Te quiero de vuelta 6

Te quiero de vuelta 6

Fic TOLL de Myla Near

Capítulo 6

– ¿Cómo estás? – preguntó Chris apretando el agarre de sus manos en las caderas del pelinegro.

– Bien, gracias… ella es Ashley y él es Tom. Amigos. – al pronunciar esa palabra miró el suelo. El de trenzas y la rubia se saludaron con Chris y Bill no pudo levantar la cabeza.

– ¿Qué les parece si nos tomamos algo? – dijo la rubia contenta a más no poder. El pelinegro no la entendía en lo absoluto, aún así se negó ante la idea.

– Oh no, claro que no. Ustedes están en una cita, no queremos interrumpir. 

– Pero si no nos interrum… 

– No Ash, ya dijo que no. No insistas. – dijo el de trenzas mirando a Bill. Entonces la rubia asintió y se fueron a la pista.

– ¿Por qué no quisiste que se quedaran? Parecen simpáticos. 

– Porque no hubiera estado cómodo. 

– ¿Cómodo? – el castaño se sentó en uno de los asientos de la barra, junto al pelinegro.

– Lo que pasa es que Tom… él y yo fuimos novios hace tiempo, por eso. – el castaño no dijo nada y asintió con la cabeza.

– Pero no estamos aquí para ponernos así, tomémonos algo y olvidémonos de que ellos están aquí, ¿te parece? – logró sacarle una sonrisa al pelinegro, quien asintió.

Tomaron un rato, hablaron, se rieron y bailaron hasta que Bill fue al baño, no contando con toparse con Tom en el camino, quien también iba al baño.

– ¿Me quieres evitar? – dijo el de trenzas cuando ambos terminaron sus necesidades.

– Me gustaría pero, ¿qué probabilidades tengo de no encontrarte de nuevo? – el de rastas iba a salir del baño, pero Tom lo tomó por un brazo y lo acorraló contra los lavabos. Sus labios, peligrosamente juntos. Sus respiraciones, se rozaban en el aire.

– Algo te pasa, no quieres que termine con Ashley, no me quieres encontrar… ¿qué más? 

– Suéltame. – se removía en su lugar, pero el de trenzas lo tenía muy bien agarrado.

– Pero cuéntame qué te pasa primero. 

– No me pasa nada y si me pasara algo, no sería por ti. Ahora suéltame, te lo agradecería. 

Tom lo miró antes de soltarlo. – Gracias. – y antes de que Bill saliera del baño, el de trenzas lo volvió a tomar del brazo y acorralarlo contra los lavabos, con la diferencia de que ahora lo besó. Al principio no se dejó, pero después le correspondió y cuando iba a abrazarlo por el cuello, Tom lo soltó y salió del baño, dejando al pelinegro con la duda en la cara.

Después de recuperarse de la sorpresa salió lo más rápido que pudo del baño y corrió a la barra para encontrarse con Chris. A penas llegó al lado del castaño lo tomó por la cara y lo besó. El otro gustoso le correspondió tomándolo por las caderas y juntando sus cuerpos. En un momento el pelinegro abrió los ojos y vio a la rubia con el de trenzas en la barra. La chica le pedía un trago al barman y Tom lo miraba enojado mientras besaba al otro chico.

Sonrió internamente y volvió a cerrar los ojos y a concentrarse en besar a Chris.

Después de estarse besando algunos minutos fueron a la pista para bailar, pero más que bailar se dedicaron a besarse en medio de gente desconocida. Al pasar la mayor parte de tiempo que estuvieron ahí, bailando, decidieron salir del lugar. El pelinegro había tomado más de la cuenta y estaba un tanto mareado, por lo que Chris no lo dejó manejar a su casa.

– Pero yo me tengo que ir. – decía mientras caminaban al auto del castaño.

– Si quieres chocar te dejo que te vallas, pero tienes y quiero que vivas, así que yo te llevo. 

