
«Mi profesor de química» Temporada 2
& Capítulo 29 &
& Por Tom &
Dejando de culpar al Destino, me atrevo a decir que la vida es un juego compuesto por dos participantes: el manipulador y la víctima. ¿A qué llamar manipulación? Al chantaje con ingenio que deja a la presa en una situación difícil.
El manipulador es el lobo disfrazado de abuelita, asemeja ser confiable y sufrido, cuando en realidad es una criatura maligna. Emplea el temor, la autoridad, la seducción, la mentira y la culpa para que su muñeco a manejar, haga lo que aquel ordene o desee. Si sus títeres no se mueven al compás de los movimientos de sus manos, aparecen las amenazas. Cada una de sus advertencias, esconden un mismo mensaje oculto: ‘Sino lo haces, te pasará tal cosa’. El manipulado no puede evitar sentirse humillado como ser humano.
Todos hemos mangoneado en algún momento, en mayor o menor medida, en el trabajo, en la familia o en el amor. Y aquello que el pequeño ejercía sobre mí en ese instante, era manipulación.
— Vamos, Tom… — Insistió ajustándoles el cinturón de seguridad a los niños en el asiento trasero. — ¿No te ha conmovido?
— Sí, pequeño. Sí. Es un gilipollas que se ha dejado manipular durante más de cinco años por Davis y su cuadrilla. — Según Bill, Mateo merecía la libertad. O al menos, una reducción en su condena. — Secuestró a mis hijos, a mi pareja… ¡Me ha hecho daño!
— Pero él no quería. — Resoplé abriéndole la puerta del acompañante, entretanto daba marcha el motor. — Yo hubiese hecho lo mismo.
— ¿Qué?
— Es sensible, frágil. White le jugó con el miedo. — Aquí vamos con lo que comenzaba diciendo. Vale, tenía razón. ¿O acaso me negaba por celos? — Era adolescente. El tío era mayor. ¿Qué harías en su lugar?
Permanecí en silencio otorgándole, de una vez por todas, su deseo.
— ¿Tu falta de palabras… es un sí? — Sonreí de medio lado rendido. En aquella situación, yo era el ciervo acorralado dispuesto a entregarme al león. — ¿Tomi?
— Sí, sí, sí. — Afirmé repetidamente acelerando. — ¿Vas a dejar de tocarme los huevos con el temita, ya? No quiero pensar que el memo ese ha tocado tus labios.
— Ohh… con que es eso. — Me picó el hombro con su dedo, y me volteé exterminándole con la mirada. — Estás celoso, es natural.
— ¿Quieres callarte? — Entorné los ojos reprimiendo el deseo de reír. Descojonarme de felicidad.
En el maletero, llevábamos valijas con lo necesario. Del resto, se encargarían los tipos de la remesa —camiones de traslado—. Muebles, vajillas, alfombras, la nevera, el lavarropas, etc, etc. De eso, ya se ocuparía papá.
Me dolía dejarle solo, allí en Leverkusen. Pero según él, le haría bien, necesitaba pensar. Sé que la partida de mamá le ha tocado profundo y no le será nada fácil desprenderse de sus recuerdos. En fin, él es un hombre fuerte.
De repente, un fuerte estruendo resonó dentro de mi Cadillac. Un sonido moderno y electrónico comenzó a sonar. Bill elevó el volumen y los niños comenzaron a aplaudir.
— ¡Hey tú, nene! — Ohh, no. Aún sentado alzó sus brazos y, como si estuviese en una pista de baile, comenzó a bailar meneando sus caderas. Su voz dulce, armónica y sin errores de entonación se propagó como el único eco en la carretera. Deslizó la ventanilla hacia abajo, inclinándose para sacar la mitad de su cuerpo. — ¡La vida contigo está en éxtasis!
— Pequeño. — Le palmeé el trasero sin soltar el volante. Pero no me obedeció. Continuó aquella canción a toda voz. El viento jugueteando con sus cabellos, achinándole los ojos. Sin lugar a dudas, era dueño de un gran potencial. Algunos conductores se quedaban viéndole sorprendidos, mientras otros le alentaban sacudiendo alegremente los brazos. — ¿Qué demonios haré contigo el día que seas el ídolo pop más guapo?
