Te quiero de vuelta 7

Te quiero de vuelta 7

Fic TOLL de Myla Near

Capítulo 7

– Vamos, Bill, dime. Soy tu amigo, ¿con quién te acostaste? – dijo Gustav con media sonrisa en los labios, cerró la puerta y se fue a sentar en uno de los sofás, junto a los otros dos.

– ¿Y tú no te habías ido a juntar con alguien? – dijo la chica tratando de evadir la pregunta que su hermano le había hecho a su amigo.

– Sí, pero todo salió mal y no me cambies el tema. Bill, te hice una pregunta. – el pelinegro se mordió los labios y maldecía internamente como nunca lo había hecho.

– Pero ya es muy tarde, tengo que irme. ¡Son las diez! Qué tarde, hablamos otro día. Cuídense. Adiós Leah, Gus. – se despidió alejándose y acercándose a la puerta, dejando al rubio con la duda. – ¡Los quiero! – dijo antes de salir casi corriendo por la puerta y cerrarla tras de sí.

– Leah, tienes que decirme. – dijo el rubio arrodillándose frente a su hermana. Quien nerviosa se mordía la lengua.

– Pero no tienes que decirle a nadie. – el otro asintió. – Se acostó con… no, no puedo decirte.

– Oh, Leah no me hagas esto. – se quejó en su lugar cuando la chica salió corriendo y se encerró en su cuarto.

– No puedo creer cuán mala suerte tengo. – decía el pelinegro mientras manejaba hasta su departamento. Cuando llegó a su departamento, vio una película y luego de eso se fue a acostar, no tenía ánimo de nada y menos pensando en que Gustav tenía información muy importante y podría decirle a Tom. Se durmió casi enseguida.

Al otro día cuando iba manejando para la editorial se puso nervioso por el hecho de que tendría que ver a la cara a Chris. Al llegar a su oficina, aún no se lo topaba, tomó el café que tara le tiene en las mañanas y ella lo miraba desde su puesto, seria y sin decir nada.

– ¿Tengo algo en la cara? – preguntó el pelinegro sentándose en su escritorio.

– Creo que Chris y yo seremos muy buenos amigos, igual que tu y yo, ¿sabes por qué? Porque me tiene mucha confianza, tanta como para a penas verme y contarme lo que pasó.

Así, sin más ni más. A penas me vio dijo que… te hizo llorar. – el pelinegro abrió la boca, pero no dijo nada y bajó la mirada. – ¿Eso es verdad? – preguntó ella y Bill asintió lentamente.

– Pero al principio yo quería, es solo que las cosas se tornaron difíciles. 

– ¿Cómo es eso? 

– Es que yo lo hice porque pensaba que sería una manera de sacarle celos a Tom, pero cuando lo estábamos haciendo no dejé de pensar en él y ahora no quiero que se entere. 

– Vaya, qué enredo. 

– Sí. Además que un amigo escuchó cuando Leah dijo que yo me había acostado con alguien, no sabe quién es, pero temo que le diga a Tom . – la pelirroja tomó de su café analizando lo que el otro le contaba.

– No le va a decir, creo. Deberías decirle que no tiene por qué decirle, son cosas tuyas, que no se meta en tus negocios. 

– Sí, eso haré. Hoy iré a su casa para tener una conversación importante con él. – pasados unos minutos en la oficina apareció Chris, pero al parecer iba a hablar con la mujer porque al ver al pelinegro se puso un tanto nervioso.

– Hola. – dijo en voz baja. El pelinegro lo saludó con un movimiento de cabeza y siguió en lo suyo, haciendo uno de los libros de la empresa. – Tara, necesito hablar contigo, ¿puedes… salir un momento? – la pelirroja miró a Bill, pero este no estaba mirando y entonces asintió, se puso de pie y salió con el castaño. El pelinegro quedó con la duda rondando en su cabeza y no se pudo concentrar.

– Se siente muy culpable. – dijo la mujer cuando volvió a entrar y el pelinegro hizo una mueca con la boca.

