Profesor 22

«Mi profesor de química» Temporada 2

& Capítulo 22 &

& Por Bill &

Malas personas hay en todas partes. Desde traidores, embusteros, hipócritas, mentirosos; hasta ladrones, violadores, secuestradores, asesinos. Algunos con justificación, otros quizás no. Todos en algún momento de nuestra vida, así haya sido un mísero segundo, hemos sido malos. ¿Pero quién, más que el mismísimo Demonio, es capaz de jugar con la vida de criaturas inocentes? ¿Quién sería capaz de poner en repertorio a dos ángeles? Esa es la condenada pregunta, que parece no tener otra respuesta más que un incógnito: ¿Quién? ¿Quién se los ha llevado?

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— ¿Tom, amor, sigues ahí? — Lloriqueé desde el otro lado del teléfono. — Tom…

Nada. Oí un fuerte estruendo y unos gritos. Casi pude ver como dejó caer el teléfono, se tomó de la cabeza y empezó a golpear las paredes, gritando: ¡No! ¡Ayúdenme! ¡Ritter! ¡Lizzie! ¡No, no, no!

Mierda… Corté la comunicación. Y miré a mi alrededor. Mi cuerpo temblaba, sentía un frío desde mi cintura hasta la punta del cabello y mis piernas, no respondían. Todo comenzó a girar muy rápido, y mis párpados se abrían y cerraban velozmente, botando lágrimas sin cesar. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué debo hacer? Pensar. Piensa, Bill. Piensa.

Pues, en este caso yo sería algo así como la princesa. Y el malo… hm me ha hecho daño. Pero su padre, me ha salvado. Y por eso, vendré a vivir con ustedes.

Y viviremos felices por siempre. — Suspiró Lizzie abrazándome las piernas. Sonreí deseando que las profecías de los cuentos fueran reales, o por lo menos no tan ficticias. — Comiendo lombrices.

Perdices. — Le corrigió su hermano.

Esos pequeños, ese par desenfrenado se había convertido en mi familia. Prácticamente, habían sido ellos los partícipes de mi reencuentro con su padre. Mis hijos, y la razón de vivir de mi viejo. Debo hacer algo, tengo que… ¡Un momento!

He venido por…


— Por un empleo de maestro — Le miré sorprendido, ¿de dónde había sacado tanta información? — Bien, no necesito referencias sobre ti. Ya las tengo todas.
Me guiñó un ojo, y Nick rodeó mi hombro con su brazo. 


— Es mi madre — dijo el grandísimo idiota, y casi me caigo de culo al suelo. — Madre, él es Bill Trümper.


— Bien, señor Trümper queda usted contratado.

Sonreí victorioso, como si en mis manos tuviese la llave que abriría las puertas. Aquellas enormes puertas oscuras, que situaron ante mí el día que me alejaron de Tom. Las puertas a la felicidad. Aquella maldita entrada que si bien he logrado atravesar, jamás he podido quedarme detrás de ella.

— ¡Ábreme la puerta! ¡Abran la puta puerta! — Comencé a gritar desvariado, aferrado a las altas rejas, sacudiéndoles con las pocas fuerzas que poseía mi cuerpo. — ¡Qué abran, joder!

Un par de maestras cuchichearon entre sí, mirándome de reojo.

— ¡O la abres, o la salto, eh! — Advertí alzando una pierna y un par de niños, rompieron a reír. Jesús, que me da algo. ¡Qué estoy desesperado! Puta madre.

— ¿Otra vez, señor Trümper? — Sonrió la madre de Nicholas, caminando sosegadamente hacia mí. — Ya le he dicho, que los mellizos han sido…

— ¡Y una mierda! ¿Con permiso de quién, ah? ¿Quién les ha retirado? — Le interrumpí echando a llorar en su cara. Un llanto abisal, que impedía que el tono de mi voz sea fuerte y claro. — ¿Quién se los ha llevado?

— No lo sé. — Respondió casi sobre mis palabras. — No lo sé. A ver, déme un momento.

Asentí resoplando. Es imposible, alguien tiene que haberles visto. Me dio la espalda y una muchacha, morena de cabello largo negó con la cabeza repetidamente. — ¿Los hijos de Kaulitz? — Se oyó una voz masculina. ¿Y ese quién coño era? Intenté verle el rostro, pero fue inútil. Estaba detrás de los arbustos, y sólo podía divisar sus manos portando un pequeño rastrillo. Hm, probablemente era el jardinero. — Se los ha llevado una mujer.

— ¿¡Una mujer!? — Grité esperando que el tío me oyera, ya que no podía verle. — ¿Cómo era?

— No logré verle bien. — Me contestó sin exponerse. Genial. Encima de gilipollas, ciego. — Tal vez su madre.