— Continuar amándome. — Me guiñó un ojo, respirando agitadamente. — Y besarme los pies, quizás.
— Gilipollas.
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— ¿Cómo sabes que viven aquí? — Interrogué estacionando mi vehículo frente a una pequeña casa con compuertas de maderas, dos plantas, ladrillos a la vista y un jardín bien cuidado. — ¿Es la única ‘Annie Hünicken’ en la ciudad?
— Um, me temo que no. — Sobre sus piernas descansaba una actualizada guía telefónica. Con su dedo señalaba la dirección en la que nos encontrábamos. — Hay una que dice, em, Annie Hünischen. Y que yo recuerde, se escribía con k.
— Bien, Ritter. — Ordené. Mi hijo se bajó de la mano de su hermana corriendo hasta la senda. — Tocan la campana, pregunten por Andreas mientras Bill y yo nos escondemos para sorprenderle. En caso de que lo sea, claro.
Tras poner los pies sobre el suelo, correteamos como dos niños ocultándonos tras unos arbustos. Mis hijos comenzaron a pelearse por quién pulsaba el timbre.
— ¡Y es que no alcanzo, estúpido!
— Aish. Qué tontas son las niñas.
Un leve din—dong se dejó oír. Una voz femenina gritó un ‘voy’ desde el interior del hogar. La puerta se entreabrió y un niño asomó su pequeña cabeza. Una criatura como de la estatura de Lizzie de cabello rubio y peinado hacia arriba. Sobre su nariz, descansaban pequeñas gafas de leer.
— ¿Quién eres tú?
— ¿Quiénes son ustedes? — No puedo creerlo. ¿Iban a ponerse a conversar justo ahora?
— Ugh — Gimió Bill a mi lado, removiéndose en el césped. — Me he clavado algo en el culo.
— Sh, cállate. — Reí observando el panorama. — O, de lo contrario, tendré que clavarte otra cosa.
— Um. Suena bien. — Jodido pequeño.
— Yo me llamo Ritter, y ella es mi melliza. — Estrecharon sus diminutas manos en forma ‘cordial’. — Y estamos buscando a, eh… ¿A quién?
— Andreas. — Completó mi princesa, y aquel nene parpadeó sorprendido. — ¿Vive aquí?
— ¡Papá, papá, papá! — Aquel mocoso corrió desorientado cerrándoles la puerta en la cara. ¡Genial!
— Pero qué maleducado. — Mi hijo se cruzó de brazos y su hermana le besó la mejilla con suavidad. A los pocos segundos, aquel rubio se hizo presente. — Hola señor. ¿Es Andreas?
— Sí… — Titubeó nervioso. — ¿Y ustedes… quiénes son?
— Nuestros hijos. — Lentamente nos pusimos de pie. El primo del pequeño ensanchó su sonrisa totalmente emocionado. — Hola, primo.
— Joder, joder, joder… — Bill estiró los brazos precipitándose para abrazarle.
— ¡Cuidado la….! — Tarde. Por apresurado se fue de boca al suelo. — Maceta.
— Ay, ay… — Lloriqueó mientras le recogía por la espalda. — Mi pancita.
— ¡Jajajajajajajajajajaja! — Los tres chiquillos comenzaron a tentarse de la risa. El rubio y su primo se abrazaron. Y suspiré. Ambos luchaban por contener las lágrimas, qué par de subnormales. Lágrimas de felicidad son las que debes derrochar sin que nada importe. Son aquellas que realmente valen la pena dejar salir.
— ¡Mierda! ¿El profesor de Química? — Annie se detuvo en el umbral sorprendida. — ¿Dónde están aquellas trenzas azabache que has dicho no quitarte jamás?
— Se me han ido. — Fingí un tono melancólico mientras le saludaba con un ameno abrazo. — Se han ido con mi juventud.
— Es que el viejo, el viernes está de cumpleaños. — Ironizó Bill, entrometiéndose en mi conversación. — Entra en la tercera edad. Los treinta. ¡Uhhh!
— ¿Quieres callarte? — Ella frotó suavemente su abdomen y noté el pequeño bulto que reposaba bajo su camiseta. — Ohh… ¿estás embarazada?
