
«Mi profesor de química» Temporada 2
& Capítulo 4 &
& Por Tom &
Cuando recibes la gran noticia de ser padre tu cuerpo, tu mente y tu alma se invade de una sensación desconocida que te paraliza automáticamente. Te quedas en un hilo y en tu mente surgen dos cosas claves: un sentimiento de alegría jamás antes sentido y el temor de no estar listo para asumir el cargo más importante que un hombre puede realizar en su vida. Sin lugar a dudas, y más allá de la existencia de un vínculo amoroso con la madre, el día que vi a través de aquel aparato color gris dos pequeños puntos comprendí que yo había sido de gran ayuda para la creación de dos nuevas vidas. Sin importar las circunstancias, yo era el responsable porque Ritter y Lizzie forman parte de mí. Muchas veces, pienso en Jessica. En la Jessica que la vida me dio a conocer durante ocho meses, una versión de Jessica resignada en sí misma que sólo pensaba en aquellos niños que llevaba en su vientre, en la mujer que decidió dar su vida por la de sus dos pequeños, sin importar cualquier herencia, dinero, lujos o joyas que yo pudiese regalarle. Y por momentos, desearía que ella compartiera el momento con los niños que ni yo mismo podía compartir.
Tras abandonar Lübeck y renunciar a Bill para siempre, di lo mejor de mí; involucrándome únicamente en el embarazo. Ella dejó de verme como un hombre y simplemente pasé a ser el padre de sus hijos, de este modo fuimos dos los embarazados.
Cuando se trata de tus hijos, recuerdas cada segundo vivido desde que los ves por primera vez, hasta que llegan al mundo. Recuerdo cuando fui con ella al doctor cuantas veces me fue posible, a la tienda para comprar los muebles para la nueva habitación de los bebés, cuando juntos discutíamos por la ropa, cuando supimos que eran un niño y una niña, cuando por las noches dormía con la mano sobre su vientre y podía sentir aquellos suaves movimientos, y hasta cuando practicamos los simulacros del parto. Aunque lo que más duele recordar, fue cuando le tomé de la mano el día que el doctor determinó que su embarazo era de alto riesgo. La abracé frecuentemente para darle ánimo pero fue inútil, entonces ella entre lágrimas dijo: —Son mis hijos, merecen vivir. Sus vidas valen la pena, la mía ya no.
El día que llegué con los bebés a casa, me vi solo. Me sentí solo, sin nadie a mi lado para ayudarme, nadie que me dijera qué debía hacer. Solo en una constante oscuridad, solo sin nadie que me abrace y me diga: “Tom, lo haces bien”. Solo de pie frente a la imagen de un nuevo presente, semejante a un tormentoso abismo. Solo con el pasado debajo de un brazo, y mis hijos del otro. Algo tenía que dejar detrás y pensé: Tomas el pasado y te hundes para siempre, o coges a los niños y te enfrentas a la vida que te ha tocado vivir. Y así lo hice, hasta darme cuenta de un detalle importante. Sin mi pequeño, mi vida no es vida sólo es un desgraciado infierno que no se cuánto más podré soportar.
Una melodía sepulcral resonaba en aquel terrorífico sitio. Yo al pie del piano con el corazón en un hilo y él acompañándome con la melancólica melodía de un viejo violín.
— Confiesa Bill, dímelo — susurré comenzando a tocar con brutalidad, con esa fuerza brutal que ejerces para sacar el dolor más grande que guardas en tu interior, para saciar la sed del amor —Dime.
— ¿Qué? — abrió los ojos al mismo tiempo que yo, y nuestras miradas se encontraron.
— ¿Qué es lo que te ha incentivado a luchar? — ambos dejamos de tocar, pero increíblemente nuestros respectivos instrumentos continuaron realizando su labor. Tomó mi mano y caminamos entre la oscuridad y la neblina. Por momentos su silencio me atormentaba aún más.
— El amor — le miré expectante, como esperando ‘algo’, mientras mi interior se desgarraba gritando: ¡Vamos Bill! ¡Di que me amas, di que me necesitas! — El amor de quien ha intentado asesinarme.
— No he intentado asesinarte — le interrumpí más allá de que siempre me había sentido culpable — Ha sido un accidente.
— Ah. ¿Tú eres Tom? — nos detuvimos delante del vacío, o más bien en una gran mancha negra a través de la cual no se podía ver absolutamente nada.
