
«Mi profesor de química» Temporada 2
& Capítulo 9 &
& Por Tom &
¿Has sentido alguna vez que deseas echar a correr pero tus pies están pegados entre sí y, fundidos al suelo? ¿Has sentido que quieres gritar que en un determinado momento estás amándole, pero algo, una fuerza desconocida te obliga a guardar silencio y no puedes siquiera pronunciar palabra alguna? ¿Has pasado mucho tiempo sin ver el rostro de una persona, que al volver a hacerlo te parece que está diferente pero doblemente bella al mismo tiempo? ¿Has sentido alguna vez que después de tanto tiempo estando muerto, revives por electroshock de un solo impacto? ¿Crees que una simple mirada puede devolverte la vida, tan pronto? ¿Crees en la vida después de la muerte? Definitivamente, eso estaba ocurriéndome a mí. Vivir luego de haber muerto por años. Y más que eso, sentir aquello que creí que jamás volvería a sentir: Ganas de vivir, ganas de amar.
Hace cuatros había perdido la esperanza, la pequeña esperanza de ser feliz. Había comenzado a creer que ya nada volvería a ser igual, que el sentido estaba irremediablemente perdido y que el amor se acabaría para siempre. Aquellas frías noches que pasaba frente a un cristal derramando lágrimas, aquellas lágrimas imposibles de detener, tan rudas, dolorosas y desesperadas al mismo tiempo que no dejaban de rogarle al Destino y a la Vida que me devuelvan a mi pequeño y aquel cristal que no podía traspasar y a través de él verte destrozado peleando con la muerte y pactando con la vida. Mis sentimientos y yo, moríamos lentamente a cada latido costoso que Bill emitía; si él no hubiese despertado, si él me hubiese abandonado… yo hoy no estaría aquí. No habría podido continuar, por eso decidí quedarme noche a noche junto a él, esperando que estuviese fuera de peligro y así, poder marcharme y cumplir la promesa —tranquilo— de que estaría vivo. Vivo y sin mí.
La gente de mi alrededor se fue evaporando. Su sonrisa desapareció, mis hijos de su lado también y la expresión de su rostro no la supe clasificar. No podía acercarme a él, él no avanzaba hasta mí. Su castaña mirada, conectada a mis ojos me derretía y al mismo tiempo me acusaba: ‘¿Por qué te has ido?’ Sólo me inmovilizaba aún más.
Se dio la vuelta para marcharse, y una oleada de exasperación se adentró en mi cuerpo. Mis piernas se sintieron en libertad ante esa inyección de angustia, y por mi sistema recorrió otra vez el amor, activándose como nuevo, latiendo, gritando y sediento más fuerte que nunca. Necesitándole.
— ¡Espera! — Grité corriendo a través del corredor que descansaba del grito matutino de los niños. En un corto recorrido que pareció eterno, noté como se giraba sonriendo nuevamente y lo que llevaba en mente para decirle —repitiendo una y otra vez— se esfumó como por arte de magia al verle su precioso rostro. — Hola.
Esperaba que al verme, su memoria me recordara. Pero el Destino, no iba a ponérmela tan fácil. Claro que no, mi enemigo es muy listo.
— Hola — susurró y mis piernas comenzaron a temblar, mi cuerpo a sudar de la pura emoción, mis ojos a escocerse por las lágrimas y mis manos amenazaban con tocarle para comprobar si el Bill que tenía ante mí era mi pequeño. ¿Y qué mejor que sentir su piel para corroborarlo? Al oír su voz, mi corazón bombeó con más fuerza y sonreí sin dejar de mirarle arrobado. Joder. Es el momento que más he deseado en estos años, verle, tocarle, hablarle. ¡Saber que está bien!
—Hola — Extendí mi mano y me di cuenta de lo surrealista que era la situación. Nos conocimos en una preparatoria, casi cinco años atrás y ahora, ¿dónde volvíamos a encontrarnos? En un jardín de infantes, o como yo le llamaría: Una pequeña escuela para pequeños niños. Pequeño…
Al coger su mano, una sensación de electricidad recorrió mi espalda y miré esa unión. Sus manos, eran sus manos. Finas, suaves y prolijas, las mismas manos que conocen mi cuerpo en toda su extensión. Bill podrá no recordarme, pero apuesto que sus labios y su piel sí pueden recordar los míos porque ellos no han sido juguetes del Destino y su maldad.
