarme ante él. Porque me vuelve loco mi profesor de química.
— ¿Vas a ayudarme? — Se quejó desde el suelo, y arrobado le ayudé. — ¿Qué traías?
— Nada, nada. — Reí por lo bajo, pero él continuó frío y distante. — ¿Tú que traes? Hace minutos eras el príncipe azul, y ahora… ¿Qué? ¿Se te ha pegado lo imbécil del ogro o qué?
— ¿Me estás llamando Ogro? — Sonrió de medio lado, y me mordí el labio inferior apenado. Su pícara sonrisa me seducía. Me provocaba, y mucho. — ¿Estás diciendo que soy gordo y feo?
— Yo no lo quería decir. — Susurré, y él comenzó a avanzar hacia mí. Por mi parte, retrocedía a la par. El depredador asechaba a su inocente presa. — Pero si tú mismo, lo asumes.
— Pero, este gordo y feo te pone. ¿Cierto? — Jugueteó con el piercing de su labio y el deseo serpenteó por mi cuerpo, como una boa constrictora en busca de su ratón. — ¿A cuánto que por las noches te toqueteas pensando en él?
— Tom… — Me ruboricé, sintiendo que hasta mi propia respiración se tornaba cálida y espesa. Mi espalda dio contra la pared y su pecho, se fundió contra el mío. Mi cuerpo vibró y suspiró sobre la piel de mi cuello. — N-no… están los niños.
— No iba a hacerte nada. — Sus ojos desafiaron a los míos, quiénes deseaban portar lágrimas pero mi mente les dominaba, negándoles su petición. — Estás nervioso. Si quieres dejo de tocarte.
— ¡No! — Exclamé de inmediato. — Tú sí. Tú sí puedes tocarme.
Ambos permanecimos en silencio. Una de sus manos, acarició mi espalda baja perdiéndose en el interior de mis pantalones, hasta toparse con mi adolorido trasero. Bajé la mirada, y como si leyera mis pensamientos —con su mano libre— me tomó del mentón ordenándome a través de expresiones, que le mirara nuevamente.
— ¿Lo ha vuelto a hacer? Un enorme temor, tomó posición de cada partícula de mi figura y paralizado no dije ni mu. — Pequeño… él, Nick. ¿Te ha… tocado otra vez?
— Yo no quise. — Murmuré abatido, ensordecido. — Jamás quise. ¡Ni siquiera sé porqué demonios no tengo el maldito valor de oponerme y enfrentarle! ¡Juro que le miro, y siento ganas de molerlo a golpes, de escupirle y hacerle el triple del daño que me ha hecho! Pero no puedo… No me atrevo. ¿Por qué? Porque soy un estúpido, un imbécil, un puto maricón que tiembla como un hoja de otoño expuesta a la brisa de la mañana. Porque sólo dependo de ti. Porque cuando estoy solo, soy un inútil.
Sin darme cuenta, había roto en llanto. Otra vez… Y nuevamente, él me tenía rodeado con sus enormes brazos, apretujándome fuertemente contra sí. Una vez más, me sentía envuelto de protección.
— Tranquilo. — Me susurró acariciando mis cabellos. — Sé que no querrás hablar de esto pequeño, pero algo me inquieta hace tiempo y quiero saberlo.
Sabía. ¡Lo sabía! Algo le sucedía, y era mi culpa. — ¿Qué?
— Te ha… te ha penetrado, ¿cierto? — Pregunta estúpida. Asentí. — ¿Pero lo ha hecho con protección? ¿Cada vez que se ha acostado contigo, lo ha hecho con protección? ¿Se ha colocado profiláctico?
— ¿A qué viene la pregunta? — Antes de poder contestar… recordé la última vez.
— Eres mío… — Gimió arremetiendo contra mi cuerpo, penetrándome con bestialidad. — O no eres de nadie.
Y tengo total seguridad de que esas fueron las últimas palabras que alcancé a oír con absoluta claridad. Luego, su voz se distorsionó, todo comenzó a moverse con mayor rapidez y las náuseas se adueñaron de mi sistema. Mi figura se deslizaba hacia abajo, y hacia arriba, y mi cuerpo sólo sentía dolor. Él. Nick. Nick estaba matándome.
