
«¿Y qué?» Fic de Earisu
Capítulo 9
Bill y Tom se habían quedado dormidos aquella noche juntos, en la cama del primero.
Sin embargo, Bill se había despertado y llevaba un buen rato dándole vueltas a la cabeza.
Eran altas horas de la madrugada y en el silencio de la noche sus pensamientos afloraban con una macabra facilidad.
A pesar de haber prometido a Tom que aguantaría unas semanas más ahí, lo cierto es que se veía incapaz de aguantar tanto.
Por que nunca se lo reconocería a su hermano, pero él siempre se había tomado sus palabras muy en serio…Lo que Tom decía, iba a misa. Tom iba de héroe, pero Bill nunca había dicho que eso no le gustara.
Era su héroe y como tal, Tom raras veces se equivocaba o si lo hacía, para Bill no eran equivocaciones y no dejaba de repetirse que alguna razón de ser tendrían.
Aunque su gemelo pareciera el típico tío pasota que siempre está pensando en sexo, en realidad aquello era todo una fachada. Tom era sensible, sólo que se hacía el duro para que si alguna vez le hacían daño, le fuera muy fácil fingir que a él no le afectaba…
A esta cualidad se le añadía también y aunque cueste creerlo una gran madurez.
Por eso, a Bill le costaba tanto contradecirle.
Pero él también confiaba ciegamente en su pareja.
Tom y Dennis eran los hombres de su vida…
Bajo su punto de vista, ninguno de los dos le traicionaría.
¿Pero y si Tom tenía razón?…Al fin y al cabo era cierto…Por muy parecidos que fueran…Dennis no era Tom…Dennis no llevaba su sangre…Por eso, no jugaban con igualdad.
Quizá, lo de Bill ni siquiera fuera confianza. Quizá el único motivo por el que se negaba a creerle culpable es por que la sola idea de que fuera verdad se le hacía imposible de digerir…Planteárselo por muy remotamente que fuera le causaba un dolor tal que no tenía fuerza humana suficiente como para poder soportarlo sin sentir que acabaría internado en algún centro psiquiátrico con una camisa de fuerza puesta.
»No hay peor ciego que el que no quiere ver»
¿Era eso?…¿Se estaba engañando a si mismo?…
Bill miró a su hermano, que dormía respirando profundamente a su lado.
Tomó una decisión…
Necesitaba saber…Y necesitaba saber ya…No estaba dispuesto a esperar más.
-…Lo siento, Tomi. – Susurró.
Y después de darle un pequeño beso en la mejilla a modo de despedida, se levantó dispuesto a terminar con esto de una vez por todas.
Buscó en su fondo de armario la ropa más discreta e insulsa que tuviera. Resultó que aparte de unos vaqueros, no tenía nada que cumpliera con aquellas premisas.
Así que fue al cuarto de su hermano y cogió prestada una sudadera blanca que el de las rastas solía ponerse para dormir porque ya estaba bastante vieja: No la echaría de menos.
Fue a lavarse la cara ya vestido de un modo bastante corriente, se recogió su melena en una coleta que cubrió con una gorra blanca y se examinó a si mismo mirándose en el espejo del cuarto de baño.
Decidió que mucho tenían que fijarse en él para reconocerle: no se reconocía ni él con esas pintas.
Fue a tocarse la cara en un acto reflejo y entonces quedaron a su vista: sus uñas. Sus maravillosas uñas. Largas, pintadas de negro y blanco. Una manicura perfecta, que hacía que incluso más de una mujer se muriera de envidia.
Suspiró y con todo el dolor de su corazón buscó en el armarito unas tijeras, algodón y quitaesmalte.
El detalle más insignificante podría ser causa de un buen dolor de cabeza luego, así que no era momento de ponerse tonto.
Empezó a cortarse sus uñas sin pensárselo dos veces y cuando hubo terminado, a limpiarlas de toda pintura.
