Without You 2

Notas: Este fic pertenece a la serie «Mi profesor de química» y puedes encontrar la serie completa, pinchando «aquí».

(One-Shot de Ignacio Pelozo)

«Without you 2«

I. 2010 – Heiningen

Dejar ir. Dos infinitivos que constituyen una doble despedida: el abandono voluntario, el desapego, la responsabilidad fatal; y la incertidumbre ansiosa de lo que proseguirá inmediatamente después al último adiós.

Tom no poseía el valor para deshacerse del recuerdo de Bill, que vagabundeaba como un fantasma en su rutina diaria e inundaba de vacío los espacios que nunca había ocupado. Como, por ejemplo, el instante que lo paralizaba a colaborar con sus hijos en el armado del árbol navideño.

—Hey, niña boba, que estás dejando todas las bolas rojas juntas —rechistó Ritter reordenando lo que su hermana había armado en la parte más baja—. Papá, dile algo.

Los ojos de Tom, reflejados en la humedad de los cristales, siguieron el lento descenso de los copos de nieve, que con un dejo de resignación se dejaron morir juntos sobre la hierba.
Quizá, lo que más acongojaba su solitario corazón durante diciembre era saber que nunca había disfrutado una navidad junto a Bill. ¿O, acaso, se debía a la frustración de no poder compartir el deseo que se le confiesa a los fuegos artificiales frente al nacimiento de un año?

—¿Papá?

El dulce llamado lo invitó a voltear su cabeza. La pequeña, aún de pijama y con los cabellos rubios revueltos, sonreía con una estrella dorada en su mano.

—Este año era mi turno —reclamó su hermano cruzándose de brazos y dándole una patada a la caja con las guirnaldas.

Tom recogió a Lizzie cuando ella se estiró en puntillas de pie y la acercó a la punta del pino. Luego de colocar la estrella en la cima, tomó el rostro de su padre entre sus diminutas manos sintiendo el filo de su barba.

—No estés triste —reclamó con el mismo tono de un berrinche—. Esta será la última navidad triste, ¿sí?

Asintió por obligación y dejándole un beso sobre la frente dejó a su hija de pie en el suelo. Apagó las luces de la sala para encender las lamparitas coloridas que habían elegido Ritter y Lizzie con el afán de festejar una Navidad a lo grande. En silencio, abrió la puerta principal y la ventisca helada que azotó su piel le brindó confort. Apoyó su cuerpo sobre el poste que sostenía el porche y tomó el atado de cigarros de su bolsillo. Al abrirlo, el rojo intenso del mechero fue la excusa que su memoria necesitaba para jugarle una mala pasada.

En cuanto salga de peligro, te despides. Antes de que despierte, por supuesto —agregó Nick de inmediato— si no recuerda…
—Si no me recuerda, será mejor.

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II. 2006 – Lübeck

—Por favor, le suplico… —rogó con el corazón en un hilo. Descubrió el nombre del enfermero en el colgante y añadió—: Ignazio, por favor, le juro que son cinco minutos. Dejo la ciudad en unos días y solo necesito dejarle este obsequio. Por Navidad, por favor.

El joven lo observó por encima de sus gafas con desconfianza. Frunció el ceño ante la mueca de desconsuelo del visitante y se llevó la muñeca a la altura de su barbilla.

—Veintitrés treinta —aclaró apuntando su reloj—. Cinco minutos.
—Gracias, gracias… —suspiró Tom. Ambos permanecieron de pie frente a la puerta de la habitación del pasillo de Cuidados Intensivos—. Algo de privacidad estaría bien… si es posible…
—Estaré aquí afuera —sentenció el enfermero tomando asiento en las banquetas de espera.

Con un paquete mediano bajo el brazo, ingresó en el silencio del cuarto.

—Dios… —musitó agobiado ante el escenario que se desplegaba para él.

A su alrededor, pudo observar una gota de suero desprenderse de la bolsa y viajar a través del tubo inyectado en el antebrazo de Bill. La respiración lenta, casi imperceptible, se dejaba entrever por el movimiento de la sábana. Y la incesante melodía proveniente del monitor cardíaco era el único sonido que esa noche iba a poseer como respuesta.

Tom depositó el regalo sobre la camilla a la altura de los pies de Bill. El papel brillante y colorado resaltó con fervor en medio de la palidez de las paredes. Cogió una silla de madera que descansaba cerca de la ventana y tomó lugar junto a la figura durmiente.

—No sabes cuánto lo siento… —dijo por lo bajo admirando aquellos párpados cerrados y desnudos de maquillaje—. Espero estar haciendo lo mejor, Pequeño.

El profesor acarició el brazo del muchachito con suavidad hasta alcanzar su mano. Se aferró a sus dedos inertes y observó la carencia del lazo. Falta que se disfrazaba de un “para siempre”.

