Visita conyugal 1

Visita conyugal 1

NOTA: TW!!! A Tom se le trata en femenino varias veces en el fic, aunque es un hombre intersexual.

Este fic nació por una clase de sociología sobre las clases sociales, una clase de anatomía y fisiología sobre los tipos de quemaduras y finalmente, un documental sobre una cárcel de Guatemala que mi papá nos hizo ver, supongo que para hacernos tomar conciencia sobre no meternos en nada turbio, pero a mí me prendió el foquito del yaoi Tom uke JAJAJA

Fic Toll de Namyukaulitz

Capítulo 1

Sus tacones negros brillantes de punta de aguja resonaban por el pasillo de piso gris brillante, siendo iluminado por luz blanca que rabotaba en las paredes blancas, casi parecía un hospital.


Su cabello negro ondulado caía suavemente sobre sus hombros, con una buena hebra acentuando su rostro con facciones redondas.

Llevaba un vestido de malla metálica, casi transparente, pero que brillaba lo suficiente como para que no pudieran verlo de más, aunque los cortes laterales en los costados de sus muslos no dejaban mucho a la imaginación para los guardias.

Se acomodo la gargantilla de cuero negro que tenía en letras planteadas “BK”. 

Meneo las caderas, sin dobles intenciones, aunque su porte y apariencia podía hacer confundir a algunos.

Llegó hasta un portón que dividía el amplio pasillo. 

En las puertas de metal ya lo esperaban dos guardias.

Uno más serio que el otro, que no dejaba de ver sus piernas bronceadas.

—Es viernes de visita conyugal —sonrió amablemente.

—Uh, la esposa de Billy —musitó el guardia, llamado Gustav.

—Él mismo —asintió sin perder su sonrisa adornada por gloss transparentes de brillos en tonos morados.

Gustav suspiró. —Ya se la sabe, señora de Kaulitz, primero tenemos que revisarla —dijo, viendo de reojo a su compañero Georg, notando ese brillo pícaro en su mirada. —Lo revisaré yo…

—Lo sé —cedió.

—¿Su nombre es Tom, cierto? —preguntó el castaño tomando los documentos del escritorio que estaba a un lado del pasillo. —Su apellido de soltero era Trümper…

Tom asintió mientras se paraba recto, y dejaba sobre el escritorio su bolsa de cuero marrón. 

—Creía que ya conocían mi información —masculló Tom, viendo al guardia Gustav.

—Sí, pero… él es uno de los recién salidos de la academia —respondió Gustav, sacando un detector de metales, aunque por la vestimenta realmente poco cubierta del contrario, podía decirse que no era necesario, pero era protocolo.

—Oh… No pensé que aceptaran a chicos recién salidos de la academia —Tom le sonrió al novato, que le correspondió la sonrisa con un sonrojo. —Se ve que es muy joven…

—Ah, sí, lo soy de hecho —contestó Georg rápidamente, rascándose la nuca por debajo de su cabello. 

Tom ladeo la cabeza haciendo una “o” con sus labios pomposos. —¿Cuántos años tiene?

Gustav carraspeó viendo de reojo a Georg, quien alzó los hombros.

—Veinticinco… —reveló Georg.

—Ay, eres casi un muchachito —Tom rió de manera cantarina.

—Por favor, intente no moverse mucho —pidió Gustav, pasando el bastón detector por los brazos del bronceado.

—Lo siento… —musitó Tom. 

—No soy tan menor a usted, señora —continuó Georg, viéndolo desde las pantorrillas hasta el escote pronunciado en v del vestido, aunque su pecho carecía de ser voluminoso. —Sus documentos indican que sólo tiene veintisiete años.

Tom rodó los ojos, sonriendo ladino. —Sí, tal vez no sea tan mayor, pero el que me llames señora si me hacen sentir así.

—Perdón, simplemente es por respeto, o ¿prefiere que lo llame señorita, Tom? —inquirió Georg.

—No —negó Tom. —Es correcto que me llame así, perdí ese privilegio de sentirme joven después de casarme.

—Bueno… —Georg bajó la mirada a su documento. —Claro que no cualquiera se casa a los diecinueve, pero… Usted sigue estando joven y muy bien…

—Ugrr, Listing, ¿puede pasarme el otro bastón? Creo que este tiene la batería baja —interrumpió Gustav al ver las intenciones descaradas del menor a su cargo.

