
Notas de la administración: Continuamos con la segunda temporada de “Mi querido profesor” y en esta entrega veremos algunos acontecimientos muy importantes. Serán lindos y malos, así que a estar preparados. ¡A leer!
«Mi profesor de química» Temporada 2
& Capítulo 6 &
& Por Bill &
Desde que puedo recordar lo último que he vivido, estoy seguro de que los niños pequeños han sido mi debilidad. La ansiedad colándose por mi cuerpo, agitando con fuerza mi corazón me produce una sensación que jamás antes he experimentado. Ganas de sonreír, ganas de saltar de felicidad, ganas de correr y abrazar a todas esas criaturitas, ganas de verles dibujar, ganas de jugar con ellos, ganas de cantarles… ganas de que me llamen: mi maestro.
Ring, ring, ring.
Cojo el despertador entre mis manos y le apago, de lo contrario el molesto sonido anunciando un nuevo día me pondrá de mal humor. Miro a mi alrededor apreciando los primeros rayos del amanecer resplandecer a través de las cortinas, anunciando una tibia mañana de invierno. Parpadeo, sólo deseo oír mi respiración calmada y débil. Por momentos pienso en lo débil que aparento ser, y en lo fuerte que he sido para vencer a la muerte; y en esos mismos momentos me cuestiono gracias a qué fuerza divina o celestial he logrado sobrevivir. Lo más lógico sería pensar en Nick, quien ha sido mi compañero durante cuatro tortuosos y largos años. Pero en mi interior late un sentimiento desconocido al cuál no puedo verle el rostro, un sentimiento que no logro recordar, que no sé de dónde proviene y quién le ha instalado allí, en un rincón frágil de mi corazón. Ese sentimiento aparece en mis momentos de dudas, y al hacerse presente me da la sensación de que alguna vez fui amado y cobijado en brazos del amor verdadero. Quiero volver a sentir eso… quiero recordar que se siente hacer el amor, besar con amor, quiero comprender por qué Nick no puede darme todo eso o, mejor dicho por qué no quiero entregárselo.
Me desperecé sobre la cama y mis huesos crujieron, juraría que me había desarmado en mil pedazos. Un leve mareo azotó mi cabeza, pero es normal luego de todos los modos de rehabilitación que tomado; y mi garganta estaba tan seca que dolía y raspaba. Me reincorporé sobre la cama carraspeando un poco y relamiendo mis labios, miré mi reflejo en el espejo que estaba en frente de mí. Mi cabello estaba hecho un completo desastre, se asemejaba a un nido de roedores y mi cara de haber dormido una eternidad era fatal. Pero nada que una buena ducha matutina, un secador de cabello, un fijador y un set de maquillaje no pudiera combatir. ¿O no es así?
Me puse de pie y me encaminé hasta la cocina buscando a Nick con la mirada. Eché un vistazo general a la sala y vi sus mantas sobre el sofá.
— ¿No hemos dormido juntos? — pensé en voz alta. Intenté recordar lo sucedido la noche anterior…
— Ya te he dicho, no soy yo a quién debes hacerle preguntas sobre tu pasado — su tono de voz rudo y amenazador me ponía los pelos de punta. Su faceta violenta no me agradaba, sólo me provocaba un temor y a veces me daban ganas de dejarle cuando se ponía de ese modo conmigo…sólo que no me atrevía, me sentía incapaz de estar solo. — Mucho menos sobre la basura que te ha rodeado por mucho tiempo.
— No me importa qué ha sido bueno o malo, sólo quiero recordar — lloriqueé acercándome hasta él, rogándole con la mirada — Y sólo tú puedes hacerlo. No tengo a mis padres, a mi primo cerca, a nadie más que a ti. ¿Cuánto más debo insistirte?
