
«Tom» Fic TOLL de Leonela Paredes
Capítulo 3
Mi compañero y yo nos movimos rápidamente en sentido contrario al que Tom estaba. Nos cubrimos con nuestras manos como acto reflejo, pero enseguida nos pusimos la ropa interior; era lo que más a mano teníamos.
—¡¿Qué estás haciendo, Bill!? —indagó Tom en un grito tras haber ingresado a la alcoba, después de forzar la puerta.
—¿Bill? —preguntó simultáneamente su hijo con el ceño fruncido.
—¿Por qué te acuestas con mi hijo? —la expresión en su rostro se tornó lastimera, entonces un fuerte dolor en el pecho me invadió.
—¿¡Qué demonios te importa con quién se acuesta Bill!? —soltó mi acompañante y yo me apresuré a intervenir cuando vi que se le iba encima.
—¡Thomas, no! Tu padre está ebrio y no sabe lo que dice. Él bebió más que nosotros, recuérdalo —dije sin saberlo en realidad y deteniéndolo al apoyar mis manos en su torso. Me volteé para mirar a Tom y abrí mucho los ojos a modo de gesto para que terminara con la escena y se largara de allí.
—No os dejaré solos —dijo con seriedad; yo apreté los párpados. «Jodido Tom, no hagas esto…».
—Vete, papá. No puedo creerlo.
—No me iré.
—Yo sí —contesté con seguridad. Me coloqué el pantalón y las zapatillas a una velocidad que desconocía en mí.
—Bill, aguarda —pidió Thomas yendo tras de mí cuando pasé entre ambos en dirección a la sala donde habíamos estado bebiendo antes. Cogí mi playera del suelo y me la puse—. Por favor, no te vayas. Es la primera vez que mi padre hace esto, lo siento…
—No voy a quedarme, Thomas. Necesito ir a mi casa, bebí mucho y toda la situación se salió de control —dije y abrí la puerta principal para salir.
Bajé aprisa por las escaleras, ya que el apartamento estaba en el quinto piso y no tenía en mis planes aguardar por el ascensor. Llegué a la planta baja y las puertas del elevador se abrieron mostrando a Tom saliendo de su interior.
—Hey… —espetó yéndose hacia mí y evitó que lo esquivara—, pequeño….
—¡Déjame tranquilo! —me sacudí en el intento de zafarme de su agarre—. ¿¡Dónde está Thomas!?
—Le dije que se vistiera si pensaba salir a buscarte —respondió llevándome hacia el estacionamiento del lugar, para lo cual debimos atravesar una ancha puerta trasera.
—¿Adónde vamos? ¿Estás loco? —interrogué mirando hacia atrás en búsqueda de Thomas con miedo a que apareciera en cualquier momento—. Tom…
—A mi auto, debemos hablar.
—¡No! —exclamé sin llegar a gritar y comencé a moverme con mayor brusquedad buscando la libertad de mi delgado brazo—. ¡Que me sueltes, maldición!
Apoyó mi espalda contra una de las camionetas que estaban estacionadas y me sostuvo con firmeza para que lo viera.
—¿Por qué diablos Thomas tiene un apellido diferente al tuyo siendo tu hijo? De haber sido Trümper, jamás me habría acercado ni a él ni a este lugar.
—Porque lleva el apellido de Simone, su madre —contestó y lo miré todavía molesto. Me crucé de brazos—. Esto era de lo que necesitaba hablarte —suspiró parpadeando largamente—: Éramos muy jóvenes cuando su madre quedó embarazada, apenas teníamos trece y catorce años, entonces, por ser menores, el padre de ella debió darle su apellido al bebé hasta que yo cumpliera la mayoría de edad; pero Simone nunca me perdonó el haberle confesado, tiempo después, que, luego de ese único encuentro íntimo que tuvimos en un arrebato hormonal adolescente, me di cuenta de que no eran las mujeres quienes me atraían sino los hombres.
Parpadeé un instante. Había un detalle de esa historia que no coincidía con todo lo que Thomas me había contado. «¿Será posible que su abuela haya cambiado algo de esa información al contarle sobre su pasado a su nieto para hacerle creer que, al menos hasta los dos años de edad, él sí mantuvo contacto con su padre, cuando la realidad era que nunca lo vio en su vida hasta hace poco más de dos meses?», me pregunté mentalmente, en un microsegundo, sin dejar de ver al sujeto que tenía enfrente.
—Como su madre me repudió desde ese momento, no pude volver a acercarme a ella; y, por ende, tampoco a él. Mucho menos, permitió que le diera mi apellido ni lo que fuera que necesitara al yo cumplir la mayoría de edad —hizo una breve pausa sin dejar de verme—. Poco después de que tú te alejaste de mí, su abuela se comunicó conmigo para decirme que…
—Ya lo sé —interrumpí—; Thomas me lo contó todo —agregué creyendo que conocía el verdadero pasado de su hijo.
Se quedó callado por unos segundos hasta que habló.
—¿Y aun así ibas a acostarte con él?
—Eso no te incumbe —solté con desdén y me moví deshaciendo el cruce de mis brazos para irme de una vez, pero volvió a detenerme—. ¿Qué quieres?
—¿Por qué ibas a acostarte con mi hijo si teníamos algo nosotros dos?
