Profesor 21

Notas de la administración: En estos capítulos sucede un hecho que los dejará al borde del asiento, es fuerte y escalofriante. Están advertidos.

«Mi profesor de química» Temporada 2

& Capítulo 21 &

& Por Tom &

— Nos van a oír, nos van a… — Jadeó contra mi oído, desafiando al fuego que abrazaba mi cuerpo, queriendo apagarle. — T—Tom… No…

— Que nos oigan. ¡Que nos oigan todos! — Sin dejar de mirarle, me arrodillé sobre la mesa arrancándole a lo bestia la camiseta, ansioso por ser expedicionario de la piel de su cuerpo, y recorrerle con mis dedos centímetro a centímetro. — ¿Qué coño me importan los demás, pequeño? ¿Por qué darles importancia, teniendo a la belleza frente a mí? Yo, sólo quiero hacerte pedacitos.

— Tócame, tócame. — Dijo rindiéndose ante mis labios. Como un loco, le empujé con suavidad recostándole sobre la madera.

— No pidas algo, de lo que luego puedes arrepentirte. — Sonreí de medio lado, utilizando mi rodilla para restregarle. ¿Con qué fin? Provocarle, torturarle. Sentir cuan duro y cachondo le ponía.

— No podría arrepentirme. — Refutó inhalando con fuerza, como si el oxígeno no fuese suficiente o quizá, no llegase hasta sus alvéolos. — Tú sabes, que para mí jamás será suficiente. Aaah… No tengo un puto límite.

Me quedé estático, notando como el rubor azotaba sus mejillas tras liberar esas palabras sin vergüenza, ni pudor.

— ¿Qué? ¡No me mires! — Se quejó, emitiendo un largo suspiro. — No te quedes viéndome. Continúa desnudándome, fóllame, tócame, hazme lo que se te plazca…

Tras sus calientes palabras, jalé de sus pantalones arrastrando con ello, su boxer, dejando expuesto su ya erguido miembro en una potentuosa erección. Era tan increíble, como el deseo crecía y crecía, hasta convertirse en desesperación. Esa desesperación de llegar lo más lejos posible… Esa desesperación por oírle mencionar entre jadeo y jadeo, mi nombre.

Con la palma de mis manos, masajeé sus apenas marcados pectorales. Sí, su cuerpo tan delicado y frágil no era más que otro detalle que me enloquecía completamente. Su piel, su delgadez. Joder, me pone duro de tan solo rozarle. El pequeño, hundió su abdomen, respirando con dificultad mientras mi mano descendía hasta poco más arriba de su pelvis. Separé sus piernas —siempre con cuidado—, y sin dejar de mirarle relamí mis labios, jugueteando con mi lengua.

Incliné mi cabeza hacia su cuello, dejándole un húmedo y sucio lametón debajo del mentón. Él, estiró sus brazos a ambos lados aferrándose a los laterales de la mesa barnizada, separando aún más sus piernas para luego rodearme con ellas. Con sus pies ejerció una ligera presión en mi cadera, obligándome a estrujarme contra su figura. Coloqué, mis manos a cada lado de su cintura, sosteniéndome sin perder equilibrio y así, poder descender por aquel pálido y suave valle: Su pecho. Proporcionándole otro lametón, esta vez más lento y mojado, recorrí aquella sutil zona, ultrajándole una tibia exhalación de mera satisfacción. Entre risitas nerviosas, llegué hasta su intimidad aspirando el perfume de los restos de su jabón en sus rubios vellos; embriagándome, drogándome con su aroma. Su miembro erecto, rozó contra mi mejilla y por instinto liberé mi lengua dejando que serpentease por su ingle, hasta dar con la base de su pene. Sentí como temblequeó y cerró los ojos con fuerza.

— Estoy hambriento. — Me quejé bromeando, y engullí sólo la punta. — Aquí, ¿verdad? Aquí tienes tu debilidad. Aquí está el punto que te hace perder la cordura.

Asintió golpeándose la cabeza, contra la mesa.

— Pequeño. — Le llamé, y apenas me miró se reincorporó suavemente cogiéndome la mano, para escoger entre mis dedos, el mayor y llevárselo a los labios. Me quedé maravillado, mientras le masturbaba, succionaba mi dedo, como si le mamara. Su lengua sin darse cuenta, me ponía a mil. Provocaba en mi mano, una cosquilla que se propagaba en todo mi cuerpo y el dolor, lo inyectaba en mi entrepierna. — Mmm… Pequeño…

Lentamente, liberó mi mayor tomando el índice para repetir el proceso. La velocidad de mi mano, adueñada de su masculinidad aumentó el ritmo, tocándole con frenesí. Jesús, estoy en la puta gloria y eso que apenas comienza.