– Mira, a pesar de que fue un momento incómodo… hubiera sido mucho mejor si lo hubiera hablado conmigo. Ya vez ahora, me ignoró completamente. 

– Lo hizo porque está nervioso y me preguntó si te podía decir que almorzaras con él. – el de rastas sonrió y pensó en su época de colegio, cuando sus amigos venían con mensajes de Tom… y otra vez él.

– Almorzar con él, ¿tú qué crees? ¿Lo hago? – la pelirroja asintió. – No hay nada qué perder, ¿verdad? 

– Por supuesto que no, sólo se puede ganar. – eso último lo dijo sonriendo y a pesar de que el chico le rogó que le dijera, ella no quiso y se concentró en su trabajo.

A la hora de almuerzo el pelinegro esperó a Chris y se fueron juntos al restaurant, Tara los vigilaba de cerca y sin que se dieran cuenta.

– Bill, quiero que sepas que lo siento, pero lo siento mucho. Lamento haberte hecho daño, te dije que no lo haría y al final lo hice igual. Me siento terrible por eso, sé que no merezco que me disculpes ni nada, pero no pierdo nada pidiéndote que me perdones. Lo siento y lo siento mucho, yo… – el pelinegro puso uno de sus dedos sobre su propia boca en señal de silencio y logró que el otro no dijera más.

– Lo sientes, está bien, pero tienes que tener en cuenta que yo también quería eso. Así que no toda la culpa es tuya. 

– Por supuesto que lo es, yo no te escuché. 

– Bueno, entonces… entonces, bueno te… «perdono». – hizo el gesto con las manos y ambos sonrieron un poco, la incomodidad se estaba yendo. Almorzaron y mientras lo hacían hablaron de varios temas, que los dejó como antes, sin incomodidad y atracción mutua.

– Nos estamos viendo. – se despidió el pelinegro dándole un beso en la mejilla al otro.

– Cuídate. – se fueron a sus respectivas oficinas y continuaron con sus trabajos, eso sí, mientras trabajaba, el pelinegro, le contaba a Tara lo que habían hablado en el almuerzo.

Cuando la jornada laboral terminó Bill se fue a su casa, dejó su bolso del trabajo y partió a la casa de Gustav o Leah, como mejor suene. Tocó el timbre y fue el rubio quien abrió.

– Vaya, mira tú qué sorpresa.

– Gustav, no estoy para bromas y además tenemos que hablar muy seriamente. – entró en la casa sin ser invitado y se instaló en unos de los sofás.

– Soy todo oídos. – dijo el rubio mientras cerraba la puerta. Luego se acomodó en otro de los sofás para escuchar a su amigo.

– ¿Y Leah, dónde está? – preguntó antes que cualquier cosa.

– Todavía no llega. – Bill asitió y luego habló.

– Sobre lo que escuchaste ayer… 

– ¡Oh, por favor dime! No me dejes con la duda, Leah no me quiso decir. Vamos Bill, no puedes ser así, dime, te lo imploro por lo que más quieras. – tanta rogativa al pelinegro le hizo gracia y no aguantó la risa. – Menos risa y más acción, por favor. Dime, qué te cuesta.

– Gustav cállate porque no te voy a decir. Vine a hablar contigo sólo para decirte que si le dices a alguien lo que escuchaste, te irá mal. 

– Mal en qué sentido, dices tú. 

– No sé, aún no lo decido, pero mal, muy mal. 

– Demonios… 

– ¿Algún problema? – el pelinegro rogaba en su interior que no fuera lo que él pensaba: que se lo haya dicho a Tom.

– Los «errores», ¿no me zafan de tu «advertencia»? 

– ¿A qué te refieres con «errores»? Y sé claro. 

– ¿Qué pasa si por error, como ya te dije, yo le comenté a alguien lo que escuché? – el corazón del de rastas saltó como nunca antes lo había hecho y el nerviosismo se disparó en su interior. No sabía dónde meterse y no quería saber a quién le había dicho, pero al mismo tiempo si quería.