— No tienen. — Respondí por inercia. Sequé el rastro de lágrimas con mi puño y respiré profundo. Un instinto paternal, acogió mi pecho. Esto no iba a quedar así. No, claro que no. — A cuanto le pase algo a uno de los niños… ¡A cuanto a uno de los dos le falte un cabello, o en su piel, marquen un mínimo rasguño; les haré responsables! Y a ti…

La señora de Imon me miró cruzándose de brazos. Le señalé totalmente fuera de mis casillas.

— ¿¡Qué mierda sabes tú de responsabilidad!? Haré que te cierren el puto lugar. ¿Qué coño sabrás tú de niños, si el tuyo te ha salido un gilipollas total? Tu niño no es más que un… poco hombre. ¡Y no por el hecho de que le gusten las pollas! No… Sino porque es un hijo de puta, abusivo. — Abrió la boca de par en par y antes de oír su respuesta, eché a correr. Esto huele mal, esto… apesta.

Volví a coger el móvil, mientras emprendía mi paso hacia la oficina. Debía hacerle compañía a Tom. ¡Jesús! Iba a volverse loco.

El número con el que usted intenta comunicarse — Joder.

Probé innumerables veces, incluso cogí un taxi para acelerar el paso, pero nada. Miraba hacia ambos lados, esperando verles y encontrarles pero fue estúpido. Ni un efímero rastro de los pequeños en toda la ciudad. ¿Una mujer? ¿Qué mujer…? Sino fuera porque Jessica ha muerto, pensaría que podría haber sido ella… Porque Jessica, está muerta. ¿Cierto? Voy a enloquecer, debo pensar. Debo analizar la situación con cautela. Siempre se me ha dado bien, resolver problemas y enigmas.

— Jovencito. ¡Eh, chaval! — El tío que conducía, ahuyentó mis intentos de hipótesis y me extendió la mano. — Veinte euros.

— ¿¡Veinte!? — Alzó los hombros, y suspiré. Tomé de mi bolsillo los billetes, y dejándoselos en la palma de su mano, bajé. Aunque intentase pensar, una imagen destrozada de Tom impedía el trabajo. Noté tres patrullas en el estacionamiento y los vellos de mi brazo se erizaron. Joder, sí que apesta. Las luces azules, parecían girar y cegarme. Una mujer policía hablaba por radio desde uno de los verdes vehículos.

— Dos niños, el sargento le está tomando descripción al padre. Es complicado, dado que Kaulitz es una persona conocida, puede ser hasta de quién menos se sospeche. — Dijo ella, y se volteó a verme. — Están esperando a interrogar a la nueva pareja.

Oh no… Caminé rápidamente hacia las escaleras, tenía que hablar con Tom. ¡Debía decirle que una mujer le había arrebatado a sus niños! Pero otra vez…

De golpe, todo comenzó a girar de un lado a otro, amenazando con apagarse. Estos mareos, me traen de los nervios… Ha de ser el estrés.

Sosteniéndome de las barandas, subí hasta el piso correspondiente.

Noté pequeños puntos negros en todas partes. Un fuerte pitido me obligó a llevarme ambas manos a los oídos y la cabeza comenzaba a pesarme. ¿Qué pasa?

— ¡Bill, Bill! — Gritó Lucy corriendo hasta mí, y tras sentir un frío sudor recorriéndome, me desplomé sobre su cuerpo. — ¿Bill estás…?

Cepillaba mi cabello frente al espejo de la sala. Había pensado en lo jodidas que se transformaron las rastas, en lo incómodas y sucias. Definitivamente, la conclusión sería cortar el cabello. Y quitármelas, claro. El problema, es que se cae de sobremanera. Tom, me ha dicho que es normal, que es cosa de la época. ¡Es más! Ha mencionado a la berenjena, pero viniendo de él no sé si es una chorrada, o hablaba en serio. A mí, me aterra. Jamás me he quedado con tantos cabellos en la palma de mi mano al ducharme, o simplemente al recogérmelo todo en una coleta. ¿Debería ver a un médico?

Billy — Habló una dulce voz a mis espaldas. Mi hermana y yo, queremos hablar contigo.

¡Amor, la cena está lista! Gritó Tom desde la cocina.

Ahora. Tiene que ser ahora. Susurró en un tono cómplice e inocente. Papá no tiene que saberlo. Lizzie, ven.

Ambos se situaron frente a mí y les miré sin comprender. La pequeña codeó a su hermano, incitándole a comenzar a hablar. Y como respuesta, recibió otro codazo. Al cabo de un rato, acabarían a los golpes.

Bien, les escucho. Murmuré arrodillándome ante ellos. — ¿Qué necesitan decirme?

Bueno pues ¿No le dirás a papá cierto? Genial, dos críos comenzaban a asustarme. ¿De qué iban? Negué con la cabeza, sonriéndoles.

Mira que sino, va a enfadarse mucho. Añadió Ritter. Asentí, sin perder la sonrisa, y se situaron a mi lado. El niño a mi izquierda, y su hermana a la derecha. Casi al mismo tiempo, rodearon mi oreja con sus pequeñas manos y al unísono susurraron: Te queremos mucho, papi.