—¿De qué rayos estás hablando? —fruncí el entrecejo. Su interrogación me empujó—. Nosotros no teníamos nada.
—Estuvimos a punto de hacer el amor en mi antiguo departamento, ¿y dices que no teníamos nada?
—¿Es eso cierto, Bill? —preguntaron y ambos miramos en dirección hacia donde provenía esa voz. Era Thomas—. Contesta, ¿es verdad lo que dice mi padre?
Me devolví hacia Tom y sentí que el horror se trepaba por mi cara. Acabábamos de ser descubiertos.
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—Thomas, por favor, hablemos —dije con mi mochila en la mano mientras iba tras él después de que sonó el timbre de la escuela anunciando el fin de clases—. Thomas…
—Déjame en paz, Bill. No quiero hablar —respondió y apresuró su paso, entonces yo disminuí el mío viéndolo alejarse. Inmediatamente, me di cuenta de que sería en vano tratar de que habláramos allí, por lo que pensé que lo mejor sería aparecerme en su casa más tarde.
Me cargué el morral al hombro.
Cuando estuve fuera del establecimiento, un auto se detuvo frente a mí. Rápidamente lo identifiqué, al igual que a quien conducía: era Tom.
—Maldita sea, no es cierto —maldije cambiando de dirección mi paso, entonces oí el ruido de la puerta de su coche abrirse y el que hizo que indicaba que ya estaba fuera. Apresuré mi andar, aunque fue inútil.
—Hey, pequeño, escúchame —pidió tras tomarme por un brazo consiguiendo que me volteara.
—¿Por qué no me dejas en paz de una puta vez? —me zafé del agarre—, ¿estos días sin verte no han sido suficientes para que entiendas que no quiero estar cerca de ti? —interrogué con falso cabreo—. Eres lo suficientemente adulto como para acabar con este estúpido juego con un adolescente.
—¿Juego? ¿En verdad piensas que mi interés en ti se trata de un juego? —preguntó con expresión dolida—. Pequeño, por favor…, no soy yo quien está jugando contigo. Yo te amo.
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Soltó de pronto y mi expresión de enojo se desvaneció por completo. No podía creer que alguien estuviera diciendo que me amaba. Luego de tanto tiempo solo y sin personas reales que se preocuparan por mí, sentí que nada de eso podía ser cierto. No podía…
—¿Me amas? ¿De verdad piensas que puedo creer que un adulto se ha enamorado de mí, un adolescente solitario de dieciséis años?
—¿Por qué no? —hizo un paso hacia mí, pero yo retrocedí. Me miró sin volver a avanzar—. Permíteme demostrártelo, por favor…
Había algo en su forma de expresarse al hablarme que yo no había podido detectar en Thomas, y eso me confundía. A Tom siempre lo notaba tan transparente al dirigirse a mí… En cambio, con Thomas, yo ni siquiera había sospechado que le iban los chicos hasta que me lo dijo e inmediatamente me besó. De todos modos, Tom era un adulto mucho mayor que yo, y yo… no podía continuar enamorado de él; eso no era correcto. Mi padre siempre había dicho que las parejas con grandes diferencias de edad, jamás podrían sostener una relación seria. Además, me era inverosímil que alguien me amara como él trataba de hacerme entender que lo hacía…
Parpadeé repetidas veces como si hubiera salido de mi fugaz estado de shock y negué con la cabeza viéndolo con tristeza.
—Lo siento, Tom, yo me he enamorado de tu hijo —mentí con la voz quebrada dando fin a su ilusión y a la mía propia; y me marché.
—Un momento —dijo en un tenue tono elevado al otro lado de la puerta. Aguardé por unos segundos. Abrió—. ¿Qué estás haciendo aquí? —cuestionó arrugando su frente y estuvo a punto de cerrarme la puerta en la cara, pero detuve la madera con ambas palmas abiertas.
—Thomas…, por favor, necesitamos hablar.
—¿Por qué no vas a hablar con mi padre? Puedes encontrarlo en el club de Baloncesto ahora y pedirle que te folle en los vestidores.
—No hables así, Thomas. Entre tu padre y yo no ha pasado nada más que un par de besos —abrió su boca mostrándose indignado e ingresó al apartamento dejando la puerta abierta; acción que tomé como oportunidad de entrar y poder hablar con más calma—, y fue una tarde, no más que eso. Nunca hemos tenido sexo; tienes que creerme.
—¿Por qué habría de creerte si todo el tiempo fingiste con descaro, frente a mis narices, que no lo conocías? Eres un maldito mentiroso.
—Thomas —parpadeé largamente, dolido por su modo de hablarme—, no supe que Tom era tu padre hasta que llegó de imprevisto y se metió a tu alcoba para buscarte, entonces lo vi.
—¿Y qué pasó en mi alcoba durante mi ausencia luego de encontraros? ¿Os besasteis? —cuestionó en tono firme. Yo aparté la mirada, pero se me acercó y volví a mirarlo—. Sé sincero conmigo, Bill. ¿Os besasteis en mi habitación?
