Profesor 25

«Mi profesor de química» Temporada 2

& Capítulo 25 &

& Por Bill &

Sin abrir los ojos, recuperando la actividad de mis cinco sentidos, supe que me hallaba en el infierno. No habría una comparación más certera y abrumadora que aquella.

Desterrados del paraíso, se encontraban los ángeles de Dios sucios, frágiles, muertos de hambre, heridos, sangrantes y por sobre todas las cosas, sin fuerzas, sin fe. Sin su Creador al cual aferrarse, y orar protección. Y yo, la mano derecha de aquel omnipotente yacía sobre el suelo, roto, injuriado. Sobre mí, se practicaban algunos de los pecados capitales, dominando en ellos la lujuria. El asqueroso placer, que había ejercido aquel demonio sobre mi cuerpo.

Los compañeros de Satanás me miraban desde arriba. Entre sus figuras, fuertes rayos de luz y calor, se filtraban como flamas ardientes de fuego y azufre incinerando mi ser. El sudor era el recuerdo de la pasión que se había desatado, aprovechándose de mi inconciencia. Leviatán y Belcebú esperaban la orden, la señal de su líder para acabar con mi vida. Y de momento, sería la idea más dulce y sádica que podría suceder. Lo deseaba, quería ascender. Quería morir. Deseaba exterminar la maldita agonía.

— En dos horas, en dos horas cogemos el dinero, le entregamos a los críos… — Oí la voz. Aquella voz gutural y maligna: la voz de Lucifer. — ¿Qué mierda le han hecho?

— Creí que podíamos jugar con él…

— ¿¡Eres imbécil!? — Continuaba respirando con dificultad, removiéndome sobre el suelo, sangrando por dentro las heridas exteriores. Davis White, le cogió por las solapas de su camisa y le zamarreó violentamente. — ¡No así! ¡No es así como funcionan las cosas, grandísimo subnormal! ¿¡Pueden pensar con la puta cabeza una vez!? ¿O es que sólo les funciona la polla? Maldición. Más les vale que no se me muera ahora. ¡Más les vale!

— No te comprendo. — Habló él, el voluntario al mal a cambio de placer. Mateo. — ¿No que querías matarle? ¿Y ahora te quejas de que Yuki se lo ha liado? ¿Quién te entiende?

— Creo que plantearé una nueva hipótesis. De tanto sexo, a ustedes dos… ¡Par de capullos! No les llega el agua al depósito. — Rió, con ese sarcasmo tan digno de él. Carraspeé desde el suelo. Joder, qué les costaba levantarme. — Yo les dije, pueden jugar con él. ¿Verdad?

Ambos permanecieron en silencio.

— ¿Verdad? — Repitió fulminándoles con la mirada. — ¡Respondan!

— S-sí. — Titubearon al unísono.

— Pues eso no significa: Fóllate a mí niño. — Sonreí de medio lado, adolorido. ¿Su niño? ¿Desde cuándo? Yuki se descojonó de risa en su cara. — ¿Qué?

— ¿Tu niño? ¡Oh, Davis por Dios! El tío está muerto por falo, por el culo, del profesucho ese. — Él, el malo del cuento, se mordisqueó los labios. Ouch, signo de que está cabreado. — ¿Encima le llamas, tu niño? Te me estás pareciendo a Thomas, Jefe.

En una fracción de segundos, White cogió por el cuello al chino y lo sostuvo al borde del precipicio. A centímetros de caer, unos cinco o seis pisos —quizá— hacia abajo.

— ¿Qué has dicho? — Con un solo brazo, le amenazó con dejarlo caer. — Repítelo.

— N-nada… nada. — Contestó, y en el tono de su voz dejó al descubierto el miedo que le tenía a aquella mirada. Cosas que sólo el tipo misterio podría provocar. Poco a poco, lo arrastró hacia donde permanecíamos Mateo y, en el suelo, yo.

— Mateo, alcánzame una silla. — Le ordenó avanzando hacia mí. Deslizó sus brazos por debajo de mis axilas y me reincorporó sin cuidado. A mi izquierda, sobre el suelo descansaba el condón y pequeños restos de sangre. — Siéntate.

— Despacio. Me duele. — Agregué molesto. Él me inspeccionó con superioridad. Yo contuve el aliento y susurré:— Te odio, te odio Davis.

— No eres el primero que lo dice. — Me interrumpió sin amarrarme a la silla. Sería estúpido hacerlo, mis pies y mis manos continuaban sujetados con fuerza. — ¿Y quieres saber, por qué realmente está sucediendo esto?

