
Administración: Y por fin ha llegado la secuela tan esperada por ustedes. Leonela, ahora autora publicada, nos deleita con la continuación de esta magnífica obra. No olvides leer la temporada 1 «TOM» antes de iniciar esta aventura.
Tom. Temporada II
Capítulo 1 (P.1)
Por Tom
( PLAY ► Make me feel – Elvis Drew)
—Oh, Tom… maldita sea, lo haces tan bien… —gimió en mi oído y apretó el agarre que mantenía en mi nuca al cerrar su mano; con la otra, empezó a masturbarse jadeando cada vez más fuerte—. Estoy muy cerca…, tan cerca…
—Vamos, pequeño. Acaba para mí —pedí con voz ronca y quité su mano de su miembro. Él se apartó un poco y abrió los párpados inmediatamente para verme—, pero sin tocarte.
—Mierda, Tom, no me hagas esto…
—Sh, sh, shh… —siseé tras tomarlo rudo por el cabello y afirmé su rostro frente al mío mientras llevaba la mano que le había agarrado, hacia su espalda baja, impidiéndole utilizarla. Lo oí quejarse en un gemido cuando lo embestí más fuerte y su cara se deformó en una mueca de dolor para enseguida poner los ojos en blanco. Su piel brillaba a causa del sudor y algunos de sus rubios cabellos caían salvajes sobre su cara, adhiriéndose a esta por la misma razón. Mi pequeño era un poema—. Así me gusta, que aguantes un poco más. Aún tengo mucho para darte.
—Tom… —lloriqueó mordiéndose el labio inferior y de inmediato abrió su boca y sus ojos, frunciendo ambas cejas—. ¡Ahh, ahh! ¡Así…! Sí…, sí…
Gimió entre gritos al sentirme más profundo, ya que, sin soltar su cabello, liberé su mano para agarrarme del espaldar de la cama e impulsarme con mayor fuerza.
El pequeño solía masturbarse para alcanzar el clímax más rápido y así poder experimentar otro orgasmo tras dar inicio a un nuevo polvo; pero yo no lo dejaría hacerlo esa vez. Quería que aguantara todo lo que fuera capaz, ya que había descubierto que, cuanto más demoraba en eyacular, más alto gemía y sus gemidos eran la melodía perfecta para mis oídos.
Yo me hallaba de rodillas sobre el colchón y él con una pierna a cada lado de mi pelvis, con su espalda, en parte, contra el espaldar de la cama y, en parte, contra la pared, recibiendo mis fuertes estocadas. Estábamos teniendo sexo muy rudo, tal y como el pequeño me lo había pedido por mensajes la noche anterior.
Él se encontraba en su último año de la carrera de medicina, por lo que, luego de cuatro largos meses cursando y lejos de nuestro hogar, volvíamos a vernos en su último receso invernal. Si bien nos manteníamos comunicados la mayor parte del tiempo a pesar de la distancia, siempre nuestro reencuentro era como si hubieran pasado años sin vernos, y a ambos nos urgía sentirnos. Sin embargo, la noche previa a emprender viaje hacia su Universidad para buscarlo, el pequeño no había parado de textearme y enviarme fotos hot y pidiéndome que le enviara fotos de mí de la misma manera; así como, además, habíamos estado hablando por videollamada —como todos los días—, solo que esta última vez él se encerró en el cuarto de baño para que tengamos sexo virtual —como él le llamaba—, a causa de que cada vez le resultaba más difícil soportar el tenerme lejos.
Siempre me recordaba a mí mismo que el pequeño tenía apenas veinticuatro años y estaba en plena etapa juvenil en donde su cuerpo le pedía tener sexo a diario. El problema era que a su edad debía sumarle los quince años extra de los cuales yo disponía y eso me dejaba con casi cuarenta años en los cuales ya no tenía la misma energía que a mis veinte. Agradecía ser un tipo deportista y que se alimentaba de manera saludable, detalles que sumaban puntos a mi favor, ya que mi cuerpo se mantenía joven. Aunque, por momentos, la vitalidad del pequeño me ganaba por kilómetros de distancia.
