Profesor 23

«Mi profesor de química» Temporada 2

& Capítulo 23 &

& Por Bill &

‘Esperar’ era la clave. Permanecer inertes, atemorizados y esperanzados, aguardando una luz, una salida, el final. El maldito punto que acabara con este martirio.
— Amor, ¿aún estás despierto? — Susurró. Permanecí en silencio, con mi desnudo pecho adherido a su espalda y mis brazos rodeando su formado torso. Nuestras manos, juntas y tibias a la altura de su abdomen. — ¿Pequeño?

— Hm. — Gruñí acercándome aún más y suspiré contra la piel de su nuca.
— ¿Tú dices que están bien? ¿Tú sientes algo? — Cuestionó en un tono desesperante, como si yo realmente fuera el genio de la lámpara que iba a cumplirle su deseo. — Tienen que estarlo. ¿Verdad? 


— Sí, cariño. Tienen que estarlo. — Sentí como encogía las piernas, reteniendo en las profundidades de su corazón, un sollozo ahogado. — Lo están. Intenta descansar.
Él no contestó. De todos modos, en sus planes no estaba obedecerme. Y no lo hizo. Pasé la noche en vela, abrazándole, conteniéndole, oyendo sus súplicas y rezos, borrando rastro de sus lágrimas y besándole para intentar calmarle. Pero todo resultaba inútil, Tom estaba poseído. Endemoniado por el jodido demonio del horror, el desasosiego y el desconsuelo. Su alma no tenía reparo. Él jamás sería el mismo, sin sus hijos.
Por la mañana, me alivié de hallarme con su cuerpo tendido sobre la cama, con las piernas estiradas sumergido en un profundo sueño. El cansancio había vencido al mismo dolor, y yacía tranquilo. Su móvil vibró desde la mesa de luz, y antes de que algún sonido pudiese despertarle le cogí en mis manos y presioné un botón, acallándole.
‘Tienes un mensaje nuevo de Papá’. ¿Leer? Hm. Espero que no se moleste, aunque más se cabrearía si le despierto. Sí, leer. ‘Hijo, buenos días, si pueden llamarse buenos. ¿Has recibido alguna noticia de los niños? ¿Han atrapado a algún sospechoso? Me tienes desinformado. Hay mucho trabajo, no puedo solo. ¿Podrías mandarme a Bill? Cuídate, todo estará bien. Te quiero.’


Suspiré abatido. No quería dejarle solo, aunque tampoco quería que sus proyectos laborales se retrazaran. Justo ahora, que estábamos tan cerca de lanzar la campaña publicitaria de Small Destiny… Y convengamos, que esa línea de fragancia, forma parte de los sueños de Tom.


Me senté sobre el borde de la cama, muy cerca de sus piernas y estiré mi brazo para alcanzar su rostro. Estaba sudado, respiraba con dificultad y sus párpados se movían muy rápido. El pobre estaba enfrascado en una pesadilla. Acaricié su mejilla con el revés de mi mano, y acerqué mi rostro hacia el suyo.


— No mereces sufrir de éste modo. Suficiente has tenido con mis gilipolleces. Has sufrido cuatro años por mí, por mis errores. Por mi culpa. — Uní mis labios a los suyos con suma delicadeza, sin despertarle. — Ahora, quiero devolvértelo. Quiero pagar por ello, quiero remendar los daños. ¿Y qué mejor, que peleando por tus hijos exponiendo mi vida? ¿Tan aferrado me tienes? Nada más que tu felicidad, yo deseo en este mundo.
Retomé la distancia poco a poco, y me quedé con los ojos puestos en él durante un largo rato. Tom, tiene esa virtud. Puedes quedarte como un imbécil viéndole con atención, que no te aburres, al contrario te preguntas: ¿Cómo puede ser tan guapo? Lo sé, lo sé. Que me pongo sentimental en el momento menos adecuado. ¡Pero él, me ha vuelto un desubicado!
Tras ponerme de pie, tomé del clóset mi libreta personal dispuesto a dejarle una nota.
‘Tom, tu padre te ha pedido que me envíes a la empresa. Iré al menos hasta por la tarde, si me necesitas no dudes en darme un toque que yo regreso a la velocidad de la luz a tu lado. No le abras a nadie extraño, y apenas leas esto chequea la contestadota del teléfono. Ante cualquier novedad, avísame. Te ama mucho. Tu Pequeño.
P/d: Come algo, por favor. Y recuerda la lección: Todo saldrá bien, si tenemos confianza en nosotros mismos.’