—Sí… —respondí al fin y bajó la vista tras fruncir el ceño, visiblemente abofeteado por lo que escuchaba. Acuné su rostro entre mis manos para que fijase sus ojos en los míos otra vez—, y gracias a ese beso, me di cuenta de que ya no siento nada por él, Thomas. Yo quiero estar contigo —añadí con el miedo a su rechazo arañándome la piel, ya que creía que era mi única oportunidad para arrancarme a Tom del corazón.
Lastimosamente, me acechaba la idea de que mi padre jamás aceptaría mi relación con un hombre quince años más grande que yo… Y, si bien nada me aseguraba que sí fuese a aceptar que estuviera con Thomas —también un hombre—, las probabilidades de que finalmente cediera eran mucho mayores, por el simple hecho de tratarse de un adolescente con quien casi compartía la edad.
—¿No me mientes? ¿De verdad aún eres virgen?
—Sí, aún lo soy —contesté con un dejo de extrañeza ante su preocupación por mi virginidad y, cuando iba a preguntarle por qué eso era tan relevante para él, me besó.
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Dejé caer mi mochila —que colgaba de mi hombro derecho— y me dediqué a responder a sus inesperadas y nada sutiles caricias. Sus manos se arrastraron por todo lo que podían tocar de mí y luego se centró en desabrochar mi jean. Me llevó hacia el sofá más grande de la sala —el mismo donde había iniciado todo tres días atrás—, y, antes de tumbarnos en él, terminó de desnudarme para enseguida él hacer lo mismo.
—Házmelo, Thomas… Quiero que seas tú el primer hombre que me posea —jadeé en su oído sabiendo que eso era algo que lo encendería aún más, aunque no fuera exactamente lo que yo deseaba.
—Te haré sentir todo lo que mi padre jamás habría podido —dijo al clisar nuestras miradas y percibí el ser competidor implícito en aquella frase, por lo que deduje que también compartían esa característica.
—No, Thomas —negué con tranquilidad y me miró sin comprender—, hazme sentir todo lo que solo tú serías capaz de hacerme sentir siendo el primer hombre en tenerme —culminé sosteniendo el contacto visual y se pasó la lengua por los labios al sonreír, ocasionando que su piercing se moviese como si estuviera llamándome.
Fundí nuestras bocas adelantándome a lo que fuera que pensase hacer después de oírme y él correspondió. Se deslizó por mi cuello hasta llegar a mi pecho y se detuvo a lamer y mordisquear levemente mis tetillas arrancándome suaves y prolongados suspiros de satisfacción. Mediante leves mordiscos descendió hasta mi parte baja, pasó su lengua a lo largo de mi miembro ya demás erecto y, para mi sorpresa, me giró sobre los almohadones del sofá.
—¿Qué haces? —quise saber intentando verlo al voltear el rostro, pero me hizo callar con un suave sonido con su boca, y continuó manejando mi cuerpo hasta colocarme a cuatro patas sobre el mueble con ambas manos afirmadas en el apoyabrazos izquierdo del mismo.
—Primero voy a marcarte con mi lengua, ratoncito —habló y, consecutivamente, hundió su músculo gustativo en mi ano, lo que consiguió arrancar un crudo gemido de mi garganta.
Cerré mis manos fuertemente contra el borde del sillón del que me sostenía y puse los ojos en blanco ante la deliciosa y nueva sensación en mi parte más íntima. Comenzó a mover mi cuerpo hacia adelante y hacia atrás, para penetrarme con su lengua; luego la pasó de arriba abajo a lo largo de la escisión entre mis nalgas al tiempo en que las separaba con sus manos para tener un mejor acceso a toda la zona.
—¿Te gusta? —indagó después de morder levemente mi nalga derecha y separarse un poco. Empezó a masturbarme con una de sus manos mientras la otra se encargaba de continuar dilatándome tras hundir dos de sus dedos en mí.
—Sí, Thomas… —contesté en un jadeo y me mordí el labio inferior.
—Entonces, ¿ya estás listo para sentirme?
—Sí…
Al oír mi respuesta desbordado de excitación, noté que se erguía tras de mí y sentí la cabeza de su ya mojado pene al ubicarlo en mi entrada. Percibí el jugueteo que ejercía al arrastrarlo hacia mis huevos y luego se devolvía adonde estaba antes, dilatando mi agonía. Lo miré de reojo al voltear levemente la cabeza.
—Thomas —hice mi culo un poco hacia atrás ya más que ansioso por saber de una puta vez lo que sentiría al tenerlo en mí—, hazlo, maldita sea; ya no aguanto.
—Calma, ratoncito. Quiero hacértelo despacio para que no te sea tan doloroso.
—¿Crees que duela mucho?
Se apegó a mi espalda y habló en mi oreja:
—Lo averiguaremos juntos —respondió y, tomándome firmemente por los lados de mi estrecha cadera, fue hundiéndose en mi recto con una lentitud que quemaba.
Mi boca se abrió al igual que mis ojos al sentirme invadido y fui incapaz de emitir sonido alguno. Era como si, repentinamente, mis cuerdas vocales hubieran perdido la memoria sobre cómo funcionaban.
Salió y respiré; dolía. Sentí que, al entrar en mi cuerpo, algo allí atrás se había roto. Volvió a ingresar, ahora llegando un poco más profundo, pero volvió a salir.
—Thomas… Thomas, esto duele…
—¿Lo suficiente como para hacer que tu primera vez sea tan breve? —cuestionó arrastrando su perfil por el mío, seduciéndome—. ¿Mm?
