
Administración: Leonela Paredes, escritora de «Peligrosa Obsesión» ha regresado al fandom con este Mini-Fic, están todos invitados a leer y comentar 🙂
«Tom» Fic TOLL de Leonela Paredes
Capítulo 1
Por Bill
—Buenas tardes —saludó mi padre al tipo que estaba en la recepción del sitio—, vengo a inscribir a mi hijo a clases de Baloncesto —agregó y yo abrí los ojos sobremanera.
—Por supuesto, señor. Necesito la identificación de su hijo y, en caso de ser menor de edad, usted debe completar un formulario para su inscripción.
Informó el recepcionista con simpatía y mi padre buscó en su pantalón; yo lo miré con el entrecejo fruncido tras ser golpeado por la noticia.
—¿Qué? —pregunté sacando las manos de los bolsillos de mi sudadera y me quité la capucha —con la que solía esconderme del mundo—, como si me preparara para evitar cualquier acción suya.
—Aquí tiene —dijo extendiéndole lo que identifiqué como el plástico de mi documento. Me había ignorado totalmente. De un manotazo, se lo arrebaté y lo miré mosqueado—. ¿Inscribirme a Baloncesto?
—¿Qué haces? —indagó restándole importancia a mi interrogación una vez más, lo cual no me sorprendió, ya que nada de lo que yo decía le resultaba relevante. Él siempre quería decidir sobre mi vida—. Devuélveme tu identificación para poder anotarte.
—¿Y cuándo acordamos que yo querría comenzar un deporte, Jörg?
—Y te he dicho que no me llames por mi nombre; soy tu padre —dijo viéndome con cabreo—. Esto es lo que tienes que hacer. Estás todo el día con estas porquerías en los oídos —respondió pegándole con el reverso de su mano a mis auriculares de bincha que, en ese momento, descansaban en mi cuello, ya que me los había quitado para averiguar de qué iba ese lugar al que me había llevado —ahora me daba cuenta— engañado—, y quiero que socialices con personas de la vida real.
—¿Socializar? ¡Pero si yo socializo en línea cuando juego videojuegos!
—¡Esos no son amigos, William! ¡Ni siquiera sabes si existen!
—¿¡Cómo que no!? ¡Hablo todo el día con ellos!
—¡No me importa lo que digas! ¡No discutiré esto contigo! Comenzarás a hacer Basquetbol y punto —culminó devolviéndose al tío que nos miraba con cara de póker, seguro sin creer la escena que estaba presenciando.
Sentí que la sangre me hervía de la rabia. Miré fugazmente hacia la cancha de Básquet en donde unos jóvenes reían y chocaban sus manos y parte de sus cuerpos entre sí a modo de festejo. Parecía que el partido había terminado.
Me enfermó el contacto corporal que debería soportar en caso de formar parte de un equipo de desconocidos igual que aquel, entonces, estallé.
—No quiero jugar Basquetbol, ni Fútbol, ¡ni una mierda! ¡Odio los deportes, te lo he dicho mogollón de veces! ¿¡Qué putas es lo que no entiendes de ello, maldita sea!? —escupí ya hasta la coronilla de ser embaucado por mi propio padre que insistía en llevarme a un club de actividades nuevo cada jodida semana, vistiendo el destino con una absurda mentira que yo siempre creía por estar zambullido en mi propio mundo bajo el abrigo de la música de mis audífonos.
—¡William Kaulitz, te he dicho que no quiero que uses ese lenguaje, mucho menos que me faltes al respeto! —me regañó al cogerme por un brazo deteniendo mi andar cuando enfilé hacia la puerta de salida del club en el que, en ese momento, estaban entrenando Básquet.
—¡Pues no te escuché, así como tú jamás me escuchas cuando te digo que algo no me gusta y no quiero hacer! —rematé soltándome de su agarre y lo enfrenté. Poco me importaba que fuera físicamente dos veces más grande que yo a causa de que mi cuerpo era delgado y aún no acababa de alcanzar mi estatura máxima, por lo que no medía más de 1.70 metros—. ¡Deja de buscar que haga deportes como tú no has podido por ser un pobre diablo frustrado! ¡Ocúpate de cumplir tus propias putas metas, Jörg!