— ¡Entonces deja de tocarme los huevos y haz lo que te digo! — gritó completamente fuera de sí, alzando una mano dispuesto a golpearme. Me quedé petrificado, esperando a recibir su golpe. Tal vez hasta fuese de ayuda para recordar lo que era un dolor semejante.
— Vamos, golpéame — susurré con dos lágrimas abriendo paso por mis mejillas — ¡Golpéame! ¡Hazlo! ¿Qué esperas, ah?
Le zamarreé con fuerza, rompiendo en llanto. Pero no lo hizo. Tomó su abrigo, resopló seguidamente y se marchó del departamento dejándome solo y humillado entre cuatro paredes tal y cual estaba antes de discutir. Solo sin recordar quién soy. Si Nick no me ayudaba, ¿quién iba a hacerlo? Exactamente. Nadie.
Suspiré. ¿Cuánto más iba a insistirle? Jamás me daría esa respuesta que tanto ansío. ¿Cuánto más podría tolerar yo vivir con él? Si a cada minuto que moría en un día, nuestras discusiones eran más fuertes. ¿Acaso ya no quedaba amor? ¿O nunca lo hubo? Y sí existió… ¿por qué está disolviéndose? ¿Qué estoy haciendo mal? ¿Por qué no puedo recordar lo que es ser completamente feliz? ¿Por qué vivir si aún no hallo la verdadera razón para hacerlo?
Me froto los ojos con el revés de mis manos, y preparo la cafetera. Nada mejor que un café con leche por la mañana y dos tostadas con jalea de frutilla. Mientras tanto preparo la ducha y me meto en ella para luego volver a repetir en mi mente todas aquellas molestas preguntas, buscando inútilmente nuevamente una respuesta. No he dejado de pensar, reflexionar y preguntarme a mí mismo desde que volví del coma. Y no dejaré de hacerlo hasta no saber qué coño ha sido la razón de mi vida. El agua tibia cayendo como lluvia torrencial me relaja al máximo, alzó mi vista y dejo que caiga sobre mi rostro. Una dulce paz se aloja en mi alma y por el momento, no pienso dejarla ir. Minutos después, oí claramente un portazo resonar en todo el departamento, por lo que me apresuré a secar mi cuerpo y vestirme rápidamente con algo sencillo para irme a trabajar. Até mis rastas en una coleta y tomé mi pequeña valija de maquillajes; con ella caminé hasta la sala encontrándome con Nick quién bebía mi café.
— ¿Dónde has estado? — pregunté quedándome de pie frente al espejo de pared en la sala, sacando del pequeño maletín la polvera y la sombra oscura para terminar de arreglarme.— He despertado y no estabas.
— He salido a beber algo — arrastró las palabras de un modo que no fue costoso descifrar que estaba borracho como una cuba — ¿No puedo? Acaso… ¿Estamos casados para que me lo impidas?
— Claro que no — dolió su pregunta. ¿Acaso no bastaba con dormir en mi cama y vivir bajo el mismo techo para ser una pareja consolidada? ¿Qué chorradas me estaba diciendo? Cogí el guardapolvo azul, y me lo coloqué. Me miré al espejo sonriente, me asentaba bien ese color. — Eres libre de hacer lo que te venga en gana, como ocultarme mi pasado, por ejemplo.
— No empieces, mírate qué idiota te ves — comenzó a descojonarse de risa en mi cara. Me ofendía, pero prefería pensar que no era Nick quién me señalaba de ese modo, si no su ‘Yo’ alcoholizado — Eres toda una maricona.
— No voy a permitirte que te burles de mí— titubeé con un nudo en la garganta. Cogí mi mochila y la colgué en uno de mis hombros — Tú me das lástima, mírate.
— ¿Y eso qué? ¿Crees que me importa tu lástima? — No iba a tolerarlo más. Comencé a guardar mis cosas dispuesto a marcharme, pero al pasar por su lado me cogió del brazo ejerciendo una presión hiriente, tanto que podía sentir como me cortaba la circulación sanguínea y mi mano se tornaba de un color morado — Siempre serás una puta maricona regalada que le gusta que le den por culo, siempre.
