Profesor 20

«Mi profesor de química» Temporada 2

& Capítulo 20 &

& Tom &

El amanecer de Leverkusen, era admirable. Cuando te sitúas desde tu ventana, y dejas que tu vista se pierda en el alba, y los primeros rayos de aquel sol que emerge en el horizonte te brindan una chispa de calor al impactar contra tu piel… sientes un extraño estado de paz interna que te deja sin temas de filosofía. La primavera pronto llegaría. El color poco a poco, revestía los espacios verdes de la ciudad. Los días serán ‘más largos’ y las temperaturas más suaves. La nieve por fin se perderá en el tiempo. Las aves que habían emigrado en otoño, regresarán a sus nidos, y las plantas echan sus primeras hojas, flores y frutos. Los animales despiertan de sus letargos invernales y comienzan a prepararse para la procreación. Primavera, ¿estación del amor? Quizá, o tal vez junto al pequeño la primavera sea algo permanente.

Con ambas manos, cogí las cortinas y tironeé de ellas dejando que el fulgor de la nueva mañana iluminase la habitación. Me volteé bostezando y le vi taparse hasta las narices.

— Pequeño, es hora de despertarse. — Sentencié caminando sigilosamente hasta la cama. — Hoy, es tu primer día de trabajo.

— Hm. Déjame dormir. — Gruñó con su voz revestida de un grave tono. — Tengo sueño…

Gateé sobre la cama hasta quedar cerca de él, y de un solo zarandeo, le dejé al descubierto. Su pecho subía y bajaba tranquilamente, aún con marcas de mis labios adornando su piel en pequeños círculos ya morados. Una de sus delicadas manos, descansaba sobre su torso desnudo, y la otra yacía estirada sobre el colchón. Sus piernas, separadas incitándome a pensar guarrerías, y por último, su zona íntima cubierta por aquella tela negra elasticada denominada ropa interior. Créase o no, ya habían pasado cuarenta noches de aquel cruel momento en el que, por culpa de un impulso o tal vez, del malvado de la historia, deseó huir a Lübeck en busca de refugio, y consuelo. Cuarenta días despertando a mi lado, sintiéndome el tío más afortunado del planeta al oírle decir en un susurro: Buenos días, viejo.

Acaricié su frente, apartándole aquellos finos y oscuros cabellos que a veces se adueñaban de su almohada, y le oí suspirar de satisfacción. Me detuve, como cada mañana a observar la fisonomía de su rostro. Sus ojos, sin rastro alguno de sombra negra ni rimel de pestañas; con el párpado cerrado ocultando aquella preciosa mirada color almendra que me enamoraba perdidamente. Su nariz, recta y perfecta inhalando pacíficamente. Y por último, lo más deseado. Sus labios, medio entreabiertos amenazándome, con luchar contra mi cordura y triunfar en la batalla, obteniendo así, el castigo de caer rendido por sus besos.

Con el revés de mi mano, me deslicé por su mejilla absorbiendo con mi piel, la suavidad de la suya. Joder, ¿cómo era posible, que fuere tan suave y tan níveo? Compararle con capullos de algodón, sería precario. Añadir, que se asemejaba a una sensación estimulante, placentera y, casi maravillosa era quedarse corto de palabras. Sonreí enternecido, y con mi pulgar delineé sus labios acercándome hacia ellos sin dejar de anhelarles, con tan sólo mirarles. El pequeño se removió arqueando su espalda sobre la cama.

— ¡Hey tú, niñito dormilón! — Le llamé entre risas y como respuesta se acurrucó contra mi cuerpo escondiendo su rostro en la unión de mi cuello y mi pecho. — Bill, se nos hará tarde. Sé que estás despierto.

— Aún estoy…— Murmuró, apretujándome contra él. Sus manos rodearon mi cadera, al igual que sus piernas lo hicieron enredándose con las mías. — Aún estoy dormido, muy dormido.

— ¿Aún estás dormido? — Sonreí recorriendo con mi palma derecha, la extensión de su espalda. Le sentí temblequear en mis brazos y eso, casi casi me derrite. — ¿Y cómo coño puedes dormir, hablar, pensar y responderme al mismo tiempo? ¿Eres sobrenatural, o qué?

— Es porque estoy soñando, o eso creo. — Añadió de repente, y pestañeé seguidamente sin comprender. Se alejó calmadamente de mi cuerpo, y sus párpados fueron dejando despuntar su mirada. Aquella mirada que no dudó ni un instante, en penetrar a la mía y arrollarla, hasta apretarle, haciéndole el amor sin salvajismo alguno.

¿Has oído alguna vez, cuándo el gentío dice: «¡Le ha hecho el amor, con tan sólo mirarle!, ‘Ese par follan con la mirada» o quizás… «Le desnudó con los ojos»? Pues así de desquiciado como suena, es la verdad empírica más jodidamente cierta. ¿Cómo lo sé? Porque cuando el pequeño me mira, sin intensiones de deseo o con ellas, siento como vibra cada célula de mi cuerpo y mi razón, advierte que la poca prudencia en ella va a fugarse para siempre. — ¿Cómo sé que tú no eres un sueño, Tom? ¿Cómo compruebo que el amor que sientes por mí, no es producto de mi imaginación? Dime cómo certificar, que cada vez que me besas, me acaricias, me susurras al oído perdido haciéndome el amor e incluso, cuando me abrazas para dormir; en realidad es un disparate de este loco enamorado y no, un sentimiento verídico? ¿Cómo, viejo? ¿Cómo?