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— Con la cruz saltas, con el círculo disparas; las flechas sirven para caminar. Ya sabes, izquierda, derecha. Y con el triángulo coges la tortuga. — Walter. Así se llamaba el hijo de la blonda pareja. Junto a mis mellizos jugaban frente al televisor con la consola de vídeos. — Si pierdes, se lo dejas a tu hermana.
— ¿Y has pensado el nombre? — Bill y Andreas cuchicheaban desde la sala, mientras le ayudaba a Annie a lavar las vajillas. — ¿Es niño o niña?
— Oh, niña. Hemos pensado muchos, estamos indecisos. — Fregué un vaso con la mirada perdida. Ella no tardó en notarlo. — ¿Ustedes? ¿Planean algo al respecto?
— Uju, no. — Reí. Si tan sólo el pequeño quisiera.— Ya sabes, si las leyes no cambian…
— Comprendo. Pero ten fe. — Moría por casarme y formar una familia “legal”. Mas de momento, sólo era un proyecto a futuro. — De todos modos existe el alquiler de vientre, o ya sabes jovencitas que no pueden mantenerles y les dan en adopción sin pedir nada a cambio, más que una familia dónde su bebé crezca sano y con amor.
— Muero en ello. Pero Bill y yo, a pesar de todo, estamos en edades diferentes. Él aún es joven, no es que yo sea un viejo, ¿vale? Simplemente, él quiere centrarse en mí, en su trabajo. — Sexo, sexo, sexo y más sexo. Pensé para mis adentros. — Tiempo al tiempo, ¿no?
— Viejo, ¿quieres caminar? — Su sonrisa hacía a un lado toda neblina de tristeza o desesperanza. — Abrígate. Quiero recorrer la ciudad.
— Dame un momento, y si quieres te llevo al fin del mundo. — Andreas y su esposa se miraron cómplices, y mis mejillas ardieron. Qué novelero, joder.
& Por Bill &
La vista nocturna de la ciudad era de ensueños. Las farolas iluminando la calma del sendero, las altas cúpulas adornando el panorama, el río a un lado pacífico reflejando la luna. Tan silencioso y romántico. Una leve brisa helada se reía de nosotros, divirtiéndose de la danza de nuestros cabellos, robándonos nubecillas blancas de vaho. Su mano estrechaba la mía con fuerza, sin entrelazar todos nuestros dedos.
— ¿Tienes frío? — Interrogó de repente y negué rápidamente. — ¿Por qué te quedas tan callado? Es raro en ti.
— ¿Estás llamándome bocazas? — Le desafié. No estaba callado, sino pensativo.
— No. Parlanchín. — Reí levemente, para luego inhalar y exhalar sonoramente. — No, simplemente estuve pensando… ¿Qué pasará ahora?
— ¿A qué te refieres? — En su tono se dejó ver una migaja de miedo. — ¿Con qué?
— Tú y yo. Quiero decir, ¿qué haremos? — Me detuve contemplando la perspectiva del río. Antes, envidiaba al agua por su paz y libertad. Ahora que la tenía, me sentía cobarde de nadar sin nada de práctica. — Ya no hay obstáculos, problemas, ‘malos’ en la historia. Es como: Y vivieron felices por siempre. ¿Pero qué pasa luego?
— No lo sé. — El tampoco tenía una respuesta. — De lo único que estoy seguro, es que voy a amarte con todas mis fuerzas el resto de mi vida.
— Ohh… — Rodeó mi figura con sus brazos y fundió nuestros labios en un prolongado y apasionado beso. — Te amo, viejo. Te amo tanto.
Cuando eres niño, las películas dejan abierto el final para que libre puedas interpretar cómo continuó ese ‘final feliz’. ¿Pero quién garantiza que no apareció otro antagonista? ¿Quién afirma si tuvieron hijos o no? ¿Es posible que la rutina haya acabado con los protagonistas, y dieron por finalizada su relación? Nadie. Sólo nuestra imaginación.
Continuamos nuestro rumbo, tras romper el beso, jadeantes y un tanto acalorados.
— ¿Crees que por fin hemos vencido al Hado? ¿Realmente derrotado ha clavado la blanca bandera de rendición? — Entre tanto mutismo, la única melodía eran nuestros pasos. El impacto de nuestras suelas contra el pavimento, al andar. — ¿Qué haríamos de no ser así?