— Sí pequeño, soy yo. Soy yo mi amor, soy Tom — Sonreí, pero su expresión no varió en lo más mínimo — Pequeño, mírame. ¡Estamos juntos!
— Tom — agregó acercándose hasta mí, y mi corazón retomó los latidos que había dejado de emitir la noche de la graduación — Debo decirte algo.
— Dímelo, dime— susurré acortando la distancia de nuestros rostros. Me situé delante de él y mi pequeño me tomó por los hombros— Dime Bill… ¿me amas?
— Te odio — sus manos ejercieron una fuerza y repentinamente caí hacia atrás perdiéndome en ese vacío sin fin. Entonces lo comprendí, por fin estaba donde debía estar. En la nada.
— ¡No, no! — grité pegando un bote sobre la cama y abrí los ojos de repente. Mi respiración al compás de los latidos de mi corazón, sobresaltados al borde de explotar. Mis ojos dolían y mi cuerpo sudaba de sobremanera. Me senté en el extremo de la cama y miré hacia la ventana —aún no amanecía. Me tomé el rostro con ambas manos y rompí en un silencioso y lastimero llanto.
¿Qué estarás haciendo? ¿Durmiendo? Sí, quizás. ¿En sus brazos? ¿Con sus besos? El dolor era fulminante de sólo pensarlo. ¿Recordarás quién fue el primero en amarte? ¿El primero en jurarte amor? Y el primer imbécil en abandonarte… No importa si me odias. No, no importa. Podría resistir tu odio, pero jamás podría soportar y afrontar tu olvido. El odio es un sentimiento, el olvido es aquel vacío al que temo que me arrojes para siempre.
Caminé descalzo hasta mi estudio y miré el reloj. En una hora debía levantar a los niños y llevarles a su primera clase en el jardín. Busqué entre cajas viejas y saqué un paquete forrado con papel rojo y un gran moño blanco —ya algo gris por la suciedad—, que jamás había abierto, un regalo que jamás pude darle; lo tomé entre mis manos y caminé hasta el piano. Me enrollé las mangas del pijama hasta los codos y froté mis manos en busca de un poco de calor, me senté sobre la banqueta y suspiré largamente. Comencé a tocar y la música me envolvió.
Extrañaba a Lübeck, extrañaba enseñar, extrañaba el murmullo de los muchachos a la hora del receso, extrañaba la vieja preparatoria, extrañaba a Simone y Gordon, extrañaba ser yo mismo… Sobre todo extrañaba ser yo mismo. Otras lágrimas con sabor a dolor, otras lágrimas que portaban su nombre. ¿Cuánto más Tom? ¿Cuántos años más vas a continuar solo amándole y esperándole? ¿Cuánto más? Jamás va a llegar… Deja de confiar en el destino, deja de confiar en el amor, abre los ojos.
— ¿Papi? — Oí un llamado y automáticamente bajé la tapa del piano. Sequé todo rastro de llanto y me volteé fingiendo una sonrisa — ¿Papi estabas llorando?
— Lizzie… deberías continuar en la cama — me excusé, pero caminó hasta mí y se sentó sobre mis piernas — ¿Te he despertado con la melodía? Lo siento.
— No lo sientas, me ha gustado — sonrió abrazándome y antes de que pudiera decir algo con su dulce voz continuó:— ¿Cuándo vas a comprarme una mamá?
— Las mamás no se compran — Genial. Ritter nos miraba sentado desde la puerta. Negué con la cabeza sonriendo, y repitió lo mismo que su pequeña hermana; caminó hasta mí y se sentó sobre una de mis piernas — Las mamás se regalan, niña tonta.
— Hey, no van a pelearse a estas horas — se miraron desafiantes y luego rompieron a reír. — Tampoco se regalan, simplemente… quieren a su papá y ya.
— Bueno, entonces queremos alguien que te quiera — mocosos del demonio. Ganas de comérmelos cuando hablaban como adultos.
— Alguien que te de besitos y abrazos para que sonrías.
— Hace rato no te vemos sonreír papá — suspiró Ritter y mi mundo se hizo pedazos. Los niños notaban mi soledad, mi tristeza y mi melancolía. — ¿Tú querías a mamá?
— Claro que sí — me apresuré en contestar — Pero son muy pequeños para comprenderlo. ¿Qué les parece si les hago un baño caliente mientras les preparo el desayuno? Será su primer día en el jardín de infantes.
