Profesor 8

«Mi profesor de química» Temporada 2

& Capítulo 8 &

& Por Bill &

— Adiós señor Cesari — Típico saludo matutino al salir del edificio. El dolor de espalda aún no cesaba. Nick se había cabreado y bien feo, ¿y todo por qué? Por un mal entendido. Me golpeó injustamente dos veces, creyendo que le ocultaba algo cuando sabía perfectamente que no es así. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que no soy de ese tipo. Aún recuerdo ese horrible momento…

— ¡Que me digas de dónde le conoces! — Y una bofetada con el revés de su pesada mano dio en mi labio y lo único que fui capaz de hacer, fue llevarme la mano a esa adolorida zona sujetándome con fuerza — ¡Habla jodido maricón, que hables! ¿¡De dónde conoces a mi jefe!?

— No me pegues, no me golpees por favor— susurré con las piernas flexionadas sobre el suelo y las manos protegiendo mi rostro — Para, para ya. Déjame explicarte lo que he querido decir. Me has… mal interpretado.

Y otro golpe más. Me tomó de los hombros arrinconándome bestialmente contra la pared. El gusto de saliva y sangre corriendo por mi garganta, más el dolor en toda mi espalda estaban matándome. Abrí los ojos y me encontré con su mirada amenazadora una vez más.

— Es…es el padre de dos de mis alumnos — dije entre temblores de nervios, temor y desesperación — Te juro que eso es todo, quería conocerle para decirle algo sobre sus hijos. Sí, eso. Eso es todo.

No dijo nada, se quedó viéndome, analizándome con la mirada y me besó. Esperaba un beso sucio, guarro, marcando territorio; pero no. Lo hizo de manera calma y hasta dulce. Pero aún así, el miedo me envolvía y me apretujaba contra sí impidiéndome confiar en sus labios. Permanecí con los ojos abiertos, cuando sentí su mano comenzar a tocarme sin pudor alguno.

— Nick… — le llamé dentro del beso, pero fundió nuestros labios en un beso más profundo — Nick, no quiero.

— Lo siento mi amor, lo siento mucho — besó mi cuello, mordiendo mi piel y los nervios se me pusieron a mil. Joder, no me gustaba…hacía tanto tiempo que no me dejaba tocar. — Perdóname tú sabes que soy un celoso sin remedio.

— Nick, por favor suéltame — su mano se paseó por mi trasero y tragué saliva rogando que parara — No sigas, no quiero.

— No volveré a golpearte, no volveré a faltarte al respeto — ¿Cómo decirle que estaba haciéndolo? ¿Cómo gritarle que se detuviera sin que se cabreara otra vez? — Te amo Bill, y yo no quiero perderte. ¿Comprendes? Soy capaz de matar por ti.

— Para ya— ordené y me miró frente a frente — Para por favor, debo levantarme temprano mañana.

— Siempre me pones excusas — rió alejándose poco a poco de mi, y mi cuerpo se relajó totalmente — ¡Siempre pones una puta excusa para no acostarte conmigo!

— Estoy cansado, debo trabajar — mentí encaminándome hacia la habitación — Tú deberías hacer lo mismo. ¿No crees?

— Yo debería dejarte aquí solo, eso debería hacer — murmuró entre dientes — No sé a que espero si no me amas.

— Buenas noches, Nicholas — le llamé por su nombre y eso le dejó perplejo. Cogí las mantas que estaban sobre el sofá y cerré la puerta de la habitación. Suspiré en la oscuridad y miré mi labio en el espejo. Sólo deseaba que no se hinchara o parecería un pez. Eché el cerrojo a la puerta por seguridad, y le oí sollozar del otro lado.

¿Qué clase de amor es la que tú me estás dando? ¿Por qué tu amor sólo me produce lágrimas y decepción? ¿Por qué no siento mariposas, por qué no sonrío al estar a tu lado? ¿Por qué mi corazón no se alegra de verte? ¿Por qué no pintas de colores mis días, y sólo le trasformas en cada vez más oscuros? ¿Por qué no caminamos por el parque tomados de la mano? ¿Por qué no reímos y lloramos juntos al ver una película por las noches? ¿Por qué no hacemos el amor con el corazón latiendo de esa manera inexplicable? ¿Por qué no te deseo, no te siento? ¿Por qué ya no te necesito?…

Me desvestí con calma, tratando de no tocar mi espalda. Dolía como la puta hostia. Me acosté desnudo con la tranquilidad de saber que la puerta estaba segura, y de inmediato me volteé boca abajo. Miré la mesa de noche y noté el cajón entreabierto. Parpadeé extrañado y me incliné para cerrarlo, cuando algo me lo impidió.