A duras penas, noté como quitaba algo de mi trasero y tras herirme se marchaba. ¿Acaso eso habría sido un condón? Probablemente…
— Sí, siempre. Incluso lleva condones en su bolsillo. — Tom se alejó de mí, y pensativo dejó descansar las maletas sobre su cama. — Pero, él es un tío muy sano.
— Oh sí claro, se folla a cuanto puto se le cruce en el camino. ¡Es un tío muy sano! — Su tono, volvía a disgustarme. — Yo también soy un tío muy sano, eh.
— Tom, deja la ironía.
— Le estás defendiendo. — Celos. ¡Llamado al planeta Celois! Tom está cabreado.
— No le defiendo. Digo lo que veo, porque yo soy quién ha convivido años con él. — Ups. Metí la pata y bien hondo. — Quiero decir, le conozco mejor. O eso creo.
— ¿Vas a recordármelo siempre? ¿Vas a recordarme que estuve cuatro años lejos de ti? — Genial. Bill, eres un gilipollas con título y medalla. — Duele pequeño, así que mejor ahórrate las palabras.
— No seas celoso, entonces. — Rematé intentando obtener un empate en la discusión. — Vamos, tú sabes que te amo a ti.
— No soy celoso. No conozco los celos. — Caminó hasta su clóset y comenzó a vaciar uno de los cubículos, y tres de sus estantes. — ¿Celoso yo? ¡Pero qué chaval más cómico!
— Ah, no claro. Tú no eres celoso. — Sonreí encantando. ¿Quién es el niño, ah? — Tú no conoces los celos, y yo soy Edward Scissorhands.
— ¿Y a ese quién le conoce? — Me miró interrogante y alcé una ceja.
— El joven manos de tijera.
— Ah sí, eres como él. — Rió de repente, cogiendo camisas a cuadros ordenadas por color, colgándolas en la puerta siguiente en el que estaba segundos atrás. Me senté en el extremo de la cama mirándole embobado. — Eres idéntico, de niño copiabas su peinado. ¿Cierto?
— ¡Hey! ¿Tienes problemas con mis pelos, viejo verde? — Se giró lentamente y parpadeó seriamente.
— ¿Cómo me has llamado? — Dejó caer una percha al suelo, y sonreí de medio lado. ¡A la mierda el dolor, el pasado y el maldito demonio de Nick de Imon! — Repítelo.
— Viejo. — Murmuré y suspiré, en menos de una fracción de segundo. — Viejo verde.
— Ah, ¿sí? — En un abrir y cerrar de ojos, se lanzó sobre mí aprisionándome entre su cuerpo y las frazadas. — ¿Con que soy un viejo, ah?
— Tienes treinta. Uuhh, eres un abuelo.
— Veintinueve. — Me corrigió proporcionándome un lametón sobre mis labios. — ¿Sabes algo? Sí tengo un problema con tus pelos.
— Quiero cambiarme el peinado, ya me dejo de ver atractivo ¿verdad? — Negó con la cabeza presionando mi entrepierna con su rodilla. Joder, Tom… no hagas eso. — ¿Y en—entonces?
— Tengo un problema con tus pelos, de otros sitios. — Bill, apuesto a que te ves como la bandera de China; completamente rojo. — Cuando te la chupo, por ejemplo.
— Hey, ni que fuera el hombre mono. — Me quejé sonrojándome aún más, si cabía. — Además, tú también los tienes y no me quejo. ¿Lo notas? Estás como los ancianos. De todo te quejas.
Entre risas, nos quedamos viéndonos fijamente, acostados sobre la cama. De vez en vez, su mano recorría mi brazo y sus labios ansiosos iban en busca de los míos. Por fin me sentía en una completa e interminable paz.