Uno de sus pedidos al hablarme la noche anterior había sido que nos detuviéramos en el Hotel Toll —al cual habíamos ido más de una vez cuando yo lograba escaparme de mis responsabilidades algún que otro fin de semana para viajar hasta Witten a verlo—, y le hiciera el amor de manera salvaje porque no aguantaría esperar hasta llegar a nuestro departamento en Berlín. Y en eso estaba; haciéndolo mío y cumpliendo sus deseos. No obstante, no podía pasar por alto que, esta vez, detecté algo distinto en la urgencia de su pedido, que lo averiguaría luego.
Tras extensos minutos follándolo rudo en aquella posición, deleitándome con sus expresiones de explícito placer, oyéndolo pedirme más y a la vez que pare, pero sin esto último ser cierto en realidad, hablé:
—Mastúrbate —su rostro se dejaba ver débil y extasiado, pero igualmente sonrió con perversidad cuando clisó su mirada en la mía—. Ahora quiero que te corras mientras te acabo bien profundo, pequeño. ¿Has oído?
—Sí, Tom… —jadeó llevando una mano a su pene para hacer lo que le había pedido.
—¿Quieres sentir mi semen bien adentro? ¿Eh? —lo sujeté por la mandíbula sin mucho cuidado, aunque sabiendo que no iba a lastimarlo, solo era parte de la forma dominante en la que me había dicho que le gustaba que lo tratase en la cama. Se mordió el labio y gimió excitado—. Pídemelo.
—Lo quiero, Tom… Quiero tu semen en mí…
—¿Sí? —repregunté apropósito apretándome más contra su cuerpo, por lo que tuvo que detener el movimiento de su mano sobre su polla para llevar ambas a mi pecho y empujarme hacia atrás. Era una reacción natural y característica en él cuando se sentía desbordado de placer.
—Santo cielo, Tom… es ahí… Por favor, es justo ahí… —gimió alto y echó su cabeza hacia atrás hasta dar con la pared. Se relamió los labios (con los ojos cerrados)— Mmm… Ya casi… —agregó entrecortado a causa de mis movimientos y de inmediato abrió la boca dando lugar a una mueca de dolor revestido de placer—. ¡Ahh…!
Gritó y eyaculó entre nuestros cuerpos simultáneamente. Yo sonreí embobado al verlo y apreté mis párpados ya sin poder continuar aguantando mi orgasmo. Me quedé quieto habiendo llegado muy profundo en su recto mientras descargaba toda mi semilla.
—Joder, Tom…, joder… —soltó respirando agitado, aún con su espalda descansando en el muro mientras yo mantenía mi rostro hundido en su cuello—. Te extrañé tanto, mi amor —añadió y buscó mis labios tras cogerme con ambas manos por los lados del rostro para enfrentarme al suyo. Entonces, comenzó a moverse otra vez, ya que, aunque mi pene todavía estaba algo débil a causa del reciente orgasmo, conservaba una dureza considerable y no había salido de su interior.
Sus intenciones eran claras: quería un segundo round.
—Házmelo otra vez, Tom; ahora mismo, antes de que se te baje… Mmm… sigues tan duro y tan grande…
—Pequeño…, pequeño, aguarda… —dije intentando detener sus movimientos, pero arrastró su boca hasta mi oreja y la mordió buscando excitarme, lo cual no tardaría en ocurrir—. Bill, espera… —agregué y se detuvo para devolverse a mi cara.
—¿Por qué me llamas Bill y no pequeño?
—Porque me ignoraste cuando lo hice —respondí acariciando su cintura baja.
—Lo siento, amor… es que te extrañé demasiado y todo de mí necesita sentirte —dijo cabizbajo y en tono calmo. Respiré profundo al tiempo en que lo envolvía con mis brazos y lo atraía hacia mí. Sabía que esa reacción no era habitual en él.
—No te disculpes, pequeño mío —dejé un beso en su cabeza—. Yo también te he extrañado y no tienes idea de cuánto —acaricié su espalda desnuda en un suave movimiento de arriba abajo—, pero quisiera continuar amándote en la tranquilidad de nuestro hogar y no aquí, en un hotel que está a cientos de kilómetros, en donde contamos con un tiempo limitado para ocuparlo.