— ¿Qué coño? — pensé para mis adentros. Me reincorporé lentamente y noté una pequeña caja azul mal colocada, lo que impedía cerrar el cajón con normalidad. La tomé entre mis manos y una extraña sensación me invadió por dentro. Condones. ¿Por qué Nick conservaría condones?

Abrí curioso y noté que estaba vacía. Fruncí el ceño y sólo me atreví a pensar una cosa. ¿Había salido con ellos? ¿Estaba…engañándome?

El viento matinal jugueteó con mis cabellos cuando me detuve ante el semáforo. Me sentía cansado. No físicamente, cansado de mi relación con un hombre sin sentimientos. Muchas veces siento que le juzgo mal y que no merece que le llame así —después de todo él me ha ayudado mucho a continuar mi vida, a retomar mis estudios, a volver a caminar—. Pero se le ha olvidado lo más importante. Se le ha olvidado ayudarme a recordar, repetirme a cada minuto cuánto me ama, aconsejarme, acompañarme… Se le olvidó que me quiere, se le olvidó valorarme como una persona, se le olvidó que soy su pareja y no su mascota. Últimamente sólo me insulta, me grita; y ahora se le suma un nuevo modo de tratarme: golpearme.

Necesito que me de una razón, un motivo para no dejarle y volver a Lübeck con mi tía Megan y mi primo Andreas. Me siento perdido y solo en esta ciudad.

Thomas Kaulitz… el padre de mis alumnos, el jefe de mi pareja. ¿Quién eres? ¿Por qué tu nombre me persigue día y noche? ¿Por qué ansío conocerte? ¿Por qué mi corazón te llama? Quiero saber quién eres, qué haces, cuántos años tienes, qué te gusta. Quiero hablarte, quiero mirarte… ¿Es posible que alguien te guste sin jamás haberle visto nunca? ¿Es posible una atracción ‘sin vista’? Necesito saber de ti, necesito saber todo de ti. Necesito saber si eres el mismo Tom que aparece en mis pensamientos, necesito saber de tu vida. ¡Quiero alguien que me cuente sobre tu día a día!

Mi vida luego de volver del coma, marchaba bien hasta que apareció ese mismo nombre: Tom. Y desde que anunció su llegada no ha hecho otra cosa más que perseguirme cielo y tierra. El tiempo corría, la vida quedaba atrás pero su nombre seguía grabado en mi corazón, continuaba siendo pronunciado por la voz de mi mente como un tormento sin final alguno. Y mientras más enloquecía y desesperaba, más se adentraba en mi pecho, más se instalaba en mi alma y más abatía a mi corazón. Ahora ya no puedo sacarle de allí, y es por eso que estoy listo para buscarle. Ahora necesito de eso que inexplicablemente me hace bien, necesito de cualquiera de esos dos Tom. Les necesito para sanar los golpes en mi cuerpo, y los azotes en mi alma, les necesito para ser feliz… para vivir, para sentirme vivo. Porque si en este momento estoy viviendo, puedo asegurar que no se siente como si lo estuviese. Y si ambos son una misma persona sólo puedo gritarle al cielo una cosa: Necesito de…Tom.

Al llegar, bajé de mi bicicleta e ingresé al establecimiento saludando a mis nuevas compañeras de trabajo—que de por cierto, me habían recibido muy bien—. Aparqué mi Ferrari en el patio y encaminé hasta la sala para colgar mi abrigo y dejar mi mochila en el perchero. Al entrar un fugaz recuerdo o producto invadió mi cabeza dejándome inmóvil.

— Buenos días profesor — saludó aquel niño y caminó sensualmente hasta el escritorio. — he llegado más temprano por usted.

— Ah, ¿sí? — aquel hombre se sentó sobre la mesa de manera provocativa y le echó un vistazo a su reloj. — Faltan quince minutos para que toque la campana. ¿Está ansioso por el examen jovencito?