Bill pasó uno de sus brazos por encima de los hombros del otro para poder caminar correctamente. Al llegar al auto, Chris puso contra el capó al pelinegro y lo volvió a besar.

Él sólo se dejó querer mientras recordaba cuando Tom lo vio. No se había dado cuenta y estaba en la casa de Chris. Estaban en uno de los sofás en una posición… comprometedora. El castaño estaba sentado en el sofá y él estaba a horcadas encima del otro. Lo tenía tomado por el rostro mientras lo besaba, las manos de Chris estaban descaradamente en su trasero.

Y de pronto empezó a restregarse contra el otro, aún en el sofá. De un momento a otro Chris le sacó la polera y lo recostó en el sofá. El pelinegro estaba más mareado que antes, por lo que solo se dejó hacer y el hecho de pensar en cómo se pondría de furioso Tom al saber que se acostó con su compañero de trabajo lo hacía querer que eso pasara.

Ya ambos sin ropa, encima de sofá se besaban y tocaban como si fuera el fin de los tiempos.

– ¿Estás listo? – dijo el castaño mirando a los ojos a Bill. Este asintió y enrolló sus piernas al rededor de la cintura del otro. – Prometo no dañarte. – y dicho eso empezó, lentamente, a introducirse en la estrecha intimidad del pelinegro.

– Ooh… – se quejaba al sentir algo externo a su cuerpo.

– Sí, así… – gemía Chris mientras embestía ya salvajemente al otro chico. Bill se abrazaba fuerte al cuello del castaño, al igual que lo hacía con el agarre se sus piernas en las caderas.

Pero no estaba disfrutando, solo se estaba dejando para no pasar un rato incómodo. Por alguna razón, el pensar en Tom mientras el otro lo embestía lo dejó deprimido y lo único que quería era que ese momento se acabara.

– Ah, no, no… oh… – lloriqueó cuando el castaño aumentó el ritmo de sus embestidas y también la fuerza. – Chris…no… me duele, aah… – pero al parecer Chris se había quedado sordo, porque no hizo caso a los gemidos de dolor del pelinegro y siguió dañándolo hasta que acabo en su interior.

Al ver la cara de Bill, con los ojos rojos y las mejillas llenas de lágrimas, empezó a lamentarse. – Bill, lo siento yo no quería… en serio, perdóname, por favor. – se disculpaba mientras se salía de su interior. El pelinegro, sin mirarlo a los ojos, recogió su ropa y se vistió.

– Me gustaría irme a mi casa. – dijo ignorando las disculpas del otro, quien asintió, se vistió también y fue a dejar a Bill a su casa.

-En serio, Bill, perdóname, por favor. – el pelinegro ignorando las disculpas del otro, le besó en la mejilla y se despidió.

– Nos vemos el Lunes, te agradecería que no me llames mañana, gracias. – se bajó del auto y subió casi corriendo a su departamento. En seguida se fue al baño para ducharse. No quería ni pensar en el mal rato que había pasado. Después de secarse el cabello, se puso su pijama y se acostó, tapado hasta las orejas para dormirse a los pocos minutos.

.

Cuando despertó miró la hora en el despertador de la mesa de noche y se sorprendió, eran las 3 de la tarde y si no hubiera sido por el ruido que hubo en la calle, no despertaba. Se paró de la cama y fue a darse una pequeña ducha reponedora. Se vistió, se hizo un café y se sentó en el sofá de su living para ver alguna película que estuvieran dando. Por suerte encontró una que le gustaba: Transformers.

De pronto, de la nada sus ojos se aguaron y empezó a llorar. A su menté se vino el penoso episodio sexual que había tenido la noche anterior con el castaño y más lágrimas se escaparon de sus ojos, fue cuando no aguantó más. Apagó la televisión, dejó la taza en la mesa de centro y bajó lo más rápido que pudo hasta el primer piso. Cuando se iba a subir a su auto, recordó que lo había dejado en el bar la noche anterior. Maldijo interna y externamente antes de empezar a caminar a la casa de su madre. En el camino trató de que sus ojos no estuvieran tan hinchado ni rojos. ¿Cómo lo hizo? Pues no llorando.

