Profesor 28

«Mi profesor de química» Temporada 2

& Capítulo 28 &

& Por Tom &

Querido hijo:

Sé, tanto como tú, que jamás he desempeñado bien mi papel dentro de la familia. Como también, debes recordar, soy la culpable de tus desdichas amorosas. Tal vez éste no ha de ser el modo. Quizá, el tren de mi orgullo se esté marchando con él arriba, y yo inmóvil sin perseguirle porque ya se me ha hecho tarde. Demasiado tarde.

Duele recordar nuestra última charla. Tú con la frente en alto, orgulloso, exclamaste: ¡Bill está en Leverkusen, y estamos juntos! Y volví a fallar. He vuelto a negarte.

No es fácil. Jamás ha sido una tarea simple comprender a un hijo, y viceversa. Sobretodo, si siembras en tu mente la idea del hijo de ideal. Y ello, ha sido mi peor error. Cuando Ritter se marchó, debí haber cuidado de ti como una fiera protege de sus cachorros. Y no lo hice. Esa respuesta, también la conoces. El dinero, Tom. El dinero hace y deshace con la gente a su antojo. Nos creemos poderosos por tenerlo en nuestros bolsillos, pero no somos más que unos carentes callejeros. ¿Qué querrá decir esta mujer? Carentes de amor, callejeros de senderos desconocidos en los cuales una demostración de afecto tiene un pequeño cartel oscuro con el signo dólar. Pero como no sientes, no quieres comprar. Rechazas obtenerlo.

Ahora, detrás de estas rejas no tengo dinero. Tampoco amor. Estoy sola. Error: Siempre lo he estado. Ahora me siento sola. Este es el instante en los que extiendo los brazos y la soledad me rasga la piel.

En diez días, quien dormía bajo mis mismas sábanas y compartía una alianza de matrimonio, no ha venido a visitarme ni una sola vez. No he recibido a nadie. Más que fantasmas del pasado que se limitan a atormentarme por las noches, enloqueciéndome. En este momento, es cuando me pregunto: ¿Por qué? ¿Por qué te he hecho daño, si fui yo quién te ha dado la vida? ¿Cómo he sido capaz?

¿Sería muy hipócrita pedir disculpas ahora? Ni siquiera me atrevo. Aunque me gustaría que algún día, tu pareja y tú, pudieran hacerlo. Supongo, que tras ser perdonada podré descansar en paz, no lo sé.

Recuerdo que Jessica me resultaba la mujer ideal para ti. Ahora comprendo porqué. Era una imagen de mí misma. Con años menos, claro. Ambiciosa, egoísta, manipuladora. Incapaz de matar, por supuesto. Pero, siempre estaba dispuesta a servir al peor demonio con tal de arruinar vidas y aprovecharse.

Es injusto. He sido tan cruel. ¿Por qué obligar a mi hijo a vivir sin amor, sólo porque yo rehusaba a sentirlo? La gente rechaza lo que no se acostumbra a ver. Otro fallo.

Una madre no debería cuestionarle a su hijo su orientación sexual. Simplemente aceptar y apoyarle. Ambos términos, a los cuales, no me he adaptado. Porque no me había importado, hasta que te vi. Vi por las noticias como le recibías tras la pesadilla, y le besabas delante de todos, sin importar que millones de personas estuviesen viéndolos. Jamás me he detenido analizar cómo le mirabas, cómo le sonreías; como si el alrededor se hiciese pequeño y todo se centrara en él. En sus ojos y sus labios.

¿Por qué el Destino no me ha obsequiado la oportunidad de ser amada de ese modo? ¿Acaso será cierto? Aquello que Ritter decía ¿cómo era? Todo regresa con el doble de magnitud que lo envías. ¿Cierto?

Confío en que has leído cada línea. Grítamelo, voy a oírte. Esperaré.

Lo más mínimo, pero no calles. No dejes que continúe dependiendo del silencio.

Te quiere, mamá.

