
Fic TOLL de Myla Near
Capítulo 5
Despertó gracias a la melodía de su celular. Maldición, mi cuello, pensó sacando el móvil de su bolsillo. Miró la pantalla, era su madre. Miró la hora y eran cerca de las 8 de la noche, seguramente lo invitaría a cenar. Aunque con la siesta que se tomó, era como si recién hubiera almorzado. Cerró los ojos y bostezando contestó.
– ¿Cómo estás? – preguntó su madre del otro lado.
– Cagado de sueño y con el cuello quebrado. – le contestó sin abrir los ojos aún.
– No ocupes esas palabras cuando hables conmigo… ¿por qué te duele el cuello? ¿Dormiste en el sofá? ¿Crees que te regalé una cama gigante para qué? ¿Para tenerla de adorno?
– Mamá, llegué cansado, no había tiempo para ir a la habitación. Además la cama no está hecha y si la veía así se me quitaría el sueño y hubiera andado idiota lo que quedaba de día, que ni siquiera sé cuánto era. – volvió a bostezar y se recostó de nuevo en el sofá, tratando de no quedar doblado, pero era imposible su tamaño no le ayudaba en lo absoluto. – ¿Se te ofrece algo a éstas alturas de la noche, madre? – preguntó rogando porque sí lo invitara a comer, la siesta había hecho que la pasta del almuerzo se fuera y no tuviera presencia en su cuerpo.
– Es tarde y sé que es fin de semana, quiero que vengas a comer, no me gusta que comas solo naranjas cuando no comes afuera. Te puedes enfermar. Por último si no te gusta, no sabes o no puedes cocinar, te vienes para acá y te preparo algo, sabes que no me molesta en nada.
– Las naranjas son lo más saludable que existe, nunca moriré si como muchas.
– No seas ridículo, las naranjas solo tienen vitamina C, aunque por eso no te resfrías… en fin, vente ahora que te preparo algo para comer. ¿Algún plato especial?
– No, comida no. Quiero tostadas, muchas y un café caliente.
– Está bien, no tardes. – la mujer cortó la llamada y el pelinegro también. Se puso de pie, se fue al baño para lavarse la cara y retocar el maquillaje y después de eso salió del departamento.
Al llegar a la casa de su madre se estacionó y como por acto reflejo miró la casa vecina. El auto estaba afuera, pero ni rastros de la rubia o de Tom. Tocó el timbre y su madre lo hizo pasar enseguida a la mesa. En ella estaban sus tostadas y su café, se sentó y su madre lo acompañó con un simple té.
– ¿Algo qué contar? – preguntó la mujer dándole un sorbo a su té. El pelinegro sonrió y mordió la primera tostada asintiendo. – Entonces soy toda oídos.
– ¿Te conté que saldría con mi compañero de trabajo? – ella negó con la cabeza. – Bueno, anoche fuimos a un bar y según Leah se puso a pelear por mi, pero yo no creo, es que de un momento a otro desapareció y me puse a bailar con otro y…
– Espera. ¿Estabas con él y aún así bailaste con otro? – el pelinegro asintió tomando un poco de su café. – Eso no se hace.
– Pero me dejó solo.
– Eso tampoco se hace. – el pelinegro le contó también de que habían ido a almorzar a ese restaurant y lo que pasó después. – Júralo. – el chico sonrió. – Me parece bien, y ya sabes, después de algún tiempo me lo presentas.
– Jajaja, falta mucho para eso.
– ¿Y qué hay con Tom? – el pelinegro estaba tomando de su café al momento en que recibió la pregunta, por lo que casi se ahoga. Tosió botando un poco de café por su boca. – Al parecer si hay algo con él, ¿o me equivoco?
– Mamá no hay por qué sacar a Tom en todas nuestras conversaciones. – su madre sólo se le quedó mirando, con su reacción le había dicho que «hay algo con Tom» por lo que se vio en la obligación de hacerlo. Le contó del episodio en el sofá y el de la cocina, la mujer con una sonrisa gigante en los labios se puso de pie y le besó la frente a su hijo. – ¿Y eso?