Al llegar a la casa de su madre tocó el timbre, pero nadie abrió. Un tanto cabreado sacó su celular y la llamó.

– Se puede saber en dónde mierda estás. – le dijo casi gritándole, a los segundos se arrepintió. Se sentó en el suelo frente a la puerta y suspiró. – Lo siento. 

– A mi no me hablas así, Bill Kaulitz, ten más respeto por tu madre. 

– Ya te dije que lo sentía, mamá. 

– ¿Y crees que eso basta? 

– Bueno, lamento necesitarte. La próxima vez que tenga un problema ya sé que no puedo contar contigo, ¡gracias! – enojado cortó la llamada y se puso de pie. El cabreo le ganaba por mucho a la tristeza que tuvo. Vio el auto de Tom frente a su casa y fue a tocar el timbre de aquella casa.

– Bill, qué sorpresa. – le dijo la rubia al abrir la puerta. El cabreo se hacía más grande por el tono ridículo de voz de la chica.

– Bueno, sí… oye, ¿está Tom? – la mujer borró la leve sonrisa que tenía mientras asentía. –¿Lo puedes llamar, por favor? Necesito pedirle un favor. 

– Claro, espérame un minuto. – Ashley juntó un poco la puerta y desapareció adentro de la casa. Minutos más tarde el de trenzas hacía acto de presencia en la entrada de la blanca casa. Alzó una ceja al ver al pelinegro.

– Vaya, qué sorpresa. – ¿éste habla igual que la tonta? Pensó alzando también una de sus cejas.

– Necesito pedirte algo. – apretó los labios sin dejar de mirar a Tom.

– ¿Qué pasa si digo que no quiero ayudarte? 

– Por favor, Tom. Eres el único que puede ayudarme en estos momentos. – el de trenzas se cruzó se brazos.

– Supongamos que, hipotéticamente, digo que sí. ¿Qué es lo que quieres?

– Como es un caso hipotético. Hipotéticamente, yo te pediría que me llevaras al bar de anoche para yo, hipotéticamente, traerme de vuelta mi auto. – Tom se llevó una mano a su barbilla y la masajeó unos instantes antes de hablar.

– O sea que anoche, hipotéticamente, no ocupaste tu auto. – el de rastas se aguantaba la risa y además el nerviosismo. La risa, porque cuando ellos eran novios siempre jugaban a «los casos hipotéticos». Y el nerviosismo por lo que el de trenzas había mencionado hacía algunos segundos no ocupaste tu auto.

– Es que yo, hipotéticamente, estaba un poco mareado y no pude usarlo y… eso. – Tom soltó una carcajada contagiando al otro.

– No quiero saber más. Te ayudaré, espérame unos minutos. – entró en la casa y después de unos instantes salió nuevamente, cerrando la puerta tras de sí. Fue hacia el auto con Bill siguiéndolo, al final este se subió de copiloto y Tom hizo partir el auto en dirección al bar.

– Viste que es mejor cuando somos amigos, como si nada hubiera pasado, a ser los «ex». –dijo el de trenzas riéndose de una estupidez que había hecho Bill con sus manos.

– Supongo, no es tan incómodo cuando no me acosas. – se rieron de eso también, era el «momento de las bromas». Minutos más tarde estaban afuera del auto de Bill, quien con las llaves en las manos no dejaba de sonreír por las estupideces que Tom decía.

-Tendrás que llevarme a pasear. Tu auto es más grande que el mío, actual… porque el que tenía antes… era espacioso, ¿no? – se sonrojaron sin dejar de sonreír, sí, Tom también se sonrojó.

El momento de seriedad.

– ¿A tu novia no le molesta que tengamos contacto? – preguntó el de rastas mirando, alternativamente, el suelo y Tom.

– No lo sé. No ha hecho ningún comentario al respecto, pero ¿te digo algo?… No me importa lo que piense. – le guiñó un ojo y el momento serio se terminó.