Sin dejar de mirarme, se arrodilló frente a la butaca. Mis ojos estaban puestos en los niños, quienes sin comprender nada eran liberados de las pañoletas que le impedían ver.

— ¿Por qué? — Cuestioné tajante, conectando mi mirada con la suya. — ¿Por qué mierda lo haces?

— No, pequeñito. — Susurró cogiendo mis manos. Miré la unión intentando zafarme inútilmente. — Tú lo has causado. Tú por ramera arrastrada. Analízalo. Tú caíste en mis redes. ¿Por qué? Por tener culo suelto, flojo y caliente. Sino hubieses entregado tu cuerpito a éste hombre, hoy probablemente estarías solo con Tom, quién no tendría esos escuincles molestos porque no se hubiese casado con la tía esa… Y serían felices.

Dolor. Un amargo dolor aturdió a mi corazón. ¿Mi culpa? ¿Todo aquello realmente había sido mi culpa? ¿Entonces, el Destino no era el culpable, sino un jovencito de diecisiete años con las hormonas alborotadas?

— No es cierto. No es mía. — Vociferé entre dientes. — Tú te obsesionas con chavales inexpertos. Dices enamorarte, y sólo le cagas la vida. ¡Eres un maldito hijo de perra! He visto todo lo que has hecho, y la pena de muerte sería sólo el platillo de entrada a lo que te mereces. Mereces morir de la peor forma: Apuñalado infinitas veces, electrocutado, asfixiado, violado y sodomizado, de disparos en tus extremidades… ¿Acaso sus plegarias de piedad no te movieron un jodido pelo? ¿No sentías pena, lástima o un mísero grano de compasión mientras les torturabas? ¿Dónde tienes el sentido del ser humano? ¿Acaso no… no sabes lo que es sentir? ¿O no tienes corazón?

— No. Ya no lo tengo. — Sus ojos no perdían frivolidad ni maldad. — Chiquitín, soy capaz de eso y mucho más. Pero ésta vez, no es ninguna condenada obsesión. No estoy empecinado con tu maldito trasero, como me ha sucedido innumerable de veces anteriores. Simplemente, estoy loco por ti. Y no puedo aceptar, tolerar ni mucho menos soportar el hecho de verte con otro. O te mato a ti, o le mato a él. Tú eliges.

— Déjanos en paz.

— Nunca. — Sonrió. — Ni en sueños, ni muerto. ¿Crees que soy gilipollas? ¿Ahora que sabes quién soy? ¿¡Me crees majadero!?

— Estás loco. Eres un demente. — Susurré. Ni yo podría creérmelo. Estaba enfrentando a un tipo buscado por todas las autoridades mundiales habidas y por haber. — Lo que tú tienes es una enfermedad, y es el empeño en destrozar vidas. En exterminar amor. No tienes perdón de Dios. Tú… necesitas entender que no te amo.

— Mal agradecido. Eres un ingrato, ¿sabes? Te he cuidado cuatro años. — Se puso de pie, y de su cinturón tomó su revólver. — ¿Y así me pagas? ¿Así me pagas, chiquito?

— Amo a Tom. ¡Lo amo! Ya deja de amenazarme. — Advertí, diciendo adiós a mis putos miedos. — ¡Y si vas a matarme, hazlo! ¡Hazlo de una maldita vez!

Parpadeé sintiendo como mi corazón retenía la sangre; latiendo acojonado en mi interior, dañando las paredes de mi pecho. Él sonrió, con esa sonrisa malévola, fría y calculadora. Una sonrisa que jamás acepté reconocer… Miré sus ojos, cerré mis puños y el frío del revólver se paseó por mi tórax, siguiendo paso por mi cuello hasta finalizar el recorrido en mi sien.

— Eres un marica traidor. — Susurró tres segundos antes de presionar el gatillo. Y disparó muy cerca de mi oído. Temblé del miedo. Tuvo la oportunidad de aniquilarme, y no lo hizo. La bala murió en la pared, y él se dispuso a marcharse.

— Tienes sida. — Sentencié y detuvo su paso, permaneciendo tieso. — Por eso siempre me has follado con condón. En el cajón de tu mesa de noche, tienes un frasco de Atripla. Y, por lo que he leído, es para esa jodida enfermedad. ¿Hace cuanto la tienes?

— Veo que te has encargado de investigarme a fondo. — No volteó. Le había dado en su punto débil. — Dos años. Dos detestables años.