Arranqué con cuidado la hoja, y dejé el papelillo sobre mi almohada. Deposité un beso sobre su frente y me dispuse a marcharme, en mi vieja bicicleta.
La idea de demandar junto a Jörg en la oficina —por éstos días— tampoco me resultaba agradable. No, con cierta persona dando vueltas por allí. ¿Por qué mierda no lo despiden? Maldito seas, Nick, siempre tienes la suerte de tu lado.
Durante la mañana, no podía dejar de mirar el móvil. De Tom, ni rastro. Seguramente aún dormía, y esperaba que así fuere. Al llegar a la empresa, todos cuestionaban sobre el estado de los niños, de Tom, de mí y la situación.

Me tocaban un poco los huevos, pero sé que cuando alguien se vuelve insistente es porque está preocupado por ti. 


— ¿¡Medio millón!? — Gritó Lucy, la secretaria, algo irritada; siguiéndome los pasos. — Pero joder, tíos… ¿de dónde coño piensan sacar tanto dinero de un día a otro? Es decir, mañana, mañana deben darle el medio millón. ¡Pero si el mundo está loco!
— ¿Qué podíamos hacer, más que aceptar con el Jesús en la boca ante la voz del tipo que había llamado? ¿Qué harías tú? — Intenté no sonar molesto, y cogí los informes de administración. — Esto, iba a llevárselo a Tom. No entiendo ni jota.
— ¿Y si no se los devuelve? No quiero ser pájaro de mal agüero pero… — Me giré y le fulminé con la mirada. — Vale, no he dicho nada.


— Tom tendrá a Ritter y Lizzie, como que me llamo William Trümper. — Me adentré en mi oficina y ella, estupefacta me echó un vistazo desde el umbral de la puerta. — ¿Qué?
— ¿Te llamas William? 


Sonreí ante su inocencia y asentí. 

— A ver, tú, subnormal córrete. — Nick. Hizo su aparición como un fantasma, sobresaltándome y tomó de un brazo a Lucy, jalándola con fuerza hacia un lado. Al entrar, sin dejar mirarme, cerró la puerta a sus espaldas. — Oh… ¿Es un sueño o, han ascendido al gilipollas bueno para nada a subdirector?

— No es un sueño, porque tú no estás durmiendo. Y tampoco me han ascendido. Soy demasiado… hm, ineficiente como para un puesto como éste. — Tras responderle con cara de malos amigos, me desplomé sobre la silla encendiendo el computador. El muy maleducado imitó mi acción, sentándose frente a mí sin mi consentimiento. — ¿Me parece a mí, o tu mami no te ha enseñado modales? ¿Qué coña quieres?
Rió suspirando. Rió con esa sonrisa, que hace que el vello se te erice del cague. Colocó sus brazos sobre el escritorio, delineando una de las fotografías que estaba debajo del vidrio del buró. Por aquel dos mil seis, una foto que nos habían tomado besándonos, Tom y yo en el salón.


— Vaya, que eras una vulgar ramera en aquel entonces. Al parecer el accidente te sentó bien. — Me quedé de a cuadros, y bajé la mirada. Sumiso, no me atreví a contestar. Su tono irónicamente melancólico, tan propio suyo me provocaban ganas de abalanzarme contra él. — Eres un mentecato, y sobre todo cuando te haces el chulo. Pero, creo que en algo el imbécil de tu novio y yo, estamos de acuerdo. Tu culo es la santa perdición. Oh sí joder, te mueves como una maldita perra y…


— ¡Cállate! 

— Gimes como una prostituta. Lo disfrutas como una de ellas, esas guarras que te chupan la polla gratis, y se entregan a ti a la primera luego de un bailecito. — Los ojos me empezaron a escocer, mis uñas rasgaban el papel que descansaba debajo de ti mano, y él sólo me miraba deleitándose de mi vulnerabilidad. — Eres una buscona, pequeño.
Plaf. Silencio.