—Tienes razón… —susurró y apretó el agarre que tenía en mi cuerpo. Arrugué mi frente, extrañado—. Vistámonos y vayamos a casa.
Por algún motivo, su respuesta inmediata la asocié a su comportamiento excitante tan inesperado, y eso me confirmaba que, definitivamente, algo andaba mal.
—Hey, pequeño, ¿estás bien?
—Sí —contestó apartándose de repente, sin hacer contacto visual, y se levantó de la cama—. Vamos. No perdamos más tiempo —empezó a recoger su ropa del suelo y se dirigió al cuarto de baño—. Me daré una ducha rápida para quitarme nuestros fluidos de encima antes de partir.
Anunció y me puse de pie con rapidez para detenerlo tras agarrarlo por uno de sus brazos. Se quedó quieto, pero aún no me miraba.
—Tom, iré a ducharme —dijo y su voz se oyó distorsionada.
—Pequeño… —lo acerqué a mi cuerpo con tranquilidad y alcé su rostro sutilmente por la barbilla para que me mirara a los ojos, entonces descubrí que estaba luchando por retener las lágrimas—. Mi amor, ¿qué ocurre?
Negó con su cabeza de un lado a otro, intentando esquivarme. No lo dejé.
—Bill —lo llamé en tono suave y me miró enseguida—, sé que algo te pasa, no intentes ocultármelo. Sabes que puedes confiar en mí —asintió con los ojos cerrados y las lágrimas cayeron por sus mejillas. Se las limpié con suavidad al pasar mis pulgares por ellas—. Dime, mi amor, ¿qué pasó?
—Heidi se comunicó conmigo el jueves por la mañana —fruncí el entrecejo sin comprender por qué esa mujer se había atrevido a hablarle.
—¿Qué? ¿Y qué te dijo?
—Que quiere verme… —su mueca se entristeció aún más—. No entiendo nada, Tom… ¿por qué mi madre aparecería ahora, después de tantos años de abandono?
Respiré con profundidad. Yo sabía perfectamente por qué.
*
*
*
—Hogar, dulce hogar —exclamó el pequeño ni bien dejó caer su bolso en el sofá e infló sus pulmones de oxígeno. Según me había dicho en varias ocasiones, el aroma de nuestro departamento, le trasmitía paz.
Deposité todas las llaves sobre un mueble que tenía próximo, el otro bolso en el mismo sofá, y me dirigí hacia él para abrazarlo por la espalda. Dejé un dulce beso en el hueco entre su cuello y hombro, y aspiré su perfume.
—Mi pequeño… mi dulce pequeño… —susurré contra su oreja y él giró la cabeza para que nuestras miradas se encontraran—. Me has hecho muchísima falta, ¿sabes? —agregué tomándolo por un lado del rostro sin deshacer nuestra posición. Paseé mis ojos por cada rasgo de su perfecta y delicada fisonomía hasta que descansé en su mirada nuevamente—. No sé cómo haré cuando salgas de urgencia en plena madrugada a causa de un llamado, Dr. Kaulitz.
—Ohh… pero aún falta mucho para eso —respondió girándose con suavidad y alzó los brazos para rodear mi cuello. Yo relajé mis manos en su espalda baja. Sonrió—. Además, no siempre responderé a esos llamados “urgentes”.
—¿Cómo que no? —alcé ambas cejas aún divertido—. Será tu deber como doctor.
—Pero no saldré de aquí bajo ningún motivo si estamos teniendo sexo —explicó tirando un poco de su agarre en mí para acercarme a su boca—, mucho menos cuando seamos esposos. Nada es más importante para mí que sentir cómo te mueves dentro de mí, Couch Trümper…
El pequeño era muy responsable con sus estudios, por lo que habíamos acordado que nos casaríamos cuando finalizara su carrera, ya que quería disfrutar al máximo y con total soltura de nuestra luna de miel, cosa que él creía no poder hacer si en su mente estarían las fechas de exámenes y prácticas profesionales todo el tiempo. Lo entendí, por lo que aguardaríamos un poco más.