P/d: Perdóname

— Hola, ¿papá? — Ahogué un sollozo en mi garganta. Los niños desayunaban y veían televisión desde la cama, junto al pequeño. — He… joder, he recibido una carta de mamá. ¿Cuándo irás a verla? Quiero conversar con ella.

Un escalofriante silencio se formó en la línea telefónica.

En una mano sostenía el móvil y en la otra, temblorosa, la carta que el portero había dejado en la mañana bajo mi puerta.

— ¿Papá? ¿Sigues ahí?

— ¿Una carta? Yo he recibido un llamado, esta mañana. — Aquel órgano que albergaba en el centro de mi pecho se desató con fuerza. — Tu madre se ha quitado la vida, Tom.

Soltó sin más. Sin piedad, destrozándome por dentro.

— ¿Q—qué? ¿Por qué? ¿Cómo? ¿¡Cuándo!? — Miré el encabezado de la carta. No poseía fecha. ¿Cómo adivinar el día preciso que la había escrito? — ¡Responde!

— Ayer en la noche. Se colgó, es decir, se ahorcó. — Las lágrimas comenzaron a desbordarse. ¿Por qué ahora, que me sentía capaz de perdonarle? ¿Por qué jamás formaba la familia completa? Primero Ritter, mi padre; Gordon, luego Simone y su bebé. Ahora mi madre. — Sólo ha dejado una nota en sus pies, que afirmaba: He determinado mi propia sentencia.

Finalicé la comunicación, dejándole las palabras en la boca. Él estaba cabreado, y no sentiría el mismo dolor que yo. No sufriría la misma intensidad. Nadie.

— ¡Maldita, maldita, maldita! — Grité tirando al suelo lo más cercano a mi paso, destrozándolo todo. Cogí un retrato, el único que tenía junto a ella, arrojándolo con fuerza contra la pared. — Maldita, maldita…

Por un momento, volvía a ser aquel con niño de cinco años viendo como se le escapaba de la mano su progenitor. Indefenso, vulnerable, incapaz de hacer algo.

— Mamá… — Lloriqueé en un hilo de voz, enojado. Golpeé la pared con mis puños cerrados, raspándome los nudillos. — ¡Serás hija de puta, cabrona! ¡¿Para qué mierda dices que esperarás?! Si como todo lo que prometes, no lo haces…

Sacudí con violencia mi cabeza, arremetiendo contra la puerta.

— ¡No! ¡Tom, para! ¡Detente! — Bill me tomó por la espalda alejándome, presionando con fuerza cada vez que intentaba zafarme. — Para, ya. Para…

Poco a poco distendí mi presión y me giré para abrazarle.

— ¿Qué sucede? — Interrogó preocupado tomándome la cabeza. — Mira no más tu frente, gilipollas.

Sentí una ligera punzada cuando situó su dedo sobre ella. Ojeé su índice y un efímero hilillo de sangre corrió en su yema.

— Abrázame. — Rogué y su labio inferior tembló. — Y no me sueltes, por favor.

Automáticamente sus brazos me ciñeron por debajo de mis axilas. Escondí mi rostro en su cuello y suspiró sin comprender. No hacían falta palabras, él lo sabía todo. ¿Cómo? A través de la conexión que poseía mi corazón y el suyo.

— Mamá… — Hipé. Otra grieta cascaba mi corazón.

&

Las siguientes dos noches, no conseguía dormir. Sus palabras se repetían en mi cabeza, una y otra vez. A veces, una Kattie destruida, abatida y arrepentida; se instalaba en mi cabeza, escribiendo, llorando.

El reloj anunciaba no más de las once de la mañana. Dos semanas, catorce días desde que Davis White había desaparecido de nuestras vidas. Pero el dolor no cesaba.

— En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo… — El sacerdote bendijo el féretro ante nuestra inspección. No fuimos muchos los presentes aquella fría y ventosa tarde, cuando el cuerpo de mi madre fue sepultado en el jardín de paz de Leverkusen. — Amén.