Tras sus palabras, mi corazón abandonó aquel ritmo tranquilo y perseverante, de latidos sosegados, para adueñarse de un compás cual adolescente en efecto del éxtasis. Desbocado y galopante. Sonreí nervioso, y con una maniobra veloz, le dejé bajo mi cuerpo aprisionándole con mis extremidades.

— Con amor, pequeño. — Mordió su labio inferior, mientras sus manos magreaban mis pectorales. — El amor, es el mejor argumento para acabar con las dudas.

— Tu amor no es sólo el argumento. — Susurró y dejé descansar mi figura sobre la suya, mientras comenzaba a removerse para restregar cada milímetro de su complexión contra la zona peligrosa. — Tu amor es la biografía completa.

Volví a sonreír, emocionado. Y sin más rodeos, firmé un pacto a base de pasión para ser dueño de sus labios una vez más. Y simulando que le penetraba, friccioné contra su miembro con bestialidad, encendiéndole al máximo en tan sólo segundos.

Sus manos, algo inquietas se deslizaron por mi espalda arañándole a su paso, hasta dar con mi trasero acariciándole por encima del pijama. Joder. ¿Por qué sentía un nudo presionar en mi estómago, cuándo me tocaba allí? ¿Miedo? Tal vez. Un poco. ¿Lo extraño? Me encantaba, me ponía. Vale, me excitaba.

Desde que he conocido a Bill, siempre he ocupado el rol del activo —es decir, de quién penetra—. ¿Por qué? No lo sé. Se manifestó de una manera casi natural, probablemente se hallaba en las profundidades de nuestros instintos. Pero sí, hay una cosa que es muy cierta. Si bien, Bill y yo no nos clasificamos como homosexuales, practicamos una relación homosexual dado que somos dos hombres. ¿Y qué sucede con ello ante los ojos de los demás? Surgen dudas. Y de hecho… son las que florecieron en mi interior, cuando el pequeño me masturbó por detrás. Pues bien, la sexualidad tiene una flexibilidad sin analogías, y las prácticas sexuales son muchas y muy variadas. Entonces, si vemos la identidad homosexual como una expresión creativa que comunica otras formas de amar y, diferentes empleos de la sexualidad más allá de la reproducción, si ser homosexual significa ser distinto al ‘modelo’ heterosexual y si los gays poseen este punto de vista único entre todos los grupos humanos respecto a la sexualidad de la gente, ¿por qué sus prácticas sexuales deben ser una copia de aquellas que son patrimonio de la heterosexualidad? ¿Por qué es tan importante quién penetra a quién? ¿O por qué la gente dice: Quién es la niña en la relación, y quién el varón? ¿Por qué la auto dominación de activo-pasivo? ¿O seme y uke?

Vale, es un tema muy complejo, y yo soy químico no psicólogo. ¡Pero me trae de los nervios, joder!

Si eres heterosexual, la penetración es una práctica casi indispensable si quieres tener hijos. Pero la gente homosexual no se reproduce salvo mediante el empleo de complicados procesos, como el alquiler de vientre o la inseminación artificial. O en mi caso, una borrachera y una metida de pata monumental. Uf, un martirio que duró por años. Pero, la realidad homosexual no sólo cuestiona el supuesto fin reproductivo de la sexualidad, sino que brinda la oportunidad de mirar las prácticas sexuales heterosexuales con otra luz.

¿Será que penetrar o ser penetrado tiene más que ver con la dominación y la división de roles en términos de poder que con la reproducción? ¿Será que si digo «soy activo» es como decir «soy mejor que tú porque a ti te pueden dominan y yo no me dejo»? — Filosofé para mis adentros, mientras jadeaba contra sus labios. El muy cabrón se frotaba con frenesí intentando penetrarme con su índice. No me siento más hombre que el pequeño, por no atreverme a que me de por culo. Pero sí, acepto que me siento un puto cobarde por no permitírselo.

— Tom, házmelo… házmelo… — ¿Por qué él mismo se entrega rendido ante mí? ¿Por qué no gime como un perro en celo: Déjamelo hacértelo? Seré gilipollas. Ni siquiera me atrevo a preguntarle sobre el tema. No tengo el coraje para oponerme. — Vamos.

— ¿Dónde? — Tartamudeé ahuyentando mis tormentosos pensamientos. Mis malditas dudas. — ¿Dónde, pequeño? Los niños van a despertar.

— A la ducha, tomemos una ducha caliente. — Relamió sus labios, sin dejar de mirarme provocándome pequeñas descargas eléctricas que finalizaban en la punta de mi miembro. Ducha. ¿Caliente? Mierda.

Tironeé de su brazo y correteamos atravesando el pasillo sin dejar de reírnos cómplices, con picardía, hasta el baño. Tras cerrar la puerta le arrinconé contra ella besándole con ahínco y desespero, saciando mis dudas con el sabor de sus labios.

— ¿Estás bien? — Susurró inquieto, y sólo me limité a asentir. — De repente, actúas extraño.

— Algún día… — Carraspeé. — Algún día, quiero dártelo.

— ¿El qué?

— Tú sabes. — Sentí como el calor, y el torrente sanguíneo se concentraban en mis mejillas, ruborizándolas al máximo. — Lo que me entregas, cuando te hago el amor.

