
Administración: KriminalKaulitz se une a nuestro staff de escritores con este One-Shot. Vamos a darle la bienvenida a nuestra casa virtual, con muchas lecturas y comentarios 😉
(One-Shot de KriminalKaulitz)
«Radio Hysteria»
Tom supo que había sido una pésima idea dejar a Bill a cargo de los huevos cocidos en el momento en que le escuchó gritar de dolor.
—¡No me digas que te has quemado! ¡Si te he dejado solo un segundo!
Pero cuando llegó hasta él se le quitaron enseguida las ganas de echarle la bronca porque se sujetaba las palmas enrojecidas y el pelo negro con mechitas blancas le caía por delante, ocultándole los ojos. Sólo el gesto de la boca revelaba lo mucho que estaba sufriendo.
—Venga ponlas aquí.
Abrió el grifo del fregadero y dejó que el agua helada corriera por encima de las rojeces de sus palmas. Bill jadeaba en silencio del dolor y tenía los ojos llenos de lágrimas, pero logró controlarse.
—¿Te duelen mucho?
Él asintió, de manera que toda su cabellera se movió por delante de él, inclinado como estaba sobre el fregadero, y volvió a ocultarle la expresión. Tom siempre le decía que tenían que ser fuertes. Que no podía llorar tanto. Estaban de gira y tenían que sobrevivir hasta que cumplieran todos sus compromisos. Haberse alojado en una habitación de hotel con vitrocerámica y haber intentado usarla justo antes de uno de los conciertos… no había sido la mejor de las ideas. ¡Pero es que tenían mucha hambre!
Tom le sujetó las manos y sopló sobre ellas para intentar calmarlas. ¿Qué podía ponerle, hasta que todo empezara? Agarró unos trapos de cocina y envolvió hielo dentro de ellos antes de envolverlos alrededor de sus manos. “¿Qué más hago?”. ¿Cómo se llamaba esa cosa resbaladiza, que era como unas babas? Aloe vera. ¿Quién podía tener de eso? Llamó a la recepción y en cuestión de minutos se presentó en la puerta un chico algo mayor que ellos, y al verle Bill se le cambió la cara.
—He traído esta crema —dijo el muchacho.
—Pues no tenías por qué. No me pasa nada.
Bill se fue directamente a su cuarto y Tom no se podía creer que le hubiera hecho semejante desplante a un empleado del hotel.
—Espera aquí, por favor. Te aseguro que la necesita.
Se fue al cuarto, detrás de su hermano, sin entender tanta sinrazón.
—¿Se puede saber qué te pasa? —se quejó Tom.
—No necesito una crema. Dile que se vaya.
—¿Por qué?
—No me cae bien.
—Pero, ¿ya os conocéis?
—Es el vigilante de la piscina. Y no me cae bien.
—No seas tonto y ven. Tienes las manos fatal.
Prácticamente lo sacó a empujones de la habitación y Bill se quedó delante del vigilante, procurando que la melena le tapara al menos la mitad de la cara, mientras Tom le desenvolvía las manos y ponía sus palmas para arriba, como ofreciéndolas.
A Bill todo aquello le resultó humillante y miró hacia otro lado mientras el otro muchacho le untaba el aloe vera con mucho cuidado y luego le envolvía las manos con unas vendas que traía. Se las ató con cuidado y luego se le quedó mirando.
—Espero que no te molesten durante el concierto. Y que salga todo muy bien. De verdad.
Entonces se marchó y Tom cerró la puerta.
Bill se fue hacia el cuarto enfurecido y pegando gritos.
—¡Estarás contento! ¡Te has salido con la tuya!
—¿Qué dices? ¡Necesitabas eso! ¿Qué mosca te ha picado?
—¿Por qué me has obligado? ¡Ya te he dicho que no quería tener nada que ver con él!
—¡No has dicho eso!
—¡Te he pedido que se fuera! ¡Nunca me haces ni puñetero caso! ¡Diez minutos de ventaja no te dan derecho a ignorar todo lo que digo y sólo te había pedido que lo despidieras! ¡Podrías haberle cogido la crema y ya! ¡Pero no! ¡Tenías que hacerme pasar por eso!
—¿Tú te oyes? ¡Esto es absurdo! Ese tipo ha visto decenas de quemaduras, ¿por qué no iba a tratar también la tuya?
—¡De verdad que eres imbécil!
—¡Y tú estás histérico!
Bill se echó a llorar y entonces Tom se dio cuenta de que algo iba realmente mal.
—Tienes que calmarte. Hay que empezar a vestirse para el concierto.
Bill asintió levemente, sin decir nada. Tom vio cómo tenía las manos y supo que tendría que hacer él todo el trabajo. No era la primera vez que le asistía para vestirse, antes de salir al escenario.
—Anda, ven que te ayude.
Le zafó el cinturón y abrió los vaqueros, que estaban muy apretados y costaba deslizarlos hacia abajo. Sólo entonces se dio cuenta de lo que pasaba. Bill estaba en un estado de excitación desorbitada.
—¿Todo es por ese chico? ¿El de la piscina?
Bill se mordió los labios sin querer decir nada más.
—¿Te lo has encontrado esta mañana cuando te has ido a nadar?
—Es que no dejaba de mirarme…
—Bueno, Bill, es que ese es su trabajo.
—¡No creo que fuera sólo por eso!
Bill tuvo otro acceso de llanto Tom no sabía qué hacer para calmarle. Estaba histérico, eso estaba claro. Y él había leído algo sobre eso porque les afectaba directamente. Porque así es como se ponían las fans, a gritar y a llorar en cuanto veían salir a la banda.