& Tom &
Fin. Sí, había llegado el condenado fin. Basta de ese hijo de puta que no hace más que arruinarle la vida a mi pequeño, e intenta demoler nuestra felicidad. ¿Cómo? Desbastando nuestro amor, arrollando a base de maldad nuestra unión. Ahora, podría jurar que sería feliz. ¡Uno de mis deseos, se estaba cumpliendo! Bill y yo, viviremos juntos, dormiremos bajo las mismas sábanas, estaremos pegados como goma de mascar a toda hora. Todo sabe a puta gloria que me pregunto: ¿Es cierto? ¿O es un sueño de Buda? Se dice por ahí, quiénes forman parte del budismo que nuestra existencia puede formar parte de un sueño de Buda, y de ese modo, cuando él despierte todos nos extinguiremos. ¿Será mi amor y el del pequeño, otro sueño idealista del gordo? Quién sabe… Y si es así, esperemos que jamás despierte. ¡Cuántas cosas aprenden junto al profe Tom! ¿Cierto?
— Hey, pequeño. ¿Falta mucho? Los niños y yo, estamos hambrientos. — Bill con mucha delicadeza, colocaba sus prendas en el clóset que ahora sería de los dos. Chaquetas a la izquierda colgadas de oscuros a claros. Camisetas en el centro, ordenadas por textura. Pantalones en el primer estante, ordenados según el diseñador. ¡Qué tío perfeccionista! — Que no se te olvide ordenar los calzones.
— Uh, tienes razón. — Sonrió ampliamente. — Los ordenaré según el tiempo.
— ¿Según el tiempo? — Cuestioné sin comprender, quitándome la camisa y las zapatillas. Me sentía muy exhausto, y el reloj ya marcaba casi las doce.
— Sip, según el tiempo que tú permites que duren puestos. — Jesús, maldita manía que tiene el niño de provocarme. — ¡Listo! La maletilla de maquillajes la guardaré así. Oye Tom… siento que estoy invadiéndote.
— ¿Qué? No digas gilipolleces, siempre desee convivir contigo. Oye, ¿sabes? Con esa remera súper grande, y esos… boxers debajo me quitas el apetito. — Antes de que me interrogase, le tomé de la cintura acercándole hasta mí. — Me dan ganas de divorciarme de las hamburguesas, y comprometerme con tu cuerpo.
— Hm, qué pena. — Se liberó de mi agarre y caminó meneando las caderas hasta el umbral de la puerta. — Tendrá que ser el postre, a menos que…
— ¿Qué? — Agregué como un perro desesperado.
— ¡Al menos que me atrapes! — Me preguntaba cómo aún adolorido, herido y recientemente golpeado podía ser capaz de olvidar todo, sonreír, besarme, desearme. Entonces, comprendí que él es un caso único. Y que por ello mismo, estoy enamorado. — ¡Atrápame abuelo!
— Bill… el escalón de la sala.
— ¡No me alcanzas!
— Bill, la mesa.
— ¡Eres un lento, Tom!
— ¡Bill!
Pum…
— Auch, eso dolió. — Se quejó tomándose la cabeza con ambas manos, con las piernas desparramadas como un niño pequeño y el cabello despeinado. — Eres una tortuga.
— Y tú un crío. Vamos, levántate. — Reí enternecido por trigésima vez en el día.
A esto hago referencia, cuando —insistentemente— menciono, que él no ha dejado de ser mi criatura, mi niño, mi pequeño. Pudo haber evolucionado, crecido en altura e incluso cambiarse el peinado. Pero él, continúa siendo el chiquillo al cual conocí.
— Escóndelas, ahí vienen.
— Esconde las migas, niña estúpida.
— Lo notarán. — Podía oír las voces de mis hijos discutiendo otra vez. Vaya a saber por qué. Siempre pasaban de los puñetazos a los abrazos como si nada. Cosa de la edad, quizás.
— Es la ley del hambre.
— ¡Hey! ¡Ustedes! — Les sorprendí, y noté el desastre de la cocina. Hasta que me hallé con una catástrofe mucho peor. — ¿Se han comido nuestras hamburguesas?
— Yo no tengo hambre. — Mintió Bill, defendiéndoles. — No te preocupes.
— Estaban muy ricas. — Sonrió ampliamente mi hijo y solté una carcajada al ver el bigote de Ketchup que le decoraba su angelical rostro. — Lo sentimos, pá’.
