
“Tentación” Fic Twc de Aura Johannessen
Capítulo 11: Esta es la última vez
El viento soplaba llevando brisas heladas con él. La nieve caía lentamente por el cielo y cubría toda la pradera de una inmensa manta blanca, espesa y congelada. El árbol había perdido todas sus hojas y lo remplazaba por esa cosa blanca que sabía a agua congelada como el hielo. Para un día así, lo que uno quiere es una taza de chocolate caliente y una manta para calentarse. Ese mismo día, era Navidad, y también el cumpleaños de Bill. Se había pasado el día con su padre, celebrando ese día, como hacía todos los años. Su padre le preparó un pequeño pastel de chocolate, el favorito del pelinegro, y le regaló un libro muy interesante que Bill siempre había querido. Pero lo único que no le gustaba de ese día, era que Tom se había olvidado completamente de eso. No le mandaba ni un avioncito de papel con algún mensaje de felicitaciones, ni siquiera respondía los que Bill le mandaba. Era extraño, comenzaba a pensar que el rastudo no estaba en casa, pero al darse cuenta de que sí estaba, no le gustaba nada. ¿Acaso estaba intentando apartarse de él? ¿Hizo algo para merecerse eso? ¿En el día de Navidad y de su cumpleaños? Era raro, Bill ya le había hablado sobre eso hace algunos días, aún lo recordaba.
Que se olvidara de que era el cumpleaños de Bill, eso no tenía perdón. Eran las ocho de la noche y el pelinegro ya estaba listo para irse a la cama para dormir. Abrió la puerta de su habitación, fue por un poco de agua, y antes de irse a dormir le dio una leída más al capítulo que se había quedado en su nuevo libro, al terminarlo, le dio las buenas noches a su padre y se fue a su cama con la tristeza en su corazón por lo que Tom le había hecho. Dejó caer algunas lágrimas las cuales mojaron la almohada, y luego comenzó a llorar en silencio, hasta quedar completamente dormido.
En su sueño se veía a él junto a su padre. Estaban en el auto, su padre se encontraba conduciendo y Bill estaba en la parte de atrás mirando fijamente como su casa desaparecía cada vez que avanzaban. El camino cada vez se hizo más difícil de recorrer. Hasta que de repente, el auto choca contra una roca y comienza a volar en el aire. Mientras que Bill, se mantiene tranquilo, mirando todas las cosas a su alrededor, las cuales flotaban lentamente en el aire como si la gravedad y el tiempo se hayan detenido en el mismo momento. Toca algunas de las cosas que están volando en el aire, empuja con suavidad el libro que leía, y éste se mantiene en el aire alejándose lentamente del pelinegro. Cierra los ojos, y la gravedad y el tiempo vuelven. Se siente el impacto contra el suelo, Bill es arrastrado por el suelo hasta chocar contra una roca, su corazón comienza a latir lo más fuerte, y deja de respirar, hasta que de repente….
—¡Ahh!— grita. Mira a su alrededor, estaba en casa, en su cómoda habitación, todo había sido un sueño, una terrible pesadilla. Se levanta de la cama y va hacia la habitación de su padre para asegurarse de que estaba dormido, y sí, lo estaba. Vuelve a su pieza y mira el reloj. Eran las 10:15, había permanecido dormido solo unas dos horas. Estaba a punto de acomodarse para volver a dormir, hasta que escucha algo golpear su ventana. Era como el sonido de una piedra golpeándola. Decide levantarse e ir a ver de qué se trata. Abre la ventana y mira hacia abajo, encontrándose con una sorpresa, Tom.
—¡Bill, ven conmigo!— le grita, pero no tan fuerte para no despertar a los demás.
—¿Qué estás haciendo aquí?— pregunta el pelinegro.
—Tengo algo para ti.
—¿Y ahora se te ocurre dármelo?
—Solo ven acá— le dice Tom. Bill vuelve a mirarlo antes de ir hacia su armario para buscar ropa con la que vestirse, algo abrigado, cómodo y lindo. Al estar listo, baja por el árbol cerca de él hasta que llega junto a Tom.
—¿Cómo hiciste para traspasar la reja?— preguntó el pelinegro.
—Hola— ignoró la pregunta.
—Hola, ¿cómo lo hiciste?— insiste.
—La puerta del patio trasero estaba abierta así que fue fácil.
