Profesor 27

«Mi profesor de química» Temporada 2

& Capítulo 27 &

& Por Tom &

Frágil. Aquella noche yo era el endeble.

Ellos estaban discutiendo. Peleaban otra vez.

¡Dímelo! ¡Dime si tienes otro! Debajo de la mesa veía los pasos de mi padre ir y venir. Mi sucio y roto auto de juguete tomaba la carretera imaginaria por las sillas. A mi lado, Bobby, mi oso de peluche era mi compañero. Mi único amigo. Kattie, mírame. No me hagas esto, cielo. No arruines la infancia del niño.

Lo siento, Ritter. Así es como se llamaba mi padre biológico. Ritter Wilde. Por lo que alcanzo a recordar de su aspecto físico, era alto. Muy alto y delgado, de cabello castaño y ojos color avellana. Él tiene más que ofrecerme. ¡Un futuro para Thomas!

¿Lo único que te importa es el dinero, mujer? Su voz sonó profunda, herida tolerando el deseo de llorar. Pero claro, la regla de la casa siempre había sido: Los hombres no lloran. Hice a un lado la colorada tela del mantel, asomando mi cabeza viéndoles gritarse mutuamente. — ¿Qué quieres que haga?

Márchate. Ordenó ella, y aquella tarde fueron la última vez que hablaron.

No he tenido una madre ejemplar. Jamás ha estado para mí cuando más le necesitaba, incluso me ha dañado cientos de veces. ¿Por qué aún así le quiero? ¿Por qué me hiere pensar que le privaran de su libertad? Lo merece, sí. Por ambiciosa.

Ve a despedirte de tu padre. Jaló de mi brazo sin precaución, reincorporándome a la fuerza. Sentí sus uñas rasgar mi piel y lloriqueé. Vamos, niño. Ve.

Caminé con el oso de felpa en mis brazos, y vi cómo cogía toda su ropa y la guardaba dentro de una maleta.

¿Dónde vas, papi? Pregunté a sus espaldas, y él se volteó cabreado. — ¿Vas a regresar?

No lo sé, Tom. No lo sé. Con ayuda su rodilla logró cerrar la valija y suspiró sin mirarme. Voy a extrañarte, ¿lo sabes?

¿Vas a regresar? Repetí. Y papá se tomó la cabeza con ambas manos, echando a llorar agobiado. — ¿Puedo ir contigo?

No, mi niño. No puedes. Rompí en llanto sonoramente, apretando a Bobby contra mi pecho dejando que mis lágrimas humedecieran su superficie. — ¿Qué te he dicho? ¿Dónde están tus soldados? ¿Los autos? Deja el puto oso de niña que traes.

Es mi amiguito, papi. Inflé el pecho orgulloso y él me lo arrebató de las manos. Pasó por mi lado encaminándose hasta el umbral de la puerta, quien abierta le obligaba a decir adiós. Papi, ¿me llevas?

Ya te he dicho que no.

¿Dónde vas? Insistí siguiendo sus pasos y me aferré a sus piernas con fuerza. Quiero ir contigo, mamá, mamá trae hombres de trajes a casa que me hablan de mal modo. ¡Ellos me corren! ¡Quieren golpearme! ¡Llévame!

Me apartó de un manotazo, y se metió dentro del coche. Arrojó las maletas y a mi oso de felpa en el asiento trasero. Escúchame Tom. Me llamó y me acerqué hasta su puerta. Mi pequeña cabeza apenas alcanzaba el marco de la ventanilla. Jamás, hijo, jamás dejes que el dinero te arrebate el amor. Recuerda que el verdadero poder no está en los bolsillos, sino en tu corazón.

Dio marcha al motor, y rápidamente se alejó. — ¡Papi, papi, no, papá! Grité corriendo pero se esfumó. Caí de rodillas sobre la tierra, y aquel día fue el último que supe algo de papá, y claramente de mi mejor amigo. Desde aquel día, siempre estuve solo. Solo.