Le grité y mis últimas palabras fueron acalladas con una fuerte bofetada que me desestabilizó y caí al suelo.
—¡Hey! —oí a lo lejos, pero no le presté atención, ya que el dolor en mi cara era de no ver. Sentía que no solo mi mejilla izquierda dolía, sino que, además, mi ojo también había salido afectado a causa del brutal golpe.
—Que sea la última vez que me faltas al respeto —sentenció Jörg y atinó a tomarme de la capucha de mi buzo, pero alguien lo detuvo, al cogerlo por la muñeca, y lo alejó de mí.
—No lo toque —mis ojos se fijaron en el dueño de aquella voz.
—¿Y tú quién te crees que eres, muchacho insolente? —cuestionó mi progenitor con el entrecejo fruncido y los ojos muy abiertos en clara señal de molestia.
—Que le baste saber que soy alguien que no tolera el maltrato a un menor —dijo el joven de cabello negro peinado con trenzas africanas, notoriamente sudado y con una gran playera blanca con detalles en azul que portaba el número 89 en medio. Sus pantaloncillos y calzado acompañaban el estilo de su playera, además de ser más alto que mi padre, aunque delgado, por lo que rápidamente deduje que era uno de los jugadores que había visto dispersarse en la cancha hacía unos minutos.
Se agachó para ayudarme a ponerme de pie tras cogerme suavemente por uno de mis delgados brazos y me hizo mirarlo a los ojos al alzar mi rostro por el mentón, inspeccionando el lado —a juzgar por su expresión— visiblemente dañado.
—Señor Kaulitz, cálmese, por favor —se escuchó la voz del recepcionista.
—Esto no te incumbe, es mi hijo —escupió mi padre dirigiéndose al pelinegro que me estaba defendiendo, y tuvo que girarse cuando el recepcionista volvió a llamarlo.
—¿Te encuentras bien? —me preguntó ignorando lo que Jörg acababa de decirle. Yo parpadeé repetidas veces mientras lo miraba, ya que sentía que mi ojo izquierdo no paraba de latir a causa del golpe recibido—. ¿Mm? —insistió ante mi letargo y puso algunos de mis negros y lacios cabellos tras mi oreja —asentí con lentitud y miré hacia un lado, por lo que tomé consciencia de que mis auriculares habían salido volando y, al caer al piso, se destrozaron. Mi mueca se tornó efímeramente triste.
Miré su hombro, ya que mi progenitor puso su mano allí para convocarlo. Inmediatamente, aquel joven se dio la vuelta deshaciendo el contacto y lo miró con seriedad.
—Quite su asquerosa mano de mí —soltó y mi padre alzó ambas cejas fugazmente sorprendido, puesto que enseguida todo su rostro mostró furia—. ¿Por qué diablos lo golpeó?
—Porque es un escuincle desobediente —respondió fulminándome con la mirada—, pero eso a ti no te importa, así que no te metas.
—¿Desobediente? —alzó una ceja mi salvador—. ¿Acaso piensa que tiene un esclavo que debe obedecer sus órdenes, viejo?
Expresó y noté que se iba hacia Jörg, quien no se quedaba atrás, ya que respondió acercándosele también. Abrí los ojos prediciendo un desastre. De manera súbita, aparecieron dos jóvenes que sostuvieron al pelinegro que me defendía y el recepcionista rodeó el mostrador para detener a mi padre.
—Tranquilo, Tom —dijeron los dos que lo cogían por los brazos que, al observar más detenidamente su vestimenta, supe que se trataba de dos compañeros de su mismo equipo.
«¿Tom?», me pregunté de inmediato. ¿Ese era su nombre?
Discutieron un par de minutos más. El recepcionista terminó por pedirle a mi progenitor que volviera al otro día cuando estuviera más calmado y viera qué decidíamos respecto a la inscripción, ya que no veía interés en mí de practicar aquel deporte.
Al pelinegro se lo llevaron sus compañeros luego de hablar un poco más e intervenir en la riña que estuvo a punto de desatarse entre Jörg y él. Yo, por mi parte, me abstraje de la situación al verlo partir y, cuando mi padre tiró de mi brazo para llevarme fuera del lugar, me volteé una última vez y vi al muchacho de trenzas viéndome desde el umbral que separaba el campo de deportes y la recepción. Fijé la vista al frente otra vez y tragué saliva un tanto nervioso.