– Es que me encantaría que volvieras con él.
– Mamá yo no voy a volver con él, además, acabo de contarte que besé a otro hombre, ¿lo olvidas? – la mujer se devolvió a su asiento con una mano en la boca, pensativa.
– ¿Por qué no vas a volver con él? – el pelinegro bufó enojado y se puso de pie.
– Mucho por hoy, me voy, tengo que ir a trabajar mañana. Llámame cuando estés dispuesta a no hablar de Tom, gracias. – le besó la frente y luego de eso salió de la casa. Miró a la casa de al lado y vio a la rubia entrar con una pequeña bolsa en la mano, estupideces, pensó y se subió a su auto. Al llegar a su departamento, se puso el pijama, que no consistía en otra cosa que una polera y su bóxer, y se acostó. Se durmió a los pocos minutos.
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Al despertar se duchó y se alistó, sacó una naranja, su bolso de trabajo, las llaves del auto y del departamento y salió. Al llegar abajo se sorprendió de ver a Chris apoyado en su auto, estacionado frente al edificio. Sonriendo sin creérsela se le acercó.
– ¿Y tú, qué haces aquí? – le preguntó saludándolo con un beso en la mejilla.
– ¿Qué no es obvio? Te vine a buscar. – Bill sonrió y levemente negó con la cabeza.
– Yo tengo mi auto.
– Lo sé, pero aún así quiero llevarte, ven vamos. – le tendió una mano y el pelinegro después de pensarlo unos segundos accedió, pero no le tomó la mano.
– Está bien, vamos. – se subieron al auto del castaño y se fueron a la empresa. Al verlos llegar juntos, Juanita, la portera, miró picarona a Bill y este se sonrojó levemente. – No es lo que crees. – le dijo y luego entró en el edificio, seguido por el otro. Saludaron a los que se les cruzaron por el camino y llegaron a la oficina de Bill, en donde se separaron y se fueron cada uno por su lado, aunque primero, Chris, le robó un beso en los labios al pelinegro. Quien quedó sorprendido e intimidado por la mirada de los presentes, que tan solo era una persona: la señora del aseo.
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Cuando entró a su oficina, tomó su café y se sentó en su asiento sin mirar a Tara, la que no dejó de observar cada movimiento del chico. – Soy toda oídos. – dijo tomando de su propio café.
– Fue un fin de semana bastante… «movido». – se tomó su tiempo para contarle a la pelirroja todos los sucesos ocurridos, no se perdió detalle. Incluso le contó sobre el beso que le había robado hacía algunos minutos. Tara tenía unas enormes ganas de ponerse a gritar y a reír.
-Te hiciste el difícil, pero al final igual cediste.
– Esa fue la parte con Chris… hay cosas con Tom. – la pelirroja abrió a boca y los ojos, tecleando en su laptop.
– No te creo, Tom… ¿tu ex? – el pelinegro asintió y entonces ella giró en su asiento y golpeó su escritorio con ambas manos. – Pero qué tenemos aquí, damas y caballeros. – el de rastas negó con la cabeza bebiendo un sorbo de su café. – Ahora cuéntame. – Bill le contó lo que había pasado en el respaldar del sofá y ella ya estaba fascinada. Por lo que para cuando le contó sobre lo de la cocina, enloqueció. – Pero qué romántico, ¡Dios! – se puso de pie y empezó a saltar y a dar vueltas al rededor de la oficina, el pelinegro empezaba a asustarse.
– Me harías un gran, gran favor si te sientas y me cuentas qué te pasa. – dijo encendiendo su laptop.
– Es que nunca había escuchado algo tan romántico, y encima te dice que le pidas que termine con su novia, ¡aah! – Bill sólo sonrió y trató de ignorar los chillidos locos de la pelirroja. Cuando ésta se calmó volvieron al trabajo tranquilamente. Hasta la hora de almuerzo, en que apareció Chris en la puerta de la oficina.
– ¿Vamos a almorzar? – el pelinegro miró a su amiga y ella asintió ordenando unos papeles encima de su escritorio. – ¿No te molesta que te lo robe?