– No quiero ni pensar lo que se te pasa por la cabeza con esos gestos, dichos y actitudes tuyas. 

– No lo hagas, te volverás loco. – Silencio. – Yo… – Incomodidad. – Tengo que irme ya. –Tristeza.

– Oh, ya veo. De todos modos tengo que irme a… mi casa. – se deprimió con solo pensar eso.

Y ahora se venía lo difícil, cómo despedirse. Intentaron el apretón de manos, un abrazo, un beso en la mejilla y nada los dejó contentos. Tuvieron que besarse en los labios con pasión, hasta casi ahogarse por no separarse.

– Adiós. – se dijeron antes de caminar a sus respectivos autos y dirigirse a sus hogares.

.

Mientras se devolvía a su casa su madre lo llamó, pero no quiso contestarle. Por lo menos hasta que sus ánimos se calmaran, además, no quería arruinar el buen humor que le dejó pasar ese rato con Tom. Cuando llegó frente a su edificio, decidió que no quería estar en su casa encerrado hasta la hora de dormir, por lo que decidió ir a casa de Leah. Ella lo escucharía, y aunque hablar con la chica implicara contarle lo sucedido con Chris y llorar… lo haría, todo porque no quería estar en su casa.

– Es distinto cambiar tu humor con amigos, que con tu madre, ¿no es así? – se dijo a si mismo mientras se rascaba la cabeza para «hablarle a su cerebro». Le gusta eso de hablar con el músculo ese.

– ¡Hola, mi niño! – saludó Manara, la madre de Leah y Gustav. – ¿Cómo estás? 

– Muy bien, gracias, ¿usted, cómo se encuentra? 

– De maravillas. Oh, espera que Leah está duchándose y Gustav está en la cocina, los llamaré. 

– Muchas gracias, es lo máximo. – a pesar de que la señora no vive con sus hijos, pasa la mayor parte de la semana en esa casa. Por supuesto hay días en que la mujer desaparece, pero mientras los hermanos estuvieran juntos, bien para ella. Es una madre muy liberal.

Pasados unos minutos, Gustav hizo acto de presencia en el living, donde se encontraba el pelinegro, sentado en un sofá. Se saludaron y empezaron a hablar de cosas sin sentido, la amistad que tuvieron cuando pequeños y muchos sucesos divertidos. La señora Manara se les acercó y les dijo que saldría un par de horas.

Cuando la chica de pelo naranjo apareció, Gustav les dijo que tenía que ir a encontrarse con alguien. Y antes de que los mejores amigos comenzaran a molestarlo, salió casi corriendo de la casa. En el momento en el que el rubio cerró la puerta, la cara del pelinegro dejó a la vista una mueca de tristeza.

– No me gusta verte así, mi jalea de naranja. – le acarició el cabello y luego lo abrazó. Eso de los sobrenombres… se lo cambia casi tan seguido como se cambia poleras. Al pelinegro se le soltaron unas cuantas lágrimas antes de corresponder el abrazo de su amiga.

– No sé si la llegada de Tom me gustó o qué. Cuando se pone cargante no me gusta, pero cuando hablamos bien, animadamente me gusta y la paso bien. Además, hago cosas pensando en que le afectarán y ¡aah! No sé, ayúdame. – se separaron y el pelinegro puso todo su cabello por encima de uno de sus hombros.

– Primero lo primero, ¿cuándo hablaste con él así… animadamente? – Leah si sabe por dónde empezar. ¿No creen?

– Bueno… le pedí que me llevara al bar, antes de que me grites escúchame, se lo pedí para que yo pudiera recuperar mi auto. Porque lo dejé la noche anterior ahí, porque estaba mareado. Además seguí tu consejo y no resultó como lo había visualizado. 

– ¿Consejo? ¿Qué consejo? 

– Ese de acostarme con Chris. 