— Ya, puedes. Hazlo. ¿Quieres? — Habló con rapidez, casi rogando. Sonreí enternecido y le callé con un húmedo beso.

Volví a retomar mi postura anterior, y él me imitó recostándose nuevamente. Desabroché mis pantalones y los deslicé hacia mis rodillas.

— ¿No te has puesto calzones, Tom? — Rió el pequeño con picardía, y sentí mis mejillas arder. — Eres terrible.

Es tu culpa pequeño. Tú logras que yo, sea el autor de las locuras más insólitas.

— ¿La quieres? ¿La quieres, Bill? — Arrodillado, comencé a machacármela. Él mordió su labio inferior e intentó tocarse, por él mismo. Pero no le dejé. — Mírala, la tendrás toda en ti. Entera, hasta el fondo.

— La quiero, viejo. La quiero.

— Ponte en cuatro, ponte como la perra que eres. — Murmuré excitado, y así lo hizo. Se volteó y acercándose hasta mi cuerpo adoptó la posición. — Dios, puedo vértelo todo.

— No me digas esas cosas, Tom… — Me sujeté de sus caderas y sin penetrarle, comencé a restregar mi miembro contra su entrada. — Quiero que me partas en dos.

— No.

— ¿Por qué? — Interrogó en tonito de queja.

— Porque no. — Añadí profanando su agujerito con mis dedos. — Porque te partiré en cien pedazos. Espero que luego, puedas caminar.

Con un dedo dentro, sólo le oía gemir por más. Con dos, jugueteaba en su interior abriendo y cerrando mis dedos a modo de tijeras, tolerando sus jadeos. Y con tres podría jurar que estaba tan húmedo, y abierto que suplicaba sentirme dentro. Adosé la punta de mi polla, en su culo y sin tomar precaución le penetré lo máximo que pude.

— Ah, ah, ah… joder, joder. — Se quejó. ¿Dolor? ¿Placer? Probablemente una dosis de ambos al mismo tiempo. — Es-estás… enorme, Tom.

Moví mis caderas hacia delante y hacia atrás, sin salir de su cuerpo en su totalidad.

Y cada vez, que me ponía como un degenerado irreversible la filosofía del amor, el romanticismo, y lo que ello conlleva se adueñaban de mis neuronas transportándome —literalmente— hacia otro sitio.

Cuando cometes un acto como éste, de dejarte llevar y poner en riesgo tu intimidad, tu privacidad y la de tu pareja. ¿Quién tiene la culpa? ¿Quién es el verdadero responsable? Y no me refiero a las personas, sino… ¿El amor o quizá, el desenfreno sexual más conocido bajo el nombre de ‘pasión’? Quién sabe. Las emociones que se alojan, en el corazón del ser humano, no es más que otro caso que ni la ciencia podrá resolver.

— Te amo. — Jadeé exaltado, sudando a mares. Estiré el cuello hacia atrás, mientras mi camiseta se adhería mi piel por la transpiración. — Te amo… tanto, tanto pequeño.

Y ninguno de los dos, dijo más nada. Tras alcanzar el éxtasis, el agotamiento nos derrumbó a ambos.

— Yo a ti, mi amor. — Murmuró y le abracé recostándome sobre su espalda. — Gracias.

— ¿Por qué?

— Por hacerme tan feliz. — Suspiró, y sonreí.

Nadie, nadie será capaz de destruir tanta felicidad.

Nada ni nadie. Ni siquiera, el mismísimo satanás.

— Léelo en voz alta.

— Analizar las diferencias en los puntos de ebullición de CCL4, a los setenta y siete grados centígrados, Xe a los ciento siete grados bajo cero, centígrados; y del Ar a ciento ochenta y seis grados centígrados bajo cero, también. Destilar la sustancia para el perfume.. — El laboratorio, es casi como mi segundo hogar. Allí me siento cómodo y a gusto. — ¿Sabes, Tom? Yo he venido aquí como publicista, de modo que, creo que no seré un buen asistente. No he entendido ni jota.

— Lo he notado, tu rostro te ha develado. — Bromeé entre risitas. — Pero tú, sólo ve al armario y busca entre los frascos los elementos, de ésta lista. Y alcánzame un erlenmeyer.

— ¿A quién? — Arqueó una ceja y reí con más ímpetu.

