
Fic Toll de Namyukaulitz
Capítulo 3
Día dos de frescura.
El patio del penitenciario estaba soleado.
Pero aun así, habían reos jugando en la cancha o ejercitándose en los costados.
Bill estaba detrás de las bancas, los guardias en general no le prestaban mucha atención, ya que consideraban que era un reo dócil, casi hasta pusilánime.
En su mano tenía una manzana.
Le dio una mordida, crujiente que resonó.
Escuchó unos pasos cerca de las bancas, y de repente ya tenía una sombra sobre él.
Alzó la mirada, manteniéndose de cuclillas.
—¿Estás son manzanas? —preguntó el contrario.
Bill asintió.
—Lo son, Bushido… —respondió Bill.
—¿Pero tú no eras alérgico? —preguntó Bushido, que era otro reo.
—Simplemente no me gustan, pero mi esposa me las trajo… Aunque sabe que las odio, ¿las quieres? Son dos —ofreció Bill, alzando los hombros y extiendo la manzana.
Bushido sonrió y de inmediato arrebató la manzana de su mano, dándole una gran mordida.
Bill le dio la otra mientras se ponía de pie. metiendo las manos en su bolsillos y bajando la mirada.
—Uhmmm, son deliciosas… Extrañaba el sabor de estas mierdas —exclamó Bushido con una gran sonrisa.
Bill se rió suavemente, encogiéndose de hombros.
—Por favor, si los reos te preguntan o incluso los guardias dile que te las trajeron tu familia o te las dio otro reo, no quiero que le vayan con la voz a mi esposa de que regale lo que me trajo, porque de seguro no me traerá nada de nuevo —pidió Bill, casi lastimero.
Bushido asintió.
—Por supuesto, viejo, no te preocupes —aseguró Bushido, dándole un golpe en la espalda.
A lo que Bill simplemente se rió, tenso, sabía que Bushido era uno de los tipos más pesados del penitenciario.
&
Día tres de frescura.
Bill observó a su compañero dormir, eran las nueve de la mañana, pero en cuanto el desayuno había terminado y los llevaron de nuevo a las celdas para esperar ir a los baños a asearse.
Estaba recostado sobre su cama, leyendo un libro.
Con su cabello recogido.
De repente estornudo, por lo que busco un pañuelo y se lo acercó al rostro, para sonarse la nariz.
Y mientras un guardia vigilaba las celdas desde afuera, caminando desde un extremo a otro.
Bill se levantó de su cama, soñando se sonoramente.
El guardia se detuvo frente a la celda de Bill.
—¿Está enfermo, Kaulitz? —cuestionó con voz grave.
Bill negó limpiándose con la nariz.
—No… Bueno, no lo sé. Si me siento mal se los diré —contestó el azabache.
El guardia asintió y pasó de largo, viendo de reojo como Bill se acercaba a la pequeña ventana de la celda, la cual estaba regada, pero aún pasaban los rayos fuertes del sol.
Bill puso su pañuelo en el borde de la ventana, para que se secara, aunque la tela estaba doblaba cuidadosamente y no estaba húmedo.
Se rascó la cabeza, sorbiendo de su nariz, y de entre sus hebras negras sacó su navaja suiza, presionando el pañuelo con la navaja, con fuerza, hasta sentir la tela suavizada.
Después se volvió a rascar nuevamente la cabeza, metiendo entre sus hebras la navaja, y dejó el pañuelo bajo el sol.
Ese día hacía mucho sol, así que su pañuelo se secaría pronto.
&
Día cuarto de frescura.
El comedor estaba lleno, Bill caminaba con su bandeja, y giró la cabeza para ver hacia la mesa donde Bushido estaba comiendo, cuando sin querer, se chocó con un hombre con la piel pálida, casi amarilla, haciendo que tirara su bandeja.
—Maldita sea, ¿acaso no ves? —preguntó el hombre, viendo su comida en el piso.
Bill vio lo que había provocado al chocar con el contrario.
—Ahora tendrás que darme tu almuerzo, basura —exigió el mayor.
Bill notó que los guardias en los extremos observaban el pequeño altercado, por lo que, rápida extendí su bandeja.
—Lo siento, puedes comerte mi comida… No fue mi intención, pero sé que lo necesitas más que yo… —masculló Bill, sabía que ese reo tenía problemas en su hígado por eso su piel era amarillenta.
El reo tomó su bandeja, y se dio la vuelta.
Bill se quedó parado, viendo como aquel enfermo se sentaba con Bushido, pues eran buenos amigos.
Suspiró, se había quedado sin almuerzo, pero no había problema, la comida del penitenciario era una basura de todos modos.
Esa tarde, mientras estaban en el patio, el amigo de Bushido comenzó a sentirse mal, vomitando y sudando como loco.
Bushido soltó la manzana que tenía en la mano para ayudar a su amigo mientras los guardias se acercaban a ayudar al reo.
Bill estaba sentado sobre las bancas, cuando ocurrió aquello, casi ninguno de los otros reos se sorprendió, pues ese reo enfermo ya tenía esa fama de ponerse mal de repente.