Apretando los párpados con fuerza y obligándome a no flaquear, negué con la cabeza.
—Así me gusta… —pasó su mano desde mi frente hacia mi cabello y la deslizó hasta mi cuello, donde se detuvo para agarrarme con un poco más de fuerza. Yo abrí los ojos, confundido—. Debes decirme cuando ya pueda quedarme dentro. Mientras tanto, haré esto para que te vayas dilatando poco a poco —explicó sin apartarse de mi oído y yo asentí—. ¿Duele mucho?
—Bastante cuando… vuelves a entrar y llegas… más profundo… —expliqué en susurros y un doloroso gemido me abandonó cuando repitió la acción—. No puedo…, duele…
—Oh… claro que puedes. Ya no vamos a detenernos, ratoncito. Así que, respira hondo cuando salga y relájate para volver a recibirme —ordenó y apretó su mano en mi garganta. Llevé ambas mías allí indicándole que aflojase el agarre, pero no lo hizo enseguida.
—Thomas…
—Shhh… —siseó tras taparme la boca con la misma mano ante mi quejido y cerré los ojos fuertemente otra vez.
No podía negar que estaba lastimándome y no me sentía a gusto en absoluto. Su comportamiento me asustó un poco, ya que lo que en un principio habían comenzado como febriles caricias, ahora las sentía como brutos y descuidados agarres. Sin embargo, tenía que hacerme cargo de que yo había permitido que llegase tan lejos, porque creía que, solo de esa forma, solo permitiendo que Thomas fuera quien me enseñase lo que era el sexo, me ayudaría a quitarme a Tom de la cabeza.
Después de un par de intentos más, se metió por completo. Se quedó quieto mientras reubicaba sus manos en mis costados para luego pasear ambas palmas por mi pecho y bajo vientre hasta manosear mi miembro. Yo respiré con profundidad repetidas veces sintiendo cómo todos mis músculos al fin se relajaban con cada exhalación y la sensación de ardor se disipaba. Fue entonces, que me animé a hablar.
—Muévete… —pedí en tono calmo al sentirme más a gusto con su pene en mi interior.
Oí un grave sonido que hizo desde su garganta, similar al de una breve risa.
—Tus deseos son órdenes, ratoncito —susurró en mi oreja y pasó su lengua por allí antes de enderezarse tras de mí y comenzar a moverse con fuerza.
.
Por Tom
Eran las dos de la madrugada, regresaba de una larga noche sumergido en el Basquetbol, jugando y compitiendo con mis propios amigos en una cancha del club que, por ser socios V.I.P., teníamos el permiso de ocupar el tiempo que se nos antojara. En mi caso, con el propósito de adormecer mi dolor de no haber sido elegido por él; pero era inútil. Me preguntaba por qué yo simplemente no podía dejar atrás lo que había ocurrido con el pequeño si solo habían sido unos besos y algo de manoseo. Por momentos pensaba en que todo aquello estaba condimentado por el hecho de que él era virgen y que casi se había entregado a mí —un hombre quince años mayor que él—, porque quería gustarme. Sin embargo, rápidamente caía en la cuenta de que lo que me ataba a la imposibilidad de dejarlo ir, iba mucho más allá de eso. Deduje entonces, que su inocencia me había pellizcado el corazón como hacía años nadie lo conseguía. Suspiré.
Introduje la llave en la cerradura de mi apartamento e ingresé. Todo estaba tal cual esperaba: a oscuras. Eran altas horas de la noche, mi hijo de seguro estaría durmiendo desde temprano, ya que en breve debería levantarse para ir a la escuela. De pronto, oí algo que provenía de la dirección que daba con su alcoba. Hice un par de pasos en la oscuridad, pero me percaté de que estaba pisando un bulto en el suelo. Encendí la luz para ver de qué trataba y descubrí que era ropa. Fruncí el entrecejo efímeramente extrañado, pero lo relajé en cuanto identifiqué una de las prendas: el buzo que el pequeño llevaba puesto en la tarde cuando lo intercepté al salir del colegio. Alcé la cabeza con un nudo en el estómago y un erizo enfurecido en el pecho, y caminé aprisa hacia la habitación entreabierta de mi hijo, entonces lo oí todo con claridad.
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—Sí, Thomas…, oh, oh, Dios… —escuché la voz del pequeño y apreté mis párpados con fuerza antes de atreverme a espiarlos. Mis ojos buscaban pruebas que les confirmasen lo que mis oídos les obligaban a creer—. Esto es increíble…
—Mmm…, eres un ratoncito muy vicioso… —espetó mi hijo, el cual se encontraba recostado en su cama con ambas manos apretando las nalgas del pequeño trasero de Bill para acompañar cada penetración que este provocaba al montarlo—. Después de todo, sí te gustó mucho el sexo, ¿no es así?
—Sí… Me encanta, Thomas…, me encanta… —respondió el pequeño entre jadeos y sentí que se me ahogaba el corazón.
Arrimé la puerta, con cuidado de no hacer ruido —ya que el picaporte estaba averiado debido a que, días atrás, yo la había roto al forzarla para entrar y evitar lo que estaba ocurriendo en ese instante—, y me introduje en el cuarto de baño. Me quité la camiseta sudada del club y abrí las canillas de la ducha para no escuchar nada más que el sonido del agua.