— Tus hijos son dos ángeles — Tú eres el único ángel aquí. Mis emociones estaban como locas, revoloteando por mi interior. Liberé su mano, acariciándole la palma con mis dedos produciéndole unas suaves cosquillas. — Son tan admirablemente unidos.
Emitimos un suspiro al mismo tiempo y reí nervioso. Tenía que hablarle de algo, así podría oír su voz un rato, debía buscar una excusa para permanecer a su lado unos segundos más.
— Me han dicho que eres nuevo aquí — dije de repente, y asintió débilmente entre arrepentido y seguro de sí mismo — No he visto muchos varones que se dediquen a esto, de ese modo compruebo que tú eres… especial.
— No lo soy — en sus mejillas apareció un tono rosado, ese rubor tímido, natural e inocente que me enloquecía, que me provocaba el deseo de devorarle a besos. — Pero sí, como pocos amo la docencia y por ende, amo a los niños.
Iba a decirle que fui profesor, que fui su profesor pero no es bueno forzar la mente de un amnésico o podría tener un ataque de nervios, ira o ansiedad y no me perdonaría jamás arruinar tan esperado momento.
— ¿Cuántos años tienes? — me preguntó de la nada, y sonreí. ¿Eso significaba que comenzaba a interesarle otra vez? — Quiero decir… pareces un padre realmente muy joven.
— Muchos, tengo muchos años — bromeé — Cumpliré treinta muy pronto. ¿Tú?
Realicé el calculo rápidamente en mi mente, veintidós — Veintidós, cumpliré veintitrés muy pronto también — No mentía, mi pequeño y yo nos llevábamos siete años de diferencia.
— Sentía intriga por ti — su voz volvió al susurro. Estábamos tan cerca que tenía temor de no resistir y lanzarme a sus labios, los cuales tanto extrañaba y añoraba besar otra vez — Tus hijos me decían que querían que te conociese, luego un comercial por la televisión en el que tú aparecías hablando y… eso.
Supe de inmediato que algo ocultaba, y al instante descifré que iba a agregar algo referente a Nick. Ese jodido hijo de puta, seguro ya le había dado su discurso para alejarle de mí. Pero me valía, no me detendría por nada del mundo porque él ahora sería mi meta y mi prioridad. Mierda, jamás he estado tan nervioso.
— Ritter y Lizzie también me han hablado mucho de ti — Si supieras que conozco todo, absolutamente todo de ti. Si supieras que estoy muriendo por probar tus labios, si supieras que estoy muriendo por abrazarte, si supieras que ya no resisto por repetirte cuanto te amo; todo otra vez. Él continuó hablándome, sobre mis hijos por sobre todo, se notaba que les había tomado cariño…pero yo, no podía oírle. Estaba demasiado estúpido como para ponerle atención a otra cosa que no sea él mismo, él por fuera. Había cambiado notoriamente, ya no llevaba su cabello como antes, ahora finas rastas bicolores caían como lluvia sobre su espalda. De altura, también ha crecido, ahora me iguala a mí. Pero sus expresiones de niño inocente, continúan siendo las mismas y eso me enternece aún más.
— Eres mucho más guapo de lo que me han dicho, doblemente precioso diría yo — Se ruborizó más de lo que cabía y miró riendo nervioso a otra parte. Di un paso y acerqué nuestros rostros. Mis manos permanecían a ambos lados de mi cuerpo, como un niño que aún no sabe cómo dar su primer beso, sus ojos se entrecerraron sin dejar de mirarme, nuestras respiraciones revelaban nuestros nervios, su memoria me había olvidado; ¿pero cuánto apuesto que su corazón jamás podría hacerlo? Porque yo había sido su dueño por mucho tiempo, y le había jurado bajo la luz de la noche que siempre lo sería, siendo nuestros cuerpos desnudos los únicos testigos. Porque jamás he dejado de serlo, porque me pertenece. Suspiró y su tibio aliento dio contra mis labios, cerré los ojos deseando alimentar mi vida de sus besos otra vez. Otra vez…
— Yo… — murmuró y al momento en los que iba a fundir nuestros labios la campana resonó sobresaltándonos a ambos. Me alejé por el susto y sentí mis mejillas arder. ¡Joder, eso estuvo demasiado cerca! — Creo que debo irme, no es que no quiera conversar contigo pero…
—Comprendo, yo también — sonreí ampliamente— Nos veremos luego, ¿cierto?
