Profesor 2

«Mi profesor de química» Temporada 2

& Capítulo 2 &

& Por Bill &

Salto. Tu cabeza impulsa a tu cuerpo, ella le da la dirección, la puntería. Los brazos marcan el sentido y tus piernas te ayudan con fuerza y firmeza. Sientes como el agua acapara uno a uno tus poros, abres los ojos y ves un celeste acuoso en todo tu alrededor. Mueves las extremidades acordes la una a la otra, subes, inhalas con fuerza ahorrando oxígeno en tus pulmones y tu estómago. Bajas hasta que la respiración dice basta, y al subir expulsas el aire con fuerza, para seguidamente atrapar más y más. Así una y otra vez, hasta que llegas al otro extremo y giras sobre tu cuerpo, para repetir el procedimiento hacia atrás, esta vez con el cuerpo mirando hacia el exterior. Tus brazos se asemejan a manecillas de reloj y la campanada final está dada cuando terminas el recorrido, tu pecho sube y baja exaltado, y por fin aquellas piernas inertes, hoy tienen vida.

— Es increíble como has mejorado — me dijo Nick de repente, tendiéndome una bata de toalla. Asentí sonriente, a pesar de que ya poco más de cuatro años atrás siempre repetía lo mismo — Mira, estás de pie. Nadas como un completo profesional. Te has recibido de maestro, eres todo un hombre, Bill.

— Gracias a ti — admití y sus manos atraparon mis rastas acariciándome la cabeza con suavidad. Ronroneé antes sus caricias y suspiramos al mismo tiempo — Sin ti no hubiese logrado salir adelante, mi amor.

Juntó nuestros labios y nuevamente esa extraña sensación en mi interior me azotó. Tom. Una parte de mí ansiaba conocerle, saber acerca de él. Una parte de mí, inconscientemente imaginaba que los labios de Nick le correspondían a aquel tipo desconocido que casi me quita la vida. Una parte de mí continuaba en blanco, una parte de mi vida aún permanecía entre la neblina.

Cuatro años. Cuatro años viviendo de nuevo, o más bien forzándome a vivir. Cuatro años en los cuales un vacío extraño en mí, por momentos no me dejaba respirar. Cuatro años en busca de una verdad que nadie me permite conocer. Cuatro años, cuatro preguntas: ¿Quién eres Tom? ¿Cómo eres? ¿Qué has sido para mí?… y ¿Dónde estás ahora?

— No veo la hora de mudarnos a Leverkusen — solté de repente — Necesito alejarme de Lübeck sólo logra que cada rincón de la ciudad me atormente más y más. Necesito otro aire, necesito comenzar a trabajar.

— ¿No deberías esperar un poco más? — pulsé el número siete de aquel panel, y el ascensor comenzó a descender; ya que la piscina se encontraba en el último piso. Mi silencio fue la respuesta — Está bien, no diré nada sólo espero que ir a la otra punta del país no sea negativo.

— Lo dices como si no quisieras irte conmigo — añadí y me miró arqueando una ceja — Puedo valerme solo en otra ciudad.

— No, no puedes — resoplé entre una risa irónica, otra vez subestimaba mis capacidades — Aún no ha terminado la rehabilitación, todavía tus piernas tiemblan por momentos, aún tienes esos recuerdos e imágenes en tu imaginación y…

— Te he dicho que no es mi imaginación — interrumpí, comenzaba a cabrearme — Los veo, los recuerdo realmente. No estoy enfermo, no estoy paralítico ni mucho menos demente.

Las mecánicas puertas me dieron paso y me adentré en el departamento. Caminé rápidamente hasta la habitación en busca de ropa limpia y una toalla — voy a tomar una ducha — pero antes de que pudiera evadirle, me tomó del brazo con fuerza adhiriendo una ligera presión con las yemas de sus dedos.

— ¿Crees que quiero dejarte ir solo? ¿Eres idiota o qué? — Acortó la distancia de nuestros rostros, y noté como el agarre era más débil — Si a ti te pasa algo, yo me muero ¿entiendes? No quiero perderte, no sabría como vivir sin ti.

Como solía sucederme en los últimos años, esas palabras no causaban algún efecto secundario en mí, es decir, ¿dónde estaban esas mariposas que todos dicen sentir? ¿El color de rosa? ¿El aroma a jazmín? Sólo existían para este Bill, dos posibles respuestas: O no se asumir que Nick no es lo que quiero y hasta he dejado de quererle, o tampoco recuerdo qué es el amor, qué es sentir el amor. Y cuando estas dudas azotan mi mente me pregunto: ¿Por qué lo relaciono con ese tal Tom? ¿Por qué siempre se hace presente en cuando me siento solo? ¿Por qué está dentro de mí todo el puto tiempo?

— Voy a tomar una ducha — repetí y me liberé. Me miró extrañado, estaba siendo algo injusto con él… después de cuatro años de cuidar arduamente de mí no se merecía que de un día a otro le despreciara como si nada me importara. En el fondo, le estaba agradecido y disfrutaba estar junto a él, a pesar de sentirme incompleto. — Puedes venir — volteé al llegar hasta el umbral de la puerta y sonreí de medio lado. Negó con la cabeza entre risas y comenzó a revisar el clóset. ¿Qué estás haciendo Bill? Definitivamente necesitas otros aires, o vas a volverte rematadamente loco.