— ¿Portador o enfermo? — Suspiró, y se sentó sobre el suelo, algo… ¿dolido?

— Hace dos años, aquella vez que discutimos fuerte, ¿recuerdas? Tú no querías acostarte conmigo, creí que se debía a que te veías con otro. — Sonreí al recordarlo. Nick, ese sí era Nick. Nada de Davis White, nada de sufrimiento… él, él no era él. — Pues por el cabreo, le di un toque al chino y le dije: “¡Nos vamos de parranda!” Aquella noche, producto del alcohol me lo tiré. Me follé a Yuki.

Me quedé de a cuadros, y me giré con calma para verle. Él junto a Mateo, sentados sobre el precipicio conversando de quién sabe qué. Antes de poder preguntarle algo, continuó hablando.

— Un tío con mucha pasta, al vernos como dos descarrilados, nos ofreció sumarnos a una orgía. Y como en toda comilona, siempre hay un hijo de puta que te da la manzana agusanada. Él y yo somos portadores. De todos modos, jamás he pretendido contagiarte. Ni siquiera cuando he abusado de ti, y sabes perfectamente que no lo haría. No le deseo esta puñetera mierda a nadie. Por ello me cabreé al notar que has sido su presa. Pero el condón… En fin. — Me compadecí de él. Por un instante, sentí el deseo de abrazarle, a pesar de que en el fondo lo merecía. Una muerte lenta, tortuosa, asquerosa, llena de miseria y enfermedades; un calvario hecho a su medida. El fin diseñado para él. — Podría ahorcarte, masacrarte, apuñalarte o dispararte. Pero no podría contagiarte, no.

— ¿Lo ves, Ni…Davis? — Volvimos a mirarnos. — Sí tienes sentimientos. Ese corazón casi muerto, aún vive. Podrías haberme contagiado sin remordimientos, y aún así no lo has hecho. ¿Por qué?

— Porque te amo, y eres mío. — Jesús, otra vez se transformaba en el puto obseso. Se puso de pie, y me tomó del rostro. — Eres mío, mío.

Y me besó. ¿Le negarías un beso a un loco del cual depende tu vida, y la de un par de niños? No. Y así fue. Le correspondí a duras penas, intentando separarme con la excusa de ‘respirar’.

— Si me amas, déjame ir… — Susurré contra sus labios. — Por favor.

— No.

— Pero… ¿no quieres mi felicidad? — Asintió febrilmente. — ¡Entonces déjame!

— Quiero tu felicidad, pero junto a mí. — Que a éste yo lo mataba. — Vivo o muerto, serás mío.

— ¡Pero no te amo! ¡Te agradezco todo lo noble que has hecho por mí! Pero, Davis, no te amo. Mi corazón le pertenece a Tom, desde antes de conocerte… — Su cabeza se movía rápidamente de un lado a otro, en forma de negación. — ¡Acéptalo!

— Cállate.

— ¡Entiéndelo! — Me dio un guantazo en el pómulo derecho y grité. Un llamado de dolor y susto. Joder, joder… dolía.

— Lo siento mi amor, ¿qué te he hecho? Por Dios, no. ¡Mateo, tráeme el maletín! — Estupefacto. ¿Qué le pasaba? Por todos los cielos, está loco. Es un lunático. — ¿Te duele? ¿Chiquito, duele? ¡Apresúrate gilipollas!

— No han quedado venditas, ni apósitos con antiséptico. — Informó dos Santos.

— ¿Y vas a quedarte allí de pie? — Este tío tiene unos cambios de personalidad aterradores.

¿Cómo el ser dulce que había logrado estimularme con sus preciosas palabras de amor a ver la vida desde otro punto de vista, a caminar y luchar se había transformado en un ser violento, abusivo y obsesivo? ¿Cuándo ocurrió aquel cambio? ¿Por qué?

¿Has terminado? — Al salir del baño, le vi de pie ante la puerta con una mirada… diferente. Asentí dejando la toalla a un lado. — Mira Bill tú sabes que te amo y…

No empieces. —

Nadie permanece a mi lado, ¿por qué ibas a hacerlo tú? Nadie jamás me han amado. ¿Por qué ibas a hacerlo tú? Estoy destinado a ser esposo de la soledad, amante del silencio y enemigo del amor.

Siempre ha sido así, siempre. ¿Cómo es posible? ¿Tan ciego he sido?