Con el dolor abusando de su memoria, Tom se percató de que aquella sería la última vez que vería a Bill y sucedió lo que evitaba con imperioso coraje desde semanas atrás: el inexorable y desgarrador llanto que sucumbió ahogado contra las sábanas.
Deseó que todo fuese un sueño absurdo, anheló poder despertarse con la realidad de la romántica cotidianidad. No obstante, el agudo chillido de la máquina le rememoraba que aquel corazón roto seguía latiendo y no estaba escrito en ninguna parte que pudiese ser reparado. Apretó su mandíbula y maldijo hasta quedarse sin aire.

—¿Por qué? ¿Por qué tuvo que…? —hipó en medio de la angustia.

El índice de la mano del joven Bill se movió sutilmente por encima de su palma. Se reincorporó con exasperada atención a la espera de otra respuesta. Sus ojos nublados por las lágrimas oscilaron entre el agarre y el rostro de su exalumno.

Nada.

El enfermero le propinó tres golpes suaves a la puerta para emitirle la señal de la despedida.

Acorralado por la culpa, que formaba filas de combate contra la esperanza en cada rincón de su alma, se inclinó para dejar un beso sobre el plástico verdeazulado del respirador artificial. Del otro lado, los labios de Bill se deslizaron con delicadeza hacia un costado y simularon una sonrisa detrás del vaho que impedía el contacto.

Tom sintió una presencia a sus espaldas. Sin atreverse a mirar, recordó las palabras que le regaló a Simone con un café de por medio:

Tiene mi palabra: lo voy a cuidar siempre.

Asintió con pesar y agregó—: Lamento no poder cumplir ni una de todas las promesas que te hice, Pequeño.

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III. 2010 – Heiningen

Las vacaciones en la casa de campo lograron que comenzara a sentirse aún más frustrado. Heiningen estaba caracterizada por ser un ambiente familiar. Las antiguas generaciones habían conocido a sus padres y a sus abuelos. Sin embargo, sus herederos no tenían noción de quién era el hombre soltero con dos niños que había venido desde el norte para celebrar la Navidad y el Año Nuevo a la casa de la Goethestraße al 10. Necesitaba las distracciones de la empresa, el ruido de Leverkusen, los luminosos edificios donde podía gozar del anonimato y el espacio reducido de su departamento, cuyos vecinos conocían su historia sin necesidad de vestir un rostro ambiguo y con incertidumbre.

Tom caminó por la vereda y se detuvo para observar lo que sucedía detrás de las paredes de la casa de al lado. A través del ventanal, una matrona sirvió el banquete. Los niños se removieron ansiosos y cogieron los cubiertos. Tenedores, presumió. Un hombre de unos cuarenta años la llamó para susurrarle algo al oído que pasó inadvertido para los agasajados, pero que con seguridad ella oyó porque sonrió con picardía.

Sobre sus cansadas pupilas, el destello de las vivas y coloridas luces, que colgaban en el porche, lo obligaron a desviar la mirada en dirección a la ventana de su casa y regresar sobre sus propios pasos. Antes de ingresar, se detuvo en el umbral y contempló el muérdago.

—¿Dónde estás? —susurró y estiró su mano para enderezarlo.

En el interior, Ritter y Lizzie dormían aferrados el uno al otro junto al calefactor. Unidos ante el inminente derrumbamiento de su padre.

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IV. 2010 – Leverkusen

El vino descendió a través de su esófago quemando sus novatas cavidades. Sus rastas se mecieron con parsimonia acompañando su andar. El teléfono vibró en su bolsillo trasero e, inmediatamente, lo tomó entre sus dedos libres para verificar que Nick estuviese en camino.

«Estoy varado en Frankfurt. La nieve o algo así. Llego por la mañana».

Bill omitió cualquier tipo de respuesta, guardó el móvil y cambió la copa a su mano diestra. Le preguntó a las cajas desperdigadas por doquier por qué continuaba una relación con un hombre que, claramente, no lo amaba. Se sintió un objeto más de mudanza abandonado en un rincón. El único elemento que no tenía pegado una etiqueta de identificación en medio del mar de cosas que sobre-poblaban el espacio.

—Porque no tienes a nadie más —musitó la voz de su conciencia.
—O porque no me tengo ya ni a mí mismo —completó abriéndole sus emociones a la ausencia de alguien.

Sonrió bebiendo el último sorbo de alcohol disponible y vagabundeó entre los paquetes cerrados. Uno de ellos, excedido en cinta adhesiva, llamó su atención. No era el único carente de nombre. Ladeó la cabeza al percatarse de que aquel bulto no tenía nada en su exterior que le diese una pista de su contenido y fue en búsqueda de una pequeña tijera a su cajuela de maquillaje.

El celular volvió a vibrar con impaciencia y desde la previsualización pudo leer un «contéstame» al que, deliberadamente, decidió ignorar.

