Profesor 24

«Mi profesor de química» Temporada 2

& Capítulo 24 &

& Por Tom &

El gran día había llegado. Esa misma noche, volvería a tener entre mis brazos al par de ángeles por el cual había enfrentado a la soledad, con el fin de sobrevivir.

Alrededor de las dos de la madrugada, el pequeño y yo conseguimos conciliar el sueño, durmiendo abrazados sin dejar de pensar que fuera, la vida de mis hijos dependía de un maletín lleno de dinero. ¿La vida se rige por el dinero? ¿Por qué demonios nadie puede ser feliz sin él? ¿Por qué cometer semejantes atrocidades con tal de llenarse los bolsillos? Y es simple… Si no tienes calor, amor, hogar, familia, paz; si te sientes carente de sentimientos, el dinero es el único amigo que podrías encontrar. Asquerosamente cierto, y lamentable.

Me relamí los labios, abriendo los ojos con lentitud. La luz solar, filtrándose por las cortinas estaba cegándome. Y, rápidamente, me giré para atrapar entre mis brazos al pequeño.

— ¡Buenos días, mi…! — Vacía. La cama estaba vacía. — ¿Bill? ¿Dónde estás, pequeño?

Me reincorporé sorprendido. Él solía dormir más que yo, e incluso su sueño era más pesado. ¿Estaría tomando una ducha? ¿Preparando el desayuno?

Tomé mis pantalones del suelo, y caminando en bóxers por toda la habitación me encaminé hacia el baño. — ¿Amor? — Pregunté abriendo la puerta con calma, para no asustarle. Pero tampoco estaba allí. De hecho, la ducha no poseía rastro alguno de agua o jabón. Fruncí el ceño extrañado, y busqué en los bolsillos del jean mi móvil.

Arrojé mis prendas, al canasto de la ropa sucia y marqué el número de su teléfono celular. Esa melodía tan armoniosa, comenzó a sonar desde la cocina. Sonriendo, corrí hasta allí.

— ¡Aquí est…! — Nada. Comenzaba a cabrearme, o más bien presentir lo peor. Su móvil, anunciando una llamada y medio vibrando, descansaba sobre la mesa junto a un vaso de agua, por la mitad y un pequeño charco sobre el suelo. ¿Acaso, el capullo había salido sin avisar? ¿Tanto trabajo, le hubiese costado dejarme una nota? Eso, era aún más extraño. El pequeño jamás salía sin informarme de dónde iba y cuánto iba a tardar. Finalicé el llamado, y me dirigí hasta la sala. Todo estaba revuelto, la laptop abierta sobre el sofá, una taza de café, una fotografía, el pijama de Bill y la cadena de su bicicleta.

Sigiloso me acerqué, y cogí aquella vieja instantánea en mis manos.

Davis White y Myra Roger. ¿Y éstos, quiénes coño son? — Ni siquiera conozco sus nombres. Arrojé la imagen a un lado, y tomé la notebook. El muy gilipollas, la había dejado encendida. ¡La batería!

Pero una imagen, captó vertiginosamente mi atención. Nick, el jodido de Imon, era la primera plana de una noticia. Cinco pestañas estaba abiertas, todas tituladas bajo el nombre de: Davis White.

Él había dicho ser diseñador. También, que se llamaba Frank y era escocés. ¿Quién iba a dudar de su palabra? Aquí nadie le conocía. En su trabajo, informaron que jamás entregó la documentación y que su pasaporte es falso. Declaró Rieu, la pareja del joven asesinado a sangre fría el martes por la madrugada. Otro crimen que apunta al prófugo White. — Tiene que ser broma. Deslicé el cursor hacia abajo, y allí una foto de Nick más joven, con el cabello claro y lentes de contacto se dejó ver. Al pie de la imagen: Davis White, buscado. — El sospechoso es astuto, inteligente y veloz. El INTERPOL continúa su búsqueda, sin muchas expectativas de encontrarle.

Ladrón, secuestrador, asesino, francotirador, falsificador de billetes y…

Secuestrador, joder. No.

Mi mente quedó en blanco, mi cerebro marcando ocupado. Mi cuerpo tieso, con una sensación de frío polar intolerable. Mi corazón prisionero de una fuerte presión que le obligaba a latir despacio, casi nulo. Tiene que ser un sueño, tengo que despertar. ¡Tengo que despertar, mierda!