– Claro que no… siempre y cuando lo devuelvas entero.
– ¡Tara, cállate! – se cubrió la cara con las manos ocultando el sonrojo de sus mejillas. – Vamos. – tomó la mano del castaño y lo sacó de la oficina antes de que la pelirroja dijera algo más.
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Fueron al restaurant al que acostumbraban ir a almorzar los de la editorial y pidieron una mesa para dos, apartada de las demás. Bill sólo pidió una ensalada surtida, mientras que el otro pidió el plato especial de la casa, que consistía de filete de vacuno con 3 tipos diferentes de arroz. Sin darse cuenta comieron a la velocidad de la luz, por lo que les quedaban aún 30 minutos de descanso.
Frente al restaurant hay una pequeña plaza con juegos para niños y unos cuantos bancos, bajo la sombra de los árboles. Decidieron ir y sentarse en uno de los bancos más alejados de los juegos. Chris pasó uno de sus brazos por encima de los hombros de Bill y se sentó lo más cerca que pudo de él.
– Gracias por invitarme. – dijo el pelinegro mirando sus dedos, entrelazados encima de sus piernas.
– No fue nada, me gusta comer contigo. – el castaño llevó la mano que tenía desocupada a la barbilla del otro e hizo que lo mirara. – Me gusta tu compañía. – se quedaron mirando unos segundos antes de que Bill comenzara a acercarse a la boca de Chris. Se acomodó en su asiento y le tomó el rostro con ambas manos intensificando el beso; beso que Chris recibía gustoso.
Estuvieron los 25 minutos que les quedaban sentados en la plaza, besándose y hablando.
Cuando se iban a devolver a la editorial el pelinegro vio caminar frente a él a una rubia de baja estatura y se acordó de Ashley, la novia de Tom. Entonces, se acordó de Tom y del episodio en la cocina. Había sido una situación muy comprometedora.
¿Qué pasaría si Chris se enterara de lo que pasó?
Volvieron a la editorial y el pelinegro se fue a su oficina cabizbajo. De un momento se había deprimido y si le preguntaban el por qué, él no sabía la respuesta. Si estuviera haciendo actuando mal, ¿se lo dirían? Aunque ya se hacía a una idea, porque Leah se enfureció cuando lo vio con Tom en la cocina, sin embargo, Tara se había emocionado y saltado toda feliz. Las dos caras de una misma moneda, ¿en cuál podía o quería confiar?
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Cuando terminó la jornada laboral, salió casi corriendo de la oficina, pero cuando llegó abajo recordó que no había venido en su auto, por lo que se vio en la obligación de esperar a Chris, quien no tardó en llegar a su encuentro.
– Pase por ti a tu oficina, pero Tara me dijo que habías salido enseguida.
– Es que me acordé de que tengo cosas que hacer y quería irme lo antes posible, pero llegué aquí y bueno… me acordé de que tu me habías traído. – fueron al estacionamiento por el auto de Chris.
– Y bueno, aquí estamos. – dijo el castaño al llegar al edificio en donde vive el pelinegro. Quien le iba a dar un beso en la mejilla, pero Chris le tomó la cara y lo besó en los labios.
Se dejó a penas y después de eso subió rápidamente a su departamento a hacer lo que tenía qué hacer: nada.
Se fue a su habitación y se recostó en la cama mirando al techo. Se sacó los zapatos, los pantalones y la polera y se quedó encima de la cama. Pasados unos minutos fue a la cocina por una naranja. La única fruta que hay en la casa de Bill Kaulitz son naranjas, jugosas, sabrosas y… jugosas. Después de pelar unas cuantas naranjas más, se fue al living para ver televisión. Aun era muy temprano para irse a dormir y estaba casi desnudo como para salir.
Pasando de canal en canal encontró una película que le gusta, Mr. & Mrs. Smith, se acomodó mejor en su lugar y trató de no quedar doblado por si se dormía. Mientras veía la película escuchó sonar su celular, el que estaba en su habitación. Lo dejó sonar y siguió viendo la película, estaba muy deprimido para hablar con alguien y para colmo, no sabía por qué estaba deprimido.