Lo siento mi amor, lo siento mucho. — Besó mi cuello, mordiendo mi piel y los nervios se me pusieron a mil. Joder, no me gustaba…hacía tanto tiempo que no me dejaba tocar. — Perdóname tú sabes que soy un celoso sin remedio.
— Nick, por favor suéltame — su mano se paseó por mi trasero y tragué saliva rogando que parara — No sigas, no quiero.


— No volveré a golpearte, no volveré a faltarte al respeto — ¿Cómo decirle que estaba haciéndolo? ¿Cómo gritarle que se detuviera sin que se cabreara otra vez? — Te amo Bill, y yo no quiero perderte. ¿Comprendes? Soy capaz de matar por ti.
— Para ya.

Jesús…

— ¡Vamos! ¡Mueve el esqueleto, y ve a la gasolinera por ellos! ¿Te duele, bebé?

¿Bebé? Puto loco.

— Un poco. — Dije tras suspirar. No comprendía, porqué a veces sufría cambios de ánimo así como así. Aunque éste, era extremo. Acarició mi rostro, con el revés de su mano y sonrió. — Tengo hambre.

— ¡La policía, la policía, la policía! — Gritó Yuki jadeante, subiendo las escaleras a toda prisa. Medio tropezándose en último tramo. — ¡La puta policía!

— Mateo, coge a la niña. Yuki, al niño. ¡Vamos, muévanse! — ¿La policía? En esos momentos, oír aquella palabra fue como anunciar el juicio final. De aquellas personas, dependerían nuestras vidas. Ahora se dictaría el certamen: Cielo o infierno. ¿Dónde irás? — Vamos mueve el culo, Bill.

Las escaleras eran interminables. Mientras subíamos, sentía el dolor físico ir propagándose por todo mi organismo. Davis me llevaba en su hombro, y yo abochornado veía todo al revés. Mientras la adrenalina aumentaba, oí a corta distancia una clara conversación.

— ¿Qué se trae? — Cuestionó el chino, cargando a Ritter quien estaba a punto de echar a llorar. Mi nene, ¿por qué tenían que vivenciar todo esto? — ¿Le has visto? ¿Crees que se haya olvidado de tomar la medicación?

— Um, no creo que un tipo como él, le de tanta atención a su psiquiatra. — ¿Definitivamente estaba loco? — Ya sabes, cuando se le da la puta gana: la toma.

— ¡Hey! Cabrones, que los escucho, eh. — Rió él. Al llegar al último piso, me dejó caer de manera bestial y despreocupada al suelo. Me rayé las rodillas contra el material, y me quejé del escozor. En un intento de reacomodarme, me doblé el tobillo y dejé escapar un gemido de dolor. ¡No iba a poder caminar!

Él, con sigilo se acercó hasta la columna. — ¡Por la puta mierda! Estamos rodeados.

Sus compañeros, se acercaron en silencio hasta su lado. — Maldición, yo les dije que nada de esto era buena idea. — Agregó Mateo.

— ¿Vino papi? — Susurró Lizzie, con los ojitos vidriosos. — ¿Papi ha venido a rescatarnos?

Mi corazón comenzó a latir atemorizado. ¿Tom vendría? ¿Tom estaría? Tom…

— No, no, joder… — rió el chino. — ¡No me jodas! ¿¡Helicópteros!?

¡¡Davis White!! ¡¡Tenemos la zona rodeada, libera a los rehenes o tendremos que disparar!! Un frío recorrió mi espina dorsal, y él vino a por mí. Estaba… estaba… ¡desatándome! Al liberarme las manos, algo tembloroso se puso de pie.

— Yuki, Mateo, controlen la puerta para que éste sarasa no se escape. — Advirtió y se colocaron detrás de una pequeña pared, que daba a la salida. — Tú, desamarra tus patas y sígueme.

Al darme la espalda, me aseguré que los otros dos no me viesen y desaté a Ritter. — Desata a tu hermanita sin que te vean, y escóndase allí. — Susurré señalándoles las columnas. Estaba acongojado. ¿Qué sucedía si comenzaban a disparar?

Tras reincorporarme, el panorama me dejó absorto. Mareado, sucio, aturdido. Oía sirenas, disparos e incluso el sonido proveniente de unos helicópteros. La situación había dejado de ser tensa y agobiante, transformándose en una película de acción.

Frente a nosotros, cinco francotiradores apuntaban desde la azotea de los edificios.