— No vuelvas a llamarme así. ¡No me llames Pequeño, con tu cochina boca!
Como un universo alterno, me vi de pie con la mano en alto. Le había bofeteado. Sobre su mejilla, una marca roja comenzaba a hacerse notar. Retrocedí un paso, nervioso y miré hacia la ventana que daba con el personal de la empresa. No iba a hacerme daño, no podía. Llevó la palma hasta su rostro y, mordiéndose el labio me miró desafiante.
Evadí su inspección, y noté algo diferente en su muñeca. Llevaba puesto un brazalete de feria, barato, adornado con diminutas conchas marinas. ¿Cómo es posible que nunca se lo haya visto puesto? ¿Qué traes, de Imon? ¿Por qué últimamente te comportas extraño?
Prepárate para un golpe más.


— ¿Cómo es posible, que lleves casi cuatro meses trabajando aquí, y en el historial no esté tu ficha? Cualquiera diría que eres un enviado de la competencia. — Resopló poniéndose de pie, sin dejar de frotar el rastro del guantazo. — O quizá, un estafador, un mentiroso… ¿Quién eres?


Abrió los ojos como platos y nervioso, dejó sobre mi escritorio una carpeta con documentos. Alcancé a leer algo de cremas de rejuvenecimiento, y volví mi vista hacia el pasillo. Noté como cogía su móvil, tembloroso, y se encaminaba hacia la salida. No lo dudé ni un instante, y salí como un cohete de la oficina. Apenas tomó el ascensor, corrí hacia las escaleras, para alcanzarle. Al llegar al segundo piso, miré el visor del elevador. Genial, se me estaba escapando. Apresuré mi paso, hasta el subsuelo, donde estacionaba su coche cada mañana —y yo mi bicicleta—.

— Joder, ¿qué tienes en las orejas? Hazme el favor, de oír con atención. — Me escondí detrás de una columna intentando oír la comunicación. — ¿Qué ha pasado? ¿No que podían solos? No sobreviven sin mí, par de sarasas.

Al parecer, hablaba con dos o más tíos. Tíos maricones.

— ¿Bill? El muy creído, se me puso en plan de farolero y, me metió un guantazo que me hizo picar. — Sonreí triunfante, sin perder detalle. Oí, como abría la puerta de su vehículo. — ¡Cállense! Si yo le llegase a levantar la mano, le dejo en estado de coma durante meses.

Siempre ha sido un bestia, y, supongo que no es más que otra de sus armas de seducción. Todo aquello, que nos resulta bello y perfecto, también posee un semblante sádico y destructor. Es cierto, ese eres tú, Nick. Las apariencias engañan. Y si te dejas engañar, luego es uno mismo quien paga los platos rotos. Frotando, llorando, maldiciendo como un auténtico gilipollas.

Corrí a coger mi bicicleta, esperanzado de alcanzarle. Pedaleé al máximo que me dieron los pies, y al llegar a la autopista noté que su destino más probable era el departamento, donde había convivido conmigo. En el trayecto, me di cuenta de lo perverso de la situación. Ya no era él, quien buscaba para hacerme caer a sus pies, golpearme y humillarme. No. Ahora, era yo quién desesperado por hallar un culpable, un responsable creaba hipótesis en mi cabeza. Y de repente, como si mis neuronas hubiesen estado desconectadas por mucho tiempo, se reactivaron apuntando al mismo resultado: ¿Quién es Nick de Imon? ¿Hasta dónde es capaz de llegar? ¿Ha sido él?

Mis cabellos prisioneros del viento, se movían de un lado a otro. Mis delgadas piernas, no disminuían velocidad y mi respiración, se había vuelto algo irregular por el ejercicio.

Tomé calle abajo, al salir de la carretera y divisé su automóvil a unas cuadras. Frené rápidamente, y de pie fui por el sendero intentando que los árboles me ocultasen. Desde la esquina, vi como su mano estaba sobre su oído —detalle que me indicaba, que aún hablaba desde el móvil.—, su otro brazo se movía en señal de protesta, y al atravesar la puerta dejó al señor Cesari con el saludo en el aire. Sería cabrón.

Busqué en el bolsillo de mis pantalones el teléfono celular, y al cogerlo escribí rápidamente un mensaje.