Jörg abrió la puerta del acompañante de su carro, me obligó a sentarme dentro, la cerró con fuerza y enseguida ocupó el asiento del conductor para echar a andar.
&
Lo vi chocar una de sus manos con la de su compañero y seguidamente sus hombros uno contra el otro compartiendo una afable sonrisa. Supuse que había llegado a tiempo: el entrenamiento acababa de finalizar.
Se aproximó a las bancas y cogió una mochila negra, de la cual sacó una toalla y una botella con agua; la abrió y echó un poco de su contenido sobre su rostro ocasionando que el líquido chorreara hacia su cuello y mojase sus ropas. De inmediato pasó la tela por su cara y comenzó a secarla, así como, además, su cuello y nuca. Tragué un puñado de clavos torcidos en lugar de saliva a causa de la ansiedad que me producía el simple hecho de imaginarme yendo hacia él para empezar a hablarle. ¿Qué le diría? Lo había visto solo una vez y no había sido en circunstancias agradables; sumado a que ni siquiera le había dirigido la palabra. Debía hallar una excusa para entablar una conversación, pero, ¿cuál? Se lo veía bastante mayor como para que se detuviera a platicar con un joven de 16 años. Por un momento, me odié por ser esclavo de mi delatora apariencia adolescente; quizás, de aparentar más edad, me sería más sencillo ponerme a la par. O, tal vez, si hubiera nacido un par de años antes… «Pero ¿qué estás pensando, Bill Kaulitz? Si no quieres aparentar la edad que tienes, deja de tener pensamientos tan pendejos», me recriminé mentalmente y cerré los ojos por un segundo respirando con profundidad. Cuando los abrí, la desaparición de aquel joven de trenzas negras, me empujó. Hacía un instante lo tenía a metros de mí, secando su rostro, y ahora de pronto no estaba. ¿Dónde se había ido? ¿Tan rápido se esfumó?
«Idiota, vives en tu mundo y te disocias con tanta facilidad que, tanto la vida como las personas que están en ella, se te pasan como las hojas de un libro abierto agredido por un viento indomable».
Mi corazón latió con fuerza tras ser asaltado por la posibilidad de no volver a verlo aquel día en caso de que se hubiera ido del lugar. Miré hacia todos lados mientras caminaba en dirección hacia donde se dirigían algunos de los jóvenes que vestían con ropas del mismo equipo que él. Llegaron a una amplia puerta e ingresaron. Tras aguardar unos breves minutos, me asomé con disimulo y me di cuenta de que se trataba de los vestíbulos. Entré. Misteriosamente, los chavales que habían ingresado previamente, ya no estaban, aunque se escuchaba el ruido de las duchas. Eso me daba una idea de adónde podían hallarse todos, incluyendo a mi salvador de trenzas.
Sacudí mi cabeza de un lado a otro con frenesí. No podía creer que hubiera llegado tan lejos con tal de ver al tipo ese.
Mis ojos identificaron la mochila negra con la que lo había visto hacía un rato en las bancas, entonces me acerqué allí y noté que tenía el cierre abierto. Cuando iba a cogerla para cerrarlo y retirarme —ya que cada segundo que trascurría me convencía más de que todo aquello era una jodida locura—, identifiqué algo en su interior: eran unos auriculares de bincha similares a los que se me habían roto a causa del incidente con mi padre días atrás. «¿Así que tú también los usas de compañía?», cavilé con una sonrisa mental. Iba a agarrarlos solo para verlos, pero una voz me sobresaltó al tiempo en que me giraban bruscamente tras cogerme por el brazo, consiguiendo que la capucha que me recubría la cabeza cayera hacia atrás, y quedé expuesto.
—¡Hey! —nuestros ojos se encontraron y la expresión de cabreo en su rostro se suavizó—. ¿Tú?
—Hola… —dije sin saber qué decir en realidad.
Fue aflojando su agarre hasta que me soltó.
—Perdóname si te asusté, no tenía idea de que fueras tú y creí que alguien estaba queriendo robar mis cosas. Pero, ¿qué haces aquí?