— Los jardines apestan — rió mi hijo contagiándome de su inocente alegría — pero no es mala idea, sólo advierto que con esta niña sucia yo no me bañaré.
— Yo lo hago con una condición — Lizzie me miró sonriente y entrecerré los ojos. A ver con qué me salía ahora — Que te pongas en busca de una mamá para nosotros.
— Pero niños ustedes no entienden…
— Por fa, por fi papi — dijeron a coro y me derretí. Asentí a carcajadas y los cargué a ambos para llevarles rumbo al baño.
— Tiene que ser rubia.
— No, las rubias siempre son las malas de la película. Tiene que ser morena.
Miré a mis hijos por el retrovisor. Siempre imaginé como sería el primer día que les llevara al jardín de infantes. ¿Llorarían? No lo creo, estos niños son una pasada. Pero jamás he llegado a pensar que discutirían en el asiento trasero por cómo debía ser su nueva madre.
— Entonces sí — añadió mi princesa — Tiene que ser morena, alta y delgada.
— Con una cara muy dulce, unos bonitos ojos marrones — le miré esperando que lo diga, y ahí sí me quedaba seguro y de a cuadros — Voz dulce, sonrisa imperfecta y ¿Qué más?
— Que cante, que no se vista como papá y si es algo más joven mejor — Genial. De a cuadros. O era el puto perfil de Bill o definitivamente estaba volviéndome loco.
— Cállense y bajen, que hemos llegado — resoplé para dar un freno seco, y abrir la puerta trasera posteriormente — Se ven muy monos con los guardapolvos.
— Sí, claro como no — se quejó el menor — ¿Y quién ha dicho que queríamos venir? Lo haces para librarte de nosotros, ¿cierto?
— No seas drástico — reí abrazándoles — es hora de que dejen de ser sólo ustedes dos, y hagan nuevos amigos.
— ¿Nos dejarás aquí encerrados? — repitieron los niños mirando la entrada de aquel jardín de infantes — ¿Cosquillitas? ¿Qué clase de nombre es ese?
— Esto es una mie*rda — se quejó Ritter, pero yo no iba a cambiar de opinión.
— Oh — Lizzie abrió los ojos como platos y pegó un bote sobresaltándome — ¡Papá! ¡Ha dicho mie*rda!
— Ya silencio, adentro — me arrodillé desafiándoles y me dieron la espalda — Bien, les veo al mediodía.
Rebusqué las llaves en mi bolsillo y caminé hasta el auto. Si no fuera por una fuerte frenada, jamás hubiese dado cuenta de lo que estaba por ocurrir. Me volteé asustado y Dino blanco se frenó a mi lado.
Maldije para mis adentros y un muchacho alto, de figura delgada y rastas bicolores dio paso hasta la entrada y se perdió entre los niños. Mi corazón comenzó a latir con una fuerza brutal y rogué que se volteara, necesitaba verle la cara. Juraría que ese delgado cuerpo lo he visto en alguna otra parte…
— ¡Bill! — Gritó una voz — ¡Espérame!
Mi mundo dio un giro y luego de cuatro años una pequeña llama de esperanza se encendió en mi interior.
Bill…
& Por Bill &
Caminé entre tantos niños, rogando al mismísimo cielo que mis piernas no fallasen. Tras discutir nuevamente con el señor Nick Deimon, tratándome de ‘incapaz, inválido, desmemoriado, loco’ y vaya a saber, qué otras cosas se cruzaron por su mente, bajé exasperado del vehículo y caminé con velocidad.
— ¡Bill! — Gritó, pero le ignoré — ¡Espérame!
— ¡Que te den! — agregué y busqué la dirección. Tanta gente comenzaba a perturbarme, tantas maestras caminando de un lado a otro, tantos niños gritando, llorando, rogándole a sus padres que no le dejaran… me asfixiaba. Tuve un vago recuerdo de mi versión a los cinco años…
— Mami no te vayas — lloriqueé, y una joven cogió mi guardapolvo, casi arrastrándome — ¡Mami no te vayas! ¡Mami ven a por mí!
— Esto es el jardín cielo, nos veremos en unas horas — me saludó sonriente y rompí a llorar.
— ¡Mami, llévame! ¡No te vayas! ¡Mami! ¡Mamá, mamá! ¡Mami no me dejes!
A la m*erda el pasado ahora. No era un idiota.