‘Lo siento, Jörg. Tuve una urgencia, ¿podrías mantenerte en contacto con Tom por favor? Gracias.’ Tras darle enviar, me senté sobre el suelo esperando que algo ocurriese.

Atemos cabos.

Nick está enfermo, aún no he descubierto de qué. Al parecer, el cómplice de aquella conversación telefónica, podría ser con quién conversa ahora. El o los secuaces. Mhm, tal vez miente la edad, sino… ¿por qué ocultaría su cédula de identidad? Y su extraño comportamiento, me conduce a un temor aún peor. Aunque, me atrevo a dudarlo. ¿Tienes tú, algo que ver con el secuestro de los niños? Tu madre es la dueña del jardín de infantes… Joder, joder. No, no, no.

Alcé la vista, exasperado, y le vi. Ya no llevaba su traje formal, de saco negro y corbata rosa. No, ahora vestía casi como un obrero. Un viejo y sucio mameluco amarronado, aunque conservaba sus zapatos de primera línea. En sus manos un maletín negro, y una prisa escalofriante. Seguirle, sería como un suicidio…

Se marchó —nuevamente a toda prisa— y como un ladrón me escabullí hasta la portería del edificio.

— Señor Cesari, chts, Cesari. — Le chisté por lo bajo, y el pobre tipo se sobresaltó con una mano sobre el corazón. — Disculpe, no fue mi intención asustarle.

— ¡Muchacho! — Gritó a toda voz, rompiendo mi burbuja enigmática a lo detective Conan. — ¡Tanto tiempo! ¿Cómo has estado? Pero mira no más que pintas, has engordado. ¡No mucho! Pero se te ve mejor, ¿qué digo mejor? ¡Estupendo, divino!

— Gracias. — Sonreí apenado, con mis mejillas acaloradas. — Necesito la llave de mi piso. Quiero decir, el piso donde vivía antes.

— Ohh… pero no sé si pueda.

— Vamos Cesari, no sea tan responsable. — Bromeé rodeándole por los hombros, con mi brazo. — Necesito… necesito buscar algo que me pertenece. Y él, no quiere dármelo.

Mentí. Si le explicaba con lujo de detalles la situación, Nick ya estaría en Sudamérica comiendo carne asada y yo, como un zopenco buscándole.

— Vale, está bien. — Aceptó rebuscando entre las llaves, la copia del departamento. — ¿No quieres que te haga de campana, por si regresa?

— ¡Oh! Sí, si no es mucha molestia. — Me extendió la pequeña llave dorada, y la tomé entre mis manos ansioso. Cogimos el elevador, y al verme en el espejo de éste mismo le hallé la razón al portero. Lucía mejor, me sentía magnífico desde que vivía con Tom.

Al oír el leve clic de llegada, mis nervios crecieron de manera sorpresiva. ¿Qué sucedía si me atrapaba? ¿Qué iba a buscar exactamente? Pruebas, verdad. Algo.

Mi cuerpo estaba siendo adueñado por una sensación de frío—calor, mis pulsaciones marcaron un ritmo desenfrenado como si el corazón, fuese a salirse de mi cuerpo. Coloqué la llave en la cerradura, dos giros y abrió.

Allí estaba, todo casi intacto. Más bien, idéntico al día que decidí no regresar.

Cerré la puerta, concentrándome, mirando hacia todos lados buscando por dónde comenzar. Y me abalancé hacia los muebles de la sala.

Tomé la perilla de los cajones y los tiré al suelo, echando todo su contenido rebuscando algo. Una pista.

Lapiceras, chicles, papeles, publicidades e incluso condones. Nada útil, nada. Miré las pequeñas puertas, del mismo trasto y les abrí. Adornos, el contrato de la casa —el cual estaba a nombre de su madre—, libros. Nada, joder, nada. Me volteé jadeante, con los pelos de punta y noté la puerta de la habitación entreabierta. Sin dudarlo, corrí hasta allí.

La cama desecha, la persiana baja y el olor a sexo del cuarto era tan fuerte que me produjo asco. Encendí el velador y noté en el suelo, un bóxer y un condón utilizado con restos de esperma en él. Diughs, qué indiscreto.