Un cosquilleo subió desde mi espalda baja, hasta mi pecho abrazándole con furor. No supe clasificar, si había sido producto del susurro o tal vez, de la emoción de oírles decir eso. Su tono tan inofensivo y sincero tocaba una a una, las fibras de mi corazón.

Y yo a ustedes, les amo. Les amo mucho. Dije para luego, abrazarles con fuerza hasta apretarles contra mi cuerpo. ¿Cómo explicar, que para mí, eran mis hijos? Míos.

Con que abrazo familiar, y no me invitan, ah. Allí estaba en el umbral de la puerta, cruzado de brazos. Él. El único capaz de hacerme tan feliz. Les castigaré por ello.

Ah, ¿si? Reí alzando una ceja, y los niños se escondieron detrás de mí. A ellos no les tocas ni un pelo, eh.

Se abalanzó contra nosotros, y en sus brazos nos atrapó a los tres. Sus risas eran música para mis oídos, una dulce y bonita melodía que me llenaba el alma. El Destino, comenzaba a devolverme la familia que me había quitado.

— ¿Pequeño?… ¿Estás bien? — Pude oír la voz de Tom, luego de que un fuerte olor penetrase a través de mis fosas nasales. Suspiré sin abrir los ojos, y llevé una de mis manos hasta mi frente. Que me duele la cabeza, maldición. — ¿Mi amor?

— S-sí. — Siseé sin moverme. ¿Dónde estoy?

Podía oír muchas voces, que sólo me taladraban aún más el cerebro.

— Déjelo, que se recomponga. — Habló Tom, y escuché como unos pasos se adentraron en dónde estábamos. Permanecí con los ojos cerrados, la luz es un puto fastidio. — Sinceramente, no es que sospeche de alguien en especial. No entiendo, quién se metería con un par de niños que no superan el metro y medio del suelo.

— Tal vez, alguien que comprenda el valor sentimental que sus hijos tienen para usted, señor. ¿No cree? — Cuestionó un tipo. Parpadeé seguidamente, y le vi. Iba de negro y en su espalda decía… ‘Policía’. ¡La policía!

— Tom, Tom, Tom… — Le llamé desesperado, y me reincorporé sobre le pequeño sofá. — Una mujer, ha sido una mujer.

— ¿Qué dices? — Rió nervioso sin dejar de mirarme. — ¿Quién te ha dicho eso? ¿Cómo lo sabes? ¡Respóndeme!

— La directora. O no, el jardinero. O… mierda, uno de ellos. — Siempre que me altero, comienzo a mover las manos de un lado a otro. — Han dicho, que una mujer les retiró. Pero que no lograron ver cómo era.

Uno de los policías —que era más joven, guapo, alto y de cabello rubio— comenzó a tomar nota de cada una de las cosas que Tom o yo, decíamos. Mientras que el otro, hablaba por radio cogiendo, en su mente, cada posible pista.

— Oigan, muy bien. — Dijo uno de ellos. — Debemos esperar.

— ¿¡Esperar!? ¿Esperar qué? — Gritó mi viejo con el corazón en un hilo. De inmediato tomé su mano, apretándole con suavidad para transmitirle seguridad. — Ya.

— Es altamente probable que reciban un anónimo o llamado. En caso, de que sea un llamado, deben prolongarlo. Así, nosotros podremos obtener datos y rastrear de dónde ha sido efectuado. — Ambos asentimos abatidos. — Mientras tanto realizaremos la búsqueda, ante cualquier dato les llamaremos. Así también, si hallan algo sospechoso o fuera de lugar, adviértannos de inmediato.

— Entendido. — Suspiró Tom. — Sígame así le entrego la fotografía de los pequeños.

Sin mirarme, liberó mi mano y seguido del policía abandonaron la oficina. El agente más joven, me echó un vistazo de arriba abajo sin disimulo. Me sentí cohibido…

— Eh, ¿tu qué? — Le chisté molesto y negó sonriente. ¿Y éste? ¿Qué le pasa?

— Agente Sifferman, diga. — Dijo de repente, y le miré. — Malas noticias, agente.

El corazón se me encogió al oír el tono tenso, de aquella voz, del otro lado. Sin dejar de ver mi móvil con disimulo me dispuse a oír.

— ¿Qué sucede? ¿Alguna noticia? ¿Sospechoso? ¡Habla, tío! — White. White está prófugo. — Bleh, eso lo sabía. Desde el dos mil seis, el muy jodido escapó de prisión. ¿Y eso qué? — Hay sospechas de que ha cruzado la frontera. — No jodas. ¿White? ¿En Alemania? No es posible. — Deberíamos postergar el caso Kaulitz. Con un loco como ese, más de un maricón va muerto… — ¿Y si tiene algo que ver? Si… el innombrable… Mejor ni lo pienso.

¿White? ¿El innombrable? ¿Y ese quién puñetas es?

