
Notas de la administración: Los últimos capítulos de esta temporada. Un nuevo golpe hacia Tom, que amenaza con derrumbar su estado de felicidad y tranquilidad. Sin embargo, Bill está a su lado para superar todos los obstáculos. Espero les guste y no olviden enviar su amor al escritor, a través de los comentarios..
«Mi profesor de química» Temporada 2
& Capítulo 26 &
& Por Bill &
Exánime. El interrogatorio de la policía me había dejado exhausto. Sus interminables preguntas me abatían, y sólo quería coger a los niños, a Tom y largarme de allí. Sin lugar a dudas, no volvería a poner un pie en aquellas calles jamás.
— ¿Vas a despertarles? Que tomen un baño luego, ve a saber tú pobrecitos cuántas horas han dormido. — Al poner un pie en la casa, la fragancia a paz, el calor de la familia me abrigó por completo. La esencia de nuestro amor sanó una a una mis heridas. Mientras yo cargaba a la niña, que descansaba profundamente en mis brazos; y el viejo a Ritter nos encaminamos rápidamente a la habitación. — ¿A ellos también le harán estudios?
— Sí. — Él estaba silencioso, recóndito y misterioso. — El forense aclaró que no han sufrido daños físicos más que los golpes. No presentan signos de violación, o algo por el estilo. Pero quieren realizarles, como a ti, un análisis completo para que nos quedemos tranquilos.
Habló sin mirarme, mientras cobijaba a sus hijos sobre nuestra cama matrimonial. Luego de abrigarles, se dispuso a retirarse. — ¡Tom! — Le llamé siguiéndole, él sólo se dirigió hasta la cocina y husmeó con la mitad de su cuerpo en el refrigerador.
— ¿Quieres comer algo? ¿O tomarás una ducha primero? — Me crucé de brazos cabreado, y tomándole del suéter le obligué a mirarme. Cerré de un zarpazo la puerta de la nevera y le acorralé. — Eh, Bill, no estoy para bromas.
— ¿Qué coño tienes? — Resopló pesado, volteando su cabeza hacia un lado. Esperaba que al menos me sujetara, pero no. Sus brazos permanecían inmóviles a cada lado de su figura. Insistente, tomé su rostro con una de mis sucias manos. — ¿Por qué me ignoras? ¿No estás feliz de que estoy contigo de nuevo? ¿No vas a decirme nada? ¿¡Qué demonios tienes ahora, maldito!?
— ¿Quieres que te lo enumere? — Me desafió zafándose de mi agarre. Encendió las hornallas y volví hasta su lado. — Has investigado acerca de el tipo ese a mis espaldas. Aún sabiendo quién era, lo callaste. Te lo has guardado para ti solo. ¡Y no sólo eso! ¡Fuiste a por él! ¿Eres masoca?
— ¿Qué? Yo no fui a por él. Él vino hasta aquí. Y si fuera así, yo debería cabrearme porque tú utilizaste la mitad del dinero de tu padre para pagarle a las autoridades y cumplir un puto y sádico deseo. — Abrió la boca mitad sorprendido, mitad irritado y parpadeó mirando hacia todas partes. — Estamos a mano.
— ¿Por qué no me dijiste que el tío tenía Sida? — Atacó cruzándose de brazos. — ¿Desde cuándo lo sabes?
Vale, lo entiendo. Quizás él pensaría que yo lo tengo, y así…
— Yo no estoy enfermo, Tom. — Aclaré mi garganta. Mis ojos escocieron, genial. — Él siempre ha utilizado condón. Y no sólo conmigo, estoy seguro. ¿Dudas de mí?
Sin darme atención, vertió leche en el pequeño calentador y lo colocó al fuego. Entretanto, yo a sus espaldas esperaba su respuesta. Pero él sólo se limitó a suspirar.
— Dudas de mí. — Afirmé. Una lágrima rodó por mi mejilla, llevando con su humedad restos de polvo. — ¿Pues sabes una cosa? No estamos enfermos. Lo sé, lo siento justo aquí.