El clérigo dio inicio a sus palabras, Bill situó sus manos en los hombros de los niños y yo, oculté mi lacrimosa mirada detrás de unas gafas oscuras.

Papá no quitaba los ojos de aquella madera oscura y reluciente. Vestía un traje opaco y un dejo de pena asomaba en su expresión facial. Aunque lo negara, y se odiase por ello, le quería. Le amaba a pesar de sus berrinches, sus caprichos insaciables y su locura. Ningún joven carga con la vida miserable de una mujer soltera con un hijo. Soltera a medias, efectivamente. No cualquiera educa a un niño que no es de su sangre, desviviéndose por su bienestar. Sólo él, únicamente Jörg, podría ver virtudes y bondad en una mujer despiadada. Su noble corazón era capaz de sentir amor por la maldad personificada. El arcángel enamorado del demonio.

— Que Dios la acoja en la santa gloria. — Murmuró el padre, luego de absolver sus pecados. (Si es que ello fuere posible). Uno a uno, lanzaron sus flores, y tras aventar desganado un pequeño capullo blanco dejé escapar una lágrima. — Mi más sentido pésame.

— Oh, gracias. — Carraspeé y me arrodillé lentamente. ¿Querías escucharme? Bien, hazlo. Pon atención, mamá. — Bien, ¿quieres tu jodido perdón? Felicidades Señora, aquí vengo a obsequiárselo. Si Dios lo hace, ¿por qué no iba a hacerlo también yo? Lo que las deidades desconocen es que has injuriado mandamientos.

Uno. No tomarás el nombre de Dios en vano.

¡Mami, mami! Correteé al llegar del instituto, abrazándole por la espalda. Mami, ¿sabes lo que dice Mark?

Mark, ¿quién es ese? Interrogó liberándose de mi agarre, medio empujándome. Tambaleé y alcancé a sujetarme del sofá. — ¿Y qué dice?

Mark es el niño con quién comparto pupitre. Escritorio. Sonreí. Él dice que nosotros, los seres humanos, somos familia de los monos. Pero, Jörg siempre dice que las personas vienen de Dios. Que su mano mágica nos crea. ¿Tú qué opinas?

No creas todas las chorradas que dice Jörg, niño. Me regañó y asentí obediente. Suspiró profundamente y volvió a mirarme. Dios, ¿existe? Pues para que lo sepas, si es así, el puto Dios que tú dices te ha quitado a tu padre. Hizo que se fuera lejos. ¿Contento?

Mis ojos se llenaron de lágrimas apenas le mencionó.

Dios. Dios, Dios. ¡El poder es Dios! Eché a correr hacia el sótano. En aquella casa, había un pequeño santuario que mi padrastro había armado con esmero.

Diosito. Aquel pequeño Tom, de rodillas orando ante una figura de cerámica, sintió un relámpago de fe atravesar su corazón. — ¿Cuándo me devolverás a mi papito?

Junté mis pequeñas manos debajo de mi rostro, cerré los ojos y comencé a rezar.

La creencia se aloja en el alma, sino sientes ¿en qué podrías creer?

Dos. Honrarás a tu padre y a tu madre.

Estaba decidido. ¡Era lo justo!

Quiero conocer a mis abuelos. Sentencié. Papá me miró de reojo. Mamá, automáticamente, dejó de masticar haciendo rechinar sus cubiertos. — ¿Dónde coño viven tus padres?

A mí no me hablas en ese tono, niñato. Elevó la palma de su mano dispuesta a golpearme. Alcé el rostro enseñándole la mejilla, provocándole. Jesús, ¿para qué?

¿Cómo para qué?

¿Para qué mierda quieres ver a dos ancianos inútiles?

¡No hables así de ellos! Defendí poniéndome de pie, golpeando ferozmente los puños en la mesa. ¡Quiero conocerles antes de que sea tarde, maldita! ¡Estoy en mi derecho de hacerlo!

