
Fic TOLL de Myla Near
Capítulo 19
Cuando ese día volvieron al hospital supieron de qué sexo era el bebé, había nacido varón.
Ni Bill ni Tom pudieron contener las lágrimas de que el bebé estuviera a salvo, por lo que abrazados lloraron. No con tanta desesperación como la que sintieron cuando se enteraron de la terrible noticia de que Ashley había muerto. Los padres de la chica no se aparecieron mucho por el hospital, decían que les daba demasiada pena ese lugar. Fueron sólo un par de minutos para ver al bebé e informarle a Tom lo que harían con el velorio y entierro de su hija, el de trenzas estuvo de acuerdo.
– Creo que ver al bebé les hace mal. No sé si te diste cuenta, pero como que no querían verlo mucho. – dijo Bill acariciando la pierna de Tom. Estaban sentados en los bancos de la maternidad esperando por cualquier noticia. Esos bancos sin duda eran mucho más cómodos.
– Sí, yo también lo noté. Debe no serles fácil ver la cara de su hija plasmada en un bebé, porque igual tiene un parecido con Ash. – recostó su cabeza en los muslos de Bill mientras que éste le acariciaba la cabeza.
– ¿Tú crees que se alejen del bebé sólo porque les recuerda a ella? – dijo Bill un tanto asustado por la respuesta.
– Con lo poco que los conozco… sí, creo que se alejarán.
– Ya veo… es triste. – dijo apenado el de rastas sin dejar de acariciar la cabeza del otro, pensando en cómo cuidarían a un bebé si con suerte se cuidaban ellos mismos.
Dos días después del nacimiento de Ethan, los padres de Ashley pudieron enterrar su cuerpo en un cementerio llamativo y alejado de la ciudad, pero aún así al alcance. El bebé al estar en constante observación, obviamente, no pudo ir por lo que Tom y Bill lo que más pidieron en el hospital fue que no le quitaran la vista de encima, hecho eso fueron tranquilos al entierro.
En el lugar el ambiente era lúgubre, y no era para menos, todos vestidos de negro y llorando en silencio. A excepción de Jackeline, la madre de Ashley, quien no podía contener su llanto. Su esposo trataba de calmarla, pero no podía, la mujer estaba muy mal, demasiado triste para pensar siquiera en dejar de llorar. Tom la escuchó decir en una ocasión que si dejaba de llorar su hija pensaría que ya se había olvidado de ella. Entonces seguía llorando.
Gente que hacía un buen tiempo Tom no había visto se le acercaron a saludar, eran viejos amigos que tenía en común con Ashley cuando eran novios vivían en la otra ciudad. Los tíos de la rubia no se le acercaron y prefirieron pasar su luto en familia.
Bill se sentía extraño en ese lugar, no conocía a nadie, excepto a Tom y un poco, sólo un poco, a los padres de Ashley. A pesar de que no recibió ninguna mirada mal intencionada, no quería estar ahí, no quería y punto. Pero estaba ahí para apoyar al que ahora era su novio. No podía dejarlo en un momento tan triste, no podía.
Cuando todo acabó, Bill y Tom volvieron al hospital para ver al bebé. Sus ánimos no eran los mejores, por lo que prefirieron no hablar del tema, sólo se mantenían tomados de la mano. Cuando llegaron al hospital fueron a ver al bebé y una enfermera les preguntó si querían pasar un poco de tiempo con él. Los chicos se emocionaron y aceptaron enseguida.
La enfermera los llevó a una sala en donde podían dejar sus cosas y ponerse una bata para evitar cualquier infección. Cada vez que se acercaban a la sala en donde Ethan estaba, se ponían un tanto más nerviosos. No habían podido tomar al bebé antes porque aún no estaba del todo estabilizado y los médicos quería evitar cualquier infección o caso que pusiera en peligro de nuevo la vida del pequeño.
– Es tan hermoso. – dijo Bill cuando llegaron a la sala y la enfermera tomaba al bebé para extendérselo. Cuando lo tomó se sintió raro, nunca antes había tomado a un bebé y el que ahora tenía en brazos era tan pequeño y se veía tan indefenso que no podía evitar estar emocionado. – Míralo Tomi. – dijo acercándose al de trenzas. Quien le quitó suavemente de los brazos al pequeño y no pudo evitar emocionarse y soltar unas cuantas lágrimas.
– Es demasiado lindo y hermoso. – susurró acercando su rostro al pequeño y besándole la frente.
– Los dejaré un momento, por favor mucho cuidado. – dijo la enfermera saliendo de la habitación.