Golpeé mi pecho con el puño cerrado, mientras el viejo continuaba pasando de mí. Limpié con mi antebrazo aquella gotita salada y ahogué un sollozo. — Tomaré una ducha. ¿Me esperas para comer? — Gruñó, y no tuve más remedio que tomar aquel sonido como un sí.
Sentía como la impotencia viajaba por mi sangre, dominando todo mi organismo. ¡Hasta quería golpearle por gilipollas! Davis me lo había confesado, él no me había contagiado.
Comprendo.
Tom ha de preguntarse: entonces, ¿por qué se te cae el cabello, te mareas o desmayas? ¿Por qué los fuertes dolores de cabeza? ¡Estrés! Quizá sólo sea el puñetero estrés. Y es que… no puede ser otra cosa. Definitivamente, no.
Cerré la puerta del baño, y me quité la bata con calma. Cada centímetro de mi piel ardía, dolía y los golpes parecían titilar. Necesitaba relajarme.
Tras quitarme la ropa sucia, la arrojé sobre el lavabo y tiritando abrí el grifo. Me aseguré de que la temperatura del agua fuese la adecuada, y dejé que ella arrastrase de mí las migajas de aquel mal momento.
Tom no iba a estar molesto de por vida, sobre todo con mi poder de convencimiento. Y ello, lo sabía perfectamente. Pero, lo que realmente me había calado hondo fue su desconfianza. Su silencio. Y dicen por ahí, que el que calla otorga.
Tomé el botellón de champú y luego de colocar una considerable cantidad sobre mi palma, lo esparcí por todo mi cabello. En el fondo, estaba feliz. ¡Y ello conlleva a cantar! Tanto tiempo que no lo hago…
— Quizás si te propongo la mágica aventura, — Tarareé frotando mis finas rastas, eliminando todo rastro de suciedad. — de estar juntos para siempre…
Me coloqué de espaldas a la ducha, y dejé que el agua se adueñara de la espuma.
— Que seas quien espera en cada atardecer… — Continué mientras desenredaba mi cabello con el acondicionador. — Y una estrella descubrir, y te pueda repetir…
Tomé aire cerrando rápidamente la llave y cogiendo la toalla que colgaba desde el perchero, a paso ligero, con gotitas adornando mi cutis, me dispuse a salir.
— ¡Ah! ¿Qué haces ahí, idiota? — Tom se me apareció de repente, apenas giré el pomo de la puerta. Con el corazón latiéndome a mil por horas y temblando del frío, le hice a un lado y me encaminé hacia la habitación. — Muévete.
— Niñato maleducado. — Le oí murmurar, y sonreí. Amaba hacerle enojar.
— Viejo verde. — Contrarresté abriendo las puertas del clóset buscando entre aquel desastre, algo de ropa limpia. — Sucio y desordenado.
Me adueñé de una de sus viejas sudaderas, me coloqué un par de medias y unos bóxers largos. Con precaución, dejé un beso sobre las pequeñas frentes de los niños, apagué la lámpara y cerré la puerta.
— Esa prenda que llevas puesta, creo que se me es familiar. — Habló a mis espaldas, pero yo continué mi rumbo hacia la sala. — Hey, tú, niño.
— Oh, oh, creo que una mosca me está fastidiando. — Bromeé ignorándole, tomando el control remoto del televisor, desplomándome sobre el sofá. — Veamos que hay en la programación de ésta noche.
En un intento de cambiar de canal, Tom me arrebató el mando de las manos.
— ¡Eh! ¿Qué traes, abuelo? — Ironicé sólo para molestarle. Era el único modo de llamar su atención. — Dámelo, no están pasando películas de Chaplin.
— Oh, ¿quieres ver las aventuras de Mickey Mouse? — Atacó, y reprimí una risita. Él sostuvo el brazo en alto, impidiéndome pescar mi objetivo. — Yo creo, que deberías estar en la cama. Ya ha pasado el horario de protección al menor.