«Maldita sea…, maldita sea…, ¡maldita sea!», grité en mi mente cogiendo mi cabeza entre mis manos luego de sentarme en el váter, con los codos apoyados en ambas rodillas. Pero me paré de inmediato y me coloqué frente al espejo sosteniéndome en el lavamanos —como si de ese modo también sostuviera mi pena—, para mirarme a través del cristal. «Lo preferiste a él. Preferiste que mi hijo te enseñara lo que solo yo deseaba enseñarte», continué y mi ceño se frunció dolido. «No tenías que dejar que él te tocara…, no él. ¿Por qué lo hiciste?», agaché la cabeza sintiendo que mi pecho se encogía. «Yo te habría cuidado tanto, pequeño…». Finalicé y cubrí mi rostro con una mano al quebrarme.
El dolor que sentía me agujereaba el alma. La reciente imagen del pequeño en la cama con mi hijo, no paraba de patear las pocas que guardaba en mi corazón de él junto a mí desde el momento en que lo conocí.
Cuando acabé de ducharme, sin tener idea del tiempo que había transcurrido zambullido en mi sufrimiento, tras calmarme al fin y pensar en frío, llegué a la conclusión de que aquella reacción debía ser producto de mi característico lado competidor y no podía permitirlo, dado que mi contrincante era mi propio hijo. Asimismo, me era imposible evitar pensar en que yo sabía perfectamente que, aunque se tratase de mi propio hijo, Thomas, no era el mejor prospecto de pareja para un adolescente como Bill…
Respiré con fuerza —como lo hacía antes de entrar a la cancha— y salí del baño para dirigirme a mi habitación rogando para mis adentros que ningún ruido producto del placer sexual que Thomas y su chico estaban experimentando, se alcanzase a escuchar en mi camino.
Entré al departamento con una bolsa de papel con croissants rellenas y dos infusiones calientes (dos chocolatadas y un café negro) haciendo equilibrio en mi mano sobre la base de cartón que Starbucks brinda a un cliente que debe cargarlas solo, y cerré la puerta con sigilo creyendo que mi hijo y su pareja aún seguirían dormidos.
Había despertado muy temprano aquella mañana a causa de haberme costado dormir con tranquilidad, pero mi cabeza se sentía más despejada; como si las pocas horas de sueño conciliadas hubieran conseguido asentar en mi cerebro todas las razones por las cuales yo deseaba a un adolescente que había escogido a mi hijo —también adolescente— junto a las razones por las cuales no debía siquiera pensar en la posibilidad de que en algún momento pudiese ocurrir algo con el pequeño, y las hubiese barrido todas dejándome solo con una: nuestra diferencia de edad era insana para él.
Dejé todo sobre la encimera central de la cocina y me dispuse a preparar las cosas para ir a despertarlos y así tener nuestro primer desayuno “en familia”; aunque nada de ello me lo creyera en realidad. No obstante, cuando me di la vuelta para dirigirme al cuarto de Thomas, me detuve: El pequeño me miraba desde la unión entre la sala de estar y la cocina, con tan solo un bóxer puesto, su corto cabello negro alborotado y rascándose el codo izquierdo con su otra mano derecha mientras bostezaba. Era la viva imagen de un adolescente tras haber tenido sexo toda una noche sin medir las consecuencias.
—Buen día, Bill —saludé en tono bajo, ya que aún estaba procesando su imagen frente a mí.
—Buen día, Tom… —respondió con la voz ronca—. ¿Has visto a Thomas? —preguntó y me percaté de que el brillo en sus ojos, aquel que me había cautivado y delataba su inocencia, ya no estaba, lo cual corroboraba que mi hijo lo había despojado de toda su pureza. Rogaba para mis adentros que lo hubiera tratado con respeto y que en ningún momento lo hubiese forzado a nada. Thomas había sido un verdadero problema para su abuela en Leipzig.
—Vuestra ropa continúa tirada en la sala —contesté y aparté la mirada simulando que me devolvía a lo que había depositado en la mesada—, así que no creo que haya salido. Debe estar tomando una ducha.
—Ahh…
—Os traje chocolatadas y croissants para que desayunéis. Luego de tan larga noche, debéis estar hambrientos —informé cogiendo solo mi café con la intención de salir de allí. Repentinamente, una ira abrazadora empezó a despertarse en mi interior cuando la escena de ellos dos follando ubicó el asiento principal entre mis recuerdos.
—Tom…
—Espero lo disfrutéis —interrumpí—. Me pareció el desayuno más apropiado para que tengáis como el primero siendo pareja. Que os vaya bien en la escuela; si es que vais —añadí y me fui a trabajar.
Seis años después.
Cerré el computador y me recosté en el espaldar de la silla para darle un último sorbo a mi café.
—Lo has hecho bien, Tom —me felicité a mí mismo en voz alta, ya que al fin había terminado de organizar las posiciones y jugadas del equipo de Baloncesto del cual era Coach hacía cuatro años.
En los deportes, cuando superas cierta edad, las posibilidades de jugar profesionalmente se van limitando hasta que, quienes amamos el deporte y queremos continuar cerca de la cancha, optamos por dedicarnos a dirigir un equipo y así poder mantenernos en contacto con la actividad; tal y como era mi caso.