Había investigado en internet, ya lo creo, y se había encontrado con los primeros diagnósticos y los doctores que iban de casa en casa, con los primeros vibradores que se inventaron en la Inglaterra victoriana durante el siglo XIX. ¿Podía ser que Bill, como en tantas cosas, reaccionara a la histeria… como una chica?
—Tienes que relajarte un poco. No puedes salir en ese estado.
Pero tenía las manos heridas, no veía cómo iba a liberar toda esa tensión estando así.
“Mira, ¡qué más da!”
—Anda, ven.
—¿Qué?
—Túmbate.
Bill se acostó en la cama y Tom se puso junto a él y le pasó el brazo izquierdo alrededor para acomodarlo contra su pecho.
Tom nunca había hecho esto, no para ninguna otra persona, pero al fin y al cabo eran gemelos idénticos. El cuerpo de Bill se parecía mucho a su cuerpo.
—Sólo intenta relajarte, ¿de acuerdo?
Le puso la mano con cuidado sobre la ropa interior y Bill se estremeció y se apartó de él.
—No, Tom… tú no tienes por qué…
—Anda, calla. Llevo viéndote desnudo la vida entera, es sólo un maldito masaje y encima no tienes manos. Si te quedaras minusválido te ayudaría igual, como te ayudaría a ir al baño o a ducharte. Este tío fijo que te ha estado calentando durante toda la mañana, fichándote y lanzándote miraditas, ¿y ahora eres tú el que se queda sufriendo y encima tienes que salir a actuar así?
—Yo… pero… no es necesario… No puedo.
—Sí puedes. Yo puedo. No mires y ya está. Piensa que soy el tío ese, el de la piscina.
En lo que le decía todo esto, Tom ya había metido su mano por el elástico de los bóxers y recorría el miembro de su gemelo como si fuera el suyo propio.
Bill se refugió en el cuello de Tom, más que nada para no mirar lo que estaba pasando. Poco a poco se fue relajando en su olor tan familiar y se puso a fantasear con todo lo que le había pasado aquella mañana: los ojos azules del chico, hipnotizados detrás de su cuerpo mientras se movía bajo el agua. Las sonrisas que le había dedicado. Cómo se había recostado un poco en su silla de vigilante, disfrutando de la vista. Había imaginado cómo se lo llevaba a los vestuarios para acariciarle el pelo, besarle, meterle la mano por dentro del bañador… todas esas cosas con las que sólo podía permitirse soñar.
—Más rápido ahora… —susurró contra el cuello de Tom, al tiempo que se le tensaba la cintura contra su mano y los dedos de los pies se le arqueaban, como cuando estaba en la escuela de baile—. Más fuerte… Por favor…
Tom atendió a sus demandas e intensificó el ritmo como hubiera hecho consigo mismo, sintiendo a Bill cada vez más tenso entre sus brazos, desde las puntas de los pies hasta el brazo que le rodeaba el cuerpo y le apretaba cada vez más fuerte.
En su mente, Bill ya estaba enredado con el chico de sus sueños, en el suelo de los vestuarios, con el pelo negro empapado del agua de la piscina. Sintiendo cómo le besaba el cuello y cómo se abría paso en su interior. Deseando quedarse así para siempre…
Jadeó y sollozó contra el cuello de Tom cuando se desbordó contra su mano, en un latigazo de placer. Sintió más que nunca cómo él le contenía, en un abrazo firme como un cerco, apretándole hasta reducir todos sus temblores, sosteniéndole mientras se deshacía en suspiros. Si no se desintegraba en mil pedazos era por él, sólo por él. Porque estaba allí siempre, formando un espacio seguro, donde le estaba permitido admitir todo aquello que el mundo le negaba.
Tom respiró profundo, sujetando el cuerpo de su hermano con toda la gravedad que pudo. No era fácil acompañar a un soñador como Bill, tan fragmentado, con tanta necesidad de peso específico. Había que estar hecho de roca pero, a la vez, sólo podía conmoverse con su sufrimiento.
Sintió un acceso de ira y frustración hacia el mundo entero y pensó que podría despedazar con sus manos a cualquiera que le hiciera daño a su hermano.
A todos los que le negaban el amor y el contacto que tanto necesitaba y deseaba.
Recogió con cuidado en el hueco de su mano todo el semen para evitar que manchara su piel tan blanca y tan bella y, con la otra mano, le colocó los bóxers en su sitio.
Ahora Bill estaba relajado, su rostro desprendía paz y no era sólo exterior, sino también interior. Soñar despierto era una forma de vivir a medias, un simulacro de felicidad. Un ensayo de la relación romántica que no podía tener.
Obvio que si se quedara sin manos de forma permanente él sería sus manos.
Era su único hermano, su gemelo del alma. La persona que más quería en el mundo.
Merecía ser tan feliz como pudiera serlo.
Se separó de él y se marchó al baño a lavarse las manos.
—Deberías empezar a vestirte o se hará tarde.
Se miró en el espejo y se recolocó las trenzas por encima de los hombros.
—Y me debes una, ¿eh? —continuó— Una importante. Ya se me ocurrirá algún favor que pedirte… Lo mismo me quemo yo también las manos y te pido, yo que sé, que me laves el pelo. O que me laves el coche.
Antes de salir de la habitación escuchó que Bill le decía, con una voz muy suave, desde las profundidades de la almohada:
—Tom, ¿cuándo crees que podré… hablar por fin y tener algo de verdad?
Él se colocó la cinta del pelo y salió de la habitación sin contestar porque no tenía una respuesta para eso.
F I N
Y bien, ¿qué les ha parecido? Están invitados a dejar un comentario 🙂