
Fic Toll de lyra
Capítulo 14
Salieron de la consulta con toda la información necesaria, efectivamente como demostraron los análisis Bill estaba de 9 semanas. El doctor Douglas le extendió varias recetas, una con unas vitaminas y otra con unas pastillas para apaciguar las nauseas.
—Quisiera verte dentro de dos semanas—dijo el doctor Douglas antes de despedirse.
—Yo…no sé si regresaré a Múnich—murmuró Bill carraspeando.
—Busca allí un médico y que te haga él el seguimiento—explicó el doctor Douglas—Y más análisis de sangre, quiero que te controlen esa ligera anemia que hemos descubierto.
—Conozco a uno muy bueno, el doctor Mitchell—apuntó David.
—Sí, es muy bueno si—confirmó el doctor Douglas.
David asintió y tras prometerle que hablarían con el doctor Mitchell salieron de la consulta. Quedaban 10 minutos para la comida pero aún así decidieron dar un largo paseo de vuelta, a Bill le convenía caminar.
— ¿Quién es el doctor Mitchell?—preguntó Bill de repente.
—Un buen médico, amigo de mis padres—contestó David—Con él estarás en buenas manos. Le llamaré y…
—David, para por favor—pidió Bill suspirando—No sé lo que voy a hacer, y tú te irás en unos días. No hagas planes, por favor.
—Lo siento—murmuró David—Es que no he podido contenerme, sé que no me conoces de nada pero tu familia me ha dado una cálida acogida y si tú me dejaras podíamos criar juntos a tu hijo.
—Quedamos en que en un par de días te irías—recordó Bill—Deja que luego me encargue yo de mi familia, tú tienes tu propia vida.
—No tengo a nadie, Bill—confesó David—Me he pasado trabajando duro la mitad de mi vida y nunca había pensado en compartir mi vida con nadie, pero desde que te vi…no puedo evitar sentirme atraído por ti y si me dieras una oportunidad me gustaría criar a ese hijo como si fuera mío.
— ¿No quieres saber qué pasó con el verdadero padre? ¿O si tengo intenciones de hablarle de mi hijo o verlo?—preguntó Bill.
—Sé que te ha abandonado, no hay más que ver el estado en que subiste al tren—contestó David sintiendo ser tan duro—Eres muy joven Bill, se aprovecharon de ti y…
—Nadie se aprovechó de mi—interrumpió Bill—Fue todo de mutuo acuerdo, y luego nuestros caminos se separaron. No supe que estaba embarazado hasta que fue tarde para contárselo, no he vuelto a saber nada de él y…
— ¿Y aún así quieres contarle lo del bebé?—interrumpió David esa vez—Admítelo Bill, por tu propio bien, el de tu hijo y tu familia soy lo que mejor te conviene. Yo le puedo dar a tu hijo una buena vida, tus padres jamás sabrían la verdad y no sufrirán como tú al pensar que has sido abandonado y olvidado por el verdadero padre.
Bill no sabía que pensar, por un lado era una oferta tentadora, pero por otro… ¿qué pasaba con sus sueños? Siempre quiso terminar sus estudios y trabajar, pero ya con 18 años y un hijo tenía que cambiar de sueños…
—Tengo un modesto piso en las afueras de Múnich—empezó a decir David como si le hubiera leído el pensamiento—Allí podemos vivir los tres juntos, tú puedes terminar a distancia los estudios y si quieres ayudarme con las antigüedades yo te enseñaré todo lo que sé. Es un buen trabajo y se nota que te gustan y sabes apreciarla. Tu padrastro estaría muy orgulloso…
Su padrastro…irse a vivir con David le solucionaría mil y un problemas, como bien había dicho a su familia le caía muy bien y le estaba prometiendo un futuro donde no le iba a faltar de nada.
Asintió con la cabeza para felicidad de David, le dijo que sí no solo porque una vez más le salvaba el pellejo sino porque tenía que empezar a pensar en su hijo, en la clase de vida que tendría con un hombre como David a su lado.
No podía pasarse el resto de la vida pensando si Tom algún día se acordaría de él, y si se vieran por casualidad alguna vez ¿qué le iba a decir? Le hizo mucho daño, no se merecía saber que esperaba un bebé.
No, si Tom Kaulitz se volvía a cruzar en su camino lo último que le diría era que tenían un hijo…
.
DOS AÑOS DESPUES
No se lo podía creer…una vez más David le llamaba para decir que no podía ir a casa a comer. Y una vez más a Bill le tocaba a él solo comer…bueno, no estaba solo del todo. Un niño rubio de ojos castaños de 15 meses le sonreía mientras le daba de comer su papilla.
Suspiró mirando a su hijo, no podía creerse que ya hiciera más de un año desde que el pequeño Alexander apareciera en su vida. Le vio tan pequeño al principio que le daba miedo cogerlo por si se le caía, pero con el tiempo se volvió todo un experto y en esos momentos añoraba cuando le llevaba dentro.
Alexander crecía cada día y ya daba sus primeros pasos y decía papá. Cada vez que le oía lloraba emocionado, y David a su lado aplaudía.
Se dio prisa en dar de comer al niño y aprovechando el buen tiempo que hacía decidió dar un paseo hasta el parque, donde siempre esperaba a que David cerrara la tienda mientras Alexander jugaba. Le puso un cómodo chándal y con el niño cogido a su mano salió a la calle.
Vivían en un bonito y tranquilo barrio a las afueras de Múnich, David regía su tienda de antigüedades en el centro y desde que a su padre le diera un infarto tenía que dedicarse a ella en cuerpo y alma mientras se recuperaba.