— Oh… — Murmuró fijando su vista en el suelo. — No quiero que te sientas obligado, mi amor. Así, así estamos bien. No es necesario.

— Siento que lo quieres. — Con suavidad, le cogí del mentón obligándole a mirarme. Sus ojos, se cristalizaron. ¿Emoción? ¿Lágrimas? Quién sabe. — Siento que lo mereces. ¡Por la puta! Yo también lo deseo, pero tengo miedo. Mucho miedo. Quiero que seas el primero en… allí… Dios, tú sabes.

Para mi sorpresa, rodeó mi cuerpo con sus brazos creando así, un dulce y cálido abrazo. Le correspondí en silencio, para volver a besarle e invitarle a tomar una ducha juntos.

Mientras me despojaba de mis únicas prendas, él de espaldas a mí completamente desnudo abrió el grifo de agua caliente, y luego la opuesta. Extendió su brazo, para poder acaparar con su mano aquella lluvia transparente y medir con su tez, la temperatura. Era tan bello, tan perfecto. Un precioso hombre, hecho a molde.

Fijé mi visión en aquel paraíso, mío. Sólo mío. En aquella delgada espalda, media arqueada por naturaleza; en aquellas piernas que tan demente me convertían; en aquel trasero redondeado que no era nada más ni nada menos, que un camino, una vía, un túnel. ¿Comparación cursi? No. El acceso carnal hacia su corazón.

Me acerqué sigiloso, y le abracé por detrás dejando descansar todo mi cuerpo contra el suyo. Alzó un pie, y luego el otro para adentrarse en la pequeña ducha, y tras imitarle zamarreó la cortina de tela ocultándonos del exterior.

El agua comenzó a mojar su cabello, su rostro. Serpenteó por su pecho, ahogando sus poros y murió en el recorrido que tomaba entre sus piernas. El vapor fue el socio secreto de nuestra desnudez.

Imitando a aquella corriente de agua tibia, me deslicé lentamente hacia abajo sin dejar de mirarle. De rodillas, separé los pies para mantener así, el equilibrio y tomé en mis manos su delgado y erguido miembro. Le acaricié desde la base a la punta muy paulatinamente creando así, en el pequeño, una atmósfera de tortura incontrolable. Le sentía palpitar entre mis manos, y eso me ponía aún más cachondo.

— Dios… — Gimió echando su cabeza hacia atrás, dejando que la lluvia impactara contra su rostro. Con mi lengua, le proporcioné un lametón en la punta y sus piernas temblequearon de debilidad. — T-tom…

Sus jadeos llegaban a mis oídos a través de ondas sonoras, sí. Pero viajaban a través de mi cuerpo en forma de calor, concentrándose en mi pene hasta provocarle un placentero dolor. Un deseo de enterrarme en él. El puto deseo. Deseo sumado placer, elevado al amor es igual a Bill Trümper.

Sin pudor alguno, lamí toda su longitud llevando mis manos hasta mi propia masculinidad para obsequiarme un poco de auto-placer, estaba que explotaba.

A medida que el ritmo de mi mano aumentaba, devoraba un centímetro más del pequeño hasta introducir en mi boca lo máximo posible. Claro, que como siempre el niño me sorprendía. ¿¡Y tenía el valor de llamarle pequeño, siendo que era más bien ‘enorme’!?

— Ohh síii… Síiii, más… — Le oí decir, pero yo… ya desvariaba del placer.

Mi vida ya no era aquel abismo oscuro y tormentoso. Por fin, había hallado la cura a tanto dolor. ¿Cuál? Gracias a cuarenta días junto a Bill solos, amándonos en la penumbra de la habitación con desenfreno. Cuarenta días en los que ansiaba llegar de la oficina para estrecharle en mis brazos y repetirle hasta el cansancio cuánto le amo. Cuarenta noches, que de la pura emoción me costaba conciliar el sueño pensando: ¡Mira Tom, después de cuatro años le tienes ante ti! ¡Le abrazas mientras duerme cómo tanto has deseado! Y cuando él caía bajo los hechizos del cansancio, como un imbécil lloraba de felicidad simplemente por el hecho de tenerle, de tocarle, de sentirle.

Medio sonreía, medio lloraba. Ingería las lágrimas, me costaba aceptar que todo era auténtico, innegable. ¡Que le tenía vivo, ante mí! Ya no dormía abrazado a su prenda cubierta de sangre, como lo había hecho durante cuatro años. No. Ahora tenía al niño en carne y hueso, respirando a mi lado, dándome amor. Ahora, junto a mi pequeño, mi vida es un elíseo lleno de gloria, amor y dicha. Y nada, ni nadie podría destruir nuestra burbuja de amor. Nunca, jamás.

Tras la ducha, sequé su cuerpo aprovechándome de su fragilidad para besarle con susceptibilidad su cuello, sus hombros y parte de su pecho. Luego, como si fuera un crío le vestí y observé como se maquillaba repitiéndole de vez en vez, que no le hacía falta, puesto que ya es bello naturalmente.

— ¿Listo? — Resoplé bromeando, y cogió su maletín nervioso. — No desayunes si lo harás exaltado o intranquilo. Te hará mal.