— Ten por infalible que jamás dejaré de protegerte. Si es necesario, dormiré con los ojos abiertos abrazado a tu cuerpo. — Sonreí sintiéndome un gatito acojonado. Y replanteándome la situación lo era. Un felino domesticado temeroso de los ladridos, o más bien advertencias del destino, que sólo en brazos de su dueño protector se sentía a salvo. — Joder, todo el universo lo sabe. Todos.
— ¿Qué cosa? — Miré mis pies un tanto ruborizado. Nervioso como en una primera cita.
— Daría mi vida por ti. Moriría por ti. — Detuvo su caminar y volvió a besarme, esta vez con suavidad sin comerme la boca. — Eres mi mundo, pequeño.
— Y tú el mío, viejo. — Le abracé dejando descansar mi mentón sobre sus hombros cuando un paisaje me dejó perplejo. — No… joder.
El prado de la vieja preparatoria casi cubría la mitad de la edificación. Gran parte de los vidrios destrozados y las rejas completamente destruidas.
— Mierda. — Tom se volteó siguiendo la línea imaginaria de mi mirada. — Y yo que… que he jurado repararla. Ahora, ahora… está totalmente deteriorada.
— Ven. — Él tironeó con suavidad de mi brazo. — Mira dónde caminas está muy espeso el césped.
— Está muy oscuro. — Añadí intentando regresar, pero Tom entrelazó nuestros dedos y seguí sus pasos sin dejar de mirar hacia abajo. — Dios…
Miré mi móvil por quinta vez. — Joder, que nunca llego tan temprano. ¡Y cuando lo hago por ti gilipollas, me haces esperar! — Siete y cuarto de la mañana. El sol no tardaría en iluminar la ciudad. — Arg, muero de sueño. Idiota, idiota, idiota.
— ¿A quién le llamas idiota? — Habló una voz a mis espaldas. Me giré sonriente y avergonzado. — Espero no ser el merecedor de tal insulto. ¿O sí, pequeño?
— Um, no. ¡Qué va! Claro que no. — Sorpresivamente me pilló de la mano obligándome a correr tras sus pasos. — Augs, espera, espera… ¡Me harás caer!
Él sólo rió. El amanecer dibujándose en el horizonte, la silueta de dos hombres correteando en el patio ocultando su amor de los demás, así como la luna sumisa y silenciosa evita su encuentro con el orgulloso y fogoso sol. Día y noche.
— ¡Thomas! — Y se detuvo en seco, por lógica tropecé cayendo sobre su figura. — Dios, mi corazón. Tócalo.
— Hemos corrido demasiado. — Jadeó. Su bolso a un lado de mi cuerpo junto con mi macuto. Le miré a los ojos acariciando su rostro, junté nuestras narices y entrecerré mis párpados al sentir su tibio aliento contra mi boca.
— Late así por ti. — Susurré arrobado. — Palpita llamándote.
Tomó mi corbata entre sus dedos y de un tirón fundió nuestros labios en un húmedo y tierno beso. — Te amo. — Agregó ladeando la cabeza volviéndome loco.
Un chillido esfumó mis pensamientos.
— Aquí estaban las taquillas. — Señaló Tom. Enseguida mi mente dibujó aquellos vacíos recordándolo todo. Hasta el mínimo detalle. — En éste pasillo te regañé por primera vez.
Continuamos caminando. En otras circunstancias, probablemente, sentiría mucho miedo. La luz natural era todo entre tantas sombras y afasia.
— Y éste era tu aula. — La puerta ya no estaba. Tom fingió abrirla, invitándome a pasar. — Después de usted.
Divertido ingresé. En mi corazón todo continuaba intacto.
— Les presento a su nuevo compañero. — Susurró él detrás de mí, hablándole a ese grupo de alumnos imaginarios. — Se llama William Trümper. ¿Es muy guapo, cierto?
— Oh, ¿qué locuras dice profesor? — Reí por lo bajo caminando hacia uno de los bancos. Y al sentarme le miré. — ¿Qué nos enseñará hoy?
— Um. Veremos el por qué. — Se relamió los labios, travieso, y alcé una ceja.
— ¿El por qué de qué? — Crucé las piernas como solía hacerlo en la escuela.