Sin importar estar semidesnudo, me acerqué hasta el balcón rogando para mis adentros que su bicicleta estuviese junto al árbol. Pero no, no estaba. Él no estaba.

Regresé rápidamente hasta la habitación, necesitaba vestirme e ir a por él hacia donde fuere. Moría si a mi pequeño, le sucedía algo malo. Definitivamente, no iba a perderle otra vez. Y tras abrir el clóset, una avalancha de ropa se vino contra mí. Todo estaba revuelto, como si buscasen algo.

Respiré profundo, e introduje mi mano hacia el fondo buscándola.

¡Tom, Tom! ¡Viejo, ven aquí! Gritó Bill desde la habitación. Asomé mi cabeza, desde el umbral, con la toalla rodeando la mitad de mi cuerpo húmedo y desnudo. Ven, acércate.

¿Qué sucede, cariño? Su expresión atemorizada, su rostro pálido y las manos situadas a su espalda ocultándome algo. — ¿Qué tienes?

¿De quién es? Situó su palma abierta ante mí, con un revólver nueve milímetros, cargado. — ¿Por qué tienes una pistola?

De seguridad, pequeño. Déjala ahí. Se la quité con cuidado, y fusioné nuestros labios. Para defender lo que es mío, si algún día sucede algo.

Oh, el héroe está armado. Bromeó y me lancé sobre él, arrastrándole hasta la cama

— No está, no está… — Susurré con los ojos llenos de lágrimas, exasperado. — Se la ha llevado, se la ha llevado. ¡Jesús! ¿Qué puñetas harás?

Loco, loco. Iba a volverme loco. Cogí las llaves del coche, dispuesto a buscarle donde fuere.

Tomé el elevador, y miré mi reflejo en el espejo. ¿Realmente, soy merecedor de tanta desgracia? ¿Por qué me despojan de lo que más amo? ¿Qué te hecho maldito, qué te he hecho, Nick? ¡Tú eres el jodido de la historia! ¡Tú!

Tenía muchos sitios dónde buscar: La empresa, su departamento y hasta el viejo jardín quizás. Pero, si el muy hijo de perra era tan inteligente no estaría allí… Pero, entonces ¿dónde?

Al verme de pie sobre el sendero, miré mi automóvil.

— ¿Quién demonios…? — Me lo habían rayado. Muérete. — ¿Bill? ¿Pequeño? ¿¡Dónde coño estás!?

Mis gritos fueron respondidos por el silencio. Por la nada misma, por la soledad y el frío de las condenadas calles. — ¿Dónde estás…? — Susurré al borde de las lágrimas, al filo de la locura. En el extremo del puto abismo hacia la perdición.

El móvil vibró en mi bolsillo.

Una llamada entrante. Desconocido. ¿Responder?

— ¿Hola? — Silencio absoluto. — ¿Hola?

— ¡Papá! ¡Papi! — Ritter. Mi niño. — ¡Papi, papi, papá, auxi…!

Mis ojos comenzaron a moverse de un sitio a otro, todo comenzaba a girar. Mi corazón amenazando con pegar un bote de mi cuerpo. Le habían acallado, le estaban haciendo daño.

— Tres tristes tigres trigaban trigo en un trigal.— Habló él, del otro lado. Entre risas, malévolo, poseído por el mismísimo Lucifer. —  Un tigre, dos tigres, tres tigres…

Uno, dos, tres tigres. Mis hijos y el pequeño. Él lo tenía, él…

— Trigaban en un trigal. — Volvió a reír, mientras yo permanecía petrificado, sin saber qué hacer o decir. —  ¿Qué tigre trigaba más?

— Déjalos en paz… — Susurré en un hilo de voz. — ¡Déjalos!

— Ohh, tigrecitos… ¡Todos trigaban igual! — Sentenció y oí un disparo. — Calma, viejito lindo.

Ironizó, y oí un sollozo. Mi pequeño, mi Bill.

— Augustrasse al dos mil. Precisamente, en la esquina de la gasolinera. En frente tienes una pequeña calle sin salida. Allí encontrarás un enorme cesto. Dejas el puto maletín antes de las siete de la tarde. — Me tomé de la cabeza, desesperado. — Anuncias algo de esto a la policía, y te aseguro que con la piel de tus tigrecitos, me haré una alfombra para la sala. Adiós.