— Vámonos agente, hay mucho que hacer. — Dijo el señor al cual Tom había acompañado, y el tal Sifferman cortó la comunicación atemorizado y le siguió. Hm., qué extraño.

— Espero que mis niños estén bien. — Tras cerrar la puerta, le abracé por la espalda, acariciando su pecho y me tomó de la mano, entrelazando nuestros dedos. — Me muero si les pasa algo.

— Tranquilo, Tom. La policía hará su trabajo. — Fingí calma, pero lo cierto, es que yo también moría segundo a segundo de los putos nervios. Del jodido miedo. — Todo saldrá bien.

— ¿Tú como te sientes? ¿Por qué te has desmayado? ¡Menudo susto, me has dado! — Se giró tomando entre sus enormes manos, mi rostro. — ¿Estás enfermo? No te veo bien.

— Estoy cansado, preocupado y… algo estresado. Es todo. — Sonreí intentando convencerle.

— Deberías visitar a un médico.

— No empieces… — Me quejé tomando distancia. — No pongas excusas para decirme que me veo feo.

— No digas chorradas.

— Vamos a casa, antes de que te golpee. — Bromeé volviendo a abrazarle. Y confiemos, en que todo estará bien. Esta pesadilla pronto pasará.

Porque tiene que pasar. ¿Cierto?

& Por Nick &

‘Tengo hambre’ repetían el par de mocosos cada cinco minutos. Yuki y Mateo, deberían de haber llegado hace —exactamente— quince minutos con la jodida pizza. Apuesto a que se han quedado por ahí, o comiéndose mi cena o follando. Mmm, la última resulta más razonable.

— Quiero ir con mi papá.— Susurró el niño, y alcé la mirada furioso. Comprendiendo el mensaje, guardó silencio una vez más.

Quiero ir con mi papá…

El viejo televisor, transmitía el partido de fútbol americano que como todos los sábados él se sentaba a ver. A su lado, en aquel roto sofá, yo, su único hijo le miraba de vez en vez. Polvo, silencio y pobreza lo eran todo. Todo y nada.

¡Amanda aún espero mi cerveza! — Gritó a toda voz, y como una orden al instante su mujer con la cabeza baja le extendió la botella. Aquella mujer, era tan sólo la sombra de lo que había sido mi madre. Mi mami. — Ahora, puedes largarte.

Oye, Jack… yo quería preguntarte si no tienes diez libras. — Murmuró por lo bajo, y él carraspeo. Mamá y papá, siempre se han tratado como amo y esclava. Él decía, que eso era ser macho. Pero a mí, me desagradaba.

¿Diez libras? ¿Ya te has quedado sin dinero? — Cuestionó golpeando el brazo del sofá, y un poco de cenizas se esfumaron con el viento. — ¿Para qué?

El niño cumple once años mañana. Y yo pensaba que… — Papá comenzó a descojonarse de la risa y me miró con soberbia. — Jack… ¿Tienes?

¿Diez libras? ¿Para éste chiquillo insolente? ¡Diez patadas le daré por fastidioso! — Me tomó entre sus brazos, y sabía que nuevamente iba a golpearme. Siempre lo hacía. Papá era así. Y así le quería, así le idolatraba.

¡Suéltalo, suéltalo! — Gritó mamá echando a llorar, mientras él desajustaba su cinto y alzaba mi camiseta alistándome, para azotarme. — Déjalo, Jack, olvídalo… Déjalo, deja al niño, por favor.

¡Ustedes no hacen más que tocarme los huevos, las veinticuatro horas! — Bramó proporcionándome el primer azote.

Aahhhh — me quejé lloriqueando. — Me duele, mami, me duele…

¡Cállate marica! — Dos, tres, cuatro. El dolor se expandía, y librarme del agarre era imposible. — ¡Aguántate como el macho que eres!

Esa tarde, subí colina arriba con la espalda herida de tanto azote. No lloraba, sólo dolía. De mi vieja mochila, saqué la escopeta del abuelo y apunte hacia la casa.

Algún día, voy a matarte, papi. — Reí con malicia.

Aquel día, con once años, juré que nadie más iba a humillarme. Nadie.

Y si algo he aprendido de ti, Jack, es a no dejar que nadie me pisotee.

— Eh, marica. — Alcé la vista y le vi a Mateo con las cajas en la mano. El aroma era un placer. — Aquí están, como las has pedido.

— ¿Te han enviado de repartidor a Japón o qué? — Pregunté molesto, mientras el chino se situaba a mi lado, siempre en silencio. — ¿¡Tanto iban a tardar, grandísimos idiotas!? Los críos están que se me mueren del hambre.

— ¿Los niños? ¿Y desde cuando a Nicholas le importan un par de chiquillos? — Río Yuki, y tras mirarle su risa se fue tal y como había venido. En un segundo.

— Ay, Jesús. ¿Qué haré con éstos dos? — Resoplé tomando dos porciones, y cortándoles en pequeños trozos con un tenedor de plástico. — Ten, dáselos.