—Vine a… agradecerte por defenderme el otro día… —respondí con vaguedad en mi tono de voz, ya que no pude pasar por alto que estuviese solo con un bóxer y una toalla blanca que caía por sus hombros al haber sido acomodada tras su nuca—. Reconocí tu mochila y… siendo honesto, captaron mi atención los audífonos que llevas dentro de esta.
—¿Cómo supiste que se trataba de mi mochila y no de la de otro? —indagó con recelo.
—Tsss… —hice un gracioso sonido al colocar la lengua contra el interior de mis dientes, ya que me vi pillado. La respuesta que debía darle me delataría—, pues porque te he estado observando jugar hoy…
—Ah, ¿sí? ¿Y eso por qué?
—Como te dije —carraspeé un poco apartando la mirada—, quise venir a agradecerte por defenderme de mi padre el otro día.
—No es nada, pequeño.
—¿Pequeño? —alcé mi ceja izquierda a modo de descontento con aquella forma de llamarme y se me escapó una mueca de dolor, ya que ese era el lado en el que Jörg me había golpeado y aún dolía—. ¿Qué edad piensas que tengo para llamarme así? —pregunté con intenciones de que mi gesto pasase desapercibido, aunque no funcionó.
—Todavía te duele, ¿verdad? —indagó arrastrando su pulgar por el contorno de mi ojo amoratado.
—Sanará —contesté y me coloqué nuevamente la capucha de mi sudadera—. ¿Cuántos años crees que tengo como para llamarme pequeño? —insistí desestimando su preocupación por mi herida. Me miró con cierta duda en su expresión, pero respondió con seguridad.
—No más de unos quince o dieciséis.
Hice mi rostro a un lado, molesto por mi soplona apariencia adolescente.
—¿Me equivoco? ¿Acaso tienes menos edad?
Me devolví a él con el ceño fruncido.
—No. Tengo dieciséis —contesté con desdén—. ¿Y tú? ¿Cuántos años tienes?
—Te toca adivinar —dijo con una simpática sonrisa y se dirigió hacia el casillero que estaba frente a la banca donde descansaba su mochila. Lo abrió y extrajo un par de prendas de su interior. Se quitó la toalla de los hombros y comenzó a vestirse.
Observé cada uno de sus movimientos, como si lo viese en cámara lenta, y mis hormonas se alborotaron de repente. Abrí los ojos como platos cuando sentí una presión en mi pene preso de los pantalones. Me di la vuelta simulando estar inspeccionando parte de lo que nos rodeaba y hablé:
—Um… poco más de veinticinco.
—Cierto, tengo 31 años.
—Ohh… pareces mucho más joven, pero eres grande…
—¿Grande? —percibí su figura próxima a la mía al colocarse tras mi espalda, entonces giré mi cabeza levemente hasta que pude verle la cara otra vez al alzarla debido a la diferencia de altura—. ¿Qué de mí te parece grande? —indagó con una media sonrisa colgada de sus labios y yo, no sé por qué, repentinamente me puse muy nervioso.
—¿Puedo venir a verte jugar la próxima semana? —cuestioné luego de carraspear en el intento de salir a flote de aquella piscina de vergüenza en la que me habían sumergido los pensamientos impuros que cachetearon a mi imaginación. Pasé totalmente por alto su última pregunta.
—¿Te interesa el Basquetbol?
—Sí —respondí luego de desviar la mirada.
—Eso no fue lo que le dijiste a tu padre el día que vino a inscribirte.
—¿Cómo sabes eso?
—Para hacerme el misterioso, te diría que yo me entero de todo… pero la verdad es que Lenny, el recepcionista, es muy chismoso. Solo le pregunté qué había ocurrido y soltó la lengua.
Miré hacia arriba a modo de no poder creer lo boquiflojo de aquel chaval.
De pronto, me quitó la capucha con suavidad, se colocó frente a mí al agacharse un poco, y pude verlo mejor. Ya vestido con ropas negras y amplias, al menos dos o tres talles más grandes de las que debería usar en realidad, lo hacían lucir malditamente sexy. Sus ojos descansaron en los míos y volvió a sonreír.
—Te molestas por lo metiche de Lenny, pero tú has estado husmeando en mi mochila, pequeño.
—Ohh… pero eso fue porque los audífonos que vi dentro, son similares a…
—…los que traías puestos hace tres días y luego del golpe que te dio tu padre, cayeron al piso y se rompieron. ¿Cierto? —completó lo que estaba diciendo y lo miré incrédulo.