Me quedé viendo la pantalla del móvil, escandalizado. ¿Cómo había sucedido esto? ¿Cuándo nuestras vidas, se tornaron una maldita película de terror?

Y millones de preguntas se atoraron en mi garganta. Pero sólo tenía una cosa que hacer: Informar de la existencia de Davis White a las autoridades.

Juré buscarte, encontrarte y despedazarte. ¡Y lo haré maldito hijo de puta!

& Por Bill &

El tic-tac de reloj se repetía como un eco dentro de mi cabeza. Las luces del vídeo casetera titilaban, entonando con un rojo diabólico la habitación. Mis manos se paseaban sobre el cuerpo desnudo de Tom, quien respiraba pacíficamente entre sueños. El silencio, la cercanía, el contacto de su pecho contra el mío e incluso de sus piernas enredadas con las mías —por más horrible que fuere la situación que viviésemos—, me encendían terriblemente y ello, tampoco me dejaba dormir. Él siempre tenía su piel tibia, su respiración pesada y caliente; es provocador a todas horas. Me acerqué hasta su cuello, y le proporcioné un lametón. Le miré de reojo, mientras continuaba lamiendo su mejilla, y se removió rodeando mi cuerpo con sus brazos, apretujándome contra él.

Continuaba dormido, o eso parecía. Deslicé mi mano, por debajo de las sábanas y con la palma abierta froté su masculinidad, mordiéndome el labio avergonzado. Mis mofletes ardían, mi corazón iba rápido. De repente, comenzaba a hacer mucho calor.

Tomé el elástico de sus bóxers y, los arrastré hasta sus rodillas. Imité la acción con mi pijama —ya que pocas veces, me coloco ropa interior debajo de éste.— y me froté suavemente contra él, para despertarle en todos los sentidos.

De repente, sentí como me tomó por la cadera presionándome con fuerza para que sintiese su erección. — Ughs… — Gemí sin contenerme. — Estás despierto, tramposo.

Tom, sin abrir los ojos, comenzó a restregarse simulando embestirme.

— Viejo. — Le llamé jadeante, entre susurros mordisqueando sus labios.

— Hm. — Gruñó ronco, llevando sus manos hasta mi espalda baja, muy cerca de mi trasero.

— Te amo. — Y como respuesta, sonrió corriéndose entre mis piernas. Me volteé con cuidado, y tras sentir todo su cuerpo contra mi espalda me corrí humedeciendo las sábanas.

Pero lo cierto, es que continuaba sin poder dormir.

Al cabo de media hora, él ya roncaba y yo, permanecía con los ojos como dos huevos fritos. Me reincorporé sobre la cama, adolorido, y al poner los pies sobre el suelo recordé punto por punto, las noticias sobre Nick, o Davis. O como coño se llame.

Tal vez, si supiera de víctimas que se hayan salvado… podría contraatacar. Y quizá, salvar a los niños por mi cuenta. ¿Podría?

Tomé del perchero, la bata de baño de Tom y con sigilo, sin despertarlo me dirigí hacia la sala. Rebusqué de mi bolso el móvil, la fotografía y encendí el computador. Mientras se daba inicio, fui hasta la cocina a prepararme un café. El frío, lejos de la cama, era inaguantable. Encendí la lámpara, e ingresé en el navegador.

Algunos títulos eran realmente escalofriantes: ‘Asesino a su ex pareja de ochenta y siete puñaladas.’ ‘Le ahorcó y luego, realizó varios cortes en su cuerpo, dejándole una marca imborrable: D.W’ ‘Según algunas muestras del esperma, que se encontraron en el cuerpo del joven encontrado en el terreno baldío el mes pasado, el culpable sería nuevamente el enigmático Davis White.’

El terrorífico sonido de la caldera, anunció que el agua estaba hirviendo. Le tomé una fotografía, con mi móvil al computador en donde se mostraba los diferentes cambios de rostros, aspecto y color de cabello. Y corrí entre saltitos, a por el café. Tomé el mango del recipiente, y me quemé. Desesperado, intentando no gritar, dejé sobre la mesa el teléfono y arrojé agua sobre mi mano, echándolo al piso.