— Eh, ¿por qué yo? — Se quejó el muy gilipollas. — ¿Qué no tienen manos o qué?

— Si le suelto las manos, se sueltan los pies. ¿Y qué crees? — Exageré llevándome la mano a los labios, en un gesto de sorpresa. — ¡Se escapan imbécil!

Sin decir ni mu, se dispuso a alimentarles. ¿Qué parte de sin carnada no hay dinero, no comprendían?

— Oye Nick, ¿dónde tienes la cocaína?…

Era tan bella, siempre lo había sido. Pero su mejor amiga, le destruía. Los años amenazaban con pisotear su belleza, su finura y delicadeza. Se drogaba para no vivir, para no presenciar actos bestiales. Y yo, lo único que podía hacer era culpar a mi padre y conseguirle el ‘polvo mágico’ como ella le llamaba.

No he podido conseguir más, mami. — Trece años. Con trece años dejé el paquete envuelto con papel madera sobre la mesa y dos libras. — Lo siento…

Ve y despídete de tu padre. — No supe si me oyó, o si aquello fue su única respuesta. — Gracias, al cielo que se va. Maldito seas, Jack… maldito.

Ven y saluda a papá. — Dijo él desde el jardín. Sigiloso, me acerqué hasta él y deposité un beso sobre su mejilla. — Qué maricón te me has vuelto. Pf, lo sabía. Eso es culpa de tu madre.

¿Volverás? — Pregunté evadiendo sus ofensas. Con trece años, sabía qué cosas deseaba oír, y cuales no. Él simuló portar un revolver, y con su índice recorrió mi frente hasta dar con mi sien. Movió el pulgar fingiendo un disparo y negó repetidamente con la cabeza. — Suerte, entonces.

¿Suerte?

Sí, suerte. — Sonrió. Su rostro, era tan parecido al mío que me daban ganas de vomitar. No podría negar que era guapo, pero… su mirada y su sonrisa, eran escalofriantes. — A las ratas como tú, ¿qué más que la suerte, podría desearles? Si sé, que en cualquier momento podrían aplastarte.

Su sonrisa desapareció y la mía, se mostró ancha y orgullosa en mi rostro.

Suerte… papi. — Y así, me metí en la casa. Dejándole con las palabras en su cochina boca.

Presioné los dientes, mordiendo con saña la aceituna hasta que mis encías doliesen. Yuki y Mateo, cogieron a los niños y le llevaron un piso más arriba. Les cubrieron con unas mantas sucias y viejas, y —estúpidamente— le contaron un cuento inventado, para hacerles dormir. Pero podía oír sus quejas, y ya me traían de los putos cojones.

— ¡Quiero a mi papi! ¡Quiero a mi papi Bill! ¡Quiero a mi papi Tom! — Hasta que adiviné, que les vendaron el hocico y por fin, mi cabeza obtuvo un poco de paz. Necesitaba… descargarme. Oh, claro que sí. A golpes, con un cigarro, o quizás…

Me puse de pie sonriendo, y caminé hasta el borde observando como la noche hacía de las suyas. Con una mano en el bolsillo, acaricié el condón que descansaba en él y suspiré.

Por fin, era libre. Adiós a aquella vieja casa, adiós a mamá, adiós a la ausencia de mi padre. Adiós Inglaterra. Adiós para siempre.

Ah, mira. ¿Y cuántos años tienes? — Aquel muchacho no dejaba de mirarme, pero yo sólo tenía los ojos puestos en el paisaje y los sentidos fijos en el movimiento del vagón. — Eh, responde, ¿o eres mudo?

Diecinueve. ¿Tú? — Le miré de golpe, y noté como sus mejillas se encendían. Relamí mis labios con malicia y agachó la cabeza. — ¿Escapas de casa?

Casi quince. Sip. — Susurró, y le tomé del mentón, acto que notoriamente le tomó por sorpresa. — Soy un niño malo.

Jo. Muy malo. — Me burlé alzando una ceja. — ¿Y cómo te llamas?

Yuki. Te lo he dicho, ya tres veces. — Míralo al crío, me contestaba y todo. — ¿Tú?

¿Importa mi nombre? — Y antes que pudiese contestar, fusioné nuestros labios en un fugaz beso que le dejó sin aliento. — Al parecer no.

Mi nombre jamás importaría. Para todos, yo sería. Nick de Imon. Algo así como ‘Demon’, porque es lo que soy. El mismísimo demonio.

— Mateo está intentando que la niña duerme. Pero la muy cabrona, sólo le hace preguntas como: ¿Y cómo es posible que Caperucita no haya descubierto que es el lobo? Y si lo piensas tiene razón, eh. Si tú te vistes de tía, yo no dejaré de saber que eres tú. — Entorné los ojos, encendiendo un cigarro con la vista fija en la luna. — ¿Qué tienes? ¿En qué o quién piensas?