— Pfff. — Muy inteligente. Me recosté sin importar su presencia, y estiré mi cuerpo sin importarme mucho patear con suavidad su espalda.
— ¿Qué haces? — Me coloqué de costado en posición fetal, con las manos debajo de mis orejas y entrecerré los ojos. — No es gracioso, ¿comerás conmigo?
Me removí sin darle relevancia a sus palabras. ¿Por qué tenía que hablarle yo primero? ¡Es injusto!
— Eh, Bill… — No. No hasta que me llame pequeño. — Bien, tú te lo pierdes.
— Anciano orgulloso. — Murmuré sin inmutarme. Oí como detenía sus pasos, y pude sentir como me echaba una mirada fulminante. — Senil egocéntrico.
— Ya, párale. — Amenazó y abrí los ojos exageradamente, llevándome una mano hasta la frente. — ¿Qué?
— ¡El treintón va a matarme! — Un mes. Un mes y mi viejo entraría en la década de los treinta. — ¿Aún quieres que cene contigo?
— Estás demente. — Sonrió. — Estás loco, pequeño.
— Si lo quieres, cárgame. — Dije ruborizándome, y él regresó hasta mi lado. Me puse de pie sobre el sofá, y de un pequeño salto rodeé su cadera con mis piernas. — Muy bien, a la cocina por favor.
Rió divertido, mientras me aferraba a su cuello por miedo de caer. Al atravesar el umbral suspiré contra su garganta. — ¿Por qué estabas enojado? — Sin bajarme al suelo, miró mis ojos apenado.
— Por celoso, por gilipollas. — Acaricié su mejilla sin dejar de perderme en su mirada. Lentamente me dejó descansar sobre la mesa. — Entenderé si algún día quieres tener un secreto. No eres mi esclavo, ni mucho menos mi sirviente. Tú eres un ser humano, no una porción de mí mismo.
— No, Tom. — Se colocó entre mis piernas y le abracé con fuerza. — Será la última vez, no necesito hacerlo. Todo lo que tengo es tuyo. ¡Yo mismo soy de ti! Lo siento mucho. Temía que te hicieran algo, y moría si te lastimaban. Y…
— Ya, pequeño. — Sin decir más fusionó sus labios con los míos, medio tumbándome sobre aquella madera. — ¿Me cantas?
— ¿Eh? — Jadeé al sentir su aliento sobre mi rostro.
— ¿Me cantas? — Repitió tímidamente. — La canción que canturreabas en la ducha.
— Ohh… — Un momento… — ¡Hey! ¡Estabas espiándome, depravado!
— Eso no es cierto. No soy depravado. ¿Me cantas?
— Y te bailo si quieres. — Agregué con picardía, fingiendo que aquella mesa no era más que un lujoso y estructurado escenario. ¿Mi público? Todo el mundo se concentraba en él. Mi viejo.
— El escalofriante caso de Davis White, hoy ha llegado a su fin. En Leverkusen, alrededor de las cuatro de la tarde, un operativo con más de ciento cincuenta efectivos pusieron punto final a tan demoníaco calvario. — Mientras Tom tomaba una ducha, yo le esperaba en el sofá (que además era cama, y como nuestra habitación estaba ocupada, dormiríamos allí.). Entretanto, las noticias no dejaban de hablar de lo sucedido en la tarde. Cambié de canal saturado, ¿no podrían hablar de otra cosa? ¿Del gato que se quedó atorado al árbol y los bomberos han tenido que rescatar? ¿O la anciana que cumplió ciento dos años? Pero qué periodistas odiosos.
Silencié el televisor y me deslicé buscando calor. La noche estaba tan fría, y la calefacción no era suficiente. — ¿Apago la luz? — Preguntó él, apareciéndose de repente en bóxers y sus trenzas desechas. Su pelo estaba húmedo y peinado hacia atrás, recogido finalmente en una coleta. Joder… ¡Qué sexy!