Tu abuela no fue más que una desgraciada, prostituta y alcohólica. La muy puta no hacía más que promocionar su cuerpo al primer camionero que se la cruzase. Abrí los ojos desmesuradamente, sorprendido. Y tu abuelo, joder. Para lo único que fue bueno fue para golpearnos a la ramera y a mí.

¿Podrías dejar de insultarles? Tú tampoco eres un modelo ejemplar. ¡Tú también disfrutabas vendiéndote a cambio de dinero! Una bofetada me obligó a callar.

A un paso de la adolescencia, me alejé. Mi alma marchó de mi casa para no regresar.

Y así, podría continuar. Tu vida ha estado llena de hurtos, falsos testimonios y mentiras; actos impuros de sobra. Has codiciado bienes ajenos, y saciado deseos impuros hasta el cansancio.

— Estás perdonada de absolutamente todo… — rasguñé la tierra ensuciándome las manos, desquitando de mi interior ese sabor a ira y dolor. — Menos de abandonarme.

— Vámonos, Tom. — Ordenó Bill a mis espaldas, observando cada uno de mis movimientos. — Deja de castigarte, por favor.

Sin pronunciar una palabra, me reincorporé sacudiendo mis pantalones.

— ¿Quieres ir a Lübeck? — Él sonrió claramente ilusionado, contagiándome.

— ¿Lo dices en serio? — En un leve gesto se abalanzó besuqueándome. — ¡Me muero por regresar! ¡Quiero ver a Andy! Ohh, sí, sí. ¿Cuándo?

— Pues déjame preparar todo. Iremos en el coche, ¿esta noche?

— Viejo.

— ¿Qué? — Reí.

— ¿Me dejas hacer aquí, una… última cosa? — Su mirada se revistió de improvisación. — Quiero regresar pero… antes tengo una tarea pendiente.

— Claro. Nos vemos en casa. — Besó mis labios con intensidad. Y al cabo de unos minutos partimos en diferentes rumbos. Desde la entrada, eché un vistazo al pacífico y tenebroso lugar. — Qué descanses, mamá. Adiós.

& Por Bill &

El ómnibus abrió sus puertas traseras y, tras pronunciar un ‘gracias’, bajé rápidamente.

La idea de regresar a la ciudad, donde nos conocimos, era sencillamente fantástica. Andreas junto a su mujer y su pequeño hijo se llevarían una grata sorpresa. Hace casi un año que les dejé para venir a Leverkusen con… bueno, Nick.

— Buenos días. — Un joven me trajo a flote, ya que me hallaba sumergido en mis propios pensamientos. — ¿Qué necesita?

— Quisiera… quisiera ver a, umm… — ¿Y si aquello era una chorrada? ¿Si Tom se enteraba y sólo lo empeoraba todo? No, no. — Mateo Dos Santos.

— Me temo que eso no sea posible. — Negó señalándome un cartel.

Días de visitas: martes y viernes. Horario: De 15 a 19 hs.

— Pero, pero, pero… — Tartamudeé. Nadie le negaba a Bill Trümper, nada. — Ésta noche me marcho muy lejos, señor. Y antes de irme, necesito decirle algo. ¡Quién sabe cuándo le vuelva a ver!

— No puedo permitirle el paso. — Deslicé la mitad de mi cuerpo sobre su escritorio, y en un gesto de ‘por favor’ y pestañeando inocentemente, le arrebaté una sonrisa y leve sonrojo en sus mejillas. — Vale, a ver. Espéreme aquí un momento.

Oh sí. Bill eres un genio.

— ¡No se mueva de ahí! — Me ordenó el policía enseñándome un dedo en alto. Negué frunciendo los labios, y rió. — ¡Gauss, prepara a Dos Santos! El imbécil ha recibido su primera visita. Y encima, especial.

¿Su primera visita? Joder, ¿y su familia? ¿Acaso no lo sabían? Pero si en todos los canales hablaban del caso… Pobrecillo.