—Por supuesto —Georg abrió uno de los cajones del escritorio y sacó otro bastón, pero no se lo dio a Gustav. —Yo veré la parte inferior.

Tom abrió las piernas y en cuanto Georg pasó el bastón por debajo de su cintura y caderas, cerca de su pelvis, el bastón sonó.

Georg alzó una ceja y Gustav miró con sospecha.

—¿Trae algo con usted, señora? —preguntó Gustav.

Tom negó rápidamente, frunciendo el ceño, aunque casi de inmediato sus cejas se alzaron y su rostro se ruborizo.

—Oh… Creo que ya sé que sucede, les juro que no traigo nada conmigo en mi cuerpo, es sólo… otro piercing, como el del labio —Tom se mordió el labio inferior.

—Vamos a tener que revisarlo bien —murmuró Gustav, receloso.

—Puedo hacerlo yo, compañero —se ofreció Georg.

—No es necesario que me toquen, pueden… verlo por sí mismos —Tom llevó las manos al borde de su vestido y lo levantó.

Mostrando su zona pélvica, y sus ingles cubiertas por una seda de encaje.

Gustav, tragó saliva, desviando la mirada, volviendo a suspirar.

—Tendrá que quitarse la ropa interior… —indicó el guardia.

Tom asintió y se dió la vuelta, inclinándose hacía adelante mientras se bajaba la braga de encaje a vista de los guardias.

Mostrando su trasero redondo y su vulva recientemente depilada.

Georg, a comparación de Gustav, no desvió la mirada en ningún momento, incluso bajando un poco sus rodillas para ver más, notando una joya brillante en la parte superior de la unión de los labios, justo arriba del capuchón del clítoris.

El castaño sonrió ladino, casi embobado.

—Suficiente —exclamó Gustav, arrebatando el bastón detector de las manos de Georg. —Ya puede cubrirse, y vuélvase a poner erguido, por favor.

Tom acató la indicación, subiendo lentamente la braga de nuevo, viendo por encima de su hombro al joven guardia.

Gustav continuó con la revisión, y al no encontrar más indicios de metal en el cuerpo de Tom, dio por terminada a revisión.

—La revisión física está hecha… ¿Qué trae en el bolso? —cuestionó Gustav.

Tom tomó el bolso y lo abrió para que el guardia pudiera examinarlo de primera mano.

—Sólo algunas cosas para mi marido —explicó Tom, poniendo sus manos detrás de su espalda.

Gustav con ayuda de Georg sacaron las cosas.

Condones, lubricantes, fresas, cerezas, chocolates, malvaviscos y manzanas.

Lo último le hizo alzar una ceja al guardia más experimentado.

—¿Manzanas? ¿Su marido acaso no es alérgico a ellas? —interrogó el rubio de lentes viendo fijamente al cónyuge.

—En realidad eso es lo que dice, pero simplemente no le gustan… No son para él, son para mí, yo las amo —arguyó Tom, sonriendo tímidamente, dándole una mirada corta al castaño.

—Uhmm… —Gustav no estaba muy convencido.

—Usted planea pasar unas horas muy interesantes con su marido, ¿no? —Georg tomó la caja de condones y examinó la talla, haciendo una comparación mental. —¿Usted no preferiría otro sitio en lugar de una celda de visitas? 

Tom reprimió una sonrisa ladina.

—¿Otro lugar? —preguntó, abriendo sus ojos y ladeando su cabello. —Pues este es el único lugar donde puedo ver a mi marido… No puedo disfrutar de estar en otro lugar.

—Eso podría cambiar, señora… —insinuó Georg.

—Está bien, señora de Kaulitz, puede pasar —Gustav le dio un codazo al castaño, poniéndose en medio de ambos. —Tome sus cosas y pase a la celda cuatro, traeré a su marido enseguida.

—Gracias… —masculló Tom, aunque su mirada no se apartaba de Georg.

Tom pudo pasar al otro lado del pasillo, donde estaban las celdas, aunque fue escoltado por Gustav, que lo dejó adentro de la habitación.

La celda era fría, aunque más limpia que las habitaciones de los reclusos, sólo había una mesa, una cama, con una almohada y sábanas blancas, con un baño pequeño en una puerta en una de las esquinas.