Tras unos segundos, me encontraba desnudo con el agua tibia impactando sobre mi cuerpo. La pompa de jabón que yacía en sus manos cubiertas de espuma, recorría calmadamente mi espalda. La sensación de relajación conseguía que mis ojos se entrecerraran y expusiera mi nuca agachando mi cabeza.

— Entonces en Leverkusen está la nueva empresa que te he dicho — abrí mis ojos intentando captar sus palabras — seré el nuevo contador, y tal vez con el paso del tiempo me asciendan quién sabe. El nombre es ‘ktz’ aún no sé el significado.

Por alguna extraña razón, mi cabeza se esforzó por descifrar aquellas tres letras y por la misma extraña razón, sólo lo pude relacionar con lo de siempre: Tom.

— Por suerte, trabajaremos durante el mismo turno así podremos estar juntos — asentí en silencio mientras respiraba agitadamente. No quise decirle lo que mi mente estaba procesando.

¿Dónde iremos Andreas y yo cuando nos mudemos? ¿A qué preparatoria? — hablé con la boca llena y papá me fulminó con la mirada. — Es nuestro último año eso suena realmente estúpido… pero me interesa. ¡Qué va! Me importa mucho.

Asistirán a San Candido, la preparatoria más prestigiosa de todo Lübeck — respondió mamá inflando su pecho, muy orgullosa.

Sacudí la cabeza y parpadeé rápidamente. Joder, un recuerdo. Mierda y más mierda, era real. Esa era mi madre, la había visto en muchas fotografías.

— ¿Qué sucede amor? — tragué saliva y me reincorporé. Cerré el grifo y el agua cesó hasta solo ser una estúpida gota impactando contra el suelo. Puse un pie fuera, tomé de inmediato una toalla, repetí lo mismo con mi otro pie y la até a mi cintura. — ¿Bill?

— Saldré un momento — respondí comenzando a secar mi cuerpo, para vestirme rápidamente. Me giré y al no verle en el pasillo, busqué algo en el cajón de la mesa de noche — Quiero hacer algo.

— De acuerdo — pude oír claramente sus pasos avanzando hasta mí, así que escondí lo que buscaba detrás de mí. — Iré contigo.

— Prefiero ir solo — me giré para mirarle, rogándole por mis adentros que no me siguiera—quiero despedirme de la ciudad, eso es todo.

— Perfecto, entonces en tu ausencia haré las maletas que restan — me sonrió, y asentí. Miré mi reflejo en el espejo y en un abrir y cerrar de ojos tuve la completa seguridad de que me había visto así años atrás. Horrorizado, me alivié al ver mi cuerpo tal cual estaba y cogí su abrigo.

— Ponte una bufanda, temo que vaya a nevar — me gritó desde la habitación, y cogí del perchero un gorro y unos guantes. Inhalé con fuerza y sin rumbo salí del departamento.

Mi corazón latía con fuerza en mi interior. Saqué de mi bolsillo un pequeño mapa de la localidad, sonriendo triunfante y noté que estaba llena de círculos de diferentes colores y pequeñas casitas que cada una significaba algo diferente. Hospital, estación de policía, biblioteca, entre otras. Miré a mi alrededor.

“Shell” me apuntó un cartel en lo alto de una estación de servicio. Eché un vistazo al mapa y me situé. Caminé calle arriba con el frío viento rasgándome la piel, mi nariz se congelaba y se humedecía un poco. Miré el mapa una y otra vez hasta descubrir que estaba muy cerca de mi propósito.

Me detuve y detenidamente miré toda la calle, iluminada gracias a las farolas que como cada atardecer, se encendían automáticamente.

Voy a llegar tarde, voy a llegar tarde — corría sintiendo mi pesada bolsa impactar contra mi espalda a medida que mis largas piernas daban marcha — ¡Maldito Andreas siempre me haces lo mismo!

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Era yo. A pesar de no poder ver el rostro de aquel niño corriendo apresurado, estaba casi seguro de que era yo —ya que podía oír las voces dentro de mi cabeza, así como ahora oía la de mis pensamientos.

Al girar, me quedé completamente petrificado. Ante mí, tenía un enorme portón completamente destrozado, aquella vieja preparatoria estaba en ruinas. El establecimiento estaba enteramente abandonado.

Ingresé sin tocar aquellos sucios hierros que yacían sobre el suelo y por lógica supe que hacía ya mucho tiempo nadie la visitaba —el césped llegaba hasta mis rodillas—.

Caminé intentando no pisar nada extraño cuando tropecé con una estúpida cosa y caí de boca al suelo. Me reincorporé adolorido y cogí aquel objeto.

San Candido, preparatoria” El cartel de la entrada, el anuncio completamente destruido, e incluso con la pintura algo gastada.