Se dirigieron hacia el árbol de esa pradera ahora cubierta de nieve. Todo el camino fue silencio, Bill no quería hablar porque aún seguía molesto con Tom, y Tom estaba concentrado en otra cosa. En cuanto llegaron, el de rastas le dijo al otro que se siente, y se fue. ¿En serio? ¿Lo dejo así nada más? Eso si era lo peor que le habían hecho al pelinegro. Si se trataba de otra de sus bromas esa sí que no le gustaba. ¿Por qué le estaba haciendo eso? El pelinegro apoyó su frente contra sus rodillas comenzando a llorar. Preguntándose por qué le hacía eso y con ganas de irse de ese lugar de inmediato.
—¿Bill qué pasa? ¿Por qué lloras?— preguntó una voz bastante preocupada. Bill sin pensarlo pensó que era Tom.
—Es que… No entiendo por qué me haces esto, y en el día de mi cumpleaños, haces como si te lo hubieras olvidado, no respondes mis mensajes, me dejas aquí solo, ¿yo que te hice?— preguntó mirándolo. Las lágrimas en sus ojos hacían que no viera bien a la persona frente a él. Se frotó los ojos y volvió a ver, analizó bien a la persona, mejor dicho, a las personas frente a él y…
—¿Georg, Gustav?— preguntó sin poder creérselo.
—¡Bill!— gritaron los dos mientras se lanzaban en él para abrazarlo. El pelinegro no se lo podía creer, había pasado tanto tiempo desde que los veía que era como si fuera un sueño. La tristeza se comenzó a hacer escaza y la alegría se apoderó de él mientras estallaba en carcajadas.
—No lo puedo creer, son ustedes, cambiaron mucho desde la última vez que los vi— dijo Bill con emoción. Todo ese tiempo que había pasado todos habían cambiado. Georg tenía el cabello más largo y sedoso que antes, y su cara ya no era tan rellenita como lo era antes. Gustav ya no usaba gorras, se había cortado el cabello y se lo veía más maduro. Las rastas de Tom habían crecido más que antes, se vestía de ropas aún más grandes que las de antes y su rostro era más picarón. Y Bill, como siempre fue un ángel, su cabello era largo y lacio, era más alto, delgado, se había hecho un nuevo tatuaje de estrella en la parte derecha de su vientre, sus uñas eran perfectas, se las pintaba de negro, al igual que se maquillaba con sobra negra en los ojos. Se lo veía tan bien.
—Tú también cambiaste, te ves bien— dijo Georg.
—Los extrañé tanto— dijo Bill volviendo a abrazarlos.
—Y nosotros a ti— respondió Gustav. —¿Sabes? Todo esto fue obra de Tom, el tuvo la idea de llamarnos para venir a verte.
—¿En serio?— preguntó el pelinegro.
—Sí.
Bill se levantó lentamente y se dirigió hacia Tom, quien se encontraba parado frente a ellos. Lo miró, le sonrió y lo abrazó con todas su fuerzas. –Gracias Tomi— le susurró en el oído.
—De nada—dijo el otro— Perdón si creíste que me había olvidado y que te estaba dejando, yo solo quería que sea sorpresa, no quería llegar a hacerte llorar, discúlpame por favor— se arrepintió.
—Ya no importa, es el mejor regalo que me han dado, te amo— dijo el pelinegro, y le dio un beso en los labios. Y en cuanto se separaron, Georg comenzó con su show, en eso no había cambiando en nada.
—Uhhhhh, beso, beso, beso, beso, yo sabía que se amaban— dijo el castaño haciéndose la burla. Los demás comenzaron a reírse.
—Bueno, no son los únicos que se aman— se interpuso Gustav. Y de la nada, tomó a Georg y lo acercó a los labios dándole otro beso. Bill se quedó en shock, el no lo sabía, nunca se había dado cuenta, nunca le habían comentado sobre eso.
—¿Qué pasó? ¿Qué me perdí? ¿De cómo?— preguntó el pelinegro.
—Todo empezó la vez en que hicimos esa pijamada— dijo Tom. Y los otros dos comenzaron con su historia. La cual dejo bastante sorprendido a Bill, nunca se habría imaginado que ellos dos tenían una relación como la tenían Tom y él.
—Qué lindo, no sabía que también se amaban, es algo tan tierno— dijo Bill.
—Y ya lo hicieron— le susurró Tom al oído del pelinegro.
—¿Qué? ¿Hablas de que ya hicieron el… el amor?— susurró la última parte.
—Sip— respondió Georg. El pelinegro se quedo rojo como un tomate, eso ya cruzaba los límites.
—Nosotros aún no lo hacemos— le dijo el de rastas.
