Without You 1

(One-Shot de Ignacio Pelozo)

Notas: Bueno, espero que el regreso con este especial les guste.
Dejo como siempre una canción que pueden utilizar para acompañar (si gustan) la lectura. En este caso, recomendada para las secuencias III, V y final:
https://www.youtube.com/watch?v=1SXvtzKtRZs

«Without You«

I

—¿Qué es lo que no perdonas?
Tom respondió con un silencio espectral. Botó la colilla del cigarrillo y cogió uno nuevo. La analista observó el ligero temblequeo ansioso de sus dedos intentando encender el mechero. Inhaló con profundidad y cerró los ojos disfrutando del veneno amargo en sus pulmones.
—¿No perdonas ser el responsable del accidente?

¡¿Bill?! —gritó corriendo hacia el cuerpo que yacía en la mitad de la calle. Al observarlo, su corazón se detuvo, su respiración se congeló y el flujo sanguíneo se transformó en nieve dentro de sus venas—. Mierda, ¡no! ¡Bill, despierta!

 

Tom expulsó un suspiro disfrazado de nicotina y se rascó nerviosamente la frente.
—¿O la infidelidad de Bill?

 

Tom —saludó el timbre del adolescente desde el otro lado. Podía intuir la alegría en su voz producto de su llamado. No obstante, un nudo se arropó en su garganta sintiendo el mundo acercarse amenazadoramente para aplastarlo—. Amor, ¿estás bien?

Sí —dijo por fin respirando con profundidad para hacer caso omiso al dolor instalado en su pecho—. ¿Cómo estás?
—Nervioso, esperándote —oyó y tuvo que apretar la mandíbula con fuerza para no titubear ante lo que iba a decir—. Pero aún tenemos tiempo.
—Sí —contestó secamente inquietando a Bill de inmediato—. Quería avisarte que llegaré un poco tarde.
O tal vez… jamás.
—No hay problema —un coro de bocinas se infiltró en la conversación—. ¿Conduces?
—Sí… —reiteró distante—. Pequeño, quiero pedirte algo.
Tom contempló la catedral de la ciudad a través del cristal.
—Quiero que hagas una cosa, Bill. Va cortarse, pero antes quiero que recuerdes los momentos que más te han marcado conmigo. ¿De acuerdo?
—Bien.
—Recuerda el día que nos conocimos —pidió con un susurro.
Tom pudo dibujarse la primera clase en la oscuridad de sus párpados cerrados.
—Recuerda tu primer pequeña escena de celos.
Si pretendía torturar al más joven él no iba a salir ileso del intercambio de memorias.
—¿Y el primer abrazo?
Bill lloraba por el aplazo en matemáticas. Más tarde supo que había algo de excusa en ello. Un plan inocente y pícaro al mismo tiempo.
—Fue precioso. ¿Cómo me podré olvidar la primera vez que me sentí protegido por ti?
—Ahora… mantén los ojos cerrados y recuerda lo que te ha hecho feliz.

El mayor tuvo que tapar con su mano el micrófono para no dejar al descubierto su fragilidad.

Mentiroso —tuvo ganas de gritárselo en la cara, pero se contuvo—. Mentiroso, cobarde, falso, grandísimo imbécil.

¿Tomi? —llamó Bill con inseguridad—. ¡Tom! Dime de una vez qué sucede, si no puedes venir a por mí no hace falta que te sientas mal, puedo moverme solo.
—No iré.
—¿Por qué, mi amor? —pudo oír como empezaba a deambular por la casa con un andar inquieto—. Puedo esperarte.
—Estoy en la puerta de la catedral y voy a casarme con Jessica.
—¿Q-qué? ¿Qué dices? —el silencio penetró a través de la comunicación seguido de un llanto casi infantil e imparable.
—Lo que oyes. Voy a casarme con Jessica, hoy y ahora. Recuerda cada uno de estos momentos que hemos vivido, jamás los olvides porque se han terminado. Y no volverán a suceder porque me largo de la ciudad esta maldita noche. Lo siento, pequeño —sollozó antes de colgar.

 

La psicoanalista miró el reloj que colgaba en la pared. Los ojos cansados de Tom siguieron el ritmo del segundero deseando que cambiase el sentido y marchase hacia atrás.
—Quizá ambas cosas —dijo por fin—. Me torturo todos los días intentando explicarme de dónde salió ese tipo, si él fue el primero que vio al despertar del coma. Y… qué fue lo que hice mal para que Bill tuviese que tener esa estúpida aventura que lo arruinó todo.