Se quedó parado de piernas cerradas con su bolsa en manos, esperando paciente a que trajeran a su marido.

Después de unos minutos, la pesada puerta se abrió.

Su cabello negro estaba más largo, algo despeinado, su cuerpo seguía siendo delgado, era incluso más alto que el guardia Gustav que le quitaba las pesadas esposas de los pies y las manos.

Su traje blanco contrastaba bien con su piel pálida y algo seca.

—Sólo tienen tres horas —informó Gustav, viendo al matrimonio.

El azabache alto asintió, bajando la mirada, con sus hombros casi dóciles y cansados.

En cuanto la puerta se cerró, y después del clic del seguro, Bill alzó la mirada.

—Mi amor.

—Bebé —Tom soltó su bolso y de inmediato corrió a sus brazos, presionando sus labios con fuerza contra los de su marido.

Bill lo abrazó por la cintura, apresándolo contra su cuerpo.

Sus labios no se desconocían por más que pasara el tiempo y estuvieran separados, siempre encontraban la forma de sincronizarse como una sonata perfecta.

—¿Cómo estás? —preguntó Tom, tomando su rostro mientras se separaba de sus labios sonoramente.

—Podría estar mejor… Yo no importo, ¿tú como estas? ¿Nuestros bebés cómo están? —cuestionó Bill, acariciando su cintura.

—Están bien… Te extrañan cada día, aunque Charlotte no puede ver una foto tuya sin llorar un poco y Caleb ya terminó el kinder, me preguntó porque no estabas en la graduación —contó Tom con pena, bajando la mirada al pensar en sus pequeños.

Una niña de dos años y un niño de seis, sus dos hijos, a los que Bill inevitablemente sentía que había abandonado hace casi un año, después de ser capturado y posteriormente enviado al penitenciario.

—Lottie… Mi pequeña princesa —masculló Bill, con un nudo arañando fuertemente su garganta, tomando la mano de su esposa y pesando sus dedos tatuados con un número en sus cuatro dedos, formando un 0620, al igual que Bill, pero en sus dedos estaban los números 0630. —Sólo pude estar con ella un año, y ya tiene dos, siento que me he perdido demasiado —confesó, suspirando contra los nudillos de Tom. —No sé si alegrarme por saber que todavía se acuerda de mí, era una bebé…

—Nunca te olvidaría, a veces incluso la encuentro en la sala con los álbumes de fotos, observando tus fotos, no llora, sólo te mira en silencio… —siguió Tom.

—Y mi príncipe Cali, es un niño listo para su corta edad, espero él sea más aplicado en la escuela que yo —unas lágrimas se deslizaron por las mejillas del azabache. —¿Y mi madre, ella cómo está? La vez pasada me dijiste que había estado algo enferma.

Tom limpió las lágrimas de su marido, acariciando sus mejillas. —Charlotte está bien, al parecer fue solo una gripe, pero en cuanto se curó me pidió que le siguiera llevando a los niños mientras trabajo. Está pendiente de sus nietos y hasta de mí, aunque sé que le haces mucha falta, ha estado yendo al cementerio a ver a tu padre más seguido desde que te encerraron.

—Mi viejita… —Bill apretó los ojos, apartando a Tom de él por unos momentos, cruzándose de brazos con fuerza. —Soy un imbécil… Esta situación me tiene harto, todos los días siento que me estoy pudriendo en este lugar, lejos de ustedes, de ti —expresó con reproche hacía sí mismo. —Debí haber parado cuando era más joven y no dedicarme a eso, me lo dijiste, incluso mi madre me lo dijo, pero me confié y ahora estoy privado de todo.


Tom observó a su marido en silencio, dejando sus manos cruzadas a la altura de su vientre bajo.

—Quince malditos años me dieron, mis hijos estarán grandes, me habré perdido sus años más importantes, y mi madre… No sé si ella tan siquiera esté viva para cuando yo salga —continuó Bill, girando el rostro para ver a su esposa. —Y tú, amor… Teniendo que conformarte con estas visitas cortas cada dos semanas. He oído lo que estas basuras de guardias dicen cada vez que vienes.

Tom suspiró, bajando la mirada al suelo.

—En un momento de desesperación uno hace hasta lo impensable por tener estabilidad de nuevo, Bill, no te sientas culpable —contestó Tom, alzando la mirada. 