— ¡Me cago en la puta hostia! — Me quejé regresando hasta el sofá, pero antes de desplomarme sobre él, oí tres toques a la puerta. Sin mover un músculo recé para mis adentros, que los golpes proviniesen de mi imaginación. ¿Quién podía ser a esta hora?

Toc, toc, toc. Volví a oír, y se me erizó el vello del susto. Con rapidez y silencio, fui hasta el clóset rebuscando desesperado el revólver del viejo. Mis manos temblando como dos flanes, cogieron aquel arma y, lo oculté bajo la bata, sujetado por el elástico del pijama. Acojonado, le eché un vistazo a Tom, sabía, algo dentro de mí anunciaba que venía a por mí. Él, él…

Apagué las luces, esperanzado de que se fuera. Pero no. Volvió a insistir.

Miré a través del visor de la puerta, y no había nadie. Me tomé del pecho, sobresaltado, dejando descansar mi espalda sobre la entrada hasta que volvieron a tocar. Llevé una de mis manos, debajo de la bata aferrándome a la culata del revólver, y con la otra cogí el picaporte. Abrí la puerta de un sopetón, y me encontré con la nada misma.

Asustado como un crío en las tormentas, me acerqué hasta las escaleras. Nadie.

Me volteé dispuesto a regresar al departamento, cuando sentí un empujón. Una mano se situó sobre mis labios con fuerza, medio apretándome causándome un ligero dolor.

— Maldito seas, maricón. — Susurró contra mi oído, y cuando me dispuse a sacar la pistola, me rodeo el cuello con las cadenas de mi propia bicicleta. Automáticamente, llevé mis manos intentando liberar el agarre. El aire, joder, el aire… — Eres un metiche, un jodido metiche. Una puta mal nacida.

Cerró la puerta, sin provocar estruendo alguno y me acorraló contra la pared.

— S-suélt… — Intenté decir, mis ojos comenzaron a escocer y lagrimear.

— Ruégame, ruégame. — Rió acercando sus labios hasta mi mejilla, echándome su aliento sobre ella. Unos zumbidos y un fuerte dolor en la cabeza, me hicieron cerrar los ojos con fuerza. Apreté los dientes y temblequeé. — Eres tan encantador…

Y me soltó. Caí de rodillas al suelo, tomándome del cuello, inhalando y exhalando con fuerza. — Levántate putita. — Ordenó, y le miré lloriqueando desde abajo. — ¡Qué te levantes!

Me jaló del cabello, obligándome a ponerme de pie y me arrastró rumbo a las escaleras.

Mis manos estaban demasiado ocupadas, sobre las suyas intentando liberarme de su agarre, y mis pies se tropezaban con mis propios pasos.

— ¡Tom, a-ayúda…ayúdame…! — Grité con todo lo que dieron mis pulmones, pero sus manos se situaron sobre mi espalda, aventándome con fuerza los últimos escalones. Un fuerte dolor de cabeza, oscuridad y silencio han sido lo último que he podido recordar de esa madrugada.

&

— ¿Qué hora es? — Preguntó una voz masculina y suave.

— Calculo que alrededor de las doce. — Entreabrí los ojos con lentitud, y un fulminante dolor de cabeza me azotó. — Nick va a llamar al noviecito, ya sabes para decirle que los tenemos. O más bien, les tiene.

— Sigue igual de guapo que siempre. — Caí en la cuenta, que sobre mis labios llevaba un pañuelo sujetado con fuerza, y mis manos estaban ceñidas con una cuerda a mis espaldas, al igual que mis pies y mi cintura. — Ojalá, Nick lo soltara un ratito para follarle. Dios, siempre le he tenido unas ganas impresionantes.

Al abrir los ojos, distinguí la silueta de dos tíos fumando. No podía divisar con claridad sus rostros, dado que la luz solar impactaba sobre ellos. Uno, llevaba gafas oscuras.

Parpadeé seguidamente, algo mareado mirando hacia todas partes. Agité mis manos, intentando liberarme —inútilmente— hasta que rocé una piel. Una mano. Una pequeña mano. Giré mi cabeza con mucho esfuerzo y noté a mi izquierda, una cabellera rubia cubierta de bucles.

— ¡Lizzie! — Grité para mis adentros, desesperado. A mi derecha estaba su hermano, y los tres conformábamos un triángulo. Dolorosamente, acaricié sus dedos advirtiéndoles que estaba ahí, junto a ellos.