— El por qué estoy tan enamorado de ti. Porque me vuelves loco. — Mordí mi labio y con dedo delineó sobre la pizarra escribiendo sobre el polvo. — ¿Qué es esto?
— Un tío. — Contesté ante su diminuto dibujo de un hombre a base de palitos. — Creo, que un tío mal alimentado. Joder, Tom, tienes menos de dibujo que yo de artes marciales.
— Cállate o a la dirección. — Soltó dándome la espalda. — ¿Y este?
— Otro tío. — Noté como pequeñas líneas desprendían de su cabeza: Claramente trenzas. Nos estaba garabateando. — Ese eres tú.
— Bien. Tú sumado yo. — Dibujó un signo igual al final de la ecuación. — Pasa al frente y resuélvelo.
Me puse de pie sacudiéndome la ropa. Caminé sensualmente hasta él y cogí ‘la tiza fantasma’ que me tendía.
— No mires.
— ¿Eh? ¿Por qué?
— Siempre me ha dado vergüenza que estés viéndome mientras realizo un ejercicio. De los nervios puede salir mal. — Frunció el ceño y cerró los ojos. Dibujé un pequeño hombrecillo de espaldas, y al otro detrás. Claro, follando. Luego un pequeño globo de pensamiento: “Oh, Tom…”
— Ya. — Echó un vistazo a la pizarra y se tomó del abdomen echando a reír. — ¿Qué? ¿Está mal?
— Pequeño, me esperaba un corazón. La palabra “amor”, quizá. — Sentí mis mejillas arder. Qué sería guarro. — Eres un niño pervertido.
Fijamos la mirada en el cielo, permaneciendo uno muy cerca del otro.
En sus pupilas, se exponía un dejo de melancolía como si se inyectara una dosis de repentina tristeza.
— Sabes, ya que estamos aquí… — Carraspeó tenso de repente. — Me gustaría hacer algo que ha quedado pendiente.
— ¿Pendiente? — Me atreví a interrogar algo asustado. — ¿A qué te refieres?
— Sígueme.
— Pero… ¿de qué hablas?
Deambulamos hacia la parte trasera de la antigua secundaria, atravesando los pasillos con rapidez. Insistí en que me dijese que era aquello prorrogado, pero no hizo más que gruñir. Sinónimo de: Cállate y espera.
— Ya. — Bufó agitado. — Dame tu mano.
Contemplé su silueta en la oscuridad, de pie, en el centro del patio.
— ¿Qué pretendes? — Me tomó los brazos, llevándolos hasta sus hombros, sujetándome por la cintura. — ¿Bailar?
— Prometí bailar contigo en la graduación. Y como gilipollas, no lo hice. Bien, lo haremos ahora. — Sentí como una a una, las lágrimas emergían de mis ojos. — ¿Bailas conmigo?
— Claro. — Siseé emocionado. Tom comenzó a tararear una lenta melodía. Sonreí suspirando moviendo los pies al ritmo de los suyos. Pero lo cierto es que él no era nada bueno bailando, más bien un completo desastre. — Auch, me has pisado. ¡Au, mi dedo!
— Lo siento. — Me sujetó de la mano haciéndome girar sobre mí mismo. De repente mis mejillas se sentían muy acaloradas. — ¿Quieres cambiar la música? ¿Prefieres cantar tú?
— Se siente bien así. — Admití y continuó. La danza, casi clásica, me permitió conocer una faceta tímida en mi viejo. Tímida y sensible. Aún más… — Aquella noche, yo…
— ¿Tú? — Meneó sus caderas lentamente al compás de las mías.
— Yo… corría a buscarte… Iba a por ti. — En un instante, un nudo se atascó en mi pecho. En un santiamén, eran millones de lágrimas las que despedían mis ojos abriendo sendero hacia mis mofletes y yaciendo en mi mentón. — Estaba dispuesto a ser tu esclavo, si así lo querías, con tal de permanecer a tu lado… Y… yo, si no lo conseguía… sólo iba a pedirte que… bailaras conmigo y… y, y… sabía, lo sabía, lo sentía justo aquí.
Tom me miró absorto. Golpeé mi pecho con saña.