Asentí lentamente haciéndome a un lado, y él dejó la habitación a oscuras. Abrí las mantas y rápidamente se acostó a mi lado. Ambos nos quedamos en silencio mirando hacia un punto fijo en la pared. Ese aspecto, ese ‘look’ le volvía… jodidamente maduro y sensual.
— ¿Puedes quedarte así? — Interrogué en voz baja, con una corriente de calor trepándose por mi rostro hasta dar con mis mejillas. Sentí su mirada puesta en mí, y sonreí. — El cabello, tu cabello de ese modo es… maldición. Te pinta genial.
— Ah, ¿sí? — Le miré mordiéndome el labio inferior, y lentamente fue acercándose hasta mí. Sentí su aliento sobre mi pómulo y, con sumo cuidado, se colocó sobre mi cuerpo. — ¿Quieres que conserve este, um estilo?
— S-sí… — Siseé y acarició mis labios con su pulgar, entreabriéndolos un poco mientras su rodilla se restregaba muy cerca de mi entrepierna. — T—tom…
Nuestras miradas se conectaron en la penumbra, y abrí la boca descomunalmente y jadeante al sentir el contacto de sus dedos provocando placenteras cosquillas en mis costados. Rozó nuestras narices para luego fundirnos en un apasionado beso. Ladeó la cabeza, mordisqueándome, tironeando de mi labio inferior cada vez que lo atrapaba entre sus dientes. Sentí como los dedos de mis pies se acalambraban, culpando al placer que fluía por mi sistema ocasionado por el húmedo besuqueo de Tom.
Él se reincorporó sentándose sobre mis rodillas y me tendió la mano. Rápidamente, capté su mensaje y se la cogí. Me arrodillé entre sus piernas, y alcé los brazos para que me despojara de la molesta sudadera. Acarició mis brazos, hurtándome un gemido de regocijo y continuó el trayecto con sus manos por mi torso, deteniéndose en círculos justo en mi cadera y, finalizando en mi trasero. Arqueé la espalda, ante el contacto y arañé sin piedad sus pectorales. Con mi lengua serpenteando fuera de mi boca, lamí su mentón y de repente, me empujó. Sonreí sumiso, acalorado, y lentamente me liberó de la ropa interior. No estaba totalmente excitado, dado que disfrutaba con un toque más romántico su contacto. Pero de eso, ya iba a encargarse él.
Tom recargó su complexión sobre la mía, sin descargar totalmente su peso. Aspiró con ahínco el dulce aroma de mi cuello deslizándose con cuidado hasta el centro de mi pecho, dónde se atrevió a reemplazar el sentido del olfato por el del gusto. Sí, su lengua traviesa lamió alrededor de mis pezones y yo presioné mis pies sobre su espalda baja, rozando sin querer nuestras erecciones. La mía libre, y la suya prisionera de aquella tela elasticada. Con sus manos a cada lado de mí, se ocultó bajo las mantas que nos envolvían dejando cortos besos en mi pelvis. Llevé mi propia garra hasta mi boca, cubriéndome para no gritar. Su aliento en aquella zona de mi cuerpo era una provocadora tortura que me hacía desvariar. Un golpe eléctrico azotó mi sistema cuando su lengua comenzó a degustar de toda mi longitud. Sus finos dedos jugando muy cerca de mi entrada, sólo conseguían que la temperatura aumentara a pasos agigantados. Deseaba que dejase de hacerlo porque iba a terminar, pero al mismo tiempo no podía detenerle. No me sentía capaz. — Aughs… — Gemí sonoramente al sentir su saliva escurriéndose hasta mi intimidad. Intenté controlarme, mientras él ascendía lentamente. Volvimos a mirarnos y su índice penetró mi hendidura paulatinamente.
— No cierres los ojos. — Susurró con sus labios rojos y húmedos. Pequeñas gotitas de sudor sobre su frente se deslizaron por su sien. Le miré, mientras un segundo dedo se sumaba al tan costoso trabajo de dilatarme. No comprendía porqué continuaba con el bóxers puesto. — Cuando esté en ti, mírame.