Pero esta vez su malestar levantó las alarmas de los guardias después de haberlo llevado a la enfermería.
Pues, sus exámenes de sangre indicaron que tenía una cantidad de cianuro en el cuerpo, que no había sido procesado por su hígado.
Eso levantó las alarmas, pero en ese momento los guardias se quedaron callados, preocupados porque alguien estuviera traficando ese tipo de cosas nocivas.
Durante la noche, aunque los guardias intentaron ser discretos, entre voz y voz, la anomalía ya se había regado en las celdas.
Su compañero de celda miraba paranoico hacia afuera, al otro lado de las rejas.
—Nos están envenenando… —soltó el hombre canoso.
Bill alzó la mirada y se acercó a su compañero, era un hombre ya mayor, casi de la tercera edad, que estaba preocupado por morir dentro del penitenciario, aunque había sido un violador y por eso estaba ahí.
—Nos van a matar… No quiero morir envenenado, ¿tú sabes algo? —cuestionó su compañero, viéndolo directamente a los ojos.
Bill desvió la mirada, mostrándose temeroso.
—Yo no creo que nos estén envenenando… Sino también ya estaríamos enfermos —respondió Bill. —Aunque… El cianuro no es tan difícil de conseguir.
—¿De qué hablas? —preguntó el mayor.
—Sí no mal recuerdo, hay una fruta… Creo que son las, ¿bananas?, no me acuerdo, pero hay una fruta que tiene cianuro —arguyó Bill en voz baja.
—No son las bananas, son las manzanas, sus semillas tienen cianuro —informó el canoso.
Bill asintió rápidamente y se encogió de hombros, acercándose al contrario.
—Sí, esa fruta, ¿y sabes quién ha estado comiendo manzanas recientemente? Bushido… —contó Bill, en voz baja, asustado viendo de reojo al resto de las celdas. —Ese tipo era su amigo, y ahora resulta que él tiene cianuro en su organismo, eso no es, ¿raro? Bushido es un tipo turbio…
El contrario lo escuchó atentamente.
—Quién sabe porqué lo habrá hecho, pero espero no hayan más afectados… —continuó Bill.
&
Día cinco de frescura.
Bill estaba en la fila del comedor, esperando su turno para poder recibir comida.
Cuando un grito sobresaltó a todos.
—Tú lo envenenaste —acusó el canoso, señalando a Bushido. —Guardias él está envenenado a los presos, él le dio el cianuro.
Bushido frunció el ceño y se acercó al hombre, dándole un golpe, haciendo que cayera encima de una mesa.
Bastaron segundos para que el problema se hiciera grande y los guardias en el comedor no fueran suficientemente para contener la pelea entre reos que se estaba formando.
Aprovechando el disturbio, algunos presos se rebelaron en medios del caos, aquellos que aprovechaban cualquier oportunidad para desquitarse de los guardias que eran más abusivos.
Se armó un motín.
Bill bajó al suelo cuando los disparos comenzaron, agachado junto a otros reos.
El personal de cocina se ocultó detrás de la mesa bufetera, y Bill vió como algunos reos se metían también detrás de la mesa bufetera, pero para escapar de los disparos.
Él hizo lo mismo, arrastrándose por el suelo, en medio del caos, deslizarse a la cocina no fue difícil, pues varios habían ido a esconderse ahí también.
Algunos reos tomaban comida o cuchillos en la cocina.
Bill se quedó pegado a una pared, intentando pasar desapercibido.
Fijando su mirada en los cilindros de gas, y las mangueras conectadas a la cocina.
Iba a escapar por las alcantarillas que estaban detrás de la cocina, ya las había visto cuando los hacían correr en el patio, pero, observó sus brazos tatuados, en especial el tatuaje de Tom.
Una de las formas en las que encontraban a los reos que escapaban era por los tatuajes.
Tuvo una idea, podía salir muy bien o mortalmente mal.
Pensando en su familia, Bill decidió tomar el riesgo.
Sacó su navaja suiza de entre su cabello, haciendo que cayera sobre sus hombros y antes de cortar una de las mangueras, vio que una cocina tenía la llama encendida.
Tomó aire, y cortó la manguera y después otra.
El gas quedó libre e hizo efecto rápidamente.
El aroma del gas llegó demasiado tarde para todos, pues la explosión y fuego llegaron antes.
Los segundos eran contados, y Bill intentó salir, pero fue imposible, en medio de un motín, chocó con varios reos y la explosión los dejó ciegos y sordos a todos.
Había sido una mala decisión, como todas las decisiones importantes que había tomado en su vida, menos una.
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“Una explosión en el penitenciario general dejó a cientos de reos muertos, la cantidad de reos y guardias muertos es todavía desconocida, los bomberos están intentando apagar el fuego, aunque no todo el lugar se incendió, la cocina y comedor quedaron totalmente carbonizados”.
La noticia de la presentadora resonó en la sala.
En las fotos en las paredes, en cuadros de diferentes formas y tamaños.
La foto de un hombre mayor con sonrisa amable, con una corta descripción en su foto: “Caleb Kaulitz 1957-2005 amado padre y esposo”.