— Cuando desperté… tu nombre taladraba sin piedad allí. Allí… en el extremo del acantilado, donde mi memoria estaba a punto de saltar… Hasta que regresaste, y conseguiste que no lo hiciera… — Tragó en seco. Pronto comenzaría a llorar. — No vuelvas a irte jamás…
— Ya. Basta, por favor. — Me abrazó con fuerza y sollocé contra su pecho. — Ha sido mi culpa. Perdóname.
— No, no. Tu culpa no, mi amor. — Besé su nariz, humedeciéndoles con restos de aquel sonoro llanto. — Gracias, gracias, gracias…
Repartí besos en toda la dermis que cubría su varonil rostro, fragmento a fragmento.
— Tal vez te resulte tonto… Pero sólo quería un baile, un último beso. Supongo que lo obtuve, aunque no lo pueda recordar. ¡Ya! No hablemos de ello. — Tomé su mano sonriendo. — Yo también quiero mostrarte un sitio. Creo que tengo una deuda contigo.
— Oh, copión. — Bromeó y le pellizqué el trasero. — Eh, ¿de qué vas pequeño?
— ¿Tienes tu móvil aquí? — Alzo una ceja palmándose los bolsillos, y tras sujetarlo entre sus manos aplaudí inocentemente. — Genial. Ahora escóltame.
No sabes lo que tengo en mi mente, viejo. Ni lo imaginas.
Con el puño de mi sudadera, froté mis mejillas y mis párpados. Algo de maquillaje se quedó con él, pero no importaba. ¿Quién más que Tom iba a verme?
— Bill… Oh, joder… — Oh sí.
— ¿Recuerdas la biblioteca? — Le arrebaté el teléfono celular de las manos y le empujé hacia dentro. — Después de usted, mi rey.
Rió con picardía, mientras rebuscaba una canción provocativa.
— Siéntate. — Le mandé y sonrió de medio lado jugueteando, nervioso, con el arete de su labio. — Vamos Tom, pon el culo en alguna parte. Y mírame.
Efímeros e intensos sonidos, similares a latigazos comenzaron a resonar. Esa letra la sabía de memoria, y el viejo iba a sufrirla.
Separé mis piernas caminando hasta donde aquella tarde del dos mil seis, había danzado sobre la mesa. Me deshice de la primera prenda, sin dejar de oscilar de un lado a otro e incluso moviendo mi pelvis de atrás hacia delante. Divisé como estático observaba cada uno de mis movimientos. ¡Qué tío, se le caía la baba!
Le di la espalda tomándome de la cabeza. Llevaba puesta una camiseta sin mangas ajustada al cuerpo. — Voy a gritar tu nombre. — Canté a toda voz justo cuando sentí como comenzaba a bailotear detrás de mí, muy pegado.
— Y voy a encargarme de ello. — Susurró en mi oído, haciendo a un lado mis finas rastas. Me restregué descendiendo e incluso conseguí que la camiseta se me levantase, dejando expuesta la piel de mi espalda. Suspiró contra mi nuca, notoriamente excitado, y me alejé de un sopetón.
Me llevé un dedo hasta los labios, cerré los ojos jugueteando con mi índice.
— Deja de hacer eso. — Su voz ronca me sustrajo una risita pícara y mi figura chocó contra el ventanal. Dancé contra éste hasta que algo cabreado me volteó obligándome a apoyar las palmas contra el cristal. Corrijo. Cabreado, no. ¡Cachondo!
Mitad bailando, mitad embistiéndome sobre la ropa la música llegó a su fin.
— Aquí te adueñaste de mi cuerpo por primera vez. — Resollé feliz. — Aquí marcaste en mi piel, con tu seño, un ‘me perteneces’.
— S—sí. — Vaciló sin comprender aún con su torso adherido febrilmente a mi dorso.
— ¿Quieres hacerme el amor ahora?
Un gimoteo, besos, caricias y risas tímidas fueron la respuesta.
Estando juntos, para nuestro amor, no existen límites que nos detengan. Ni existirán jamás.
& Fin Temporada 2 &
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Que historia tan bella, yo creí que ahí había terminado, pero existe algo más para darle un fin como corresponde a esta historia tan maravillosa. Espero nos acompañen en el final. Besos a todos y ya saben, comenten para agradecer al escritor por esta bella obra.