— Suél-suéltame — tartamudeé conteniendo las lágrimas dentro de mis ojos. Me mordí el labio mientras tironeaba para liberarme, justo cuando comenzó a besarme el cuello de una forma tan sucia y guarra que me puso los nervios a mil — ¡Que me sueltes, joder!
Le di un empujón que le senté de culo y completamente atemorizado salí del departamento dando un sonoro portazo. Respiré agitado y me tomé el brazo adolorido. ¿Con qué monstruo estoy viviendo? ¿Quién es realmente Nick Deimon?
— Buenos días, Bill — saludó amablemente el portero y le sonreí, mientras cogía mi bicicleta — ¿Cómo has amanecido? Te ves muy guapo.
— Ansioso por mi primer día de trabajo — respondí montándola y pasando por su lado — Gracias por el cumplido señor Cesari, nos vemos luego. Adióooos.
Le regalé una sonrisa, y marché rumbo a la escuela. El señor Cesari, tiene unos cincuenta años y es homosexual. Ha vivido casi treinta años con su pareja, hasta que falleció por culpa del sida. Él también es positivo, y en una de nuestras charlas matutinas me ha confesado que no le importó enfermarse; ya que de ese modo se reuniría con él nuevamente y cumplirían la promesa que habían hecho de muy jóvenes: estar juntos para siempre. Cesari es el único del edificio que se ha atrevido a hablarme desde que Nick y yo nos hemos mudado a Leverkusen, creo que se debe a que los vecinos se cuestionan en llamarme: Señorita o jovencito. Sinceramente, me da igual. Hace unos días, le confesé al señor Cesari que estoy en búsqueda de una persona que ni siquiera yo mismo sé quién es, y me ha dicho que no piense tanto las respuestas y escuche a mi corazón. También dice que tarde o temprano mi corazón latirá diferente y allí sabré que es esa persona a la que tanto deseo encontrar. Tal vez, tenga razón ya que él ha vivido el doble que yo; y tal vez deba dejar el martirio del pasado y disfrutar un poco más del presente porque la vida puede terminarse en cualquier momento. Aunque conociendo lo cabeza dura que puedo llegar a ser, sé que será muy difícil.
Frené ante el semáforo y chequeé la cadena de la bicicleta. Todo en orden. Luego volteé y mi corazón se detuvo por un momento. A unos cinco metros a mi derecha, un vehículo color negro reluciente esperaba a que la luz cambiase. Música de hip-hop internacional se alcanzaba a oír, proveniente del estéreo de ese mismo vehículo. Me quedé viendo ese auto… juraría que…
— Vamos al auto…
— ¿Quieres repetir pequeño? Eres un insaciable.
— Hazme el amor en tu auto Tom, como aquella vez, tómame y dime cuánto me amas.
— ¿Tomarás el volante?
— El freno de mano diría yo.
— Eres un pequeño sexópata, te amo más que a nada mi pequeño sensual.
Joder, joder, joder. Mi corazón estaba galopando con una fuerza bestial. Una bocina ahuyentó mis pensamientos y noté como aquel vehículo tomaba velocidad y doblaba en la esquina perdiéndose entre la imagen de la agitada ciudad. Tragué saliva y negué con la cabeza, pedaleando y pedaleando para llegar a trabajar.
Sentado solitario en la sala, nervioso y con miles de cosas revoloteándome en un mismo instante, queriendo estar en ese lugar para siempre, y salir corriendo de allí al mismo tiempo. ¿Cómo llamar a una sensación contradictoria como ésta? ¿Cómo llamar a ese fuego interno desesperante que amenaza con hacerte estallar?
El murmullo de los niños correteando por el patio, es como una música para mis oídos completamente sorprendente, de otro mundo pero que no cambiaría ni por todo el oro del mundo; pero como todo termina la campana les silencia y debo ir a por ellos.