Claro que no, tenía que demostrarles a todos que mi vida comenzaba a partir de ese momento, y que estaba capacitado para trabajar como cualquier otra persona. Sobre todo a Nick y al puto chino.
Dos mujeres ingresaron alteradas a una sala y al cerrarse la puerta pude leer claramente el anuncio: Dirección.
Sonreí ampliamente, sacudí mi ropa y miré mi cabello en el reflejo de la puerta de metal. Suspiré y luego, di tres toques seguidos.
— Te dije que me esperes, ¿eres sordo o qué? — habló a mis espaldas, intentando abrazarme pero me corrí de inmediato y para mi suerte la puerta se abrió.
— Oh, adelante — Habló una mujer de rasgos delicados y mejillas regordetas — Estaba esperándole, joven Trümper ¿cierto?
— Así es — sonreí nervioso; y me invitó a sentarme frente a un pequeño, desordenado —y algo sucio— escritorio. — He venido por…
— Por un empleo de maestro — Le miré sorprendido, ¿de dónde había sacado tanta información? — Bien, no necesito referencias sobre ti. Ya las tengo todas.
Me guiñó un ojo, y Nick rodeó mi hombro con su brazo.
— Es mi madre — dijo el grandísimo idiota, y casi me caigo de culo al suelo. — Madre, él es Bill Trümper.
— Bien, señor Trümper queda usted contratado — sonrió la mujer entregándome en las manos aquel guardapolvo azul. Miré el bordado y suspiré, por fin saldría del encierro, por fin restauraría mi vida.
— Vamos andando, debo mostrarte las salas — me puse de pie aplaudiendo como un niño pequeño, mientras Nick me repetía cada dos segundos que debía ir por su nuevo empleo. Pero no le oí, así que se marchó sin despedirse. — Las de aquel sector, son de ‘maternal’ desde bebés hasta niños de dos años.
— No quiero trabajar con tan pequeños… — dudé y asintió sin problema alguno — tal vez niños que vayan desde los cuatro a cinco años estaría bien, no necesito correr tanto de un lado a otro.
— Sería bueno, la maestra no da a basto y hemos pensado en separarlos en dos grupos — le entendí a la perfección mientras nos adentrábamos en una sala. Era muy dulce ver a cientos de personitas con sus guardapolvos azules — Niños, saluden a Bill.
— ¡Hola Bill! — corearon todos al mismo tiempo, y me enternecí por completo conteniendo las ganas de abrazarles uno por uno.
— El programa es sencillo, y recuérdame de entregarte una copia — sonrió la madre de Nick. Qué idiota, ni le pregunté su nombre… — Dibujos, análisis de éstos mismos, el abecedario, números del uno al diez. Si ves que marchan bien, prosigues en enseñarles a leer. Ya sabes.
— Perfecto — de repente, algo tiró de mi ropa hacia atrás y me giré atemorizado. Dos niños. Un varoncito y una niña, me sonreían. Me sentía el hombre más alto del mundo a su lado, ya que me veían con la cabeza hacia arriba como cuando te sientas en la primera fila de un cine. — Hola — les saludé.
— Hola — dijeron al mismo tiempo, y comprendí su parecido.
— Oh, ¿son mellizos? — Me agaché para quedar a su altura y se miraron asintiendo ¡Qué niños tan monos! — ¿Cómo se llaman?
— Yo soy Ritter, y ella es mi hermana Lizzie — Dios, quería devorarles a besos — Tenemos algo más de cuatro años.
— ¿Por qué siempre haces esa tonta presentación? — se quejó la pequeña con las mejillas sonrojadas y me terminé de derretir. — Es medio estúpido. Soy Lizzie Kaulitz mucho gusto.
— ¿Kaulitz? — pregunté sorprendido y ella me extendió su pequeña mano. Le cogí y la estreché suavemente.
— Espero que seas nuestro maestro pronto, así dejaría de odiar a este tonto jardín — A partir de mañana, rogué para mis adentros. — Eres muy lindo.
— Gracias — Algo me impedía salir de mi asombro — ¿Sabes? Siento que conozco tu apellido de alguna parte.
— Tal vez conozca a papá — se miraron entre ellos y nuevamente — Se llama Thomas Kaulitz.
En ese instante, mi corazón y mi mente se fundieron en un mismo espíritu para preguntarse:— ¿Quién eres realmente Tom?
Continúa…