Separó los labios y, cuando estuvo a punto de besarme, el timbre sonó. Se detuvo y nos miramos extrañados. Era viernes por la noche y no esperábamos visitas. De hecho, acabábamos de llegar. Miré el reloj de pared.
—Quizás sea mi hermano Georg. Son las 09:30 p. m. y, durante las últimas semanas, ha estado conduciendo hasta aquí después de cerrar su tienda, para platicar un poco —expliqué con tranquilidad. Dejé un beso en su frente y me acerqué al conmutador—. No sabe que hoy estarías de regreso y se encarga de que no pase tanto tiempo solo —continué entre risas al recordar su papel de “hermano mayor” y atendí para averiguar quién era—. ¿Sí?
—Señor Trümper, ¿cómo está? —saludó al otro lado y mi respiración se detuvo por un momento. No era posible—. Mi hijo ya se encuentra con usted, ¿cierto? Necesito hablar con él.
Miré a mi pequeño como acto reflejo y su expresión de alegría previa a oír aquella voz, se había esfumado como el humo de un cigarro.
—Dile que no estoy, que aún no he llegado —pidió acercándoseme—. Aún no me siento listo para verla.
Asentí y volví a activar el conmutador para contestar.
—Hey, señora Klum, qué sorpresa —espeté con falso asombro—. No, Bill aún no ha regresado.
—No me mienta, señor Trümper. Acabo de veros a ambos ingresar al estacionamiento del edificio en su coche —miré a mi pareja y este hizo una mueca con su rostro que no pude descifrar.
—Nos ha visto, pequeño…
—Pero yo no quiero verla, Tom —sus ojos se llenaron de lágrimas—. Maldita sea, ¿qué quiere después de casi veinticinco años sin importarle una mierda de mí?
Escupió con molestia y una lágrima descendió por su mejilla derecha, la cual apartó de inmediato y me dio la espalda.
—¿Señor Trümper? —insistió su madre al otro lado del comunicador y yo me aproximé a él.
—Pequeño… —lo llamé y supe que era el momento de contarle lo que yo ya sabía acerca de esa mujer, debido a que, por lo que me había contado vagamente en el Hotel, Heidi no le había dado muchos detalles de la verdadera razón de su aparición repentina. Lo hice girar al tomarlo con cuidado por la cintura y me miró aún molesto—. Yo sé por qué ha aparecido.
Frunció el entrecejo y se limpió las lágrimas.
—¿Qué? ¿Cómo lo sabes?
—Ella vino a verme el mes pasado, porque me dijo que tu padre te dejó una herencia millonaria —expuse al fin y sus ojos se abrieron como platos.
—¿Qué…? Pero si mi padre no tenía dinero…
—Por los papeles que Heidi me mostró al venir, al parecer, Jörg era muy reservado respecto a sus finanzas. Se encargó de hablar con un abogado y un escribano para dejar todo organizado, por si algo le ocurría, porque no quería dejarte en la calle.
—¿Y cómo es que mi madre supo de ello ahora, luego de siete años? ¿Cómo no se comunicaron conmigo?
—¿Trümper sigue ahí? Estoy esperando a que me deje ver a mi hijo —se oyó otra vez la voz de Heidi en tono imperioso, y yo cerré los párpados un momento. Suspiré.
—No lo sé, pequeño… Lo que sí sé es que, si no la atendemos ahora, volverá —asintió todavía viéndome con cierta incredulidad—. Iré a recibirla, ¿de acuerdo? Ella quizás pueda explicarte mejor toda esta situación.
—De acuerdo…
—Señor Trüm…
—Bajaré enseguida —la interrumpí con un dejo de brusquedad a causa de mi molestia por su insistencia. Me devolví a mi pequeño para dejar un profundo beso en sus labios y acaricié su rostro—. Tranquilo, yo estoy contigo, mi amor.
Cogí las llaves del apartamento y salí.
Al atravesar el hall, divisé dos figuras. Heidi había ido acompañada, pero no lograba ver quién era, ya que se encontraba hablando por teléfono, de espaldas a la puerta. Me extrañó que llevara puesto un chaleco —a pesar de hacer mucho frío, puesto que estábamos a mitad del invierno—, y guantes de cuero estilo rockero. Poco era lo que veía de él, pero intuía de quién podía tratarse.