Si tan sólo supiera qué ha sido de ti. Si después de tantos años aún permanece la esperanza de verte llegar y abrazarme… abrazar a aquel pequeño niño que dejaste una tarde abril, juro que te perdonaría. ¿La nieve habrá teñido tu cabello? ¿El paso del tiempo habrá marcado tu tez? ¿Tu corazón aún resiste a los años? ¿Dónde estás, padre?

Me sujeté de las barandillas del puente y grité con todas mis fuerzas. Vociferé hasta que mi garganta dolió y mis venas, se dejaron ver, marcándose sobre mi piel. — ¡Te odio! ¡Sí a ti te odio! ¡Maldito hijo de perra! — Un fuerte calor me sacudió y callé. Te odio Destino, te odio. En silencio, te encargas de jugar este puto ajedrez interminable. Y cuando menos lo espero, me dejas nulo, tras pronunciar victorioso: Jaque al rey. Desesperado intento mover fichas y encajarlas en el casillero correcto. ¿Crees que tendrás la jodida suerte de restregarme en la cara ‘jaque mate Tom’? Te equivocas gilipollas, fallas. ¿Realmente ganaré?

Cerré los ojos, deslizando mis brazos sobre la fría barandilla de metal. ¿Por qué mamá?

Quiero que bajes en cinco minutos y seas cortés. Nada de comer con la boca abierta, eructar, decir palabrerías como: Puta, gilipollas o joder. ¿Has entendido? — Mi madre peinó mi cabello hacia un costado y ajustó los tirantes de mi jardinero. Tom, esto será lo mejor para ti, cariño.

Asentí y oí el sonido de un automóvil detenerse en el jardín. ¿Acaso vendría papá?

Hace dos años le esperaba, algún día tendría que regresar.

Las escaleras crujieron por culpa de mis pasos. Me arrodillé dispuesto a atarme mis agujetas, cuando vi como aquel señor le tomaba por la cintura y le besaba en los labios. Ese hombre estaba tocando a mi madre.

Kattie, ¿y si el niño me rechaza? En su muñeca un resplandeciente reloj me sorprendió. Vestía y lucía diferente a mi progenitor. — ¿Cuántos años dices que ha cumplido?

Siete. Tranquilo, él es un chiquillo muy dulce. Además con el obsequio que le has comprado quedará contento. Mamá sonrió al verme avanzar hacia ellos. Tomy, él es Jörg. Amor, él es mi hijo.

¿Amor? Interrogué viendo a ese señor. Parecía bueno

Hola, pequeño. Traje esto para ti. Me enseñó una bolsa y me contuve de abalanzarme y romper el papel de regalo. ¡Vamos, es tuyo!

Lo capturé entre mis diminutas manos y comencé a desliar la envoltura, ansioso y curioso por descubrir su contenido.

¿Cómo se dice? añadió mamá, algo molesta.

Gracias. Susurré con las mejillas ardiendo, y mi corazón comenzó a galopar con fuerza. Un oso. Igual a Bobby, idéntico — No lo quiero.

¿Qué?

¡No quiero otro Bobby! ¡No quiero otro papá! ¡NO!

¡Thomas ven aquí!

¡Déjame en paz! Corrí escaleras arriba, y tras ingresar en mi habitación me escondí debajo de la cama.

Años más tarde comprendí que él no regresaría jamás, y que Jörg había ocupado su lugar. Sólo un dejo a melancolía recubría las paredes de mi corazón.

La luna colgaba desde un rincón del cielo. El frío iba adueñándose de mi cuerpo. Debía regresar. Miré mi reloj de pulsera: 20:30 hs.

— ¡Tom! ¡Tom, aquí estás! — Oí un llamado a mis espaldas, y al voltear, el pequeño corriendo se arrojó contra mi cuerpo. — Jesús, no te encontraba por ninguna parte. Estaba tan asustado. ¡¿Por qué carajo no respondías mis toques!? He llamado a la niñera y me ha dicho que puede esperarn…

Fusioné sus labios con los míos en búsqueda de esa calma interior que sólo él podría darme, y no tardó mucho en rodear mi cuello con sus brazos y corresponderme.