Y mientras Bill pasaba solo toda la mañana, por la tarde trabajaba en la tienda un par de horas poniendo al día el inventario hasta que David cerraba. Entonces regresaban a casa y si no tenían que salir a hacer la compra o a pasear, se podían pasar horas y horas jugando con Alexander o David se encerraba en el garaje donde reconstruía las antigüedades que tenía pendiente.
Antes de que naciera Alexander Bill pasaba mucho más tiempo en la tienda aprendiendo el oficio una vez terminó su último curso a distancia. Pero embarazado ya de 8 meses tuvo que guardar reposo absoluto y hasta que el niño no tuviera más tiempo no volvería a esa tienda que ya consideraba como suya.
Le gustaba como olía a madera antigua, se sentía muy cómodo rodeado de tantos muebles que encerraban una bella historia. Como el último capricho de su padrastro, una cuna del siglo XVIII que le compró a su nieto cuando nació. Según descubrieron él y David, perteneció a una familia que tuvieron 8 hijos y todos ellos durmieron en la misma cuna. Gordon se la regaló con la idea de que fueran muchos los nietos que les dieran, pero a Bill con uno le bastaba.
Sacudió la cabeza sonriendo, habían llegado al parque y él debía bajar de las nubes. Buscó sitio en la terraza que daba al mismo y una vez acomodado a Alexander en un columpio se sentó a observarle mientras se tomaba un té frío. Pronto se reunieron mas amiguitos con su hijo, reconociendo a la hija de unos vecinos a los que saludó con la cabeza. Alexander enseguida fue a jugar con ella y sus padres, solo entonces Bill pudo bajar la guardia y relajarse.
A esas horas había poca gente por la calle, quitando algunos padres que aprovechaban para bajar a sus hijos al parque el resto de la gente estaría en sus casas empezando a comer. Y como a él le habían dado plantón, pues había comido una simple ensalada mientras su hijo se terminaba la papilla.
Suspiró y desviando la mirada del parque se puso a observar a la gente que paseaba, viendo con cierta envidia un par de parejas que cogidas de la mano reían y otras se besaban. También había quien paseaba solo, como ese chico que se le acercaba…
Se puso tenso al reconocerlo, jamás olvidaría esas rubias rastas largas. Era Tom Kaulitz, quien por casualidades de la vida paseaba por el parque justo en esos momentos y al parecer también le había reconocido pues iba directo a él.
Sus ojos volaron con rapidez hacia Alexander, quien jugaba a cierta distancia ajeno a su verdadero padre que se acercaba. Cogió aire profundamente y lo soltó en un suspiro logrando así calmar esas mariposas que sentía en su estómago revolotear.
«Estate tranquilo»—se dijo a sí mismo—«Solo nos saludaremos y cada uno tirará por su camino, no notará que uno de los niños que juegan en el parque es su hijo. Y tampoco se le pasará por la cabeza la idea de que pasemos un buen rato esta tarde, porque si se atreve a pedírmelo lo lleva claro…»
Carraspeó y clavó los ojos en Tom, quien se paró ante él.
— ¿Bill?—preguntó arrugando la frente.
Asintió con la cabeza y vio como Tom se acercaba a saludarlo. Sonrió y se levantó, saludándole con un casto beso en la mejilla por educación. Se sentó y le invitó a que le imitara.
—Vaya, que sorpresa—comentó Tom sonriendo con timidez.
Iba a decirle algo cuando de repente la risa de Alexander llegó hasta sus oídos. Tom se volvió al escucharla, el niño se había cansado de jugar con su amiga e iba en busca de su padre. Estaba perdido, a no ser que se quitara a Tom de encima en 5 minutos.
—Si, una agradable sorpresa—dijo Bill tratando de no sonar tenso.
Tom le dirigió la mirada y sonrió. Bill sabía lo que estaba pensando, le debía una buena explicación por lo pasado la última vez, como no devolvió todas esas llamadas suyas que recibía cada día en busca de una explicación. Desapareció de la ciudad como si nunca hubiera vivido en ella y no supo nada de él hasta ese día que se había encontrado por casualidad…
—Esto…cuéntame, ¿qué tal te van las cosas?—preguntó Tom mirándole con miedo.
Le tendría que dar una respuesta fría y dura, se merecía todo tipo de insultos por haberle dejado sin una explicación del porque se había aprovechado de él. Pero viendo a Alexander acercarse sonriéndole ampliamente, la misma sonrisa que Tom había esbozado al verle…había que estar ciego para no ver que era su viva imagen, rubio como Tom, con su misma sonrisa, y esa mirada pícara cada vez que realizaba una travesura que Bill perdonaba cogiéndole en brazos y estrechándole suavemente…
—Todo bien—contestó Bill tras unos minutos pensativos—Yo…tuve un hijo.
Se quedó sin aire al decirlo… No se lo podía creer, tantas veces recreando en su cabeza lo que haría cuando tuviera a Tom delante, no hablarle nunca de ese hijo que no se merecía, y era verlo y echar por tierra todo el odio que llegó a sentir en su momento.
Vio que Tom estaba más sorprendido que él, haciéndose más de una pregunta en su cabeza. ¿Un bebé? ¿Quién podría ser el padre?
No hizo falta que contestara a ninguna de ella, Tom supo de inmediato cual era la respuesta y como si le moviera una gran fuerza, se volvió a mirar a ese niño que balbuceando sus primeras palabras miraba a Bill y le llamaba papá.
—Si, es nuestro hijo—susurró Bill suspirando con pesar.
Continúa…
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