Revolví el cajón de su mesa de noche, pero como me lo esperaba. Sólo había más suciedad, papeles, condones —vale aclarar que limpios—, y un pastillero. Un momento, ¿pastillas?

— Atripla. — Leí en voz alta. El nombre, grabado en el plástico de la tapa fue toda la información. El muy hijo de perra, le había quitado la etiqueta. Tomé un pequeño papel, un bolígrafo y escribí el nombre. Luego, lo guardé en mi bolsillo. Ya averiguaría qué coño es. Me dirigí, esta vez a su clóset. El estante superior estaba completamente vacío. Cogí las perchas, y arrojé sus sacos y chaquetas sobre el suelo. En el fondo del clóset, una extraña caja de madera descansaba en la oscuridad. Sonreí de medio lado, y la tomé entre mis manos. Pero, mie*rda. Tenía un pequeño candado.

— ¡Bill! ¿Todo va bien? — Gritó Cesari desde la puerta, y casi me caigo de culo al suelo del susto. — ¿Necesitas ayuda?

— ¡No! ¡Gracias, estoy bien! — Contesté, y busqué debajo de la cama el maletín de herramientas. Otra de las cosas, que continuaba en su lugar. Ay, Nick. ¿Luego quien es el subnormal? Tres martillazos bastaron, y la puta urna se abrió.

Me quedé perplejo, observando los únicos tres objetos que guardaba bajo ‘siete llaves’.

Una fotografía, una carta y un revólver.

Cogí la carta y me acerqué hasta la lámpara. Algo sucia y gastada, reflejaba una letra fina, en imprenta.

Dios: —¿Dios? Pff, hay que ser muy ridículo para llamarle Dios.— Sé que te importará una mi—erda, lo que yo, un pobre presidiario pueda decirte. Pero, joder, que te extraño. ¡No sabes cuánto! Ya no sólo he perdido a mi compañero de celda, sino a mi protector, mi guía, mi hombre. Sí, dime. ¿Cuántas noches te he repetido, mientras me follabas, que dejaría a mi esposa por ti? Si me esperas fuera, juro que lo haré.

Sé que no eres de esos mariquitas que se dejan dominar, pero te has dejado. Por primera vez, y por mí. Te necesito, bebé. Quiero leer, oír, saber que vas a esperarme fuera. Que no cometerás errores, y un día nos volveremos a encontrar.

«Jamás me arrastraré por el culo de nadie, pero a ti te amo. Por ti, siento». Recuerdo, la tarde que lo aceptaste, sentí que desfallecía. Por favor, no me cambies. Espérame, gordo. Te ama, Erik.

¿Nick enamorado? ¿No que lo había estado de mí? ¡Capullo mentiroso! A todos, les metes el mismo cuento. Un momento. ¿Compañero de celda? ¿Acaso… Nick ha estado preso?

Volví a tomar la carta y la volteé: Agosto 2004. ¡Qué curioso! Nunca me lo ha contado.

Dejé aquel grito de amor, casi desesperado; y tomé la fotografía.

En aquel recuerdo, con colores sepia, una mujer extremadamente delgada abrazaba con efusividad a un niño de no más de ocho años. Notoriamente, esa no era su madre. Los rasgos de aquel rostro femenino y mal cuidado, con facciones claramente americanas, dejaban expuesta a una mujer muy alta y guapa. Le giré, buscando la fecha y mi boca llegó hasta el suelo de la sorpresa: “Davis White & Myra Roger. 1980. Te ama con su alma, tu madre.” ¿Davis White?

¿Qué sucede? ¿Alguna noticia? ¿Sospechoso? ¡Habla, tío! — White. White está prófugo. — Bleh, eso lo sabía. Desde el dos mil seis, el muy jodido escapó de prisión. ¿Y eso qué? — Hay sospechas de que ha cruzado la frontera. — No jodas. ¿White? ¿En Alemania? No es posible.

Por la puta… no.

Cerré la caja, la coloqué en su sitio y salí como si me llevase el diablo,del departamento.

— ¡Gracias Cesari, gracias! — Le grité asustándole, otra vez. Dejé un efusivo beso, sobre su cabeza escasa de cabellos, y bajé por las escaleras a toda prisa. La laptop, Internet, buscar. ¡Joder!