—Es que no tengo ganas— dijo el pelinegro de una forma muy tímida mientras hacía un puchero, causando risa a los demás. Bill no le veía el chiste, en verdad no tenía muchas ganas, no se sentía listo para eso, pero para lo demás era una fiera cuando se trataba de situaciones amorosas con Tom.
—Ay, Billi, tú eres único— dijo Tom mientras se acercaba al pelinegro y le olía el cabello.
—Ahora no Tom— se quejó.
—Bueno, este no es mi único regalo— dijo Tom.
—¿Hay más?— preguntó Bill.
—¡Sí, vamos a ir al cine!— exclamó. Todos saltaron de entusiasmo y miraron hacia el rastudo quien sostenía las entradas en el aire.
—¿Y qué vamos a ver a estas horas de la noche?— preguntó Gustav.
—El Último Exorcismo 2— dijo Georg.
—¡¡¡NO!!!— gritaron los demás.
–Desde la vez que vimos esa película de terror en la pijamada no quiero ver más películas de terror— dijo Bill.
—Pues qué bien, porque vamos a ver Crepúsculo— dijo Tom.
—¡¡¡No, no, y NO!!!— gritaron aún más fuerte.
—Na es broma, vamos a ver, Capitán América 2 El Soldado de Invierno— dijo Tom.
—Ahhh, bueno, eso mejor— dijeron los demás al mismo tiempo.
Se dirigieron hacia la parada de autobuses y esperaron hasta que llegó. Estuvieron todo el camino charlando y haciendo sus payasadas riendo todo el camino, como eran los únicos en el bus era todavía mejor. Al llegar al cine, cada una compro sus palomitas de maíz y su soda, pero Tom pagó toda para Bill y también le compró dulces.
—Eso no es justo, ¿por qué tu nunca hiciste eso por mí alguna vez?— le preguntó Georg a Gustav.
—No me metas, además es el cumpleaños de Bill no el tuyo— dijo sinvergüenza. –Y para tu cumpleaños de 14 te compré una plancha para el cabello y en tu cumple de 15 te llevé a un paseo en bote así que ni se te ocurra volver a hablar sobre eso— dijo Gustav mientras le metía palomitas a la boca de Georg.
—Oh, vaya, creo que él recibió un mejor regalo— dijo Tom lamentándose.
—No importa Tomi, esto es perfecto— dijo Bill mientras le daba un beso en la mejilla. –Te amo.
—Y yo más.
Al llegar a la sala donde verían la película, Bill y Tom querían sentarse juntos, pero fue ahí donde Georg en medio de los dos, aunque, por suerte Gustav logró encontrar la forma de llevar al castaño a su lado, lo cual no era muy difícil. Al iniciar la película, todo estaba normal, los chicos permanecían tranquilos y solo se preocupaban en ver. Fue pasando el tiempo, todo seguía igual, parecía que esa noche no pasaría nada. El cine estaba completamente vacío, los únicos eran ellos, y otras personas lejos de ellos. Pasó el tiempo, y en eso, Bill se dio cuenta de algo extraño, era un sonido que se escuchaba por su oreja izquierda, miró, y vaya sorpresa con la que se encontró. Georg y Gustav disfrutaban de unos besos tan exagerados y excitantes como si no hubiera un mañana, lo cual puso nervioso al pelinegro, y volvió a poner la vista en la película haciendo como si nunca haya pasado. De repente, sintió algo caliente que cubría su mano y un aliento también caliente que se sentía en su cuello. Se alarmó, decidió ver de qué se trataba, y era Tom. Era increíble como mantenía el calor a pesar de todo ese frío que se sentía. A Bill siempre le costaba entender cómo el rastudo hacia para mantenerse caliente.
—¿Te gustaría que hagamos lo mismo que ellos?— preguntó el rastudo. El pelinegro tragó saliva al escucharlo. Seguramente también se había dado cuenta de eso. Bill no estaba seguro qué responder, por alguna razón se sentía bastante tímido como para hacer eso, pero las palabras se le salieron de la boca respondiendo con lo más absurdo que se le pudo haber ocurrido.
—Quiero, pero no tengo ganas— respondió, mientras en su mente se insultaba a sí mismo.
—¿Y por qué no tienes ganas?
—¿Y por qué tú actúas como si desearas acostarte conmigo de una vez por todas?— se le salieron las palabras de la boca.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—Yo no estoy actuando así, tú más bien estás actuando como si me odiaras— dijo el rastudo, haciendo entrar en razón al pelinegro.