— ¡Escuchen, escuchen por favor! — Nick llegó corriendo. Entrecerré los ojos inspeccionando la situación. Noté, que el mal nacido nos tenía en una especie de edificio abandonado—en plena construcción, unos cuantos pisos arriba. — Llamando, está llamando.

— ¿Hola? — Mi viejo, la voz de mi viejo. Las lágrimas comenzaron a desbordarse, deslizándose por mis mejillas y muriendo en aquel pañuelo que me obligaba a callar, humedeciéndole. Quería gritar, quería suplicarle que nos salvara. — ¿Hola?

— ¡Papá! ¡Papi! — Ritter comenzó a gritar. Al parecer, no le había sido necesario callar a los niños como lo hacía conmigo. — ¡Papi, papi, papá, auxi…!

Nick se abalanzó contra nosotros, y le dio un guantazo al niño exigiéndole silencio. Qué ganas de molerlo a golpes. ¡Métete con alguien de tu tamaño, gilipollas!

Tomando las sillas de los niños, sin finalizar la comunicación colocó a cada pequeño a mi lado. Al verme, rompieron a llorar y se me encogió el corazón de la puta pena.

— Tres tristes tigres trigaban trigo en un trigal. — Tarareó White, sacando de sus pantalones un revólver. El revólver de Tom. — Un tigre, dos tigres, tres tigres…

Nos apuntó en la cabeza, uno a uno, sin dejar de desafiarnos con la mirada.

— Trigaban en un trigal. — Rió con maldad, ante el llanto de mis hijos. Podía oír la agitada respiración de mi Tom del otro lado, aturdido y espantado. — ¿Qué tigre trigaba más?

Apuntó sobre mi pecho, y miré su mano. Deslizó suavemente por mi abdomen, marcando una senda imaginaria hacia mi entrepierna, y jaló el gatillo. Me guiñó el ojo, y yo respiré profundo. Estaba descargada.

— Déjalos en paz… — Habló mi Tom del otro lado, en un susurro. — ¡Déjalos!

Nick, Davis. El puñetero demonio, le hizo señas a uno de aquellos chavales y se dejó ver. Yuki. El chino… Él, él estaba metido en esto… Él era de los suyos.

— Ohh, tigrecitos… ¡Todos trigaban igual! — Gritó, y el chino disparó hacia el techo. — Calma, viejito lindo.

Sollocé con fuerza, me sentía en el puto infierno.

— Augustrasse al dos mil. Precisamente, en la esquina de la gasolinera. En frente tienes una pequeña calle sin salida. Allí encontrarás un enorme cesto. Dejas el puto maletín antes de las siete de la tarde. Anuncias algo de esto a la policía, y te aseguro que con la piel de tus tigrecitos, me haré una alfombra para la sala. Adiós.

Ven a por nosotros, Tom… Sálvanos.

— Ven cariño. — Ironizó Yuki, y el otro hombre se dejó ver.

— Hola, amorcito. — Mateo, Mateo. Dos santos. No es posible, no puede ser cierto…

¿Cuántas sorpresas de este tipo, tendré que soportar?

— ¿Lo has extrañado? — Yuki le rodeó los hombros con su brazo, y Nick resopló con cara de asco. — ¿Ha que no está bien chulo?

— ¡Eh! Mariquitas, yo me voy. — Advirtió. — Ya saben, la nenaza es toda suya. Sólo le vendan los ojos a los críos, y ya.

¡Mierda! ¿Qué? ¡No!

El maldito líder, les arrojó dos condones y se las piró.

— Y cuéntanos un secreto, eh. ¿Quién folla mejor? — Giré mi cabeza evadiendo sus miradas cargadas de lujuria y, la mano de Yuki me obligó a mirarles. — ¿Davis o el queridito profesor?

Mateo me quitó el pañuelo de los labios e inmediatamente, los relamí.

— Tom. Tom me lo hace con amor. — Dije firme y valiente.

— Pfff. ¿Lo has oído? Jajajajajajá. — Rieron al unísono. — ¡Con amor dice la muy puta!

— ¡No soy una puta! — Grité, pero continuaron sin darme atención. — Y sí, Tom es salvaje, tiene aguante. Apuesto que el tamaño de sus pollas, es sólo un tercio de la de él.