— En mi padre…

No lo comprendía. Yo mismo le había citado en un viejo callejón, a las nueve de la noche para decirle que definitivamente, era un sopla nucas, un chupa pollas, un maricón. ¿Acaso sería tan masoca?

Toqué mi bolsillo, y allí la tenía. A mi nena, como le había bautizado. Mi nena de Imon.

¡Hijo, tanto tiempo! — El muy cretino, se abalanzó hacia mí e intento cogerme entre sus enormes brazos. — ¿Cómo has estado? ¿Qué tal va tu madre?

No me toques, idiota. ¿Recuerdas aquel gesto que le hiciste a tu hijo maricón el día que te marchaste? — Él no se inmutó. Claro que lo recordaba.

A mis dieciséis años, experimenté la satisfactoria sensación de verle morir a mis pies. El pulso no me tembló a la hora de apuntarle en su frente, y sin perder la sonrisa presioné el gatillo.

¿Lo ves? Nick de Imon no es más que la careta del asesino en serie.

— Hm. Esas cosas que tú sabes, chino. — Reí dándole una palmada en el hombro. — Cosas que como quién dice, pasan.

— ¿No le extrañas?

— ¿Eso importa? — Alzó los hombros y comenzó a masajear mi espalda. Gemí de puro gusto, y cerré los ojos con lentitud. — Mmm… ¿Te he dicho alguna vez que tienes buenas manos?

— De vez en cuando, sueles decirlo. — Respondió el muy egocéntrico. Yuki, es de esos tíos que dan y reciben, por igual. — Estás tenso. Me parece a mí o el fuerte de Imon… ¿está acojonado?

— Pff. Cómo se nota que no sabes con quién estás hablando. — Me quejé intentando alejarme, pero clavó sus uñas sobre mi espalda. — Ash, serás sarasa.

— ¿Cuánto planeas pedir, por el rescate? — Su mano se deslizó hacia delante husmeando por debajo de mi camisa, buscando provocarme.

— Aún no lo sé. No… — Entre sus finos dedos, apretó mi pezón izquierdo masajeándolo de un modo demasiado sensual. — No lo he pensado. ¿Un millón?

— ¿De euros?

— Dólares. Convengamos que es más… conveniente. — Suspiró contra mi nuca, y dejó cortos besos en mi cuello. — ¿No?

— Te mola lo extranjero… — Añadió con doble sentido, y me giré dispuesto a hacerle tragar sus palabras. Y claramente, mi lengua; dado que me adueñé de sus labios en un abrir y cerrar de ojos. Si Yuki y Mateo sabían sobre materia del sexo, es porque no pudieron haber escogido mejor maestro que yo. Aún recuerdo cómo llegué a follarme al señorito Dos Santos.

Habíamos convivido tres arduos meses en dos mil seis. Mientras ellos me decían, que tenían un nuevo chaval, un nuevo culo que entregarme; yo me martillaba pensando en qué andaban esos dos. Era evidente la lujuria que desprendían sus miradas al verse, al rozarse. Siempre, iban y venían juntos. De hecho, compartían la misma habitación. Cada vez que Mateo hablaba de Bill, se le iluminaban los ojos y decía cosas como: ‘Ya verás lo guapo que es, tan delicado. Es alto, fino. ¡Es una preciosura!’ Y los celos al chino, le brotaban hasta por los poros. Siempre acababan hablando a solas en la habitación que ellos compartían. Hablando, claro. Pero yo, no era ningún gilipollas si de sexo se trataba.

Los días transcurrían, y me convertí en esclavo de la curiosidad y del morbo. Las noches que no trabajaba, les espiaba esperando ver ‘algo’. Pero sólo podía oír jadeos, risas, suspiros. El ruido de la cama, acallado por la música de la televisión, me enloquecía. Alcanzaba la basura de sus cuartos y encontraba papeles con semen, revistas de hombres desnudos hechas trizas. Buscaba en sus camas y encontraba vellos, manchas de lefa, de lubricante. Y yo cachondo, muerto por saber quién se follaba a quién. Yuki, podría ser pasivo, dado que su aspecto afeminado lo condenaba. Pero su voz, sus gritos, su carácter le contrarrestaba. Mientras que la apariencia de Mateo era neutral, su personalidad era la de una maricona histérica y consentida. ¿Habría roles?

— Haa… — Gemí sintiendo como su lengua recorría toda la extensión de mi polla. — Tengo una duda.

— ¿Cuál? — Habló una voz a mis espaldas, y me estremecí. Mateo estaba presente, viéndolo todo. Sonreí de retorcido, que era. — Dime. No creo que Yuki pueda responderte. Está algo… ocupado allí abajo.

— ¿Qué le pasa a mi pasivo favorito? — Empleé un tono apenado cubierto de sarcasmo, y giré suavemente para mirarle. Sonrió de medio lado, y se relamió los labios con ahínco. — ¿Quieres participar?