Estaba acabando con su tarea cuando se dio cuenta de que mientras estaba en ello, mechones de su cabello se habían escapado de su gorra, casi delatándole ya que daban mucho el cante.
Se estaba quitando la gorra resuelto a hacerse la coleta con más fuerza cuando volvió a contemplar su reflejo. Y entonces se quedó pensativo, con la mirada perdida en algún lugar al fondo de aquella imagen.
Seguía teniendo las tijeras en su mano y como ausente, las fue acercando a su cara.
Si quería que todo saliera bien, iba a tener que ser mucho más radical…
Cogió un buen puñado de su cabello…A la misma vez fue abriendo las tijeras. Cerró los ojos como si lo que fuera a hacer fuera a dolerle.
Acto seguido, metió el buen montón de pelo entre las dos grandes hojas de metal.
Y después, cortó.
Sus cabellos cayeron al suelo.
Primero un mechón, luego otro…Cada vez más y más.
Bill parecía hipnotizado…No se detuvo hasta que casi, casi ya no tenía más que cortar.
Soltó las tijeras de golpe. Cayeron al suelo como el resto de su cabello.
Siguió mirándose en el espejo.
Se sentía extraño.
Quizá fuera por que hacía mucho tiempo que no se veía a si mismo.
Y era curioso…Por que él siempre había pensado justo lo contrario. Siempre había sostenido que su verdadero yo era aquella versión que llevaba maquillaje, el pelo largo y ropa extravagante.
Ahora se daba cuenta de que eso no era cierto. Lo que pasaba es que llevaba tanto tiempo escondiéndose que el desconocido para él era precisamente el verdadero Bill.
¿Por qué era un disfraz? Estaba claro. La gente siempre podría hablar sobre él y sobre su sexualidad. En cierto modo se estaba exponiendo incluso más a ello cuando eligió ese estilo. Pero a la vez, al ser un estilo tan inusual, también había un cierto temor hacia su persona. La gente le tomaba como un tipo misterioso, raro, indescifrable. Y en cierto modo, de esa manera se acercaban mucho menos a él.
No se acercaban al verdadero Bill, ese Bill que era como todos y a la vez tan diferente a los demás y que por eso mismo, tenía tanto miedo.
Quizá, si Bill hubiera mantenido su imagen original, no hubiera causado tanto revuelo nunca en realidad. No dejaba de ser un chico con un aspecto bastante normal. Con una belleza casi femenina, pero normal al fin y al cabo.
Pero ese Bill original tenía una desventaja clave: Era cobarde.
Ese Bill jamás hubiera sido feliz. Se habría acabado echando una novia, una chica mona y dulce que seguro hubiera encantado a toda su familia, menos a él. Habría ido a la universidad y habría estudiado alguna carrera y después conseguido un trabajo que seguramente ni siquiera le llenara.
Habría pasado hasta el último de sus días negándose una alternativa que supusiera enfrentarse a cosas que a él parecían venirle demasiado grandes.
Fue entonces cuando una parte de él se reveló contra su propia persona y la escondió tras el disfraz.
Esa versión de Bill era cobarde también, pero sabía disimularlo.
Era provocador.
Si alguien le llamaba maricón por llevar las uñas pintadas, esa versión reaccionaba apareciendo al día siguiente con las uñas y con los labios pintados.
A veces, original y versión chocaban entre ellos y se creaban conflictos, por supuesto.
Pero al final, el más fuerte que resultaba ser el personaje acababa venciendo casi siempre a la persona.
Mirándose a si mismo, Bill se dio cuenta de que había vuelto. Había vuelto a su ser.
También supo la razón.
El Bill que debía regresar a casa…El Bill que debía enfrentarse a todo lo que quedaba por venir, tenía que ser él.
Ya no valían las ayudas. Tenía que empezar a valerse por si mismo.
Bill se dirigió al salón y buscó en un cajón de una mesita su pasaporte y dinero.
Era el único equipaje que iba a necesitar.