— Tienes… — No iba a regañarle, pero la acción que tomó mi princesa me dejó sin habla. Al parecer, descubrió al mismo tiempo que yo, aquel decorado de aderezo en el rostro de su hermano; porque de inmediato se puso de pie, acercó su rostro al de Ritter, y con su lengua devoró la salsa de tomate en menos de cinco segundos. Vale, los niños de hoy en día vienen con un reloj revolucionado en su interior.
— Joder… — Suspiró mi pequeño, entre impactado y sonriente.
— Hm. — Gruñí. Mi sistema no me permitía liberar palabra alguna, estaba completamente pegado, tildado, en cero. — ¿Quién quiere ver una película?
— ¡Yo! — Corearon los tres niños al mismo tiempo. ¿Tres? Claro, un pedacito de Bill también le hace ser merecedor de que sea mi hijo, y yo su padre. O mejor dicho… su papi.
Las luces apagadas, el televisor encendido, los niños sentados sobre el suelo muy de cerca a la pantalla comiendo palomitas de maíz sin despegar la mirada de la tira. Bill concentrado con su cabeza descansando sobre mi hombro comiendo unas largas gominolas que me ponían los nervios a mil cada vez que se llevaba una a la boca y jugueteaba tironeándolas con los dientes.
¿De qué iba la peli? De dos perros, que si le veías detenidamente me recordaba —en el aspecto— a mi pequeño y a mí. Reina, una perra de pedigrí, vive feliz con sus amos, que acaban de tener un bebé, hasta que éstos deben partir inesperadamente de viaje. Acude a cuidar del niño una siniestra señora que atiende al nombre de tía Clara, dueña de dos gatos siameses. Los mininos le hacen la vida imposible, y la tía acaba echándola al jardín. Así que Reina huye de casa. Cuando le persiguen unos perros, recibe la inesperada ayuda de Golfo, un chucho callejero. Ahora va en la escena que cenan a la luz de la vela, y entra un tío de bigotes con un acordeón.
— Hm. — Gruñó Bill reincorporándose a mi lado. — Son tan monos.
— Son sólo unos chuchos. — Agregué quitándole importancia, aunque para ser sincero era más romántico que una de las pelis de Julia Roberts. — Además, son animados.
— Pues me parece más emocionante, que el film de Romeo y Julieta. — Ambos nos quedamos en silencio, con la mirada fija en la pantalla. Mi mano viajó tímida hasta la bolsa de gominolas, y tomé una. — Hey, la cogí yo primero. A mí me gustan las rojas.
Sonreí sin dejar de mirarle, y mordí el extremo de la fina y larga gominola. Me acerqué a sus labios insinuante, y él atrapó en su boca, el otro extremo. Poco a poco, la longitud que nos separaba se hizo casi inexistente y atrapé su labio inferior con mis dientes. Sin dejar de mirarle, dejé que mi lengua delineara las paredes de su boca y sentí como sus manos temblequeaban sobre mis hombros. Acaricié sus piernas con suavidad y rompí el beso sin alejarme de su cuerpo.
— ¿Cómo le haces? — Susurró desabotonando mi camisa, sin dejar de morderse y relamerse los labios.
— ¿Al qué? — Añadí nervioso ante el contacto que sus delgados dedos, buscaban tener con la piel de mi torso.
— Para ser jodidamente perfecto. — Contestó, y tras decir eso aspiró el perfume de mi cuello lamiendo mi piel, provocándome al máximo. — Para ser guapo, bueno y sensible al mismo tiempo. ¿Cómo haces Tom?
Dejé descansar mi espalda sobre el brazo del sofá, mientras su menudo cuerpo se deslizaba sobre el mío y sus labios cómplices con su lengua recorrían mi pecho marcándole, succionándole, babeándole… lo cual, me excitaba. Y mucho. Su saliva tibia, y su lengua húmeda actuaban como activistas de huelga sobre mi cuerpo, consiguiendo que mis poros produjeran sudor como muestra de morbo y placer.