— ¿Qué? ¿Los tres? — Rió nervioso, y no pude evitar jadear al sentir como el chino me bajaba aún más los pantalones. ¿Un trío?

— ¡No! Espera que llame a Hansel y Gretel, y si quieres formamos una orgía. — ¿Por qué siempre me quita la excitación con sus preguntas de crío inocente? — Sí, gilipollas. ¿Quieres?

Extendí mi brazo y cogió mi mano. De un empujón aparte a Yuki y les miré atentamente.

— Ten, busca la canción número trece. — Le ordené a Mateo arrojándole mi móvil. Lo atrapó entre sus manos y terminé de desnudarme ante sus ojos, sin pudor alguno. — Bailen para mí.

— ¿Q-qué?

— ¿Son sordos? Que bailen para mí. — Apenas que la música comenzó a sonar, en un volumen casi bajo, pero que gracias al silencio de la noche podía alcanzar a oír; Mateo dio un paso adelante. Dándome la espalda, comenzó a menear las caderas sujetándose con una mano la cabeza, y con la otra recorriendo su torso por encima de su camiseta. Yuki se le acercó, siguiendo su compás restregándose contra su cuerpo. Serían jodidos…

El chino se sujetó del cinturón de Mateo, y jaló de él con bestialidad como si buscara arrancarle los pantalones de un solo tirón. Yuki gimió contra sus labios, cuando le pilló desprevenido y sin dejar de bailar arañó su entrepierna.

— Serás perra… — Le susurró desabotonándole la cremallera de sus oscuros jeans. No soportaba más, ansiaba estar en el medio, quería participar, me moría de ganas de tocarlos. Seguí viviendo en el infierno del deseo, por culpa a que no deseaba arruinar su danza. Estaban… encendiéndome. El meneo de Mateo y la rudeza de Yuki, embriagaban de calor la atmósfera y por un momento olvidé dónde estaba y por qué. En un parpadeo, los dos se encontraban en boxers. No corrijo, el chino usaba slips.

Sabía que Mateo, siempre había sido pasivo por naturaleza. Así que le haría un pequeño favor. — Sexy lady… — Tarareé con picardía, mientras pegaba mi pecho a la espalda de mi pasivo preferido. Lo tocaba con suavidad, sus delicados y morenos hombros, su espalda mojada, sus nalgas aprisionadas en esa tela que pedían liberarse. Yuki, casi leyendo mis pensamientos comenzó a restregar su trasero contra la entrepierna del más pequeño.

— Feliz estreno, Mateito. — Agregué con ironía bajándole la ropa interior, y masturbándole con maestría. Mientras él se deshacía en gemidos sonoros, me coloqué el condón con astucia. Y tras finalizar aquella acción, volví a abrazarle por la espalda. — Disfruta cabrón.

Claro, el trío es egoísta. Mientras que uno da, y el otro recibe; el que está en el medio obtiene el doble de placer. ¡Placer por dos lados! Si lo sabré…

Me sujeté de su pequeña cintura y le penetré, sin precaución alguna. Al oírle gritar, de inmediato situé la palma de mi mano sobre sus labios, obligándole a callar. Yuki comenzó a disfrutar también, dado que jadeaba como loco pronunciando nombres de tíos que ni conozco. Entre ellos, el mío. El verdadero.

— Más, más, más… — Murmuró contra mi mano, y le embestí con fuerza. Por eso, era mi preferido. Tibio y estrecho. El pasivo ideal. — Más…

— Me voy a perder en ti, si te doy más. — Susurré contra su oído y arqueó su espalda dejando descansar su cabeza sobre mi hombro. — Y tiene que haber para todos.

Sonrió con los ojos cerrados empujándose el mismo contra mi polla, y yo imité su acción. Dejé caer mis párpados perdiéndome en tanto calor. Y antes de alcanzar al orgasmo gemí. En un gemido maldije. ¿Por qué? Porque pronuncié un nombre. El nombre del causante de mis desgracias, el responsable de mis deseos frustrados. El maldito hijo de puta que me ha abandonado.

— Hm, Bill… — Jadeé, y me corrí.

Vas a pagármelas mal nacido. No habrá millón que pague tu deuda. No quiero dinero. Te quiero a ti. Vivo o muerto.

& Por Bill &

Le había oído llorar toda la noche. No sabía si abrazarle, si besarle, si prometerle que todo estaría bien. No hacía más que contemplarle sentado frente a la ventana, abrazando sus piernas, llorando frente a la fotografía de sus hijos. Podía comprender su dolor, y quería ayudarle pero no sabía cómo. ¡Me sentía un bueno para nada! Me rompía el corazón verle así. No sé cuándo me dormí, sólo sé que desperté en sus brazos.

— Amor, ¿quieres desayunar? — Me preguntó acariciándome el cabello con sutileza. — Me has prometido, que… comerás.

— Si tú lo haces, sí. — Rematé ronroneando como un felino contra su cuello. — ¿Te sientes mejor?