Al regresar, se sentó de rodillas y comenzó a rasgar la seguridad del adhesivo hasta poder jalarlo con sus propias manos. Las piezas sueltas dentro de su cabeza se agitaron sin rumbo alguno en la búsqueda de respuestas sobre su identidad.

Cuando su uña acarició el cartón, un dejo de esperanza atravesó como una estrella fugaz por su corazón. Bill desplegó las solapas y lo primero que pudo observar fue su propio rostro adolescente. Un nudo golpeó su garganta cuando notó el brillo en los ojos achinados y la sonrisa que retrataba aquella fotografía. Acarició el papel impregnado de polvo y descubrió el logo escolar que vestía su camisa blanca. Lo más inquietante fue percatarse de que, por debajo de su cabello, un brazo que trazaba una curva y moría en un agarre varonil en su delgado tríceps.

El joven se sintió muy indignado ante el evidente recorte que había sufrido la imagen. Cada día se convencía más a sí mismo que Nick le ocultaba información vital para ayudarlo a recordar.

Parpadeó aún más sorprendido cuando el rojo brillante, que ni la suciedad pudo opacar, tintineó ante su vista. Con las manos temblorosas producto de la ansiedad cogió el paquete misteriosamente cerrado. Del moño colgaba un fino hilo dorado con un retazo de papel arrugado y roto. Gruñó la censura del remitente e imaginó la discusión que tendría cuando su pareja arribase a Leverkusen al día siguiente.

Bill quitó la envoltura con el fuego esparciéndose por todo su organismo. Levantó la tapa y lo que encontró le heló la sangre.

—¿Qué…?

Un centenar de imágenes y sonidos se superpusieron en su memoria con el único propósito de aturdirlo.

A que no me atrapas…
Risas.
Hierba.
Aves.
Más risas.
Mariposas en el cielo.
—Migran.
Mariposas blancas en el cielo.
—Una sola vez en su vida.
Sorpresa.
—Son una de las especies más hermosas…
Hierba, pasos ligeros y el sonido de un beso.
—… y frágiles como tú.

Delante de él, un cuadro con una mariposa disecada. Debajo, en una diminuta plaquita, “White wood”.
Bill volteó el presente esperando hallar un colgante y las lágrimas que se habían amontonado en la esquina de sus ojos se fugaron hacia sus mejillas cuando descubrió un papel entre el marco y el vidrio. Retiró la nota con cuidado y, mientras deshacía cada pliegue, inhaló y exhaló esperando dominar su intranquilidad.

«¿Y a dónde volarás tú? Me esperan las orillas del Rin.»

En el silencio de su nuevo hogar, a menos de un kilómetro de distancia del Rin, Bill sintió que algo o alguien lo estaba esperando.

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V. 2017 – Lübeck

Cuando el reloj dictó las doce, Tom visitó la habitación de los niños para asegurarse de que estuviesen dormidos. La pubertad los estaba transformado en pequeños monstruos inquietos y desobedientes. Revisó la mochila de Lizzie, quien le había hecho el favor de ocultar un regalo muy especial y en el fondo, entre una marea de hojas sueltas y tarea de vacaciones sin hacer, encontró el estuche rojo que había encargado en la joyería.

Apoyado contra el marco de la puerta, una mezcla entre tabaco y tibia respiración abrigaba a Bill de la víspera de la nieve. Con la vista fija en el cielo negro-azulado, no se percató de la compañía hasta que un par de manos rodearon su cuello para anudar algo contra la piel ahora desnuda de su nuca.

—Feliz Navidad, Pequeño —susurró Tom.

Pestañeó con evidente emoción cuando descubrió que aquello plateado que colgaba desde su cuello era una mariposa de oro blanco. Las firmes manos de Tom sobre su cintura lo obligaron a encontrarse con su mirada.

—Feliz Navidad —respondió Bill sin abandonar el gesto risueño.
Ambos observaron el muérdago y sonrieron antes de unir sus labios en un intercambio suave y húmedo.

—Mi deseo es que no me olvides nunca más —dijo Tom al separarse con un dejo de seriedad.
—Hey, que eso no se dice —rió—. ¿Además que eso no es del año nuevo?
—Ni idea.
—Y lo dices todos los años… —rechistó Bill dándole un suave golpe en el pecho.
—Sí y también sé cuál es tu regalo todos los años… —añadió el exprofesor tomándolo de la mano para arrastrarlo hacia el interior.
—Ya, nadie quiere saber eso —rió el más joven antes de ser silenciado por un beso.

Antes de caer en brazos del sueño, con la habitación a media luz, Bill reiteró su deseo de todas las Navidades:
—Tom.
—¿Qué?
—Y tú no te vayas nunca más.
—Sabes que no.
—Estúpido profesor.

En el exterior, la nieve hizo su aparición. Debajo de las sábanas y con la espalda de Bill abrigando su pecho, Tom sonrió.

F I N

Gracias por leer

por Ignacio Pelozo

Escritor del Fandom

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