Eché un vistazo hacia el costado, y noté que los niños caían del sueño. Cerré los ojos lentamente ante el grado de satisfacción que me producía el pequeño. Qué calor, joder, qué calor. Pude sentir, cómo intentaba buscar comodidad hasta que sentí su muslo frotar mi entrepierna con furor, comprometiendo a mi garganta a no emitir un gemido de la condenada fruición. Sin pensármelo dos veces, tomé entre mis manos su redondeado culito y le oprimí contra mi complexión con brutalidad, rozando nuestras erecciones sobre las telas hasta doler. Era capaz de distinguir su dureza de la mía, pero me sentía un inconciente porque la sangre de mi sistema, se disparaba hacia un solo lugar.
— Ohh, vamos a la habitación. — Susurró en mi oído restregándose con desesperación. — Llévame y destrózame sólo como tú sabes que me gusta. Aduéñate de mí.
Automáticamente abrí los ojos encontrándome con sus dilatadas pupilas, que en la penumbra me miraban con libídine, ese erotismo tan propio de él.
Le tomé de ambos lados del rostro y con descaro nuestras lenguas colisionaron fuera de nuestras bocas acariciándose con intensa sensualidad. Como un loco, me puse de pie y le cargué en brazos, rodeando mis caderas con sus piernas. Sin dejar de besarle caminé sujetándole del trasero, iniciando duelo con su ropa interior para que me permitiera tocarle totalmente aquel punto que permitía el acceso carnal a su corazón.
En la mitad del pasillo, le empujé contra la pared y comencé a mordisquear su cuello simulando la penetración para arremeter contra su cuerpo, con el único fin de excitarle aún más. Sus pies, no alcanzaban a tocar el suelo pero su figura subía y bajaba al igual que nuestros pechos por la dificultosa respiración. Sus manos, tironearon de las mangas de mi camisa dejando por fin, mis abdominales al descubierto. Y acto seguido se tomó del cabello, tironeando de sus rastas convirtiéndose en un prisionero más del gozo desmedido. Alcé sus brazos, para tomar el extremo de aquella enorme camiseta y arrojarla lejos de nuestros sudorosos cuerpos. Delineé con mi lengua uno de sus rosados pezones, y le mordí tironeándole con suavidad arrancándole un quejido de satisfacción. Al liberarle, provocó otro beso más húmedo, más caliente, más provocador mientras mis manos recorrían sus costados revistiendo mis yemas con su sudor. Le dejé descansar sobre el suelo, y miró mi cuerpo analizándome con la mirada deseando ver más allá de mis jeans. Su mano izquierda delineó mi cuello y arañó mis pectorales mientras yo, rendido dejaba escapar un suspiro deseoso que se fusionaba con sus jadeos. Su palma descendió con sagacidad a través de mi zona abdominal y sin desprender mis pantalones fue en busca de mi erecto miembro para atraparle, acariciarle, y frotarle sólo para conseguir que doliese aún más. Entreabrí los labios, y medio cerré los párpados sin dejar de mirarle. Su rostro también variaba, fruncía su ceño cada vez que yo gemía exasperado, e impaciente por sentir su carne apretarme con fuerza. Sin quedarme atrás, tanteé su entrada por sobre el boxer buscando penetrarle con mi dedo. Sin besarnos, suspirando y gimiendo contra la boca del otro comenzamos a tocarnos de un modo tan guarro e inimaginable, sucio e inaceptable, humedeciendo nuestras respectivas manos con el objetivo de encendernos hasta decir no más y anexar nuestros cuerpos en un sólo ser. Dejé su entrada ya casi dilatada, y desprendí mis pantalones quitándomelos ante su vista de cachondo irremediable, arrastrando también mi ropa interior dejando mi erección ante sus ojos, para que hiciera y deshiciera de ella a su capricho. Sonriéndome de una forma obscena, jugando con su lengua se desnudó y me tomó de una de mis trenzas, tironeando de ella para adentrarnos en la habitación. Cerró la puerta a mis espaldas, y totalmente desquiciado le di vuelta obligándole sin decir nada, a que sus manos se sujetaran de la madera. Con mi palma recorrí su espalda y pegué mi pecho a ella sintiendo el húmedo contacto de su entrada con mi erección. Gemí contra su oído a modo de aviso, y le penetré sintiendo el primer espasmo de placer azotarme hasta el límite de arrebatarme la poca cordura que aún permanecía inerte en mi organismo.