— No. — Le miré. No había dormido, claro estaba. Su mirada estaba apagada, y sus ojos pequeños de tantas lágrimas. — Pero mi instinto paternal, me dice que aún están bien.

— Y el mío. — Sonreí contagiándole. Buscó mis labios, y depositó un suave beso sobre ellos. Mordí su inferior con cuidado arrebatándole un suspiro. — Y también dice… a ver, déjame que le pregunte. ¡Hola, señor instinto!

Tom rió por lo bajo ante mis locuras sin dejar de mirarme.

— Sí, diga joven Bill. ¡Pues quería preguntarle si usted es confiable! Claro que… — Tom me tomó sorpresivamente por la nuca y volvió, a crear un beso ésta vez más húmedo.

— Pequeño, quiero decirte algo. — Abrí mis ojos algo… excitado, y le miré. — Antes que sucediera todo esto, yo iba a proponerte algo. Bueno, ahora quiero hablarlo contigo porque…

— Tomi, todo estará bien. — Estaba nervioso, y podía intuir sus enormes ganas de romper a llorar. — Tranquilo. Todo saldrá bien, confía en mí.

— Sí, es que no es eso. — Soltó de repente, y su mirada se fijó en mi pecho. ¿Estaba evadiéndome? — Es que, yo, o bueno tú…

— ¿Yo qué, Tom?

— Tú siempre has sido pasivo.

— Ya lo sé, ¿cuál es el problema? — Tom, estás cabreándome con tanta vuelta.

— ¿Te molesta? — Alcé una ceja. Ya veo de qué vamos. Negué con la cabeza. — Pues cuando esta mierda acabe, quiero que sepas que… deseo que lo hagas tú.

— ¿Al qué?

— Al… al… ya.

— ¿Penetrarte? ¡Claro! Será la nueva primera vez. — Se ruborizó hasta las orejas, mientras yo le abrazaba. — Seré hombre por delante, uhg sí.

— Qué tonto. — Rió. No quería oírle mal, aunque sabía perfectamente que lo estaba. Y si en mí, estaba hacerle sonreír lo haría.

Ring, ring, ring.

Teléfono Joder, teléfono.

Ring, ring, ring.

— ¡Yo atiendo! — grité pegando un bote sobre la cama. Sentí como mis pulsaciones aumentaban. Mi corazón rebotaba contra las paredes de mi pecho. Cogí el tubo, y oí los pasos de Tom. Mierda.


Es altamente probable que reciban un anónimo o llamado. En caso, de que sea un llamado, deben prolongarlo. Sí, prolongar, eso. Demonios.

— Déjamelo a mí. — Me quedé inmóvil, tieso del cague. Tom presionó el botón de alta voz, justo que contestó. — Diga

— ¿Quién eres? — La voz estaba impostada. Tal vez, detrás de una tela como en las películas de terror. Quizás.

— Tom. ¿Tú?

— Pásame al marica. — Nos miramos sin comprender, y carraspeé un poco.

— ¿S-si?

— Tu vida y un maletín lleno de dinero, por los mocosos intactos. — Comencé a temblar, y Tom… Él me miró tan sorprendido como yo. ¿Mi vida? — Tienen hasta pasado mañana por la noche. Frente al baldío, en el monobloques en construcción. Si das información de esto a la policía, tú, Tomasito, verás la cabeza de tu hija colgar en la puerta de tu casa.

Me llevé la mano a la boca, llorando en silencio. Mierda. ¡Mierda, mierda, mierda!

— ¿Cuánto dinero quieres? — Cuestionó Tom seriamente.

— Un millón de dólares. — ¿¡Qué!? Un millón de dólares…

— Perfecto. — Y el tipo finalizó la llamada. — Me cago en la puta hostia.

— ¿Q-qué haremos? — Me atrapó en sus brazos, y rompimos a llorar juntos. ¿Por qué? ¿Por qué no obteníamos la paz de una puta vez? ¿Qué hacíamos mal? ¿A quién le hacíamos tanto daño? ¿Merecíamos pasar por tanto?

— No lo sé pequeño, no lo sé. No sé si podré conseguir un millón de la noche a la mañana. Tal vez la mitad. No lo sé, joder, no lo sé. — Sequé sus lágrimas con mis labios y le miré. — ¿Qué?

— Usaré todo lo que me han dejado mis padres, venderé mi casa en Lübeck y podría pedirle ayuda a Andreas. — Sonreí intentando animarle. — Verás, yo te ayudaré.

— Te lo devolveré, lo prometo. — Negué entre lágrimas. — ¿Por qué no? ¿Bill?

No he mentido, cuando he dicho que soy capaz de dar mi vida a cambio de la felicidad de Tom. Y si la han pedido, la tendrán.

— No importa, todo saldrá bien. Tú tendrás a tus hijos, te lo juro.

Continúa…

por Ignacio Pelozo

Escritor del Fandom

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