— Me da… me da vergüenza. — Admití agitado y acortó la distancia entre nuestros rostros. Sin besarme abrió su boca jadeando contra la mía, tocando con su mano aquel punto. — Ummm, demonios.
— Resiste. — Ordenó sofocado. Podía sentir como la transpiración impregnaba mi cuerpo, sobre todo mi espalda y mi cuello. — Te amo, te amo. ¿Lo sabes?
— Por Dios, házmelo. — Rogué desesperado por sentirlo. Y él se detuvo en seco. — ¿Qué sucede?
— Debo decirte algo. — Su tono comenzó a asustarme. Con mi pecho subiendo y bajando, por mi dificultosa respiración sopló suavemente mi rostro e inhalé su aliento. Tomó el borde de su elástico y me miró dubitativo. — ¿No vas a reírte?
— No. — Sonreí. Deslizó con cuidado sus bóxers blancos hacia abajo y sin comprender alcé una ceja. Lo único que notaba era su gran erección en ascendencia. — No comprendo.
— No me obligues a encender la luz. — balbuceó. — Tócala.
Cachondo, tomó mi mano y la llevó hasta su miembro. Le acaricié sorprendido y aplaqué una pequeña risa. Tom se había rasurado la polla, ahora todo su sector más íntimo estaba libre de vello.
— ¿Te has… afeitado? Está muy suave, y lisa… — Retomamos la postura anterior, y sin previo aviso me penetró. No sabría distinguir si estaba lo suficientemente listo, dilatado; o si realmente estábamos hecho el uno para el otro, porque no había sentido dolor alguno.
Rodamos sobre el sofá y me senté a horcajadas sobre él moviéndome en círculos sintiéndolo enteramente en mí. Por más morboso, retorcido o sucio que resultase en la mente de muchas personas, entregarme a Tom era nada más ni nada menos que un acto de amor. No importaba cuántas guarrerías me dijera en mi oído, ni los gritos que ahogase en mi garganta, él siempre, cada vez, cada minuto no me follaba. Me hacía el amor de la manera más dulce y sincera con la que puedes tocar a una persona. Y siendo él mismo, no me importaba estar arriba o debajo, simplemente sabía cómo complacerme y hacerme feliz.
Extasiado sentí como su esencia bañaba mi interior y se desplomó sobre mi cuerpo. Por mi parte, alcancé el clímax corriéndome sobre su abdomen y le abracé. No más temores, no más maldades. Ahora podríamos dormir tranquilos.
— Viejo. — Murmuré acariciando su espalda. — Viejo pelado.
— Cállate, pequeño. — Rió y nos miramos. — ¿Puedo preguntarte algo?
— Lo que desees.
— ¿Puedo amarte toda la vida?
Asentí con un nudo en la garganta y le besé, deseando que aquel efímero momento no terminase jamás.
& Por Tom &
Diez días habían transcurrido de aquel acerbo episodio. Unas cuántas veces durante una jornada, recibíamos llamados por parte de los investigadores quiénes continuaban el caso, dado que los cómplices de White poco a poco iban confesándose.
— Deja de morderte las uñas. — Regañé a Bill, quién iba y venía recorriendo cada centímetro cuadrado de la pequeña habitación. — Eh, pequeño, cálmate.
— ¿Cómo quieres que me calme, si ese tío no regresa? — El consultorio del médico era estrecho. Yo por mi parte, continuaba tranquilo esperando que el Dr. atravesara aquel umbral de madera con los tres resultados en la mano. — ¿Qué sucede si tengo algo? ¿Qué haremos? ¿Le has dicho que mis síntomas han cesado? ¡Responde!
— ¿Quieres tranquilizarte? — Palmeé a un lado de la camilla donde sentado y sereno aguardaba la llegada del doctor. Bill suspiró y vencido se sentó a mi lado. — Ten fe. ¡Y paciencia!
— Uff, como si pudiera. ¡Esta semana es una mierda! Que análisis, que fotografías y publicidad para los dichosos perfumes, que preguntas y respuestas, y entrevistas. ¡Y joder! Que tenemos vida personal. — Deslicé mi mano hasta su cabeza, acariciándole hasta aquietarlo. — Necesitamos vacaciones, amor.