— Un erlenmeyer. Uno de esos frascos, que tienen como un pequeño tubo arriba. — Gruñendo, revisó el armario y un estante amenazó con caer. — ¡Ten cuidado!

— Soy un imbécil. — Protestó. — Romperé todo en unos días.

Y tras voltearse, golpeó con su brazo el armario y tres tubos de ensayos cayeron al suelo, haciéndose añicos.

— ¡No! ¿No lo ves? ¡Te lo dije! — Se tomó de la frente y, se agachó a recoger los restos. — ¡Soy un gilipollas, bueno para nada!

— ¡No! Déjalos, puedes cortarte. Yo los recogeré. — Le ordené, y rebusqué entre los papeles otra tarea menos riesgosa, que pudiera realizar.— Déjalo, ven. Hazme otra cosa.

— ¿Qué? — Avanzó hacia mí, con la cabeza baja y sonreí. Me recordaba a aquel niño torpe y atontado de la preparatoria.

— Sácale fotocopias a estos contratos. Y llévale las copias a Lucy. — Conminé, extendiéndole los papeles. — No les mezcles. La máquina está en el pasillo.

— Bien. — Suspiró. — He comprendido. Estoy mareado, otra vez.

— Deberías ver a un médico, mi vida. — Sentencié muy serio. — Llevas meses, con mareos, dolores fuertes de cabeza…

— No es nada.

— ¿Seguro?

— Sí. Soy gilipollas, pero no del todo. — Besó mis labios con suavidad y se retiró.

Oh, joder. Olvidé decirle que debe ir a por los niños.

Cogí mi móvil, y sintonicé una de las estaciones favoritas, de la radio.

— “¿Acaso será cierto? ¿Thomas Kaulitz, estará en pareja con un tío? Pues eso, lo sabremos en tan sólo instantes.” — ¿Qué? ¿Y cómo lo sabían? O más bien… ¿Qué mierdas tendrían que fisgonear en mi vida? ¡Ni que fuera Brad Pitt! — “Muchos, al verle junto a éste extraño individuo han llegado a pensar que era una mujer. Pero la ausencia de pechos han demostrado lo contrario.”

Aumenté más el volumen, y me llevé los auriculares al oído.

—“Ahora, pondremos al aire algunos oyentes para que nos den su opinión. — Se oyó un silencio, seguido de un suspiro. Joder, el país hablando de mí. — Hola, soy Mariah de Berlín. Pues yo creo, que es un desperdicio de hombre. ¡Has visto lo bien bueno que está! Ojalá cambie. Él no tiene que ser marica. No claro que no.”

¿Y qué puñetas tiene que ver, si soy feo, lindo, bueno, alto o delgado, a escoger mi camino con un tío? ¿Por qué un desperdicio? Gente estúpida.

— “Hola, soy Aarón de Lübeck” — ¿Lübeck? Extraño Lübeck. — “Yo conozco a ese par de tíos. Si buscas en el Internet, el caso del niño atropellado por su pareja en dos mil seis, le encontrarás. ¡Son un par de maricones! ¡Deberían decapitarlos! Pedazos de escoria humana, hijos de put…”

Alcancé a oír a lo lejos, a la conductora pidiendo que finalizaran la comunicación.

— “¿Tenemos un llamado más? ¿Hola sí quién está en línea?” — La voz de la locutora, era muy cómica. Parecía una niña. — “Hola, Grace”.

Esa voz…

— “Pues, qué imbécil el tío del llamado anterior. Ganas de gastar saliva y dinero. Bien, ¿qué opino? Esta pareja… ha sufrido tantas cosas. ¡Nadie tiene la más puta idea, de lo mal y duro que la han pasado! Los han separado millones de veces, y si realmente, han vuelto a estar juntos… les deseo lo mejor.” — Esa voz, esa voz… le conozco de algún otro lado. — “Si alguno de los dos, tú Bill o, Tom quiero que sepan que los veré pronto, chicos. Les quiero mucho, y espero que sean muy felices.”

Me quité los audífonos algo shockeado. Parpadeé repetidamente y… lo recordé.

Andreas Wilchen — me giré otra vez — venimos de Berlín por trabajo de mi tío.

Andreas. Andreas… nos había saludado por radio.

¿Lo has hecho? — preguntó algo emocionado y asentí. Me abrazó de sorpresa — Yo los apoyaré. Jamás estarán solos. Jamás.


— Es bueno saberlo — añadí — gracias.