 

Tom frunció el ceño cuando el bolígrafo de la licenciada se detuvo en su libreta para escribir algo que jamás sabría.

—¿Y tus hijos?
—Por ellos estoy aquí —dijo sin pensar y enseguida maldijo su impulso por lo bajo—. Cumplieron cuatro años ayer.
—¿Y qué hay del Thomas hombre?

Una sonrisa sarcástica hizo un paso fugaz por su rostro.

 

—No existe —sentenció decidido y cogió la cajetilla de cigarrillos antes de continuar—: porque no tengo tiempo. Tengo la mente puesta en la empresa, ¿sabes? La industria bioquímica en nuestro país marcha sobre ruedas. No quiero volver jamás a estar a cargo de un aula, no después de lo que ha sucedido. Mis padres confían en mí para mantener entre las firmas más importante al negocio familiar.
—¿Y eres feliz haciendo algo que dista mucho de la profesión que escogiste por vocación? —añadió la analista acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja.
—No.
—¿Y por qué lo haces?

 

Tom redujo la ignorancia de la respuesta a la ausencia de palabras durante unos extensos minutos. En su rostro, donde la barba anunciaba días de descuido personal, una expresión descolorida vociferó lo que su garganta no se atrevía a emitir.

—¿Notas que no haces nada por ti? —soltó la analista. Tom sintió que aquel enunciado era una bofetada a su autoestima.
—¿Por qué dices eso? —rió con falsedad—. Me preocupo por el trabajo que es aquello que me permite dárselo todo a mis hijos.
—Bien, le das dinero, comida y una vivienda —enumeró la mujer—. Eres un buen padre. Pero, dime, ¿cuántas veces puedes compartir una sonrisa honesta con ellos? ¿Cuántas veces han visto a su buen padre estar feliz? ¿Tienes amigos?

Tom cruzó una pierna por encima de la otra. Sus manos se encontraron para jugar con un hilo suelto de su camiseta. Parpadeó reprimiendo el deseo de ponerse de pie y salir corriendo.

 

—Mira, yo hice una promesa, Ruth, ¿si? —acotó con un tono agudo y ridículo.
—Lo sé. Es lo que se mantiene en cada sesión —recordó con suavidad—. Ahora dime tú, ¿sabes que algunas promesas han sido creadas para romperse? Y no. No digo esto para que te abraces al recuerdo de la infidelidad, sino para que lo sueltes. El hecho de que Bill haya roto una promesa sagrada para ti, no significa que no puedas romper aquellas que te devolverían a la vida. Eres un adulto. Si quisieras, podrías regresar a Lübeck para conseguir algunas explicaciones. Hoy en día, con el maravilloso acceso a Internet, podrías realizar una búsqueda sin siquiera moverte de tu habitación. O, bien, quedarte aquí y seguir adelante. Pero no tienes voluntad, Tom, estás detenido en la noche del accidente. El tiempo ha pasado y se ha ido sin ti. Tus hijos crecen y, a pesar de ser consciente de que te necesitan, a pesar de «dárselo todo» no los disfrutas. No así.

 

Una lágrima se posó en el borde y amenazó con arrojarse en caída libre a través de su mejilla.

Una débil alarma anunció que la sesión había finalizado. El ex profesor tomó de su bolsillo su billetera y se sintió culpable al reconocer que debajo de la fotografía de sus hijos descansaba una imagen antigua de Bill y él en la escuela. Cogió un billete y se lo extendió a la profesional sin alzar la mirada.

—Esconder las fotos no hará que lo olvides más rápido —adhirió Ruth haciendo un comentario fuera del encuentro—. Voluntad, Tom. Es el código de seguridad que te permitirá salir del calabozo en el que te has recluido.