— Lo sé, cariño. — Jugueteé con sus rastas, hasta que aquel diplomado ingresó rompiendo nuestra burbuja. — ¿Y doctor? ¿Cómo están mis bebés?
— Tomen asiento, aquí, por favor. Esto es algo delicado. — Su tono de voz tan sobrio, nos dejó pasmados a los dos. Le cogí de la mano, entrelazando nuestros dedos, y nos acomodamos frente al escritorio. — Bien, comencemos por los niños.
El pequeño y yo asentimos, algo no funcionaba bien.
— Ritter y Lizzie están en perfectas condiciones. Aunque he detectado un pequeño problema, ajeno a lo que han sufrido. — Expuso, y cuando iba a mencionarle que eso era imposible levantó su mano y le dejé hablar. — Como usted sabrá, el análisis requería de una etapa psicológica. ¿Verdad?
— Efectivamente. — Asentí sin comprender.
— Pues… ¿Cómo decirle? Ellos están confundidos. — Alcé las cejas sorprendido y Bill se removió en su lugar. — Ven en el señor Trümper una madre, y no un padre.
— Eso no es cierto. — Interrumpí algo molesto. — Mis hijos le llaman ‘papá, papi, pá’.
— Déjeme continuar. — Prosiguió y fruncí el ceño. — Verá, ellos creen que su… ‘compañero’ puede embarazarse. Y eso se debe a que su aspecto les genera dudas, ¿entiende?
— Pff. — Rió Bill esputando sin querer. — ¿Esto es una broma? ¡Pero si son apenas unos críos! Ya sabes, a esa edad mola lo de la cigüeña o el canasto en la puerta. Son criaturas que ni siquiera comprenden cómo se crea un bebé. ¿O eso deberíamos de explicárselo?
— Mi consejo es una terapia familiar. — Agregó tomando un pequeño papel, escribiendo entre garabatos sobre él. — Yo les recomendaré ésta mujer, es psicóloga de familias homoparentales. La Dra. Lifshitz sabrá como aconsejarles para que los niños crezcan sin ningún tipo de cuestiones ni diferencias con otros mocosos.
El doctor me extendió la receta, y la guardé dentro de mis bolsillos.
— Bueno, lo que tengo para decirles sobre el paciente Trümper no es ningún chiste. Por suerte, se ha frenado a tiempo. — Tragué grueso y divisé unas fórmulas químicas en el estudio. — Tanto en el análisis sanguíneo como el de orina, hemos detectado un gran porcentaje de veneno en sangre.
— ¿Cómo dice? — Murmuré tieso, congelado.
— Al parecer, se le suministraba una pequeña dosis diaria que consistía en diversos compuestos químicos, que son altamente nocivos a largo plazo. Por las cantidades que se le ha encontrado, hemos podido determinar que la vía por la cual se ha ingerido ha sido vía oral. Lo más probable, para que no lo notase, es que se haya practicado en forma de gotas en alguna bebida o comida. — Me quedé de a cuadros. Habían estado envenenándolo. — Los más destacados han sido el cadmio que posee una toxicidad similar a la del mercurio. Con esto explicaríamos su debilidad inmunológica, irritabilidad y los dolores estomacales. Que si bien me ha dicho, no han sido numerosos. Por otra parte, está presente el antimonio quién sería el responsable de los fuertes dolores de cabeza y la pérdida del cabello. Aunque no todas las toxinas y venenos que entran en el torrente sanguíneo, provocan dicho signo, pero por una pequeña cantidad ingerida sí podría. La caída del cabello es, en realidad, uno de los primeros indicios de que una persona haya sido envenenada.
— Um, una pregunta. — Añadí. Todo estaba tan claro. — ¿Qué otras sustancias están presentes?
— Hay minúsculas cantidades de talio, bismuto, arsénico y litio. — Firmó una nueva prescripción sin detener su explicación. — El responsable de esto, ¿White cierto?