– Es igual a ti, Tomi. – dijo el de rastas acariciando la cabeza del pequeño y besando la frente de Tom.
– Mentira, no es tan feo. – se rieron de eso un momento y luego se miraron a los ojos.
– Ni tú, ni Ethan son feos. – se dieron un pequeño beso en los labios.
– Nuestro… Nuestro hijo. – dijo Tom tímido y Bill lo miró con los ojos muy abiertos y una que otra lágrima cayendo por sus mejillas.
– ¿E-en serio? – preguntó emocionado a más no poder. El otro asintió y entonces no pudo más y le dio un apasionado beso en los labios, con cuidado de no aplastar al bebé con la cercanía de sus cuerpos. Ethan empezó a lloriquear en los brazos de Tom y entonces tuvieron que separarse, sonrieron cuando vieron que el bebé los miraba con sus ojitos color miel y sacaba su lengüita, emitiendo guturales soniditos a penas audibles.
– Te amo. – se dijeron sin dejar de mirarse y volviendo a besarse, un beso corto.
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-5 meses después-
Para Bill y Tom todo iba bien, no se podían quejar. No iban de lo mejor porque desde que Ashley había muerto, Jackeline no había parado de llorar en ningún momento y pasados un par de semanas, dijo haber visto a su hija. Decía que podía hablar con ella. Habían noches en que los llamaba a su casa para preguntar si es que su hija estaba ahí y ellos sin saber qué hacer sólo le decían que no y apenados se volvían a dormir. El marido de la mujer ya harto de que su mujer no pudiera tolerar que su hija había muerto, le pidió el divorcio. Lo que perjudicó aún más la salud mental de la mujer.
Antes de que el matrimonio se acabara por completo, Kevin, el marido de Jackeline, pensó que lo mejor sería que ella entrara a una institución mental, para que la ayudaran con el notorio problema que tenía. Por eso fue que la mujer quedó internada en un manicomio y él se fue de la ciudad, no supieron mucho más de él.
Si dejaban de lado esos problemas, ellos estaban bien con su nuevo hijo. Al que aman y quieren con toda su vida. Simone, siempre los ayudaba con todo lo que ellos necesitaran, cuidaba del pequeño mientras que ellos iban a trabajar y cuando lo iban a buscar, recibían un pequeño consejo de cómo ser padres, consejo que aceptaban siempre y sin rechistar. Cualquier ayuda les sería útil.
El pequeño Ethan cada vez estaba más despierto y sus gustos musicales se hacían notar cada vez más. Cuando Tom ponía su hip-hop (sólo para que al pequeño le gustara) el bebé lloraba y no había quien lo parara. Por otro lado, cuando Bill ponía los grupos que a él le gustaban, que eran más relajados, Ethan sólo lloriqueaba, pero tampoco le gustaban. Una vez Leah llegó con una polera de AC-DC diciendo que eso era lo que el pequeño necesitaba, entonces había llevado uno de los cd’s que tenía y lo puso en el reproductor a un volumen moderado. La canción que puso fue Highway to hell y el pequeño sonrió y empezó a mover sus manitos y piernitas, desesperadamente. Señal de que le gustaba.
La amiga de los pelinegros sonrió con suficiencia. – Siempre tengo razón en todo. – dijo inflando el pecho mientras la canción aún sonaba y ella estaba con el bebé en sus brazos.
– Cállate, sólo fue suerte. – le dijo Tom tirándole un cojín en la cabeza.
– Sí claro, como no le gustó lo que tú querías.
– Pero es sólo música y los gustos siempre cambian. – dijo Bill sentándose al lado de su amiga, mientras esperaban a los demás. Habían planeado un almuerzo «familiar» para ese sábado.
– ¿Han sabido algo de Jackeline o Kevin? – preguntó de repente la chica, sin dejar de mirar al bebé.
– Bueno, por lo que nos cuentan del manicomio cuando llamamos, ella está mucho mejor, pero hay días en que tiene recaídas y vuelve a lo mismo. Y de Kevin, no hemos sabido nada. – contestó Tom desviando la mirada hacia cualquier parte.
– Ya veo. – se quedaron en un silencio incomodo, hasta que tocaron el timbre del departamento. Bill se puso de pie y fue a abrir, era su madre.
– Qué bueno que llegaste. – dijo Bill dándole un abrazo y dejándola pasar. Recibió lo que traía en las manos, que era un plato de ensalada y la mujer se fue a sentar a los sofás.