Genial. Mis padres hoy esperaban ansiosos a su nuevo publicista, a aquel joven inteligente que había diseñado los primeros bocetos para la línea de perfumes Small Destiny. Muero por ver la cara de Kattie cuando le diga: Madre, ¿recuerdas a este chiquillo? ¿Recuerdas cómo nos has separado? ¿Acaso, te acuerdas de sus lágrimas en la boda? ¿Has olvidado cuántas noches he pasado en la clínica, frente a una vitrina sin beber, sin comer, sin dormir y hasta veces, sin bañarme?

— ¿Tom? ¿Quieres café o té? — Ladeé la cabeza, intentando evadir ese brote de ira. — ¿Amor?

— Café, cariño. — Contesté rápidamente. — Ahora, no eres el único que está nervioso.

— Buenos días, gilipollas.— Corearon mis hijos al mismo tiempo adentrándose en el comedor. Bill soltó una risita, y yo les fulminé con la mirada. — Lo de buenos días es de educación.

— Y lo de gilipollas, porque les queremos. — Sonrió Lizzie, y negué contagiándome de su alegría. Bill, dio el último sorbo a su café y me miró de reojo. ¿Los niños, nos habrían vuelto a oír? — Oye, pá’.

— ¿Qué? — Interrogamos el pequeño y yo, al mismo tiempo.

— Papi Bill, gilipollas. — Esta niña, me está cabreando. — Ups, se me escapó.

— Deja de decirlo cada dos minutos. — Le regañé, y bajó su mirada con expresión de pena. Bill, de inmediato se puso de pie y se situó a su lado, abrazándole con fuerza.

— Dime princesa. — Era sumamente dulce y paternal, verle tan inmerso en los problemas de los niños. Millones de mariposas revoloteaban por mi interior y hasta… Una necesidad de ser padre, otra vez, quería florecer en mi pecho. — ¿Qué sucede, Lizzie?

— Ritter y yo, queremos preguntarles algo.

— Son dudas. — Agregó mi hijo. Joder. Preguntas de niños, respuestas de adultos. No me gusta cuando la cosa va así, es tan complejo responder sin mentirles. — Son muchas dudas. ¡Pero muchas dudas!

— Responderemos a todas. — Suspiró el pequeño, sin perder la sonrisa.

— Uno: ¿Por qué en vez de tener una mamá y un papá, tenemos dos papás? Dos: ¿Por qué duermen desnudos cuando hace mucho frío, y a nosotros nos abrigan? Tres: ¿Cuándo vamos a tener un hermanito? Cuatro: ¿Por qué papá Tom tiene pesadillas? — Al finalizar, ambos nos miramos titubeantes. Vale, y ahora ¿qué?

— Hm. — Gruñí. — Ustedes tienen dos papás, porque… porque…

— Porque su mami está en el cielo. Como mi mamá, ambas están juntas en el cielo. Y como su mami ya no está, a papá alguien lo tiene que cuidar, querer y besar, y todo eso que ya saben. ¿Vale? Y si su papá tiene una persona a su lado, y les quiere a ustedes esa persona pasa a ser su papi o… su mami. — Pude notar como la voz de Bill sonó algo inquieta, tal vez conteniendo el llanto. — Es lo mismo niños, mientras sus padres les quieran y les protejan todo estará bien. Jamás dejen que les ofendan por eso. ¿De acuerdo?

— Sip. — Sonrieron ambos, abrazándoles. Él les acarició sus diminutas cabezas y mirándome sonrió de medio lado. — ¿La otra?

— Dormimos desnudos porque somos grandes. Porque somos novios, y porque cuando su padre me abraza ya no tenemos frío. — Nos ruborizamos como dos adolescentes, mientras Ritter codeaba a Lizzie riéndose de nosotros. — Hm. ¿Cuándo tendrán un hermanito? No lo sé.

— Pronto. — Solté de repente, y el pequeño parpadeó sorprendido. — Pronto, ¿verdad?

— Sí. — Siseó nervioso. — ¡Sí!

— Y eso, de que yo tengo pesadillas no lo comprendo. — Fruncí el ceño, esperando una respuesta concreta. — ¿Qué les hace pensar que sufro de pesadillas?

— Porque gritas.

— Sí, gritas. — Bill sonrió malévolamente. Joder. — Creímos que el monstruo había regresado pero… tú dices: ¡Lo haré hasta el fondo! ¡Voy a matarte! Voy a…

— Destrozarte. — Completó Lizzie. — ¿Sueñas que eres de la guerra, papi?

— Y a veces, sueña que tenemos a Sheila.

— ¿Sheila? — Preguntó el pequeño, mosqueado. — ¿Quién demonios es Sheila?

— Una perrita que se nos perdió. Era como de este tamaño. — Hizo un gesto con sus manitas, algo exagerado. Tampoco la chucha era tan pequeña. — Como una bolita de pelos negra.

— Y papá sueña con ella, muchas veces. — Se apresuró Ritter en continuar. — Porque grita: ¡Eres mi perra! Y a veces: ¡Siempre serás mi puta perra! ¿Extrañas a Shei papi?

— Sí. Por las noches sobre todo. — Balbuceé con picardía y el pequeño mordisqueó su labio con saña. Sentí la pierna de Bill husmear en mi entrepierna, buscando que me caliente ahí, ya de ya. ¡Maldito niñato! — Bueno, ehjm. ¿Vamos a llevar a los niños al jardín, y luego a trabajar? Hoy… h-hoy empiezas como mi publicista.

— Claro. — Sonrió de lo más tranquilo, alejando su pie, pero dejándome duro.