— Jesús… — Murmuró con voz ronca y grave. — Te necesito totalmente dentro.
Dejé descansar mi frente sobre su nuca, y comencé a moverme suavemente sin salir de su cuerpo totalmente. Con una de mis manos sujeté sus caderas marcando el ritmo, y con la otra comencé a masturbarle, presionándole la punta cada vez que alcanzaba su punto de placer al penetrarle. Sabía que eso le volvía loco, y le hacía desvariar.
— Eres el Dios… — Susurró entre gemidos mientras aumentaba la velocidad intentando que el aire ingresara por mi nariz hasta nutrir mis pulmones, pero se me era casi imposible. — Eres el puto Dios a la hora de hacer el amor.
Sentí que iba a romperle, a partirle en dos. Pero no podía parar, no deseaba frenar.
— No es cierto. — En un medio giro, conseguí que presionara sus manos sobre el extremo de la cama, quedando así como dos perros copulando. En realidad, así como el hombre lobo nace a cada luna llena e inunda de aullidos su territorio, nosotros nos transformamos en dos bestias cada vez que hacemos el amor, y bañamos de calientes jadeos la habitación.
— Oh sí, así. — Suplicó y moví mis caderas en círculo, aún sujetándome de su cuerpo para empujarle contra mí logrando así una penetración más profunda. — Eres mi Dios, eres mi… Dios, Tom.
— Haa, pequeño… — Eché mi cabeza hacia atrás, y mordí mis labios con saña. Iba a correrme, iba a correrme ya de ya. — Voy a terminar.
— Resiste. — Jadeó, y como si descubriese mis planes culminó en mi mano desplomándose sobre la cama. Joder, ¿y yo qué? ¿Iba a quedarme con la polla como un obelisco? Lentamente, se sentó sobre la cama y relamió sus labios sin despegar su mirada de la mía. — Ahora viene la parte en que yo te pruebo a ti.
Jodeeeeeeeeeer… Con una ferocidad impropia de él, me tomó del culo y metió todo mi miembro de un sopetón en su boca. Me sentí… morir.
Su lengua, salvaje e inquieta arropó de calor toda mi longitud. Inevitablemente con una mano le sujeté de la cabeza empujándole e incitándole a continuar. Rogándole que no frenase. Mi otro brazo descansó a un lado de mi cuerpo, inerte, porque ya me era imposible pensar, intentar procesar información. Mi mente se encontraba atareada en la sensación que se producía desde mi culo hasta la punta mi miembro. Una sensación de deleite infinito. Abrí los ojos, y miré al pequeño. Como si nuestras almas estuviesen conectadas, él me miró también. Una gotita de sudor tomó viaje desde su frente por su nariz y medio sonrió. Fue allí cuando caí en la cuenta que ese jodido placer, se debía a que dos de sus dedos jugueteaban en mi interior… Y luego de darle un golpe a mi orgullo, debía admitir que se sentía estupendo, fascinante. Indescriptible. Perfecto.
Moví mi cuerpo hacia delante y hacia atrás, sintiendo por ambos lados como me derretía. Como el éxtasis advertía su llegada, de modo que me corrí en su boca y sentí como sus dedos abandonaban la estrechez de mi entrada. Se puso de pie, y sin dejar de mirarme tragó mi semilla.
— Te tengo en cada parte de mí. — Susurró.
Emocionado, agotado, sorprendido pero por sobre todas las cosas, más feliz que nunca le abracé cayendo sobre la cama con su cuerpo debajo del mío, listos para descansar.
— Te amo, te amo, te amo, te amo. — Repetí insistentemente besándole el rostro, el cuello, el cabello mientras él rompía a reír como el niño que era. Mi pequeño.
Ahora, que vengan los villanos y malvados. ¡Que vengan y nos den batalla! Juntos les venceremos sean quienes sean.
— Viejo…
— ¿Qué? — Gruñí.
— Yo también te amo.
Continúa…