— Sí, ni lo diga. — Presioné con fuerza, los dedos de Bill quién sorprendido oía con atención, algo ido, como si las palabras no pertenecieran a su idioma. — White trabajó en mi empresa durante unos meses. Soy químico, y él tenía acceso al laboratorio para controlar los pedidos. Ahora comprendo, porqué a veces no era eficaz en su trabajo. Me siento un jodido gilipollas, porque quizá… si hubiese sido un tanto más responsable, nada de esto hubiese sucedido.
— Ohh, Tom, no. — Me susurró él, volviendo a la realidad. — Tú no tienes la culpa.
Le ignoré. Quisiera o no, me sentía en parte causante de ello.
— Por lo que sé, la mejor forma de ‘limpiar’ o desintoxicarse es bebiendo mucho líquido. Agua, sobre todo. — Sostuve según mis conocimientos, y el médico sonrió afirmando.
— Así es Kaulitz. Agua y leche. — El pequeño me pateó el pie encontrándole el doble sentido a la situación. — Y en cuanto al estudio de VIH, no hay de qué preocuparse. Juntos son una familia muy sana.
Con una amplia sonrisa adornando nuestros rostros, nos pusimos de pie sin soltar la unión de nuestras manos. — Muchas gracias, Dr. — Dijimos al mismo tiempo, cogiendo los resultados dispuestos a marcharnos.
— ¡No olviden la terapia de familia! — Añadió elevando el brazo, en un gesto de saludo, mientras el pequeño y yo rompíamos a reír. Ahora sí, cero preocupaciones.
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— ¿¡Qué no me preocupe!? ¿Y dices que no me preocupe? Por favor, Lucía muévete, vamos. Necesito la sala de publicidad lista. El fotógrafo llegará en media hora. ¿Han arreglado a Bill? ¿Tiene todos los cambios de ropa que necesita? ¿Y el maquillaje? ¿Los asistentes? Él es el que se luce, no yo, eh. Yo he nacido bello. — La empresa abatida por el lance de Small Destiny, los empleados yendo y viniendo de un lado a otro, acatando mis órdenes; y yo desesperado por no poder hacer todo al mismo tiempo. — ¿Ha llamado mi padre?
— Si dejaras de moverte de un lado a otro, y me cuestionaras de a una cosa por vez, tal vez podría responder. — Dijo la muy cabrita arreglando mi cabello. — ¿Quién ha escogido este estilo tan… Romeo y Julieta?
— ¿Quién podría ser? — cuestioné incómodo. El volado de la camisa me provocaba comezón en mi cuello. Mi secretaria se acercó hacia mí con un pequeño sombrero shakespearano. — ¡Ni lo sueñes! ¡No me pondré eso!
— Vamos, Tom. Si hasta te ves mono. — Intenté liberarme justo cuando Bill ingresó a la oficina. — ¡Joder, tío!
— ¿Cómo me veo? — Tuvo los cojones de preguntar, cómo se veía. Una fina tela blanca con un notable escote en ve, ocultaba la pálida piel de su torso, exponiendo una zona de su pecho. Llevaba unos pantalones, algo grisáceos, que se ajustaban a sus piernas y su trasero como queriéndose apoderar de ellos. Sus pies descalzos y parte de sus brazos al descubierto. Sus rastas alborotadas y su rostro angelicalmente maquillado. — Eh, viejo, dime algo.
— Te follaría aquí mismo. — Bromeé, y noté como Lucy reía abochornada con las mejillas de mil colores, así como las luces navideñas. — Estás guapísimo.
— Gracias Romeo. — Se acercó hacia mí a paso lento, y adhirió su nariz a mi mejilla respirándome cálidamente. — En cuanto me digas que soy Julieta, me largo de aquí.
Los tres comenzamos a descojonarnos de risa ante su ocurrencia. — Eh, que va en serio. — Le abracé por la espalda dejando cortos besos sobre su cuello hasta que la condenada puerta se abrió.