Podría decirse que durante más veinticuatro años de mi vida he estado solitario, naufragando en un océano de desconocidos dónde la única prioridad era el dinero. El intelecto y el poder. Un mundo donde vestir de marca te hacía notar, con mascotas que no respondían a mi llamado pero sí al de los sirvientes, sin un amigo con quien conversar, sin problemas sentimentales que experimentar, sin vida. Hasta que una mañana conocí a aquel muchacho de casi diecisiete años que se adueñó de mi corazón, y sin darse cuenta explicó la frase que Ritter había dejado antes de marcharse.

El poder de la fortuna de toda mi familia, era sinónimo de escoria frente al vigor que poseía el corazón de Bill. Ésa era la clave: La resistencia del amor, su fuerza y su valor.

&

Sinceramente, no tenía apetito. Producto del cabreo o la ligera tristeza, permanecí sin mover un solo músculo ni abrir la boca. A mi lado, Bill no cesaba su parloteo. Y frente a él, aquel hombre. Cada vez que le miraba descubría cuánto había cambiado. Aquellos ojos que una vez furiosos pronunciaron “¡Hay que matar a todos los maricones!”, hoy poseían una mirada natural, clara, fraternal y dulce. Eché un vistazo a mis hijos y sonreí. Así, unidos, pocos quizás, pero un vínculo tan precioso… Sí era una familia. Un clan donde el ADN no figuraba en la lista de importancia, un pequeño grupo del corazón. Del alma. Los cinco comenzaríamos una nueva vida y una misión: Protegernos, defendernos, ayudarnos y amarnos cada día. Llevarnos al otro, dentro, siempre.

— Tom, no has probado bocado. — Reprendió mi padre, sí papá. — ¿Estás bien?

— Bueno… no estoy genial. Pero, sencillamente, no tengo hambre. — Cogí mis vasijas y me puse de pie. — Buen provecho.

— Gracias. — Murmuraron atónitos por mi actitud. Y me adentré en la cocina velozmente. Dejé descansar mi espalda sobre la nevera, y oí todo con claridad.

— Oye Bill, aprovecho para contártelo ahora que Tom no está aquí. — Habló mi padre por lo bajo y fruncí el ceño, molesto. ¿Estaba ocultándome algo? — Como sabes, en un mes, Thomas cumplirá sus vivos treinta años.

¡Joder! ¿Qué todo el mundo se había empeñado en recordármelo? Y el pequeño apenas iba en los veintidós. Bleh, en meses veintitrés.

— Sí, aún no he pensado en su obsequio…— Bill se rascó la cabeza, pensativo, arrebatándole una carcajada a Jörg. — El viejo es tan jodido para los regalos, no sé.

— No te preocupes por eso. Ya me he encargado. — No podía ver sus rostros, dado que les veía las espaldas, pero el silencio indicó que le estaba enseñando algo. — ¿Qué me dices?

— T—todo… ¿todo eso para nosotros? — Titubeó con su voz ronca. Un torbellino de ilusión se atoraba en su garganta. — Oh, joder, no. ¡Gracias! De verdad, de verdad… No sé que decir, por la puta. ¡Gracias! No imaginas cuánto extraño Lübeck.

¿Lübeck? ¿De qué coña iba todo esto?

Celoso, reaparecí en el comedor donde cada uno daba por finalizado su plato.

— Secretos en reunión es mala educación. — Musité ante el silencio, y el pequeño reprimió una risita. — Bien, ustedes dos par de mequetrefes…

— ¿El mete quién? — Interrogó mi hija alzando las cejas exageradamente.

— Gilipollas. — Sonreí de medio lado contagiándoles. — A lavarse los dientes, a la cama y a dormir.

— ¿Podemos hacerle compañía al abuelo? — Habló Ritter. Mi padre, sorprendido, asintió.

— Ahora que la abuelita se ha ido de viaje, estará solito. — Las palabras de mi hija le golpearon, una a una, las fibras de su corazón. — ¿Podemos ir? Por fis, papi. ¡Sólo por ésta noche!