Me puse de pie y sacudí mi guardapolvo, odio la ropa arrugada. Salí caminando con calma mientras los niños se dividían de las niñas formando dos filas desparejas. Les sonreí amablemente por primera vez, y unas pequeñas sonrisas iluminaron sus diminutos rostros alegrándome el corazón.
— Buenos días niños — les saludé torciendo el cuello, algo apenado. Eran demasiados.
— ¡Hola maestro Bill! — gritaron a coro y le tomé de las manitas a los niños de adelante formando un tren humano para llevarles hasta la sala. En el camino podía oír sus cuchicheos a mis espaldas, y me fue prácticamente imposible no sonreír con ternura.
— Es muy alto.
— Y muy guapo ¿verdad?
— Apuesto a que le gustara mucho a mi mami.
— Y a la mía.
— ¡No! Yo le vi primero, así que le gustará a mi mami primero.
— ¡Cállate niña tonta!
— Ya, niños — le reprendí y sus mejillas se ruborizaron. Me terminé de derretir — Pasen, tomen sus asientos y espérenme un momento. Iré a por la lista.
— ¡Sí maestro Bill! — corearon a gritos una vez más y me llevé las manos a las orejas en forma de broma.
Correteé hasta la dirección, cuando vi dos niños cogidos de la mano caminar por los pasillos. Un momento, yo les conocía.
— ¿Ritter? ¿Lizzie? — sonreí ampliamente y ellos corrieron hasta mí abrazándome por las piernas. — ¿Han llegado tarde?
— Sí, papá se desvió del camino por seguir a un muchacho en bici… — comenzó a explicar el niño, pero su hermana le regañó y no terminó de hablar. — Vamos a la sala, maestro Bill.
— Vayan, regreso en un momento — les besé a ambos en sus frentecitas y les vi alejarse. Me enternecía ver sus manitos juntas, definitivamente eran un par único esos dos.
Luego de que la secretaria —una estudiante de preparatoria— me entregara la lista, regresé hasta la sala donde los niños me esperaban tranquilos. Pensé que les encontraría revolcándose por el suelo, colgados del ventilador de techo, arrojándose mutuamente por la ventana; pero no. Cada uno en su lugar, ya con sus mochilas colgadas en el perchero y las manos sobre la mesa esperándome.
— Bueno niños, como sabrán soy nuevo así que deseo conocerles a cada uno de ustedes — sus ojos estaban puestos en mí y algunos aún no dejaban de sonreírme — Así que les daré una hoja a cada uno, tomarán los marcadores que les entregaré por mesa y dibujarán tres cosas que quieran en este momento. ¿Pueden hacerlo?
— ¡Si maestro Bill! — reí por lo alto, y comencé a dejarles lo necesario. A los pocos minutos, el silencio reinaba en la sala y pude tomar asistencia con tranquilidad.
— Terminamos maestro Bill — alcé la mirada y los mellizos me llamaban con su dibujo en alto. Me acerqué hasta ellos arrodillándome en medio de los dos. Eché un vistazo a ambos dibujos, eran idénticos.
— Y bien…—suspiré nervioso— cuéntenme, ¿Quiénes son estas tres personitas?
— Éste es mi papá, ésta es mi hermana — señaló Ritter emocionado— Y éste eres tú.
Antes de que pudiera decir algo, la pequeña Lizzie me enseñó su dibujo — Éste es mi hermano, éste es mi papá y te está tomando de la mano a ti.
Miré el dibujo, y tuve la seguridad de que me emocionó mil veces más que una obra de Van gogh o Picasso.
— Queremos que seas nuestro papá o mamá, o lo que tú quieras ser — agregó Ritter y me puse de pie, joder ¿por qué iba a llorar ahora?