– Gustav, te exijo que me digas a quién le contaste. Y cuando te digo que te lo exijo, es porque te lo exijo. – en su voz no se notaba el nerviosismo, solo se distinguía enojo y mucho.

– Tú sabes… a los amigos no se les puede ocultar nada y estábamos hablando tan animadamente y… 

– ¡¿A Tom?! ¡¿Le contaste a Tom?! – esta vez el nerviosismo sí se hizo presente, tanto así que hizo al pelinegro confundir la palabra «tan» con «Tom».

– No, Bill. No le conté a Tom, ni siquiera lo he mencionado. Se nota que piensas en él. – se burló el rubio picándole un hombro con su dedo.

– Ya, déjame… Y si no le contaste a él, ¿A quién? 

– Bueno, Georg me llamó por teléfono y hablando tan bien, tan animados, como te dije, se me escapó. – ¡Aleluya! El pelinegro estuvo a punto de pararse y ponerse a saltar y aplaudir como niño pequeño. Pero un momento… ¿quién le aseguraba a él que Georg no le diría a Tom? Oh no.

– Supongo que le dijiste que no podía decirle a nadie, ¿verdad? – en su mente se había puesto a saltar y a aplaudir, por lo que, mentalmente, se volvió a sentar en su lugar.

– Eh… ¿no? – el pelinegro se llevó una mano a la frente y visualizó la imagen de Georg diciéndole a Tom y también fantaseó un poco con la reacción de Tom. Y lo que veía en su mente no le gustaba, porque el de trenzas era «indiferente» a la noticia. Eso lo enfureció.

– Pero Gustav, no puedes decirle a los demás cosas que son de otras personas. ¿Nunca aprendiste eso en la escuela? 

– En realidad no. Yo era… el «informante» de Tom. 

– Y eso quiere decir… 

– Quiere decir que… antes de que empezaras con él, yo todo lo que veía tuyo se lo decía, ¿entiendes? No era que yo te espiara, solo que siempre te veía. 

– O sea que siempre has contado cosas de los demás… bueno, de mí. – el rubio se mordió el labio inferior y asintió conteniendo la risa.

– Pero velo por el lado bueno. Por eso Tom se atrevió a conocerte. 

– Bueno si, pero ahora no estamos hablando de eso. No debiste decirle a Geo lo que escuchaste. 

– ¿Por qué? ¿No te gustaría que Tom se enterara? 

– N-no, no es por eso… es solo que… ¡no debiste y punto! 

– Bill, yo sé que no quieres que Tom se entere, pero ahora no depende de mí. 

– ¿Cómo contacto a Georg? Tengo que hablar con él ahora. 

– Si quieres lo llamo y le digo que venga mañana. – el pelinegro asintió y se puso de pie.

– Me voy, como Leah no llegó dile que vine y le dejé saludos. – esta vez el rubio asintió y acompañó a Bill a la puerta.

– Cuídate, nos vemos mañana. – el de rastas se fue a su auto y condujo hasta su casa calmadamente.

Mientras subía las escaleras hasta su departamento su celular sonó, miró en la pantalla y era su madre, no quiso contestarle. Se preparó un café y se lo tomó junto con un pan.

– Por suerte no se quemó nada. – dijo riendo mientras se sentaba en el sofá y encendía la televisión. Vio un par de películas y después se fue a acostar. Tratando de quedarse dormido pensó en cómo reaccionaría Tom, porque estaba más que seguro que cuando hablara con Georg al otro día, el castaño ya le habría dicho todo al otro. Además el de trenzas sabría con quién lo había hecho, porque lo había visto con sus propios ojos. – ¡Me cago en la puta! – dijo golpeando con un puño el colchón. Después de eso se acomodó para dormirse.

Casi no pudo dormir pensando en la situación, ni siquiera sabía por qué le molestaba que Tom lo supiera, si ese había sido su propósito inicial. Se levantó y después de comer un pan y también una naranja, se fue al trabajo. Además de todo el problema de con quién se había acostado o no, tenía que solucionar el problema con su madre, quien estaría muy enojada por haberle cortado ya 2 veces.