Ese crío tan bueno. Uno de los pocos que nos apoyaban. ¿Nos vendría a ver? Ojalá. Sería tan precioso, volver a tenerle cerca y contarle, lo felices que somos…

— ¡Soy un inútil, un bueno para nada, me he graduado de gilipollas! — Entró gritando el pequeño, y del puro susto pegué un bote. — ¡Mira, mira cómo han quedado las copias!

Me extendió los papeles y los cogí asustado.

— Hm. — gruñí intentando contener la risa. — Están algo torcidas, vale.

— ¿Algo? ¿¡Algo!? — Le abracé por la cintura, pero de inmediato intentó alejarme oponiendo resistencia. — No me tomes el pelo, Tom.

— Cálmate. Has comenzado hoy. — Besé su cuello con calma, y sentí como se relajaba en mis brazos. — Si quieres, trae un café para los dos. En un rato, debes ir a por lo niños.

— Oh, cierto.

— Te amo, cabrón. — Bromeé dándole una palmada en el culo y se retiró.

De repente, un fuerte dolor en el pecho me hizo titubear. Mis rodillas, advirtieron con hacerme perder el equilibrio y mi respiración se hizo dificultosa. ¿Qué coño…?

Mi corazón. Mi corazón perdía poco a poco, las ganas de latir. La fuerza para palpitar. Algo sucedía a mis espaldas, alguien… me hacía daño en silencio.

Una sensación de ahogo, de desesperación. Algo no andaba bien…

— Mi amor, no sabía cuánto de azúcar ponerle porque una de las muchachas me ha dicho que… ¿Estás bien? — Ante mi silencio, me tomó del rostro obligándome a mirarle. — Cariño, ¿qué tienes?

— Nada, Bill. Nada.

— ¿Me has llamado Bill? — Mi mirada, fusionó con la suya. Joder. — Algo te sucede.

— ¡Nada! ¡Nada! — Para mi sorpresa, me abrazó con ternura y ese apretón en mi pecho, alivió la dosis dolor. — Ve por los niños, ¿vale? No te preocupes por mí.

— De acuerdo. — Unió nuestros labios, y no dudé ni un instante, en besarle con ahínco para buscar paz. Sus besos, eran la mejor medicina. — Tómate el café. Te amo.

— Yo a ti. — Suspiré y le vi salir. Cogí la taza, y al beber un poco como un reflejo tuve que escupirlo todo. — Qué asco.

Lizzie…

Ritter…

Mis hijos. Mis niños…

Nadie sabe cuan fuerte son los presentimientos de que algo funciona mal con tu hijos. Nadie conoce lo que es ser padre. ¿Quieres conocer por qué me duele tanto, este extraño sentimiento? ¿Quieres comprenderme?

Sabrás lo que es ser padre cuando comprendas que el fruto de tu sueño es ahora una realidad palpitante, conocerás la dicha de ser padre cuando entiendas que tu sueño ya jamás será completo, cuando sepas del llanto de la madrugada, de tus largas ojeras y la satisfacción de ver al nuevo ser tranquilamente dormido, aunque tú no lo puedas hacer. Únicamente sabrás lo que es hacerse padre cuando radiante pasees a tu hijo en su dorado cochecito, le hables aunque sepas que no te entiende aún y lo veas descubriendo asombrado cada pequeña cosa que constituirá su primera lección de filosofía.

Sabrás lo que significa ser padre cuando en la noche corras por esa medicina que necesita para aliviar su fiebre, cuando de puntillas te acerques a su cuna a escuchar su respiración, acompasada y feliz, cuando por primera vez te diga papá, ría cuando lo lances al aire y no sienta el peligro porque tú le das seguridad con tu sonrisa, cuando le impulses a dar sus primeros pasos. Sabrás la maravilla que posees cuando lo lleves por vez primera al jardín de infantes y veas sus ojos llorosos porque no quiere separarse de ti y sientas el alma adolorida al alejarte dejando. Cuando te muestre sus primeros garrapateados dibujos, que comparados con los de Picasso te causan mil emociones más fuertes. Y sobre todo cuando se abrace a ti, tomando tu mano simbolizando con ello la confianza de tu fortaleza, que le dará seguridad en su andar. Comprenderás la maravilla que Dios te concedió, cuando te rete con sus primeras preguntas — ¡menudas preguntas algunas!— y de momento no sepas cómo contestarlas, cuando le ayudes a escribir la carta a Papá Noel.

Y en el futuro, aprenderé a lidiar con tantas cosas… con tanto dolor.