Pequeño eres un puto loco.

& Bill &

Qué nervios. Qué nervios, joder. Mis manos temblequeaban algo excitadas, mi corazón bombeaba con tanta fuerza que se me iba a salir. No podía detenerme. Suspiraba cada dos segundos, tosía e incluso tironeaba de mis rastas al recogérmelas —también, a cada instante—.

— Pequeño, hemos llegado. — Habló Tom de repente. Dios, llévame. — Escúchame muy bien. La empresa, también es mía y de mi padre, ¿comprendes?

Asentí exaltado sin poder siquiera mirarle a la cara. Me cogió de la mano, acariciándome suavemente con el fin de ofrecerme tranquilidad.

— Mi madre es una tía muy dura, tú sabes que… ella va en mi contra todo el maldito tiempo. Sabes que es una homofóbica de mierda. — El miedo se aprehendió de mí. Cierto, cierto, cierto. ¡La madre de Tom! Ella me odia, ella desea incluso verme muerto. No. No me quedaré aquí. — Pero mi padre me ha dicho que está muy arrepentido. Quiere que su hijo sea feliz. ¿Sabes qué significa eso?

— No lo sé. — Sentí como mis ojos comenzaron a escocer. Iba a llorar. Sí, lloraré de la chota desesperación. — Tom, creo que prefiero volver a trabajar con niños. Aquí… aquí estará Nick, tu madre. Ellos no me quieren.

— Óyeme. Aquí, estoy yo. — Acercó su rostro al mío, con una de sus manos aferrada a la mía, y la otra a la altura de mi mejilla. — Nadie podrá hacerte daño. No lo permitiría. ¡Para hacerte daño, tendrán que pasar por encima de mi tumba! Tú, entrarás como mi pareja que eres, trabajaras como mi publicista y asistente personal, y si es necesario te haré el amor delante de todos para que sepan que tú eres mío.

— Ohh… ¿Qué dices? — Sonreí apenas sintiendo mis mejillas arder. — Está bien.

— Jamás permitiré que vuelvan a hacerte daño. Nunca más. — Unió nuestros labios en un dulce y corto beso. Una parte de mí ahora podía sentirse en paz. Mientras que mi lado, poseedor de recuerdos imborrables tenía que armarse y, prepararse para dar batalla contra sombras del pasado que hoy, eran unas malditas hijas de puta capaz de soportar la luz del sol.

El estacionamiento era muy frío y solitario. Cada vehículo más bonito y superador que el otro. Demonios, aquí nadie va en bicicleta ¿o qué? Ford y Audi, eran las marcas predilectas. La gama de colores no variaba mucho: Blanco, gris, azul y negro. Buh, yo también quiero un auto. ¡Quiero manejar!

— Pequeño. — Me llamó mi superhéroe mientras subíamos las escaleras. — No dejes que nadie se burle de ti, o te haga sentir menos. ¿De acuerdo?

— Sí.

— ¿Sí, qué? — Rió jugando como en las noches.

— Sí, mi tigre. — Presionó el agarre de nuestros dedos, y la vista que nació ante mí fue maravillosa. Teléfonos sonando, tías con pollera de tiro alto de un lado a otro, chavales de traje de no menos de cuatrocientos euros, frente a computadores trabajando. Las oficinas, un lujo. Desde afuera podían verse, la decoración era exquisita. Sería un imbécil preguntar quién lo diseñó. — ¡Wow, es… genial!

— Buenos días Tom. — Saludó una muchacha, de cabello castaño y amplia sonrisa. — ¿Cómo has estado?

— Bien, Lucy. — La tía, notó el agarre de nuestras manos y su expresión cambió totalmente. Mierda, el corazón palpitó desenfrenado.

— ¡No! — Gritó llevándose las manos a la boca. ¿Sonriendo? ¿Impactada? No lo sé. Pero menudo bote pegué por culpa de su grito. — ¡Joder! ¿Tú eres Bill? ¿Él es Bill?

— Creo que sí. — Sonreí, y se lanzó sobre mí. — Creo que soy yo.

— ¡Oh, Dios! ¡Deseaba conocerte! — Reí agradecido, y Tom negó con la cabeza descojonado de la risa. — Eres mucho más guapo de lo que Tom me ha dicho. ¡Vale, Tom! Que si yo fuera tío, por esta belleza soy gay.

— ¿Qué está diciendo? — Balbuceé avergonzado. — Un placer, Lucy.

— El placer es mío. — Sonrió. — Y yo… ¿Seré su secretaria?

— Sí. — Interrumpió mi viejo de repente, con un tono sepulcral situándose a mi lado. — Quiero reunión. Todos, absolutamente todos a la sala de junta en veinte minutos.

— ¿Motivo?

— La presentación del publicista. Llévate a Bill a su nuevo despacho. Iré al laboratorio un momento. — No, no. ¿Todos? ¿Todos, viéndome a mí? ¿Cientos de ojos, analizándome con la mirada? ¡Jesús, ven a por mí! El sólo hecho de imaginarme de pie, en la esquina de una mesa —redonda— con diferentes individuos estudiándome con atención, el vello de mi piel se erizaba. Qué nervios.

— ¿Vienes o te quedas? — Sonrió la secretaria. Me mola esta niña, se ríe todo el tiempo. Apresuré mi paso hasta situarme a tu lado y me codeó con fuerza. — Tienes suerte, eh. Desde que Jessica falleció, aquí todas han intentado seducir a Tomi.