¿A casa? ¿A la oficina? ¿A la policía? Monté mi bicicleta, con los brazos temblorosos y las piernas cosquilleando de los nervios. ¿Debía decirle a Tom? ¿Al sargento? ¿Qué hacer? No. No, no. Esto lo había descubierto solo, y de igual modo debía hallar una explicación. Al departamento.

¿Quién puñetas es Davis White?

Ahora, mi cerebro nuevamente estaba en estado vegetal. No podía hallar una conclusión coherente. Todas mis teorías y pensamientos se disparaban hacia cualquier sitio. Suspiré, pedaleando impaciente. De repente, este aire a misterio y horror comenzaba a asfixiarme. ¿Cuál era la relación de las actitudes de Nick, el enigmático Davis White y el secuestro de los niños? Entonces recordé una vieja conversación, por el dos mil ocho.

¿Qué demonios no entiendes? Mi madre, no es la tía que está de directora del jardín. Ella es mi madre, ¿cómo explicarte, Bill? Mi madre sustituta. Me alojó desde mis dieciocho cuando huí de casa. ¿No has notado, que de hecho, tiene facciones orientales? Es la tía de Yuki, por eso, yo digo que el amariconado ese, es casi como mi primo. ¿Comprendes? — En realidad, no comprendí, el porqué de tanto rodeo. — Pero para mí, Mariah será mi madre. La tía que me dio la vida, sólo me escribe de vez en vez. Ni siquiera sé si continúa con vida.

¿Cómo se llamaba? — Me atreví a cuestionar.

Myra. Así como mira, pero con y griega. — Sonrió, mientras yo le miraba. ¿Acaso no tenía corazón?

Myra. Sí, él me la ha nombrado. Y ahora mi memoria, hace algo útil y recuerda algo de aquellos tiempos… Y ahora, sabía su nombre completo: Myra Roger.

Yuki, el puto chino estaba en todas partes. ¿Acaso él también estaría implicado en las andadas de Nick? No lo sé, no me sorprendería. En los últimos años, han estado como carne y uña.

Al llegar a casa, encadené la bicicleta y rebusqué en mis bolsillos la llave.

— ¿Tom? — Pregunté adentrándome en la sala, abriendo la puerta de par en par. — Tomi…

Allí estaba, con la mirada perdida en algún punto imaginario de la pared. Tomando café y comiendo galletas de arroz.

— Recién me he despertado. El teléfono ha sonado. — Me senté a su lado, tomando en el camino la notebook, y dejó un fugaz beso sobre mis labios. — Pero era mi padre, para saber si me encontraba bien. ¿Cómo rayos espere que me encuentre?

— Están preocupados por nosotros, amor. Por eso, están déle y déle con el jodido: ‘¿cómo están? ¿Cómo se sienten?’. — Añadí, con la vista fija en la pantalla mientras el sistema daba inicio. Apenas inició sesión, me conecté al Internet. — Oye… amor, ¿te importaría hacerme un café?

Tenía que alejarle un momento. Si veía la fotografía, comenzaría a cuestionar. Y conociéndole, se tomaría todo a la ligera diciendo: ¡Voy a matarle! Siendo que aún, no sé a quién debe masacrar.

— Sí. ¿Con leche?

— Sabes que me gusta así. — Añadí con mala intención, y le arrebaté una sonrisa. Al menos le veía más animado, y eso era de gran ayuda.

Apenas se perdió en la cocina, saqué del bolsillo trasero la fotografía y en el buscador escribí: Davis White. Mientras la información comenzaba a aparecer, volví a guardarla.

Primera opción: ‘Davis White | Facebook

Davis White está en Facebook. Únete a Facebook para conectarte con Davis White y otras personas que tal vez conozcas. Facebook permite compartir y ofrece…’

¿Quién es este crío? Pff, ni llega a los quince.

‘Secuestro, asesinato y horror’ — Leí entre susurros, horrorizado y entré en el sitio. — El agente Kozlov, determinó que el responsable del asesinato de la pareja homosexual de la calle Ruslan, el sábado por la noche podría ser el tan buscado: Davis White. El perfil psicológico del asesino, que determinó la policía, apunta a éste hombre que roba vidas, cambiando de rostro e identidad como de medias.