—Bueno, pero tú…— Bill no pudo terminar la frase, porque fue interrumpido por los dulces labios de Tom quienes comenzaban a besarlo de una forma bastante sensual. Se separó de él.
—¿Ahora quieres?— preguntó el rastudo.
—Tal vez— Y antes de decir algo más, volvió a besarlo con más ganas.
Al terminar con la película, los chicos decidieron que ya era un poco tarde, y Georg y Gustav volvieron a sus casas, al igual que Tom y Bill.
—¿Te gustaron mis regalos?— preguntó el rastudo.
—No me gustaron, me encantaron— dijo el pelinegro con una sonrisa en su rostro. En eso, cuando vio su casa frente a él, su sonrisa desapareció, sabía que era hora de despedirse, y eso no le gustaba. –Bueno, creo que, tenemos que irnos— dijo el pelinegro.
—Sí, bueno, fue divertido mientras duró— dijo Tom. –Bueno, adiós, Bill, nos vemos mañana.
—Adiós— dijo el pelinegro mientras se despedía con la mano y se alejaba de Tom. Pero en eso, sintió que algo lo tomaba por detrás y dulces labios tocar los suyos. Tom lo había besado. Disfrutaron un buen momento eso, hasta separarse.
—¿Y eso por qué?— preguntó Bill.
—Porque sí, te amo.
—Y yo a ti— dijo el pelinegro, le sonrió y se fue. Se trepó por el árbol, pues, había pasado tanto tiempo desde que lo hacía que se volvió muy bueno en eso.
En cuanto llegó a su habitación, se quitó la ropa y se puso su pijama. Durmió con una gran sonrisa, estaba tan feliz de ese día, todo fue perfecto, volvió a ver a sus antiguos amigos, paso momentos románticos junto a Tom, fue el mejor día de toda su vida. Nada lo podía empeorar, tal vez.
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Al día siguiente, Bill desayuno junto a su padre, y luego el hombre se fue, dejando a Bill solo por la mañana. En donde decidió ir a espiar a Tom dormir. Porque, desde que lo comenzaba a observar desde su ventana, se dio cuenta que el de rastas siempre se despertaba tarde y se movía tanto que se caía de la cama, lo cual le causaba mucha risa. Al mediodía paseó por su casa mientras comía un sándwich, pasó por todos los pasillos, como si nunca hubiera estado por ese lugar. En el libro que le había comprado su padre, leyó que uno de los personajes había encontrado cosas increíbles por su casa, lo cual dejó a Bill con ganas de buscar por si encontraba algo, sabía que era imposible, pero era bastante soñador. Caminó y caminó mil veces por los mismos lugares sin tener mucho éxito. Pero a pesar de eso, no se aburría.
En una de esas, paró en seco. Estaba frente a ese armario de sus pesadillas. Hace tiempo de que habían arreglado la puerta, y ya no entraba ahí, al parecer su padre ya no le importaba ese lugar, ¿se habrá dado cuenta de sus errores? Había pasado tanto desde que Bill no estaba en ese agujero del demonio que se había olvidado de cómo era el lugar. Lo cual era un milagro, se tardó mucho en olvidarlo, hasta que al fin salió de sus pensamientos. Pero al volver a ver esa puerta, recordaba todo su pasado, llevó una de sus manos a su cabeza, mientras recordaba esa vez que quedó inconsciente y sin recordar una parte de su vida. Ese fue un día horrible.
Comenzó a preguntarse, ¿cómo estaría ese lugar por dentro después de tanto tiempo? ¿Seguirá igual que antes? ¿Habrá algo nuevo? ¿Algo por descubrir? Se lo preguntó por un buen rato, la curiosidad lo invadía, pero no quería volver a abrir esa puerta, temía que si la abría, todos sus recuerdos, gritos, llantos, miedos, todo lo que había sentido, volvería a él como un imán volviendo a convertir su vida en una pesadilla. Dio media vuelta y se fue, olvidando eso, pero la curiosidad era tan fuerte que quería saber con qué se encontraría. Volvió. Giró la manija, no necesitaba una llave al parecer, estaba a punto jalarla para entrar.
—¿Lo hago?— se preguntó, se mordió el labio, tembló, una gota de sudor cayó por su frente, y de un tirón la abrió con los ojos cerrados. Temía abrir los ojos, pero los abrió. Encontrándose con ese antiguo lugar. Pero había algo extraño. Todas esas cosas que lo aterraban, la oscuridad, los cuadros, los tornillos, todo, no estaban. No había nada más que esa pequeña ventanita que iluminaba el lugar. Todo había desaparecido.