Me puse de pie y enfilé hacia la cocina para lavar mi taza y guardarla, cuando de pronto el timbre sonó. Me di la vuelta y, como acto reflejo, miré el reloj de pared que tenía a mi izquierda: 11:40 p. m. Arrugué la frente en señal de extrañeza. ¿Quién podía ser a esa hora a mitad de semana? Alguien que no trabajaba, seguramente.
Dejé la taza sobre la mesa en donde había estado trabajando en mi proyecto, y me acerqué al conmutador para averiguar de quién se trataba.
—¿Quién?
—Yo… —respondieron al otro lado en un tono que apenas alcancé a escuchar.
—Disculpe, no se oye bien. ¿Su nombre?
—Soy… Bill… —dijo y noté que se esforzaba por hablar.
Me habría extrañado menos que se hubiera tratado de un completo desconocido.
—¿Bill? ¿Qué haces en la ciudad? ¿Thomas está contigo?
Oí un sollozo y parpadeé.
—¿Puedes recibirme o… estás con alguien?
—No, estoy solo. Bajo enseguida.
Cogí mi abrigo de la silla —en donde lo había dejado ni bien regresé del club en la tarde—, y salí.
Al verlo con su espalda apoyada en la pared, sin prestar atención a lo que el vidrio de las grandes puertas del edificio le permitía ver de su interior, abrazándose a sí mismo con la nuca contra el muro y un bolso en el piso descansando frente a sus pies, supe que algo no andaba bien.
Su padre había fallecido hacía cinco años a causa de un trágico accidente y a mi pequeño solo le quedaban sus tíos para no considerarse huérfano. El gran inconveniente era que este tío —hermano de su padre—, se había casado con la madre de Bill, ya que esta lo traicionó con él y, al poco tiempo de haber dado a luz, los abandonó para irse a vivir con su antiguo “cuñado” fuera del país. Si bien se trataba de su madre biológica, nunca quiso acercarse a mi pequeño. De hecho, yo logré comunicarme con ambos tras la muerte de Jörg para darles la terrible noticia e informarles sobre la situación en la que Bill había quedado, pero no respondieron por él. De alguna manera, se habían enterado de la relación que mantenía con mi hijo y me pidieron que no volviera a llamar, porque no consideraban parte de la familia a un homosexual.
Mi pequeño había sido despreciado por la misma razón por la cual la madre de Thomas me despreció a mí…
Como no iba a arrojarlo a su suerte, decidí encargarme de él como si de mi propio hijo se tratara, hasta que ambos terminaron la preparatoria y decidieron ir a la Universidad. Dos años habían transcurrido desde la última vez que los vi, ya que les brindé todo lo necesario para mudarse a Múnich en donde ambos estudiaban medicina. Me sentía el padre de dos hermosos jóvenes con un futuro prometedor.
Por otro lado, antes de irse, mi hijo decidió teñir su cabello de color negro y hacerse trenzas africanas como las que yo usé durante varios años mientras jugaba en las grandes ligas; con la diferencia de que él continuaba con su costumbre de cubrir parte de su cabeza con binchas o pañuelos.
Bill se había teñido de rubio para llegar a su color natural y dejó que su cabello creciera, ondulado y salvaje, hasta poco más debajo de sus hombros. Ahora, por la oscuridad que lo vestía en donde estaba aguardando, me daba cuenta de que aún lo conservaba igual. Después de tanto tiempo, lo veía allí frente a la puerta del edificio donde me había mudado desde que comencé mi trabajo como Coach del equipo de Básquet. Me sentí extraño.
Abrí. El ruido de la cerradura lo convocó a voltear y me vio.
Miré el bolso otra vez y me devolví a él.
—Hey, qué sorpresa…, ¿no deberías estar en la Universidad? —cuestioné totalmente abstraído a causa de mi asombro. Descruzó sus brazos y se me acercó lentamente, entonces pude ver su rostro con mayor claridad cuando la luz de la entrada alcanzó a iluminarlo—. Bill, ¿qué te hicieron?
Sus ojos estaban hinchados y rojos, un poco a causa del llanto y otro tanto a causa de los fuertes golpes que era obvio había recibido. Una nueva lágrima se deslizó por su mejilla izquierda y su mentón temblequeó.
—Thomas me golpeó… otra vez —dijo con la voz quebrada y me abrazó rompiendo en llanto.
Mi desconcierto fue aún mayor al oírlo decir que mi hijo lo había golpeado otra vez.
—¿Cómo que otra vez? —interrogué al tomar su cabeza entre mis manos para mirarlo a la cara—. ¿Mi hijo te ha golpeado antes? —asintió cerrando los ojos y se mordió los labios en el intento de retener el nuevo llanto que peleaba por escapársele. Volví a apretarlo contra mi cuerpo y sollozó más fuerte.
«Maldita sea, Thomas…, se supone que tenías que cuidarlo», cavilé enfurecido.
—¿Te sientes mejor? —indagué regresando a la sala de estar con una bolsita con hielo envuelta en una fina toalla. Se la extendí—. No tengo un filete para evitar que se te quite lo amoratado, pero al menos el hielo disminuirá la hinchazón —expliqué con vaguedad.