Abrí y ella se aproximó de inmediato a la puerta.
—Tom. Volvemos a vernos —me echó una mirada de pies a cabeza—. Qué agradable —expresó con una sonrisa de lo menos genuina.
—Sí —respondí sin mucho esmero—. ¿Qué haces aquí? Quedamos en que te avisaría en cuanto Bill regresara de la Universidad.
—Ha vuelto hoy y no me llamaste —atacó de inmediato cambiando la tonalidad de su voz—, además de mentirme cuando te pregunté si él estaba contigo.
—Pues porque acabábamos de llegar. Ni siquiera ha desempacado.
—Eso no es mi problema. Debías llamarme.
—Quería hablar con tranquilidad con él un tema tan delicado como lo es la muerte de su padre —solté ya algo irritado por su falta de empatía.
—No se trata de la muerte de su padre, sino de los millones de billetes que ese sinvergüenza le dejó en el banco y, como nunca nos divorciamos legalmente, parte de eso me pertenece.
Abrí la boca para insultarla, pero me calmé a tiempo. La cerré al igual que mis ojos de manera prolongada mientras respiraba con profundidad. No podía creer lo interesada y desalmada que era esa tipa. Daba gracias que mi pequeño jamás tuvo contacto con ella hasta ahora. Lo mejor que esa mujer había hecho por él fue desaparecer de su vida, y en ese instante no me cupieron dudas de ello.
—Heidi —hice una pausa viéndola fijamente—, me gustaría que entendiera que acabamos de llegar de un extenso viaje. Su Universidad está a más de seis horas de aquí, y ambos estamos cansados. Sobre todo, Bill; no solo a causa del viaje, sino también porque ayer rindió su última materia en la tarde y hoy se levantó muy temprano para esperar a que fuera a por él. ¿Podría darle su espacio para recuperarse, por favor? —interrogué convocando a su lado materno sensible, atreviéndome a creer que tenía uno—. Permítale descansar este fin de semana y el lunes nos sentaremos a hablar, con mucho gusto, en una cafetería de la zona. ¿Está de acuerdo?
—Le preguntaré a mi marido. No sé si pueda el lunes. Si no recuerdo mal, tiene un concierto —dijo y yo la miré sin comprender. «¿Un concierto?».
Se fue adonde el tipo ese continuaba pegado a su móvil y se le colocó enfrente para que le prestase atención. Al cabo de unos dos o tres minutos aún en llamada, colgó y empezaron a hablar. Ella lo cogió del brazo y ambos se acercaron adonde yo estaba. Era de noche y el tipo llevaba puestas gafas de sol. Me pareció de lo más patético. Respiré con profundidad otra vez sin que lo notaran.
Al tenerlos más cerca, algo de aquel chaval me resultó familiar.
—Señor Trümper, le presento a mi esposo —dijo ella y él extendió su mano derecha en señal de que yo hiciera lo mismo—. Su nombre es William Kaulitz.
Alcé ambas cejas hasta el cielo sin poder disimular mi asombro cuando ese hombre se quitó las gafas.
—Pero puedes decirme Bill —sonrió de lado y el parecido físico con mi pequeño me pateó el rostro.
Tenía un piercing de argolla en su nariz, dos en su labio inferior y uno en su ceja derecha. Sus brazos ahora podía verlos claramente, y estaban tatuados. Vestía ropa negra y ajustada. Era un poco más alto que mi pareja, pero no tanto como yo. Sus brazos estaban trabajados y marcados por los sutiles músculos. Su cabello era lacio y rubio y lo llevaba prolijamente peinado hacia atrás. Su aspecto era mucho más joven que el de su esposa, lo cual no pude pasar desapercibido. Era como la versión treintañera de mi pequeño. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal.