Noté como su labio inferior temblaba, tragando duro debatiéndose entre la pena y la rabia. Claro, el malestar y el disgusto jamás han dejado de triunfar.

— No hay inconveniente. — Habló papá esfumando aquel fúnebre sosiego. — De hecho allí tienen una pequeña habitación, juguetes y ropa. ¡Un día tienes que venir, Bill! Te estaré esperando, y continuaremos conversando de ‘ya sabes qué’.

— Eh, ¿me estoy perdiendo de algo? — Les empujé, divertido, mientras los niños se acercaban a nosotros.

— Oye, papi. Tengo una duda.

— Tenemos una duda. — Corrigió mi princesa. — ¿Qué es un cordón?

— No, no. ¡Niña boba! — Su hermano le golpeó en la cabeza con suavidad, e inclinando el mentón en un gesto orgulloso corrigió:— Un condón.

De a cuadros, boquiabierto. ¿Un par de mocosos cuestionándome qué demonios era un profiláctico? Hm. Papá abrió los ojos como platos, y el pequeño se tiñó de mil colores. Ambos, dejándome la responsabilidad de explicarles.

— Un globo. — Mentí. Una mentirilla piadosa no hace mal a nadie. — Un globo para adultos.

— Ahh. — Aceptó Lizzie no muy convencida. — ¿Y para qué sirve?

— Um. — Dudé, ¿cómo explicarles sin marearles? — Verán. Es como una barrera.

— ¿Una barrera? — Ritter alzó una ceja. — ¿Una barrera para qué?

— Para que la cigüeña no llegue a las casas a dejar bebés. — Genial. Soy magnífico. No fingí, pero lo dije sutilmente. — Y para que algunas personas no se enfermen.

— Entonces, quiero un condón. — Mi nene se cruzó de brazos y su melliza, viéndole de reojo, le imitó. — Así nadie de aquí se enferma.

— ¿Y es grande?

— Am, depende del tamaño de la cigüeña. — Bill dejó escapar una sonora carcajada, aún con las mejillas pintadas de rosa. — ¿Alguna duda más, señores?

— Sí.

— ¿Tienen algún color especial? — Mi padre y el pequeño se descojonaban de la risa. ¡Claro! Y yo como un loco intentando corroborar todas sus inquietudes. — ¿Rojo, amarillo, azul…?

— Estem sí. Sí, sí. — Afirmé y les empujé suavemente hasta mi padre. — Ahora, cualquier otra cuestión se la realizan al abuelo de camino a su casa. Los amo, adiós.

Bill les besó los mofletes a ambos, y se situaron, uno a cada lado de su nono.

— ¡Pero, pero…! — Rió mi hija y se perdieron en las escaleras.

— Los niños de hoy en día. Y pensar que me quejaba del niñato de la preparatoria. Ahora vienen revolucionados desde que nacen. — Él me dio la espalda sin dejar de sonreír. — Eh, tú imbécil. ¿Dónde vas?

— A tomar una ducha. ¿Vienes? — Me miró sensualmente por sobre su hombro, y relamí los labios en una clara y directa señal de deseo. — Estamos solos…

Solos. Tenía que dejar atrás mi miedo, mi orgullo y mi cobardía. Ésta era mi oportunidad. Tal vez, el día había sido predestinado.

& Por Bill &

La oscuridad de la habitación envolvió dos figuras húmedas y candentes.

Pequeñas gotitas adornaban nuestros cuerpos, rastros de aquella ducha calma y romántica. Sin besos, ni sexo. Sólo caricias.

Tom estaba besándome de un modo tan diferente, tan nervioso, atemorizado. Liberé sus labios, y me volteé dispuesto a restregar cada centímetro de mí contra él.

— No. — Ordenó en seco. — Detente.

Antes de cuestionarle, se sentó en el extremo de la cama y me miró. Sus ojos, aquella noche, poseían un brillo especial. Algo había cambiado, y esperaba no ser el culpable.

Me reacomodé a su lado y le tomé del rostro con una mano. Con mi pulgar acariciando su mejilla derecha, suspiró. Podía divisar con claridad la mitad de su complexión, gracias a la colaboración de la luz exterior que se colaba por la ventana.