Bill apretó los ojos y giró nuevamente el rostro.

—¡Sí, pero la gente correcta no vende drogas! —exclamó Bill, con frustración, pegando su espalda a una de las paredes, abriendo los ojos al techo. —Todos los días pienso en lo que hice, en lo que perdí, en las personas que murieron de sobredosis por mi culpa… Hay veces en donde incluso pienso que si lo hubiera hecho… Si me hubiera suicidado a los quince cuando mi padre murió y mi madre quedó a la deriva conmigo sin saber como mantenerme, ni tú y los niños estuvieran sufriendo por mi culpa. 

Tom negó de inmediato, afligido al escuchar que nuevamente su esposo estaba teniendo ese tipo de pensamientos, que tenía desde adolescente, y caminó hacía él haciendo sonar sus tacones que ya punzaban dolorosamente sus pies.

—Bill, por favor, no pienses en eso de nuevo. Eres lo mejor que me pasó en la vida, incluso con todo esto… Si te hubieras muerto a los quince, yo nunca te hubiera conocido, y tampoco estaría aquí, porque tú me salvaste —declaró Tom, tomándolo de los brazos, haciendo que lo viera a los ojos. —No hiciste las cosas bien, yo tampoco… Pero estamos aquí, y te necesito, yo, nuestros bebés y tu madre.

—¿Y qué puedo hacer yo? Mis hijos eventualmente me van a resentir por no estar ahí y mi madre creerá que lo mejor es pensar que yo también estoy muerto igual que mi padre —inquirió Bill.

Tom apretó sus labios brillosos, y deslizó sus manos por los brazos tatuados de Bill, delineando su antebrazo izquierdo en especial.

En ese brazo Bill tenía dos tatuajes que a Tom le gustaban mucho, uno de una sirena besando a una mujer y otro de su cuerpo desnudo, en una pose donde estaba de rodillas y con las manos detrás de su cabeza, cuando usaba trenzas al inicio de sus veintes, en su momento se sintió halagado, pero después de que nació su primer hijo, hacía que Bill se cubriera ese brazo, aunque ahora debía admitir que lo hacía sentir excitado, verse a sí mismo en la piel de su hombre, su amado marido.

Bill lo había deseado de todas las formas como nunca antes lo habían hecho, desde el primer día que se conocieron, incluso si Tom no era un hombre en su totalidad, con sus genitales siendo diferentes, incorrectos.

Para la mayoría era considerado una mujer, para algunos pocos que lo conocían realmente un hombre, pero con Bill no debía molestarse en saberlo, simplemente era Tom para Bill.

Para Bill sólo era Tom, su esposa, madre de sus hijos y verdadero amor.

El resto del mundo no importaba cuando sólo eran ellos dos, como Bonnie y Clyde.

Su mano terminó de deslizarse por el brazo izquierdo de Bill, tomando su mano tatuada como huesos, y la guió a su entrepierna.

—Tom… —murmuró Bill, sorprendido por el gesto de su pareja, curvando sus dedos para tocar con el dorso por encima del vestido.

—Si hay algo que puedes hacer… —dijo Tom de manera baja, con el aliento chocando con la mandíbula de Bill, mientras lo sujetaba por el cuello. —Algo que puedes volver a hacer por mí.

Hizo que Bill metiera su mano por debajo de la malla del vestido, y lo tocara directamente en el coño.

Bill no comprendía, sin embargo, sus dedos acariciaron el inicio de su vagina con total naturalidad, haciendo sonrojar a Tom por la excitación que se acercó más a su esposo.

Sus dedos acariciaron toda la zona, hasta que por encima de la tela delgada de la braga percibió algo duro, metálico.

—¿Te hiciste un Christina? —preguntó Bill, con los ojos abiertos, tocando con cuidado.

—Dolió mucho, espero te guste, pero lo importante no está ahí —indicó Tom, empujando más la mano de Bill para que fuera más al fondo.

Bill entendió, y flexiono una pierna contra la pared, metiendo su rodilla en medio de las piernas de su esposa para hacerlo abrirse más. 

Hizo a un lado la braga, y con sus dedos acarició el coño que comenzaba a humedecerse, deslizando sus dedos a la entrada de la vagina, curvando los dedos al ingresar, pero logró tocar algo duro, metálico en el interior de su esposa.