—Está bien, no te preocupes. El hielo siempre ayuda —fue su respuesta y no pude pasar por alto aquel “siempre ayuda” como la explicitación de que sí, efectivamente, mi hijo lo golpeaba desde hacía tiempo.
—¿Quieres explicarme qué es lo que está pasando entre Thomas y tú? ¿Por qué te golpeó?, ¿por qué el hielo siempre ayuda? —arrugué mi frente, internamente molesto con mi hijo—. ¿Hace cuánto tiempo “eres ayudado por el hielo” a bajar la hinchazón de los golpes que recibes de él? —continué interrogando en un tono teñido por cierta ironía a causa de mi enfado. Él suspiró bajando la mirada.
—Siento mucho haber venido aquí, Tom…, pero no tengo adónde ir…
—Eso no es un problema. Hiciste bien en venir. Ahora, respóndeme —levanté su rostro para que me viera a los ojos tras cogerlo sutilmente por la barbilla—: ¿desde cuándo mi hijo te golpea?
—No mucho —dijo en tono inseguro e intentó apartar la mirada, pero no lo dejé.
—Bill: ¿desde cuándo?
Su expresión se entristeció.
—Desde… la Navidad pasada —abrí los ojos sobremanera sin creerlo.
—¿Cómo dices? Eso ha sido hace casi un año, ¿cómo es posible?
—Es que… Thomas siempre bebió mucho en las fiestas, tú lo sabes, y esa noche no fue la excepción. Estábamos festejando la Navidad en la playa, alrededor de una gran fogata con nuestros compañeros de la fraternidad y, antes de las doce, él ya estaba ebrio; e… intoxicado.
Lo miré incrédulo al oírlo. «¿Intoxicado?». Entonces, mi hijo había vuelto a caer en esa mierda…
—En un momento, me pidió que nos alejáramos de todos y me llevó hacia el muelle más próximo —cerró los párpados unos segundos como si estuviera recordando la escena—. Comenzó a besarme, pero rápidamente sus besos fueron aumentando de intensidad, por lo que ambos nos excitamos. Trató de desabrochar mi jean, pero alejé sus manos, ya que, a causa de las festividades, el muelle estaba adornado con muchas luces, por lo tanto, si teníamos sexo allí, quedaríamos muy expuestos. Además de que él, cuando bebía o se intoxicaba, era mucho más agresivo conmigo a la hora de intimar. Entonces… no sé qué pasó. Él solo perdió el control. Empezó a gritarme que yo lo rechazaba porque ahora él era un adulto y, de seguro, su aspecto me recordaba a ti… —me miró un segundo y continuó—, pero enseguida se contradecía diciendo que era obvio que lo rechazaba porque yo aún estaba enamorado de ti… En fin, no me dejaba hablar.
Sacudió la cabeza y noté que la mandíbula se le tensó por un instante.
—Hasta que me acerqué a él para intentar calmarlo y, erróneamente en el intento de suavizar la situación, lo llamé por el diminutivo de su nombre: Tom. Fue entonces que me miró con odio y me abofeteó con el reverso de su mano. De inmediato me dijo que no volviera a llamarlo así, mucho menos que volviese a tocarlo. Yo me quedé atónito sin poder procesar lo que acababa de hacer; me sentía en una pesadilla de la que pronto me despertaría y todo volvería a ser como antes. Sin embargo, eso jamás pasó —frunció ambas cejas en una mueca triste—. Percibí una humedad en mi barbilla y, cuando pasé la mano por allí, me percaté de que se trataba de sangre. Thomas me había partido el labio.
Jugó con la toalla que recubría el hielo que había bajado hasta su regazo mientras hablaba y una lágrima se desbordó de su ojo lastimado. La apartó con brío.
—Después de ese episodio, sentí que algo se rompió entre nosotros y ya no pude volver a verlo de la misma manera. Cada vez me costaba más acceder a tener sexo con él y, por ello, me golpeaba cuando me negaba, diciéndome siempre lo mismo: que era por ti, que yo seguía pensando en ti y blah, blah —su expresión se endureció de repente y volvió a mirarme a los ojos—. No sé bien por qué, pero me era imposible dejarlo a pesar de su agresividad; hasta que…, ayer en la noche, lo encontré en la cama con un compañero del primer año, menor que ambos, y fue suficiente.
Su mirada flotó a un lado, manteniéndose en silencio. Yo cerré los párpados y respiré con profundidad sin que él lo notara.
Mi hijo no había cambiado y era evidente que su entusiasmo por ir a la Universidad no había sido otra cosa más que una máscara para hacerme creer el cuento de que era un chico nuevo. Su abuela me lo dejó claro cuando me llamó en aquel entonces: Thomas era un adolescente apático y sin escrúpulos. Desde que su relación con Bill comenzó, jamás dejó su particular preferencia por el alcohol y yo sabía que tampoco había abandonado su adicción a las drogas. Equívocamente, creí que solo había fumado marihuana en algunas ocasiones, pero ahora me daba cuenta de que su adicción había ido mucho más allá y no supe detenerlo a tiempo.