Sus risas se esfumaron, y yo sonreí triunfante.

— Ah, ¿sí?

— ¿Quieres comprobarlo? — Ohh, no… — No te pongas en plan de engreído, o va a costarte, chiquitín.

Mateo husmeó dentro de sus bolsillos, y de éstos extrajo cuatro pequeñas pañoletas blancas. Mientras tanto, su compañero me analizaba de pie a cabeza con la mirada a pocos centímetros de mi rostro.

— Apresúrate, estoy duro. — Murmuró entre dientes, buscando mis labios. Viré mi cabeza hacia otra parte y él comenzó a repartir besos por la zona libre de mi cuello. Revolviéndome, intenté zafar de su contacto entretanto Mateo vendaba a los niños y les alejaba de mi lado. — Ya, Maty y yo vamos a enseñarte algunos detalles que deberías aprender.

— Como por ejemplo, que nadie nos rechaza. — Añadió, y comencé a descojonarme de la risa. — ¿Qué?

— ¿Nadie les rechaza? ¡Jajajajajajá! ¡Qué par de tíos tan cómicos! — Qué gilipollas. Comparado con Nick, éstos no asustan ni a un crío de dos años. — ¿Seguros? ¿No desean que les recuerde, allí por el dos mil seis? ¡La putita! Como ustedes le llaman, la puta de la preparatoria. Pero que yo sepa, sólo ha sido la puta del profesor. Um, algo me dice que a ustedes no les ha dado ni un beso en la frente. Es que… ¿realmente creían ser atractivos? Pfff…, no me digan que…

Pero una bofetada me obligó a callar. Mi rostro picó producto del golpe, y lentamente sin demostrar dolor volví a mi antigua postura.

— Por lo visto, a ti, hay que mantenerte con la boca ocupada. — Yuki, comenzó a desabrochar sus cinturones. Y su colega, algo confundido, imitó su acción. Se acercó hasta mí, y tras quitarse la ropa interior cerré los ojos —asqueado—. — Vamos, tú sabes que hacer.

Tomó un profiláctico, y lo deslizó en toda su longitud. ¿Él también utilizaba protección?

— No… — Susurré, y restregó su miembro contra mis labios. — ¡No!

— ¡Vamos pedazo de guarra! — Me ordenó jalándome del cabello, y le escupí. Parpadeó seguidamente, comenzando a enloquecer. — ¿Qué te sucede, ah? ¿Eres o te haces? Cómetela.

Llevó sus manos hasta mi cuello, aún adolorido, y ejerció una ligera presión casi sádica, clavando sobre mi piel sus largas uñas. No tuve más remedio, que entre abrir los labios y dejar que su polla ingresara en mi boca. Su sabor repugnante me embriagó, y al intentar tomar distancia comenzó a ‘penetrarme’ al borde de asfixiarme. Lloriqueé, y noté como Mateo se subía los pantalones y se volteaba para no ver la escena que estábamos montando.

— Déjalo… — Susurró, y el maldito chino comenzó a gemir de gusto. — Déjalo, déjalo.

— ¡Cállate! — Exigió acariciando mi cabeza, enredando sus finos y largos dedos entre mis rastas. — No sabes, lo bueno que es…

— Yo, me largo.

— ¿Seguro? Pensaba que quizá… podríamos desatarlo y jugar con él un rato. — No, no, no. Retiró su miembro y escupí hacia un lado. Un hilillo de saliva se quedó en mi mejilla, y no tuve más remedio que dejarle. — Vamos, que como activo no tienes mucho estreno.

— Tenemos sólo un condón. — Se excusó, o quizá fue sincero. — Olvídate de esa idea. Míralo, el pobre está viviendo este calvario y… ¿nosotros vamos a desgraciarle la vida, todo por un puto polvo? Si quieres follar, házmelo y ya. No… no le hagamos más daño. Yo, yo no quiero…

Me quedé de a cuadros. En un abrir y cerrar de ojos, Mateo me recordaba a aquel estudiante de preparatoria. Sensible, frágil y puro. Verdadero. — Gracias. — Le susurré apenado, y sonrió con esfuerzo.

— Oh, Maty, Maty querido. — Suspiró abrazándole por la espalda. — ¿Aún te arrastras por el culo de éste cabrón? ¿¡Aún te gusta el jodido maricón!?