 

II


—Tu padre necesita la lista de fórmulas para enviar al laboratorio y dice si sabes algo sobre el pedido de un nuevo gerente —oyó balbucear a Lucía antes de cerrar la puerta de su oficina.
No obstante, Tom intentaba resolver otras ecuaciones en su vida. Acarició la madera lustrada de su escritorio y se sentó frente al computador. Dejó descansar una de sus manos entre el ratón y el teclado y observó su reflejo en el monitor apagado.
«¿Y si lo que encuentro no me gusta?», se preguntó titubeando junto al botón de encendido. Cuando la verdad se hornea bajo las indicaciones del tiempo y desconocemos su preparación el sabor puede ser desmesuradamente dulce y regocijarnos en ella, o terriblemente amargo y provocarnos un impacto de por vida. Los reencuentros pueden abrazar una parte de nuestro pasado o destruir una porción de nuestra identidad robándonos cualquier futuro previsto.
Inhaló cogiendo valor y encendió la pantalla. Abrió el navegador e ingresó en su cuenta de Facebook después de tropezar con la contraseña como producto de su ansiedad: pequeño2006. Guió el puntero hacia la zona de búsquedas y escribió: Bill Trümper. Entre las posibilidades, vio un rostro de un niño y un joven de mediana edad.
Nada.
—No me puedo rendir ahora —se dijo a sí mismo a media voz y tecleó el nombre de Andreas.
Sonrió ante la foto ridícula de su perfil y la portada de su banda favorita. Se veía exactamente igual que cuando se sentaba en el pupitre al fondo del aula y se distraía hablando con las jovencitas. Rebuscó entre los amigos de su viejo alumno, pero no había rastros de Bill. Se sintió triunfante cuando sus dedos teclearon «Nick», pero la expresión emigró de su rostro cuando la búsqueda no arrojó ningún resultado.
Continuó en la red social con Yuki. El perfil bajo ese nombre era el único vigente. Si bien la foto de perfil no se correspondía con una silueta humana, vio que la última interacción había sido establecida con un tal Mateo Santos. Sin embargo, ni el asiático, ni este último tenían algún amigo bajo el nombre de Bill Trümper o Nick de Imon.
Tom comenzó a pensar en que ambos mantendrían una vida sin redes sociales para evitar ser contactados.
«Pero, entonces, ¿qué gano buscando a alguien que no quiere ser encontrado?», pensó.
Deslizó su mirada hacia el teléfono que descansaba mudo sobre su escritorio y una luz se encendió dentro de su cabeza. Regresó al navegador e ingresó en un sitio de buscadores telefónicos. Allí depositó los nombres que ansiaba desesperadamente encontrar, pero fue en vano. No había un número registrado bajo la firma de Bill.
Consideró que Google tal vez podría brindar un dato, por mínimo o relacionado que fuese, pero se equivocó. Solo un viejo blog de tareas de literatura donde había entregado un trabajo de poesía alemana que desaprobó.
Tom se sintió ofuscado y se giró en su silla de cara hacia el ventanal que daba a la autopista. Los vehículos parecían pequeños juguetes de plástico manejados por un niño perverso. Exactamente como él.
Esperar sin emprender búsqueda te reduce a quedarte envuelto por la desesperación de cada segundo que transcurre. Te absorben, te desintegras, te olvidas. ¿Sientes la tortuosa asfixia de la aguja del Tiempo sobre tu cuello amenazan con rasgar la piel? ¿Aún así permaneces inmóvil ante el dolor? ¿Te ha pasado de transitar por las calles y sentir que estás en un baile de máscaras donde todo se viste como el objeto esperado hasta que fijas tus ojos y la ilusión se desvanece? No mires atrás, Tom. El olvido te persigue y su voz se asemeja a la de Bill porque está a punto de tragarte.
Tomó de sus bolsillos la cajetilla de cigarros y encendió el último del paquete olvidándose las tajantes normas de no fumar en la empresa y se volteó nuevamente. Tomó el teléfono y marcó el número de su madre. Aguardó unos instantes mientras aspiraba unos días menos de su vida y cuando expulsó el humo lo saludó una voz femenina del otro lado.
—Mamá, hey, ¿cómo estás? —dijo. Escuchó el resumen de la jornada de una mujer de la tercera edad y abrió el segundo cajón de su escritorio donde yacía un examen trimestral firmado con un corazón rojo y un nueve en una esquina seguido de una felicitación. Bill.
—¿Puedes cuidar de Lizzie y Ritter esta noche? Tengo que viajar al norte, negocios con la distribuidora y algunos problemas locales —mintió y añadió detalles que su madre no manejase para darle mayor credibilidad—. El químico es nuevo y se está mandando errores jodidos.
No le costó demasiado trabajo obtener la aceptación de su madre.
Cuando volvió a sentir sus pies sobre la realidad, estaba en el ascensor rumbo hacia el estacionamiento con el corazón dándole fuertes puñetazos contra su pecho.