La suerte que tenía…Es que había aprendido algunas cosas de ese personaje…
Antes de marcharse, se dirigió de nuevo hacia su habitación para cerciorarse de que su hermano seguía durmiendo.
Así era…Así que se fue sabiendo que había llegado la hora de la verdad…
Para bien o para mal…
Y lo aceptaba…
Lo que no quería era seguir viviendo dentro de una burbuja…
Ya estaba cansado de eso…
&
Bill salió del avión y no esperó ni un minuto para llamar a un taxi.
Estaba eufórico…Media hora como máximo y ya estaría viendo a Dennis. Por fin podrían charlar y arreglar su situación…
El corazón le latía a mil por hora. No dejaba de imaginarse cómo sería su encuentro.
Todas sus ensoñaciones empezaban de la misma manera: Estaba seguro de que en cuento le viera no podría evitar abrazarse a él con todas sus fuerzas.
El taxi no tardó en llegar. Bill abrió la puerta y se sentó en el asiento del copiloto junto al conductor: un cincuentón canoso que iba escuchando la radio.
Bill le dio instrucciones y el hombre se puso en marcha.
Kaulitz, que llevaba su gorra puesta, tenía que alzar la cabeza para mirar los edificios a través de la ventanilla.
El viaje transcurrió en silencio hasta que en la radio pusieron una canción de Tokio Hotel que resultó ser Rette Mich.
-…Oh. Qué lástima de muchacho. – Comentó el taxista.
-…¿Perdone?… – Bill bajó de su nube y escudriñó al hombre.
-…Digo que qué lástima, por lo de Bill Kaulitz… ¿No te has enterado?
-…Ah, sí…Claro, cómo no… – Respondió el otro un poco incómodo.
-…Yo es que tengo un hijo de su edad. Y a veces pienso cómo estarán pasándolo sus padres o el muchacho…Pobre chavalín…
Ya estaban prácticamente en la puerta del piso de Dennis, pero Bill no pudo morderse la lengua.
-…¿Por qué »pobre»?…A lo mejor lo que le ha pasado era lo mejor que le podía pasar…
El hombre le miró como si lo dudara y mucho.
-…Sí…Por que a partir de ahora, no tendrá que mentir más…
Bill pagó al taxista y con esto, salió del coche.
&
Kaulitz entró al edificio y llamó al ascensor. Después decidió que no podía esperar tanto, así que subió corriendo por las escaleras.
Llegó frente a la puerta del piso de Dennis en tiempo récord y llamó como cien veces, impaciente por que le abrieran.
Tras esperar sin obtener resultado dejó de usar el timbre y comenzó a dar escandalosas palmadas a la madera con sus manos.
Unos segundos después aunque a él le parecieron una eternidad, la puerta por fin se abría.
Bill contempló a la figura frente a él…El musculoso torso desnudo de un hombre, húmedo ya que a todas luces se veía que acababa de salir de la ducha, y de cintura para abajo rodeado con una toalla blanca.
Sin embargo, al mirarle a la cara pudo confirmar que ese hombre no era Dennis.
Bill sintió que algo dentro de él se le rompía en pedazos en ese mismo momento.
Dio un paso hacia atrás y como si estuviera viendo a un espectro balbuceó unas palabras…
-…¿Quién…coño eres tú?
El desconocido le miró con cara de pocos amigos.
-…¿Que quién coño soy yo? ¿Quién coño eres tú y a qué viene tanto escándalo?
Entonces Bill empezó a ver rojo. Comenzó a respirar con fuerza y muy irregularmente como si estuviera encendiéndose de rabia.
Le dio un empujón al hombre y entró en el piso sin ser invitado.
-…¡¡¡DENNIS!!! – Gritó y comenzó a buscarle con la mirada. Fue directo a su habitación, la habitación donde tantas otras veces había estado… – ¡DENNIS!…
Ni siquiera quería una explicación ya…En su cabeza ya lo tenía todo claro…
Lo único que quería era venganza.
Continúa…
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