Bill lo miró confundido e intrigado, pero Tom sólo le dio un apretón a su mano con los muslos.

Con un poco de dificultad, Bill logró agarrarlo y deslizar hacía afuera lo que Tom tenía en su interior, creyendo por un momento que era un vibrador o algo así, hasta que en medio de un gemido doloroso de Tom logró sacarlo.

Al ver lo que era Bill se quedó sin palabras.

Era una navaja suiza. 

Objeto que le hizo recordar el momento cuando conoció a Tom.

Cuando su padre murió repentinamente, Bill y su madre, quien solo había sido ama de casa, se quedaron sin sustentos, pues su padre sólo había trabajado de manera informal, así no tenían el seguro o algún beneficio de un trabajo formal después de su fallecimiento, por lo que al verlo afligido a él y a su madre, sus amigos le dijeron que podía ganar dinero, mucho, sin necesidad de ser mayor de edad, ya que a los quince nadie quería contratarlo.

En ese momento para él fue simple, casi como una tarea sencilla, sólo tenía que ir a fiestas para adolescentes, esas donde los mayores de edad no estaban permitidos, e introducir la droga y venderla a los asistentes.

No ganaba una millonada, pero ayudaba a poder pagar la renta del departamento en la vecindad.

Sabía que era algo turbio, por lo que Bill siempre que iba a “trabajar” llevaba una navaja suiza que su padre le había dejado, de color rojo y con su nombre Caleb gradaba.

A los dieciséis, en una fiesta como era costumbre, estaba vendiendo, fingiendo divertirse para no levantar sospecha, hasta que un chico, de dieciocho años, quizás, no estaba seguro, pero si se veía mayor.

Le pidió de esas drogas que te dejan totalmente inconsciente, a Bill le habían enseñado a no cuestionar a sus clientes, pero algo dentro de sí no le dio buena espina, aun así se la vendió.

Casi a medianoche, cerca de las mesas Bill volvió a ver a aquel chico mayor, sólo que no estaba solo, estaba acompañado por un chico que casi de inmediato cautivó a Bill, tenía una cara tierna, de labios rosados por la soda de fresa y rastas rubias, vestido con ropas de raperos y una gorra torcida.

A pesar de la música, Bill había visto que aquel chico mayor estaba molestando al de rastas, aunque parecían conocerse, pero el mayor le estaba empujando una bebida que por lo grande las burbujas, Bill sabía que no era solo una soda común.

Y hizo algo que, sabía no debía haber hecho.

Intervino en la vida de su cliente.

Intentó ser discreto, pero el mayor salió más agresivo de lo que había pensado.

El de rastas al parecer ya estaba algo puesto, con alguna sustancia, pues simplemente miraba aturdido y con las pupilas dilatadas.

Claramente, estaba menos consciente de lo que pasaba que su acompañante mayor.

En medio de un vaso tirado y quebrado, una mesa empujada, y ser echado de la fiesta, Bill se sentía frustrado al pensar que al de rastas podía pasarle algo por su culpa indirectamente.

Por lo que armó una pelea con la gente de afuera, que hizo que la seguridad dejará la puerta libre, por lo que volvió a entrar.

Pero la pelea que había orquestado antes llegó a dentro rápidamente, alguien empujó a alguien y rápidamente se armó una cadena de golpes y vidrio quebrado.

Así que era más difícil encontrar al de rastas, hasta que Bill fue a los baños, encontrándose con algo que no lo hizo pensar claramente, simplemente actuó.

Recordaba el olor del baño, orines, acidez de vómito, y ambientador de naranja.

Cerca de los lavamanos, el chico mayor intentaba levantar al de rastas, Bill pensó lo peor.

Por lo que sacó su navaja suiza, y con un mano temblorosa pero decidida, empuño el filo en la clavícula del mayor, y al parecer había dado con fuerza en el hueso. Todo fue muy rápido.

Soltó la navaja cuando no pudo terminar de introducirse, y el mayor cayó mientras se desangraba.

En esos segundos, su interés no fue la navaja, sino sacar al de rastas de ahí y huir antes de que alguien de seguridad llamara a la policía por la pelea y por el ataque en el baño.

Así que el recuerdo de su padre quedó ahí, tirado en un baño sucio, pero ese día se llevó consigo la seguridad del de rastas, Tom.