Al llegar a la editorial Juanita, la portera, le entregó una tarjeta blanca. Buon Giorno era lo que decía. Sonrió y entró al edificio. Adentro del recinto Fernanda, la recepcionista, le entregó otro papel. Kalimera, sonrió y siguió avanzando, supuso quien podría ser el del bonito gesto. Al llegar al piso en el que queda su oficina Estella, la encargada de la portada de la revista, le pasó otra tarjetita. Doberdan, apretó los labios y sonrió. Juntó las tres tarjetitas y las guardó en el bolsillo de su chaqueta, al entrar en su oficina se las mostró a Tara.

Pero al ver a la pelirroja quedó extrañado, la mujer tenía ojeras y no estaba peinada como siempre, con el pelo alisado, esta vez lo tenía con ondas desordenadas. – ¿Y tú? ¿Qué le hiciste a la Tara que es mi amiga? – ella se rio mientras miraba las tarjetas.

– Es que anoche la pasé muy bien. – dijo riéndose. Le devolvió las tarjetas al pelinegro. –Qué manera de decirte buenos días. 

– ¿Eso dicen? Sólo entendí en Buon Giorno, no tenía idea de qué eran los demás. –

– Yo lo sé porque lo leí en un libro, la de una gaviota y un gato, algo así. –

– Interesante. – el pelinrgro recordó que no había tomado su café y al mirar el escritorio de Tara no lo vio encima. – Tara, ¿qué fue tan bueno anoche como para que no te peinaras y no trajeras café? –

– ¿No traje café? Mentira… está por aquí. – buscó por todos lados, pero no encontró nada.

– Dime, ¿con quién saliste? ¿A dónde fuiste? Y lo más importante, ¿qué hiciste? – la pelirroja se tapó la cara con las manos y apoyó la cabeza en el escritorio.

– Salí con alguien, fui al Buona Sera y… qué no hice, Bill. Qué no hice. – el pelinegro abrió la boca sin creérselo.

– ¿Te acostaste con él? – ella asintió tapándose más la cara, si se podía, y entonces abrió más su boca, sorprendido. Sonrió un poco y al momento de querer preguntarle con quién había ido, Chris entró en la oficina.

– ¿Recibiste las tarjetas? – preguntó mirando a Bill, este asintió y le agradeció el gesto. Era pequeño, pero bonito. Al castaño también se le notaba cansado y el de rastas se dio cuenta y le preguntó. – Es que anoche me acosté tarde, tuve que adelantar un poco de trabajo. – miró a la pelirroja y la saludó con un movimiento de cabeza. – Se nota que la pasaste bien anoche. – se burló riendo.

– Si hubieras estado ahí, lo sabrías. – la pelirroja miró a Bill y le guiñó un ojo, él sonrió.

– Bueno, nos vemos en la hora del almuerzo. – los contadores asintieron y entonces el castaño se retiró.

– Exijo que me digas con quien te acostaste. – dijo el pelinegro prendiendo su laptop.

– No, primero quiero conocerlo mejor. Por lo que aún no te diré quién es. Puedes esperar. 

– No, no puedo esperar, te lo exijo. –

– Entonces deberás usar tus exigencias con alguien más, porque tus pataletas no me harán decirte. – el pelinegro se cruzó de brazos y miró con un puchero a Tara. – Eso tampoco me hará decirte. –

– Ándate a la mierda. – le dijo bromeando. La pelirroja solo sonrió y siguió con lo suyo.

Haciendo uno de los libros.

En la hora de almuerzo se encontraron con el castaño y se sentaron los 3 a almorzar, hacía tiempo que no se sentaban los tres juntos. Tara y Chris se rieron como nunca, diciendo incoherencias y contando chistes. Bill solo escuchaba y reia a ratos. Al terminar de comer se fueron de vuelta a la editorial y cada uno a su oficina.

– Bill, estoy completamente segura de que… tienes completamente loco a Chris. 

