
Fic Toll de lyra
Capítulo 1
Apretando con fuerza su billete de tren en una mano, Bill Trümper cogió aire con fuerza y emprendió el regreso a casa. Cogió su pequeña maleta y subió a ese tren que estaba a punto de arrancar. Caminó por el pasillo hasta dar con su compartimento, en el que entró y dejó su maleta en el suelo gimiendo.
— ¿Se encuentra bien?—preguntó una voz preocupada.
Se volvió y sonrió con educación al hombre que sentado en su asiento se levantó de inmediato y le ayudó a subir la maleta al porta equipaje. Le dio las gracias murmurando y se sentó resoplando al tiempo que se llevaba una mano al vientre y se lo acariciaba distraídamente.
Desde que se enterara de su estado, no podía evitar sentirse muy nervioso, y estaba atacado del estómago. Añadiendo a eso las sufridas nauseas que sentía a cada momento.
— ¿De cuánto estás?—preguntó de nuevo esa voz.
Arrugó la frente y alzó la mirada, clavándola en la persona que le estaba hablando. Era un hombre de unos 35 años, de pelo castaño claro y sonrisa amable…aunque eso no le decía nada, pues pagaba las consecuencias de la última vez que se dejó «engañar» por una bonita sonrisa.
—Perdona, no te quise molestar—murmuró el hombre al ver su gesto.
La verdad era que había sido algo indiscreto, le vio acariciarse el vientre y solo se le ocurrió que podía ser por un solo motivo, pero al ver la triste expresión de su cara estaba claro que no era lo mejor que le podía haber pasado.
El tren se puso en marcha y Bill se acomodó en su asiento, lamentando que no hubiera más gente en su compartimento, así ese desconocido podría distraerse con algo que no fuera su firme vientre, que abrigó y oculto bajo la chaqueta de lana negra que llevaba.
Cerró los ojos suspirando y como ya iba siendo una costumbre desde que se quedó en estado, se durmió de inmediato recordando….
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Era la primera vez que iba de viaje solo, le había costado convencer a su familia que no le iba a pasar nada y sabría cuidar de él mismo. Simone Trümper no se quedó satisfecha hasta que su sobrino Andreas prometió cuidar de su único hijo que iba a estudiar a la gran ciudad. Acostumbrado a vivir en un pequeño pueblo le daba mucho miedo lo que se podía encontrar.
—Espero que lo hayas dicho solo para tranquilizar a mi madre—murmuró Bill mientras hacía su equipaje.
—Bill, eres mi primito y tengo que cuidar de ti—dijo Andreas con firmeza.
—Tengo 18 años recién cumplidos y no soy ningún bebé—dejó claro Bill resoplando.
—Vas a la gran ciudad—explicó Andreas sin necesidad—Eres muy guapo, miles de chicas suspirarán por ti y yo tendré que…echarte una mano.
No pudo evitar soltar una carcajada, su primo a veces era desesperante. Se llevaban solo unos meses y eran como hermanos. Había perdido a su padre cuando era apenas un bebé y su madre fue a parar a casa de su hermana para no estar sola y poder contar con alguien que le echara una mano con su hijo. Pero por cosas del destino, su hermana murió a las pocas semanas dejando atrás también un desvalido bebé.
Se hizo cargo de los dos y con el paso de los años su cuñado y ella se enamoraron y por el bien de sus hijos se casaron. Ellos eran más que primos, eran hermanos y a pesar de tener la misma edad, Andreas era más maduro y su madre sabía que con él quedaba en buenas manos. Se llevaban muy bien, lo compartían todo y desde bien pequeños se contaban todos sus secretos… como uno que tanto le costaba aceptar a Andreas…
—Sabes que ninguna chica suspirará por mi jamás—susurró Bill mirando a su primo fijamente.
—Pues es una pena, porque no sabes lo que se pierden—insistió Andreas.
Sacudió la cabeza y siguió con su equipaje. Metió toda esa ropa nueva que se había comprado, no iba a llevar los mismos tejanos y camisetas que vestía en el pueblo. En la gran ciudad se iba más elegante y una tarde arrasó la tienda del pueblo de al lado gracias al dinero que le entregó su padrastro.
—Que no se te olviden meter los libros de texto—picó Andreas guiñándole un ojo.
—Lo mismo digo—dijo Bill devolviéndole el guiño.
Habían decidido estudiar el último curso que les quedaba en la gran ciudad, donde podrían conseguir un buen trabajo tras terminar sus estudios y hacer un par de prácticas. O esos eran al menos sus planes, nadie sabía con certeza que podía pasar…ni a quien podían conocer…
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Subieron al coche familiar y llegaron a la estación de tren del pueblo de al lado. Se despidieron de sus padres, prometiendo llamar 3 veces por semana y no abandonar sus estudios.
Vio como su madre le pedía a su primo que nunca le dejara solo y resopló por lo bajo. Estaba deseando alejarse de esa casa en donde solo había reglas y más que reglas. Incluso su apariencia estaba bajo juicio, no sabía aún como había logrado convencer a su madre que le dejara llevar el pelo largo al igual que sus uñas que todas las noches limaba y cuidaba.
—Bill—le llamó su padrastro aparte.
Fue hacia él tragando con esfuerzo, no podía evitar sentir algo de miedo cada vez que estaba en su presencia. Era más estricto con él porque le veía más débil y que se pasaba casi todo el tiempo soñando despierto.
—Bill—repitió Gordon Trümper—Saca buenas notas y no hagas disgustar a tu madre. Obedece a Andreas y si tienes algún problema me llamas de inmediato.
—Si—murmuró Bill.
Gordon asintió y tras darle un rápido abrazo fue a despedirse de su hijo. Bill hizo lo suyo con su madre, que parecía que no le iba a soltar nunca.
—Mi niño pequeño—susurró Simone suspirando.
—Mamá—resopló Bill entre sus brazos.
Logró que le soltara y tras besar su mejilla siguió a su primo. Subieron al tren y tras dejar sus maletas bien colocadas en el porta equipajes, se asomaron a la ventanilla y se despidieron de sus padres cuando el tren se puso en marcha.
A pesar de la pena que sentía al tener que separarse de su madre, Bill no pudo evitar sonreír al respirar un poco de libertad. Estaba cansado de que le trataran como si fuera de cristal a punto de romperse. Era más fuerte de lo que pensaban, y se lo iba a demostrar. Vivir en la gran ciudad era una gran experiencia de la que pensaba disfrutar sin sufrir ningún tipo de problema… ¿verdad?
Continúa…
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