—Eso…
—No son similares a los tuyos, son exactamente los mismos, pero nuevos —alcé ambas cejas hasta el cielo—. Vi toda la escena y escuché los gritos de tu padre al decirte que “vivías con esas cosas en las orejas”, por lo que deduje que, con esas cosas, se refirió a tus auriculares. Y que, si vivías con ellos en los oídos, debía ser porque te gusta mucho escuchar tu música. Cuando noté tu expresión dolida tras verlos tirados en el suelo al momento en el que me aproximé a ti, supe que significaban mucho, así que te compré unos nuevos e iba a dártelos cuando volviera a verte si es que regresabas con tu padre al otro día, tal y como me dijo Lenny que le había sugerido a él. Pero jamás volviste, al menos, no en el horario en el que yo estaba, así que los dejé en mi mochila con la esperanza de verte otra vez… —aclaró su garganta apartando la mirada un efímero segundo—, y poder entregártelos.
Me quedé atónito y sin saber qué decir. Era la primera vez que alguien prestaba tanta atención a algo que me involucraba y, como si fuera poco, tenía intenciones de hacerme un obsequio. Tragué saliva sin poder apartar mis ojos de los suyos tan cerca.
—¿Quieres decir que esos audífonos de bincha que vi en tu mochila, son para mí?
—Ujhú… —contestó haciendo un suave sonido desde su garganta.
—No tenías por qué molestarte…
—No es molestia, pequeño —habló y me dio la espalda un momento. Se giró de nuevo hacia mí con los auriculares en las manos, los pasó por encima de mi cabeza para que colgaran alrededor de mi cuello como los llevaba puestos el día que se rompieron los míos, y volvió a colocarse frente a mi rostro—. Son tuyos.
—Gracias, Tom… —dije en voz muy baja pese al asombro. Me dediqué a observarlo con precisión. Sus ojos eran color miel, su nariz perfecta y en su labio inferior tenía un piercing con dos bolitas negras que resaltaban en el claro tono de su piel.
—Sabes mi nombre.
—No eres el único que puso atención a la inesperada escena de aquella tarde —inconscientemente, me relamí los labios antes de volver a clisar mis ojos en los suyos—; tus amigos te llamaron Tom cuando te detuvieron antes de que te liaras con mi padre.
Rio divertido.
—Bien, pequeño. Tú eres William, ¿verdad? Así te llamó…
—Así me llama Jörg —aparté el rostro con molestia—, pero prefiero que me llamen Bill.
—Hey…, tranquilo —espetó en tono bajo y calmo haciendo que lo mirara nuevamente tras cogerme por la barbilla—. Me gusta tu nombre —sonrió con ternura—, pero, ¿puedo llamarte pequeño?
Mi cabeza se inclinó hacia la derecha sintiéndome hipnotizado por su buen trato.
—Tú puedes llamarme como quieras… —brincó de mi honestidad a sus oídos y parpadeé repetidas veces al percatarme de mi comportamiento fuera de lugar—, quiero decir, sí —aclaré mi garganta—. Tu ropa también es grande. —agregué refugiándome en aquella pregunta que no le había respondido minutos atrás, aunque percibía que había algo sexual, implícito, en toda nuestra inesperada conversación—. ¿Por qué usas ropa tan ancha?
Se acercó a mi oreja y habló en tono bajo.
—Porque, en caso de tener un inconveniente allí abajo, no quedo en evidencia.
Contestó y se posicionó frente a mi rostro otra vez, con una ceja arqueada y una media sonrisa en combinación. Yo lo miré sin comprender hasta que su mirada bajó sin deshacer la expresión, y enseguida la devolvió a la mía.
Bajé mi cabeza levemente poniendo atención al sitio que me señalaba, entonces, lo entendí todo: tenía una notable erección bajo mi apretado jean.
¡Carajo!
&
—Jugaste muy guay —expresé mientras caminaba a su lado hacia la salida del club.
—¿Ahora entiendes algo de qué va el Baloncesto como para diferenciar si jugué bien o mal? —preguntó divertido y buscó algo en su mochila sin detener su andar.