Tendré que soportar los reclamos inesperados, y el deseo de independencia. El día que me dejen de acompañar, porque sus amigos los esperan y sienta que mi corazón se estremece, porque el día llegó antes de lo que pensaba y sienta profundamente que así debe ser. O quizás cuando mis hijos tengan que partir para estudiar en otro lugar, o a un trabajo distante y la nostalgia consuma las horas que antes feliz disfruté en su compañía y quizás sea el teléfono o el Internet la lejana liga que me une a ellos. Y sobre todo cuando alguien venga y los lleve de mi lado para perseguir otro arco iris, el de su propia vida, compartida con alguien a quien amará y deberé aceptarlos, porque esa es la ley de la vida y mis niños me han sido, solamente prestados por un tiempo.

Sé que cuando eso ocurra, tendré al pequeño a mi lado. Juntos seremos muy buenos padres, y ese es mi único alivio en este momento.

El móvil vibró sobre la mesa. Pestañeé seguidamente saliendo de mi transe.

Una llamada entrante de: Pequeño.

— Hola, ¿pequeño? ¿Qué sucede?

— Tom, joder, no entiendo que ha sucedido… — lloriqueó del otro lado.

— ¿Estás llorando? — Los nervios, comenzaban a tomar posesión de mi alma. — ¿¡Bill!? ¿Qué coño ha pasado?

— Los niños, Tom. Los niños.

— ¿Qué ha pasado… con… con mis hijos? — Millones de lágrimas se acumularon en mis ojos. Mi pecho se encogió y el dolor, se expandió por todo mi sistema envenenándome.

— No están.

— ¿Q—qué? — Dije en un hilo de voz. — ¿C—cómo que no están?

— Los niños… los niños… ¡Han desaparecido!

En ese preciso instante, un frío me envolvió entre sus brazos. Y una parte de mi vida, entró en estado de coma.

Me han arrancado un pedazo de mi corazón.

& Por Nick &

‘Maldito, maricón hijo de puta’ son las primeras palabras que se manifiestan cada mañana al despertar. Preso de la ira, cómplice del odio y malvado a la hora del amor, así me considero a mí mismo; un tipo obsesivo, posesivo, algo desquiciado pero con la meta de alcanzar todo lo que me propongo, y no descansar hasta obtener la victoria, y disfrutar de ella. Poseedor de los siete pecados capitales por culpa de un niñato que hace cuatro años, activó a flor de piel mi lado más ofuscador. Gula, marcada por el consumo excesivo de manera irracional o innecesaria, la gula también incluye ciertas formas de comportamiento destructivo. ¿Quién se atreve a negar, que amo pisotear hasta eliminar de la existencia personas que no valen la pena, ser merecedores del oxígeno y dueño de la luz del día? Nadie. Lujuria considerada como el pecado producido por los pensamientos excesivos de naturaleza sexual. ¿Acaso, no es pensar en aquel frágil cuerpo sudando, gritando, gimiendo, rogando… como una perra en celo, aquella figura cachonda y deseosa que no deja de susurrar: ‘Más, más, más’? ¿Acaso, no es el primer pecado que cometí al conocerle? Sí. Dejarme caer en la puta tentación.

La avaricia es —como la lujuria y la gula—, un pecado de exceso, aunque aplica sólo a la adquisición de riquezas en particular. Me considero un fiel practicante, un único pecador. Está en mi sangre, el desear ser poseedor de todos los bienes, ser destacado y nombrado un tipo de bien. ¿Por qué crees que me aferro a la señora Kattie, ah? Para tirarme a la vieja, una vez a la semana y robarle algunas de sus más preciadas joyas. Sí, me tiro a la madre del enemigo. Me la follo, hasta hacerle suplicar que me detenga, tantas veces como años posee.

La pereza, no es más que otro vicio capital ya que generan otros pecados, si bien antiguamente se la denominaba acedía, concepto más amplio que tenía que ver con la tristeza o la depresión. ¿No me asocias a ésta falta? Pues créase o no, antes de conocer a Bill era mi peso más fuerte. Claro, que no contaré mi pasado. Ya no forma parte del señor de Imon.

La envidia se singulariza por un deseo insaciable. Deseo: Quitarle de las manos, al químico hijo de puta, a mi niño. ¿Insaciable? Claro. Él es mío, mío. Mío o muerto.

La ira es un sentimiento no ordenado, ni controlado, de odio y enojo. Mi fiel compañera cada mañana, aquel fulgor interno que quema y arde en mi pecho, cada vez que le veo. El deseo de apretar su cuello, hasta dejarle sin respiración. El placer que obtendría al enterrarle vivo, patear su cabeza. Verle morir.