—Le mentí a la directora de la Universidad al decirle que me había caído por las escaleras esa tarde y que estaba muy asustado; que necesitaba estar con mi familia —continuó el pequeño devolviéndome a su relato. Una esporádica risa se atoró en su garganta—. Ni siquiera tuve el valor de exponer a Thomas y dar a conocer lo violento que era conmigo. Yo solo lo encubrí otra vez, recogí mis cosas y me marché. Estuve todo el día con el celular apagado, para evitar las obvias llamadas que él me haría en cuanto notase mi ausencia, sentado en la parada de autobús aguardando por el que me traería hasta aquí. Yo no tenía mucho dinero y, en Múnich, los autobuses son más económicos que el metro, por ello también pasan con menor frecuencia por las estaciones; razón por la que llegué a esta hora —volvió a verme con tristeza—. Siento mucho molestarte tan tarde.
—No molestas en absoluto —dije en tono calmo y dolido a la vez al escucharlo y tener que aceptar que tenía un hijo adicto y violento—. ¿Por qué no me llamaste? Habría ido a buscarte de inmediato.
—Preferí salir de allí por mis propios medios. Creo que las horas a solas que pasé todo este día, me ayudaron a reflexionar y entender muchas cosas respecto a lo que tenía con Thomas.
Rodeé su delgado cuerpo con mis brazos y se hundió en mi pecho luego de hacer a un lado el hielo.
—No quería molestarte, pero en verdad no sabía adónde ir.
—Hiciste bien en venir aquí. ¿A qué otro lugar habrías ido?
Lo oí suspirar.
—A ningún otro. Tú eres mi único lugar seguro en todo el mundo —susurró sin deshacer la posición y quien suspiró ahora fui yo.
—Hablaré con Thomas —solté transcurridos varios minutos en silencio y él se apartó un poco para verme.
—¿Qué?
—No permitiré que un hijo mío se comporte de esa forma; mucho menos contigo. En el tiempo que pasé con él, solo me encargué de transmitirle buenos valores para que sea un hombre de bien tal cual mi padre hizo conmigo. Lo que Thomas te hizo, es imperdonable —me puse de pie y fui a por mi móvil—. Hablaré con él ahora mismo.
—Tom, no —dijo poniéndose de pie con rapidez e intentó detenerme—. Él no sabe que estoy aquí y tampoco quiero que lo sepa.
—No voy a pasar por alto esto, Bill. Es mi hijo y yo no soy así.
—Él no es como tú, Tom… —espetó atrapando mis manos, justo antes de que agarrara mi teléfono, y nuestros ojos se encontraron—. Tú siempre has sido… diferente.
Me quedé viéndolo en silencio por extensos segundos. Su mirada me suplicaba que guardara el secreto, pero eso iba en contra de mi moral. Sin embargo, no podía negarme a una petición suya. A pesar del tiempo que había pasado, de lo distinta que había sido nuestra forma de vincularnos desde que lo adopté como mi segundo hijo, no podía negar que jamás logré verlo con ojos de padre como tanto me esforcé todos esos años. Y ahora, volver a tenerlo cerca, cacheteaba a mis sentimientos adormecidos hacia él.
Su ojo derecho estaba amoratado y el pómulo con una pequeña fisura a causa de los malditos golpes que Thomas, mi propio hijo, le había dado; y, aun así, continuaba luciendo hermoso.
—Por favor… Si me lo permites, solo me quedaré unos días hasta que encuentre empleo y luego alquilaré en algún otro sitio —explicó y sus palabras me empujaron.
—¿Qué estás diciendo? Puedes quedarte el tiempo que quieras, Bill. Sabes que esta es tu casa tanto como, en su momento, lo fue de Thomas. Además, ¿cómo es eso de que buscarás un empleo —enarqué una ceja—, si tú estás estudiando medicina? No debes distraerte trabajando.
—Pero ya no quiero regresar a esa Universidad. Ahí continúa estudiando Thomas.
—No lo harás. Mañana mismo solicitaré vía e-mail toda tu documentación e iniciaré tu traspaso a otra. No dejaré que abandones tus estudios por el imbécil de mi hijo.
—Tom, eso no es necesario… —dijo tras parpadear incrédulo—. Puedo retomar mis estudios en unos años, cuando trabaje y ahorre dinero. Las universidades son muy costosas y tú ya has hecho demasiado por mí siendo solo el padre de mi expareja.
—Yo haría lo que fuera por ti con tal de que estés a salvo y seas feliz, pequeño.
PLAY ►Wicked game – Tom Ellis
Continúa…
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AHHHHHHHHH, AMO EL FIC, ME QUEDÉ ENGANCHADA
¡Hola, cielo! Acabo de ver tu comentario, mil disculpas u.u’
Qué bueno que te hayas enganchado, porque el siguiente capi se viene fuertón… jijiji 🤭
Muchas gracias por leer y comentar, belleza. 🤍✨
Que es esto tan bello se me había olvidado cuando te leía Leonela eres una de las mejores ♥️solo me da tristeza que el fic sea tan corto aunque tenga capitulos largos no quiero que acabe 🥹
Mi vida… me hacés emocionar 🥹 Gracias, dulzura 🥰 Más adelante te vas a encontrar con una sorpresa 🤭🤍
Mi parte rencorosa quiere que ahora Bill sufra un poco y que Tom lo rechace jajaja
Ai ese rencor… todos lo pensamos, pero tú lo dijiste 🤣 jajaja