¿Cambiando el rostro? ¿De qué clase de monstruo estamos hablando?

El nombre, en la noticia, estaba subrayado y de color azul —indicando que si presionabas sobre él, te encontrabas con un enlace externo.— Con el corazón a ciento veinte, inicié la página.

— Pequeño, ¿quieres que prepare tostadas? — Me preguntó Tom desde la cocina. Sin quitar la vista de la pantalla grité un sí, algo nervioso. Al cargar la página, lo primero que vi fue un rostro muy familiar, con ciertos cambios físicos. Pelo moreno, leve barba y bigotes sobre su rostro y gafas de leer, era lo único que convertían en aquel rostro en uno diferente. Pero aquella mirada, penetrante, demoníaca y perturbadora no podía ser de alguien más que… Nick. Sentí un pinchazo en cada poro de mi piel, no podía ser. Jesús, no.

Davis White. Nació en Durham, Inglaterra el 9 de octubre de 1974. Según testigos, vivió en Norteamérica hasta la muerte de su padre —Hecho del cual es el principal sospechoso.— Su madre adicta a las drogas, murió meses después de la huída de su hijo por sobredosis en su soledad. Ladrón, secuestrador, asesino, francotirador, falsificador de billetes y documentación; ha desempeñado diferentes roles según el sitio donde ha estado: Profesor, religioso, recepcionista, administrador e inclusive, guía turística. Habla inglés, español, alemán, italiano y japonés. Aún está prófugo. Ver más.

Podía sentir, el aroma a pan tostado desde la cocina, pero aún así no dude en continuar leyendo. Al dar ‘ver más’ se abrió otra pestaña paralela en el navegador.

No tenía palabras, no podía ser verdad.

Allí, apareció otra fotografía y algo llamó mi atención. Le di clic en el centro, para acercarla. En su muñeca… ¡tenía aquella pulsera! Aunque allí, lucía diferente. Su aspecto, tan informal le hacía tan joven…

— La mayoría de los casos, en los que éste hombre se ve implicado son muchachos de corta edad y con tendencia homosexual. — Mie*rda. No. — Según lo determinado por la psicóloga de la policía, White se obsesiona con muchachitos sin experiencia, les seduce y enamora. ¿De qué modo? O les tiene o les mata. Allí van los secuestros, la matanza.

En el 85% de los casos, ha matado a la pareja o amante de la víctima con el único fin de ser su único dueño. ¿Posesivo o demente?

Quizás ambas cosas.

— Los damnificados tienen entre diecisiete y veintiún años. Sólo dos, de ocho casos poseen signos de abuso sexual. — ¿Ocho casos? ¡Jesús! — Ahora es buscado por el Interpol, CIA, FBI y la DEA. Dado que entre sus causas, se adjunta el tráfico de drogas.

Esto no puede ser… ¡Tiene que ser una maldita pesadilla!

Soy tu próxima víctima, Davis.

— Está algo caliente, y la jalea de fresa es nueva. — Cerré el computador y le dejé sobre la mesa. Aún temblaba. ¿Miedo? Tal vez, y Tom no tardó en notarlo. — ¿Pequeño? ¿Qué sucede?

— ¿Podrías abrazarme? — Añadí en un hilo de voz. Y él, sin dudarlo rodeó mi cuerpo con sus brazos. — Tengo miedo, Tom. Tengo miedo.

— Todo va a estar bien, pagaremos y tendremos a los niños de regreso. — Susurró jugueteando con mis cabellos. — Papá nos ayudará. Ten fe.

Temo por nosotros… Pensé para mis adentros.

— Tom.

— ¿Qué, pequeño?

— ¿Serás mi superhéroe esta vez? — Le miré con los ojos llorosos, y él sonrió de medio lado enternecido. Sentí mis mejillas arder, ante mi propia inocencia.

— ¿Tienes alguna duda de ello? — Me tomó del rostro y fundió nuestros labios en un cálido beso. Le abracé sintiendo como el pánico, el terror, la cobardía e incluso el escalofrío y el temblor, eran reemplazados por una sensación de calor, paz y seguridad. Si el viejo decía que todo estaría bien, iba a estarlo.

Continúa…

por Ignacio Pelozo

Escritor del Fandom

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