 

III

La oscuridad imperaba sobre la ruta. Las luces del vehículo le obsequiaban con un dejo de consideración un débil trozo de materialidad cercana en el medio del caos y la desolación. Cinco horas al volante desde Leverkusen hacia Lübeck por la Autobahn número uno y el empalme con la número dos.
Una completa locura. Eso es lo que era. Una completa locura.
Tom observó sus ojos irritados en el espejo retrovisor y encendió el reproductor de música. El verde opaco de la vegetación perdida en la noche se difuminaba a su paso y la luna, nívea y perfectamente circular, se alejaba a medida que aceleraba sus pasos.
—Búscame —creyó oír un susurro a su lado.
Pestañeó con insistencia para no caer en las garras de la insanía y observó de reojo el asiento del acompañante.
—Las promesas y las mentiras tienen algo en común —continuó. Tom carraspeó sonoramente para ahuyentar aquella brisa repleta de palabras que llegaba en la mitad del viaje y que parecía provenir del encantamiento de los árboles que rodeaban la carretera—: están compuestas de lenguaje, de significado y emociones. Es muy fácil encontrar mentiras disfrazadas de promesas, y promesas que jamás llegan a la verdad.
Un erguido cartel azul anunció como una estrella fugaz el ingreso en Remscheid.
—¿Y a qué juramento es al que no le debo faltar? —le preguntó al vacío que lo había acompañado durante cuatro años replicándole cada una de sus objeciones para desafiarlo a rendirse—. ¿No buscarte más, eh, Bill? ¿O amarte y cuidarte de una vez por todas y para siempre?
El inexorable peso de la compleja existencia cayó sobre sus manos cuando temblequearon sobre el volante. Otra pregunta que se evaporaba dentro del mutismo sepulcral en el que estaba arrestado.
Prometer que siempre estarás ahí es negar tu condición de humano. No siempre estarás allí porque un corazón se detendrá primero y la vida se marchitará arrastrando consigo la buena voluntad de cumplir la palabra.
Tom condujo una hora con los labios moviéndose al compás de la balada que danzó a través de su piel dibujándole recuerdos que se proyectaron como una vieja cinta sobre el parabrisas. Vio al Bill adolescente correr por los pasillos que daban al laboratorio. Rememoró la sonrisa victoriosa al recibir la retroalimentación del examen y su postura plagada de coquetería. Sintió la mirada penetrante detrás de su cuello de aquella misma dulce manera que cuando le daba la espalda al alumnado para escribir en el pizarrón. Insultó a la neblina sonámbula por empañar sutilmente sus cristales como el aliento de Bill cuando se depositaba sobre los vidrios del aula desde el exterior para dejarle corazones y garabatos mientras corregía en el descanso.
Todos tenemos con nosotros el mayor tesoro y el peor castigo: nuestra memoria.

Se detuvo en Hagen West para recargar el tanque de gasolina e ingresó en el autoservicio para ordenar un café y dos cajetillas de cigarrillos que se encargasen de drenar la ansiedad en el resto del recorrido. La empleada le extendió el vuelto con una sonrisa seductora que jamás llegó a percibir. Salió azotando la puerta y antes de montarse nuevamente al coche dio algunas vueltas sobre sí mismo. Su sombra sobre el asfalto le preguntó por qué la felicidad tiene un tope y la tristeza no. Avanzó hacia las vías del tren y se recostó unos minutos sobre ellas para estirar las piernas. Tom únicamente podía describir la sensación de estar siendo succionado por un agujero oscuro y sin fondo. Deseó que un ferrocarril fuera de servicio pasara justo sobre él y se detuviera justo sobre su cuerpo.
Las nubes cogieron a las estrellas y las ocultaron de sus ojos para que no pudiese disfrutar de su belleza.

Regresó al auto y se puso en marcha. Atravesó el río Ruhr y en un rincón suicida de su imaginación, el freno falló y se hundió en la profundidad donde un cardumen se alimentó de lo que restaba de su espíritu.
Pisó a fondo el acelerador para huir hacia un destello de esperanza y, compulsivamente, tuvo que revisar su cartera sobre el volante para verificar que la foto de Bill permaneciese en su lugar. O, quizá, para no perder lo que le restaba de razón.