— Ven, sígueme. — Obedecí su mando, yendo tras sus pasos, avanzando a través de un largo pasillo. Esperaba encontrarme con celdas repletas de tíos viéndome el culo, pero no. Carraspeé incómodo por el silencio y el poli se volteó a verme. — Eres la última víctima de White, ¿cierto?

— Sí. — Afirmé frío. Con tan sólo oír su nombre algo dentro de mí daba vueltas, mareándome. — Um, ¿cuándo dictarán la sentencia?

— No sabría decirte. Un mes, quizá. Un año… — Joder. ¿Permanecer dentro de una habitación congelada, como un canario ansiando libertad, sin saber con precisión cuánto tiempo estarás allí? Qué vida de mierda. — Pasa, espera aquí. Ya lo traen.

Un hombre alto uniformado —con traje gris— abrió las rejas. Se asimilaba mucho a las salas de visitas de las películas dónde la familia visitaba al presidiario. Anduve hasta la última y deslicé la silla sentándome de espaldas a la entrada. Tomé la caperuza de mi sudadera, ocultando mis rastas y suspiré.

— ¿Una visita? — Oí su voz acercándose. — ¡Pero suéltame, capullo! ¿Dónde puñetas escaparía? ¡Aughs, que me sueltes!

Mis piernas comenzaron a temblar, al oír como la verja se entreabría para al cabo de un mísero instante ser cerrada. — ¿Quién eres tú? — Murmuró inseguro. Permanecí inmóvil y bajé la mirada.

— No más de diez minutos. — Aclaró el muchacho que me había recibido en recepción.

— ¿Bill? ¿Qué… qué haces tú aquí? — Miré sus ojos y un ligero espasmo recorrió mi espina dorsal. — Joder, vete…

— No. — Determiné notando la lágrima que desprendía, humedeciendo su mejilla. Aclaré mi garganta, relajándome. — Siéntate.

Con sus manos esposadas, se situó delante de mí. Bien, ¿cómo comenzar?

— ¿A qué has venido? — Cuestionó facilitándome la tarea. — Creí que jamás… jamás volvería a verte.

— Quiero oír. Quiero conocer tu versión. — Coloqué mi mano sobre las suyas, acariciándole con mis dedos. Él notó la unión echando a llorar. — Y no me largaré sin hacerlo.

— Vale. — Sonrió aún sollozando. — Pero no interrumpas.

— De acuerdo. — Entrelacé nuestros dedos. El nerviosismo se presentó sobre su figura ruborizándole al máximo. De ese modo, se veía tan tierno e inerme.

— Ingresé a la preparatoria un año antes que tú, topándome con Yuki y su pandilla. Como sabrás, a pesar de tener un líder homosexual, irónicamente, sus presas siempre han sido los ‘maricones’. ¿Recuerdas a Frank? — Asentí. Cómo olvidar a tremendo subnormal. — Pues una tarde, salía de una clase de natación, cuando me atraparon los cinco en el gimnasio. No. No, me corrijo. Los cuatro, el chino no estaba. Sentí mucho miedo, recién llegado, extranjero… ¿Cómo coño iba a sentirme? Haru se acercó a mis labios, desafiante, y me dijo: ¿Eres un chupa—pollas? No sabes lo mal que me sentí al refutarlo. Cuando niegas tu sexualidad, estás negándote a ti mismo. A quién eres. Es como decir: No me llamo así. Sino, de tal otro modo… Llegué a casa llorando, me acurruqué en la cama hecho un ovillo y grité. No sé hasta cuándo, creo que toda la noche. Aquella semana no fui a clases. Ni a entrenamiento.

Bajó su mirada acojonado, inhalando para proseguir.