— Estaba ansioso por verle a usted — dejó caer su mochila sobre el suelo y corrió hasta él como un desesperado. — Estaba ansioso porque me bese sin control.

Y así lo hizo. Se colocó entre sus piernas y abrazándole por los hombros, el niño le robó un dulce beso que no tardó en transformarse en un beso húmedo y caliente. Alumno y profesor se separaron jadeantes y unieron sus frentes con sus alientos chocando en el rostro del contrario. Sus frías narices rozaron, y sonrientes unieron sus labios una vez más.

Me tomé el pecho respirando agitado. Podía oír mi voz narrando aquel relato romántico, y al mismo tiempo podía verme a mí, sin saber quién había sido ese profesor. Joder, qué guarro. ¿Había tenido una aventurilla con un profesor? No puedo creerlo.

Mis piernas comenzaron a temblar. Joder, no ahora.

— Vamos Bill, no es nada — me dije a mí mismo y respiré hondo. Un profesor. Un profesor, un profesor. ¿¡Un profesor!? ¿Quién había sido?

Ring, ring, ringgggg.

La campana, ahuyentó mis pensamientos otra vez. Al menos, por el momento. Los niños iban a ingresar y yo debía ir a buscarles para conocer a sus padres. Aunque uno sólo me perturbaba en ese momento. El padre de Ritter y Lizzie. Thomas…

& Por Tom &

— Pásame más jalea — gruñó mi princesa, pero su hermano le ignoró. ¡Ah saber qué se traen estos dos! — Eh, niña ¿eres sorda?

— ¿Y tú eres idiota? — Le desafió ella y giré los ojos ante la bronca que se estaba por armar — Alcánzatelo tú mismo.

— Hey, hey — les regañé y guardaron silencio — ¿Qué se traen ustedes dos?

— A Ritter le gusta una niña — soltó Lizzie y sonreí con picardía — No me hace gracia papá, él dijo que yo era bonita.

— Sí mi amor, pero tú eres su hermana ¿comprendes? Es lógico que se quieran, pero a la otra niña la ve bonita como…hm como otra niña más. — No sabía como explicarles la diferencia, pero me alivió saber que algo me comprendía. Asintió débilmente y se volvieron a tomar de las manos, sonriendo nuevamente. Estos dos de grandes, me sacarán canas verdes. ¡Oh, qué antiguo ha sonado eso!

— ¿Y nuestra mamá? — Soltó mi hijo y le miré sin comprender — Nuestra mami ¿hoy la veras?

— ¿De qué coño me hablas? — Reí, pero su expresión no fue del todo agradable — Perdón hijo. ¿A qué mami te refieres?

— A Biiiill — resopló cruzándose de brazos y terminaron sus respectivos desayunos. Me quedé en silencio, y los alcé en brazos para llevarles hasta la sala y peinarlos como corresponda. El cabello de Lizzie parecía un peinado de los sesenta. — Papá, ¿le pedirás que cuide de nosotros?

— Sí, hoy le veré — añadí con un tono meloso que me ruboricé hasta las orejas. Carraspeé repetidamente y volví a hablar con más naturalidad — Hoy le veré y se lo propondré.

— Ojalá acepte — Lizzie me miró con carita de oveja degollada y me enternecí. Le peiné rápidamente y le até dos coletas a su costado.

— Aceptará y si no lo hace, le ataremos y le traeremos a la fuerza — Me reí ante la broma y le golpeé la cabeza con suavidad — Hablo en serio.

Los tres comenzamos a descojonarnos de la risa, hasta que recordé una conversación tan sincera y dulce de años atrás…

— Mi amor — me llamó mientras delineaba con las yemas de sus dedos, todo mi pecho. Alzó la cabeza y le miré totalmente agotado — No te duermas.

— No me duermo — Mentí. Pero lo cierto es que mi cansancio corporal era brutal, me había dejado exhausto. — Sólo descanso los ojos.

— Ah, quiero preguntarte algo — me susurró tímidamente y mientras recorría con mis manos su frágil espalda, gruñí a modo de respuesta — ¿Te gustaría que formáramos una familia? Quiero decir… cuando yo me gradúe de alguna carrera universitaria, vivamos juntos. ¿Te gustaría que tuviésemos hijos? Mamá los cuidaría en casos extremos sin ningún problema.