Se detuvo junto a Kamm des wesergebirges donde tomó una hora y media de siesta para restaurar la funcionalidad de sus reflejos.
Cuando dejó Hamburgo atrás, el cielo abrió su telón y expuso los primeros colores del día. Encontró un efímero desayuno en una pequeña y acogedora cafetería situada entre robustos pinos a un lado de la carretera.
El corazón se le despertó de un vuelco cuando tomó la ruta veinte que lo adentraría en Lübeck.

—Lo difícil no es marcharse. Lo verdaderamente difícil es regresar. Volver es revivir —pensó mientras conducía hacia la vieja escuela.

Sus ojos se pasearon por todo el paisaje. No se habían producido grandes cambios en la escenografía de su antigua ciudad. El más radical lo tenía delante de sus narices: «En venta».
San Cándido, la escuela responsable de grandes pasajes de su historia, había cerrado.
Tom deslizó el vidrio hacia abajo y dejó descansar su brazo sobre el marco de la ventanilla. Permaneció unos minutos contemplando el vacío y sintiendo empatía por él. Entonces, recordó aquello que le hacía sentir el alma desbordada, repleta, satisfecha. Rememoró la línea que se trazaba en el mapa desde la escuela hasta la casa de Bill y se puso en marcha.
Tuvo que encender otro cigarrillo para no temblar como una hoja seca en medio de un huracán cuando se detuvo en la acera de enfrente y reconoció la fachada del frente. El jardín que había sido tan cuidado minuciosamente por Simone y, posteriormente a su muerte, por su hijo lucía desteñido y triste.
Tom descendió del auto después de apagar el motor y cruzó la calle. La ausencia de verja le permitió atravesar el pequeño parque y llegar directo a la puerta. Miró sus pies y descubrió que la alfombra de Bienvenidos no estaba en su sitio. En su lugar, un rectángulo de polvo que anunciaba que había sido retirado de manera reciente le alertó los sentidos.
—Vamos, por favor —murmuró y le propinó tres golpes a la puerta.
El silencio se burló una vez más de sus sueños.
Tom se agachó e intentó espiar a través de la ranura para la correspondencia. Su perspectiva se redujo a la sala donde descubrió que el sofá donde habían sido descubiertos en medio de una batalla de besos ya no estaba. Así mismo, el televisor, la biblioteca y la pequeña mesa de té habían sido sustituidos por un montón de nada.
Se reincorporó sintiendo el llamado de la decepción e inevitablemente se acusó a sí mismo de haber llegado tarde. Frotó con ambas manos su rostro mientras la impotencia trepaba a través de su cuerpo y el alrededor comenzaba a dar vueltas burlonas sobre él.
—¿Por qué, por qué, por qué…? —petrificado permaneció de pie frente a la casa vacía abriéndole paso a las lágrimas que se empujaron las unas con las otras, desesperadas, después de cuatro años de represión.
Caminó lentamente hasta el vehículo intentando no desmoronarse en mitad de la calle y cuando se desplomó dentro dejó salir el llanto sin limitarse.
La presencia que había fantaseado a su lado también había desaparecido.

IV

—¿Y qué has hecho luego de descubrir que ya no vive allí?
—Me sentí terriblemente perdido —contó mientras la analista le extendía una taza de café—. Así que puse en marcha el coche sin saber bien hacia dónde ir. Empecé a merodear por las calles de Lübeck, a revisitar lugares. Pasé por el Wakenitz.
—¿A qué fuiste al río?
—Para pensar —mintió—… y nadar.

&

Dejó el teléfono móvil, el calzado y la ropa en el auto. Cogió la billetera y observó por última vez la fotografía de Bill.

Tom se coló por la ventana con un ramo de flores y chocolates. Sorprendido de no encontrar a Bill en su dormitorio avanzó caminando de puntillas hacia el retrete y la habitación de su primo. Hasta que se pudo oír:
—Me quedaré quieto para no dañarte y desde las escaleras, el profesor pudo divisar la silueta de un hombre en la penumbra montándolo por detrás, dos cuerpos unidos por la desnudez—. Cuando te sientas cómodo muévete, Billy.
Y el inicio de una danza erótica que hizo su corazón añicos.