– ¡¿Qué?! – gritó la chica poniéndose de pie y abriendo sus ojos al máximo. – ¡Bill Kaulitz, dime cuándo yo te dije una barbaridad así! ¡Te exijo que me digas! – el pelinegro definitivamente no se esperaba esa reacción, por lo que tenía la boca abierta, pero todavía no hablaba.

– Yo, bueno… tú ayer cuando fuiste a mi casa me dijiste que saliera con él. 

– ¡Sí, te dije que SALIERAS con él! ¡No que te ACOSTARAS con él! 

– Pero yo… ya no hay nada que pueda hacer para borrar ese episodio, así que no se diga más. 

– Si se diga más, me dijiste que «no te resultó», ¿qué quiere decir eso? 

– Bueno, eso quiere decir que cuando… lo estábamos haciendo… yo no pude parar de pensar en Tom, no pude y no… no «disfruté» por así decirlo. 

– ¿Cuál fue el hecho que desencadenó todo esto? Me refiero a que te acostaras con él. ¿Fue Tom? – Bill se mordió la lengua para no contestar, pero aún así asintió.

– Yo me decía que cuando se enterara se iba a enfurecer o algo, y ya sabes, no dejé de pensar en él y ahora no quiero que se entere de que lo hice con Chris. – la chica se rascó la cabeza y apretó los labios.

– ¿Por qué? – fue lo único que dijo y que se le ocurrió en ese momento.

– Porque creo que si se entera no podremos tener… una relación amistosa, ¿entiendes? No quiero no tener una relación amistosa con Tom. 

– Yo creo que aunque te lo guardes muy bien, se enterará igual. 

– No si tú no se lo dices a nadie y yo tampoco. 

– ¿Y qué hay del otro? 

– Chris no tiene contacto con ninguno de nosotros, digo, de ustedes. No puede un día llamar a Tom y decirle «oye, ¿sabes? Me acosté con Bill», a Gustav no lo va a llamar porque no sabe ni siquiera que existe, a Geo tampoco porque nosotros con mucha suerte lo vemos y la única que queda es Ashley, que es una tonta, pero de las tontas. 

– ¿Tan tonta? 

– Anoche nos encontramos con ellos, pero con ella antes y no me dijo nada de lo que pensé me diría, ya sabes, «no te acerques más a Tom, es mío» pero no, me preguntó cómo estaba. – la chica de pelo naranjo se carcajeó y se amarró el cabello en una coleta.

– No me habías dicho que se encontraron. 

– ¡Demonios! ¿En serio? Entonces creo que te contaré todo desde el principio. Cuando llegué al bar… – le contó todo, no omitió detalles porque es su amiga y tenía que escucharlo, ¿no? Había ratos en que la chica fruncía el ceño, pero no decía nada, seguía escuchando.

Había otras veces en que medio sonreía pero trataba mediocremente de ocultarlo. Cuando el pelinegro terminó de relatar su historia, la chica casi se queda sin mandíbula.

– No lo puedo creer. Después de que lo hicieron ¿le dijiste que te fuera a dejar y que no te llamara? Es que no, no puedes, bueno si puedes porque ya lo hiciste, pero cómo. 

– Es que no tenía ánimo y si me quedaba, en la mañana, me vería obligado a hacer algún comentario respecto a las disculpas que no dejaba de darme. 

– Es una buena razón. Aún así no te puedo creer, es que se me hace… increíble. 

– Para que veas cómo soy. – se sonrieron mutuamente.

– Lo que menos puedo creer es que… ¡te hayas acostado con él! – gritó levantando sus brazos, pero se arrepintió en el instante.

– ¿Bill se acostó con alguien? ¿Con quién te acostaste, Bill? – el pelinegro y la chica quedaron más que petrificados. Y la grandiosa idea de Bill, de no decirle a nadie, se había ido a la mismísima mierda. Todo por culpa de Leah, pero él no lo veía así. Lo veía de una manera diferente, de tener mala suerte y de que el rubio llegó en un mal momento.

Continúa…

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