Para cuando la película terminó, su celular había sonado al menos unas 10 veces. Aún así no quiso pararse e ir a buscarlo y contestar. Por eso, cuando terminó de ver la película fue recién a ver su celular. Tenía 11 llamadas perdidas, las vio y 5 eran de su madre, 3 de Leah, 2 de Gustav y 1 de Tom. Su corazón saltó al leer ese nombre, pero aún asi, se resistió de llamar a cualquiera de los 4.
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A la mañana siguiente cuando se levantó, lo hizo todo muy rápido para no toparse con Chris, si es que lo iba a buscar ese día también. Por suerte cuando llegó abajo no estaba el castaño ni tampoco se veía por ningún lado. Se montó en su camioneta y se fue al trabajo.
Llegó más temprano que de costumbre por lo que no tuvo que saludar a tanta gente, al llegar a su oficina no estaba Tara. Prendió su laptop y de pronto llegó Alexis, el secretario de gerencia.
– Te traje el libro de compra-venta. Te toca. – el joven entró en la oficina y se lo pasó en las manos.
– Si hubiera llegado más tarde, ¿se lo pasabas a Tara? – el otro chico asintió y entonces Bill maldijo internamente, si había un libro que odiaba era el de compra-venta.
– Bien, nos vemos, Bill.
– Cuídate. – el pelinegro adelantó un poco del libro antes de que su compañera llegara.
– ¿Tú quién eres? El flacuchento que conozco llega en 15 minutos más. – dijo ella con los cafés en las manos, le estiró uno y Bill lo recibió agradeciéndole con un gesto de su cabeza.
– Sólo digamos que… me desperté muy temprano y llegué antes sin darme cuenta.
– Ah, muy bien, digamos eso. – pasados unos minutos Chris entró en la oficina.
– Te fui a buscar y no estabas. – dijo dirigiéndose al pelinegro, quien miró a Tara sin saber qué decir.
– Es que iba a… – la pelirroja vio el libro encima del escritorio de su amigo y se le ocurrió una idea. – Tenía que recibir el libro de compra-venta. Es un libro importante.
– Ah, sí. A penas llegué me lo pasaron, agradéceme que llegue primero. – le dijo a su amiga sonriendo, ella le devolvió el gesto.
– Oh, ya veo. Entonces los dejo. Nos vemos en la hora de almuerzo. – se despidieron y los contadores se quedaron mirando sin nada para decir.
Y así pasó su semana, levantándose temprano para no irse con Chris al trabajo, encerrado en su departamento viendo películas y comiendo naranjas. Dejó que su celular se descargara y no quiso saber de nadie en esa semana. Y todavía no averiguaba, por qué estaba así.
Sus amigos y madre estaban preocupados, lo llamaban todos los días, pero el pelinegro no contestaba, no daba señales de vida y eso estaba asustándolos en demasía. Por eso el día Sábado de esa semana Leah decidió ir a la casa de su amigo y si el pelinegro no le decía qué le pasaba, se vería en la obligación de torturarlo hasta que hablara.
– Bill si no me abres la puerta me veré en la obligación de echarla abajo. – dijo la chica desde afuera del departamento, había tocado el timbre y golpeado la puerta, pero el pelinegro no abría ni tampoco contestaba. – Contaré hasta 6, sólo para darte tiempo, así que por tu bien y por el bien de la puerta quiero que me abras, ¡ahora!… uno… dos… – iba a contar el 3 cuando Bill abrió la puerta. La chica sonrió y después de besar la mejilla de su amigo entró en la casa.
– ¿Cómo estás?
– Yo estoy bien, pero no sé si tú lo estás, ¿lo estás?
– Sí, creo. Sabes… hace tiempo que no sé, el ánimo que podría haber tenido se me fue a la mierda. ¿Y sabes por qué? – la chica negó con la cabeza mientras se acomodaban en el sofá.
– Pues yo tampoco lo sé.