Avanzó desnudo hacia el borde del acantilado y dejó que su propia memoria lo motivase y le otorgase valor. Pudo ver a Bill corriendo entre la hierba incitándolo a ser perseguido y recordó el día que lo llevó a aquel mismo paisaje para hacerle el amor por última vez.

Siempre serás el amor de mi vida más allá de lo que el jodido destino decida y disponga para nosotros. Pero ten por seguro, jamás olvides, que si un día nos separa, el amor y la vida nos volverán a poner en el mismo camino.
Una lágrima rodó por la mejilla pálida de Bill. Tom comenzó a desnudarlo. La situación, los sentimientos, las experiencias, las sonrisas, los sueños, la esperanza y el amor: todo había penetrado en terreno de la duda y parecía imposible sacarlo de allí. Quizá, alguna parte podría ser absorbida. O, tal vez, ese Tom debía dejarse matar por el dolor. ¿Sabes qué eres cuando el destino derrota al amor y la felicidad?

—Un completo fracasado… —dijo al unísono con su pasado y se lanzó al vacío.

&

—¿Y por qué estás herido? —indagó buscando una confesión.
—Caí mal, eso es todo —agregó rápidamente—. Lo importante ocurrió cuando, al regresar del río, el tablero me recordó que debía rellenar el tanque de gasolina y aconteció lo inexplicable…
Tom apeló a lo transcurrido tres días antes durante su estadía en Lübeck. La psicoanalista lo escuchó con atención.
—Había desistido de buscarlo, así que decidí regresar a Leverkusen. Me detuve en una estación de servicio para comprar algo de comida y más cigarrillos para el regreso. Dejé las cosas en la guantera y me tomé un momento para ir a los servicios. Me lavé la cara e intenté despejar un poco mi cabeza del mar de angustia en el que se me había sumergido. Al salir, fui directo al auto sin percatarme de nada. Mientras cargaba el tanque, me di cuenta que lo que me obstruía la vista hacia la autopista era un enorme camión de mudanza. Detrás de él, estaban dos hombres discutiendo.

La licenciada intentó seguir el discurso de Tom, quien fumaba y narraba con efusión y detalles aquella situación.

—Una de las voces era casi ianudible. No pude seguir nada de lo que replicó. La otra voz me sonaba tan enfermamente familiar que me heló —continuó dejando la vista fija en un punto perdido de la pared—. Todo sucedió tan rápido, que debo recordarlo en cámara lenta. Uno de los hombres subió al asiento del acompañante. Tuve que esforzar la vista para verlo detrás de la suciedad de las ventanas. Llevaba puesta una gorra de lana, tenía el rostro libre de cabello y… pues, no mucho más que eso. Su compañero subió unos segundos más tardes, luego de darle la vuelta al camión para subir en el lado del conductor.
—¿Y qué tiene que ver esto, Tom? ¿Te despierta algún sentimiento? —preguntó la terapeuta intentando comprender la importancia que le daba a aquel asunto intrascendente
—Si la casa de Bill estaba desierta es porque se mudó, ¿verdad? —añadió motivado. Ruth abandonó la libreta a un lado y torció la cabeza para prestarle aún más atención—. Y, vale, que suena a una locura, lo sé, pero… ¿y si ese camión de mudanza era suyo? ¿Si esa voz familiar era de Nick y ese rostro que no alcancé a divisar era Bill?

La alarma chilló informando que el tiempo de sesión se había acabado. El ex profesor suspiró reincorporándose lentamente.

—Mira, lo has intentado y eso es lo que importa aquí. No te diré cómo debes sentirte al respecto, qué movimientos hacer a partir de ahora. Eso solo lo sabes tú —aclaró recibiendo el dinero propio de cada encuentro—. Pero, no presiones a la realidad por encajar en tus cálculos. Si me permites un consejo menos profesional y más humano, ve a ver a tus hijos que después de cuatro días deben de estar preguntándose dónde te has metido y sácalos a pasear. Distráete con algo que no sea el pasado. Al menos por hoy.

Tom asintió ignorando que del pasado es imposible escapar. 