Yo reí mentalmente, aun con las manos dentro de mi sudadera, pero ya sin llevar puesta la capucha. Mi ojo había sanado poco más de una semana atrás, así que no me urgía esconder mi cara. Además, desde que comencé a asistir a los entrenamientos de Tom para verlo jugar, me había pedido que me quitase la capucha al menos al estar en presencia de él, alegando que, en los momentos en los que podía echar un vistazo hacia las bancas para verme, le gustaba distinguir las expresiones de mi rostro sin obstrucción de la tela que me cubría gran parte.
Para poder ir a verlo entrenar le pedí a Jörg que me inscribiera en aquel deporte, con la excusa de que él tenía razón y yo ahora quería socializar más con “gente real” (como él les llamaba), así que le dije que, esos días, me quedaría en el club con mis nuevos amigos. De esta manera, hacía un mes asistía con la ropa del equipo de mi categoría, en donde practicaba de 05:00 p.m a 06:00 p.m., para luego quedarme hasta la noche y poder ver a Tom entrenar en su propia categoría. Y, claro, después pasábamos mucho tiempo platicando. También le había dicho a mi padre que la condición para esforzarme en practicar aquel deporte era que no fuese a verme entrenar, con el cuento de que me ponía muy nervioso, además de que no quería que mis nuevos amigos me vieran como un “nene de papá”. Yo iba a avisarle cuando em apuntara a los partidos amistosos allí o en otros clubes para que asistiera, si quería. Como era de esperar, lo aceptó, puesto que poco le importaba verme hacer algo como tanto me insistía, más bien su urgencia era que yo cumpliese su sueño frustrado. Para mí, su desinterés era mucho mejor, ya que no quería que se cruzase con Tom en el club. Lo que había ocurrido entre ellos el día que lo vio por primera vez, sabía que no lo olvidaría.
Con el transcurso de las semanas, Tom y yo nos habíamos hecho muy cercanos, por lo que, no solo hablábamos mucho al vernos en el club, sino que también lo hacíamos por mensajes los días en los que ninguno de los dos debía entrenar; aunque igualmente texteábamos todo el tiempo, nos viésemos o no. Cada noche, al terminar las prácticas, él me acercaba hasta mi casa, sin llegar a aparcar en la entrada de la misma, para evitar que Jörg se percatase de que un adulto que él desconocía me llevaba a mi hogar a altas horas de la noche. Mucho menos deseaba que descubriera que aquel adulto era el mismo con el que casi se lía en el club adonde le había pedido que me inscribiera.
Llegamos a su coche —que lo había dejado bastante alejado esa noche porque no encontró lugar cerca para estacionar—, le quitó la alarma y nos introdujimos en él.
—No lo sé, pero haces mucho más de lo que yo haría en mil años —respondí con tranquilidad mientras me colocaba el cinturón de seguridad—. Yo hace un mes que comencé y aún estoy muy duro para correr y eso. Tú te mueves muy bien en la cancha.
—No es el único lugar en donde me muevo muy bien, pequeño —soltó de pronto y un calor abrazó mi rostro al imaginarme en su cama, gimiendo contra su cuerpo.
—Ohh…, ¿y me dejarás averiguarlo algún día?
—¿Te gustan los hombres mayores que tú, Bill?
—Me gustas tú —me animé a confesar en tono suave, pero lascivo, y un calor me envolvió el rostro. Yo no era así, por ende, esperaba no haberme puesto rojo como un tomate.
—Así que te gusto… —dijo con asombro, pero igualmente maravillado. Sus ojos brillaban.
—Ujhú… —me mordí el labio, algo apenado por mi inesperado comportamiento desinhibido. Tom me había atraído desde el primer momento en el que apareció en mi vida y no me importaba nuestra diferencia de edad—. ¿Qué dices? ¿Me dejarás averiguar algún día en qué otro lugar te mueves tan bien como en la cancha de Baloncesto?
—No lo sé. Eres muy pequeño —contestó con una provocativa sonrisa en sus labios al tiempo en que sus ojos se paseaban por mi delgado cuerpo escondido bajo la oscura ropa—, no quiero romperte.
—¿No quieres romperme o eres un cobarde que teme que luego le mole romper pequeños?
El gesto en sus labios se desvaneció instantáneamente. Sabía, por lo que hablábamos a diario, que él era muy competitivo, por lo que, insinuarle el puesto de cobarde, le significaría un puñetazo a su ego.