Me puse de pie, sin soltar aquel anuncio y con la otra mano sacudí mi ropa. Al ver aquellas puertas, mi cabeza comenzó a doler pero no tan intenso como el dolor que comenzaba a nacer en mi pecho. Caminé respirando agitado. Mis suspiros se transformaban en un vaho congelado y unos escalofríos recorrían mi cuerpo desde abajo hacia arriba. Me detuve ante una enorme puerta y, otra vez: esa sensación de mareo y vértigo.

Entramos y caminamos hasta la puerta principal donde un muchacho con una planilla nos recibió. Por lo visto, era el líder del centro de estudiantes.

Disculpe — dijo mi primo al ver que como muy idiota me quedé callado mirándole — ¿Nos podría decir cuál es nuestra clase? Leí su placa. Mateo. 

Miré mi alrededor, intentando que ese pequeño recuerdo regresara y me ayudara más. Pero fue inútil. ¿Mateo? Unas lágrimas se asomaron por mis ojos, lágrimas de desesperación, frustración. No puedo recordar…

Empujé con fuerza la puerta, y el sonido que provocó al abrirse fue terrorífico. Miré los pasillos y hubiese jurado que podía oír un vago sonido de muchos niños correteando y gritando. Avancé por instinto mirando detalle a detalle mi alrededor, mis piernas comenzaban a debilitarse, me amenazaban con doblarse e impedirme continuar caminando. Sin saber dónde ir, y el porqué doble en uno de los pasillos y me encontré con taquillas de un color gris sucio y gastado por el tiempo. Por inercia miré una y mi mirada se fijó en ella prolongadamente.

¡Esta taquilla es mía! — empujé a los imbéciles que comenzaban a garabatear su puerta.

Sonreí y me acerqué hasta ella. Cuando algo me llamó la atención. Sentí una presencia detrás de mí, tragué saliva con el corazón a cien y me giré. Un aula que en un abrir y cerrar de ojos pude ver como yo —en mi versión de niño— ingresaba apresurado y la profesora me regañaba por llegar tarde. Me adentré en aquel derruido salón, caminé entre los abandonados pupitres y otra vez, dejando actuar a mi corazón me senté en uno de los últimos lugares pegado a la ventana. Miré la pizarra cubierta de una sabana blanca y luego, a través del cristal.

— Haré lo que sea porque el niño que fui regrese — pensé en voz alta. Mi dedo se paseó por el cristal de la ventana empañado por mi vaho y dibujé en él un corazón. O más bien la mitad de uno de estos. — Lo que sea por regresar.

& Por Tom &

La mañana en Leverkusen era una pasada. El cálido sol apañó al invierno, cuando ingresó por mi ventana sirviéndome de anuncio de un suave despertar. Giré mi cabeza, intentando evadir aquella luz y al abrir los ojos mis ángeles se encontraban listos con mi maletín en sus pequeñas manos.

— ¡Hey! ¿Qué hacen fuera de la cama? — les regañé frunciendo el ceño, pero se lanzaron sobre mí a carcajadas. Les abracé con fuerza, mirando el techo conteniendo el llanto que nacía desde lo que aún quedaba de mi corazón. Por el día me la pasaba encerrado en la oficina entre millones de papeles con diferentes compuestos, y proyectos químicos para la empresa de papá. Por la tarde asistía a reuniones, y por la noche llegaba a casa agotado. ¿Y mis hijos?, no le estaba dando tiempo a mis niños. Ritter y Lizzie tenían poco más de cuatro años, y se habían vuelto mi única razón para existir. Mientras estaba con ellos, me sentía completo, lleno, vivo. Pero a la hora de ir a dormir, algo faltaba en mi cama. No tenía a quien besar, a quien amar, con quien dormir, y no porque hubiese carecido de oportunidades sino porque nadie podía ocupar el lugar de mi pequeño. Porque aún le amo como la primera vez…

— Hola — la melodía de mi móvil ahuyentó mis pensamientos — Sí Marie. ¿Junta a las diez? ¿Motivo? … Sí, mi padre me ha dicho que vendrá un nuevo contador en estos días. ¿Sabes de dónde viene? Perfecto, no tardaré en llegar.

— ¿Ya te vas papi? — preguntaron al mismo tiempo y sonreí apenado.

— Sí, la abuela no tardará en llegar. Mañana prometo desayunar con ustedes — les dejé un beso en la mejilla a cada uno y me encaminé hasta la puerta — Ritter, cuida de tu hermana.

— Lo haré papá — y cerré la puerta apoyando por un instante mi espalda sobre ella. No era buen padre, ellos iban a crecer sin tenerme en la casa y eso era rematadamente injusto. Busqué en mis bolsillos las llaves de mi coche —aún conservaba el mismo…—. Como cada mañana acaricié el asiento del acompañante y encendí el motor.

— ¿Dónde estás? — Pregunté a la nada, pensando en voz alta — ¿Dónde estás para abrigarme de esta fría mañana?

Suspiré contra el cristal, y mi vaho le empañó. Con uno de mis dedos cubiertos por un guante dibujé un corazón. O más bien la mitad de uno de estos. — Te necesito pequeño.

Continúa…

por Ignacio Pelozo

Escritor del Fandom

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