— ¡Jesús! — Él, aprovechándose de mi debilidad, me cogió del cabello y me obligó a pararme sobre el borde, usándome de escudo: — ¡Un puto disparo, y lo lanzo! — Gritó y presioné los ojos con fuerza. Por favor…

En ese instante, millones de recuerdos azotaron mi cabeza…

¿No lo ves? ¿No ves que estoy loco por ti? ¿No ves que he armado todo este circo con Yuki para que nos castiguen juntos?

Mateo enamorado de mí, Yuki obsesionado con hacerme la vida imposible. ¿Qué se traían esos dos? Primero, cualquiera diría que eran de los más amigos. ¡Y luego se mataban!

El coreo de la clase me intimidó un poquito, y sonreí ruborizado sin dejar de mirar la expresión de Yuki. ¿Qué se traía? ¿Por qué su cambio?

La sonrisa de Mateo, me causaba escalofríos como si realmente hubiese algo más allá que yo no conocía. Y Yuki, él también; pero su mirada. Hubo veces en las que creí, que no era tan mala persona.

Yuki… — Susurré para mí mismo.

Hay alguien que te quiere. Tienes un admirador secreto.

Mucho gusto, Yuki me ha hablado de ti. — Me extendió la mano, y como un idiota se la cogí. — Nick.

Me gustas. — Gimió acelerando el ritmo de las embestidas. Me gustas mucho.

Siempre han estado aliados. Siempre… Juntos desde el jodido inicio.

¡¡¡White, Tanaka, Dos Santos entréguense!!! — Abrí los ojos, y miré hacia abajo. Allí estaba él, rodeado de tres policías con una mano sobre sus labios, tan atemorizado como yo. Uno le dijo algo al oído, y el asintió efusivamente. — ¡¡Un minuto y dispararemos!!

Davis me arrastró hacia atrás, y al voltearme, Yuki sostenía a los niños. Los pequeños habrían intentado escapar, desobedeciendo mis órdenes y les atraparon.

— Me han cansado. — Dijo de repente, tomando la pistola entre sus manos. — ¡Estoy hasta los huevos de ustedes, de ellos, de todos! ¡Harto del puto mundo!

De su bolsillo trasero, tomó una cajetilla de cigarros, y sacudiendo el dorado paquete obtuvo el encendedor.

— Diez, nueve, ocho…— Comenzó a descontar, alternando la dirección de disparo entre mi cabeza, y la de los niños. Ésta vez sí, ésta vez… ¡Iba a hacerlo! — ¿Billy tiene miedo? —Dio una prolongada calada a su cigarro, y lo apagó contra la piel de mi brazo, presionando con fuerza. Cerré los ojos, resistiendo. No iba a demostrarle mi jodida vulnerabilidad. ¡Claro que no!

¡¡Vamos a disparar!! — Maldición.

— Sie… —Lo único que recuerdo haber oído, fue un fuerte estruendo que le acalló largamente. ¿A él? ¿A mí? No lo sé.

& Por Tom &

La policía local, la policía nacional, autoridades del Europol, agentes del FBI e incluso más de cinco francotiradores de la Interpol rodeando el andrajoso edificio. En total, el operativo para aniquilar a Davis White constaba con más de cien oficiales y tres helicópteros. “Si lo atrapamos, le correspondería pena de muerte. Y lo más probable, es que los mismos presos le torturen hasta matarlo. ¿Crees que alguien podría oponerse? Que lo mate quién sea, pero que estos años de tortura para la comunidad homosexual se terminen de una jodida vez.” Fueron las palabras del teniente.

— ¡Un puto disparo, y lo lanzo! — Alcé mi vista, y los vi. El corazón se me encogió de tan sólo pensar que el pequeño podía caer. Nick sujetaba a Bill por los hombros, y él tenía la mitad de sus pies en el aire. No podía quedarme de brazos cruzados, esperando a que la poli se dignara a hacer algo. No podía, no. ¿Qué si le hacía algo a él o a mis niños antes del dichoso minuto?

— Los francotiradores van a disparar. — Murmuró el responsable de todo el caso.

— ¿Puedo hacerlo? — Añadí entre dientes. La sangre hervía cuan lava anunciando un volcán en erupción; el sinónimo de la ira. El deseo de venganza. — Tengo armas tituladas. Por protección, claro. Sé cómo disparar, y si quiere puedo pagarle. Les daré el dinero que sea a quién sea…

— No diga más, lo comprendo, señor. — Susurró en mi oído, y sonreí. — Prozack, que extiendan un minuto más. Por favor, hay un pequeño inconveniente.