En otros las fotos de un bebé recién nacido de cabello negro, fotos que se extendían por la edad del crecimiento del bebé, pasando por sus dos años, cinco años, diez años, etc. Hasta que la última foto de ese niño era ya adulto, con sus propios dos niños, un pequeño y una recién nacida, en una sesión de fotos familiar improvisada en un parque.
Los niños de esa foto jugaban en el suelo, sin prestar atención a las noticias, siendo incapaz de notar el rostro de su madre y de su abuela, y como el ambiente, aunque era de tarde noche, se había vuelto profundamente frío.
Y en la cocina, la pasta favorita de su esposo ya estaba lista y enfriándose.
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Tocaron la puerta fuertemente, el sonido llegó hasta las habitaciones.
Tom se levantó de un saltó de la cama, y fue hacía la puerta, yendo con tanta prisa que ni siquiera se cubrió con una bata del frío de las cinco de la mañana.
En cuanto abrió la puerta, no supo si alegrarse o preocuparse más.
Ahí estaba un rubio, amigo de Bill, Andreas.
Andreas volteaba a ver a todos lados, con una chaqueta gruesa sobre los hombros y una mano metida dentro de ella.
—Andreas —balbuceó Tom.
—No tengo mucho tiempo, la policía está más encima que nunca, pero… Le debo este favor a Bill, y es lo menos que le debo después de que por mi culpa se metió a este negocio —farfulló Andreas, sacando de su chaqueta un sobre grueso. —Él no vendrá, Tom, no podrá venir y creo que lo sabes… —musitó, apenado. —Usa esto sabiamente, por favor. Vete de aquí con tus hijos y tu suegra.
Tom se quedó callado, con sus ojos rojos por el desvelo de la preocupación volviéndose demasiado aguados, tomando el sobre que Andreas le extendía.
—Hay dinero suficiente para que se muden y le organices un funeral a Bill, acéptalo, Tom, por favor.
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Tom observó la lápida y después observó la otra.
“Caleb Kaulitz
Amado padre y esposo
1957-2005”
“Bill Kaulitz
Amado hijo, padre y esposo
1989-2016”
Sus hijos no estaban con él, ellos se habían quedado afuera del cementerio junto a su suegra Charlotte.
No había sido capaz de llevarlos a ver la tumba de su padre, un lugar sin cuerpo, pues según el documento que recibió del penitenciario, había muerto en la explosión, y sus restos estaban completamente carbonizados, incapaces de reconocerse o tan siquiera entregarse a sus familiares.
Observó los documentos oficiales en sus manos, esos que decían que Bill estaba muerto, y él había quedado viudo.
Ya no era la esposa de Bill, simplemente quedaba ser su viuda.
Cerró los ojos, respirando profundamente.
Bill y él ni siquiera habían cumplido una década de casados.
Abrió los ojos y acomodo su vestimenta, un traje de pantalones negros, con camisa gris y encima, una chaqueta de cuero que no era suya, sino de su marido, su favorita de hecho.
No podía quedarse mucho tiempo ahí, el vuelo hacia otro país era dentro de dos horas y tenían que llegar pronto a donde sería su nuevo hogar.
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El nuevo departamento estaba en un edificio alto, no era lujoso, pero estaba en una buena zona, sana y con un parque infantil cerca.
Por la terraza entraba luz oscura, de ese lapso entre la tarde y la noche.
La luz iluminaba el cristal del marco de una foto de Bill, sobre una cómoda que tenía flores, y un incienso de vainilla, básicamente un altar funerario.
El olor de la pasta favorita de su marido inundaba cada rincón del espacio.
Los niños estaban recién bañados, y su suegra tomaba el té en la sala.
Tom meneaba con un cucharón los fideos, cuando el timbre sonó.
Apagó la estufa y se giró para ver a sus hijos, los cuales coloreaban en la mesa.
—Caleb, mi amor, ¿puedes recoger las crayolas en lo que mami va a abrir la puerta? —preguntó Tom.
Su pequeño de siete años asintió. —Ahorita, mami.
Lottie se bajó de su silla y caminó hasta su madre.
Tom sonrió viendo a su hija aferrarse a su pierna, a lo que él le acarició la cabeza y le acomodó sus hebras azabaches como las de su padre.
Dándole un juguete a su hija, Tom salió de la cocina y fue hacía el pasillo de la entrada, vio que todavía tenía puesto el delantal de cocina y se lo quitó, dejándolo sobre un buró, se hizo el cabello hacia atrás de sus orejas y abrió la puerta.
Un hombre alto de lentes y cabello azabache corto estaba esperando, mientras cortaba en trocitos una manzana con una navaja suiza roja y grabada, dejando ver sus brazos cubiertos con mangas de licra negra, sus manos estaban enguantadas, aunque sus dedos estaban descubiertos, dejando ver su piel rosada, cicatrizada.
El azabache tomó un trozo de manzana y se la llevó a la boca de Tom.
—Hiciste mi pasta favorita —sonrió.
—¡Papi! —Lottie había seguido a su madre, y fue quien reconoció en alto a Bill.
F I N
Aaaawww, que lindo. Gracias por la visita. No olvides comentar 😉