Y por último, la soberbia. El original y más serio de los pecados capitales, y también la principal fuente de la que derivan los otros. No es más que el deseo por ser más importante o atractivo que los demás, fallando en halagar a los otros.

Según la Biblia, este pecado es cometido por Lucifer al querer ser igual que Dios. ¿Quién es Lucifer? ¿Quién es Dios? ¿Quién es el alma, que se debate entre el cielo y el infierno? ¿Quién se encuentra perdido, entre el bien y el mal?

La bondad no es mi fuerte. La solidaridad, mucho menos. ¿Acaso Thomas, encarna a ese ser bondadoso y caritativo; deseoso de salvar la inocente alma, de un niño en pena? ¿Y yo, el demonio que ansía poseerle por completo? Ninguno puede vender, su alma a Dios y a Lucifer. Así que, Billy, ve escogiendo… Porque yo, no pienso rendirme.

— Ya. — Dijo una voz a mi lado, y apagué el estéreo de mi coche. Le miré de reojo, con una sonrisita altanera y abrí la puerta del lado del acompañante. — ¿Has llamado a tus socios? ¿Estás completamente seguro, de que nadie sospechará de mí?

— Ay, ay, Kattie, Kattie. — Suspiré volteando mi cabeza suavemente y rodeé sus hombros con mi brazo. — Tú no tienes ni la puta idea de con quiénes están tratando, tía. Mi prontuario está hasta la hostia de estafas, secuestros. Ni hablar asesinatos. Tú déjalo en nuestras manos.

— ¿De dónde has salido tú? — Interrogó con aires de desconfiada y, regresé mis manos al volante.

— Las abuelas no revelan el secreto en sus platillos. — Sentencié dándole marcha al motor. Aceleré sobresaltándola y di marcha atrás. — Yo, no revelo mi pasado. Jamás confesaré mis secretos.

— ¿No nos dirás, cómo es posible que seas tan atractivo?

Vieja zorra…

Aceleré a fondo y me coloqué las gafas oscuras. Me aferré al volante con saña. Y así, como el suicida ve su vida antes de decidir morir, mi mente procesó en cientos de imágenes diferentes, los cuatro años junto a Bill. Meses de tortura, días y noches intentando comprenderle, discusiones, golpes, sangre. Deseo, placer, odio. ¿Amor? No, una obsesión mortal.

Grita, patalea, llora, siénteme.

Oh sí. Ahora desearás siquiera, no haber nacido. Tú, y ese mal parido se arrastrarán y sus rodillas sangrarán pidiendo un poco de compasión; pero no estará en mis planes detenerme.

Por favor, por favor.

Me ponía a mil, cada vez que con esa carita de corderito inocente lloriqueaba, envuelto en clemencia y dolor.

Eres una puta maricona — reí con menosprecio aumentando la velocidad, sólo para herirle. — ¿Y qué les gusta a las mariconas? ¡Correcto! ¡Que les den por culo!

Por favor.

No te amo, Bill. Te odio, te odio con cada micropartícula que alberga en mi ser. Que quede claro, que si no te he follado sin condón para contagiarte de este bicho mortal, no es porque te quiera; sino porque mereces vivir muchos años más para sufrir. Vas a sufrir… Voy a asecharte, inclusive después de la muerte. Voy a cobrártelas el doble. Lo juro.

Además, te encargaré de que cotices, las veces que me he sentido humillado por culpa de tu bonito culo.

Le quieres… le quieres, claro le quieres. Le quieres y por ello, ya no te soy útil. ¡Él jamás te visitó! ¿Comprendes? Nunca le ha importado si morías o no.

Aquellos pocos minutos, en los que sentí que yo era quién se arrastraba para chupar una polla.

Soy testigo de la promesa. Por mi parte no le diré que has venido aquí cada noche y me encargaré personalmente de hacerle feliz. En cuanto salga de peligro, te despides. Antes de que despierte, por supuesto — añadí de inmediato — Si no recuerda…

Si no me recuerda, será mejor. Soy el puto responsable de todo, de no ser por mis padres que pagaron una fianza estaría en la cárcel.

Tú. ¡Tú, maldito hijo de perra! También voy a cobrártelas a ti.

Tu madre, aquella que te salvó el pellejo, es ahora mi mano derecha.