— Al próximo lunes, Yuki me esperaba en la entrada. Me habían anunciado líder del centro estudiantil de la escuela. Quise evitarlo, pero me cogió del brazo arrastrándome hasta la esquina. Allí, un automóvil blanco con cristales oscuros abrió sus puertas. Oí un ‘hola preciosura’. Era Davis White. — Tomé de mi bolsillo un pañuelo, y limpié sus lágrimas. — Gracias. Bueno… Yuki me lo presentó y me contó a qué se dedicaba el tío ese. Joder. ¡Temblaba como una hoja de papel! Y me advirtió: Tú hablas, y te mato. ¿Qué hubieses hecho tú?

— Callar. — Susurré compadecido.

— En ese estado, tan terrorífico estuve durante un año. ¿Crees que descansaron durante las vacaciones? Me fui a Portugal durante dos meses, y no dejaban de enviarme mensajes al móvil. Uno cada día, recordándomelo todo. — Qué martirio. — Al año siguiente, el primer día conocí al chaval más hermoso de todo el planeta.

Leí su placa: Mateo. Que raro, no conozco muchos con ese nombre, tal vez sea extranjero.

¿Su apellido? nos dijo. Su voz era suave. Me incomodó su mirada.

Trümper esta vez, yo fui quien respondió.

— Lo recuerdo. Incluso, por aquel entonces, eras más alto que yo. — Sonreímos al mismo tiempo. — ¿Y qué sucedió entre ustedes posteriormente?

— Yuki le enseñó una fotografía, del curso completo, a Davis. Y él sin dudarlo señaló tu rostro entre todos y dijo algo como, um… ¡Sí! ¡Él! Pero me separé de la pandilla del jodido japonés, porque estaba enamorándome de ti. Aún te amo. — Mis mejillas ardieron sin evadir su mirada. — Hm. Ellos les dijeron a mis padres que su hijo era gay. Por eso, se cabrearon conmigo y no tuve más remedio que seguir sus pasos. Obligado, siempre, acatando sus órdenes. White les pagaba a ellos al mes una miseria, pero ya sabes, cuando eres un crío no importa. En el momento que supe que andabas con Tom, algo en mí se rompió. Jamás te haría daño porque me tienes loco. ¡Y no lo digas! Sé que nunca me corresponderás pero… ¿Ahora qué importa? Estaré toda mi vida tras unas putas rejas, al menos puedo morir en paz.

— Saldrás, ten fe. — No pude decir más. Un nudo estaba atorado en mi garganta. — No eres culpable, escúchame…

— ¿No lo soy? ¡Por Dios, Bill! Soy una mierda. — Sus ojos… ellos no alegaban lo mismo.

— No, no lo eres. — Me acerqué a su rostro tomando sus hombros. — Juro por mi vida que contrataré al mejor abogado para que te saque de aquí. Y tú les dirás a las autoridades, todo. ¡Sin perder detalles! ¿Entiendes?

— No lo merezco.

— Cállate. — Ascendí mis manos hasta su rostro, y besé su frente. — Sí lo mereces.

— N-no… — Añadió en un hilo de voz, rompiendo en llanto. Rápidamente caminé hasta su lado y le abracé. — Gracias, gracias, gracias.

— La visita ha terminado. — Anunció un policía.

— Mateo. — Le llamé soltándole lentamente. — Prometo escribirte apenas me aloje en algún lugar. ¡Más te vale que respondas, cretino! Y juro que buscaré al mejor buffet de defensores.

— Tom va a molestarse. — Oh, sí. — No quiero que…

— Déjamelo a mí. Tú confía.

— La visita ha terminado. — Repitieron. Acorté la distancia entre nuestros rostros, seguro.

— Y perdóname. — Junté nuestros labios y sentí como tiritaba en mis brazos. Un leve roce bastó para adueñarme de la mejor de sus sonrisas. — Espero que encuentres la persona indicada. Y si no te ama como meritas, lo asesino yo mismo.

El ente de seguridad lo tomó de los hombros llevándoselo.

Alcancé a divisar como acariciaba sus labios cerrando los ojos.

Discúlpame viejo, pero voy a ayudarle. Y tú tendrás que secundarme.

Continúa…

por Ignacio Pelozo

Escritor del Fandom

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