V

—Cine.
—Hamburguesas.
—Cine, boba —reafirmó Ritter.
—Papá, por qué no le explicas que antes del cine iremos a por una hamburguesa gigante —solicitó Lizzie ingresando al Rathaus-Galerie de la mano de su padre. Desde el otro lado, su hermano mellizo le sacó la lengua.
Los niños corrieron a través de los lujosos y resplandecientes corredores del centro comercial. Demandaron ropa y juguetes de cada vidriera en la que posaron sus pequeñas narices. Algunos adultos observaron de reojo a Tom por permitirle a su hija adquirir un coche a control remoto igual al de su hermano y un muñeco que poseía la facultad de transformarse en moto.
Ritter imitó a su hermana cuando salió de probarse un vestido y consiguió que el adulto emitiera una carcajada después de unos días de penas y amargura.
Tom acarició aquellas diminutas cabezas doradas mientras aguardaban en la fila de la casa de hamburguesas y comprendió el poder sanador que poseen los niños. Se permitió desear que jamás crecieran.
Almorzaron en medio de una competencia verbal sobre por qué el juguete que el azar le dio a cada uno era más poderoso que el del otro. Tom no pudo contener la risa cuando Lizzie justificó que su heroína era mejor que el muñeco de su hermano por ser una niña.
—¿Podemos ir al pelotero? —preguntó el niño metiéndose a la boca todas las papas fritas que le faltaban para terminar.
—Claro que podemos —aclaró la menor bajándose de la silla—, ¿o no?
—Claro que sí —rió el padre antes de que los chiquillos corrieran fuera de su vista.
A Tom le bastó quedarse a solas para sentirse desprotegido e inseguro. Contempló a su alrededor a las familias con sus hijos y frunció los labios preguntándose cuán diferente podría ser ese escenario con alguien que lo acompañe. Incluso se tropezó visualmente con una pareja de mujeres que calzaban a su hijo antes de retirarse del lugar.
Apoyó el codo sobre la mesa y dejó descansar su cabeza sobre su mano mientras observaba a los individuos que merodeaban en la gran galería. Todo el mundo parecía exageradamente risueño en su paseo como si sudasen conformidad con sus vidas.
Estaba divisando su reflejo difuminado en el cristal cuando una silueta le encendió todas las luces de alarma en su interior. Frente a una sucursal de Dior, una figura delgada contemplaba los maniquíes de la reconocida firma. Vestía un saco azul que le llegaba por debajo de las rodillas y sobre su largo cabello, blanco y negro, portaba una gorra de tela del mismo color. Tom vio a aquella persona caminar meneando la bolsa que llevaba en su mano derecha y algo llamativo en ese andar lo obligó a ponerse de pie. Sin despegar sus ojos de aquel cuerpo notó que un papel se le escapó de su mano libre y se agachó para recogerlo revelando su perfil.
—¿Bill…? —murmuró en un hilo de voz sintiendo cada vello de su cuerpo erizarse de impresión.
Con el corazón ensordeciendo su raciocinio corrió hacia el pelotero para avisarle a sus hijos que enseguida volvería. No supo si finalmente las palabras encontraron salida fuera de su garganta o si solo se acercó e hizo un gesto ridículo.
Se dirigió hacia la puerta tropezándose con una anciana que ingresaba conversando con una mujer de su edad que lo tildó de maleducado cuando tuvo que empujarla para poder salir.
Un grupo de gente salió de la sala de cine chillando por el absurdo y romántico final de la película del mes y se interpuso en su camino. Con desesperación y otorgando manotazos a su paso, Tom atravesó el malón. Sin embargo, aquel sujeto ya no estaba.
Observó a su alrededor buscando cualquier rastro e incluso revisó hasta en los probadores de Dior, pero parecía que la tierra se lo hubiese tragado.
—No, otra vez… —musitó desesperanzado en medio de la muchedumbre.

 

VI

—Este no es el baño de mujeres —dijo un hombre mirándolo de pies a cabeza.
Bill frunció el ceño y avanzó hacia la fila que esperaba para ingresar a la sala.
—¿Y?
—Sala dos. Adorarás esta película —repitió Nick por tercera vez en el día—. Quizá no lo recuerdes, pero amabas los policiales y Criminal tiene muy buenas reseñas.
El joven alzó los hombros y se dejó guiar.
Cogieron los asientos de la fila del medio y se negó a las palomitas de maíz y el refresco excesivamente dulce.