Sí, aquella mujer que maldecía al Destino por obsequiarle un hijo maricón, hoy se convierte en ciervo del mismísimo diablo. ¿Cómo la ves?

— No me tardaré. — Sin darme cuenta, me había detenido frente al jardín de infantes, del cual mi propia madre era dueña. De repente, aquel órgano sin vida sufrió pequeñas convulsiones. Un cosquilleo de la pura satisfacción. Mi envenenado corazón, bombeaba con fuerza, y distribuía por todo mi cuerpo esa sangre sucia. — De todos modos soy su abuela.

— De acuerdo. — Murmuré entre dientes, comenzando a remover las cosas de mi guantera, buscando aquella gorra de lana negra agujerada, que ocultaría mi rostro como si fuera un maleante, un ladrón. Un vivo delincuente.

Cuando quieres jugar una partida, no debes improvisar. Sólo saber, que cuando te joden dónde más te duele… date por seguro el perdedor.

Thomas Kaulitz, he descubierto tu punto débil. Ante tus ojos, verás como se les desmorona esa familia feliz. Destruiré tu mundillo de colores con un dedo, porque ahora tus pequeños hijos están en mis manos.

Sonreí de medio lado, mirando mis propios ojos por el retrovisor.

— ¿Abuela? ¿Dónde nos llevas? — Gritó uno de los críos. El niñato.

— ¡Abuela! ¡Me arrancarás el brazo! — Agregó la niña.

Para mi suerte, o mi desgracia los niños son el puto recalco de Thomas.

El placer de oírles llorisquear, fue casi infinito. Kattie les metió casi a empujones, abrochó los cinturones y los niños patalearon rogándole que le dijera dónde les llevaba. Al infierno, al infierno pequeños. ¿Se han despedido de papi Tomi en la mañana? Pues, espero que lo hayan hecho, porque es probable, que fuere la última vez que le vean.

Tomé de la guantera un pequeño botellón, y un retazo de gasa esterilizada. Le mojé con una buena cantidad y luego me volteé cabreado: — O se callan, o les callo. — Gruñí entre dientes, impregnando con aquel somnífero sus diminutas narices.

— Nick… — Tartamudeó Kattie, al ver como sus nietos se desplomaban sobre los asientos traseros.

— Tranquila, sólo les dormí. — Le informé retomando mi postura anterior, al volante. — No tolero la voz de los críos. Juro que me pone de los nervios. ¡Ya comienza a dolerme la cabeza! Mejor así, bien calladitos. ¿Prefieres que les duerma, o que les corte la lengua?

Ella permaneció en silencio. Tal vez, creía que bromeaba. Pero no, iba muy en serio.

Reemprendí mi rumbo hacia la carretera, conociendo perfectamente nuestro destino. Ella, volvía la cabeza de vez en vez con aires de preocupación, para corroborar que sus nietos respirasen. Volví a encender el estéreo, sintonizando alguna estación que me informara.

— “Y así es, al parecer ya es un rumor confirmado. Le han visto de la mano con un tío muy guapo, y a los besos en la playa del estacionamiento, esta mañana.” — Dijo la locutora, y activé mis radares para oír con atención. — “Es una pena. Es uno de los científicos más codiciados. ¿Verdad?” — “Sí. Casi como un famoso. Pues, Tom… ¡Que seas muy, muy feliz!”

— ¿Están hablando de mi hijo? — Cuestionó Kattie de repente.

— Sí, y de Bill.

— Malditos maricas. Deberían morir. ¡Deberían matarles, a todos!.

Molesto, cambié la sintonía y tras ello, ninguno de los dos mencionó palabra alguna.

Por fin. Sí, la venganza estaba completamente asegurada. La venganza es dulce, sabrosa, dejando un placer duradero en nuestro interior. O quizá, depende como le veas. ¿Venganza o Justicia? La justicia es la venganza del hombre social; y la venganza, es la justicia del hombre salvaje. Y yo, yo soy una bestia; un animal sin razón. A quién le gusta dejarse llevar por el puto instinto. En síntesis, la venganza es el manjar más sabroso condimentado en el infierno; y yo soy el cocinero de este juego. Yo abarco todos los sitios. En este ajedrez, soy el rey, la reina y los peones.

Unos cuantos minutos conduciendo hacia los barrios bajos, y me detuve en un edificio en construcción, que jamás fue terminado. Sólo poseía escaleras de material, suelo, y techo. Ni siquiera poseía paredes.

— Qué asco de lugar. — Se quejó Kattie. — ¿Hace falta, que te acompañe?