— ¡Claro! — Me devolvió la sonrisa, y de no ser porque una mujer salió de la dirección y miró hacia nosotros le hubiese arrebatado un corto, pero valioso beso — Ha sido un placer conocerte, Thomas.
— Tom, dime Tom — Ya me conoces…y pronto vas a recordarme. Al desaparecer la mujer no me lo pensé más y le abracé cerrando los ojos con fuerza, sonriendo con nuevas lágrimas abriendo paso por mis ojos. Le apreté contra mí y murmuré:— Gracias por la conversación. La necesitaba, la necesitaba mucho.
Al separarnos, noté el brillo de sus ojos y sonreí. No pude resistir y al despedirme dejé un beso sobre la comisura de sus labios, ejerciendo una leve presión y contando los segundos que duraba ese mágico momento. Uno, mi respiración se acelera; dos, deseo sentir el contacto otra vez; tres, seré más feliz que nunca; cuatro, porque lucharé por ti; cinco, hasta tenerte junto a mí; seis, te amo pequeño; seis, no volveré a fallarte.
Al separarme, me volteé caminando hasta donde me esperaba mi vehículo que me transportaría otra vez a la pesadilla de la oficina. Al cerrar las enormes puertas, me giré y le vi alejarse con ese caminar que tampoco ni los años, ni su estado, le habían logrado cambiar. Ahora tenía una certeza: Estaba más enamorado que nunca.
Al llegar a la oficina, descubrí que el ver a Bill había sido un punto y aparte en mi vida. Un nacimiento de un nuevo Tom, un comienzo.
Ganas de trabajar, ganas de terminar compuestos, ganas de realizar las cosas con esmero y dedicación. Apenas había puesto un pie en la empresa, corrí hasta mi piso correspondiente, tomé a Lucy del brazo y la arrastré entre risas hasta mi despacho. Allí le conté todo, sonriendo y llorando únicamente de felicidad. Hacía mucho tiempo que no lloraba de felicidad como lo había hecho hoy… Ella me abrazó felicitándome y brindándome unas palabras que recordaría siempre: Ahora paciencia, no forcejees a su memoria, solito va a recordarte. Tú sólo ámale, porque tu amor conseguirá aquello que ni la medicina le ha podido dar. ¿De acuerdo? — Le pregunté inquieto que era aquello y tras guiñarme un ojo añadió:— Hacerle increíblemente feliz.
Entonces decidí transformar cinco años de amor, pasión, tristeza, felicidad, deseo, muerte e incluso vida en lo que nuestra empresa necesitaba. La combinación de Bill y yo convertida en aromas.
Cogí el teléfono con una sonrisa de oreja a oreja, mientras escribía en un papel borrador los compuestos que me harían falta: — Papá, tengo el producto que necesitamos para vender a hombres, mujeres y niños por igual. Tengo el perfume que te atrapará a todo el mercado y nos llevará al mayor éxito, a ese que no hemos alcanzado jamás. ¿La fórmula? Es un secreto.
¿Cuál es el secreto? Dos corazones destinados a estar juntos pase lo que pase.
& Por Bill &
Mi corazón no dejaba de latir de ese modo tan extraño, y la sensación que tenía en la unión de mi mejilla y mis labios era tan bella que me arrancaba suspiros silenciosos. Gracias a ese roce, una leve tibieza invadía en mi alma borrando rastro de dolores en mi cuerpo, producidos por los golpes de Nick. Así que este era Tom… así que Tom era como un superhéroe. ¿Por qué realizo esa comparación? Porque los superhéroes te salvan de los villanos y además producen deseo e ilusión en quienes rescatan. Yo sería la víctima, mi pasado y mis recuerdos serían los villanos de la historia y él, el superhéroe que a base de sentimientos desconocidos o irrecordables me devuelve el sentido, el rumbo, el pasaje de hacia dónde continuar. Jamás imaginé que existiese un ser tan bello, sus rasgos, su voz, la textura de sus manos, sus ojos brillantes y acuosos portadores de una mirada penetrante; y ni hablar de sus labios… que por unos segundos había tenidos tan cerca de los míos, tan cerca que había ansiado probar.