— Hm. Es guapo. — Gruñí con cara de qué puñetas me importa. — Siempre lo ha sido.

— Tú también eres guapo.

— Lo sabía. — Añadí en tonito burlón y egocéntrico.

— ¡Buenos días ratas de laboratorio! — No. No, esa voz.

Si conocería ese tono, ese modo de gritar. Esa risa con aires de superior. ¿Quién más Nick de Imon? ¿Quién más que ese tipejo al cual nadie, absolutamente nadie conocía con certeza? Nadie. Él, es como el mismo Satanás; capaz de encubrirse bajo piel humana con la única meta de hacer daño, y destruir el bien, el amor y la paz.

Lucy tironeó de mi brazo, hasta acurrucarnos detrás de una pared. Muy cerca de un angosto pasillo. — Nick…

— Tom me ha contado… sé que es un monstruo sin escrúpulos ni sentimientos. Tranquilo, Tom no dejará que te haga daño. — Su sonrisa me alivió, y asentí seguidamente. — No veo la hora de que le corran de aquí, siempre me insulta a su antojo.

— Es una basura. — Murmuré. — Ya no le conozco.

— Ven, ven. — Me ordenó entre saltitos, tomándome de la mano. — Te enseñaré tu oficina.

Lucy, no tendría más de veintitrés años. Su cabello llegaba poco más allá de sus hombros, castaño rojizo, con ondas por doquier y un flequillo lacio que ocultaba su frente. Sus ojos, de un verde marino transmitían la afabilidad que albergaba en su ser. Pero sin lugar a dudas, el toque inocente y púber lo tenía en su sonrisa. Irradiaba felicidad, contagiaba buen ánimo. Se notaba que era buena tía.

Yo, hacía ya muchos años no tenía amigos. Andreas, mi hermano, primo y amigo, había decidido formar una familia y yo, quedaba exento de sus planes. ¿Mateo? Jamás le había vuelto a ver. Aquel chaval que una vez, confesó sus sentimientos ya no le tenía. ¿Qué sería de la vida de aquel jovencito sociable? Cómo me gustaría que haya sido de su vida. ¿Trabajaría? ¿Tendría mujer, hijos? ¿O quizás marido? Quién sabe.

Los demás, no me dirigían la palabra. Y de Yuki, no me podía fiar. Primo de Nick, ¿comprendes?

Mis padres ya no estaban. Lo único valioso que poseo, es el corazón de Tom.

— Éste es su despacho, señor Publicidad. — Bromeó ella, arrebatándome una carcajada. Y tras abrir la puerta, por un efímero instante sonreí ególatra.

Un enorme ventanal, actuaba como una de las cuatro paredes; exhibiéndome la ciudad pudiendo disfrutar de aquel panorama urbano desde arriba. ¡Era como estar en el puto cielo! Un pequeño escritorio, un computador, una máquina que… vaya a saber uno qué hacía, libros, revista, papeles, lápices, etc, etc, etc.

— Es preciosa. — Dije encantado, sentándome sobre la silla de alto respaldo. — Táreme un café, Lucía.

— En seguida, señor Trümper.

— ¡Hey! Era broma. — Ambos comenzamos a bufonear, riéndonos hasta de nosotros mismos. Hasta que claro, la cosa se puso seria. Ella cerró la puerta, corrió las cortinas hacia un lado tomando terreno privado, y se situó frente a mí. — Y pues, sí. Hace días que se comporta extraño. Sobre todo en la cama.

— Hm. — Jadeó pensativa. — ¿Funciona bien todo allí abajo?

— Sí, claro. — Sonreí intimidado. Poco a poco tomábamos una confianza mutua, que jamás (exceptuando a Tom, claro) había obtenido con nadie. — Me ha dicho que quiere cambiar los roles. Yo no sé, si estoy listo para ello.

— ¿Quiere que tú seas el activo? — Asentí, y frunció el ceño. — Pero… ¿Cómo no sientes estar listo? ¿Acaso, existe un momento para estar listo?

— Quizás, no lo sé. — Titubeé. ¿Existía un predeterminado momento? — Siempre he recibido. ¡Y no me quejo!

— Entiendo. ¡Yo también siempre he recibido! Jajajajaja. — Reímos al unísono, y calmadamente retomamos la conversación. — Pues, en su primera vez: ¿Cómo decidieron que tú recibirías? Digo, para analizar la situación.

— Sólo se dio. Ninguno de los dos tomó la decisión. — Ella torció el cuello y yo, fruncí la nariz. Al parecer, le desconcertaba tanto como a mí.

— Es decir, que él tampoco podría haber estado listo.

— Pero lo hizo. — Sentencié.

— Y tú te dejaste.

— Porque lo deseaba.

— Porque te ama. ¿No crees? — Ella me sonrió con complicidad, y yo sonreí como un gilipollas con el corazón desbocado. — Tal vez, por la misma razón es que ahora quiere que tú… bueno, él desea recibir. Piénsalo, es muy dulce. Por lo que me has dicho, tú eres virgen por delante y él por detrás. Será como una nueva primera vez, con el mismo grado de nerviosismo. ¡Qué romántico! Suerte en ello. Cuentas conmigo, Billy.

— Gracias Lucy. — Le interrumpí, abrazándole por encima del escritorio.