—Raro— fue lo único que dijo Bill antes de cerrar la puerta e irse de ese lugar. Recorrió la habitación de su padre, también había algo extraño, no había nada, en el closet no estaba su ropa, tampoco habían sábanas cubriendo la cama. El pelinegro no sabía a qué se debía, pero volvió a su habitación para dibujar un poco.
Tomó unos pinceles, pinturas y un lienzo nuevo para comenzar. Decidió hacer un dibujo oscuro y con significado. Pensó un poco en qué podría ser, hasta que algo se le ocurrió. Dio suaves y delicadas pinceladas sobre el lienzo, mezcló los colores hasta formar el deseado, puso un poco de música, porque se aburría sin ella. Pasaron las horas, hasta que lo terminó. Era una hermosa pintura del árbol en el que Tom y él se encontraban por las noches. Le había quedado perfecto, solo faltaba algo, la firma. Como le costaba hacerla con pincel, decidió tomar un marcador y escribirla, y ya está, terminado. Era tan hermosa, se la regalaría a Tom, sí, así lo haría, por la noche cuando se encuentren. Le encantaría.
En ese momento cuando se la pasaba pensando en ese momento, en la cara que pondría Tom al recibir su hermoso dibujo, su padre apareció entrando sin avisar por la puerta del pelinegro. Lo cual lo asustó. —¿Papá? ¿Llegaste tan rápido?— preguntó.
—Sí, es que tenía cosas que hacer— dijo su padre.
—Que bien, ¿puedo ayudarte?— preguntó Bill.
—No, no, bueno, sí— dijo el hombre.
—¿Qué necesitas?
—Bueno, quiero que te vayas, a la casa de Tom—
¿Qué? ¿Hablaba en serio? ¿No era un sueño? ¿Por qué decía eso? ¿Habrá perdido la cabeza? ¿Qué mosca le picó? ¿Por qué de repente decía eso si Tom no le caía bien? Eso era extraño, el pelinegro se quedó en shock, no entendía nada. Era obvio que su padre estaba enojado con Tom, pero, ahora, de la nada le dice que se vaya a su casa. ¿Por qué? ¿Estaría planeando algo? Eso en verdad era extraño, primero, varias cosas de la casa habían desaparecido, y después esto. ¿Qué tramaba? A Bill no le daba muy buena espina, pero decidió que si le hacía caso, pasaría un buen momento con Tom, debería ir y aprovechar ese momento. Tal vez sea lo mejor.
—¿Lo dices en serio?
—Claro, no se ven hace mucho tiempo y creo que fui muy duro con eso, deberías ir a verlo un buen rato, eso estaría bien— dijo su padre. Eso en verdad era raro. Bueno, quizás su padre ya había entendido que fue muy malo, y decidió aflojar un poco las cosas. Genial, eso estaba bien. Después de dos años, debió haber pensado mucho sobre ese tema. Eso era bueno.
—Bueno, sí, tienes razón— dijo el pelinegro siguiéndole la corriente, porque, todos sabemos que se encuentran todas las noches y hasta se han tocado. –Gracias papá, me alegra que al fin lo hayas entendido, te quiero— dijo Bill mientras le daba un abrazo a su padre. Tomó su dibujo y se despidió de su padre con una sonrisa mientras iba feliz hacia la casa de Tom.
Salió por la puerta hasta dirigirse a la de su rastudo y golpeó la puerta. Solo esperaba a que ni sus padres ni su hermana estuvieran presentes, eso sería de lo peor. En eso, escuchó una voz que decía: —¡Ya voy!— La reconoció al instante, era Tom. Qué bien, él le abriría la puerta, se imaginaba la sorpresa que se daría. Chilló como una niña por la felicidad mientras daba unos saltitos.
De repente, la puerta se abrió, encontrándose con Tom. –Hola Tomi— lo saludó Bill con una sonrisa. En eso, el rastudo dio un salto del susto y se quedó en shock.
—¡Bill! Que susto me diste. ¿Qué haces aquí? ¿Y tu padre?— preguntó el de rastas sin entender nada. El pelinegro comenzó a reírse.
—Bueno, mi papá me dijo que venga contigo, me dijo que fue muy duro con nosotros antes y por eso quería recompensarnos, así que me mandó aquí, genial, ¿no?— dijo el pelinegro.
—¿En serio? Guau, eso es raro— dijo el de rastas. El pelinegro asintió.
—¿No me vas a dejar pasar?— preguntó Bill.