– ¿Por qué dices eso? 

– Se nota por como te mira, por lo que hace y… por lo que me dice. – el pelinegro sonrió y miró sus zapatos.

– Me agrada mucho él, aunque cuando lo miro me acuerdo del penoso encuentro sexual que tuvimos. – la pelirroja dibujó unos números en el libro antes de mirar a su amigo con los labios apretados.

– Bueno, ese ya no es mi problema entonces. – el de rastas quedó un tanto sorprendido y extrañado, la Tara que él conocía no le habría contestado de esa forma. Sin entender siguió con su trabajo.

La inconformidad que tenía con la respuesta de su amiga, lo hizo atrasarse con el libro que tenía en su poder. Por lo que tuvo que llevárselo a su casa. Y a la hora de salida no se encontró ni con Tara ni con Chris. Sin darle importancia se fue a su casa, no era mucho lo que tenía que hacer con el libro por lo que lo haría y después iría a dar una vuelta al parque que está frente a su casa.

Pero para hacer eso, primero tenía que llegar a su casa…

Y no se aguantó, tuvo que ir a la casa de su madre para aclarar las cosas con ella. No le gustaba estar enojado con ella, en realidad con nadie, y menos con su madre. Manejó lo más lento que su auto le permitía y al llegar frente a la casa de su madre, se quedó afuera varios minutos. Miró un par de veces la casa de Tom, pero no veía movimiento y tampoco estaba el auto de Tom, por lo que supuso no había nadie. Para cerciorarse de que la mujer que lo había traído al mundo estaba en su casa la llamó, al recibir respuesta afirmativa, se bajó de su auto y caminó hasta la puerta, en donde tocó el timbre.

– Pensé que te demorarías más. – dijo ella con un tono un tanto distante, mientras lo dejaba entrar en la casa.

– He estado estacionado ahí afuera como por 15 minutos. – apretó los labios y se sintió incómodo de que su madre no lo abrazara y lo llenara de besos como siempre lo hacía cuando llegaba a la casa. Se quedó parado cerca de la puerta mientras esperaba por alguna acción de su madre.

– Siéntate en el sofá, iré por algo para tomar. – le hizo caso y se sentó.

– Vine a disculparme contigo. Por teléfono no fui muy amigable. – dijo recibiendo el refresco que su madre le extendía mientras se sentaba a su lado.

– No lo fuiste, qué es eso de andar tratando tan mal a tu madre. 

– Ya lo sé, por eso vine a disculparme. 

– Pero recuerda que tampoco me contestabas. 

-Es muy impersonal hablar cosas de esta índole por un aparato móvil. Tú me lo enseñaste. –la mujer no pudo contener la sonrisa, le había enseñado bien.

– Bien, aceptaré tus disculpas. Pero una duda me corroe, cuando me llamaste y tuvimos este percance, dijiste que me necesitabas, ¿qué hay con eso? – se le había ido completamente ese tema.

– Oh, nada. Sólo una pequeñez del momento, tu sabes, estupideces. 

– Bill, las cosas de mi único hijo no son estupideces para mí y por más minúsculas que sean me interesan. Si era porque te rompiste una uña o porque te rompieron el corazón, a mi me importa porque eres lo más sagrado para mi. – se le hace imposible no morir con las palabras tan hermosas de su madre, simplemente le encanta cuando se pone así de materna.

– Me encanta tu palabrerío. – dijo el pelinegro sonriendo.

– Sin mi palabrerío no serías quién eres. – eso lo hizo sonreír mucho más. – Ahora dime, ¿qué fue lo que te tenía tan exaltado? 

– Solo te pido que me escuches hasta el final, sin interrumpir, ¿está bien? – Simone asintió y la duda empezó a carcomerla. Estaba igual o más nerviosa que su hijo y jamás se le pasaría por su rubia cabeza lo que escucharía. No se lo hubiera imaginado si su hijo no se lo hubiera contado.

Continúa…

Espero sus comentarios, ya saben, desde ya: Gracias <3

por admin

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