– ¿Y Tom? – preguntó sin dejar de mirar a su hijo.
– Aquí estoy. – respondió el de trenzas entrando al living con el bebé en brazos y seguido por Leah, quien amigablemente fue a saludar a Simone.
– Ahora sólo tiene que llegar Gustav, que fue a buscar a Estella y Georg y podemos comer. Muero de hambre. – dijo el de rastas recibiendo a Ethan en sus brazos después de que Tom se lo pasara.
Estuvieron hablando unos minutos antes de que el timbre volviera a sonar anunciando la llegada de más visitantes. Esta vez, Estella y Gustav. Saludaron, se pusieron cómodos en los sofás y comenzaron a hablar con los demás y le entregaron un par de regalos a Tom, claro que no eran para él sino para el bebito. No pasaron muchos minutos para que Georg llegara y fuera recibido eufóricamente por su aún novia, no hizo nada más allá de abrazarlo muy posesivamente, ya que Leah se cohibía delante de mucha gente y no le daba el coraje para besar a su novio en público.
Hablaron un par de minutos con el castaño y luego decidieron que era hora de sentarse a comer, todos morían de hambre. Tom se sentó a la cabeza de la mesa, con Bill a la derecha y Ethan en su silla al medio de los dos. Simone estaba frente a su hijo. Y los demás puesto son historia, sólo hay que resaltar a los pelinegros… y al bebé por supuesto.
Comieron en calma hablando de todo tipo de temas, del bebé, de cómo iban las relaciones de cada uno con su pareja respectiva, molestaron a Simone diciéndole que estaba muy sola y necesitaba a alguien y ella muy sonrojada, les decía que se callaran y no fueran insolentes. Hablaron seriamente sobre el estado de salud mental de Jackeline y sobre cómo Kevin había desaparecido sin dar señal siquiera de estar vivo.
– Como cambia la vida de las personas un quiebre emocional demasiado fuerte, ¿no creen? –preguntó Simone tomando un poco del vino que tenía en su copa. Los demás pensaron en sus palabras y al final asintieron.
Cuando terminaron de comer se fueron a sentar al living para seguir hablando. Bill fue a cambiar el pañal de Ethan junto con Tom. – Es raro hacer esto. Aún no me acostumbro. –dijo el de rastas sacándole los pantaloncitos que el bebito andaba trayendo, para así empezar a mudarlo. Tom sentado desde el otro lado de la cama, lo miraba extasiado.
Viendo lo tierno que se veía cambiándole el pañal a un bebé tan pequeño y que a pesar de que no era propio, lo amaba con su alma entera.
– Pronto te acostumbrarás… me corrijo, nos acostumbraremos. Ahora seguiré mirándote porque te ves adorable haciendo eso. – dijo Tom sin despegar su mirada del rostro del otro en ningún momento. Un leve tono rojizo hizo presencia en las mejillas del menor, quien no lo miró para evitar sonrojarse más.
– Es lo que hay que hacer, porque sino éste bebé estaría hediondo. Igual que tú. – rió ante su comentario y sacó un par de toallitas mojadas, para limpiarle el pequeño trasero a Ethan.
– ¡Hey! Yo no soy hediondo, nunca lo he sido y nunca lo seré… aunque bueno, puede que cuando estamos juntos el sudor me pase la cuenta… pero es tú culpa… ¡no quieres que pare nunca! – ese comentario hizo que el de rastas se sonrojara entero.
– ¡Tom, cómo dices esas cosas! – dijo irguiéndose y mirando a la cara al otro, siempre cuidando que el bebé no se moviera mucho y no fuera a caer de la cama.
– Pero es verdad… ¿o no? – el de trenzas se puso de pie y caminó en dirección al otro.
Cuando llegó a donde estaba, lo abrazó por la espalda y le besó el cuello. – Te amo demasiado. – le dijo dejando otro beso en la zona.
El menor se giró y abrazó por el cuello a Tom, para mirarlo a los ojos. – Yo te amo mucho más. – dijo para luego besarlo tiernamente. Ethan comenzó a lloriquear y a mover sus extremidades en todo sentido. No hacía frío, pero el leve viento que corría en ese día hacía que el pequeño tuviera frío.
– Sólo espero que cuando esté más grande, no nos interrumpa en cosas más… íntimas. – dijo Tom de nuevo observando cómo el otro seguía cambiando al bebé de ambos.
– Tom, cállate de una vez y deja de mirarme. – dijo el otro ruborizado, pero internamente pensando lo mismo que el otro.
Continúa…
Sólo uno más.