—No me provoques, pequeño. No tienes ni idea de lo que sería capaz hacerte.
—¿Y qué esperas que no me lo demuestras?
Parpadeó una vez, claramente sorprendido por mi comentario desafiante, y lo vi respirar cada vez más agitado. Su mirada se fijó feroz en mi boca, entonces me relamí los labios, llamándolo. Los suyos se abrieron levemente y volvió a conectar nuestras miradas; pensé que diría algo; no obstante, en lugar de ello, tragó saliva y me besó. Cerré los párpados y gemí extasiado por el quimérico contacto. Era mi primer beso y era con un hombre, mayor que yo, muy apuesto y que estaba interesado en mí. Era perfecto.
Desabroché mi cinturón de seguridad dejando que se devolviera a su lugar de origen, sin deshacer el contacto y permitiendo que sus experimentados labios les enseñaran a los míos de qué manera le gustaba ser besado.
Con una mano en mi nuca, me apretó contra su rostro para profundizar el beso, entonces su boca comenzó a moverse salvajemente; como si hubiera estado aguardando por ese momento desde hacía tiempo. Me aferré a su sudada playera encerrándola en mis puños con intenciones de que no se alejara. Modificó la posición de sus manos para mover mi cuerpo al cogerme por debajo de las axilas, y me colocó encima de su regazo, entre él y el volante del auto. Oí el clic que hizo ahora su propio cinturón de seguridad, entonces supe que se había librado de él al igual que yo lo hice antes. Acomodé mejor mis piernas a cada lado de su cadera y, tras apoyarme mejor contra su pelvis, percibí el gran bulto bajo la fina tela de sus pantaloncillos de Basquetbol que nada disimulaban una erección; y la suya era gigante. Me separé de su boca con los ojos muy abiertos y, por inercia, bajé la mirada centrándome en su parte baja. De inmediato volví a clisarla en él encontrándome con una perversa sonrisa tomando el mando de su expresión, entonces ahora fui yo quien tragó saliva.
—Te darás cuenta de que no soy grande solo por mi edad y por las ropas que uso, pequeño —dijo en tono sensual contra mi boca sin concretar un nuevo beso.
—Tom, yo… —iba a decirle que yo era virgen y que no estaba seguro de cómo o qué hacer exactamente en una situación tan caliente como aquella. Mucho menos sabría cómo manejar un pene tan grande si su propósito era que intimáramos en su auto, pero no pude decir nada. Su boca volvió a fusionarse con la mía sin darme oportunidad de exponer aquella importante información.
Mis manos, inseguras de cómo reaccionar, se pasearon por su nuca y cuello en un intento de caricias que, con suerte, lo encenderían tanto como las suyas lo hacían sobre mí. Jadeé contra su boca cuando su dura polla se frotó con la mía que estaba bajo el jogging que simulaba ser parte de mi falso interés dentro de la cancha de Básquet. Reclinó todo el asiento hacia atrás, por lo que quedé prácticamente recostado sobre su cuerpo y sus manos serpentearon hacia el interior de mi pantalón y bóxer para enseguida apretar mis nalgas firmemente.
—¿Así que quieres que te rompa, pequeño? —preguntó tras separarse para verme y deslizó sus dedos hacia mi ano. Parpadeé como si sus palabras hubieran cacheteado a mi lado morboso, anoticiándome de que yo no era más que un boquiflojo alardeante, ya que lo poco que sabía acerca del sexo se trataba de lo que veía en televisión a altas horas de la noche cuando mi padre caía rendido en su cama. Ni siquiera tenía computador como para decir que veía porno a diario y me había hecho un experto a nivel “teórico” acerca del tema y que solo me faltaba la práctica—. Este frágil cuerpo adolescente que tienes me excita mucho cada vez que te tengo cerca o, incluso, al recordarte cuando estoy solo en mi casa —agregó y noté dos de sus dedos deslizarse de arriba abajo en el camino de mi agujero, sin llegar a penetrarme—. Muero de ganas por estar allí adentro, ¿sabes?