—Oh, claro, que tonto, pasa, pasa. Yo estoy solo, así que no te preocupes, mis padres volverán tarde y mi hermana, seguramente mucho más tarde— dijo Tom mientras le daba espacio a Bill para entrar. En su interior Bill saltaba de alegría, porque estaban solos. Se dirigieron hacia la habitación del rastudo, en donde el pelinegro miró el lugar con alegría.
—Oh, Dios, hace mucho que no veo este lugar— dijo Bill mirando a todos partes. –Aún recuerdo esa primera vez cuando vine aquí, el día en que nos conocimos. Todo ha cambiado, las paredes eran azules, ahora son grises, y tienes muchos posters, tu cuarto es más bonito de lo que recordaba— dijo Bill dando vueltas por todo el lugar.
—Sí, bueno, tenía que cambiar este lugar, tengo 15 al igual que tú, no me quedaría con esas cosas de niño que me ponían en ridículo, me alegra que te agrade— dijo el de rastas.
—¡¡¡Oh, por Dios!!!— gritó Bill al ver con más atención los posters. —¿Te gusta Black Veil Brides?— le preguntó emocionado y con alegría.
—Sí, me encantan. Los conocí cuando tenía 12 años, un viejo amigo me los presento, hace unos años que conseguí estos posters, fue difícil encontrarlos, pero los tengo. Pero, lo malo es que no tengo ningún álbum de ellos, daría lo que fuera por conseguir uno. Apenas encuentro las canciones por internet y me las descargo— dijo Tom un poco decepcionado de sí mismo.
—¡¡¡Te amo!!!— gritó el pelinegro saltando sobre el rastudo, cayendo sobre la cama. –Me encanta Black Veil Brides, es la mejor banda del mundo. Yo no tengo posters de ellos, eres afortunado, pero, yo tengo discos de ellos, una camiseta y un collar, ¿quieres verlos?— dijo de una forma tan rápida que apenas se lo entendía, estaba tan emocionado por eso que apenas se lo podía contener.
—Pero, tendríamos que ir a tu casa para verlos…
—No— lo interrumpió el pelinegro poniendo una de sus dedos sobre los labios de Tom. En eso, como estaban los dos echados en la cama, y Bill sobre él, se sentó sobre su entrepierna y bajó el cierre de su chaqueta negra que traía puesta, descubriendo una hermosa camiseta negra que decía el nombre de la banda con su símbolo. De su cuello colgaba un collar muy parecido al rosario, pero con una estrella muy peculiar en la parte donde debería ir la cruz, era el rosario que se había inventado la banda. Y de los bolsillos de su chaqueta, sacó uno de sus discos.
Tom por un lado, se quedó excitado, tener a Bill ahí sentado se sentía bastante bien, y por el otro, se quedó aún más excitado y celoso, porque, uno, al pelinegro le quedaba muy sexy usar esa camiseta y ese collar, y dos, él quería eso, si fuera por él, le arrancaría su ropa y le robaría el disco, pero no sería tan malo para hacer eso. Se lo aguantó, pero lo de arrancarle la ropa, eso sí sonaba bien.
—Vaya, tú lo tienes todo— dijo el rastudo. A lo cual el pelinegro asintió orgulloso. –No me esperaba a que trajeras todo eso—
—Bueno, es que, hoy estaba haciendo un dibujo, y necesitaba música, en eso recordé a Black Veil Brides y decidí ponerme todo lo que tenía de ellos y escuchar un poco. Y siempre cuando salgo llevo uno de los discos por si acaso, ah, y hablando de dibujos, tengo algo para ti— dijo el pelinegro llevando su mano al suelo donde había dejado su dibujo, no quería levantarse, esa posición en la que estaba le encantaba.
—Para ti— dijo el pelinegro mientras se la mostraba al otro. Hubo un buen momento de silencio. Por un momento Bill creía que no le gustaba, se sentía mal, toda esa felicidad que tenía, desapareció.
—¿Tú lo hiciste?— preguntó Tom rompiendo el silencio.
—Sí, bueno, creo que, ¿no te gusta?— preguntó.
—¿Gustarme?— El pelinegro comenzaría a llorar. —¡Lo amo, es hermoso! ¡Gracias!— dijo el rastudo mientras abrazaba a Bill con todas sus fuerzas que casi lo deja sin respirar.