Ring, ring, ring…

Teléfono.

— Diga. — Ordenó ella, retomando su seria postura.

— Vengan. La reunión va a comenzar. — La voz de mi Tom. Jodeeeeeeeeeer.

&

— Tranquilo. — Susurró mi viejo.

Las puertas de la sala de juntas, estaba cerrada. Dentro, unas cuántas personas esperaban a un tío de traje, formal, súper eficaz en su trabajo y con título universitario. Pero no, no era más que un chaval con voz de niñato, aires de rockers y maquillaje revistiendo su piel haciéndole parecer una tía o en su defecto un amariconado.

— La función de un publicista no es que la gente pierda su potestad y salga corriendo a comprar, simplemente se encargan de que el producto brille entre el resto de las ofertas.— Oí decir de una voz femenina. Probablemente, la madre de Tom. — Aquí necesitamos de la experiencia.

— Yo opino diferente. — Sentenció, esta vez un hombre. — Creo que aquí no se trata de experiencia, sino de estrategias. ¿Por qué no le escuchamos y allí, deliberamos?

— Me parece una estupenda idea, Jörg. — Nick. Su voz. Él estaría allí.

— Vamos, pequeño. Tú puedes. — Me animó el viejo, y tomé el picaporte de la puerta. Inhalé con fuerza, y antes de exhalar oculté mis ojos con las gafas oscuras que traía colgando del cuello de mi camiseta. — Déjamelo a mí.

Él se adelanto, y el bullicio laboral se silenció.

— Atención por favor. ¿Está todo el personal? — Los nervios. Mi estómago. Otra vez. ¡Mierda! — He traído al nuevo publicista. Madre, padre… Nick… él es Bill Trümper.

Al quitarme las gafas, mi mirada colisionó con aquellos ojos asesinos. Tragué saliva, intentando demostrarle a la bestia una falsa tranquilidad.

— Buenos días, Bill. Un placer. — Me saludó un hombre, al cuál ya conocía. — Ya sabes, Jörg Kaulitz.

— El placer es mío, señor. — Añadí cogiéndole de la mano, para estrecharla de manera formal.

— ¿Qué es esto, Tom? — Interrogó Kattie, despreciándome con la mirada.

— Una fantochada, este tío no es publicista. — Rió Nick, perturbando al personal.

Una discusión global, perfumó la atmosfera. Ya no era desasosiego, era rabia, ira. ¡Me estaba subestimando el muy cabrón!

— ¡Y tú no eres economista! — Aumenté el tono de mi voz, por encima de lo normal. — Tú no estás graduado de economista, administrador en ninguna parte. No he visto en cuatro años tu título. Sin embargo, es innegable que sabes muy bien hacer tu trabajo. ¿Y qué hay? Lo haces, porque te gusta, te apasiona y sabes cómo. ¡Lo mismo sucede conmigo!

Todos se quedaron de a cuadros. Punto para Billy.

Lucy codeó a Tom, y ambos sonrieron.

— El publicista está considerado como un manipulador de mentes que aumenta los deseos de consumo de la gente, provocando su frustración e infidelidad. — Comencé un discurso espontáneo, sin preparación alguna. Poco a poco, todos tomaron asiento, excepto Tom quién se situó a mi lado brindándome ánimos.

— Los publicistas, deben manipular. — Me interrumpió Nick, y todos le chistaron.

— Los publicistas no son manipuladores de mentes que te hacen comprar cosas que tú no quieres. Todos somos libres; recibes una serie de mensajes que pueden hacer que veas más o menos atractivo un producto pero, al final, es la voluntad del consumidor el que decide si consume o si no. Además, hay cosas que no pertenecen a la publicidad y sí tienen esa finalidad. Por ejemplo, las luces navideñas, que se instalan para envolver a la gente en un ambiente de felicidad para que así consuma más. — Agregué haciendo añicos su objeción. — Al final lo que buscamos es que una marca sea más amigable, o te caiga mejor. Para que, en el momento de la compra, te decidas por aquella marca a la que le tienes aprecio o con la que sientes una sintonía. Si compartes los mismos valores que promulga una marca, prefieres darle el dinero a ésta que a otra con la que no te identificas.

— ¿Y cómo consigues que la gente no se sienta manipulada, como bien dijo Nick? — Cuestionó una tía por orden de Kattie. — ¿Cómo lograrías tú atraparle?

— Al fin y al cabo, en la compra influyen otros factores como la comodidad o el precio. Lógicamente la publicidad está ahí por si un día tienes cerca el Carrefour y otro supermercado decidas ir al primero porque te gusta más. La gente no es tonta y elige por sus propias razones. — Noté como algunos, secreteaban entre ellos. ¿Satisfechos? Quizás. — Ésta empresa, es la primera a nivel nacional. No creo que tengan demasiadas dificultades.

— ¿Cuál es tu ideología, Trümper? — Me habló, ésta vez un chaval. Guapo, alto, rubio.

— Yo creo, que tienes que tener ideas y luego sobretodo hay que venderlas. Y una vez que las has vendido luchar para que salgan lo más puras conforme a lo que tú crees que es lo correcto. El trabajo del publicista no se basa en una ocurrencia fortuita. Trabajamos para transmitir un mensaje muy concreto y quiero creer que, detrás de cada campaña o idea, hay un esfuerzo por retener al consumidor y por darle algo que realmente haga mejorar la percepción que tiene respecto a la marca. — El cuchicheo, se hizo más notorio.

