
Administración: Este es un One-Shot rescatado de la caída tfh, de por allá 2015. Pese a su nombre y la fecha, es bastante tierno, que lo disfruten 🙂
(One-Shot de Oswin)
Aunque nadie lo creyera, de los dos, Tom era el supersticioso, el que cuidaba no romper ningún espejo y le daba sermones de una hora o más a Bill cada que éste terminaba haciendo astillas aquel espejo del estuche de maquillaje, quien nunca pasaba debajo de las escaleras y era cuidadoso con la sal, para no tirarla.
También le huía a los gatos negros, por temor a la mala suerte que traían consigo.
—Es un pensamiento estúpido —le había dicho un día Bill, después de empujarlo lejos de él y terminar ahuyentándolo con una bufanda color marrón que usó como látigo—. Lárgate de mi habitación y deja tus desvaríos mentales para quien quiera escucharlos.
Bill era raro, del tipo de raro que se sienta en la oscuridad en la sala a escuchar el sonido del silencio, para encontrar un poco de inspiración para sus letras, el tipo de raro que se lanzaba como un cohete lejos de la casa al sonido de la primera gota de lluvia golpeando el pavimento, para experimentar la sensación del agua fría cayendo sobre él, de ese raro que aunque haya calor nivel infierno, se cubre con las mantas por miedo a la oscuridad.
Y aún así, todo mundo consideraba a Tom como el raro.
Había comprado ropa interior con estampado de herraduras, para atraer la buena suerte, e incluso tenía un colgajo en forma de trébol de cuatro hojas, y Georg, burlándose de él, le había regalado una pata de conejo, que viajaba con él por todo el mundo, siempre escondida en el bolsillo de su muy grande pantalón.
—¿No crees que estás exagerando? —había preguntado un día Gustav, cuando en su cumpleaños número 17, Bill había apagado las velas antes que pudiera pedir un deseo, y como respuesta Tom le había dado un empujón a su hermano.
—Es una oportunidad desperdiciada —fue todo lo que respondió Tom, y nadie le molestó más en ese día, porque cuando Georg quiso hacerlo, Bill se lo impidió con una dura mirada que significaba un claro “no te atrevas o te mataré”.
Para compensarle, Bill había comprado un pastel individual, que había llevado a la habitación que ahora compartía con su hermano, en el departamento donde se hospedaban con los G’s cuando estaban fuera de Magdeburgo, había encendido una vela y había cantado desafinadamente la canción de cumpleaños, porque estaba borracho a más no poder.
Su hermano había sonreído grande y real, como un chico, como hacía mucho no le veía hacer, nada de sonrisa de lado, engreída y coqueta, esa practicada hasta haberse perfeccionado, para conquistar a las cámaras.
Había cerrado los ojos, pedido su deseo, y después soplado hasta apagar la vela.
—Se debe apagar a la primera —le recordó Tom, con toda la sabiduría que su voz podía emular, estando tan ebrio y siendo las cinco de la mañana del día siguiente a su cumpleaños… algo que por estar borracho, no le tomó importancia—, de lo contrario, el deseo no se va a cumplir.
Tom había perdido muchos de aquellos sueños, con el paso del tiempo, con las decepciones que trae la fama, con aquella brecha que entre él y Bill habían construido entre ellos dos, una brecha que parecía irse incrementando como sus ganas de no querer continuar en el ojo público.
Habían hallado un balance, uno que estaba a punto de volverse a desequilibrar, porque estaban planeando el lanzamiento de un nuevo álbum, y eso requería presencia en los medios de comunicación, que salieran de esa burbuja en la que se habían encerrado.
Ya no era el mismo adolescente de rastas rubias que se ponía su ropa interior con estampado de herraduras o apretaba entre sus manos su pata de conejo.
Todo eso había sido perdido en uno de sus muchos cambios de hogar entre Alemania y América, y lo único que guardaba era el recuerdo de éstas, muy en el fondo de su cerebro.
Por eso le sorprendió mucho que mientras estuviera sentado en el suelo, jugando con la mascota de Bill, quien estaba perdido en la casa, el ruido de su hermano gritándole desde afuera le llegara, y le sorprendió aún más que estuviera llamándole a él, y no a su mascota.
Se levantó del suelo, se sacudió el imaginario polvo que sentía se había adherido a su trasero, y le hizo un sonido al perro para que le siguiera, y éste muy obedientemente lo hizo.
Cuando salió, Bill estaba sentado en el suelo sobre el pasto de su jardín, con la vista fija en el cielo
—Leí en internet que hoy habrá una lluvia de estrellas —se giró a su hermano, su cabello rubio y corto despeinado y apuntando en varias direcciones, sus ojos llenos de un brillo infantil, como si fuera el mismo Bill emocionado de quince o dieciséis años que comenzaba a conquistar al mundo entero.
Tom se sintió contagiado de esa emoción, pero la contuvo, sólo se permitió una media sonrisa y se acercó a Bill, quien golpeó con la mano el espacio junto a él, pidiéndole así que se sentara. Pumba se fue a echar frente a su dueño, quien le acarició la oreja, y Tom se sentó junto a Bill.
Ambos alzaron la vista al cielo y vieron el magnífico espectáculo celestial, como las estelas de luz alumbraban todo el cielo. Un golpe en el hombro le hizo bajar la mirada, se encontró con los ojos avellana de su hermano observándole.
—Pide un deseo —y volvió a mirar al cielo, ambos lo hicieron.
Después de concentrarse en una estrella, apretó fuerte los ojos, hasta que casi le dolieron, y aspiró. Que todo salga bien, que no haya ningún problema, y que la locura no nos vuelva a seguir.
El ladrido de Pumba, le hizo abrir los ojos y continuar el recorrido de la estrella.
Todo iba a estar muy bien.
F I N
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