– Mmm… interesante. – después de eso hubo un silencio inmenso. – ¿Estás así por Tom? –habló ella con miedo, no quería que su amigo se enojara y se deprimiera más de lo que ya estaba. El pelinegro la miró pensativo y levantó los hombros.
– Ya te dije que no sé. Pero quiero que se me pase pronto.
– Yo creo que se te pasará si sales y te distraes un poco. ¿Por qué no sales con tu compañero de trabajo hoy en la noche? Podría hacerte bien. Eso sí, no bailes con otro. – lo que la chica dijo logró sacarle una sonrisa a Bill, quien se pensó seriamente lo de salir.
– Bien… creo que tomaré tu consejo. Espérame, voy por mi celular. – buscó su celular y el cargador del aparato. Lo enchufó y lo encendió. – Tanto que se demora. – se quejó sentándose en el suelo al lado del enchufe donde cargaba el celular. Cuando por fin prendió, buscó rápidamente entre sus contactos y cuando encontró «Chris» apretó el botón para llamar.
6 minutos más tarde volvía al living de su casa para sentarse al lado de su amiga. – ¿Qué te dijo? – preguntó ella con total interés.
– Me dijo que sí. Así que voy a tener que ducharme y arreglarme, pero me da una flojera.
– Nada de «me da flojera», anda a prepárate ahora porque después estarás todo apurado y quedarás feo.
– Dime solo una vez en la que me hayas visto feo. – la chica se lo pensó antes de responder.
– Ahora mismo estás mega ultra hiper feo. – el pelinegro se carcajeó y se puso de pie.
– Ya voy, pero no te vallas. – se demoró 2 hora y 34 minutos en estar listo y cuando lo estuvo aún le quedaba tiempo por esperar, para irse al bar. Así que se volvió a sentar junto a Leah. Quien aburrida cambiaba la televisión de canal.
– ¿A qué hora tienes que estar en el bar?
– A las nueve y media.
Esperó el tiempo que quedaba y después de despedirse de su mejor amiga partió al bar en el que había quedado de juntarse con su compañero de trabajo. Entró y enseguida se fue a la barra para pedir su vodka, después de tomárselo empezaría a buscar a su «cita». El barman le dio su trago y antes de que pudiera tomar le tocaron el hombro, pensó que era Chris, pero al girarse no vio más que a Ashley, la novia de Tom. Quiso morirse en ese instante.
– ¿Tu eres Bill, verdad? – preguntó ella alzando un poco su voz. El pelinegro asintió. – ¿Cómo estás? Hace tiempo que no se sabe de ti. – eso no se lo esperaba, más bien se esperaba un «tu tiempo con Tom ya pasó» o sino un «aléjate de mi novio», pero nunca se imaginó eso. Pero era mejor, así se ahorraba problemas.
– Ehh, bien, gracias. ¿Y tú? – ¿cómo se suponía que mantienes una conversación con la actual de tu ex?
– Bien, también, muchas gracias. Tom venía atrás de mi… no lo veo, oh, ahí viene. – dijo la chica buscando entre la multitud y en efecto, Tom ahí venía. El pelinegro se tensó y deseó no haber ido al bar ese día. Justo cuando Tom llegó al lado de la rubia a él lo tomaron por las caderas. Vio como el entrecejo de Tom se fruncía y la sonrisa de la chica se hacía presente.
Se giró para mirar a Chris y sonreírle, pero no contaba con que éste le robara un beso.
Quedó boquiabierto y sorprendido. Miró a Tom y este estaba aún más enojado, se notaba por su fruncido ceño. Entonces fue cuando deseó con mayor fuerza no haber salido de su casa esa semana.
Continúa…
¿y? ¿y? Espero que les haya gustado, además es un regalo. Espero sus comentarios con criticas o alguna sugerencia, ahí ven ustedes (: Gracias por leer.
Jajaja se lo merece tom
JAJAJJAA ay no se que decir ni por quién ir pero osea si Tom tiene su vieja , que deje a Bill tener a su hombre también , que se decida we 😂