— Mira quien habló. — Resoplé.

— Pásame el éter, del maletín de Davis. — ¿Éter? ¿Química? — Mateo, ¡hey! Que me pases el éter, capullo.

— No hay, no está.

— Revisemos en el coche.

Recuerdo que Tom me lo ha enseñado…

Buenos días, señores. — Saludó el profesor, tras ingresar al aula. Le miré de reojo, era tan guapo que me sonrojaba de tan sólo verle. — Bien. Hoy tomaré la lección diaria. ¿Algún voluntario?

El silencio se apoderó del salón. Había estudiado, pero el pánico de estar frente a todos viéndome, me acojonaba. — ¿Trümper? ¿Quiere pasar? — Me quedé de a cuadros, medio tiritando por haberme escogido. Asentí, caminando hasta la pizarra. Me situé a su lado, tan cerca, que alcanzaba a inhalar su perfume.

Bien, dime. ¿Qué es el éter? — Miré sus labios, sin querer, y sentí mis mejillas arder.

Um, este… — Tartamudeé, qué idiota. Hm, piensa Bill, piensa. — Un éter es un grupo funcional del tipo R guión O guión R, en donde R y R son grupos que contienen átomos de carbono, estando el átomo de oxígeno unido y se emplean otros pasos. Um, intermedios.

Él me sonrió, asintiendo satisfecho. — ¿Podrías dibujar la fórmula? — Cogí la tiza, rozando sus dedos y sentí un calor recorrer todo mi cuerpo. Afirmando, escribí en la pizarra. — Hm, no. Está bien, sólo recuerda que la H del hidrógeno siempre debe llevar el dos, debajo. — Adosó la mitad de su cuerpo a mi espalda, y una sensación de electricidad recorrió mi espina dorsal.

Entendido. — el profesor, tomó su carpeta y volvió a mirarme.

Dime algunos de los usos que se le dan a los ésteres. — Es tan guapo, cuando me cuestiona todo tan serio…

Bueno, hm…es el combustible inicial de motores Diésel, o… puede usarse como desinflamatorio abdominal para después del parto, exclusivamente uso externo y fuertes pegamentos. — Antes de que pudiese realizarme otra pregunta, carraspeé. — He leído, que también adormece instantáneamente.

Así es. — ¡Me había vuelto a sonreír! — Está perfecto. Una última pregunta.

Todas las que quiera. — Suspiré, y luego deseé golpearme por ello.

¿Qué relación encuentras entre el éter y Aristóteles? Si respondes bien, te pondré un diez y te daré un regalo. — Casi me atraganto de la emoción. No lo recuerdo, no lo recuerdo. ¡Maldita sea! Necesito agua, tengo calor. Agua… — ¿Lo sabes?

¡Sí! — Grité emocionado, alzando los brazos y todos comenzaron a reír. O más bien, burlarse de mí. — Para Aristóteles, el éter era el elemento material del que estaba compuesto el llamado mundo supra— lunar, mientras que el mundo sublunar está formado por los famosos cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego. Pero en diferencia de ellos, el éter es para Aristóteles un elemento más sutil y más ligero, más…

Ya, Trümper está bien. — Me interrumpió riendo. — Tienes un diez, porque no está en mis opciones colocarte un quince.

Eché un vistazo a Andy, quién me guiñó un ojo con complicidad.

Ten, éste es tu premio. — En sus manos, tenía una enorme paleta de colores. Y me la estaba obsequiando. ¡A mí! — No darás el próximo examen, has estado magnífico.

Gracias. — Murmuré ardiendo. — Gracias, profesor. — Y besé su mejilla efusivamente, prolongando ese instante, deseando con todas mis fuerzas que no acabase jamás.

De repente, sentí como ejercían una presión sobre mi nariz y un fuerte aroma me punzaba. Mis ojos escocían y una comezón azotaba internamente a mi nariz.

Yuki, tenía en su mano una compresa húmeda, y me obligaba a respirarlo.

Lentamente, mi vista comenzó a nublarse. Ellos a girar hasta que la oscuridad me abrigó. Y en medio de aquel frío y solitario silencio, sin que nadie me oyera, grité:—

¡Ayúdame, Tom! Ayúdame…

Continúa…

por Ignacio Pelozo

Escritor del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!