VII

En la sala contigua, Ritter y Lizzie lloraban de risa con el perrito protagonista del film. Tom intentó concentrarse en seguir el hilo argumental, pero en su mente solo podía ver a esa persona que bien podría ser su pequeño ya adulto.
Solo existían dos opciones posibles: Bill estaba en Leverkusen o él se estaba volviendo loco. Un minúscula porción de su corazón se aferraba a la probabilidad del primer efecto.

 VIII

—No me esperaba ese final —lloriqueó el muchacho de rastas bicolores.
—Oye… —sonrió Nick rodeándolo por la cintura—. Si yo fuese un asesino como el tipo de la película, ¿también me seguirías amando como lo hizo la víctima?
Bill hizo una mueca de desagrado y se alejó dos pasos de su cuerpo.
—No digas esas cosas —fue todo lo que se atrevió a responder antes de distraerse con una tienda de ropa.
Nick lo siguió con paciencia llevando sus paquetes. Su móvil vibró en el interior de su bolsillo y atendió con velocidad.
—Dime.
—Te he estado llamando todo el día.
—Estaba en el cine.
—¿Puedes hablar?
Bill ingresó en una línea de calzado femenino y señaló un par de botas negras.
—Sí, rápido.
—Ya sabe que se mudaron.
—¿De qué hablas?
—Cree haberlos visto en la salida de Lübeck.
—Mejor.
—¿De qué hablas?
—Ahora que tengo la certeza de que Bill ya no lo recordará puedo hacer lo que quiera —sonrió—. Incluso desafiarlo. Torturarlo.
—Ten cuidado.
—Solo mantenme al tanto, Ruth —aclaró Nick sin abandonar su expresión de victoria—. Ese es tu verdadero trabajo. La vida de estos imbéciles la manejo yo.

 IX

Tom fue al centro comercial tres días consecutivos a la misma hora. Tuvo que interrumpir su obstinada búsqueda un viernes cuando el jardín de infantes donde había inscripto a sus hijos solicitó una reunión de padres para prepararlos para el ingreso.
Esa misma tarde, Bill fue a conocer el establecimiento donde ejercería su nuevo trabajo.
La vicedirectora, una mujer pelirroja que no superaba los cuarenta años, se lamentó de que la dueña del instituto no se encontrase esa tarde para hacerle el ingreso formal, pero a modo de disculpas le ofreció conocer el recinto.
—Este es el patio de juegos y por allí —dijo señalando con el dedo hacia un pequeño edificio— están las salas del nivel maternal.
Avanzaron hacia el otro extremo donde conoció la cocina, la sala de maestros, los toilettes de los niños, la preceptoría y la dirección.
—Aquí está el auditorio donde realizamos los eventos escolares propios de cada ciclo lectivo, pero ahora mismo hay padres en reunión pre-ingreso —informó la mujer—. Verás que te adaptarás rápido. La primera experiencia siempre da algo de vértigo, pero el mundo de la educación es muy gratificante.
Bill asintió y sin pensar agregó—: Por alguna razón… lo sé…
Se acercó hasta la pequeña ventana situada en la puerta que daba al gran salón de actos y observó al grupo de padres y niños que oían atentamente las indicaciones de dos maestras.
Dos niños rubios se voltearon y le sonrieron. Los saludó con una mano y ellos le devolvieron el gesto agitando las suyas.
Contempló la espalda de quien parecía ser su padre y frunció el ceño sintiéndose incómodo. Bill se alejó con lentitud y regresó con la vicedirectora al patio.

—¿Qué sucede? —dijo Tom por lo bajo a sus hijos inquietos.
—Nada.
—Alguien nos estaba saludando —comentó Lizzie señalando a la puerta.
Él echó un vistazo. Sin embargo, no había nadie del otro lado.
—Bueno, ya se fue, hagan silencio —ordenó devolviendo su atención a la charla.

Bill abandonó el edificio diez minutos antes que Tom.
Los niños no dejaron de conversar sobre «la chica» que los había saludado. Su padre estuvo inmerso todo el camino a casa en lo que había sucedido en la Rathaus-Galerie días atrás.


Al antiguo profesor le faltaba aprender una valiosa lección: el destino no es un despótico dios. Simplemente, trae cada suceso en su momento justo.

F I N

Espero sus tomates. 🙂

por Ignacio Pelozo

Escritor del Fandom

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