— Sí. Siempre y cuando desees conocer a mis socios. — Respondí, bajando con prisa de mi vehículo para cargar a uno de los niños. — Coge a la niña, y sígueme.

Tras la orden, como una sirvienta lo hizo de inmediato. Ritter, si mal no recuerdo su nombre, gruñó en mis brazos y suspiró entre sueños. Comencé a subir poco a poco los escalones con el objetivo de ascender hasta uno de los últimos pisos. Alcanzaba a oír, las claras quejas de la vieja y eso, me cabreaba. Me cabreaba, aún más.

— Te quiero papi… — Habló el niño, y alcé una ceja sorprendido. — Papi Bill.

Sería hijo de puta…

Al llegar a la planta correspondiente, noté una pequeña colchoneta sobre el suelo.

— Acuéstale ahí. — Exigí señalándole con el dedo. — Los muchachos, deberían de estar aquí. Pero seguro, fueron a por las sillas y las cuerdas para amarrarles.

— ¿No es demasiado?

— ¿Deseas retractarte? — Miró a los niños y negó con la cabeza. — Nunca será demasiado, con dos maricones de por medio. Eso, me lo has dicho tú misma.

— Tienes razón. — Me quité el saco, enardecido por los nervios. — ¿Y ahora qué? ¿Qué haremos? ¿Qué diremos? ¿¡Qué sucederá con los niños!?

— Cálmate. — Susurré. — En primer lugar, debes esperar a que ellos percaten la ausencia de los niños. Luego, le torturas unas horas y dejas que se maten pensando, intentando analizar lo sucedido. Mañana o tal vez, pasado les haré un llamadito. ¿Vale?

— De acuerdo. — Añadió no muy convencida. — ¿Y yo?

— Tú dirás, que no sabes nada. Debes hacerles creer, y creerte tú misma que no conoces la situación. — Asintió y busqué sus labios. — Luego, podría darte un premio.

Tomé una de sus manos, y la restregué contra mi entrepierna.

— Oh…Okay. — Gimió de gusto.

Sería vieja puta.

— Buenas tardes. — Corearon dos voces al mismo tiempo, y me volteé con una amplia y orgullosa sonrisa.

Allí estaban. Unidos como siempre. Dispuestos a todo por mí. Dóciles ante mis servicios. ¿A cambio de qué? ¿De dinero? No. A cambio de sexo duro, a cambio de mi polla. Guapos y amariconados como lo habían sido siempre.

— Aquí, tienes las cuerdas y las sillas. Son pequeñas. — Habló Yuki. Mi mitad. Sí, él y yo poseíamos una maligna conexión. Él era el responsable de los penares del “pequeño”. El jodido japonés. — Espero que sirvan, parecen resistentes.

— Además, son sólo niños. — Me sentía jodidamente feliz. Por fin, había llegado mi hora, mi participación.

— ¿No piensas presentarme ante tus amiguitos, Nick? — Rió Kattie nerviosa.

— Oh, pero qué mal educado. — Agregué con soberbia. — Kattie, él es Yuki ex compañero de Bill. Primo y amante de mi persona. Así de inocente como le ves, ha sido mi cómplice durante muchos años en cada una de mis locuras.

— Un gusto, señora Kaulitz. Es usted toda una belleza. — Serás hijo de puta, chino.

— Y él… es mi ángel oscuro. Sí, mi pasivo preferido. — dio un paso al frente con esa sonrisa tierna y dulce. — Él, conoce lo justo y necesario a Bill. Ha sido su fiel compañero. Pero… ha sido amigo desde mucho antes. Incluso, soy yo quién le ha traído desde el extranjero. Kattie, él es Mateo dos Santos.

— Un placer, Mateo. — Sonrió la zorra.

— El placer es mío, señora.

Mateo, el chino y yo, nos miramos sonrientes.

— Todo sea por el culo de Bill. — Rió Yuki, colocándose la gorra negra.

— Por el maldito maricón que nos ha despreciado hasta el cansancio. — Continuó Mateo, imitando la acción de cubrirse su rostro bajo la tela de lana oscura.

— Maldito el día en el que has nacido, Bill Trümper. — Finalicé cubriéndome la cabeza. Juntamos nuestras manos en el centro y juraría, que el aroma a triunfo penetró por mi nariz.

Tres demonios hoy se unen en contra de Dios y su pequeño ángel.

Belcebú, Leviatán y Lucifer se han reunido en su contra.

Estás muerto pequeño…

Continúa…

por Ignacio Pelozo

Escritor del Fandom

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