Al ingresar al aula, sin borrar ese momento de mi cabeza repartí las hojas de dibujo para los niños prometiéndoles galletas para cada uno cuando terminaran su tarea.
— Quiero que dibujen lo que más les haga feliz, y lo que más les haga sentirse triste — Ordené, y por un momento pensé lo que yo mismo dibujaría. El momento con Tom de hacía apenas minutos atrás, y los golpes de anoche por parte de Nick. ¿Hace falta decir a cuál pertenecen cada uno? En lo que llevo viviendo con esta memoria —por llamarle de algún modo a mi estado mental— es el momento más feliz y extraño que he vivido y experimentado en cuerpo y alma.
Ya quería verle otra vez… quería conversar fuera de aquí, porque si la madre de Nick —directora del establecimiento— me ve, comenzará a pensar cosas que no son y le irá con el cuento a su hijo, que a su vez es empleado de Tom y, demonios, ¡qué enredo!
— ¡Listo maestro Bill! — gritaron los mellizos llamándome desde su lugar. Caminé hasta ese par de angelitos y me arrodillé como siempre entre ellos. Una línea dividía la hoja de Lizzie, en la mitad izquierda una mujer alrededor de nubes y un cielo azul oscuro llevaba el nombre de: mamá. Tragué saliva. Si analizaba el dibujo podría interpretar que había dibujado a su madre en el cielo y eso sólo podía significar una cosa para un niño pequeño.
— Mamá murió cuando nacimos — susurró la niña y la abracé apenado. Ella rodeó mi cuerpo con sus brazos y un nudo se atoró en mi garganta. Sentí como suspiraba con un toque de melancolía y apreté más el agarre — Por eso, queremos que alguien esté con nuestro papito, y con nosotros. Siempre ha estado solo, esperando a alguien que le ame y nos quiera a los tres.
Les miré a ambos, sentía unas jodidas ganas de llorar:— Por eso te hemos dibujado en la mitad feliz. Porque te queremos a ti.
Mi labio inferior tembló un poco, estaba desafiando a mis lágrimas a no salir, las condenaba prisioneras de la aguda tristeza que en ese instante se apoderó de mí. Les tomé de las manos y les acerqué hasta mi escritorio, así no llamaríamos la atención de los demás niños. Ritter soltó mi mano, cogió su cuaderno dentro de su mochila y luego, volvió hasta nosotros.
— Maestro, mi papá llora por las noches — añadió Lizzie — Mi hermano y yo le hemos oído siempre. ¿Sabe por qué lo hace?
— Porque está muy solo — dijo de inmediato su hermano y me sentí morir. Pobre hombre, ¿estaba solo desde que sus hijos nacieron? — Necesita que alguien le quiera, le abrace, le cuide, le de besitos y de alguien que duerma junto a él.
— Creemos que usted es la persona correcta — Tras decir eso a coro, no resistí más y dos lágrimas descendieron por mis mejillas. Yo me he sentido solo cuatro años, y él lo ha estado durante el mismo período de tiempo. ¿Acaso seremos almas gemelas? ¿Podremos comprendernos más de lo que imagino? ¿Podremos ayudarnos mutuamente? ¿Podré hacer algo para que se sientan mejor, tanto él como sus hijos? Daría todo porque siempre sonría como lo hoy lo ha hecho ante mí, su sonrisa es perfecta…
Ritter abrió su cuaderno y me lo extendió señalando los datos personales sobre la carátula.
— Queremos alguien bueno, que nos adore y que cuide de papá — sonrió Lizzie — Y además alguien que nos cuide mientras él no está por las tardes sobre todo.
Parpadeé seguidamente sin comprender, y borré el rastro de mis lágrimas.
— Esa es nuestra dirección; ¿qué haces por las tardes a partir del lunes próximo? — sonreí de medio lado ante la propuesta y comprendí dos cosas: Estaría cerca de mis angelitos, y de aquel hombre que me había cautivado a primera vista y que realmente, deseaba conocer con profundidad.
— A partir del lunes próximo, por las tardes cuidaré de ustedes — respondí feliz, y ellos saltaron hacia mí llenándome el rostro de pequeños besos sin dejar de decirme ‘gracias, te queremos… mami-papá’.
Continúa…