— Cuando venga a por nosotros, te lo presentaremos — sonrió la pequeña — Se conocerán, se casarán y si quieren pueden darnos más hermanos.
Pensaba aclararles que su padre me resultaba un desconocido, quería aclararles que estaban apresurándose o fantaseando. ¿Pero quién era yo para romper las ilusiones de unos niños? ¿O más bien, quién era yo para no ilusionarme con ese tal… Tom?
& Por Tom &
Por fin sentía que me rodeaba algo que no me haría daño sentimental alguno. ¿Qué mejor que encerrarme entre las cuatro paredes del laboratorio? ¿Qué mejor que sumergirme en lo que hago por vocación? Nada más.
— El azufre rómbico es de color amarillo limón, insoluble en agua, ligeramente soluble en alcohol etílico, éter dietílico y benceno, y es muy soluble en disulfuro de carbono. — me dije a mi mismo en voz alta, buscando entre los frascos del armario, un polvillo acorde a sus características. — Su densidad es 2.07 g/cm3. ¿Dónde puta está?
Oí claramente como las puertas se abrieron a mis espaldas, pero no me volteé porque nadie más que Lucy tiene el permiso de entrar a esa zona sin consultarme ya que ella estudia química inorgánica y a veces, debo ayudarle.
— Lucy…— le llamé mientras me sumergía prácticamente entero a aquel armario metálico — ¿No sabes si me han traído más del rómbico?
Silencio total. Unos pasos sigilosos se acercaban hasta dónde yo estaba y en el intento de sacar la cabeza, me di en la frente contra el estante — ¡Pero me cago en la puta repisa!
— Qué vocabulario tiene el señor Kaulitz — Nick. De manera automática reconocí su voz, y me volteé sorprendido encontrándome con una mirada malévola y una sonrisa de superioridad.
— Tú no deberías estar aquí — le interrumpí molesto, y comenzó a tocar los compuestos que había dejado sobre la mesada — Tampoco deberías tocar eso, contiene ácido.
— Es usted muy amable señor, se preocupa por el bienestar de sus empleados — alcé una ceja, el grandísimo imbécil me estaba tomando el pelo. Metió su sucia nariz en un tubo de ensayo y sólo logró una comezón y una tos ronca — ¿Qué demonios es eso?
— Regla número tres de un laboratorio, empleado de Imon — enumeré con mis dedos, y un toque de cierta ironía — No debe acercar su rostro a un compuesto que ha salido del fuego, ni acercar demasiado su nariz, ni ingerir o puede ser dañino para su salud.
— Gracias, lo recordaré la próxima vez — de repente, ambos permanecimos en silencio y se acercó hasta mí. Con sus dedos tomó la túnica celeste que llevaba puesta para no dañar mi ropa y comenzó a descojonarse de la risa. No, demonios. La había visto. — Eres jodidamente estúpido. ¿Llevas la camisa de tu ‘pequeñito’ debajo de la ropa? ¡Eres patético!
— ¡Cállate! — Le grité entre molesto y herido — lárgate del laboratorio.
— Patético — repitió y mis ojos se llenaron de lágrimas. Definitivamente, soy patético. Bajé la cabeza, pero en un abrir y cerrar de ojos sentí como empujaba mi cuerpo contra la mesada derramando un vaso de precipitado y transformándolo en añicos contra el suelo. Su rostro quedó peligrosamente cerca del mío, y antes de que pudiera salir de mi sorpresa juntó nuestros labios en un corto y húmedo beso.
Me quedé de a cuadros y al empujarle, vi a Lucy en la puerta pálida.
— Lucy… no es lo que tú… — pero ella cerró la puerta y echó a correr. Joder, lo que me faltaba. — ¿¡Quién te crees que eres pedazo de imbécil!?
Intenté golpearle, pero el muy cobarde huyó riendo a carcajadas. En ese instante, sólo podía hacer una cosa: ¡Lavarme la boca con agua y jabón!
Continúa…