Quitó esa mano de mí, para llevarse esos dos mismos dedos a la boca y los ensalivó. Inmediatamente los devolvió a mi culo, entonces me penetró con ellos. Abrí los ojos sobremanera al igual que mi boca ante lo inesperado de su acción y me besó otra vez. Ahora su lengua había adoptado un ritmo nada cortés dentro de mi boca, simulando una penetración, mientras sus dedos la imitaban en mi trasero. Me costaba respirar, su lengua era tan ancha que conseguía abarcar gran parte de mi cavidad; sin mencionar que la nueva y extraña sensación que producían sus dedos en mí, también me quitaban el aire.
—Mm… eres muy estrecho, pequeño —susurró contra mi oído al abandonar mi boca por un momento—. ¿Por qué ahora no dices nada? Aún no te he comido la lengua.
Añadió en tono lascivo y arrastró su músculo gustativo por detrás de mi oreja.
—Oh, Tom… —se me chorreó de las cuerdas vocales cuando sus dedos, en concordancia con su acción en mi oreja, comenzaron a moverse dentro de mi cuerpo con mayor insistencia.
Empezaba a disfrutarlo…
—Maldita sea, no puedes gemir mi nombre así; solo tengo dos dedos en tu interior —dijo cogiéndome por el mentón con firmeza para que lo mirara a los ojos. Su labor en mi culo no se detenía; al contrario, cada vez notaba que hacía movimientos más pronunciados, los abría y cerraba, los hundía y curvaba como si tratase de tocar algo allí adentro. Me hacía flipar—. Quiero romperte en mi cama.
Soltó de repente y yo entreabrí los ojos muy levemente, aún ensimismado en mi propio disfrute.
—Hoy vendrás conmigo —dijo en tono demandante y quitó sus dedos de mí. Me acomodó el jogging y me ayudó a devolverme al asiento del acompañante para enseguida acomodar el suyo y quedar como antes—. ¿Tú quieres, o sentir mi duro pene contra el tuyo por encima de la ropa te ha asustado?
Lo miré con falsa molestia, entonces metí mi mano derecha bajo mi pantalón empezando a masturbarme sin deshacer el contacto visual. Separé mis labios y empecé a jadear. Su mandíbula se desencajó y me detuvo al presionarme por arriba de la prenda.
—Hey, tranquilo, pequeño. Deja que sea yo quien me encargue de ti esta noche —espetó en tono grabe y sensual. Me mordí el labio inferior sin dejar de verlo y encendió el auto para echar a andar.
Continúa…
Gracias por la visita, te invitamos a leer más este fin de semana.
Omg un gran regreso de la autora 🥹💖, espero con ansias los siguientes capítulos esta muy emocionante y se ve que será fuerte esta historia que genial !!
Estoy muy feliz de haber sido recibida nuevamente con tanto cariño ❤️
¡Mil gracias por leer! 😊✨
Me quedé boquiabierta, ay, no ps que miedito. Nada que ver, pero desde hace tiempo quise leer tu fic Peligrosa obsesión, pero el tiempo me gana, pero con este minific se re nota lo interesante que son tus historias JSJSJS en fin, haces arte.
Jajaja muchas gracias por tus palabras 🥹❤️ «Peligrosa obsesión» la estaré publicando como libro dentro de poco, a través de la editorial Tinta Libre 🤭 Es una nueva edición con capítulos nuevos y sorpresas 😉 jajaja
¡Gracias por leer! 🤍
Qué gran capítulo y largos que es lo mejor que gran regreso de la gran Leonela paredes comprare tu libro de ob peligrosa 😉
Más tierna, Julieth 🥹 gracias por pasar por aquí a leer lo nuevo, cielo y espero disfrutes también lo nuevo que se viene de P.O. 🤍
Hola, no sabes el gusto que me da que hayas vuelto al fandom Leonela, y lo feliz que me hace que leer algo tuyo.
Me está encantando la historia
Ai… hola, cielo 🥰 a mí también me da gusto regresar y poder reencontrarme con ustedes. 🤍
Espero que disfrutes de esta nueva historia. ✨
pequeño como MPQ
Este comentario me aparece rari a destiempo 👀 jajaja
Holu 🌈 ¿MPQ? ¿»Mi profesor de Química», puede ser? 🤔 ¡Es verdad! Es la obra de hace muchos años, de un colega escritor excelente. 🫶🏻 Me desbloqueaste un bello recuerdo. 🥹