— Me asustas. — Susurré sobre sus labios. Tom sujetó mi mano deslizándola por su pecho hasta dar con su corazón. Casi podía notar como sus latidos golpeaban contra mi palma. No lograba comprender la razón de tanto misterio. — ¿Me dirás qué sucede?

— Quiero que seas tú, quien me haga el amor esta noche. — Su tono tan tímido y sumiso provocó que un espasmo recorriera mi espina dorsal. Parpadeé incrédulo. — ¿Quieres?

— Tom… — Titubeé nervioso. Pero si jamás lo había hecho. No estaba muy seguro de hacerlo bien. Mierda. — ¿Estás seguro? Quiero decir, y es que… realmente, yo… ¿Quieres que te haga el amor, hoy? ¿Aquí? ¿Ahora?

— Tenemos toda la noche, Pequeño. — Permitió que su cuerpo cayera, suavemente sobre la cama, apenas rebotando sobre el colchón. En cualquier otra oportunidad, aquel acto era signo incitante a montarle. Pero no. Le imité, volteando suavemente mi cabeza, inspeccionándole con atención. — ¿Aceptas?

— ¿Por qué este cambio? — Tomé entre mis dedos la coleta de su cabello, inhalando su aroma, embriagándome de él. — No, no… No quiero que te sientas obligado.

— Quiero que desaparezcan los jodidos roles en la cama. ¡Basta de activo y pasivo! Anhelo que si la pasión nos provoca y caemos como dos locos en sus brazos, nada determine quien reciba y quien de. — Su sonrisa ilusionada me hizo estremecer. — Que nuestros corazones decidan. Como bien sabes, siempre lo hemos hecho con amor. ¡Y el sentimiento mismo debe ser lo único importante! ¿No? ¿Qué opinas?

Si emitía una palabra, las lágrimas que empecinado retenía comenzarían a desbordarse sin permiso. Asentí buscando sus labios, cerrando los ojos ante el contacto. Correspondiéndome, sin profundizar, nos pusimos de lado quedando así frente a frente. Mi mano temblorosa, esclava de los nervios y la emoción, viajó desde su torso a su hombro. Allí, mis dedos se deslizaron con suavidad por su brazo sintiendo a su paso como se le ponía la piel de gallina, producto del estremecimiento. Al llegar a su muñeca, tomé su mano y la situé sobre mi pecho. Tom estaba nervioso. Sólo me besaba, pero su cuerpo permanecía tieso. — Acaríciame. — Murmuré mientras repartía besos sobre la epidermis de su cuello. Yo temblequeando, y él tenso como una roca.

— Joder, cualquiera diría que estamos a punto de… hacerlo por primera vez. — Bromeó con el doble sentido. Claro que era mi debut. Mi inicio como activo.

Mordí suavemente su hombro. — Auch. Estás tiritando, ¿tienes frío?

— Estoy nervioso. — Admití subiendo por su mentón, regresando a su boca una vez más. Miré sus ojos y mordí sus labios, dejando pequeños y cortos besos sobre ellos. Sonrió relajándose. Pude sentirlo, ya que sus manos se atrevieron a moverse yendo y viniendo por un sendero imaginario en mi espalda. Tom, amaba tocar esa porción de mi cuerpo, siempre lo decía.

— Relájate. — Me ordenó alejándose unos centímetros de mí. Tomó de la mesa de noche, un botellón de líquido transparente y me lo tendió. Le miré absorto viendo como me daba la espalda algo sonrojado. — Y has conmigo lo que desees.

Joder, estaba… estaba… entregándose.

De repente, un tornado enardecido de calor azotó mi cuerpo. Las pulsaciones aumentaban al igual que mi presión. El ardor en mi cara, sobre todo en mis mofletes, advertía con estallar. Arrimé mi frente a su nuca, mi nariz expulsó una exhalación sobre el comienzo de su dorso y mi boca permaneció entreabierta.

Me sentía excitado, de placer y de nervios. —Otra vez—.