Se lo llevó a su casa, pues aunque preguntaba en donde vivía, Tom simplemente negaba y pedía no ser llevado ahí.

Bill esperó paciente y preocupado hasta que le pasara el efecto, teniendo a Tom a escondidas en su cuarto.

Al despertar, después de que Tom estuviera asustado por un rato al estar en un lugar desconocido, encontró confianza en Bill y en sus paredes tapizadas de bandas que Tom conocía.

Ya consciente, Bill le preguntó a Tom donde vivía, y fue cuando el de rastas le contó.

Vivía en un hogar para niños sin padres, ya que sus padres lo habían abandonado al nacer debido a un problema… En ese momento, Tom no entró en detalles, pero le dijo que era un problema con su cuerpo, y que por eso sus padres no lo quisieron y lo dejaron en una casa hogar, que era como un infierno en la tierra.

Castigos, abusos, escasez de comida, suciedad y otras cosas, nadie estaba cuidando a los menores ahí.

Por lo que Tom solía escaparse e iba a fiestas donde, al no tener rumbo y una fe en su vida, comenzó a consumir sustancias.

No tenía recuerdos muy precisos desde los trece años hasta los dieciséis, debido a casi siempre estar bajo los efectos de algo, pero, si recordaba a Bill, el momento en el que se acercó a la mesa hasta el momento del baño, era el único recuerdo que tenía claramente, incluso si estaba drogado.

La conexión fue inmediata.

Bill no tenía casi nada que ofrecerle a Tom, más allá de una cama vieja, paredes con posters donde la pintura se caía poco a poco debido a la humedad y un plato de frijoles con arroz, comprados con dinero ganado de forma poco correcta y un departamento viejo en mal estado en el rincón de una vecindad olvidada por la ciudad.

Tom no tenía nada para sentirse digno de estar con Bill, tenía un cuerpo extraño, no tenía padres, un lugar, estaba demacrado y casi perdido en la drogadicción.

Aún así, Bill decidió ofrecerle lo que podía a Tom y Tom decidió confiar en Bill.

Aunque Tom tardó en aceptar vivir con Bill, no quería ser una carga, por lo que a veces Bill lo veía, a veces no, incluso Bill llegó a ir a la casa hogar donde sabía que vivía para verlo.

Hasta que finalmente Tom consiguió un trabajo a los dieciocho limpiando en un bar, y aceptó vivir con Bill, con la condición de que lo dejará aportar de alguna forma.

A los diecinueve se casaron, Bill ya lo consideraba, pero su plan de adelanto cuando Tom quedó encinta, pero, aunque se casaron, por su pasado con las sustancias el embarazo no pudo pasar de las siete semanas, no había sido planeado pero el peso de sus decisiones pasadas le cayeron a Tom dolorosamente al perder a ese bebé.

Tom ya había dejado de consumir poco a poco después de conocer a Bill, pero la pérdida lo hizo tenerle un terror a la droga, lo cual era irónico, ya que su ahora marido era un vendedor experto en eso.

E incluso Bill se sentía culpable por eso, pero sin haber terminado la escuela, tener un  buen dinero de esa manera ilegal funcionaba como una anestesia a lo que ser traficante conllevaba.

Vivieron muchas cosas juntos, ya no eran fiestas adolescentes, fiestas de baja categoría, iban a fiestas en las zonas altas de la ciudad.

Aparentando ser una pareja normal que iba a divertirse, mientras por debajo de las mesas con vasos de alcohol, con una mano Bill pasaba las bolsitas selladas con la otra acariciaba los muslos de su esposa.

A veces se soltaban en las fiestas, disfrutando de la música en la pista, con Tom vistiendo de esa forma que contadas veces dejaba ver, pero Bill acompañaba su sensualidad con pantalones de cuero y camisas de malla negra con chaquetas de cuero, de las luces de colores de las discotecas pasaban a las luces led rojas del motel. Porque a Tom le gustaban los moteles caros de esa zona.

Y en más de una vez hubieron problemas cuando Bill trabajaba, cuando casi lo descubrían traficando, por lo que siempre hacía lo mismo para salir de la situación con Tom, armaba una pelea que distraía a todos, donde no se tenía claro quién había dado el primer empujón, golpe o insulto.

Continúa…

Gracias por la visita. No olvides comentar 😉

por Namyukaulitz

Escritora del Fandom

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