— El fotógrafo está aquí. — Mierda. ¿He dicho que detesto tomarme fotos?
No voy a salir así, todos van a burlarse de mí. ¡No quiero, no quiero!
El pequeño jaló de mi brazo, e inmediatamente la puerta se abrió. Anexé mi mirada al suelo como si fuese de lo más interesante.
— Mira tío, mira a Bill… — Oí un murmullo de un empleado. — Ohh, si con ese cuerpo ignoro que soy hétero. ¡Olvido hasta mi nombre!
— ¿Y quién no? — Le siguió otro. — Si tuviese la oportunidad de tirármelo, ¿sabes cómo me lo…?
— Eh, ¡ya! — Grité, y tímidamente continuaron su trabajo. — Pero, ¿acaso ahora el culo de Bill es lo más importante? ¿o qué?
— Tom está celoso. — Bufoneó sensualmente e ingresamos en la sala de publicidad. Allí, un joven rubio de ojos café controlaba que el decorado estuviese en orden. — Hola.
El muchacho, que no superaba los veinticinco años, le miró de pie a cabeza.
— Hola. — Sonrió de medio lado un tanto provocador. Propásate gilipollas y te meto tu cámara por culo. — Tú debes ser Bill. Bill Trümper.
— Oh sí, un placer, jovencito. — Interrumpí molesto. — ¿Serías tan amable de fotografiarnos? Porque verás, tengo la obligación de informarte, que tenemos prisa. Son las siete de la tarde y nuestros hijos aún están con la nueva niñera. Si me retrazo por tu culpa, y la tía resulta ser una asesina en serie, te mataré.
El chaval parpadeó obedeciendo mis palabras.
— Um, a ver. — Murmuró releyendo una lista con los bocetos de la publicación. — Secretos, Amor, Mentiras, Pasión y Dolor. ¿Verdad?
Ambos asentimos esperando su aviso.
— Veamos, peguen sus espaldas y tómense de la mano que yo veo desde aquí. Miren al suelo e intenten demostrar que están ‘dolidos’, heridos. — Las fotografías reflejaban claramente lo que queríamos transmitir. En Amor bastó con una mirada y una sonrisa, una de mis manos en su mejilla y la otra sobre su cintura. En Pasión, alzó una de sus piernas y rodeó mi cadera, yo escondí mi rostro en su cuello, y el pequeño arqueó su espalda echando la cabeza hacia atrás. En secretos, susurraba en su oído mientras él mordía su labio inferior mirando al suelo “avergonzado”. Y finalmente, Mentiras nos sujetábamos de los brazos enfrentándonos, con miradas amenazadoras casi debatiéndonos a duelo. — Genial, revisaré las tomas. Escogeré las más buenas y te las enviaré por la noche. ¿Vale?
— No hay problema. — Contesté quitándome aquel molesto sombrero.
— Hm. Realmente hacen una pareja muy bonita. Es increíble el modo en que derrochan sensualidad y erotismo al rozarse. — Bill rió tímidamente, con un tono rosado sobre sus mejillas.
— ¡Tom! ¡Tom! — Gritó mi padre interrumpiendo la sesión. — Joder, hijo, aquí estás.
— ¿Qué sucede, papá? Creí que hoy tomarías un descanso. Y… — Pero no me permitió continuar. Con la respiración revolucionada, sus ojos se irritaron. Estaba a punto de llorar. — ¿Qué…?
— Tu madre está detenida. Mateo Dos Santos afirmó junto a su compañero, que gracias a ella pudieron secuestrar a los niños del instituto. Tu madre fue cómplice de White.
Secuaz del Destino, partícipe de mal. La mujer que me había dado la vida, ¿empeñada en destruirla?
No quería oír a nadie. Solo, solo, solo. Un momento, necesitaba estar solo.
¿Por qué el infierno no se acababa jamás? ¿Hasta cuándo planeaba continuar?
— ¿Tom? — Murmuró Jörg.
— ¡Que se pudra en la cárcel la maldita zorra! — Bramé dando un portazo y desaparecí.
Continúa…