Sin querer, mi miembro rozó peligrosamente entre sus nalgas. Sentía ese calor desprenderse de su intimidad llamándome a ingresar. Arañé con saña la piel de su espalda baja, adueñándome del primer jadeo, y tanteé su hendidura.

— Si te causo el mínimo daño, dímelo. — Susurré lamiendo su lóbulo. Asintió ahogando un gemido y mi índice se escurrió por su entrada. — ¿Duele?

— Un poco. — Murmuró entre dientes. Comencé un suave movimiento circular, tal cual como él lo hacía conmigo. Se sentía tibio y apretado. — Ugsh, muévelo como hace un momento.

Sonreí con picardía profundizando, era una maravilla la sensación que se ajustaba alrededor de mi extremo. Poco a poco iba cediendo y dilatándose, su entrada solicitaba un poco más de ayuda. Ensalivé mi mayor, y lo sumé empujando con sutileza hacia dentro. Apenas me quedaba quieto, Tom se balanceaba de adelante hacia atrás contra mi mano, preparándose él mismo. — Oh, oh mierda. Ahí, sí. Justo ahí. Hazlo. — Su voz ronca, sus pies encogiéndose. ¡Había dado en el blanco!

Exploré entre el espacio de nuestros cuerpos, y cogí la botella de lubricante. Unté un poco sobre mi pene, y otro tanto en mi mano mientras masajeaba su estrecha intimidad.

Torpemente, anexé mi pelvis a su trasero y mi polla siguió la sensación de calor ingresando con sumo cuidado. Temía lastimarle, y ello no me tranquilizaba.

— Maldición. — Balbuceó. Coloqué mi brazo sobre el suyo, sin salir de su interior. — Espera, espera. Joder, duele como la puta hostia. Espera.

No. En ese caso, sabía que hacer.

Acaricié la longitud de su falo, sedosamente. Desde arriba hacia abajo, al mismo tiempo le embestía a cámara lenta.

Calor, calor, calor.

Ciego, estaba cegándome.

Abrí la boca de par en par, entretanto Tom movía sus caderas contra mí. Cada rincón de mi silueta cosquilleaba, vibraba y quemaba. Una peligrosa combustión se inyectaba en mi sistema, drogándome. Cerré los ojos, jadeando, sintiendo como él realizaba extraños movimientos con sus músculos aprisionando mi miembro. Algo me decía que su cuerpo iba a succionarlo. Iba a perderme en él.

Era tan satisfactorio sentir que conformábamos un solo ser…

— Mírame… — Imploré, y en un efímero instante volteó su cabeza. Con precaución me reincorporé un poco, sin salir de su interior, y desvariando resollamos excitados contra la faz del otro. Mis cabellos cubrieron parte de mi sudado rostro, adhiriéndose a mi piel. Tom mordió su labio con saña al sentir como alcanzaba su punto, y arremetía con fuerza contra él. Necesitábamos terminar, el oxígeno comenzaba a extinguirse.

Una corriente eléctrica descargó sobre mí, y sentí como humedecía su pequeño agujero. Gran parte de mi esencia se escurrió por entre sus piernas, y él se vino en mi mano. Salí lentamente, para no lastimarle, y poco a poco retomó la postura inicial. Viéndome de frente.

— Te amo. — Dijo agitado. Limpié mi palma y mis dedos con las sábanas, y le sonreí. Me acurruqué feliz, emocionado contra su pecho. — Eres tan dulce. Priorizaste mi placer antes que el tuyo.

— Yo también quiero cuidarte. — Ronroneé al sentir una de sus manos masajeándome la cabeza. — Pero, ¿sabes qué es lo que más me hace sentir especial?

— ¿Qué?

— Saber que continúas siendo el primero en absolutamente todo. — Pestañeó abrazándome con fuerza. Agotado, me dispuse a descansar. Como siempre en sus brazos. — Y yo te amo a ti, Tom.

Mis nuevas experiencias eran iniciadas por el viejo, y únicamente él las transformaba en perfectas. Continuamente lo había hecho, y eternamente lo hará.

Continúa…

por Ignacio Pelozo

Escritor del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!