—Qué bueno que te guste— dijo el pelinegro sin mucho aliento, le faltaba aire. En eso, Tom lo soltó al darse cuenta, y al ver su rostro, se acercó para besarlo. Bill le siguió el beso, hasta caer sobre él como antes. Como la cama estaba al lado de la ventana, Tom se encargó de cerrar las cortinas sin separarse de Bill, porque, quizás su padre los estuviera espiando, y no quería que se dé cuenta de lo que estaban haciendo, y de lo que tenía planeado hacer.
—Uhm, Bill— susurró entre el beso. –Cuando te vi con esa camiseta, quería arrancarte la ropa. Quería apoderarme de eso, pero ahora, quiero apoderarme de tu cuerpo— dijo el de rastas.
—Oh Tom, me encanta cuando comienzas a decir esas cosas— dijo Bill acariciando las rastas del otro mientras trataba de quitarle la gorra. –Hazlo, hazme tuyo, quiero que te apoderes de mí—
—Ayer no querías—
—Que importa— dijo Bill. –Me puse nervioso cuando actuabas sexy conmigo en frente de los otros dos, pero ahora que estamos solos, quiero hacerlo ya—
—¿Así que ahora tienes ganas? ¿Eh?—
Bill sonrió. –Sí, hagámoslo.
Pasaron las horas, cada vez se hacía más oscuro, el frío aumentaba, pero la temperatura en la habitación de Tom se elevaba a 100, entrabas, y sentías un calor tan grande que sería imposible resistírselo. Las ropas estaban tiradas entre el suelo, lo único que se escuchaba, eran los sonoros gemidos de ambos chicos, disfrutando de una tarde mágica y que nunca olvidarían. –Oh, Bill, sí— gimió el rastudo al sentir como Bill hacia un gran trabajo con su lengua ahí abajo.
—Eres bueno en esto, ah— dijo Tom entre gemidos.
—No es cierto— dijo Bill separándose un poco del miembro del otro. –Es mi primera vez.
—Lo sé, también la mía— dijo el rastudo acariciando los cabellos del otro. –Ven acá— lo llamó. En eso, Bill se dirigió a rastas hacia él, donde disfrutó de unos deliciosos besos de parte de Tom. –Te amo—
—Y yo te amo— dijo Bill.
—¿Te gustaría pasar al siguiente nivel?—
Bill se lo pensó, esas horas ya habían hecho muchas cosas, pero un poco más no haría daño. Pero algo en él le decía que se quedara ahí y no lo hiciera, pero la tentación siempre se apodera de su cuerpo y mente. –Sí, me encantaría— dijo dejándose llevar por la tentación.
En ese momento, Tom se puso rápidamente sobre Bill, quien se dejaba manipular con facilidad. –Eres una tentación, Tomi— dijo Bill completamente excitado.
—Sí, y de las peores, soy de las tentaciones malas, puedo hacerte hacer cosas que nunca te imaginarías— dijo Tom con una voz muy seductora.
—¿Y qué me harías hacer?
—Ahora estás haciendo algo—
—¿Y qué estoy haciendo?— preguntó Bill siguiéndole el juego.
—Te estás dejando manipular conmigo con mucha facilidad, ¿no crees que sea peligroso?— preguntó.
—No, sé que eres tú— dijo antes de besarlo. Tom le siguió el beso, y en eso, ya estaba preparado para lo que seguía, entrar en él.
—¿Estás seguro de esto?
—Sí—
—¿En verdad lo quieres hacer?
—Sí, estoy seguro, lo haré, porque te amo— dijo Bill. Tom le dio otro beso, pero más profundo. Como si en ese beso le estuviera diciendo: —Yo también te amo—
—Si te llega a doler o te arrepientes, solo dímelo—
—Okey— dijo Bill.
En eso, Tom metió uno de sus dedos por el agujero del pelinegro para comenzar, porque hacerlo directamente sería muy arriesgado. Bill sintió cosas raras dentro de él, el sentimiento era extraño, era algo que jamás había sentido. Dejó caer su cabeza en la almohada dejando que Tom haga el trabajo, mientras disfrutaba de esa sensación. El de rastas comenzó a darle besos en el cuello, como para tranquilizarlo, porque como notó que con uno estaba bien, metió otro de sus dedos. Haciendo que el pelinegro reaccionara. Levantó su cabeza de la almohada y miró a Tom.
—Ahh, Tomi— gimió.
—¿Te lastimé?
—No, solo es que, esto se siente muy, muy, muy bien— dijo Bill llevando sus piernas hacia la espalda del de rastas. Quien sonrió por su reacción.