— Este tío me encanta.

— ¡Sí, es lo que Kt’z necesita!

— ¡Contrátelo, Jörg!

— Bill, una cosa más. Si la respondes correcta, estás contratado. — Bromeó amigablemente mi… suegro, consiguiendo que la paz se instalara en mí. — Necesitas ponerte en la piel de muchos tipos distintos de personas. ¿Cómo lo conseguirías?

— Sí, lo necesito. Y creo que es algo bastante inherente a la profesión del publicista. — Nick cogió de la mano a la madre de Tom, y se le llevó fuera. — En cambio, un artista hace lo que a él le gusta; y si te gusta a ti bien y sino también. El publicista tiene que saber adaptarse a todo tipo de estilo y a todo tipo de forma de hablar.

— Genial.

— Impecable, admirable.

— ¿Cuántos años tiene, éste chaval?

— Estás contratado. — Me sonrió Jörg y me estrechó en un abrazo. — Quédense aquí un momento, por favor.

El viejo y yo, asentimos. Poco a poco, todos los empleados me saludaron muy cordialmente, felicitándome, palmeándome con cortesía la espalda. ¡Logrando que me sintiese como en casa!

— Ohh… Tom, estoy tan feliz. — Suspiré emocionado, y él me rodeó por la cintura con sus fuertes brazos. — Las clases de publicidad en la preparatoria, sirvieron de algo.

— Juro que voy a comerte a besos de premio.

— Hazlo. — Le desafié, sin importar que la puerta estuviese abierta exponiéndonos ante todos. — Bésame.

Sus labios tocaron los míos con suavidad, y sosteniéndome de su nuca, profundicé el beso ladeando apenas la cabeza. Me perdía; de tanta felicidad me extraviaba. Ya tenía un trabajo, un marido y unos hijos preciosos. ¡Ah! Y pronto, una nueva amiga: Lucy.

— Qué asco. — Oí decir a pocos metros de nosotros. Entreabrí uno de mis ojos, y vi a Kattie conversar muy de cerca con el hijo de puta de Nick. — Me entran ganas de vomitar.

Cerré los ojos, presionando mi cuerpo contra el de mi viejo. Cogí sus manos hasta situarlas en mi espalda baja, muy cerca de mi culo. Y sin romper el beso, me detuve a intentar oír su conversación.

— ¿Estás segura que podrás ayudarme? Digo, en nadie más puedo confiar semejante… acción. — Dijo él, o ello fue lo que alcancé a comprender. — Esperaré tu llamado, por si algo sale mal.

— Tranquilo, soy la adecuada. Si no eres familiar, no… — Y se alejaron lentamente. ¿Qué coño se traían esos dos?

— Te amo tanto, pequeño. Tanto.

— Ehjem, ehjem. — Tosió alguien a nuestro lado, y nos separamos de inmediato. — Perdón por romper su mundillo de amor…

— Está bien, papá.

— Quiero que sepan, que estaré con ustedes para lo que necesiten. — Tom me rodeó por la cintura con su brazo, acercándome más a su cuerpo. — Sé que he cometido millones de errores, pero como ya le he dicho a Tom; Bill quiero que sepas que les apoyo. ¿Son felices juntos?

— Sí. — Argüimos unánimemente.

— Entonces, yo lo seré. — Se acercó a nosotros, abrazándonos algo emocionado. — De veras. Gracias por traerlo hasta aquí, hijo.

— No es nada, papá.

— Y perdóname, Bill. — Repitió sin dejar de mirarme a los ojos, desbordando culpa y arrepentimiento. — Siento haber sido partícipe de sus desgracias. Por eso, hoy les deseo que su amor triunfe, y sean muy felices. Sé que será imposible que tu corazón reemplace a tu padre, pero sé que le has perdido… Si quieres, tenlo por seguro que en mí tendrás el reflejo de un progenitor dispuesto a oírte, aconsejarte o lo que fuere.

— Gracias. — Dije en un hilo de voz, atragantándome con las lágrimas. — Muchas gracias, Jörg.

— Bueno. — Suspiró retomando la sonrisa. — Les dejo trabajar.

Ambos, permanecimos en silencio. Mitad acojonados, mitad felices. ¡Joder! Cuántas emociones en una sola mañana.

— Demasiadas sensaciones, para tan pocas horas. — Dijo el viejo, leyéndome el pensamiento. — ¿No crees?

— Sip.

— ¿Qué harás?

— Continuar lo que no he acabado, ¿tú? — Arqueé una ceja, mientras él cerraba la puerta de la sala de juntas, echándole el cerrojo. — ¿Qué tramas, Tom?

— Darle la bienvenida a mi nuevo publicista. — Bromeó jugueteando con el piercing de su labio, de una manera tan seductora que me ponía a mil. — ¿Tú que crees?

— Yo creo, que puedes hacerle lo que quieras.

Tras decir eso, se abalanzó contra mí. Mi figura se deslizó sobre la mesa de madera reluciente.

¿Qué creo? Realmente, ¿qué creo? Que el viejo está completamente loco. ¡De remate! Pero el mayor desequilibrado soy yo. ¿Por qué? Porque su amor me proclama como un maniático. Todo es tu culpa Tom…

Continúa…

por Ignacio Pelozo

Escritor del Fandom

Un comentario en «Profesor 20»

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