El oficial me sujetó por el brazo, y corrimos escaleras arriba rápidamente. Frente a aquella edificación dónde pendía de un hilo, la vida de mi familia; se hallaba otro aún más arruinado. — En la terraza. — Me advirtió. La respiración se me transformó algo irregular. ¿Nervios, ansias, miedo? Quién sabe. En ese instante nada más importaba.

Al poner el pie, unos diez pisos arriba me encontré a cielo abierto con dos tipos de negro uniformados. Los tíos al estilo guerrilleros hablaron con el agente. E inmediatamente, luego de convencerles uno de ellos me extendió el arma. Con dinero todo es posible.

— Agáchate, y mira con atención. — Me guió uno de ellos a mi lado. Con el pecho adosado al caliente material y, los codos firmes al suelo apunté. Todo el panorama se veía como si le tuviese a escasos metros de mí. La mira y objetivo, como en las películas de acción. — Ahora asegúrate de que el punto rojo lo veas sobre su sien, y cuando den la orden tú dispara. ¿Vale?

Respiré profundo. — Diez, nueve, ocho — oí, y al mismo noté como él apuntaba despacio, moviendo su brazo en diferentes direcciones. Tomó el cigarro que llevaba entre sus labios, y lo presionó contra la piel del pequeño. Llegó tu hora mal nacido.

Cinco, cuatro, tres

Siempre, tarde o temprano, cumplo mis promesas. Y estoy orgulloso de ser quién le pondrá punto final a tus atrocidades.

Dos, uno

— En el nombre de aquellos que asesinaste, por aquellas parejas que has destruido, por el amor que has roto con tus propias manos… — ¡¡Vamos a disparar!! — Púdrete en el infierno, maldito hijo de puta.

Y presioné el gatillo.

Bum, bum, bum…

Rígido. Sólo podía oír los latidos de mi corazón. Desde el visor del arma, vi como el cuerpo de Nick, Davis o como puñetas se llamara el desgraciado, caía a un lado de mi pequeño. Él, horrorizado abrazó a los niños. Ritter y Lizzie escondieron sus pequeños rostros en su estómago.

¡¡Dos Santos, Takana entréguense!! — Recibí una felicitación, un abrazo de los oficiales a cambio de un par de billetes. El dinero aún domina.

Y juntos bajamos las escaleras.

Ya había terminado. Pronto sólo sería un mal recuerdo.

¿Remordimiento? ¿Cargo de conciencia? De eso, nada.

— ¡Papi, papi, papá! — Gritaron mis hijos corriendo hacia mí, apenas me divisaron mientras bajaba las escaleras. — ¡Papá! ¡Has venido!

Las lágrimas comenzaron a escaparse como locas, sin obedecer las órdenes de mi cerebro, y les abracé con fuerza. — Claro, niña tonta. ¿Cómo no iba a venir? Si es el superhéroe de Billy. — Sonrió mi nene, y les apretujé contra mí. Un momento… ¿Y el pequeño?

Automáticamente alcé la vista y vi, como esposaban al par de dominados y se los llevaban detenidos. Ojalá se pudran en la cochina cárcel.

Pero detrás… detrás apareció él. Cojeando, caminando dolorosamente y tomándose el estómago con la vista al suelo. Tenía heridas y moretones por todas partes.

— ¡Billy! ¡Mira quién ha venido! — Exclamó mi hija entre pequeños saltitos. Él me miró y medio sonriendo, medio llorando caminó hasta mí.

— Tom… — Susurró en un hilo de voz, y rodeé su frágil cuerpo con mis brazos. — Ha terminado… Se ha terminado.

Tomé su rostro entre mis manos y anexé su frente con la mía, rozando nuestras frías narices. — Se acabó Pequeño, se acabó. — Fusioné nuestros labios y sonreí.

Un punto aparte se escribió aquella tarde en nuestra historia.

Una etapa superada, otra batalla al destino que le habíamos vencido.

Una ola gigante se avecinaba contra nosotros: Una avalancha de felicidad.

Continúa…

por Ignacio Pelozo

Escritor del Fandom

Un comentario en «Profesor 25»
  1. Joder, estuve todos los capítulos con el alma en un hilo. Maldito y jodido delincuente, menos mal que fue el mismo Tom, quien lo eliminó. Y espero que en verdad ahora sí puedan ser felices, pero algo también me dice que la jodida madre de Tom, no los dejará tan fácil como ellos creen.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!