— ¿Nosotros? ¿Padres? — Sonreí y busqué sus labios; asintió arrobado — Me encantaría. Sin duda serías la mejor mami del mundo.

— Eh, ¿cómo que mami? — Rió golpeándome suavemente, y se acurrucó ronroneando contra mi cuerpo — Descanse mi profesor.

— Descansa pequeño — besé su frente y cerré los ojos, con la tranquilidad y el amor cubriendo nuestros cuerpos una vez más.

— Papá, papá ¿estás llorando? — parpadeé y una lágrima rodó por mi mejilla. Últimamente estaba hecho un maricón y sensible al extremo. No me quejo, después de todo… es gracias a mi pequeño. Me arrodillé ante la mesa ratona —de madera— de la sala y sonreí ampliamente. Pude sentir las miradas de mis hijos en mi espalda, pero no me importó. Algún día me entenderían.

— Estamos cerca — tomé una pequeña caja de madera en mis manos y acaricié la tapa barnizada y reluciente — Estoy cerca de ti y voy a recuperarte cueste lo que cueste.

— ¿Pá, qué guardas allí? — Me giré y miré a Lizzie quién me sonreía sin comprender — Nunca nos has dicho que guardas en esa caja.

— Aquí, está todo sobre el amor de mi vida. Fotos, cartas, vídeos, evaluaciones y una prenda que llevaba puesta la última noche, la noche en que ocurrió lo que nos separó para siempre… Algún día les mostraré cada una de las cosas que guardo aquí y comprenderán por qué papá ha estado solo todos estos años. — Ambos sonrieron y me abrazaron con fuerza — Algún día sabrán por quién su papá se ha sacrificado demasiado.

Mis niños no pronunciaron palabra alguna, cogí sus mochilas, se las coloqué en sus espaldas, tomé las llaves y marchamos rumbo al jardín de infantes.

Iba a verle, iba a verle después de cuatro años. Iba a ver su precioso rostro, iba a oír su voz otra vez. Mi corazón iba mucho más rápido que la velocidad de mi vehículo en medio de la carretera. Mi pulso aumentaba tanto que podía sentirlo en mis oídos, y mi respiración se entrecortaba cada vez más. Quería reír, llorar, gritar, saltar todo al mismo tiempo. Hasta que frené y consigo, frenó mi corazón. Desabroché mi cinturón y vi millones de niños con sus respectivos padres. Tanta gente comenzaba a ponerme nervioso, sería imposible divisarle en pocos minutos.

Bajé del coche y —casi corriendo— les abrí las puertas a mis hijos. Al bajar le tomé de sus manos y caminé casi tironeando de sus pobres bracitos hasta la entrada. Le busqué con la mirada, nada.

— ¡Allí está! — gritó Ritter y soltó mi mano para echar a correr rumbo a un muchacho que me daba la espalda.

— ¡Maestro! — prosiguió mi princesa, también liberándose de mi agarre, siguiendo a su hermano. — ¡Maestro, Bill!

Automáticamente mis ojos se llenaron de lágrimas y mi cuerpo comenzó a temblar. Él se volteó y le vi… era Bill. Mi pequeño, mi Bill, niño… Sonreí ampliamente y me quedé estático sintiendo como toda la gente de mi alrededor desaparecía lentamente hasta que sólo quedábamos nosotros cuatro. Mi sonrisa se desdibujaba y volvía a dibujarse de pura emoción; pasando así de la desesperación a la felicidad. Las lágrimas se transformaron en rebeldes e incontrolables comenzando a brotar sin mi consentimiento. Mi hijo me señaló y él sonrió. Me sonrió. Al ver esa sonrisa, un escalofrío se trepó por mi cuerpo y el mundo se detuvo. Ni las lágrimas lograron impedirme perderme en aquella expresión que hacía ya cuatro años no veía… Me miró y nuestros ojos se encontraron. En ese instante, me sentí morir. Me quedé estático viéndole. Después de cuatro años le tenía ante mí, vivo, de pie, sonriente.

— Pequeño — susurré atragantándome con las lágrimas — pequeño, pequeño aquí estás…

Continúa…

por Ignacio Pelozo

Escritor del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!