—Eres…
—¿Muy parecido a mi sobrino? —habló encima de lo que le iba a decir, que en realidad era exactamente eso—. La verdad es que no lo conozco personalmente aún, pero con mi belleza —cogió a la madre de Bill por la cintura y, con un movimiento nada cordial, la atrajo hacia él. Ambos rieron—, hemos estado buscándolo en redes sociales hasta que dimos con su Instagram. Aunque no suele publicar fotos de él con frecuencia, las últimas que están en su perfil contigo, nos anotició de que nuestro parecido es increíble. Solo que yo soy la versión masculina —terminó de explicar y aquel último comentario provocó que mi sangre hirviera.
—¿Masculina? —alcé una ceja—. Te recuerdo que tu sobrino —miré a Heidi— y tu hijo —me devolví a aquel tipejo—, es un hombre.
Rio sarcásticamente abriendo mucho su boca y su esposa lo acompañó.
—¿Hombre? ¡Pero si le van los tíos! ¿Cómo puedes considerarlo un hombre? Es un marica.
Me le fui encima y lo cogí del chaleco hasta que su espalda dio contra la pared más próxima de la entrada. La madre de Bill se quejó al ser empujada por mi acción.
—¡No te atrevas a insultarlo, maldito!
—¡Oye, suéltame! —trató de echar mi cuerpo hacia atrás, pero sus delgados músculos no le ganaban a mi contextura basquetbolista —¡Solo fue una broma! —exclamó con una extraña sonrisa colgada de sus labios.
—¡Déjalo, Trümper! —gritó su esposa al colocarse a nuestro lado—. ¡No puedo creer que mi hijo esté con un tipo agresivo como lo fue su padre!
Agregó la tipa esa, pero no me importó. Me concentré en que William no se me escapara, y la discusión continuó por unos momentos.
—Bájalo, Tom —escuché a mi izquierda —lado contrario adonde se ubicaba Heidi— y fijé mi atención inmediatamente allí—. Aquí estoy, mamá.
Dijo mi pequeño y su mentón se elevó levemente al verla. Bajé a su tío de donde lo tenía y mi pareja fijó sus ojos en él. Enseguida los abrió sobremanera.
—Dios mío… ese hombre es igual a mí.
*
*
*
—¿Por qué somos tan parecidos? —le preguntó mi pequeño a su madre mientras veía con expresión incrédula a William, quien se había sentado frente a él, junto a su esposa, al otro lado de la mesa de nuestra sala—. Es decir… ¿cómo es posible? Ni que fuéramos hermanos gemelos separados al nacer.
—Supongo que está en los genes de tu padre —respondió Heidi sin expresión y abrió su bolso para extraer una cajetilla de cigarros del interior—. Puedo, ¿verdad?
—Preferiría que no lo hicieras dentro del apartamento, Heidi —dije con calma—. Ven, te acompañaré a la terraza para que puedas fumar con tranquilidad.
—¿La terraza? No, gracias. Está helando ahí afuera y vosotros vivís en el último piso. Debe hacer mucho más frío allí arriba.
—Yo sí quiero fumar —dijo William y su esposa lo miró de inmediato. Él cogió la cajetilla de cigarros junto a la lumbre y se acercó a mí—. ¿Me acompañas, Tom? En son de paz —agregó colocando ambas manos a la altura de su pecho como si se atajase de algo y sonrió—. Prometo no volver a hacer bromas pesadas.
Lo miré con recelo.
—Claro, sígueme —tomé las llaves que había dejado sobre la mesa y me acerqué a mi pareja para dejar un casto beso en sus labios—. Enseguida regreso, pequeño.
Vi a su madre hacer el rostro a un lado cuando la miré y, aunque no muy convencido de dejarlo a solas con ella por miedo a que con su frialdad inhumana lo lastimara, resolví que lo mejor era que mi pequeño se encontrara con la verdadera imagen de su madre y no con una construida por mí para evitar su sufrimiento. Solo de esa manera, él podría elegir si continuar vinculándose con ella o no.
Abrí la puerta del departamento y, tras dejarle paso a su tío, salí y cerré.
Continúa…
El capítulo 1 sigue a continuación. Gracias por la visita.
Iugh, Heidi no podría caerme peor, y ¿Cómo que se enredo con su cuñado? 😵💫
Sí, perdón. Es re pesada la Heidi, pero le quedaba el papel 🫠