Después de un buen momento estando así, decidió hacerlo ya, entraría en el de una vez por todas. –Bill, voy a empezar—
—Está bien, hazlo— le pidió. Tom sacó sus dedos del pelinegro haciéndolo soltar un jadeo. Y se preparó para entrar.
—Okey, aquí vamos— dijo el rastudo. Y en cuanto estaba por entrar. El timbre sonó.
—Mi padre está aquí— dijo Bill. Ambos dieron un suspiro, siempre los molestaban en la mejor parte. Se separaron y volvieron a vestirse rápidamente, y simularon como si nada hubiera pasado. En cuanto llegaron a la puerta, la abrieron, encontrándose con su padre, y detrás de él, se encontraba su auto, ¿pero, por qué?
—Hola papi— lo saludó Bill.
—Hola, señor— lo saludó Tom.
—Buenas tardes— saludó a Tom. –Vámonos Bill— le ordenó su padre mientras se dirigía al vehículo.
—Adiós Tomi, me divertí mucho— se despidió y le dio un besito en la mejilla.
—Adiós— se despidió Tom viendo como el pelinegro se iba junto a su padre.
—¿Por qué el auto?— le preguntó Bill a su padre.
—Vamos a salir por un momento— dijo el hombre.
—Ah, que bien— dijo el pelinegro mientras se metía en el auto. Y como siempre, se sentó en la parte trasera, era su asiento favorito, porque si sentía sueño, podía echarse en los asientos.
En cuanto el auto partió, Bill miró hacia atrás, encontrándose con Tom quien aún lo miraba alejarse poco a poco. En eso, notó algo extraño. En el portaequipaje, había muchas maletas. ¿Por qué?
—¿Para qué son las maletas papá?— preguntó Bill.
—Pues, nos mudamos a la ciudad, nunca más volverás a ver a ese tal Tom ni a tus otros amigos esos, espero que te hayas despedido de ellos—
—¿Qué? ¡No!— gritó el pelinegro. Ahora lo entendía, por eso todas las cosas en su casa habían desaparecido, su padre estaba empacando todo. Y seguramente le dijo que vaya junto a Tom para distracción mientras él empacaba sus cosas. Esto no podría volver a estar pasando, lo estaban separando por segunda vez de Tom, pero ahora, ya no habría forma de verlo nunca.
Bill comenzó a gritar mientras golpeaba las ventanas del auto e intentaba salir. —¡¡¡NO, papá, déjame salir!!! ¡¡¡QUIERO SALIR!!! ¡¡¡NO QUIERO IR, POR FAVOR!!! ¡¡¡NO ME OBLIGUES A IR POR FAVOR!!! ¡¡¡PAPÁ!!!—
La noche llegó, ya estaban a miles de kilómetros de su pueblo, ya no habría forma de volver. Bill se encontraba echado entre los asientos del auto, mientras las lágrimas chorreaban por sus ojos. A su padre no le daba importancia, con tal de alejarlo, era mejor para él. En una de esas, el pelinegro alzó la cabeza mientras veía como el camino se alejaba rápidamente.
—Tranquilo Bill, conocerás más personas, tendrás nuevos amigos, todo esto quedara en el olvido. Simplemente, piénsalo— dijo su padre.
—Yo ya tenía amigos que me querían y cuidaban de mi en todo momento, y tú me los quitaste, ¿cómo crees que voy a olvidar esto?— dijo el pelinegro. Su padre simplemente se quedó en silencio. –Y en el día después de mi cumpleaños— terminó de decir, volviendo su vista hacia la ventana trasera. De repente, se toparon con unas enormes rocas en medio del camino. Su padre no se dio cuenta, y al momento en que las vio, ya era tarde, trató de doblar hacia el lado izquierdo tratando de esquivarlas pero terminó cayendo en una colina empinada llena de rocas. En todo ese momento, para Bill, el tiempo se había detenido, nada se movía, solo él, era como esa pesadilla que tuvo hace algunos días. En eso, el impacto se sintió. El pelinegro salió disparado por la ventana trasera rompiendo el cristal y rodando colina abajo hasta que chocó contra una roca la cual lo hizo parar de rodar. Sentía como la sangre descendía por sus heridas, había un gran dolor entre todo su cuerpo, sentía que iba a morir. Abrió los ojos por última vez, su padre no estaba, tampoco el auto, seguramente estaban arriba de esa colina. Se sentía tan mal que no podía hacer, nada, veía todo borroso, ¿este era el fin?
Antes de cerrar sus ojos, dijo con la voz temblorosa y débil: —Tomi…. Sálvame…
& Continuará &